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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-09-2015

La lgica de los pequeos capitales: filosofa y sociologa del populismo

Jos Luis Moreno Pestaa
Rebelin

Este texto recoge la conferencia pronunciada en el seminario Los retos del populismo en las sociedades democrticas, celebrado en Sevilla el da 20 de marzo y coordinado por el profesor de Sociologa de la Universidad de Sevilla Juan Martn Snchez. En el seminario particip tambin el profesor de Filosofa de la Universidad de Alcal Germn Cano Cuenca.


Teora de la realidad y efecto de la teora en la realidad

La discusin sobre el populismo, con la referencia central del pensador argentino Ernesto Laclau, se ha instalado en el debate poltico espaol. Nos enfrentamos as a un espectacular efecto de teora y ello en dos sentidos: por una parte, una teora hasta hace poco relativamente desconocida, y de acceso intelectual difcil, se ha abierto un espacio dentro de audiencias amplias: las de ciertas capas del partido Podemos y la de los analistas que, con menor o mayor acrimonia o simpata, juzgan necesario invocar el populismo para desenmascarar o definir al partido o cuando menos a sus dirigentes. El segundo efecto de teora transcurre por otros senderos: cmo se articula la teora de Ernesto Laclau con las prcticas polticas efectivas en la organizacin Podemos. Y ello tanto en su gestin interna como en su actividad poltica externa. Indudablemente la articulacin de una teora con unas prcticas puede realizarse con modos diversos: la prctica puede reflejar o inspirar, ms o menos, una teora; la teora puede resguardar una prctica que, en lo concreto, poco tiene que ver con ella o con algunas partes de ella. Este segundo anlisis, a mi entender el ms interesante, no puedo abordarlo aqu.

Me centrar en discutir dos aspectos de la teora de Laclau y lo har comparndola con otras aportaciones sobre los usos del pueblo y el populismo: fundamentalmente ciertos aspectos de la visin de Pierre Bourdieu, Jean-Claude Passeron y Claude Grignon. Las aportaciones de los dos ltimos son polmicas con las del primero: incluso ellas dos pueden diferenciarse. Los contrastes de este artculo considerarn las de los tres en sus rasgos comunes, los de una sociologa de la dominacin y la resistencia.

Laclau parte de un slido conocimiento histrico y sociolgico del populismo, aunque en su pensamiento cabe distinguir argumentaciones en distintas vertientes. Una deriva de la comparacin de diversas figuras histricas del populismo: el peronismo, la Turqua de Kemal Ataturk, la poltica de posguerra del Partido Comunista Italiano, la China de Mao, etc. Un segundo tipo de argumentacin, paradjicamente el ms popular, no consiste en comparar parecidos y diferencias entre coyunturas histricas sino en la elaboracin de una teora populista de inspiracin lacaniana. Esta teora comprende, a la vez, una explicacin del conjunto de los procesos populistas y una gua para la accin.

En la explicacin de los procesos populistas destacan, en mi opinin, dos rasgos. Primero: cules son las condiciones sociales y polticas del populismo. Segundo: cmo la teora populista puede ayudar a producir tales condiciones sociales, para lo cual nos propone una teora de los significantes flotantes. Ese discurso se ha generalizado entre las elites del partido y los comentaristas del mismo, lo cual crea de por s un efecto sociolgicamente fundamental. En un programa de la televisin La Tuerka, conducido por Pablo Iglesias, uno de los contertulios (Enric Juliana) se disculpaba por no dominar la jerga de Laclau, lo cual, con mayor o menor consistencia y donaire discursivo, conseguan los otros contertulios: los miembros de Izquierda Unida Alberto Garzn y Manuel Monereo, los dirigentes de Podemos igo Errejn y Carolina Bescansa y el intelectual argentino Jorge Alemn. Cul es ese efecto? Una normalizacin terica del partido y del anlisis del mismo lo cual refuerza el valor emprico de la teora de Ernesto Laclau: sta se convierte en verdad porque muchos ajustan su comportamiento a la misma o leen sus comportamientos desde la misma.

En mi acercamiento a la teora de Laclau me centrar ms o menos en estos dos aspectos, que reformular como sigue: discutir cules las condiciones sociales del populismo en poltica y cul es la teora de lo preformativo que propone el populismo de Laclau. Lo primero, grosso modo, alude al problema del pueblo en poltica. Lo segundo, al modo de constituir el pueblo por medio del discurso. Ambos problemas, obviamente, se encuentran vinculados. Condiciones sociales de produccin de un acontecimiento y prcticas polticas de discusin y definicin del mismo se encuentran entrelazadas por un continuo. Laclau no considerara suficiente esta salvedad ya que como seala la distincin entre un movimiento y su ideologa no slo es imposible, sino tambin irrelevante; lo que importa es la determinacin de las secuencias discursivas a travs de las cuales un movimiento o una fuerza social llevan a cabo su accin poltica global (Laclau, 2012). En mi opinin s cabe diferenciarlas. Un movimiento permite varias descripciones posibles y cada una de ellas no slo configura el movimiento de una particular manera: tambin describe mejor o peor su realidad sociolgica. Si solo contribuyese a construir la realidad, la teora habra que valorarla por sus efectos polticos. Yo sostengo que no, que tambin cabe valorarla por su pertinencia objetiva, por su poder para describir con mayor riqueza la realidad del movimiento social. Pero ya en esta reflexin incluyo los dos problemas a los que me voy a enfrentar: cul es lo popular en el populismo y cmo se relaciona la teora con dicho pueblo.

La indeterminacin del pueblo: Laclau y Gramsci

Una de las tesis centrales de Laclau es que los discursos populistas se encuentran polticamente mal definidos porque la realidad resulta ambigua. Es decir, la indefinicin populista tiene, por as decirlo, un fundamento material ya que la realidad se encuentra disponible para diversos tipos de operaciones: el populismo es un acto performativo dotado de una racionalidad propia, es decir, que el hecho de ser vago en determinadas situaciones es la condicin para construir significados polticos relevantes (Laclau, 2012). En qu consiste esa racionalidad? En primersimo lugar en considerar que el pueblo puede constituirse poltica exclusivamente en la simplificacin de una oposicin, lo cual exige a) simplificar al pueblo b) simplificar a los contendientes del pueblo. La tarea de un dirigente populista consiste en darle nuevos significados a los problemas del pueblo de modo que ste los perciba de otra manera: fundamentalmente como problemas vinculados entre s o equivalentes.

As se produce la hegemona. Cuidado porque el venerable concepto de Antonio Gramsci adquiere aqu un significado relativamente nuevo. Gramsci vinculaba la hegemona con la capacidad de la clase obrera para conseguir aliados. La hegemona, la direccin, se diferencia de la dominacin, esto es, de la capacidad para someter a otros grupos por la violencia y la coercin. Un grupo social puede estar dominado pero no dirigido: caso de una clase social que se supedita a otra por miedo. Un grupo social puede encontrarse dominado y dirigido: una clase social que teme a sus dirigentes pero que adems asume que estos merecen serlo, que constituyen un referente normativo.1

Como la palabra tiene un origen griego, me permito un ejemplo procedente de la Antigedad clsica. En un primer momento, en la Atenas del siglo V a.n.e., la palabra democracia (etimolgicamente, como sabemos todos, poder del pueblo) tena un sentido polmico: poder del pueblo era el poder de una parte, los pobres, sobre el resto y los enemigos de la democracia tendan a hacer valer ese carcter sectario de la dominacin. Esos pobres, nos explica Jenofonte, tenan un perfil de clase ms o menos preciso: son los ms pobres entre los ciudadanos. Esos pobres, nos aclara Aristteles, incluyen un conjunto de profesiones pero no otras: agricultores, artesanos, soldados, obreros y comerciantes.

Despus del rgimen de los Treinta Tiranos en Atenas, ya en el siglo IV a.n.e., cualquiera que quisiera hacerse or se consideraba demcrata y la cuestin ya consista en el tipo de democracia: si una democracia con mayor o menor poder de la Asamblea del Pueblo, de los Jurados populares, del sorteo o de la eleccin, con mayores o menores liturgias (suerte de impuestos que pagaban los ricos: o ms que impuestos, dones obligatorios que los ricos hacan a la comunidad), etc. Dado el efecto legitimador de la referencia al pasado, cuando se quera defender una ley, unos y otros, se resguardaban en la patrios politeia (la Constitucin de los ancestros)2. La democracia se converta en una idea hegemnica y la cuestin consista en llenarla de un contenido u otro resaltando -o inventando- uno de los aspectos de la realidad histrica. Una parte de las elites, por tanto, haba acabado aceptando la presencia del pueblo en la vida poltica y ya no estaba permitido referirse a modelos duros de desigualdad natural: todo cuanto se haca deba contar con el pueblo.

Quin diriga la sociedad? Una primera argumentacin, que llamar gramsciana, sostendra: una alianza de clases entre una fraccin de las elites aristocrticas y el pueblo, con un mayor o menor presencia de una y otro. Las clases, en este tipo de anlisis de la realidad, son fundamentales: el bloque que configuran permite diversos conflictos y los competidores pelean por ver si la democracia que defienden se parece ms o menos a la (siempre imaginada: el conocimiento histrico era bastante menos que preciso...) Constitucin de los ancestros.

Pasar ahora a una lectura que podra inspirarse en Ernesto Laclau. La palabra democracia, cuyo significado no se encuentra muy claro, se convierte en emblema del debate poltico. Una parte ha conseguido convertirlo en significacin universal (como significante flotante segn la, en mi opinin insufrible, jerga lacaniana) de la buena poltica, de la nica poltica decente, sobre la que cabe discutir. En qu se diferencia esta interpretacin de la de Gramsci? La del comunista italiano insistira en las races sociolgicas del poder del pueblo mientras que la de Laclau acentuara que la cuestin clave consista en producir la identidad del pueblo por medio del concepto democracia, unificando demandas difcilmente compatibles: por ejemplo el respeto de los ricos (como parte del pueblo, porque los ricos, si son patriotas atenienses, son del pueblo de Atenas) o, por el contrario, la presencia de los ms pobres en el gobierno de la ciudad, con todas las consecuencias econmicas que de ello se derivan: los sueldos que versa Atenas por participar, el privilegio de la marina de guerra (Platn hablaba de una democracia de los remeros), las liturgias por las que los ricos subvencionaban, fiscalizados por los tribunales, obras pblicas de la ciudad, etc.

Laclau insiste en el aspecto no sociolgico del concepto. El pueblo se dice de muchas maneras y si deseamos identificar sus componentes esenciales siempre nos equivocamos. Es el problema del marxismo y de Gramsci, que an considera que la clase obrera (o, en nuestro ejemplo, podemos suponer que los pobres en Atenas) deba jugar un rol dirigente para que esa hegemona fuese progresista. Lo importante no es el significado del trmino democracia, sino que un discurso poltico haba conseguido nuclear a toda Atenas como una democracia, sin importar demasiado las races sociales de dicho grupo. Gramsci, nos seala Laclau, tiene an resabios esencialistas porque cree en la misin histrica de la clase obrera: Para Gramsci, la esencia ltima de la instancia articuladora -o la voluntad colectiva- es siempre lo que l llama una clase fundamental de la sociedad (Laclau, 2014). Volviendo a nuestro ejemplo: cabra decir, a lo Gramsci, que en Atenas solo habra poder del pueblo si los pobres se encuentran presentes en la direccin de la sociedad. Cabra pensar que existe democracia si la misma fuera solamente el resultado del reparto del poder entre las viejas fracciones aristocrticas, sin que ninguna de ellas se aliase con el pueblo de los comerciantes y los obreros, sin que incorporase sus demandas y sus perspectivas? A corto plazo, respondera Laclau, podra funcionar; a medio y largo no. Una articulacin entre experiencias sociales demasiado separadas nicamente puede funcionar mediante la indefinicin y la demagogia. En ese caso, el referente global quedara demasiado vaco de contenido social, un poco como le sucedi a Juan Domingo Pern al alcanzar el poder: la alianza social comprenda sectores tan dispares -que Pern haba manejado con su indefinicin- que, una vez que la poltica debi concretarse, acab estallando la mentada alianza.

Una lectura sociolgica del pueblo

Por tanto, la constitucin del pueblo admite mrgenes de tolerancia entre sectores sociales dismiles y demandas polticas antagnicas. Esos mrgenes tienen, pese a todo, un lmite. De nuevo, pues, lo social impone condiciones para la articulacin poltica, algo que Laclau describe pero teoriza con escasa profundidad. Al hilo de lo cual, introducir ahora la perspectiva de Pierre Bourdieu. De ste retendr por ahora un aspecto fundamental de la discusin: cmo se relacionan las descripciones sociales de las clases con su realidad histrica.

Bourdieu comparte con Laclau una tesis crtica con el marxismo y podramos imaginar que ambos caminaran un trecho de la mano, un buen trecho. El socilogo francs denomina error teoricista a lo que Laclau llama esencialismo: la creencia de que una posicin social especfica conlleva, automticamente, una accin unificada en tanto que grupo. Lo ltimo supone un trabajo simblico permanente, de accin poltica, de construccin de discurso, de representacin de los intereses del grupo, de unificacin del mismo. Ahora bien, ese trabajo simblico tiene tantas posibilidades de lograrse cuanto ms prximos en el espacio social estn los agentes que quiere juntar, unificar, constituir en grupo (Bourdieu, 1996: 132). La posicin del pueblo ateniense, de aquellas fracciones a las que se denominaba como tal, pudieron ser constituidas como demos y aliadas no sin tensiones a una fraccin de las elites ya que efectivamente se encontraban socialmente prximos. Podemos pensar que su cercana con las elites se fraguaba en las abundantes aventuras militares: el pueblo de Atenas aprenda a diferenciar a los patriotas de los que deseaban convertirlos, con tal de acabar con la democracia, en una colonia de Esparta o de los Persas. Por supuesto, otras operaciones polticas, dada la realidad sociolgica, se encontraban presentes y disponibles. No exista un nico modelo de definicin de la realidad. Pero no cualquier operacin: resultaba difcil llamar demcrata a quien pretenda un gobierno donde solo los 400 ms ricos de Atenas pudieran participar en poltico.

Centrmonos en lo diferente, en lo especfico de Bourdieu respecto de Laclau3: tanto el pueblo, como las elites, son realidades internamente divididas, segn ciertas coordenadas sociales. La magia de las palabras, para no ser una mixtificacin, debe tomar en cuenta tales divisiones -que, por supuesto, cambian histricamente-. De lo contrario, esas divisiones se volveran operativas camufladas tras las palabras. Mostrar, muy simplificadamente, las divisiones que Bourdieu observa dentro de las clases populares y de las clases dominantes.

Entre las clases populares, el texto ms preciso es Vous avez dit populaire?4. Las clases populares se encuentran internamente escindidas por gnero, por efecto de generacin (muy condicionado por el sistema escolar), por posicin social en el medio de trabajo (ms o menos abierto a contactos con otras clases sociales), por su origen rural o urbano (y reciente o no, en cada uno de los casos) y tambin por origen tnico. Cuando de un pueblo se trata, deben tenerse en cuenta todas esas divisiones y discernir si el susodicho pueblo las incorpora todas o solo algunas (Bourdieu, 2001: 141).

Esa descripcin presupone un mapa de sus divisiones internas, aquellas que Bourdieu considera relevantes (podra debatirse, por ejemplo, la mayor o menor pertinencia del origen tnico, ya sea en general, ya sea en una coyuntura precisa). Ahora bien, para que la actividad simblica cuaje en la realidad necesitamos conversar con ciertas pautas culturales. Laclau coloca el trabajo simblico en el centro de la actividad poltica. Bien, si dialogamos con Bourdieu, para que ese trabajo se comunique con el pueblo debe acomodarse, o no, con las realidades culturales especficas que se derivan de las divisiones internas al llamado pueblo.

Poltica es dilogo entre fracciones de clase diferentes o entre clases diferentes. En ese dilogo existe, para cada grupo social, mercados francos o mercados tensos. Cules son francos? Aquellos mercados donde se valoran los recursos que el grupo tiene y que sabe manejar. Cules son tensos? Aquellos donde las personas saben que los recursos propios adquieren escasa estima y que deben adaptarse a los recursos de otros. Enric Juliana, en el programa de La Tuerka, sirve para aclarar qu quiere decir Bourdieu. Como no entenda la jerga lacaniano-laclausiana, se fue rpidamente a hablar de algo que conoca bien: el referndum por la reforma poltica de 1976 y la cancin Habla pueblo, habla promocionada por el gobierno. Y concluy: esto de Podemos, bromeaba, se parece a aquello. Una divisin generacional y cultural en las fracciones dominadas (por culturales, frente a las dominantes, que son las econmicas: utilizo aqu la idea de Bourdieu) de clases medias haca que el mercado se volviese tenso para Juliana. Cmo lo resolvi? Acudiendo a significados culturales compartidos por su generacin. Pero el ejemplo, insisto, se refiere a conflictos entre generaciones relativamente privilegiadas. Ante los mercados tensos, la actitud de los dominados no suele ser la de Juliana, sino la del aislamiento, la sumisin, la imitacin servil (ridcula por demasiado correcta) o un silencio que sea, a la vez, rechazo y defensa de otra forma de hablar (Bourdieu, 2001: 144).

Una crtica extendida a la perspectiva sociolgica en general, y de Bourdieu en particular, es la de no atender a las razones de los individuos y de remitir a stas a sus condiciones de existencia. Rancire (1992: 62), en un argumento antisociolgico muy socorrido, considera que las ciencias sociales, fatalmente, ignoran a los sujetos y los convierten en ejemplos de otra cosa: de la ideologa, las condiciones de existencia o cualquier otra dinmica que les supera. La acusacin es absurda: se trata de constatar que los sujetos dominados hablan distinto segn los contextos y que para verlos cultivar el estilo y el virtuosismo no debe uno ir a buscarlos dando conferencias; como le pasara a cualquiera que no estuviese habituado a darlas. Otra cosa, y es el verdadero problema de una poltica emancipatoria realista, es cmo tejer vnculos entre los mercados francos de las clases populares y los entornos tensos en los que normalmente se desenvuelve el discurso poltico.

Dentro de las clases dominantes adems de las divisiones de gnero y generacin (y la divisin entre rural y urbano) Bourdieu distingue entre dos formas de dominacin: las vinculadas a los recursos econmicos y las vinculadas a los recursos culturales. Por tanto, el campo del poder se encuentra siempre en tensin por el dinero o la cultura, lo cual puede favorecer alianzas con los dominados, en las que se dirimen batallas entre los poderosos. As cuando el gran capital se ala con el pueblo contra el elitismo cultural (caso por ejemplo del apoyo popular a los republicanos estadounidenses)5 o cuando son los intelectuales quienes se vinculan con la clase trabajadora (caso de sectores universitarios en Mayo del 68). Tales alianzas, en la lgica Bourdieu, son intrnsecamente ms inestables que las derivadas de acuerdos entre posiciones ms prximas en el espacio social.

Volvamos a Laclau: ste no considera en absoluto tales prevenciones porque parte de una idea completamente performativa, creadora, de la actividad simblica. Esta idea depende de la filosofa del lenguaje del filsofo norteamericano Saul Kripke, tal y como la interpreta Zizek. La diferente teora de la accin poltica entre una sociologa crtica y la teora de Laclau entra ahora en una vertiente ms especficamente filosfica. La confrontar con la filosofa del lenguaje que para la sociologa nos ofrece Jean-Claude Passeron, inspirndose por su parte en el filsofo Gilles-Gaston Granger.

El poder de los nombres

Antes me preguntaba, hubiera podido constituirse como pueblo una alianza de los remeros de la flota ateniense con una parte de la aristocracia? La posicin de Bourdieu parece clara: se encuentran demasiado alejados en el espacio social para que dicha alianza fuese estable. Y la de Laclau? Lo hubiera considerado posible (al menos en una de las versiones de Laclau, quien es complejo y ya he mostrado que comprende el problema) porque el problema de una orientacin como la de Bourdieu es quedar presa de un descriptivismo lingstico. El asunto es algo tcnico. Expliqumoslo.

En Hegemona y estrategia socialista Ernesto Laclau, entonces con Chantal Mouffe, hablaba de la relativa indeterminacin de los elementos ideolgicos y de la necesidad de un determinado marco discursivo que les impone su sentido. La idea tiene dos partes:

-Contra el marxismo ortodoxo se rechaza que haya elementos intrnsecamente progresistas o reaccionarios y se subraya la capacidad de todo significado para ser incluido en marcos sociales antagnicos.

-No existe por tanto ninguna lucha social privilegiada pues cualquiera puede modular los significantes flotantes en una versin progresista o reaccionaria. La lucha obrera, por tanto, pierde as su posicin predilecta para el revolucionario o, simplemente, el reformador social.

Slavoj Zizek (1992: 125-127) retom con aprobacin la teora de Laclau-Mouffe y la emparent con la teora de los nombres propios de Saul Kripke. El filsofo norteamericano, en la lectura de Zizek, consider que los nombres no significan por alguna cualidad intrnseca. La mesa no es mesa porque refiera a un conjunto de objetos que contienen ciertas caractersticas. La mesa es mesa porque alguien decidi bautizarla as. No existe ningn conjunto de caractersticas que puedan quedar recogidas en el nombre mesa y podra habrselas llamado de otro modo. En la posicin descriptivista existe una vinculacin entre el significante y el significado: segn Kripke no existe ninguna, sino la simple arbitrariedad de una manera de nombrar el mundo. Zizek, y siguindolo Laclau (2014), introducen una nueva distincin: el objeto existe nica y exclusivamente por el orden de la significacin -o del significante flotante-. Ya no es cuestin de cmo bautizamos al objeto, que era la posicin de Kripke, sino que solo existe el objeto por el proceso en el que se le denomina. El pueblo, por tanto, podra ser cualquiera: los aristcratas y los comerciantes aliados podran haberse llamado poder del pueblo?

Laclau no va tan lejos. Para que la nominacin se produzca deben existir prcticas comunes: Nuestra nocin de discurso implica la articulacin de las palabras y las acciones, de manera que la funcin de fijacin nodal nunca es una mera operacin verbal, sino que est inserta en prcticas materiales que pueden adquirir fijeza institucional (Laclau, 2014).

Con la teora de Kripke se ha encontrado tambin Jean-Claude Passeron cuando intentaba analizar el estatuto de los nombres utilizados por la sociologa. Si se trata de nombres comunes, podemos dar de ellos una descripcin definida de los comportamientos de los objetos: por ejemplo, el sistema capitalista es tal o cual cosa y eso hace que el capitalismo en Espaa, inevitablemente, arrostrar tal o cual dinmica. La economa espaola es una especie dentro de un gnero (el capitalismo) y, conforme se desarrolla, se comportar como corresponde al sistema de coordenadas del capitalismo. Frente a ello se encontraba la propuesta de Kripke, insistiendo en que ningn objeto del mundo puede ser descrito dentro de un sistema de coordenadas completo, que nos informe de su actuacin. Por tanto debemos mostrarlo, sealar cmo se comporta, porque en l existen propiedades que ninguna teora puede captar. La oposicin entre los nombres de lo social segn sean comunes o propios tiene consecuencias evidentes: para los nombres comunes, si tenemos la buena teora, sabremos cmo se conducirn (ya sean los obreros o los mercados); para quienes apuestan porque solo existen nombres propios, existen solo realidades de obreros y de mercados porque as los hemos bautizado y debemos estudiarlos especficamente en cada momento.

Gilles-Gaston Granger suaviz las oposiciones de Saul Kripke. En primer lugar, cuestion que los nombres propios puedan reducirse exclusivamente a mostrar la realidad. Un nombre propio, entre los humanos, se acompaa de apellidos y estos tienen la funcin de ubicar al individuo dentro de un marco de clasificacin. Estos marcos de clasificacin, por lo dems, dependen de modelos sociales y culturales. Jean-Claude Passeron (Grignon y Passeron, 1989: 102-103) ha mostrado cmo los individuos dominan ms sus redes familiares en los ambientes rurales que en los urbanos. Sirva lo dicho para recordar que la fascinacin por nombres propios, imposibles de definir, es muy del gusto del imaginario romntico, de un individuo tan rico como inagotable: los campesinos se saben parte de estructuras que les sobrepasan, simplemente, porque su vida depende en buena medida de las relaciones con stas. En segundo lugar, los nombres propios pueden ser insertados parcialmente en sistemas de coordenadas que expliquen algunas partes de sus rasgos: Clen, el demagogo ateniense, fue un individuo que era comerciante, que defenda el imperialismo, que desconfiaba de la gente distinguida y su elocuencia en la asamblea. Tucdides, al hablarnos de Clen, no pretende que Clen fuese exclusivamente un demagogo. Era otras muchas cosas pero, entre ellas, tena las propiedades de no ser un aristcrata y de tener modales que chocaban a la elite ateniense: eso nos informa de una nueva generacin poltica en la democracia, distinta del estilo olmpico de la anterior simbolizada por Pericles. (Tucdides, obviamente, no hablaba as pero su propsito es claro.) Entre los nombres propios y los nombres comunes existen continuidades (Granger, 1982: 34-35): Clon es l, pero adems emblema terico de una generacin poltica.

Teorizando esto, Passeron6 define a la sociologa como una ciencia de semi-nombres propios: no son objetos puramente especficos, que solo nos cabra sealar. Pueden ser incluidos en un sistema de coordenadas que permita compararlos con otros objetos pero siempre sabiendo que se trata de casos singulares (de los cuales nunca tendremos una versin completa), que jams logramos incluir en una teora general que nos explique, como si fueran variables de un sistema formal, las transformaciones de los conceptos. No vale hablar de clase social independientemente de sus empleos concretos: hay que utilizar el concepto con razonamientos de investigacin que permiten comprender cmo se separan los comportamientos, por determinaciones sociales, en la escuela, el trabajo o el consumo; despus debe establecerse la coherencia que existe entre tales diferencias y si conviene o no hablar de una clase social. Ahora bien, si pretendemos sostener que alguien esencialmente es un obrero porque cumple determinadas propiedades y eso hace que se acabar comportando de tal manera pretendemos que estamos ante nombres completamente comunes.

La posicin de Laclau puede oscilar entre dos polos: si adopta la retrica radical antidescriptivista, podemos crear al pueblo como queramos. Si adopta la posicin matizada, que hace depender la nominacin de las prcticas comunes, entonces no cabe cualquier nombre ni cabe agrupar a la gente de cualquier manera. Solo podemos agruparla en lo que nos permite el men de prcticas especficas que permiten, y eso es bsico, varias posibilidades.

En su importante balance de la tradicin socialista, escrito con Chantal Mouffe (Laclau, Mouffe, 1987: 53-55), la posicin dominante parece ser la primera.7 El problema de la tradicin socialista, nos explicaban all, consiste en que incluso las corrientes que no conceban el marxismo como una ciencia, seguan aseverando la determinacin de la economa. Sucede que no existe determinismo alguno, aunque sea limitado, porque en toda estructura resulta imposible una descripcin previsora del comportamiento de los agentes. Por tanto, la lgica poltica es creacin, porque no necesita contenerse ante ninguna determinacin estricta. Me parece que esta posicin tiene un problema importante. Evidentemente, la determinacin estadstica no funciona con necesidad completa. Se establecen ciertas condiciones iniciales, vistas las cuales, es probable que se produzca un acontecimiento. Carl Hempel (1996: 316) aseguraba que, en historia, disponemos de esbozos de explicaciones, nunca de explicaciones completas. Ahora bien que las condiciones iniciales de un acontecimiento histrico no impongan su comportamiento con una lgica de hierro no quiere en absoluto decir que no impongan nada. Laclau y Mouffe piensan en la determinacin estricta. Dado que no la encuentran (y es un problema de una epistemologa discutible), volatilizan las condiciones iniciales y presumen que todo puede producirse al albur de la lgica poltica.

En lo que a Bourdieu respecta, ciertas versiones de su teora pueden hacer pensar en un modelo de descripcin donde todos los individuos encuentran la categora sociolgica necesaria y suficiente que explica su comportamiento dentro de la arquitectura global de las transformaciones del sistema (sin duda la querencia filosfica de Bourdieu por Leibniz influye al respecto). Pero en conjunto, Bourdieu fue absolutamente consciente del carcter provisional de una ciencia social emprica y de la inutilidad de las grandes construcciones metafsicas sobre lo social. La posicin de Passeron con su teora de los seminombres propios (susceptibles de comparacin pero siempre dependientes de contextos que no caba definir completamente) ofrece una elaboracin terica mucho ms reflexiva: para la sociologa y, me parece, para una filosofa de la interaccin, en los individuos histricos, entre lo comn y lo original. Nos ayuda a situar en un continuo graduado las descripciones histricas mostrando el proceso por el que un nombre propio tiende a ser comn: los campesinos que dependen de su parentela saben situarse dentro de esta, con las obligaciones que ello supone, mucho ms que las clases medias urbanas y de trayectoria individualizada.

Las revueltas populares no se confunden con las revueltas

Esta idea tiene gran importancia poltica. Porque no todas las revueltas antagonistas son revueltas populares, por mucho que las constituyamos discursivamente como pueblo: pueden ser revueltas entre elites que permitan un contacto parcial entre una fraccin y la clases populares, pero que puede ser un contacto efmero. Los conflictos de las generaciones universitarias o de las generaciones polticas pueden enfundarse en reivindicaciones populistas, pero el pueblo (en cualquiera de sus fracciones) raramente se encuentra concernido. Cuando lo est, si tiene que aclimatarse a las palabras con las que (una fraccin dominada) de los dominantes significan al pueblo, se encontrar mil veces ms perdido que Enric Juliana. (O tal vez no: puede comprender mejor a Lacan que los que estudian psicoanlisis: debe demostrarse que eso pasa aunque seguramente pasa muy raramente.)

Bourdieu hablaba de mercados internos a la clase y de mercados externos a la clase. La dominacin se muestra en que con determinados recursos raramente se puede ascender en mercados externos. Sin embargo, en los mercados internos a la clase, por decirlo con Claude Grignon (Grignon y Passeron, 1989: 125), la gente tiene haberes, formas de hacer las cosas, que los dominantes no poseen. Cualquier estrategia de produccin del pueblo debe dotarse de mecanismos para detectar esos haberes, para incentivarlos, para evitar que se desperdicien por los filtros de los juegos entre las elites y sus debates; para permitir, en suma, que comprendamos su utilidad para la poltica, la conciencia lcida que pueden crear y que consigamos arbitrar prcticas que les ayuden a habituarse a la poltica, a convertir sus perspectivas en elemento dentro del debate democrtico. El pueblo que se invoca all donde solo se juegan conflictos entre las elites es otra cosa: es un pretexto para el conflicto entre fracciones del campo del poder (polo cultural versus el polo econmico) o entre generaciones entre los campos culturales: los mejores que han sido maltratados por las elites apalancadas, por los peores. Puede que en esa partida jueguen algunos miembros del pueblo. Siempre habr una teora para defender, como indica Passeron (Grignon y Passeron, 1989: 106) a propsito de Rancire, que los proletarios pueden dedicar sus noches a prepararse para escritores -o, por extensin, para dirigentes distinguidos-. Pasar, evidentemente, pasa, pero menos que entre los estudiantes de Literatura de Princeton o Granada. Los pequeos haberes de los que disponen normalmente los dominados no son fciles de convertir en recursos literarios; cuando se adquieren, las redes de capital social no ayudan precisamente a publicar. Por tanto, ante la incertidumbre de tamaa inversin, esos casos (los que estudia Rancire en La nuit des proletaires) suelen ser excepcionales, y una poltica que se gue por ellos se imagina popular, pero no lo es. Solo representa a aquellos que han conseguido, en situaciones extraordinarias, reconvertir los pequeos capitales en grandes (recursos literarios o polticos). A menudo sus historias resultan de coyunturas tan improbables que quedan muy unidas a sus nombres propios: solo cabe mostrarlas. En poco ayudan a proponer una tonalidad ms inclusiva en la vida poltica.

Puede uno concentrarse en ellos, en los individuos improbables, o en las formas de resistencia social por las que los individuos no aceptan la posicin que se les da, se identifican de manera resistente con su posicin en el mundo, o se otorgan un objetivo vital revolucionario. Dichas subversiones no acontecen todos los das ni quedan a mano, por igual, de todos los individuos. El populismo quiere ver a esos individuos como nombres propios o, en trminos de Rancire (1992: 161), como el resultado un movimiento de subjetivacin a todos accesible y que se nos describe con palabras lricas: pero, y si tales rebeldes lean ms que la media, venan de una familia con movilidad social descendente y notables recursos culturales? Y si la poltica fue tambin un medio para el ascenso social y pagaron con su cuerpo y su radicalismo las ideas radicales de otros mejor situados y que ms o menos se escabullan? Todo eso es realismo sociolgico grosero que ignora que, ante los nombres propios, solo cabe mostrarlos, maravillarse y celebrarlos como existencias autnticas, expresin de la iluminacin revolucionaria del Ser? Al populismo, cuando prescinde de la distancia entre los contextos de las clases populares y los de las clases dominantes, todo eso le fastidia y se quejan amargamente del reduccionismo materialista. Si adems parten de una idea pobre de qu es determinacin, los ingredientes para el voluntarismo y el nominalismo (todo se puede y todo es pueblo) pueden sazonar cualquier salsa social: los cabreados con la poltica del Museo Reina Sofa y los afectados con la explotacin laboral son equivalentes. Porque aquellos piensan en los problemas de estos, porque los convierten en motivo de su insercin en el campo, porque los trabajadores aprenden a expresarse con su lenguaje, porque pueden incorporar las herramientas culturales para resistir? Sin describir bien esa equivalencia, quin gana y quin pierde simblicamente con ella, no comprenderemos nada.

Conclusin

Vamos a ir concluyendo. Una prctica es popular si y solo si es capaz de comprender las fronteras entre los pequeos haberes polticos de los ciudadanos ms dominados y los grandes. La promocin de las perspectivas que proponen esos haberes, el juego complejo que estos pueden producir en su interaccin con los grandes capitales (que permiten enfrentarse discursivamente con los modelos dominantes), el cuidado por no sucumbir a formas de reproduccin del capital econmico y cultural en capital poltico, permite imaginar una prctica poltica antioligrquica: no solo por sus objetivos confesos (cuntas prcticas polticas sinceramente antioligrquicas han producido nuevas oligarquas?) sino por los contrapoderes de los que se dota para evitar las propias inercias a la produccin de aparato.

Adems, una prctica poltica es popular si es capaz de calibrar el nfasis que otorga a las diversos conflictos. Laclau (2014) habla de equivalencias entre las diferentes demandas. Hace nada he puesto un ejemplo y conviene ahora introducir el asunto conceptualmente. Las equivalencias, recordemos un venerable problema formulado por Platn y Aristteles, pueden apoyarse en la igualdad aritmtica (considerando todos los problemas con idntico peso) o en la igualdad geomtrica (considerando cada problema segn la proporcin que merece).8 Hablar de equivalencias es utilizar una frmula descriptivamente muy pobre. Para que existan equivalencias deben volverse mensurables realidades muy diversas y esas equivalencias exigen ajustar proporciones. En el fondo, toda justicia aritmtica se apoya en una articulacin geomtrica que determina qu debe medirse y con arreglo a qu baremo: entonces podemos sumar. Cabe presumir que las reivindicaciones que son ms tiles a ciertas formas de capital cobren un lugar desproporcionado en la agenda poltica. Por lo dems, las equivalencias no pueden hacerse entre todas las insatisfacciones porque al valorarlas debe considerarse qu tipo de capacidades quiere crear una sociedad justa.

Por supuesto, no defiendo un populismo de los pequeos capitales. Los recursos populares, las prcticas culturales que los dominados (y recuerdo: debe precisarle la fraccin) lograsen establecer como distintivas, siempre pueden leerse de dos modos: como un modo de valoracin de sus propios recursos pero tambin como asuncin de la dominacin. Un ejemplo sencillo, mil veces constatado, es la capacidad para la lucha, a veces fsica. En primer lugar, esa capacidad para el conflicto puede reproducir una divisin sexual del trabajo poltico extraordinariamente opresiva: las mujeres dedicadas a tareas de gestin, los hombres a significarse en las demostraciones pblicas. En segundo lugar, tal capacidad puede fundirse con grupos, de origen social ms alto, que utilizan dicha violencia para promocionar su radicalismo delirante y universitario.

Por otro lado, pasamos a lo positivo, la insistencia en tareas concretas de resistencia permite que el campo poltico no quede colonizado por problemas intelectuales o por grescas de los habituales de la vida pblica. Adems, y es otro envs positivo, los contactos entre grupos sociales diversos permiten asimilaciones de recursos culturales y aperturas de sensibilidad entre personas situadas en espacios sociales diferentes. Lo mismo, la existencia de aspectos polticamente ambiguos, cabe decir de los recursos de los dominantes: en ocasiones renen capitales cientficos y culturales imprescindibles para la agudizacin y el estmulo de la conciencia ciudadana; en otras son simples medios de distincin tiles en ciertos mercados muy tensos por la bsqueda, a cualquier precio, de la originalidad.

Laclau lleva razn en sealar que ningn grupo social, por naturaleza, resulta portador de un proyecto esencialmente emancipatorio. En ese sentido, su crtica del marxismo resulta definitiva. Sin embargo, su lgica nominalista de la produccin del pueblo olvida que ste no puede originarse en el vaco: para ser popular necesita el concurso de los excluidos del campo poltico o, en cualquier caso, no limitarse a reflejar las perspectivas de elites (culturales, generacionales) marginadas. Las alianzas de stas con el pueblo pueden ser de largo recorrido pero tambin de muy corto. Laclau contempla esa ampliacin del radio de integracin poltica y la incluye claramente en sus objetivos democrticos. Para llevarla a cabo la teora de los significantes flotantes resulta menos til que un anlisis correcto de los sesgos por los que se excluyen o se someten, cuando entran en el campo poltico, los pequeos capitales. Sin ellos una parte de las competencias polticas quedan abotargadas y virtuales; sin stas la experiencia de buena parte de los ciudadanos fuera del espacio pblico. Sin esos ciudadanos excluidos, la referencia al pueblo queda demasiado mutilada para que se deje significar por palabra alguna, por flotantes que fuesen sus aplicaciones.

Bibliografa

Bourdieu, Pierre (1996): Cosas dichas, Barcelona, Gedisa.

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Frank, Thomas (2008): Qu pasa con Kansas? Cmo los ultraconservadores conquistaron el corazn de Estados Unidos, Madrid, Acuarela & Antonio Machado.

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Grignon, Claude, Passeron, Jean-Claude (1989): Le savant et le populaire. Misrabilisme et populisme en sociologie et en littrature, Pars, Gallimard-Seuil.

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Zizek, Slavoj (1992): El sublime objeto de la ideologa, Mxico, Siglo XXI.

Notas:

1 Sigo al respecto a Daz-Salazar (1991: 229).

2S igo en esto a Luciano Canfora (2014), sobre todo la primera parte y a Mogens H. Hansen (1993), sobre todo el captulo 13.

3 Como de la mayora de la teora social crtica contempornea que prescinde, radicalmente, del anlisis de clase: sucede en el mainstream acadmico de la filosofa poltica y tambin en los autores radicales: Judith Butler (2014: 69) por ejemplo, puede hablar de sujeto encarnado en las asambleas pero esas asambleas no jerarquizan los cuerpos segn propiedades morfolgicas que son tambin sociales. En las asambleas de Butler slo participan cuerpos celestes.

4 Cuya traduccin espaola se encuentra disponible en un interesante volumen colectivo (VV. AA, 2014).

5 Es el ejemplo recogido por Thomas Frank (2008).

6 Vase el desarrollo en el captulo 2 de Passeron (2010).

7 Laclau, en La razn populista, alterna dos explicaciones. Una primera, ontolgica, parece sealar que nunca existieron determinaciones: es la teora de los nombres propios como creacin poltica. Otra, mucho ms histrica (vanse los Comentarios finales en su libro), seala que esas determinaciones no existen en el capitalismo globalizado. Que las clasificaciones que podamos hacer hoy de los individuos -y que las clases que de all se deriven- no sean las mismas que hace cincuenta aos es una cosa, que no existan principios de determinacin de lo social exige otras argumentaciones que Laclau no aborda.

8 Laclau (2014) discute esta cuestin al final de su libro, comentando el uso que hace Rancire de la misma en La Mesentente, sin advertir el problema sociolgico y filosfico que se plantea a la cuestin de la equivalencia. La interpretacin propuesta por Rancire (1995: 35-37) es peculiar y no procede discutirla aqu. Baste decir algo: Rancire no se da cuenta que la diferencia entre igualdad aritmtica y geomtrica subyace a la diferencia, presente en la democracia radical ateniense, entre cargos que necesitan especializacin (y por tanto se eligen: igualdad geomtrica) y otros para los que se supone que cualquiera tiene competencias o puede desarrollarlas (y por tanto se sortean: igualdad aritmtica). Igualdad aritmtica y geomtrica equivalen a los principios aristocrticos y democrticos que configuran, como en cualquier rgimen mixto, la democracia ateniense. Sobre estas cuestiones vase el artculo clsico de Castoriadis (1978).

(Artculo publicado en El Viejo Topo, n 330-331, julio-agosto 2015, pp. 88-98)

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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