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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 22-04-2016

Estado, partido y estrategia en el actual periodo histrico

Democracia Socialista
Rebelin


Introduccin


Pese a ser un colectivo poltico joven, Democracia Socialista fue protagonista de varios debates en el seno de la izquierda. Esto responde, en parte, al tipo de actividad que nos propusimos. Consideramos que transitamos un periodo histrico que le exige a la izquierda revolucionaria encarar un proceso de rearme terico y estratgico. Con esa tarea en mente, intentamos realizar una modesta contribucin al debate local: formulando un balance autocritico de la izquierda social de la que provenimos, criticando los rasgos sectarios y dogmticos que reconocemos en la izquierda poltica de nuestro pas, traduciendo e introduciendo autores marxistas contemporneos que se conocen poco y mal en nuestro medio (Ernest Mandel, Daniel Bensad, Michael Lowy, Antoine Artous, entre otros). Esta actividad terica o ideolgica se desarroll en paralelo a nuestra actividad prctica, ya sea en diferentes trabajos de base o en la participacin en las ltimas elecciones. Nuestra actividad ha tenido una buena acogida por parte de colectivos militantes, activistas y referentes polticos, tanto en nuestro pas, como en el exterior. Mayormente ha suscitado debates productivos y nos permiti estrechar vnculos militantes duraderos. Sin embargo y como era de esperarse hemos recibido tambin ataques y polmicas que nos obligan, antes que a un debate honesto, a clarificar lo que pensamos, despejando malas interpretaciones y acusaciones abusivas. Como es habitual en el tipo de literatura sectaria, uno tiene que aclarar expresiones que se le atribuyen abusivamente o rechazar forzadas adjetivaciones. As, por ejemplo, el PTS rechaz nuestras propuestas electorales (y las de Pueblo en Marcha) hacia el FIT afirmando su rechazo a frentes con corrientes frentepopulistas, reformistas, pequeoburguesas o populistas[1], as como otros nos han acusado de reproducir los argumentos del partido Comunista argentino en los 1970[2], o de adscribir a un reformismo poulantziano que pretende mejorar el Estado (!) y buscar una va pacfica al socialismo[3]. Aprovechemos estos sealamientos crticos para clarificar nuestras opiniones sobre la estrategia socialista, el Estado y las tareas de la izquierda revolucionaria en el actual periodo histrico.

Nuevo periodo histrico

Nuestra orientacin estratgica debe partir de la especificidad del perodo histrico que transitamos. Debemos constatar que el nuevo siglo es correlativo el fin de todo un ciclo histrico y poltico del movimiento obrero: la desarticulacin del campo socialista constituy el eplogo de una derrota de alcance histrico que sufri la clase trabajadora en las ltimas dcadas del siglo XX. Este episodio cerr una etapa completa de la lucha de clases, aquella correspondiente a lo que los historiadores denominan corto siglo XX iniciado con la guerra mundial y la revolucin de Octubre. Los grandes enunciados estratgicos de la tradicin marxista datan del periodo de formacin de este ciclo histrico, anterior a la Primera Guerra Mundial: el anlisis del imperialismo (Hilferding, Bauer, Rosa Luxemburgo, Lenin, Parvus, Trotsky, Bujarin), de la cuestin nacional (Rosa Luxemburgo de nuevo, Lenin, Bauer, Ber Borokov, Pannekoek, Strasser), de las relaciones partidos-sindicatos y del parlamentarismo (Rosa Luxemburgo, Sorel, Jaurs, Nieuwenhuis, Lenin), de la estrategia y los caminos del poder (Bernstein, Kautsky, Rosa Luxemburgo, Lenin, Trotsky).[4]

A este periodo inicial, previo a la primera gran guerra, hay que agregar la etapa de tres dcadas de guerras y revoluciones que se inicia con Octubre y culmina en la conquista del poder por la revolucin china de 1948, la cual condensa lo que podemos denominar las dos hiptesis estratgicas del siglo XX, la huelga general insurreccional (el modelo ruso de 1917) y la guerra popular prolongada (el modelo chino de guerra de guerrillas y de dualidad territorial de poderes). Las experiencias posteriores pueden, en buena medida, ser analizadas a partir de estos dos parmetros desde las luchas de guerrilla de los movimientos de liberacin nacional hasta las insurrecciones urbanas. Ejemplos como los de las revoluciones cubana y nicaragense, en 1959 y 1979, muestran que las dos hiptesis pueden combinarse.

A su vez, la suerte de las experiencias revolucionarias pasadas obliga a volverse tambin sobre los peligros que afectan desde dentro a las aspiraciones emancipatorias. Extraer las lecciones del siglo XX, exige poner en primer plano algunas cuestiones subestimadas por los pioneros del socialismo: los peligros profesionales del poder, la cuestin de la democracia y la importancia del pluralismo poltico; la autonoma de los movimientos sociales respecto al Estado y los partidos; la combinacin de la ciudadana social y la ciudadana poltica.

El mundo ha cambiado y mucho desde que escribieron y vivieron los clsicos del socialismo (Marx, Engels, Lenin, Trotsky, etc.). Pretender que eso no afecte de modo decisivo nuestras coordenadas tericas y estratgicas no es ms que un gesto de dogmatismo terico, conservadorismo poltico y pereza intelectual.

Orfandad estratgica

A su vez, desde la entrada de los sandinistas a Managua, hace casi cuarenta aos, que vivimos en un mundo sin triunfos revolucionarios. A su vez, nunca hemos presenciado revoluciones socialistas en democracias consolidadas o Estados hegemnicos. Es evidente, en este punto, la necesidad de reconocer una cierta orfandad estratgica. No tenemos por el momento una hiptesis revolucionaria equivalente a la huelga general insurreccional de Octubre o a la guerra popular de la Revolucin China.

Atravesamos entonces un nuevo periodo histrico que obliga a un trabajo de redefinicin programtica y estratgica. Esto no significa que haya que hacer tabula rasa con el pasado o que no haya lecciones duraderas de las experiencias revolucionarias del siglo XX. En particular, un punto comn decisivo entre ayer y hoy sigue siendo la imposibilidad de fundar una estrategia de cuestionamiento del sistema capitalista en base a una estrategia parlamentaria. Las lecciones de todas las experiencias revolucionarias confirman la necesidad de destruir el aparato de represin de las clases dominantes. Y nosotros entendemos por ello al ncleo duro del Estado ejrcito, polica, justicia, aparato administrativo central , incluso en el caso de que esas instituciones pueden fragmentarse y dividirse bajo la presin de los acontecimientos revolucionarios (por ejemplo, con comits o consejos de soldados). Sin una movilizacin social revolucionaria que rompa la columna vertebral de la dominacin capitalista el Estado y que substituya la propiedad capitalista por la apropiacin pblica y social, los mecanismos de produccin y de reproduccin del capital continuarn dominando.

Este enfoque mantiene uno de nuestras diferencias fundamentales con el reformismo. Una transformacin radical de la sociedad no puede hacerse dentro del cuadro de las instituciones burguesas, manteniendo confianza en las elecciones parlamentarias por una acumulacin radical de reformas y de conquistas de posiciones. No pensamos a diferencia de ciertas tesis austro-marxistas, eurocomunistas o reformistas de izquierda que se pueda conquistar el poder combinando simplemente poder popular y conquista gradual de una mayora electoral. La toma del poder poltico necesita desembarazarse de las viejas instituciones y construir otras nuevas. Esto, a decir verdad, nos parece elemental y no nos parece necesario repetirlo a fin de cada prrafo.

Esta estrategia no excluye la formacin, en una cierta etapa, de gobiernos de izquierda. Un gobierno en el marco de un Estado burgus no es necesariamente un gobierno de la burguesa. Por eso vale la pena valorar la hiptesis de que un gobierno de izquierda, en el marco de un Estado capitalista, pueda cumplir un rol progresivo, llegando eventualmente a ser el inicio de rupturas ms decisivas con el capitalismo. Esta idea, en rigor, no es ninguna novedad posmoderna: es la hiptesis que empezaron a valorar los revolucionarios de los aos veinte (en el 3er y 4to congreso de la Internacional Comunista), ante el reflujo del ciclo insurreccional de 1917-1921, y que Trotsky denomin como el posible inicio parlamentario de la dictadura del proletariado. Esta hiptesis nos parece plausible, sobre todo en los pases de lo que Gramsci denominaba Occidente (hoy da, casi todos los pases capitalistas del mundo) donde la existencia del Estado parlamentario constituye el cuadro formal de todos los otros mecanismos ideolgicos de la clase dirigente, como escribe Perry Anderson.

En ese sentido Ernest Mandel intentar perfilar una tipologa de las revoluciones futuras, en las notas de su libro El capitalismo tardo: La tipologa futura de las revoluciones socialistas en los Estados fuertemente industrializados es muy probable que se parezca ms a las crisis revolucionarias de Espaa de los aos 30, de Francia de 1936 y 1968, de Italia en 1948 y 1966-70, de Blgica en 1960-61 que a las crisis de hundimiento tras la Primera Guerra Mundial. Mandel distingua las crisis de desfondamiento (posteriores a la guerra de 14 por ejemplo) y las crisis revolucionarias que se desarrollan con un debilitamiento ms lento del Estado.

Creemos que la nocin de crisis revolucionaria, como momento inevitable en la lucha por el poder, sigue siendo un elemento clave; y ligado a esto, la nocin de doble poder mantiene pertinencia a condicin de no concebir la emergencia de este nuevo poder en pura exterioridad al existente. En efecto, as como no es realista pensar que la superacin del capitalismo pueda evitar la confrontacin violenta con el Estado existente, del mismo modo es implausible que las nuevas formas de poder que emerjan se desarrollen en total exterioridad en relacin a las instituciones polticas del estado parlamentario. Incluso la construccin de un nuevo Estado posterior a una ruptura revolucionaria, una democracia socialista autogestionaria, no supone una ruptura completa con los aspectos ms avanzados de las instituciones representativas actualmente existente (y que fueron, ms all de sus lmites, conquistas populares productos de movimientos de masas a los largo de la historia). Los derechos civiles, el Estado de derecho, el multipartidismo, las asambleas legislativas representativas (como la asamblea constituyente de la revolucin rusa y de los debates entre Lenin y Rosa), son parte fundamental de un nuevo Estado que no puede simplemente empezar a disolverse en el momento en que estatiza los medios de produccin ni puede reducirse a una gran asamblea de asambleas basadas en la democracia directa.

No podemos prever cmo sern las formas futuras de un proceso revolucionario. En la emergencia de nueva formas de poder popular, el acento prioritario debe, por supuesto, estar puesto sobre la movilizacin y la autoorganizacin. Esto, para nosotros, es elemental. Y si las corrientes sectarias fueran lectoras ms atentas, podramos evitar repetir lo obvio y enfocarnos en los problemas serios que afrontamos los revolucionarios en el actual periodo. Pero esto no quita que haya disputas a dar al interior del Estado actualmente existente, lo que incluye la posibilidad de que un gobierno de izquierda, conquistado electoralmente, juegue un rol progresivo en la acumulacin revolucionaria.

Ante esta situacin las lecciones de la historia son inapelables: cuando se forma un gobierno que es portador de las aspiraciones y las reivindicaciones del mundo del trabajo, no hay ms que tres escenarios posibles: o bien este gobierno estimula la movilizacin social y se apoya sobre ella para asumir la prueba de fuerza inevitable con el capitalismo internacional y los rganos estatales de las clases dominantes; o bien es derribado por la reaccin (como el gobierno de la Unidad Popular en Chile, en 1973); o bien se alinea con lo que es aceptable por el Capital y traiciona a aquellos a los que representa (como el gobierno de Syriza en Grecia).

Todas las experiencias de radicalizacin social y poltica de las ltimas dcadas (la UP de Allende, la Revolucin de los Claveles en Portugal, la Venezuela bolivariana, incluso la breve experiencia de Syriza antes de la capitulacin) sugieren de manera incompleta y aproximativa los contornos de lo que puede ser una ruptura revolucionaria en el actual periodo histrico.

El Estado como campo estratgico de disputa

La idea de que la lucha revolucionaria incluye explotar las contradicciones internas del Estado capitalista suele asociarse al pensamiento de Nicos Poulantzas y a la estrategia que l denomin va democrtica al socialismo. Esto exige alguna clarificaciones.

Dice Poulantzas: Una lucha interna dentro del Estado, no simplemente en el sentido de una lucha encerrada en el espacio fsico del Estado, sino de una lucha situada en el terreno del campo estratgico que es el Estado, lucha que no trata de sustituir el Estado burgus por el Estado obrero a base de acumular reformas, de tomar uno a uno los aparatos del Estado burgus y conquistar as el poder, sino una lucha que es, si quieres, una lucha de resistencia, una lucha de acentuacin de las contradicciones internas del Estado, de transformacin profunda del Estado; Y al mismo tiempo, una lucha paralela, una lucha fuera de los aparatos y las instituciones, engendrando toda una serie de dispositivos, de redes, de poderes populares de base, de estructuras de democracia directa de base, lucha que, aqu tambin, no puede estar dirigida a la centralizacin de un contra-Estado del tipo de doble poder, sino que debe articularse con la primera (Poulantzas, 1977).

A pesar de ciertas lecturas apresuradas, la concepcin de Poulantzas, ms all de ciertas limitaciones, es irreductible a cualquier va pacfica o exclusivamente electoral al socialismo. El autor griego (analizando los procesos de salida de las dictaduras de los pases del sur de Europa, as como la experiencia de Allende en Chile) percibe la posibilidad de un acceso electoral al gobierno que preceda a los choques revolucionarios, no que los reemplace. Este es el caso, por ejemplo, de la UP chilena. Lejos de cualquier va pacfica, el acceso electoral al gobierno por parte de Allende fue el punto de inicio de dos aos de golpes revolucionarios y contra-revolucionarios, que incluyeron la acumulacin poltico-militar por parte de sectores de la izquierda revolucionaria que defendan el gobierno (como fue el caso del MIR). Hasta aqu nuestro acuerdo con el pensamiento y la propuesta estratgica de Nicos Poulantzas.

Sin embargo, que no pueda ser reducido a un vulgar parlamentarismo no quita que la teorizacin de Poulantzas contiene algunas ambigedades o limitaciones que lo exponen a subestimar la necesidad de una ruptura decisiva con el Estado capitalista. Una confrontacin seria con el pensamiento de Poulantzas, uno de los puntos ms altos de la teorizacin marxista del Estado, excede a las posibilidades de este texto. Establezcamos, sin embargo, algunas consideraciones que van directo a nuestros problemas estratgicos.

Si es difcil imaginar procesos importantes de transformacin sin rupturas significativas en el seno de las instituciones polticas actualmente existentes, esto no significa, como afirmamos ms arriba, soslayar la polarizacin propia de la dinmica del doble poder. ste ltimo debe entenderse en el sentido general de batallas entre dos centros de decisin poltica bajo formas diversas, y no la simple oposicin ente un poder popular, estructurado por la base y exterior al Estado, y el poder poltico-institucional. En el pensamiento de Poulantzas pareciera que la estrategia revolucionaria se bifurcara en dos lneas paralelas, que no se cruzan sino bajo la figura de la presin de uno sobre otro. Lo que puede muy bien traducirse en la prctica en un compromiso entre el abajo y el arriba, o dicho de otro modo, por un vulgar lobby del primero sobre el segundo, que quedara intacto[5] (el subrayado es nuestro).

Ms en general, la conocida frmula de Poulantzas sobre el Estado como condensacin material de relaciones de fuerza entre las clases y fracciones de clase es un punto de ruptura con una visin instrumental del Estado. Pero a su vez corre el peligro de soslayar el lugar integrante del Estado mismo en estas relaciones de fuerza y el rol desigual, asimtrico, que las clases traban con l. El carcter de clase del Estado capitalista, pone siempre un lmite a las posiciones que pueden conquistarse a su interior. Poulantzas es consciente de esto pero cierta imprecisin de sus frmulas y definiciones abre un terreno de ambigedad al respecto.

En trminos estratgicos, esta comprensin del Estado nos lleva a que sea conveniente, tal vez, hablar de una preparacin democrtica de la ruptura antes que de una ruptura democrtica con el capitalismo. La idea de preparacin democrtica de la ruptura socialista implica una discusin (esbozada ms arriba) tanto con las estrategias puramente duales como con las ingenuamente institucionales. Frente a las estrategias puramente duales (que desconocen el rol del Estado en los procesos de acumulacin de fuerzas de la clase trabajadora) vindicamos la necesidad de trabajar en el seno de la forma poltica estatal y la democracia representativa (sin relegar la tarea de construir, por fuera del Estado, rganos propios y prefigurativos de la clase), durante todo un largo perodo, que genere condiciones para una ruptura socialista. Esto de ninguna manera implica descartar la necesidad de choques insurreccionales o confrontaciones violentas con el ncleo del Estado burgus. Frente a las visiones ingenuamente institucionales, que desconocen la necesidad de la ruptura con el Estado capitalista y su aparato represivo, no vemos la posibilidad de construir el socialismo por una simple acumulacin de reformas parlamentarias (ni siquiera si vienen combinadas con el poder popular organizado desde abajo). Si las estrategias puramente duales fracasan a la hora de medirse con Estados hegemnicos, con fuertes capacidades de integrar el conflicto de clases; las estrategias ingenuamente institucionales tienden a desconocer las limitaciones estructurales de los Estados capitalistas, que a mediano o largo plazo constrien sus posibilidades de accin y fuerzan retrocesos, agotamientos y crisis.

La construccin partidaria en la actualidad

Hemos sostenido en otros trabajos la necesidad de afrontar un balance crtico de las formas organizativas heredadas de la izquierda independiente y la necesidad de recuperar en una clave democrtica a la forma-partido[6]. Contra la proliferacin de micro-caudillismos propia de la denominada nueva izquierda, creemos que la recuperacin de la forma partido no solo apunta a una mayor eficacia sino que tambin tiene un valor anti-burocrtico. En otros trabajos hemos explicado nuestra interpretacin de la teora marxista del partido, donde sealamos la complementariedad entre la construccin de organizaciones de cuadros y la de partidos amplios, movimientos anticapitalistas o reagrupamientos que van ms all de la simple unidad de los revolucionarios marxistas[7]. Retomemos aqu algunas precisiones.

La historia del movimiento obrero pone en evidencia con claridad que los partidos revolucionarios de masas no son el producto de un proceso lineal de crecimiento gradual a partir de una pequea liga de militantes marxistas. Los partidos revolucionarios solo surgen como consecuencia de puntos de ruptura y saltos cualitativos. Y en este punto las experiencias son heterogneas.

Hay casos en los que constituye un avance una confluencia de un espectro amplio de fuerzas sobre una base anticapitalista, en torno a un programa que no sea totalmente marxista revolucionario. Este es el caso, por ejemplo, del PSOL en Brasil, el SSP en Escocia, el NPA francs en sus orgenes o el Bloco de Esquerdas en Portugal, para dar algunos ejemplos.

Un segundo ejemplo posible son las experiencias de reagrupamiento dirigidos por sectores provenientes del reformismo de izquierda, pero que no son la expresin de un aparato burocrtico cristalizado (como en el caso de la vieja social-democracia, del estalinismo o de la burocracia sindical), sino que conquistan un peso de masas empujados por la rapidez de los acontecimientos, en una coyuntura de crisis social y poltica. Son los ejemplos de Syriza y Podemos. Esta falta de estructuracin burocrtica suscita un proceso organizativo (catico, militante, por abajo) que presiona sobre su direccin a la vez que le permite a las corrientes radicales ganar posiciones en su interior. Izquierda Anticapitalista (hoy movimiento Anticapitalistas, seccin espaola de la Cuarta Internacional), tena alrededor de 500 militantes al momento de lanzar Podemos junto al crculo de Pablo Iglesias. Hoy no solo creci cuantitativamente sino cualitativamente en una experiencia con pocos paralelos en la historia de la izquierda revolucionaria europea: dos aos despus esta corriente cuenta con varios referentes populares con llegada de masas (Teresa Rodriguez, Miguel Urbn), ganaron la alcalda de una capital de provincia (Cdiz), dirige regiones enteras de un partido de masas como Podemos (Andaluca, principalmente, pero mantiene un peso decisivo en otras comunidades, como Catalunya y Madridentre otras) y est en el centro de los procesos organizativos y en contacto permanente con miles de militantes que surgen a la lucha, consolidndose como una referencia poltica inevitable entre la vanguardia y las masas[8].

Otra hiptesis para la construccin partidaria se abre cuando un sector importante de la izquierda de la burocracia sindical, con slida insercin en la base, rompe con los partidos burgueses y se propone lanzar un nuevo partido, quiz con un programa explcitamente reformista. Colocada frente a esta situacin, una organizacin revolucionaria tendra que considerar seriamente integrarse a ese partido desde el comienzo y dar una batalla por su orientacin o por influenciar sectores relevantes del movimiento obrero. Esto es justamente lo que ocurri, por ejemplo, en Brasil en los ltimos aos de la dictadura y lo que dio nacimiento al PT. Y esa es la razn por la cual, treinta aos despus, las corrientes revolucionarias que tienen un desarrollo serio en la realidad brasilera son las que participaron de la construccin del PT. El contraejemplo es el PCO, la corriente hermana del PO, que se distanci tempranamente de esa experiencia organizativa del movimiento obrero brasilero y nunca super el estadio de un pequeo crculo de propaganda[9].

Un cuarto ejemplo lo constituyen las nuevas socialdemocracias anglosajonas, como Corbyn y Bernie Sanders en Inglaterra y EEUU. Estos dos fenmenos muestran que los procesos de radicalizacin pueden adquirir formas y expresiones inesperadas frente a las que debemos mostrarnos sensibles.

Esta tipologa no pretende ser exhaustiva, sino mostrar la heterogeneidad de hiptesis y posibilidades de recomposicin organizativa de la izquierda revolucionaria. La vocacin de construccin en amplitud no va en desmedro de los acercamientos en el seno de la izquierda revolucionaria, siempre y cuando no sean un freno para las experiencias amplias de reagrupamiento, sino que se contemplen en el marco y en funcin de ellas.

Esta apertura hacia el reagrupamiento no solo responde a conclusiones de mtodo sobre las formas de construir el partido, sino que depende, de manera crucial, de las circunstancias histricas que hoy enfrentamos. La etapa actual, pasada la contra-revolucin neoliberal y su victoria ideolgica contra lo que fue denominado socialismo real, es de profunda fragmentacin de los socialistas y de lucha decidida por su reorganizacin, lo que significa disposicin al dilogo y la bsqueda de recomposicin por la va de sntesis. Nuestra estrategia global es impulsar un proceso que evaluamos que ser largo y complejo, de reconstruccin del movimiento socialista sobre bases revolucionarias en nuestro pas y en el mundo-, pasando por diversas e imprevisibles fusiones y sntesis de experiencias. La apertura para eso y las polticas de unidad de los anticapitalistas de diferentes niveles posibles (que es mucho ms que el frente nico) est en el centro de nuestra concepcin estratgica.

Que consideremos que en ciertas condiciones sea necesario intervenir en formaciones poltica en conjunto con sectores centristas o reformistas de izquierda no significa subestimar los peligros y limitaciones que afecta a este tipo de experiencias conjuntas. Poco ayuda a reconstruir la estrategia revolucionaria sobre una base no sectaria las idealizaciones o la subestimacin de las dificultades (que son habituales en las corrientes oportunistas). Todos estos procesos estn sometidos a marchar y contramarchas. Las claudicaciones, el transformismo de las direcciones reformistas, los procesos de burocratizacin inevitables, obligan a tener una evaluacin equilibrada y rigurosa de estas experiencias[10]. Considerar que en ciertas circunstancias se debe intervenir en procesos o formaciones polticas que no estn del todo delimitados en trminos de reforma/revolucin, no significa que haya que participar en cualquier formacin amplia ni que en ciertas circunstancias la delimitacin y la diferenciacin no sea una tarea crucial para los revolucionarios. Esto es elemental. A partir de tener claro nuestra estrategia y nuestro programa, podremos, frente a situaciones concretas y a aliados concretos, evaluar los acuerdos posibles, a riesgo de perder (un poco) en claridad si ganamos (mucho) en insercin social, en experiencia y en dinmica[11].

Por ltimo, es importante aclarar la diferencia crucial entre la apertura a la unidad poltica en el marco de reagrupamientos amplios y lo que, en la tradicin del trotskismo, se denomina entrismo. Es habitual entre corrientes sectarias la identificacin de una y otra cosa[12]. El trmino entrismo aparece en los aos treinta a partir de lo que se denomin giro francs de 1934 cuando Trotsky propone a los pequeos grupos provenientes de la Oposicin de Izquierdas que se incorporen a los partidos socialistas en los que emergan corrientes de izquierdas. Aunque este entrismo no tena nada de clandestino y se hizo con la bandera desplegada, se trataba de una tctica de corto plazo, con un carcter exterior y conspirativo. No se propona la construccin leal de un partido, lo que podra significar fortalecer sus alas izquierdas, dar una disputa por su direccin o postergan hacia momentos de confrontaciones decisivas las delimitaciones y rupturas. Se trataba de una tctica orientada a convencer a militantes de un partido de masas sobre la necesidad de romper con l y construir una organizacin independiente.[13] La tctica del entrismo a menudo se considera como el origen de las prcticas maniobreras que caracterizan a algunas organizaciones trotskistas.

A diferencia de una tctica entrista, nuestra propuesta se basa en la disposicin leal a construir, con perspectivas de mediano y largo plazo, marcos de reagrupamientos con diferentes niveles de amplitud. De hecho, en un movimiento obrero medianamente democrtico, la nocin misma de entrismo no tiene lugar ni sentido. Antes de 1914 existan corrientes revolucionarias en las organizaciones reformistas, tal como fueron las alas izquierda de la socialdemocracia europea que luego conformaran la Tercera Internacional. Su combate estaba enfocado en el gran da, y a nadie se le habra ocurrido entonces hablar de entrismo a ese respecto. Lo mismo puede decirse de la participacin de Marx y sus seguidores en la Asociacin Internacional de los Trabajadores, donde convivan una multiplicidad de grupos y corrientes (libertarios, sindicalistas, mutualistas, comunistas). Sera absurdo pensar que Marx intervino all con el objeto de llevarse al sector ms progresivo hacia una organizacin que se ajustara a sus propias ideas, an si con el tiempo las delimitaciones y las rupturas fueran inevitables. Si bien el entrismo puede ser necesario, en contextos muy precisos, de clandestinidad o marginalidad por ejemplo, sin embargo est muy lejos del tipo de concepcin de la construccin partidaria que intentamos desarrollar en este texto.

Partido y organizaciones de base

En un texto reciente[14], los compaeros de Organizacin Poltica La Caldera realizan un juicio sumario sobre la construccin de partidos amplios o anticapitalistas. Resulta llamativo el contraste entre la rapidez, e incluso la superficialidad, con la que resuelven problemas polticos de magnitud, y el desarrollo extremadamente extensivo en trminos de reconstruccin histrica.

Los compaeros cometen, a nuestro criterio, dos errores fundamentales en su concepcin del Partido de Masas con Libertad de Tendencias, que, pese a los parecidos superficiales con nuestra propuesta, los coloca en un campo sustantivamente diferente.

Los compaeros toman como referencia a los partidos comunistas de la Tercera Internacional previa a la estalinizacin. Es decir, aspiran a un partido de masas con direccin revolucionaria (quin no?). Pero el punto ms relevante para la discusin no se ubica sobre este objetivo ltimo donde no se sita el centro de la polmica dentro de la izquierda marxista sino en las tcticas y las polticas transicionales para la construccin de dicho instrumento poltico. Y en la amplia reconstruccin histrica en torno a los partidos comunistas de los aos veinte, lo esencial se mantiene invisible ante los ojos de los compaeros. Los partidos comunistas de los aos veinte surgen como rupturas de las alas izquierda del socialismo europeo, que haba entrado en una degeneracin burocrtica. Es decir, que la emergencia de estas direcciones revolucionarias que disputaban fracciones de masas es imposible de comprender si no se reconoce su pre-existencia como ala izquierda de partidos amplios con delimitaciones estratgicas incompletas, tal como fueron los partidos socialdemcratas de fines del siglo XIX y principios del XX. Pero este es precisamente el mtodo para la construccin del partido que los compaeros rechazan a lo largo del texto. Un ejemplo clsico es el surgimiento del Partido Comunista Francs a partir de una divisin en el Partido Socialista en el congreso de Tours de 1920. O los mismos bolcheviques, que solo pueden comprenderse sobre la base del trabajo comn en el seno del POSDR, la socialdemocracia rusa. Los ejemplos pueden multiplicarse. Solo la combinacin de un trabajo de dcadas del socialismo europeo (que incluy no solo la construccin de partidos obreros de masas, sino de una amplia cultura socialista que involucraba a millones de trabajadores), la degeneracin burocrtica que se puso en evidencia con la aprobacin parlamentaria de los crditos de guerra en 1914 y la enorme fuerza propulsora que ejerci la revolucin de Octubre ante la mirada de millones, es que pudieron surgir estos partidos revolucionarios de masas que los compaeros quisieran reproducir.

La otra gran confusin de esta propuesta es que fusiona partido de masas con organizacin de base. Los compaeros, en trminos organizativos, quieren estar a la vez en misa y en la procesin, sintetizando de manera inconsistente la concepcin de partido de vanguardia con una serie de prejuicios espontanestas o consejistas irreconciliables. Pretenden aunar el espontanesmo desde abajo (una organizacin del pueblo y no de cuadros polticos) con la exterioridad y artificialidad relativa del partido de cuadros. Esto lleva a la confusin entre organizacin de masas y de base. Toda organizacin poltica emancipatoria aspira a la masividad, la insercin en el movimiento social real y la compenetracin con la vida cotidiana del pueblo. Sin embargo, eso no significa que el partido deba estar compuesto de rganos de base (sectoriales). Significa, en cambio, que los cuadros partidarios deben insertarse en rganos de base para cumplir un rol de difusin ideolgica, propulsin de la lucha y articulacin poltica. En cambio, pretender construir un partido poltico que incluya instancias de base sectoriales propias (tal cosa parece ser lo que constituye al partido de masas para los compaeros de OPLC) redunda sobre los formatos organizativos intermedios (movimientos populares, coordinadoras de base), visiblemente agotados en su capacidad de proyeccin y articulacin poltica[15].

Esta fusin entre las organizaciones de masas de los trabajadores y la organizacin poltica da lugar, de hecho, a la forma ms brutal de lo que los compaeros denominan partido-movimiento, es decir un modelo organizativo con caractersticas movimientistas: integra a militantes con diversos niveles de politizacin y formacin a travs de su vinculacin con una dirigencia natural dentro del partido; carece una orgnica conscientemente apropiada por el conjunto de la militancia, lo que debilita la democracia interna; y no tiene un programa definido que integre y oriente globalmente su actividad poltica y social. Si durante todo este texto se tiene la sensacin de que esta propuesta solo racionaliza lo que ya existe, dicha impresin parece verificarse en esta descripcin, que puede aplicarse, con distintos matices, a la actual dinmica metodolgica y organizativa de las organizaciones y movimientos que intentan unificar lo social y lo poltico, sobre las cuales los compaeros de OPLC pretenden construir un partido de masas.

En todo caso, s existe un precedente de este tipo de partido de masas que fusiona la organizacin poltica con las organizaciones sectoriales o sindicales: no los PC de los aos veinte, sino algunos partidos socialdemcratas previos, principalmente el Laborismo ingls. A diferencia de los partidos de la Internacional Comunista, que en sus tesis sobre la cuestin sindical establecan una diferencia irreductible entre la organizacin poltica y los sindicatos de masas, el Laborismo incluy, a su interior, a los sindicatos como partes integrantes del partido. Este sera el verdadero precedente de la propuesta de la OPLC, con la diferencia elemental de que mientras el laborismo se estructuraba sobre los sindicatos de masas ingleses, que involucraban a millones de trabajadores, la OPLC intenta asentarse sobre algunas corrientes piqueteras de nuestro pas.

Esto tiene algunas conclusiones bien directas. Como bien sealan los compaeros de Izquierda Revolucionaria en su respuesta al texto[16], la propuesta no converge con la concepcin leninista de una organizacin poltica (que dice defender), puesto que se desdibuja la distincin fundamental entre el partido y la clase, que est a la base de la propuesta de Lenin para la conformacin de un partido de vanguardia (Bensad, 1987, Astarita, 1996) y, ms en general, de la vindicacin revolucionaria del lugar especfico de la poltica en la lucha de clases (este es el descubrimiento maquiaveliano de Lenin, su mayor aporte a la tradicin revolucionaria). En el caso donde se fusiona la organizacin poltica y la de base, la alternativa es de hierro: o bien se despolitiza lo poltico y se obstaculiza el dinamismo que requiere una organizacin poltica (como en el caso de muchas organizaciones de la denominada izquierda independiente), o se dirige burocrticamente a la organizacin social, como sucede, para continuar con la referencia, en el Laborismo ingls, donde por sobre los sindicatos y los afiliados se monta un enorme aparato burocrtico de los dirigentes del partido, poco sometido a controles democrticos.

Reforma y revolucin en la lucha de clases del siglo XXI

Este debate sobre la construccin del partido, entendido como un proceso irreductible al simple crecimiento gradual de un pequeo grupo marxista, coloca en primer plano la posibilidad de participar de formaciones polticas que no estn completamente delimitadas en trminos de reforma/revolucin. Esto implica una ruptura profunda, razonada y prctica con el sectarismo. Lo que est en debate es la relacin que los revolucionarios deben trabar con corrientes centristas, oportunistas o no marxistas o, ms en general, con el reformismo.

Lo primero que hay que tener en cuenta es que el reformismo es un fenmeno ms amplio que los partidos reformistas organizados (socialdemcratas, populistas, nacionalistas). El reformismo en el sentido de un fenmeno poltico que pretende la mejora gradual del capitalismo en lugar de la transformacin revolucionaria de la sociedad emerge de las condiciones materiales mismas de la clase trabajadora. Las condiciones a las que la clase obrera est sometida en la sociedad burguesa (particularmente, la fragmentacin y la pasividad que induce el modo de produccin capitalista) llevan a los trabajadores, incluso a los sectores combativos, a una profunda inseguridad sobre su capacidad para tomar el control de la sociedad. Esta falta de confianza slo puede quebrarse por medio de prolongadas batallas de clase y a travs de la intervencin decidida en ellas de los revolucionarios de forma organizada. La superacin del reformismo no es algo que sucede de manera automtica ni por medio de cambios sbitos.

La consecuencia de esto es que la diferenciacin clsica entre reforma y revolucin, surgida de los debates de Rosa Luxemburgo y Lenin previa a la ruptura de la II Internacional, mantiene su significacin histrica e importancia crtica. Y, por lo tanto, sigue siendo una tarea estratgica fundamental para la izquierda revolucionaria ganar a la base obrera de los partidos socialdemcratas, nacionalistas o populistas. Un recurso clave para alcanzar este objetivo, surgido de los primeros congresos de la Internacional Comunista, es la tctica del Frente nico. La experiencia de la prctica comn en la lucha, que pone a prueba a los diferentes sectores que intervienen en el movimiento obrero, es fundamental para ganar para una orientacin revolucionaria a quienes hoy se mantienen influidos por el reformismo y sus organizaciones. A su vez, si la diferencia entre reformistas (que slo quieren mejorar el orden establecido) y revolucionarios (que quieren cambiarlo) no est pasada de moda, esto no quita que, sin embargo, su significado prctico merezca ser reexaminado. Es necesario comprender que la delimitacin estratgica entre la reforma y la revolucin no est grabada en mrmol en los textos de una vez y para siempre. Ella se desplaza en funcin de las experiencias histricas. Depende de la lucha de clases, de la coyuntura nacional e internacional, de la formacin social, de las relaciones de fuerza. La delimitacin entre reformistas y revolucionarios, entonces, es una frontera mvil, lo cual se demuestra en todas las experiencias revolucionarias del siglo XX.

La caracterizacin de una organizacin como revolucionaria, sobre la base de su programa y de su prctica, tiene slo un valor provisional y sujeto a confirmacin. Si el deber de los revolucionarios es hacer la revolucin, es slo a travs de la prueba de los hechos como se puede corroborar la lnea de demarcacin. Incluso las organizaciones con intenciones ms revolucionarias tienen sus conservadurismos y sus vacilaciones; nunca escapamos completamente a la subordinacin al orden dominante que queremos derrocar[17]. Sin ir ms lejos, los bolcheviques tenan, hasta abril de 1917, un programa de colaboracin de clases con el gobierno provisional, basado en la tesis estratgica de la dictadura democrtica de obreros y campesinos que iba a dar lugar a una repblica capitalista. Del mismo modo, corrientes centristas o reformistas pueden exponerse a una radicalizacin a la izquierda (tal como sucedi paradigmticamente en el proceso cubano, y en menor medida en el venezolano). Ya Trotsky en el programa de transicin se refera a la posibilidad de que direcciones estalinistas o pequeo burguesas fueran ms lejos de lo que querran en su ruptura con la burguesa. En resumen, es tan importante mantener el criterio de diferenciacin entre reformistas y revolucionarios, como ser conscientes de que la delimitacin no puede fijarse a priori sobre criterios exclusivamente ideolgicos o programticos.

Sobre las experiencias actuales: Grecia y Venezuela como pruebas para la izquierda revolucionaria

Habiendo descripto brevemente nuestras concepciones sobre el periodo histrico, la estrategia socialista y el partido (en debate con las concepciones sectarias), vale la pena poner a prueba nuestras posiciones y confrontarlas con las experiencias ms avanzadas de la lucha de clases actual.

La experiencia reciente ms decisiva para confrontar tesis estratgicas fue el corto primer gobierno de Syriza en Grecia. Aunque pueda parecer paradjico, quien definitivamente no verific sus hiptesis en el caso de la claudicacin de la direccin de Tsipras fueron las corrientes sectarias. Poco antes del acceso de Syriza al poder, un referente de OKDE y Antarsya afirmaba: El apoyo a Syriza es algo inestable, no entusiasta, una tctica del mal menor a los ojos de la mayora de sus seguidores. La conciencia social es lquida y son de esperar todava saltos abruptos- este es el segundo pilar de nuestro enfoque[18] (el subrayado es nuestro). Se aplica aqu un razonamiento prototpico de las corrientes sectarias: ante la defeccin de los reformistas, los revolucionarios que mantuvieron una delimitacin escrupulosa pueden capitalizar la nueva situacin y empalmar con las masas, en el marco de una situacin poltica inestable y de cambios bruscos (generalmente se tiene en mente los saltos abruptos que dieron los bolcheviques durante los sucesos de febrero-octubre del 17). Sin embargo, luego de la defeccin de la direccin de Tsipras, Antarsya es tanto o ms impotente que antes, mientras que la reorganizacin de la oposicin social y poltica al tercer memorndum es protagonizada por la ex Plataforma de Izquierda, que pudo capitalizar la intervencin al interior de Syriza, heredar la mayor parte de sus estructuras y cuadros y dar nacimiento a un nuevo partido sobre bases programticas y estratgicas superiores (la Unidad Popular). Construida solo un mes antes de las ltimas elecciones, cuando el peso social del nuevo memorndum todava no se haba hecho sentir, y ante la negativa de Antarsya de acordar un frente electoral, la UP qued a pocos miles de votos de superar el piso electoral y conquistar una bancada de aproximadamente diez diputados. Esta derrota parcial no niega la importancia estratgica que conlleva la construccin de lo que posiblemente sea un partido anticapitalista de masas en el seno de la que sigue siendo la lucha de clases ms avanzada del continente europeo. El caso griego, contra lo que indica una mirada superficial, es un ejemplo patente de la posibilidad de reanudar los procesos organizativos sobre bases estratgicas y programticas superiores, a partir de tener una conexin real y no sectaria con los procesos populares, evitando una actitud pasiva y abstencionista.

El otro ejemplo que podemos tomar de referencia es la experiencia bolivariana en Venezuela. All se puede reconstruir (con cierta facilidad en trminos analticos), tres estrategias diferentes que fueron implementadas por la izquierda revolucionaria ante el chavismo. En primer lugar, podemos sealar un tipo de anlisis del proceso bolivariano y una estrategia que se funda en una idealizacin acrtica de su direccin, a la que se caracteriza como socialista y revolucionaria (aunque en una transicin lenta hacia el socialismo). La supervivencia de un capitalismo de Estado rentstico y el actual descalabro econmico (que mucho tiene que ver con la ausencia de una ruptura definitiva con la burguesa) dejan poco margen para este tipo de expectativa desmesurada en la direccin chavista (sobre todo, luego de la muerte de Chvez). Una segunda interpretacin, simtricamente inversa, es la que caracteriz a este proceso como un simple nacionalismo burgus. Recuperando la categora marxista de bonapartismo, estas corrientes consideran que gobiernos como el venezolano tienen un sentido regresivo en el largo plazo, en la medida en que a golpes de ciertas concesiones sociales integran a las clases subalternas al Estado y al rgimen social. El supuesto implcito es que las masas estn dispuestas a ir ms lejos en sus reivindicaciones, pero se encuentran transitoriamente bloqueadas por sus direcciones. El correlato prctico de esta posicin consiste en embestir frontalmente contra el gobierno, tratando de emular, en condiciones muy diferentes, la posicin de los bolcheviques frente al Gobierno de Kerensky (ninguna concesin al Gobierno Provisional). sta es la posicin de las fuerzas del FIT sobre el proceso bolivariano y, en la misma Venezuela, esta poltica est representada por el PSL (Partido Socialismo y Libertad) encabezado por el dirigente sindical Orlando Chirino, corriente hermana de Izquierda Socialista en nuestro pas[19].

Contra el propagandismo sectario de esta posicin, que les cerr la puerta de un proceso nacionalista progresivo y los termin aislando de las masas, y la adaptacin estratgica que instrumentaron otros sectores, nosotros nos identificamos con las corrientes revolucionarias que intervinieron al interior del proceso, identificando que con la revolucin bolivariana se puso en movimiento un proceso social progresivo, que empuj la experiencia poltica de las masas y permiti una enorme acumulacin social y poltica para las clases populares; pero que a la vez percibieron que era necesario mantener la autonoma organizativa y programtica para apuntalar la movilizacin de masas independiente y prepararse para una ruptura decisiva con el Estado burgus (an si la direccin no estaba dispuesta a hacerla). Si estos procesos no van hasta el final en su ruptura con la burguesa, inevitablemente sus gobiernos se empantanan o se convierten en rehenes de las instituciones burguesas. Haber sido parte activa de los mismos es lo que permite, cuando entran en un periodo de agotamiento, disputar a las masas pudiendo recoger sus banderas progresivas y construir nuevas alternativas. En el debate con las corrientes sectarias, los ejemplos de Grecia y Venezuela son tiles, a pesar (o en virtud) de sus dificultades y contramarchas.

A estas experiencias pueden sumarse actualmente los procesos de masas, en coyunturas de crisis menos aguda y consecuentemente considerablemente ms limitados y menos radicales, que estn en curso con la candidatura de Bernie Sanders en EEUU o con la conquista de la direccin del Partido Laborista en el Reino Unido por parte de Jeremy Corbyn. Como venimos diciendo, nada exime a estos procesos de grandes limitaciones, contradicciones, contramarchas o posibles degeneraciones. Pero es necesario percibir que, por el momento, se trata de procesos enormemente progresivos, que ponen en alerta a las clases dominantes y que presagian nuevas confrontaciones sociales y polticas. El caso de Sanders, que est haciendo una campaa poltica con referencias a la revolucin (poltica) de la clase trabajadora contra la clase millonaria y el socialismo (democrtico), est teniendo un impacto ideolgico de largo alcance y que posiblemente abra una nueva pgina en la historia de la izquierda radical norteamericana. El caso de Corbyn es diferente, porque all est en juego efectivamente la posibilidad de disputar el gobierno de una de las principales potencias capitalistas del mundo. Su candidatura, primero, y la conquista de la direccin poltica del laborismo luego, est poniendo en funcionamiento un movimiento de masas que puede servir de apoyo para una mayor radicalizacin poltica. Saludablemente, las principales corrientes de la izquierda revolucionaria britnica (como el SWP o la Left Unity donde intervienen los militantes de la Cuarta Internacional) supieron apreciar el fenmeno y estn siendo parte activa de los mismos.

Los ejemplos podran multiplicarse, ya hemos enumerado a varios: Podemos en el Estado espaol, el PSOL brasilero, el SSP escocs, la OPT mexicana, el HDP turco. Si uno recorre las prensas de las corrientes sectarias, podremos encontrar sin dificultad su oposicin a todas estas experiencias, es decir, a todos los procesos progresivos que la izquierda revolucionaria est protagonizando en el periodo actual.

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Democracia Socialista se propone construir una organizacin poltica revolucionaria, marxista, internacionalista, ecosocialista, feminista y por la disidencia sexual . Una izquierda revolucionaria no sectaria, una organizacin poltica caracterizada por un marxismo no dogmtico, por un anticapitalismo abierto, autogestionario. Es decir, un espacio poltico que no existe aun en nuestra cultura poltica, polarizada entre las corrientes populistas vinculadas al peronismo y el troskismo de tipo sectario.

En la actual etapa, caracterizada por una avanzada generalizada de un gobierno derechista contra las clases populares, debemos poner en el centro de nuestra actividad amplias tcticas de frente nico (sobre todo con los elementos combativos del kichnerismo). Esta tctica de unidad en la accin defensiva debe, a su vez, ir de la mano de la vocacin de construir un campo poltico propio, diferenciado tanto del gobierno como de la oposicin kirchnerista/peronista. Construir una alternativa poltica en nuestra actual etapa requiere explorar la posibilidad de empalmar con lo mejor de la militancia poltica que tuvo expectativas en el anterior gobierno, pero en el marco de un proyecto que supere los lmites insalvables del kirchnerismo. Debemos construir una nueva representacin poltica de las clases populares, un frente social y poltico de oposicin al ajuste, que sea portador de un proyecto de ruptura con el capitalismo y sus instituciones.

Como militantes revolucionarios, consideramos indigno ocultar nuestras ideas y propsitos. Sirva para tal fin esta clarificacin terica y estratgica con nuestros polemistas sectarios.

[1] Lizarrague, F., El Frente nico como justificacin para pelear candidaturas. Disponible en: http://www.laizquierdadiario.com/El-Frente-Unico-como-justificacion-para-pelear-candidaturas

[2] Astarita, R., FIT, chavismo de izquierda y este blog. Disponible en: https://rolandoastarita.wordpress.com/2015/08/08/fit-chavismo-de-izquierda-y-este-blog/

[3] Quiroga, M., Venezuela en momentos decisivos: un balance sobre la experiencia del chavismo. Disponible en: http://www.lacalderaop.com.ar/2016/02/venezuela-en-momentos-decisivos-un.html

[4] Bensad, D. Teoremas de la resistencia a los tiempos que corren. Disponible en: http://danielbensaid.org/Teoremas-de-la-resistencia-a-los?lang=fr

[5] Bensad, D., El retorno de la cuestin poltico-estratgica. Disponible en: http://www.democraciasocialista.org/?p=1981

[6] Martn, F., Hacia una reivindicacin libertaria de la forma partido: Para una autocrtica de las formas organizativas de la nueva izquierda. Disponible en: http://www.democraciasocialista.org/?p=5721

[7] Mosquera, M. y Callegari, T., Una crtica a las dos almas de la teora marxista del partido. Disponible en: http://www.democraciasocialista.org/?p=3062

[8] Otra experiencia basada en una direccin reformista, aunque con importantes particularidades dada la cuestin nacional y el carcter fuertemente represivo del Estado, es el HDP (Partido Democrtico de los Pueblos) turco. Es relevante percibir cmo, en el contexto de un estado fallido sometido a una guerra civil, donde est en el centro del conflicto una organizacin poltico-militar como es el PKK y la guerrilla kurda que desarrolla una experiencia muy avanzada de auto-gobierno, aun en este caso la lucha electoral y el reagrupamiento cobran igualmente un rol central. EL HDP es una formacin electoral amplia, antineoliberal, socialista democrtica, que defiende los derechos de las minoras nacionales, dentro del cual intervienen, por ejemplo, elementos de la guerrilla kurda.

[9] Una experiencia reciente, con puntos de contacto con esta hiptesis de construccin partidaria, es la de la OPT mexicana, convocada por el Sindicato de Electricistas. Pero all no se trata de un sector de izquierda de la burocracia sindical, sino de una seccin tradicionalmente combativa y anti-burocrtica del movimiento obrero, que se coloca como referencia para la vanguardia y encabeza el proceso de conformacin de un partido de trabajadores sobre bases anticapitalistas.

[10] Leandros Fischer, un analista de la experiencia de Syriza en Grecia, formula una buena descripcin de algunas de las dificultades de los partidos amplios con direcciones reformistas de izquierda: Los partidos reformistas de izquierda son organizaciones colectivas sofisticadas. Son instituciones con su propia vida interna. Las alas derechas de estos partidos son por lo general lo suficientemente inteligentes como para tomar el control de lo que los socilogos llaman las zonas de incertidumbre, reas sensibles de operacin la prensa del partido, distribucin de fondos, alguna figura carismtica en los medios, control sobre las camarillas parlamentarias, etc. Generalmente no tienen problemas con el hecho de que la izquierda se haga cargo de escribir los manifiestos del partido, de hacer el reclutamiento y de generar mitos de movilizacin para reforzar la identidad colectiva del partido. Incluso en tiempos de flujo en una sociedad como Grecia de 2010 en adelante, este arraigo estructural de los partidos reformistas de izquierda produce situaciones en las cuales la izquierda puede ser desplazada fcilmente si es necesario, chantajeando a los miembros indecisos con llamados abstractos a la unidad y haciendo aparecer a los disidentes como saboteadores.

[11] Bensad, D., El retorno, op cit.

[12] Astarita, R., La tactica trotskista del entrismo, disponible en: https://rolandoastarita.wordpress.com/2014/11/22/la-tactica-trotskista-del-entrismo-1/ y Quiroga, M., op cit. Paradjicamente, el segundo texto, que ms abajo analizaremos, rechaza una tctica entrista, pero propone una poltica hacia el proceso bolivariano que solo puede denominarse de tal modo. En primer lugar, el compaero formula una concepcin formalista del entrismo, definindolo segn si una fuerza se encuentra dentro o fuera de un partido legal. En segundo lugar, considerarse parte de un proceso (como propone el compaero como tctica para la Venezuela bolivariana) solo de manera cnica para interpelar a quienes forman parte del mismo, sin caracterizar sus rasgos progresivos ni identificar tareas para radicalizar o profundizarlo, es bsicamente la definicin poltica del entrismo.

[13] Una segunda experiencia de entrismo fue la que se desarroll, luego de la muerte de Trotsky, bajo la direccin de Pablo (Michel Raptis), donde se propuso una integracin semi-clandestina a organizaciones burocrticas, incluyendo a los partidos comunistas estalinizados. La experiencia de este entrismo sui generis, tal como fue denominado, es un caso diferente, pero aun menos pertinente para nuestro debate. Fue un entrismo de largo plazo, pero a la vez clandestino, dada las caractersticas de las organizaciones en las que se pretenda intervenir (los partidos comunistas, entre otros, formados en un antri-trotskismo militante y autoritario).

[14] OPLC, Hacia la construccin de un Partido de Masas con Libertad de Tendencias. Disponible en: http://www.lacalderaop.com.ar/2016/04/hacia-la-construccion-de-un-partido-de.html

[15] A su vez, la propuesta de los compaeros no incluye ningn criterio general para determinar quines seran los militantes de la organizacin (cualquier persona que haga un trabajo de base con este Partido se convertira automticamente en militante del mismo?), ni si la centralizacin de la organizacin debera darse en trminos polticos o en trminos sectoriales en funcin del trabajo de base.

[16] Izquierda Revolucionaria, Organizarnos para la lucha, organizarnos para la revolucin, en Revista terico poltica La Caldera n. 1.

[17] Bensad, D., Crmieux, L., Duval, F. & Sabad, F, Carta de los camaradas de la LCR a Alex Callinicos (SWP). Disponible en: http://www.democraciasocialista.org/?p=5375

[18] Manos Skoufoglou, La intervencin de la IV en Grecia. Disponible en: http://puntodevistainternacional.org/articulos-y-noticias/estrategia/264-conferencia-de-mannhein.html

[19] En un texto reciente, los compaeros de OPLC desarrollan una caracterizacin del proceso venezolano que se mantiene, aunque con ambigedades, demasiado cerca de esta matriz de interpetacin. Por un lado, plantean que se sienten cercanos de las fuerzas que, plantendose dentro del proceso bolivariano, han buscado mantener una poltica de crtica al gobierno e independencia de clase, formulacin con la que podramos acordar. Pero, por otro lado, no caracterizan que el proceso haya jugado un rol progresivo en la lucha de clases en Venezuela y se limitan a darle apoyos electorales tcticos, especialmente en un sentido anti-golpista, poltica que no se distingue, por ejemplo, de los llamados espordicos del Partido Obrero a votar por Evo en 2005 en Bolivia o el apoyo parcial a Tsipras en 2015. En rigor, defender polticas de unidad anti-golpista no es ms que el ABC de la poltica de los revolucionarios marxistas ante cualquier gobierno democrtico-burgus que se enfrenta a un peligro fascista, y es insuficiente para dar cuenta del rol positivo que cumpli el gobierno venezolano en su impacto sobre la experiencia poltica de las masas. Ver Quiroga, M., op cit.

http://www.democraciasocialista.org/?p=5819



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