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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 19-04-2017

Apuntes para un latinoamericanismo socialista

Facundo Martn
Democracia Socialista


Aspectos programticos e identitarios del latinoamericanismo

En nuestro subcontinente, la apelacin a cierto ideario latinoamericanista constituye una marca ineludible y necesaria en la cultura poltica de la izquierda. La reflexin sobre las condiciones especficas en las que nos orientamos polticamente, as como la recuperacin activa de las peculiaridades de nuestra historia regional, sus identidades, utopas y gestas histricas, son indispensables para la construccin de un perfil poltico capaz de desarrollo e insercin social. Sin embargo, el latinoamericanismo, ancho de mrgenes, se presenta algo vago a la hora de la elaboracin programtica y exige algunas clarificaciones. Este concepto poltico rene un conjunto difuso de convicciones militantes donde se anudan desde intuiciones programticas sobre las condiciones de disputa y construccin socialista en la periferia, hasta rasgos identitarios en torno a la simbologa y los valores de la izquierda regional. El latinoamericanismo es heterogneo en su interior: puede abarcar desde nacionalismos estatalistas y modernizantes hasta ideologas indigenistas de ribetes antimodernos y refractarias ante el estado. Diversos feminismos populares, movimientismos sociales construidos desde abajo, as como neodesarrollismos propulsores del capitalismo perifrico y populismos gubernamentales, todos ellos pueden reivindicarse como latinoamericanistas. Para formular una apropiacin seria sobre la significacin del latinoamericanismo en la izquierda es necesario, por lo tanto, separar cuidadosamente la paja del trigo: de qu latinoamericanismo estamos hablando? Cul queremos reivnidicar?

No pretendo articular una discusin exhaustiva de las corrientes y propuestas que, desde la izquierda, se reivindican como latinoamericanas, porque sera imposible en los lmites de este pequeo ensayo. En cambio, voy a tratar muy rpidamente tres problemticas que se entrecruzan, a veces de manera confusa, cuando se enarbola el tema: la especificidad de la realidad social latinoamericana, la vinculacin histrica entre capitalismo y racismo y la necesidad de dialogar con las identidades populares subyacentes en la construccin poltica socialista. En los tres casos, tratar de esbozar una reflexin latinoamericana, pero situada en la realidad argentina, preguntndome por los usos del latinoamericanismo contemplando las peculiaridades nacionales. El objetivo del trabajo es colaborar brevemente con la formulacin programtica de un latinoamericanismo socialista.

Existe una especificidad de la realidad social latinoamericana?

En primer lugar, es necesario aclarar en qu sentido podemos hablar de una especificidad social de Latinoamrica como regin. Es importante, manteniendo la adecuada crtica a los reduccionismos eurocntricos, discutir la visin exagerada segn la cual la realidad social latinoamericana sera radicalmente especfica (frente a la europea o norteamericana) y a la vez fundamentalmente homognea (o, al menos, lo bastante como para que las diferencias entre los contextos nacionales dentro de Latinoamrica pesen mucho menos que las discrepancias de conjunto entre el subcontinente y el centro global). Esta visin suele considerarse como el fundamento de una propuesta de integracin regional que permitira lograr una mayor independencia frente a los Estados del centro y los vaivenes del mercado mundial. La unidad latinoamericana sera entonces una precondicin para el despliegue de una poltica independiente, sea de carcter nacional-reformista o socialista revolucionario. Al mismo tiempo, el argumento de la especificidad latinoamericana se utiliza a veces, de manera poco feliz, para descartar en bloque las formulaciones estratgicas de la izquierda europea, enarbolando su presunta inadecuacin para el contexto regional. El primer punto (la necesidad de la unidad latinoamericana), sin embargo, no se deriva necesariamente de la tesis de la homogeneidad regional: tal unidad podra ser resultado de una poltica que d cuenta de las diferencias de envergadura entre contextos nacionales diversos. El segundo punto, si bien tiene algn valor para cuestionar la implantacin dogmtica de programas polticos elaborados a distancia, lleva a un dogmatismo de nuevo tipo. El esencialismo latinoamericanista borra las diferencias locales y nacionales y se utiliza para impugnar de plano la articulacin de categoras analticas imputadas como europeas (en particular, marxistas) para comprender la realidad local, que les sera se dice fundamentalmente refractaria.

Es preciso, por lo tanto, dar cuenta de la especificidad de Latinoamrica como regin pero al mismo tiempo precisar las condiciones en las que se habla de esa especificidad, precisamente para evitar la construccin esencialista de una unidad cultural o social de la regin que no resiste la confrontacin emprica ni el anlisis terico. Latinoamrica incluye una pluralidad de realidades nacionales, sub-regionales y locales demasiado diferentes entre s como para reducirlas a una narrativa excesivamente homognea. Desde pases semi-industrializados con una clase trabajadora importante hasta sociedades marcadamente indgenas y campesinas, desde dbiles economas rentistas hasta proto-potencias emergentes, el subcontinente encierra una multiplicidad de realidades que, allende las continuidades significativas, es abusivo homogeneizar en un relato unitario demasiado apresurado. La unidad latinoamericana puede ser un proyecto poltico, pero ciertamente no expresa una realidad sociolgica homognea, a pesar de importantes continuidades, de las que hablar enseguida. Es posible hacer una serie de generalizaciones relevantes sobre los Estados capitalistas perifricos y particularmente sobre la regin. Tambin es justo y legtimo plantear la unidad de Latinoamrica como un paso estratgico necesario en el proyecto internacionalista del socialismo. Pero tambin es necesario no caer en un esencialismo que ignora la heterogeneidad interna de nuestras realidades, claro.

Creo que las peculiaridades de las realidades latinoamericanas, sin pretender difuminar matices y a sabiendas de que esto puede resultar reduccionista, se pueden reconstruir desde dos ejes: primero, lo que Zavaleta Mercado llam abigarramiento, la existencia persistente de realidades sociales heterogneas en el contexto de un mismo Estado; segundo, la situacin de dependencia de los pases del capitalismo perifrico, que implica una insercin subalterna en el mercado mundial. Sin agotar el problema de la especificidad latinoamericana con estos dos escuetos ejes, creo que, a los fines de una apropiacin militante de cara a la construccin programtica, es posible sostener este enfoque dual.

Voy a comenzar por el segundo eje, referido al carcter subordinado de los pases perifricos en el mercado mundial. Este plano de anlisis responde a la organizacin sistemticamente contradictoria del capitalismo global (que homogeneiza y fragmenta, unifica de manera violenta pero divide en desigualdades terribles). Este eje es en principio abordable desde los contornos de categoras marxianas de la crtica de la economa poltica que se fijan en los movimientos y contradicciones generados por el capital en su autodespliegue. Se trata de las peculiaridades de las realidades latinoamericanas que son producidas por el movimiento inmanente del capital. Diferentes Estados poseen las particularidades resultantes de distintos tipos de insercin en el mercado mundial, sin que eso justifique que leamos en trminos exotistas u orientalistas la realidad latinoamericana. En este punto, la regin configura un partcipe subalterno y diferenciado, pero un partcipe al fin, de la modernidad del capital. Las categoras de la crtica de la economa poltica articuladas en la tradicin marxista, en este respecto, son bsicamente adecuadas para comprender a la regin. Para explicar el carcter dependiente de los Estados regionales debemos comrenderlos como realidades capitalistas cuyas peculiaridades se derivan de su especfica insercin en el mercado mundial. Esto significa que el marxismo, si abandonamos las interpretaciones dogmticas de cierta oxidada ortodoxia, el marxismo comprendido en forma amplia como teora crtica de la sociedad moderna, permanece como un marco de anlisis adecuado para comprender este aspecto de la realidad latinoamericana.

Es fundamental romper con una visin historicista del desarrollo social y poltico regional. Segn esta visin, los Estados latinoamericanos seran simplemente menos modernos que los Estados del centro en virtud de su relativo atraso en el desarrollo. Esta mirada postula un curso unilineal y universal del proceso histrico que debera ser recorrido por igual en todas partes y donde algunos Estados se habran desarrollado ms rpidamente que otros. Los pases del centro expresaran entonces el futuro ineluctable y/o deseable de los pases de la periferia, marcando un curso de desarrollo para stos. Esta visin progresista e historicista lleva a leer la realidad perifrica en trminos de atraso, gestando una poltica ingenua de propulsin del desarrollo capitalista que desconoce cmo algunas particularidades de los Estados perifricos se deben precisamente a su tipo de insercin en el mercado mundial y, por lo tanto, a su peculiar forma de participacin en el capitalismo mundializado. No se trata de realidades menos modernizadas que las del centro, sino de realidades plenamente modernas, pero sistemticamente subalternizadas en la modernidad del capital. La visin historicista, sin embargo, tambin opera, menos explcitamente, en cierta contraparte romntica, que ve en Latinoamrica un reservorio de identidades precapitalistas que haran las veces de resistencia frente a la penetracin del capital. Esta mirada lleva a la afirmacin ingenua de presuntos valores originarios e identidades telricas, desconociendo tambin el nivel de impregnacin de las categoras sociales capitalistas en la regin. En ambos casos se ignora que las formaciones sociales perifricas no sufren de un dficit de modernizacin (se lo valore positiva o negativamente) sino que configuran ya sociedades modernas, estructuradas de manera particular en funcin de su tipo especfico de insercin en el mercado mundial. El carcter de capitalismo perifrico de la realidad latinoamericana es, pues, el que explica tanto su singularidad por oposicin al centro como su permeabilidad a las categoras analticas marxistas de la crtica de la economa poltica.

Para analizar la dependencia estructural de muchas realidades latinoamericanas es preciso partir de una tendencia general y contradictoria de la lgica del capital: la simultnea homogeneizacin y fragmentacin de la vida social, que incluye tanto la creacin de diferencias como de desigualdades bajo el despliegue totalizador del valor que se auto-reproduce. Por un lado, el capital es un gigantesco agente de homogeneizacin: lo subsume todo bajo los imperativos de la acumulacin y la explotacin del trabajo asalariado. Transforma cada vez ms aspectos de la vida en mercancas, modifica los procesos de trabajo para adecuarlos a las necesidades de la valorizacin, convierte el conjunto de la naturaleza en recurso disponible para ser explotado y coloniza no slo territorios, sino tambin esferas de la coexistencia colectiva, tornndolos en mbitos donde desplegar su lgica de auto-reproduccin. Al mismo tiempo, en una diversidad de aspectos, el capital aparece como creador y propulsor activo de diferencias, fragmentaciones, multiplicidades y, tambin, desigualdades. El capital desintegra tendencialmente a las sociedades tradicionales, con sus pautas heredadas de vida, refuncionalizndolas como opciones de comercializacin y consumo diversificadas. Avanza sobre las formas de produccin precapitalistas, reorganizando el trabajo en funcin de sus propias necesidades abstractas, pero tambin transformando las formas de produccin. El desarrollo del mercado mundial no es la excepcin a este proceso dual. De un lado, se trata de un gigantesco movimiento de homogeneizacin, que a partir de los aos noventa ha llegado a ser verdadera y completamente planetario. Con la reconversin capitalista de China, la cada de la URSS y la cabal inclusin de los Estados perifricos en el mercado mundial, el capitalismo se ha vuelto al fin completamente global. Este gigantesco proceso de homogeneizacin y subordinacin del mundo entero implica, obviamente, una universalizacin de las contradicciones dinmicas que motorizan al capitalismo, esto es, el antagonismo entre el capital y el trabajo y la discrepancia creciente entre los resultados histricos del propio movimiento del capital y las condiciones de la valorizacin. La expansin del capital al globo, sin embargo, tambin crea activamente diferencias, fragmentaciones y desigualdades. El capital completamente mundializado profundiza las barreras sociales, econmicas y polticas entre el centro y la periferia, generando nuevas formas de dominacin imperialista sobre esta ltima. En otras palabras: la dependencia econmica de Latinoamrica no es una marca de atraso o dficit de modernizacin. La propia dinmica capitalista universalizndose est lejos de generar una igualacin progresiva de las condiciones de valorizacin a nivel global. Por el contrario, esta dinmica genera una brecha siempre renovada entre ganadores y perdedores, donde los Estados perifricos se insertan de manera sistemticamente subordinada en el mercado mundial /1. Sintticamente: el proceso de mundializacin del capital, que lo subsume y homogeneiza todo bajo sus categoras sociales y por ende universaliza la contradiccin capital-trabajo, es tambin un gitantesco proceso de segmentacin del mercado mundial, que produce y reproduce nuevas brechas sociales y econmicas entre el centro y la periferia.

Existen dos tesis clsicas en la teora marxista que es importante discutir para comprender la dinmica del capitalismo mundial actual. Primero, la tesis clsica del imperialismo segn la cual, en la fase avanzada del capitalismo, la ley del valor dejara de operar a causa de la creacin de grandes monopolios. En este marco, la depredacin directamente militar y poltica de los Estados imperialistas reemplazara la competencia entre capitales y la explotacin econmica (no fundada en la violencia inmediata) del trabajo. Frente a esta tesis, parece que hoy la ley del valor (y la explotacin del trabajo por medios fundamentalmente econmicos antes que por la coaccin directa) opera de manera, si no plena, s al menos radicalmente dominante. En un mundo donde no quedan territorios precapitalistas por colonizar, asistimos a una mundializacin de la lgica del capital. No se da, por ende, un reemplazo de la acumulacin por una lgica de dominacin poltico-militar, sino una nueva articulacin entre Estados y capital, mediada por las diferenciaciones geogrficas de la acumulacin. En segundo lugar, es importante debatir con ciertas tesis dependentistas segn las cuales sera imposible un desarrollo capitalista en la periferia. Los ejemplos del sudeste asitico, Brasil, India, China o Sudfrica desmienten empricamente esta tesis. Las economas perifricas han probado no estar condenadas a la exportacin de materias primas: por el contrario, pueden desplegar un importante desarrollo capitalista, incluyendo la generacin de industrias orientadas a la exportacin que son, dentro de ciertos lmites, internacionalmente competitivas. Es preciso, por lo tanto, comprender las peculiaridades de la periferia a partir de otro tipo de fundamentacin terica.

La subordinacin y subalternizacin de los pases perifricos en el mercado mundial hoy se explica, en este aspecto, por la dinmica de conjunto de la lucha de clases a nivel global y por las estrategias del capital para, a partir del aprovechamiento de las diferencias geogrficas, jurdicas y tecnolgicas entre Estados nacionales, imponer una avanzada general contra la clase trabajadora. Las desigualdades nacionales entre centro y periferia son por lo tanto una funcin de la lucha de clases a escala mundial, donde la productividad del trabajo y la disponibilidad de mano de obra calificada (por ende, la creacin de mayor valor agregado) es determinante. La brecha entre el centro y la periferia puede expresarse esquemticamente por la diferencia entre dos formas de explotacin: una basada en la elevada productividad del trabajo, la mayor capacidad para producir plusvala extraordinaria a partir de la incorporacin tecnolgica y el recurso a mano de obra calificada (en el centro); otra basada en la baja productividad del trabajo, la presencia de estructuras productivas tecnolgicamente ms dbiles y el empleo de mano de obra menos calificada (en la periferia). Esta diferencia implica, fundamentalmente, que en los pases del centro existen mrgenes para coordinar la acumulacin de capital con el mantenimiento de mayores niveles de consumo obrero (en virtud de los incrementos de productividad y su reparto entre el aumento de la tasa de plusvala y el del salario real), mientras que en la periferia la acumulacin opera con niveles de productividad menores y se funda en la degradacin relativa de las condiciones de vida de la clase trabajadora y la imposicin de formas de salarizacin y proteccin sindical significativamente inferiores.

A nivel mundial, el capital social total termina aprovechando las diferencias geogrficas (en un proceso que es jalonado por intereses particulares y no concertado conscientemente) para imponerse de conjunto a la clase trabajadora. En el centro global, las prcticas de off-shoring y la implantacin de filiales en territorios donde el movimiento obrero es ms dbil presionan a la baja sobre los salarios y debilitan las posibilidades de lucha obrera. En la periferia, la aceptacin de condiciones de explotacin degradadas aparece como condicin para la llegada de inversiones y el despegue econmico. As, la generacin de diferencias cada vez mayores entre el centro y la periferia aparece como un producto de la lucha de clases en su dinmica internacional (dinmica que no se da directamente en forma internacional sino que est mediada por el funcionamiento de la lucha de clases en los espacios nacionales sometidos al mercado mundial).

Finalmente, en relacin con estas condiciones geogrficamente diferenciadas de la acumulacin, los Estados del centro gozan de mayor poder econmico, poltico y militar, operando globalmente (en especial, Estados Unidos) como propulsores y garantes de las condiciones polticas, jurdicas y militares para reproduccin y profundizacin del capitalismo mundial (y sus segmentaciones globales). Puede hablarse de un tipo de imperialismo contemporneo donde el centro global refuerza (a partir de su superioridad militar y poltica) un contexto que es sistemticamente desfavorable a la periferia, al tiempo que garantiza la explotacin mundial de la clase trabajadora. No se trata tanto de que la violencia poltica directa reemplace a la lgica del capital, sino de que opera como su refuerzo y garante a nivel global. Las lites empresarias y gubernamentales perifricas, por su parte, tienden a favorecer la implantacin de condiciones de sobre-explotacin de la fuerza de trabajo (en relacin a los estndares del centro) en sus propios territorios, en la medida en que ello les permite propulsar el desarrollo econmico en sus espacios nacionales. A menudo los Estados dependientes se alan con las potencias capitalistas para favorecer la llegada de inversiones y la instalacin de grandes transnacionales, funcionando como verdaderas puntas de lanza de la dominacin capitalista global. De este modo, se gestan las condiciones para el usual activismo pro-capitalista de los Estados perifricos y sus equipos dirigenciales.

Ahora bien, tambin existe un segundo eje de particularizacin y diferenciacin de las realidades latinoamericanas del que es preciso dar cuenta. El abigarramiento se relaciona con la coexistencia de realidades sociales heterogneas en un mismo espacio estatal. Este aspecto se refiere a la simultaneidad de procesos histricos desplegados por el capital con la vigencia de realidades sociales subalternas que son irreductibles a la lgica capitalista y sus contradicciones generadas inmanentemente. En Latinoamrica asistimos a una serie de procesos sociales y culturales que participan de manera heterclita en la modernidad del capital. Este eje de anlisis se refiere a peculiaridades regionales que no son necesariamente producto del despliegue del capitalismo y su lgica de totalizacin y fragmentacin simultneas, sino a la articulacin de la modernidad capitalistas con realidades histricas no-modernas en su origen histrico. En la mayora de las sociedades latinoamericanas se yuxtaponen formaciones culturales y trazos de modos de produccin diferentes. Persisten, en particular, formas comunitarias de sociabilidad que no fueron siempre disueltas por la implantacin y desarrollo del capitalismo. Estas persistencias comunitarias o subalternas marcan una hibridacin de formas histricas modernas y no modernas en la regin. Nuevamente, es preciso no leer en clave historicista o de progreso tales realidades sociales: las formas de sociabilidad subalterna no son meros resabios de un pasado precapitalista en tren de desaparecer. Se trata, en cambio, de formas de heterogeneidad y complejidad interna de los capitalismos latinoamericanos, que articulan muchas veces de manera inestable las contradicciones generadas por la dinmica del capital y las tensiones sociales (no dialcticas en sentido estricto, no gestadas de modo inmanente) que surgen del carcter abigarrado de nuestras sociedades. Los sectores subalternos, que aparecen a la mirada desarrollista como meros resabios premodernos condenados a desaparecer, son por el contrario grandes protagonistas de resistencias al capitalismo y todo proyecto socialista debe dialogar afirmativamente con sus inquietudes, proyectos y necesidades. En particular, la lucha por la autodeterminacin de los pueblos originarios es un elemento importante de la estrategia socialista en la regin. Es preciso, entonces, entender este carcter abigarrado de Latinoamrica, donde (con variaciones nacionales, claro) aparecen fuentes de conflicto social que no siempre surgen de la dinmica inmanente del capital, sino del encuentro entre la lgica capitalista y realidades sociales subalternas, comunitarias, indgenas, de diferentes tipos, que descoyuntan toda mirada demasiado homogna sobre la regin.

En sntesis, existen caractersticas generales y especficas de los Estados perifricos en la regin, que es preciso comprender para adecuar el anlisis de la realidad y la formulacin de la estrategia socialista. Sin embargo, es indispensable evitar caer en las mitologas del exotismo perifrico y el esencialismo subalterno. Las particularidades estructurales de las sociedades latinoamericanas son, por un lado, producto de las tendencias contradictorias que el capital pone en funcionamiento, y por el otro resultan del carcter heterogneo, abigarrado y complejo de las modernidades perifricas. Es preciso comprender tanto la dialctica de homogeneizacin y fragmentacin del mercado mundial en el capitalismo completamente globalizado, como las resistencias genuinas de los sectores subalternos ante la expansin del capital. Los Estados perifricos operan con estructuras productivas dbiles que suponen que la acumulacin se descargue sobre la sobre-explotacin de la fuerza de trabajo, en un contexto donde las lites locales, allende sus roces coyunturales con el imperialismo, fomentan la profundizacin de las relaciones capitalistas.

La divisin centro-periferia en la economa mundial se articula, en particular en el primer eje de anlisis, con el antagonismo de clases y la dinmica de explotacin del trabajo a nivel global. Los Estados perifricos son peculiares frente a los del centro, pero ello se debe a su lugar en el mercado mundial antes que a una radical ajenidad a las categoras sociales capitalistas o modernas. Lo que aparece superficialmente como el atraso crnico de la periferia no es producto de un dficit de modernizacin sino de la imposibilidad de desarrollar formas de acumulacin fundadas en una alta productividad del trabajo, en un contexto donde las diferencias tecnolgicas y sociales con el centro no cesan de reproducirse.

De lo anterior se deduce una gran consecuencia prctica: la inviabilidad de toda alianza de clases con la burguesa nacional para el desarrollo de una estrategia, no ya socialista, sino siquiera consecuentemente anti-imperialista. Las dificultades crnicas que acompasan el despegue tcnico y econmico en la periferia (y su mayor susceptibilidad a ciclos de expansin y crisis del capital) reposan sobre la incapacidad para cimentar estructuras productivas fundadas en la alta productividad del trabajo, la generacin e incorporacin de tecnologas y la plusvala relativa. La segmentacin global entre centro y periferia, por ende, no es previa a ni independiente de la lucha de clases, sino que est constituida de cabo a rabo por sta. En este marco, la hiptesis de una alianza estable con la burguesa verncula como condicin necesaria para el desarrollo de la economa nacional se muestra quimrica una vez que comprendemos la naturaleza internacionalizada del capitalismo perifrico. Los diversos Estados operan normalmente como defensores de los intereses de las empresas transnacionales cuyas casas matrices estn radicadas en sus territorios, lo cual a menudo genera la imagen de una lucha entre naciones donde Estado y capital nacional son aliados contra las fuerzas forneas. Esta imagen, sin embargo, se ve desmentida por el anlisis. En el marco de la economa transnacionalizada, las diferencias entre centro y periferia son dinmicas y se reconfiguran a partir del proceso histrico, pero no pueden ser eliminadas por la accin voluntarista del Estado en los marcos del capitalismo. Los Estados, subordinados a la lgica de la acumulacin a nivel global, no son capaces (al menos, dentro del capitalismo) de controlar polticamente el movimiento econmico. Esta enunciacin, que vale para todo Estado capitalista, se agudiza particularmente en las condiciones de valorizacin de la periferia. La expansin econmica, ligada a la profundizacin de las tendencias operantes en el mercado mundial, aparece para estos Estados como una condicin de posibilidad de su propia viabilidad econmica (necesaria a su vez la legitimacin de sus polticas), lo que los encierra en un crculo de reproduccin a largo plazo de la brecha centro-periferia. Obturar de modo perdurable la acumulacin resulta inviable para los Estados nacionales capitalistas. A la vez, las burguesas nacionales perifricas tienen ms intereses en comn con la clase dominante internacionalizada que con la clase trabajadora de la propia periferia. La clase dominante local participa de los beneficios de la divisin internacional del trabajo y de las fragmentaciones producidas por el mercado mundial. Es, por lo tanto, imposible a largo plazo (allende situaciones puntuales) que enfrente de manera sistemtica al imperialismo y las burguesas forneas. Antes bien, sus intereses histricos le exigen aliarse con esos sectores para propulsar ya la acumulacin en el contexto local, ya la salida de sus propios beneficios al exterior. Luego, la alianza de clases con la burguesa perifrica no slo bloquea cualquier estrategia socialista, sino tambin la prosecucin de un anti-imperialismo consecuente.

De lo anterior se sigue fundamentalmente que las perspectivas de desarrollo nacional (o regional) independiente, son quimricas. No existen las fuerzas sociales y econmicas que pudieran darles cauce. Por el contrario, la tendencia es que el desarrollo capitalista perifrico (incluso con sus instancias de despegue econmico) debe reproducir la dinmica del mercado mundial, profundizando sus tendencias contradictorias a la homogeneizacin y fragmentacin globales. Esta situacin, que explica la inviabilidad histrica de la independencia econmica nacional en marcos capitalistas, tiene a su vez consecuencias para la estrategia socialista, que abordar en un apartado posterior.

Capitalismo y racismo

Para profundizar en el planteo en torno a la necesidad de una izquierda latinoamericana es preciso comprender la construccin blanca del capitalismo. El anlisis social crtico desconfa de las apariencias igualitaristas de la sociedad burguesa, mostrando cmo stas esconden formas de desigualdad sistemticas y particularmente violentas. Marx despleg la desconfianza ante la falsa igualdad entre particulares en la esfera de la circulacin, mostrando que esa igualdad no es sino la forma de existencia de la desigualdad de clase, la dominacin y la explotacin. La forma moderna de extraccin de excedente, en efecto, no se funda en la coaccin directamente ejercida por la clase dominante, sino que est articulada con la libertad e igualdad de que gozan los particulares en el mercado. Burgueses y proletarios son formalmente libres e iguales ante la ley. La libertad e igualdad, sin embargo, posibilitan la dominacin de clase y la explotacin. As, puede fundarse una crtica inmanente de la desigualdad burguesa, mostrando cmo la igualdad capitalista est debajo de su propia vara moral, histrica y poltica, en cuanto opera como forma de existencia de la dominacin.

Aos despus de Marx, el feminismo avanz en el cuestionamiento de la desigualdad de gneros y, una vez ms, revel que la igualdad y la libertad burguesas han sido fundamentalmente la mascarada de un tipo de privilegio, en este caso masculino. Las feministas nos mostraron que la dominacin patriarcal no es un mero resabio feudal, un remanente de formas de opresin precapitalistas que la modernidad del capital vendra a desterrar. En cambio, nos ensearon que el capital se asocia a formas sui generis de dominacin masculina, donde las cualidades psquicas y subjetivas del trabajo creador de valor (eficacia, disposicin a la competencia, racionalidad calculadora, disposicin a hacer violencia al propio cuerpo) son vinculadas a la construccin de una figura dominante de la masculinidad. La concepcin hegemnica de la mujer y lo femenino, correlativamente, es construida a partir de las caractersticas subjetivas ligadas a la reproduccin y la esfera de los cuidados. As, se mostr que a la opresin de clase, el capitalismo sumaba una peculiar opresin de gnero.

Hoy, lxs marxistas latinoamericanxs debemos efectuar un giro similar al que nos marcan las feministas para dar cuenta de la vinculacin entre la cuestin racial y el capitalismo. El racismo que impera en las sociedades contemporneas no es un mero residuo de lgicas precapitalistas en tren de ser desmanteladas por la modernizacin. Por el contrario, se trata de un tipo de racismo especficamente moderno, gestado en el seno de las categoras sociales capitalistas y su desarrollo. El capitalismo se constituy, desde sus orgenes, ligado a la expansin colonial europea. Desde las minas de oro y plata americanas hasta las colonias inglesas en la India, la historia del capitalismo ha sido la historia de la violencia de las potencias centrales sobre sus periferias. En este movimiento histrico de largo aliento, se construy una asociacin sistemtica entre la blanquitud y la pertenencia a grupos sociales dominantes en la sociedad burguesa. La blanquitud, a lo largo de los procesos de consolidacin civilizatoria del capitalismo vinculados directamente a la expansin europea, acab por constituirse como la marca racial del capitalismo. Como dice Bolvar Echeverra: podemos llamar blanquitud a la visibilidad de la identidad tica capitalista en tanto que sta sobredeterminada por la blancura racial /2. La blanquitud, como cualidad asociada laxamente a la blancura racial, se vincula a las cualidades subjetivas necesarias para garantizar la docilidad de un individuo concreto a los imperativos de la valorizacin. Un individuo es moderno en la medida en que ha interiorizado subjetivamente los imperativos de conducta ligadas a la valorizacin, esto es, la funcionalidad respecto de la produccin de riqueza como un proceso de acumulacin de capital /3. La subjetividad dcil al capital, productivista, disciplinada y orientada espontneamente (sin necesidad de coerciones externas continuas) al rendimiento y la maximizacin de la eficacia (y por ende de la ganancia), como tipo de subjetividad dominante en la sociedad moderna, se ha asociado histricamente a las caractersticas raciales de los europeos del norte, esto es, a la blancura racial.

Europa, en su proceso de conquista global que expandi el capitalismo al mundo, construy una imagen de la blanquitud centrada en los rasgos de la subjetividad dominadora y adecuada a las exigencias que la acumulacin impone sobre los cuerpos. El capitalismo produjo histricamente, por lo tanto, un tipo de racismo propio, ligado a la conversin de los cuerpos en instrumentos de la valorizacin. Asimismo, el imperialismo de los centros capitalistas fue una y otra vez legitimado en nombre de la supuesta inferioridad civilizatoria de los pueblos y culturas colonizadas. La construccin de la negritud (en un sentido amplio que incluye a lxs pobladorxs originarixs de Amrica y tambin a lxs mestizxs) se desarroll, en ese marco, por oposicin a la imagen dominante de la blanquitud. Lo negro se asoci entonces a la indisciplina, la incapacidad para el trabajo creador de valor, la ineptitud para el rendimiento e incluso para la irracionalidad.

En sntesis, el capitalismo se despleg histricamente de la mano de una forma de racismo donde se asociaron los caracteres blancos con las cualidades subjetivas dominantes ligadas a la valorizacin. En este proceso, la blancura racial ofici como soporte de un racismo ms laxo (no estrictamente tnico) vinculado a la dominacin cultural europea, que se propag de la mano del desarrollo del capitalismo y su enorme movimiento subordinacin de los cuerpos, la naturaleza y las subjetividades a las exigencias de la reproduccin ampliada del valor. En la medida en que este racismo es laxo, puede flexibilizar sus contornos e incluso devenir concesivo con los sectores sociales subalternizados por la expansin capitalista. Esto no necesariamente altera, sin embargo, los presupuestos del racismo moderno, que sirvi y sirve de justificacin del colonialismo europeo y de la subordinacin de los sectores sociales englobados ampliamente en la negritud.

La configuracin social y poltica latinoamericana, en sus diversas y complejas realidades, es resultado de ese proceso de expansin civilizatoria del capital que est ligado histricamente a la dominacin blanca. No es posible comprender las realidades latinoamericanas, aun con su diversidad, sin analizar cmo las poblaciones indgenas, lxs mestizxs y lxs afrodescendientes fueron subalternizados por el conquistador blanco, y luego devinieron masivamente proletarixs con la difusin del modo de produccin capitalista. La interseccionalidad entre clase y raza oprimidas no es meramente contingente en el subcontinente sino que se vincula con esta asociacin histricamente consolidada entre la negritud y la condicin proletaria. Lxs proletarixs latinoamericanxs son, no slo en su mayora estadstica, sino en virtud de la construccin dominante de las identidades raciales, proletarixs negrxs y mestizxs. Esto significa que es imposible interpelar y organizar a la clase trabajadora en la regin sin dialogar con estas condiciones de negritud y mestizaje construidas histricamente, en las que se sedimentan todas las cargas de estigma y subalternizacin tradas por siglos de conquista europea primero y subsuncin capitalista despus. La lucha de clases en la regin debe ser anti-racista, so pena de no comprender la composicin real de las identidades obreras. De modo anlogo, frente al anti-racismo liberal que descansa ingenuamente en las posibilidades de la ampliacin de derechos en el marco del capitalismo, es preciso construir una crtica de la opresin racial en la modernidad que d cuenta de su vnculo sistemtico con la economa del plusvalor. En efecto, el capitalismo moderno se construy sobre la base de la subordinacin de las identidades negras en sentido amplio. Si bien esa subordinacin no se deriva mecnicamente de la lgica del capital, tampoco se construy con independencia de ella (el racismo moderno no es un residuo precapitalista sino que fue generado activamente por el capital). Por ende, existe un nudo histrico significativo entre capitalismo y racismo, que explica por qu la opresin racial persiste a pesar de los avances en las agendas de reconocimiento de derechos civiles.

La izquierda latinoamericana, en particular la marxista, debe comprender el nexo histrico entre capitalismo y dominacin blanca para dar cuenta de la forma como se han consolidado las identidades populares (pero tambin las subjetividades dominantes) regionales. Slo de esa manera ser posible construir una estrategia socialista que interpele efectivamente a la clase trabajadora y sus identidades construidas, dando cuenta de las opresiones heredadas, las lneas de antagonismo y las posibilidades de construccin hegemnica.

Identidades populares y estrategia socialista

Partimos de un principio general en la lucha anticapitalista: el socialismo no es un ideal a implantar desde afuera y arriba sobre una realidad inerte, sino que debe relacionarse con dinmicas sociales abiertas que expliquen al menos su posibilidad histrica, en particular con las luchas siempre-ya puestas en marcha de los sectores subalternos. Esto significa que la estrategia socialista permanece extempornea sin una clarificacin de las tendencias vivas y actuantes en la propia sociedad burguesa que podran encaminar su realizacin. De este principio se deduce la necesidad de articular la poltica anticapitalista con las convicciones, identidades y valores preexistentes en la clase trabajadora y los sectores populares. Solamente cuando organice bajo su direccin las aspiraciones sentidas del movimiento popular efectivo, podr la poltica socialista apoderarse de la dinmica real de la sociedad. Esto nos lleva a diferenciar el carcter de vanguardia de toda poltica emancipatoria, del vanguardismo mal entendido que cree que desde capillas elitistas y reductos auto-proclamatorios sera posible dirigir a la clase trabajadora sin un proceso serio, arraigado y sistemtico de interaccin honesta y genuina con sus identidades, sus tradiciones y su cultura. La clase trabajadora no es una materia exnime a la que lxs socialistas podamos dotar de forma de modo unilateral. Por el contrario, posee un reservorio propio de conviciones, valores y creencias, que no es posible reconfigurar de manera externa. Por lo tanto, las aspiraciones socialistas deben formularse en cada contexto de modo que aparezcan propulsando, radicalizando y subvirtiendo (pero nunca impugnando sin ms) los elementos ms progresivos, los elementos potencialmente emancipadores, de la cultura obrera y popular efectivamente existente.

La necesidad de arraigar la poltica socialista en las particularidades culturales de la vida obrera y popular plantea interrogantes para la cuestin latinoamericana Hay una identidad popular latinoamericana? En un comienzo, parece que la respuesta debe ser negativa. As como no hay una realidad latinoamericana definible de forma esencialista, tampoco existe una nica identidad popular o subalterna en toda la regin. Nuevamente, es preciso evitar el esencialismo y el exotismo. La idea de un pueblo latinoamericano que se dara a s mismo sus formas de vida y su cultura es una ficcin probablemente ms ligada a visiones conservadoras que transformadoras. Primero, porque desconoce la pluralidad y heterogeneidad interna de las identidades populares. Segundo, esta visin desconoce cunto encierran de opresin las identidades populares efectivamente constituidas. En la cultura popular se sedimentan resistencias, luchas y conflictos, pero tambin milenios de opresin interiorizada. Es preciso evitar el mal vanguardismo que quiere impostar desde afuera, por encima del movimiento efectivo de la realidad, aspiraciones arbitrarias, pero es igualmente peligroso, en nombre de la concrecin poltica o del enraizamiento plebeyo, desterrar todo gesto de vanguardia. El anti-vanguardismo sistemtico es sin ms una ideologa conservadora, que absolutiza algunos rasgos devenidos de la cultura popular y los postula como inmodificables. En el fondo, este anti-vanguardismo tiene mala conciencia, porque no representa la espontaneidad popular sino la espontaneidad de algunas lites que se imaginan ms legtimas que otras para la tarea de la direccin.

El esencialismo nacional o telrico se ha vuelto impracticable porque asistimos a una poca donde las identidades obreras, populares y subalternas son, si bien con lmites, relativamente plurales y post-tradicionales. Encontramos un ejemplo de esto con el peronismo en Argentina. Existe un viejo lugar comn segn el cual la identidad peronista sera el cordn sanitario que separa a la izquierda radical del movimiento obrero. Esta ltima, por el carcter europeo de sus conceptos polticos, no podra dialogar efectivamente con el sentido comn popular. Sin embargo, las identidades actuales aparecen ms fragmentarias, complejas y ricas de lo que sugiere la narrativa (acaso correcta en los aos 50 o 60) de un peronismo eterno como ideologa obrera nacional. En efecto, las contra-culturas juveniles o musicales, los clubes de ftbol o las pertenencias religiosas parecen tener un calado mayor en la cultura espontnea del movimiento popular que la vieja devocin a Evita. En suma, la necesidad estratgica de compenetrarse con el sentido comn popular sin renunciar la aspiracin vanguardista a la direccin y la representacin polticas, supone evitar tanto las malinterpretaciones del vanguardismo estril, como la hipstasis conservadora de absolutiza una imagen construida de las identidades populares, inmovilizando el carcter activo, dinmico y creativo de la accin y la direccin polticas.

En relacin con lo anterior, aparece una segunda pregunta habitual en la izquierda latinoamericana: es el nacionalismo una fuerza potencialmente revolucionaria? Es posible dinamizar energas movilizadas por reclamos o demandas de carcter nacional, en un sentido emancipatorio? Sostendr que s, aunque, nuevamente, dentro de ciertos lmites. La potencia y los lmites del nacionalismo de izquierdas pueden comprenderse a partir de la contradiccin entre capitalismo y democracia.

La sociedad capitalista ha instituido por doquier el ideario democrtico. La dominacin de la burguesa no se realiza mediante la coercin directa sino a travs de un sistema de coacciones impersonales, esto es, a travs del intercambio de equivalentes en el mercado. Luego, se trata de una paradjica dominacin mediante la libertad y la igualdad, donde la clase explotada y la explotadora no estn vinculadas por lazos de dependencia personal directa sino que aparecen como partes contratantes libres e iguales. Lxs trabajadorxs modernos, por lo tanto, se ven atravesados por una socializacin dual. Por un lado, son individuos libres e iguales en la esfera de la circulacin; por el otro, son proletarixs sometidxs al comando del capital. La sociedad capitalista, que por doquier proclama la democracia, la libertad y la igualdad, sin embargo niega todos esos principios tanto en la organizacin del proceso de trabajo (que es comandado verticalmente por el capital) como en la dinmica de conjunto de la produccin, la distribucin y el consumo, que por el fetichismo de las relaciones mercantiles se enfrenta a lxs particulalres como un cmulo de necesidades ajenas e incontrolables. En condiciones capitalistas, la auto-valorizacin del capital y la explotacin se imponen como metas alienadas de la vida social, coartando las posibilidades de auto-determinacin individual y colectiva de lxs particulares reunidxs. Luego, la poltica como interrogacin democrtica sobre el sentido de la existencia colectiva se ve radicalmente coartada. Si el capital proclama (y, hasta cierto punto, instaura) por doquier la democracia, su tipo de democracia es extremadamente limitado, ya que se acaba tan pronto como entra en conflicto con la explotacin y la acumulacin. Hay un secuestro de la poltica por la lgica del capital, que torna a la democracia en sentido profundo (como deliberacin colectiva sobre el destino de la vida en comn) en un ideal emancipador (contra las visiones limitadas que buscan reducirla a un mero procedimiento o, pero aun, a una categora adecuada para describir la realidad).

De lo anterior se sigue que hay una contradiccin insuperable entre la reproduccin del capitalismo y el ejercicio radical de la soberana popular. Un pueblo sometido a los mandatos de la acumulacin no puede ser radicalmente soberano. Esto explica que algunas rebeliones nacionalistas puedan asumir rasgos de impugnacin parcial del capitalismo: en efecto, el reclamo de soberana nacional puede trasuntar un rechazo a la valorizacin del valor como meta desembozada de la actividad econmica y social. El reclamo de soberana popular, que puede aparecer en cierto usos del nacionalismo, tiene connotaciones progresivas y la lucha socialista debe ser capaz de dialogar con l.

Existen, sin embargo, dos peligros centrales en el nacionalismo, con los que es preciso vrselas con seriedad. El primero, propio de los nacionalismos progresistas, es que pueden caer en toda clase de ilusiones estatistas o populistas. En efecto, el reclamo de soberana popular, en una visin ingenua, puede resolverse en sentido del rechazo de los excesos de los mercados (o de cierto tipo de capital, como el financiero contra el industrial). Esta visin suele atribuir al Estado un poder del que realmente carece para controlar externamente la dinmica del capital (cuando Estado y capital, allende su autonoma relativa, guardan correlaciones estructurales significativas). En este caso, el nacionalismo es ms iluso que positivamente peligroso: se trata de una fuerza progresista, que busca restituir la autonoma social comprendida de modo limitado o distorsionado como soberana popular bajo el Estado capitalista. Con este tipo de nacional-reformismos es preciso mantener, desde el socialismo, un dilogo activo y crtico, que favorezca cierta permeabilidad ante sus ideas. En la medida en que la tarea de lxs socialistas revolucionarixs no es embestir de frente contra el sentido comn, sino rearticular en sentido emancipador sus ncleos progresivos, el nacional-reformismo de aspiraciones anti-mercado puede ser una fuerza progresiva en ciertos contextos. Es preciso concebir al socialismo como la nica poltica que puede realizar hasta el fondo las aspiraciones genuinas, emancipatorias y democrticas que subyacen a esta clase de nacionalismo (antes que como su impugnacin radical). La genuina poltica socialista aspira a rearticular y superar (no a impugnar en bloque) las ms dinmicas y liberadoras aspiraciones a la soberana de los pueblos.

Evidentemente, la relacin dialgica y de mutua permeabilidad (propia de toda poltica hegemnica) que propugnamos entre socialismo y nacionalismo, no es posible sin un momento de ruptura. Este inevitable momento de ruptura entre socialismo y nacionalismo progresista radica en que, para lxs socialistas, las aspiraciones a la democracia y autonoma social son viables no slo ms all del capital, sino slo poniendo en cuestin los lmites de la nacin. La experiencia histrica y el anlisis terico nos ensean, en efecto, que el proyecto del socialismo en un solo pas es inviable. A largo plazo, la lucha por la ampliacin y radicalizacin de la democracia y en contra de los imperativos del capital, slo puede realizarse a escala global. Las rupturas democrticas en marcos nacionales son indispensables, pero slo podrn sostenerse si funcionan como jalones de la lucha de clases global y, por ende, como momentos nacionales hacia la reconstruccin del internacionalismo socialista y de clase. A largo plazo, las aspiraciones democrticas que subyacen en los reclamos de soberana nacional slo pueden cumplirse ms all de los lmites de la nacin, en la propulsin a fondo de la ruptura democrtica a escala global.

En segundo trmino, es preciso prevenirse contra los usos ms peligrosos del nacionalismo, ligados a la bsqueda de chivos expiatorios para las situaciones de opresin. En este caso, el nacionalismo ya no aparece como una fuerza progresista aunque programticamente limitada o ingenua ante el significado y podero globales del capital, sino como una fuerza social reaccionaria, peligrosa por sus implicancias sociales y por la dinmica poltica que puede desatar. El nacionalismo reaccionario busca descargar en un grupo social putativamente minoritario, identificado como ajeno a la comunidad nacional, las responsabilidades por los descalabros existenciales y sociales que caracterizan al movimiento del capital. El antisemitismo es la forma paradigmtica de este tipo de nacionalismo, donde se atribuye a un colectivo particular, como lxs judxs, una responsabilidad imaginaria por el control de la economa y, por ende, por el fracaso de la nacin, la pobreza y las crisis. Otro caso similar se da con lxs inmigrantes, sospechadxs de responsabilidad por el desempleo de la clase obrera nacional. En estas formas de nacionalismo, las fuerzas ms violentas de la derecha logran redirigir el rechazo de la clase trabajadora al orden de cosas establecido, contra un grupo social determinado Se trata de la movilizacin energas sociales revulsivas hacia la persecucin xenfoba en lugar de hacia la impugnacin del capitalismo como tal. As, perversamente, se ofrece a lxs oprimidxs el beneficio de violentar a otrxs, al precio de aplazar indefinidamente su propia liberacin. Estas formas de nacionalismo xenfobo muchas veces empalman con sentimientos anti-capitalistas difusos, que son redireccionados en un sentido de refuerzo sistmico. El nacionalismo, en estos casos, ya no aparece como una fuerza de aspiraciones liberadoras pero limitada en sus medios o su comprensin de la realidad, sino como una ideologa activamente reaccionaria que es preciso combatir de manera activa y frontal.

Conclusin

En este breve ensayo intent una discusin y apropiacin marxista de la cuestin latinoamericana. Intent clarificar en qu sentido la realidad regional es especfica, recuperando el momento de verdad en la tesis segn la cual hay una serie de particularidades relevantes en la constitucin social y econmica de los Estados perifricos, a condicin de que no se la interprete en forma esencialista o exotista. Buena parte de las particularidades estructurales de Latinoamrica se explican por su insercin peculiar (y subalterna) en el mercado mundial, fundamentalmente por la generacin y profundizacin de las diferencias tecnolgicas y productivas centro-periferia. El capital, en su movimiento auto-expansivo, realiza un proceso contradictorio de totalizacin y fragmentacin de las formas sociales. Este proceso se da tambin en el mercado mundial, donde el capital deviene global (subsumindolo todo a su lgica de valorizacin del valor) y a la vez regenera la segmentacin entre Estados ganadores y perdedores. Este movimiento dual de homogeneizacin y fragmentacin, que gesta las peculiaridades de la economa perifrica, es en ltima instancia dinamizado por la lucha de clases mundial (que, evidentemente, no se da como tal en forma directa sino que se ve jalonada por sus coyunturas nacionales). Asimismo, las sociedades de la regin aparecen como heterclitas, complejas o abigarradas, esto es, como sociedades donde la dinmica moderna del capital coexiste con realidades subalternas que le son irreductibles. En este segundo aspecto, las condiciones regionales deben ser comprendidas en una especificidad que no es completamente explicable por la crtica de la economa poltica como teora de las contradicciones dinmicas auto-generadas por el capitalismo. En cambio, se trata de instancias donde el capital se hibrida y articula con trazos de sociabilidad no puestos por l mismo, que tienen sus propias historias, trayectorias y prioridades.

A lo anterior se suma el elemento ideolgico y cultural aportado por la construccin blanca del capitalismo. El capitalismo produce y refuerza la dominacin blanca y la subalternizacin de negrxs, mestizxs e indixs. La modernidad del capital se fund en la construccin de una concepcin de la blanquitud ligada al trabajo creador de valor y a las cualidades subjetivas que ste exige, como la predisposicin al rendimiento, la disciplina corporal y la racionalidad calculadora. Las identidades subalternas, todas ellas subsumidas por la visin dominante bajo un concepto amplio de la negritud, fueron asociadas a la irracionalidad, la indisciplina y la incapacidad para el auto-gobierno. Esto explica la interseccionalidad sistemtica entre raza y clase en las periferias, en particular entre lxs obrerxs negrxs y mestizxs de nuestro subcontinente.

Las particularidades de los Estados perifricos, por su parte, se vinculan con la dinmica poltica y la contradiccin entre capitalismo y democracia. Las demandas nacionalistas, en particular, pueden ser la forma de expresin (parcialmente distorsionada) de una aspiracin popular a la soberana y la auto-determinacin colectiva, contra el fetichismo de las relaciones mercantiles y su secuestro de la poltica. Dentro de estos lmites, el nacionalismo puede ser un elemento progresivo en la lucha contra el capital. Sin embargo, es preciso comprender que las aspiraciones democrticas que laten en los nacionalismos progresistas, no pueden realizarse en forma nacional, ya que el capital como lgica de dominacin slo puede ser contestado en trminos internacionalistas. Las disputas nacionales pueden aportar a ese internacionalismo socialista en la medida en que se las conciba como un momento de la lucha democrtica y anticapitalista, y no al revs.

Con estas clarificaciones, intent ofrecer una discusin marxista sobre una serie de elementos (la especificidad latinoamericana, la cuestin racial, el potencial emancipador del nacionalismo) que se suelen solapar en forma confusa en la izquierda regional. Intent sostener que, dentro de ciertos lmites, el marxismo puede ofrecer las condiciones para construir una izquierda latinoamericana radicalmente democrtica, socialista y emancipatoria.

Facundo Martn, militante de Democracia Socialista

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[1] En estos prrafos sigo laxamente a Rolando Astarita en Valor, mercado mundial y globalizacin, Buenos Aires, Ediciones Cooperativas, 2004.

[2] Bolvar Echeverra, Crtica de la modernidad capitalista (antologa), Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia, La Paz, 2011, p. 149.

[3] dem, p. 146.

http://www.democraciasocialista.org/?p=6669


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