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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 20-06-2017

Morir de risa

Santiago Alba Rico
Cuarto Poder


Comenzar con una declaracin contundente: no se debera tomar nunca -jams- ninguna medida ni legal ni penal ni represiva para prohibir, limitar o encauzar las expresiones humorsticas. Por razones de supervivencia tica y democrtica, estamos obligados a permitir que manen y circulen todos los chistes, a la espera de que agoten la vida que llevan dentro, y esto incluye los chistes blancos y los negros y los verdes, los truculentos, los crueles, los escatolgicos, los machistas, los racistas, los sacrlegos y, desde luego, los malos y los buenos. Si algo no puede ser nunca polticamente correcto es el sentido del humor, y ello por razones que veremos enseguida. Podemos evitar que la gente haga lo que no debe, podemos evitar incluso que piense lo que no debe; pero es intil intentar impedir que la gente se ra de lo que no debe. Es peligroso hasta proponrselo. De hecho, se me antoja inquietante la tendencia creciente a censurar en las redes, en nombre de las luchas ms honorables, el mal gusto de algunas pruebas de ingenio, chascarrillos fachas o chistes bellacos, pues tomarse en serio los chistes, como potenciales fuentes de mal, implica aceptar la lgica de los regmenes dictatoriales o autoritarios, segn la cual hay temas que no se pueden tomar a broma. Todo se puede tomar a broma. Cada vez que nos escandalizamos desde la izquierda por un chiste machista o racista, y lo denunciamos como pidiendo amparo al Estado, estamos justificando sin quererlo intervenciones represivas como la Ley de Seguridad Ciudadana, umbral autoritario que permiti procesar a Guillermo Zapata o a los miembros de la compaa Tteres desde abajo y ahora condenar a Cassandra Vera. Defendamos incluso el mal gusto, incluso la miseria mental. Una persona que est a punto de morirse tiene derecho a rerse hasta de su propia madre. Todos estamos a punto de morirnos. El derecho sagrado a no considerar nada sagrado -desde el punto de vista de la risa- se llama sencillamente mortalidad. Los que vamos a morir, os contamos un chiste.

Es verdad que, si la risa es universal, los objetos de hilaridad no lo son y que no hay un criterio definitivo para distinguir un buen chiste de uno malo. Por eso conviene empezar por lo que s sabemos: que a las dictaduras no les gustan los chistes. Todas Hitler, Mussolini, Franco, Pinochet, Gadafi, Ben Ali crearon redes de confidentes que cazaban el descontento o la disidencia en su ltimo refugio: las conversaciones en los patios de vecinos y los cafs, donde los ciudadanos se defendan del peligro con un cuento cmico o un chascarrillo. Las dictaduras son serias y se toman a s mismas tan en serio que, a fuerza de sensibilidad, acaban por considerar malvolas todas las ocurrencias y perseguir sencillamente el sentido del humor. Terrorfico y, al mismo tiempo, paradjicamente humorstico es el testimonio de un preso -recogido por la escritora Svetlana Aleksievich que comparti gulag en Bielorusia con algunas personas condenadas a prisin por haber contado chistes, pero tambin con tres pobres aldeanos de mediana edad que estaban all, privados de libertad, por parecerse a Stalin. Incluso los chistes que hace la naturaleza tienen que ser perseguidos, aunque sea a costa de convertir la realidad misma en un chiste atroz. T por qu ests aqu?, por intentar matar a Stalin, y t?, por burlarme del bigote de Stalin, y t?, por tener bigote, como Stalin. Seguro que este chiste, fruto del ingenio popular, exista en 1938; lo contaban en voz baja los moscovitas en los cafs -como denuncia hiperblica de las purgas stalinistas-, partindose de risa ante el poder de la imaginacin y sin saber que Stalin estaba realmente llenando las crceles de tipos que se parecan a l.

Esta ancdota dice muchas cosas acerca de la relacin de las dictaduras con el humor y, por lo tanto, acerca de las dictaduras y acerca del humor mismo. La primera es que las dictaduras no entienden, y tienden a borrar, las fronteras entre la realidad y la ficcin, que es justamente la que el humor afirma y defiende como propia de la condicin mortal de los humanos. El chiste de Stalin era la realidad de sus vctimas. Un chiste tpico de dictadura es el de coger a un prisionero, ponerlo frente a un paredn y fusilarlo con balas de fogueo. Al prisionero no lo han matado de verdad, pero s que ha muerto realmente. Los chistes materiales, cuya ficcin no es consciente y compartida por todas las partes, se llaman bromas y en general suelen tener poca gracia. Pensemos en las novatadas de los cuarteles o en esos programas televisivos de cmara oculta en los que la risa unilateral se basa en la ignorancia de la vctima, a la que se exige luego, una vez desvelado el montaje, que celebre el ingenio de su verdugo. Durante el Ramadan de 2016 la dictadura egipcia emiti una serie, de ttulo Mini Daesh, consistente en grabar las reacciones de inadvertidos egipcios a las que se haca creer que haban sido capturados por el Estado Islmico y que estaban a punto de ser violados, asesinados o utilizados en un atentado suicida. Eso no es humor. El humor implica la aceptacin consciente del tablero por parte de todos los participantes: voy a contar un chiste. Es como el juego: podemos jugar a indios y vaqueros y matarnos de mentiras con pistolas de juguete, pero ya no se trata de un juego -aunque al final el gesto se revele ficticio- si fingimos el fusilamiento de un prisionero o hacemos creer a una mujer que el Daesh est a punto de degollarla. Esa broma se llama tortura. Las dictaduras, que torturan y se ren de sus vctimas, no tienen sentido del humor -y lo persiguen- porque no distinguen entre realidad y ficcin. Los militares, los machistas, los racistas son bromistas; los borrachos y los poetas son chistosos.

Ahora bien, no distinguir entre realidad y ficcin implica tomrselo todo en serio. Un chiste sobre Bachar Al-Asad o sobre Erdogan -ahora que el gobernante turco ha entrado en un precipicio autoritario- no es un enunciado indoloro o apotropaico que se disuelve en s mismo y en el alivio que produce a sus oyentes: es ya un magnicidio. Para el dictador no hay ninguna palabra que no sea una accin; ninguna queja que no sea una pualada. Se toma igualmente en serio un chascarrillo y un disparo, un epigrama y una conspiracin, sin distinguir entre la consistencia ontolgica de uno y de otra, y ello porque se toma demasiado en serio a s mismo. Y de dnde extrae tanta seriedad? El que cuenta o escucha un chiste se sabe y se declara mortal. El que se toma en serio a s mismo se niega a aceptar esta condicin. El que se quiere inmortal, y tiene los medios para matar a los otros, no puede escuchar un chiste sin sentir amenazada su inmortalidad. Los dictadores y las dictaduras creen que su poder absoluto, que decide sobre la vida ajena, decide tambin sobre la propia muerte. Todo poder absoluto se cree inmortal y, frente a l, cualquier expresin alegre o jocosa, porque cuestiona su inmortalidad, cuestiona su poder. Slo los que se saben mortales tienen derecho a contar chistes, incluso malos, incluso racistas, incluso sacrlegos; y por eso el chiste es siempre un imperativo de libertad frente a los que, ignorantes de su inmortalidad e incapaces de distinguir entre realidad y ficcin, tratan de imponer por ley el juego mortal de la seriedad generalizada e ininterrumpida.

Pero la ancdota de Stalin sirve tambin para que reflexionemos sobre los gneros y sus diferencias. Por qu Stalin encarcelaba a inocentes que se le parecan fsicamente? Hay una explicacin psicoptica: Stalin era nico e irrepetible y no poda aceptar la existencia de ninguna rplica suya suelta por el mundo. Hay otra explicacin paranoico-policial: su doble, en libertad, poda suplantarlo en su propia ventaja o con el fin de amenazar la seguridad del Estado. Y est, finalmente, la explicacin ms sencilla. Los pobres aldeanos no eran idnticos a Stalin; se le parecan. Eran, por tanto, caricaturas de Stalin. Estaba prohibido caricaturizar a Stalin y, si la Naturaleza produca caricaturas de Stalin, haba que retirarlas de la circulacin, como se hubiera hecho con un peridico o un panfleto.

Si hay que tener presente la diferencia entre un chiste y una broma, no menos la que distingue el chiste de la caricatura. El chiste verbal, lo decamos, habla siempre de la mortalidad compartida: el narrador es tan mortal como el objeto del chiste, habitualmente fuera de la habitacin, y el oyente, mortal tambin, se reserva el derecho o no a rerse. El chiste, adems, al igual que la metfora, relaciona dos mundos paralelos inconmensurables, pero lo hace contra toda lgica y por eso hace rer: uno de los esquemas ms conocidos es precisamente el que, a modo de adivinanza, inicia el chiste con un en qu se parecen? (En qu se parecen un boxeador y un telescopio?, en que los dos hacen ver las estrellas). Otro esquema frecuente y fecundo es el de se abre el teln, que explota igualmente la aproximacin disparatada entre dos realidades inconmensurables: siempre me ha encantado -lo confieso- ese que describe a una mujer grande y gorda, de pie en una silla sobre el escenario, a la que da un calambrazo la bombilla que est intentando enroscar en el techo: cmo se llama la pelcula?, el amperio contra Paca.

La caricatura grfica, en cambio, explota el parecido y eso hace que el objeto de la misma se reconozca en la deformidad materializada. No es por justificar a Stalin, pero era comprensible que se sintiera ms ofendido por una caricatura -incluso por una caricatura viva- que por un chiste. La caricatura no narra nada; est hecha para ridiculizar y de manera expansiva y parsita, pues a ese parecido se le puede adherir cualquier accesorio ideolgicamente degradante. Pensemos, por ejemplo, en la famosa caricatura publicada en el Charlie Hebdo en la que se representaba a Mahoma, narigudo y barbudo, con una bomba sobre el turbante. Eso no es un chiste. Lo explicaba muy bien el dibujante franco-argelino Halim Mahmoudi, amigo de muchas de las vctimas del atentado de enero de 2015, al establecer un paralelismo entre esas caricaturas y las que el antisemitismo populariz hace cien aos en toda Europa: nada hay ms explcito y directo que una caricatura, dice; no estn destinadas ni a hacer rer ni a hacer reflexionar. Naturalmente no hay que prohibirlas, pero s diferenciarlas de una vieta chistosa y amarga, como las que -por ejemplo- dibuja El Roto en El Pas. O esa que -hace unos meses- representaba a un blanco rico en el muelle de un puerto mientras contemplaba cmo se ahogaban dos o tres refugiados en el agua: pero por qu creis que venimos a robaros?, preguntan los nufragos. Porque eso es lo que hacemos nosotros cuando vamos a vuestros pases. Al contrario que estas vietas, la caricatura no hace rer; y no hace pensar; y por eso sera bueno no utilizarla en ningn campo, salvo en el del retrato turstico. Si no podemos prohibirla como recurso discursivo en los debates electorales, tampoco podemos prohibirla en el Charlie Hebdo, por mucho que algunos puedan sentirse ofendidos por ellas. A la espera de que aprendamos a ser graciosos y buenos, habr que aprender a ofenderse con razn y sin matar a nadie.

Los chistes no hacen pensar, pero hacen rer; o al menos se es su propsito. Siempre he estado de acuerdo con Kanty Bergson en el sentido de que son un placer del entendimiento asociado a una tensin intelectual que se resuelve en nada. Kant nunca vio ningn problema moral en ellos. Bergson, en cambio, s. En su ensayo sobre la risa escribi: lo cmico exige algo as como una anestesia momentnea del corazn, de manera que la hilaridad provocada por un chiste racista implica sacrificar toda empata a esa disfrute inmediato de la inteligencia pura. S que no es polticamente correcto, pero -volviendo al principio- creo en el derecho sagrado de los mortales a contar chistes buenos y malos al margen de un juicio tico o moral. Los chistes constituyen un placer de la pura inteligencia, s, y son, por lo tanto, potencialmente injustos en un mundo materialmente desigual. Su esquema necesita siempre un objeto humano -vctima de la risa- cuya completa idiotez disparatada a veces se vira, por compensacin clasista, en aguda inteligencia: pensemos, por ejemplo, en los chistes de nuestro Jaimito o en el Juha rabe. Hay muchos chistes sobre judos? Los haba y no por casualidad; y sin duda su disminucin tiene que ver con la falta de sentido del humor de Hitler, que los caricaturiz y se los tom en serio. Pero, un chiste sobre judos empuja o justifica el Holocausto?

No es el esquema del chiste sino los hablantes, cuando dejan de rerse y por otros motivos, los que matan. Cada pueblo, de hecho, cuenta chistes sobre el pueblo vecino. Que el objeto del chiste es una funcin abstracta y no la finalidad malvola del cuento lo demuestra, por ejemplo, la eleccin de Lepe como objeto de una inagotable fertilidad chistosa en la Espaa de los aos 90. La mayor parte de los espaoles no ha estado nunca en esa ciudad; y no tena antes ni tiene ahora una mala opinin de sus habitantes. Puede que la epidemia empezara en el pueblo de al lado por una rivalidad local, pero lo cierto es que todos, sin saber nada de los leperos, repetimos los chistes y, cuando son buenos, nos mondamos de risa con ellos. Lepero es una funcin, no un objeto de odio, y en su lugar, en efecto, se podra poner cualquier otro nombre. De hecho, apenas viajas un poco, escuchas el mismo chiste -idntico en su forma y su desenlace- en Espaa sobre los leperos, en Tnez sobre los libios, en Egipto sobre los saidi, etc. Pensemos tambin en el esquema un ingls, un francs y un espaol que se repite en todas las lenguas intercambiando los papeles segn la nacionalidad del narrador.

Es verdad: en un chiste siempre alguien de fuera queda mal y el chistoso, al rerse, asume su superioridad y la de sus oyentes solidarios. Pero es una superioridad sin ventaja. No gano nada con ella, salvo -en el caso de contarlo bien- el reconocimiento social de chistoso, un papel exigente del que uno ya no puede librarse nunca ms y en el que nos jugamos, cada vez que abrimos la boca, nuestro destino. Es mejor no contar bien chistes. Contar bien los chistes ha llevado a ms gente a la crcel que a la gloria, al gulag que a la tirana. No creo que los chistes introduzcan mucho mal en el mundo. No creo que ofendan, salvo a los dictadores y a los fanticos. O s, porque la vida es muy jodida y ofenderse forma parte tambin de nuestra condicin mortal. Pero la mejor defensa, individual y colectiva, frente a un chiste es otro chiste y, en efecto, los espaoles cuentan chistes de los franceses, que a su vez cuentan chistes de nosotros. Hace tiempo que no hay guerras entre Francia y Espaa y no parece que un chiste de gabachos ponga en peligro la paz con nuestro irritante, arrogante, chovinista y displicente pas vecino. Hay chistes crueles, truculentos, sanguinarios, pero si tienen gracia -si cumplen el esquema de tensin inteligente y resolucin en nada- la risa misma ofusca o censura el contenido. Si son malos es otra cosa. Un mal chiste sobre judos o sobre negros o sobre maricones es como una patada en los huevos, salvo que los cuente un judo, un negro o un maricn. Cuando el chiste es malo y no hace rer, el esquema se convierte en caricatura y en broma y el contenido pasa a dominarlo todo. No tiene gracia, si no tiene gracia, hablar de judos despus del holocausto ni de negros despus de siglos de esclavitud o de gitanos tras siglos de exclusin y rechazo. Pero si tiene gracia, los judos, los negros y los gitanos son slo operadores o funciones de la pura inteligencia hilarante. Nadie se re de un judo cuando se re de un buen chiste; se re de un buen chiste. Si el chiste no es bueno y, a pesar de todo, nos remos, entonces es que somos racistas o machistas u homfobos y con racistas y machistas y homfobos no debemos compartir una mesa. En todo caso no son los chistes, ni siquiera los malos, los que matan; son los dictadores, los fanticos, los machistas y los racistas, cuya incapacidad para distinguir la ficcin de la realidad, y por lo tanto para rerse, se fabrica en otro lado. Los chistes malos -los racistas y machistas- se acabarn con el racismo y el machismo. Pero quiero creer que, cuando acabemos con el machismo y el racismo, seguiremos contando chistes, porque somos mortales, y habr en ellos judos, negros, gitanos, mujeres, hombres, franceses y leperos, porque siempre necesitaremos apoyarnos en una diferencia discursiva y en una resistencia exterior para ser graciosos.

Las dictaduras, decamos, no cuentan chistes; los hacen realidad y, por supuesto, sin gracia: como caricaturas o como bromas. Eso haca Stalin y eso hace Al-Sisi en Egipto. Contemos chistes, aunque sean malos, aunque sean crueles. Cuando las tiranas -o la sensibilidad polticamente correcta- empiezan a perseguir los chistes es que la realidad misma se est convirtiendo en una broma muy seria. Tenemos derecho a contar chistes y la obligacin de combatir las tiranas. Es la fragilidad comn la que autoriza esa suspensin de los afectos, como deca Bergson, en favor de una inteligencia negra, fatalista, autista, que slo encuentra consuelo en rerse de s misma. Es la fragilidad comn la que obliga tambin a hacer poltica. Los supervivientes cuentan chistes. Los supervivientes se unen contra la injusticia. Todos lo somos -supervivientes- de manera provisional. Todos lo somos -supervivientes- hasta que nos muramos. O hasta que nos mate -no lo consintamos- el fantico, el marido, el invasor o el tirano.

(Una versin ms corta de este artculo fue publicada originalmente en la revista en papel Bostezo, poca II, nmero 0, enteramente dedicado al humor y cuyo contenido recomiendo).

Santiago Alba Rico es filsofo y columnista. Su ltima obra es Ser o no ser (un cuerpo), publicada por Seix Barral.

Fuente: http://www.cuartopoder.es/ideas/2017/04/13/morir-de-risa/

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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