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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 24-06-2017

El Estado (colonial) y la revolucin

Ral Zibechi
La Jornada


Ha transcurrido un siglo desde   que Lenin escribiera una de las piezas ms importantes del pensamiento crtico: El Estado y la revolucin. La obra fue escrita entre las dos revoluciones de 1917, la de febrero que acab con el zarismo, y la de octubre que llev a los soviets al poder. Se trata de la reconstruccin del pensamiento de Marx y Engels sobre el Estado, que estaba siendo menoscabado por las tendencias hegemnicas en las izquierdas de aquel momento.

Las principales ideas que surgen del texto son bsicamente dos. El Estado es un rgano de dominacin de una clase, por lo que no es apropiado hablar de Estado libre o popular. La revolucin debe destruir el Estado burgus y remplazarlo por el Estado proletario que, en rigor, ya no es un verdadero Estado, puesto que ha demolido el aparato burocrtico-militar (la burocracia y el ejrcito regular) que son sustituidos por funcionarios pblicos electos y revocables y el armamento del pueblo, respectivamente.

Este no-verdadero-Estado comienza un lento proceso de extincin, cuestin que Lenin recoge de Marx y actualiza. En polmica con los anarquistas, los marxistas sostuvieron que el Estado tal como lo conocemos no puede desparecer ni extinguirse, slo cabe destruirlo. Pero el no-Estado que lo sustituye, que ya no cuenta ni con ejrcito ni con burocracia permanentes, s puede comenzar a desaparecer como rgano de poder-sobre, en la medida que las clases tienden tambin a desaparecer.

La Comuna de Pars era en aquellos aos el ejemplo predilecto. Segn Lenin, en la comuna el rgano de represin es la mayora de la poblacin y no una minora, como siempre fue el caso bajo la esclavitud, la servidumbre y la esclavitud asalariada.

Vase el nfasis de aquellos revolucionarios en destruir el corazn del aparato estatal. Recordemos que Marx, en su balance sobre la comuna, sostuvo que la clase obrera no puede simplemente tomar posesin del aparato estatal existente y ponerlo en marcha para sus propios fines.

Hasta aqu una brevsima reconstruccin del pensamiento crtico sobre el Estado. En adelante, debemos considerar que se trata de reflexiones sobre los estados europeos, en los pases ms desarrollados del mundo que eran, a la vez, naciones imperiales.

En Amrica Latina la construccin de los estados-nacin fue bien diferente. Estamos ante estados que fueron creados contra y sobre las mayoras indias, negras y mestizas, como rganos de represin de clase (al igual que en Europa), pero adems y superpuesto, como rganos de dominacin de una raza sobre otras. En suma, no slo fueron creados para asegurar la explotacin y extraccin de plusvalor, sino para consolidar el eje racial como nudo de la dominacin.

En la mayor parte de los pases latinoamericanos, los administradores del Estado-nacin (tanto las burocracias civiles como las militares) son personas blancas que despojan y oprimen violentamente a las mayoras indias, negras y mestizas. Este doble eje, clasista y racista, de los estados nacidos con las independencias no slo no modifica los anlisis de Marx y Lenin, sino que los coloca en un punto distinto: la dominacin estatal no puede sino ejercerse mediante la violencia racista y de clase.

Si aquellos consideraban al Estado como un parsito adherido al cuerpo de la sociedad, en Amrica Latina no slo parasita (figura que remite a la explotacin), sino que es una mquina asesina, como lo muestra la historia de cinco siglos. Una maquinaria que ha unificado los intereses de una clase que es, a la vez, econmicamente y racialmente dominante.

Llegados a este punto, quisiera hacer algunas consideraciones de actualidad.

La primera, es que la realidad del mundo ha cambiado en el siglo anterior, pero esos cambios no han modificado el papel del Estado. Ms an, podemos decir que vivimos bajo un rgimen donde los estados estn al servicio de la cuarta guerra mundial contra los pueblos. O sea, los estados le hacen la guerra a los pueblos; no estamos ante una desviacin sino ante una realidad de carcter estructural.

La segunda es que, tratndose de destruir el aparato estatal, puede argumentarse (con razn) que los sectores populares no tenemos la fuerza suficiente para hacerlo, por lo menos en la inmensa mayora de los pases. Por eso, buena parte de las revoluciones son hijas de la guerra, momento en el cual los estados colapsan y se debilitan en extremo, como sucede en Siria. En esos momentos, surgen experiencias como la de los kurdos en Rojava.

No tener la fuerza suficiente, no quiere decir que deba darse por bueno ocupar el aparato estatal sin destruir sus ncleos de poder civil y militar. Todos los gobiernos progresistas (los pasados, los actuales y los que vendrn) no tienen otra poltica hacia los ejrcitos que mantenerlos como estn, intocables, porque ni siquiera suean con entrar en conflicto con ellos.

El problema es que ambas burocracias (pero en particular la militar) no pueden transformarse desde dentro ni de forma gradual. Suele decirse que las fuerzas armadas estn subordinadas al poder civil. No es cierto, tienen sus propios intereses y mandan, an en los pases ms democrticos. En Uruguay, por poner un ejemplo, los militares impidieron hasta hoy que se conozca la verdad sobre los desaparecidos y las torturas. Tanto el actual presidente, Tabar Vzquez, como el anterior, Jos Mujica, se subordinaron a los militares.

Es muy poco serio pretender llegar al gobierno sin una poltica clara hacia las burocracias civil y militar. Las ms de las veces, las izquierdas electorales eluden la cuestin, esconden la cabeza como el avestruz. Luego hacen gala de un pragmatismo sin lmites.

Entonces, qu hacer cuando no hay fuerza para derrotarlos?

Los kurdos y los zapatistas, adems de los mapuche y los nasa, optaron por otro camino: armarse como pueblos, a veces con armas de fuego y otras veces con armas simblicas como los bastones de mando. No es cuestin de tcnica militar sino de disposicin de nimo.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2017/06/23/opinion/017a1pol



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