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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-08-2017

Al horror por la violencia desatada, al dolor por las vctimas de la barbarie en Catalua, se suma el estupor por la juventud de los terroristas
Desplazar el centro: por un nosotros ms amplio

Guadalupe Jover
http://eldiariodelaeducacion.com


Noura, Bilal, Moha. An recuerdo con nitidez los nombres y los rostros de mis primeros alumnos marroques, como recuerdo los nombres y los rostros de mis primeros alumnos procedentes de China, de Polonia, de Rumana, de Ecuador. Tras ms de una dcada compartiendo el da a da con chicas y chicos de apellidos procedentes de muy diferentes geografas, mi mirada ha naturalizado esta diversidad hasta el punto de apenas reparar en ella. Cuando alguien me pregunta si hay muchos inmigrantes en mi centro, en mis clases, tengo que pararme y recapacitar. Para m da ya lo mismo Salma que Natalia, Khalid que Dani, Hristian que Hugo. Mis chicos y chicas nacieron ya aqu, dominan el castellano, y sus escisiones biogrficas y culturales -algunas, bien lo s, muy dolorosas- no estn siempre a la vista. Sonro al reparar en el contraste de indumentaria entre quienes comparten pupitre Rachida con la cabeza cubierta, Jessica con su ceida camiseta de tirantes-, y celebro que entre los primeros de la clase estn Moha y Khaoula como lo estn tambin Carlos y Alejandra. Ahora que tanto se habla de preparar a los estudiantes para las inciertas profesiones del futuro se olvida la urgencia de prepararlos para la vida del presente: una vida -la de nuestras ciudades, nuestro mundo- decididamente multicultural y mestiza. Este aprendizaje esencial -el de la convivencia con quienes tienen diferentes costumbres, lenguas y creencias, pero a los que miramos en plano de igualdad y en cuyos zapatos somos capaces de ponernos desde la naturalidad que surge del roce y el afecto es algo que no puede brindarse en el mbito familiar ni puede comprar tampoco el dinero. Solo la escuela puede ofrecerlo (o escamotearlo, conviene no olvidarlo).

Pero las desigualdades socioeconmicas pesan, y el entorno de quienes tuvieron que dejar su tierra para poder vivir seguros multiplica las dificultades cotidianas tambin en lo escolar y en lo acadmico. Es sangrante constatar que la heterogeneidad de los grupos disminuye en la mayor parte de los institutos a medida que pasamos de 1 a 2 ESO y de 2 a 3 o a 4. Muchos -ellos, sobre todo- se quedaron por el camino. El alumnado difcil acaba por tener un perfil recurrente, y por ms que maestras y maestros nos multiplicamos hasta la extenuacin reclamando los recursos que podran salvar a estos chiquillos tambin a estas chiquillas, aunque de sus riesgos no nos alerta una trayectoria de disrupcin o fracaso escolar- todo es en vano. Alguien no est haciendo sus deberes, y no es justo achacrselo en exclusiva -sin eximir de la parte de responsabilidad que les corresponda- a estos adolescentes y a sus desbordadas familias. El curso pasado sal ms de una vez de mis clases de 1 de ESO apretando las mandbulas por la rabia y la impotencia ante lo solos que los estbamos dejando, que nos estaban dejando.

Los recientes atentados de Barcelona y Cambrils me han provocado una conmocin de la que no logro salir. Inevitable el estupor, el dolor, el temblor al intuir que cualquiera de los mos, de mis hijos incluso, hubiera podido estar ah. Miro los rostros de quienes vieron segadas sus vidas e imagino qu pudieron pensar, sentir, sufrir. Un nio. Un joven. Una mujer. Ellos -los muertos- somos tambin nosotros. La violencia ciega nos deja aturdidos, desarbolados, enmudecidos.

Pero si pasan los das y el estupor y el dolor y el temblor no disminuyen es porque por primera vez he sentido que con ellos, con los terroristas, se ha muerto tambin una parte de nosotros. De la misma manera que ante los menores soldado no veo soldados sino nios, ante las fotos de los terroristas, las difundidas en primera instancia por los Mossos, no veo yihadistas ni marroques ni musulmanes. Solo soy capaz de ver adolescentes. Adolescentes de los que ramos tambin corresponsables y a los que no fuimos capaces de proteger. Y no hablo solo de la responsabilidad de la escuela, sino de la de todos aquellos que, por accin u omisin, hicieron posible la captacin de estos jvenes por quienes no vieron en ellos sino instrumentos eficaces para sembrar el terror.

Al da siguiente del atentado en la sala Bataclan de Pars (noviembre de 2015), mis estudiantes de 4 de ESO me esperaban en clase necesitados de hablar sobre lo ocurrido: las muertes, las reacciones, los comentarios. Y si algo se qued grabado en memoria fueron las palabras heridas de Amal, de Mounir, de Hatim al relatar cmo se sentan tcitamente acusados al caminar por la calle, al entrar en el supermercado o al jugar en la plaza. Por qu nos miran as? Que yo lleve un pauelo en la cabeza no quiere decir que apruebe esa salvajada. El nico territorio en que se sentan a salvo -menos mal- era el instituto.

Meses ms tarde me pas algo en 1 ESO que tampoco he olvidado. Estbamos trabajando con relatos fundacionales de diferentes culturas (de la tradicin oral africana al Mahabhrata, de los mitos grecolatinos y la Biblia a Las mil y una noches y el Popol Vuh). Haba propuesto yo el fragmento bblico en que Yaveh exige de Abraham el sacrificio de su hijo como prueba de obediencia y lealtad y habamos realizado diferentes actividades en torno al texto. En un momento dado, Houda me advirti de que ese episodio tambin apareca en el Corn aunque con diferencias significativas. Yo lo ignoraba. Ello nos llev a hablar de las semejanzas entre la Biblia y el Corn, entre el Cristianismo y el Islam, y me confes avergonzada de mi absoluto desconocimiento de la religin y la tradicin cultural de un porcentaje significativo de mi alumnado.

Creo que el desconocimiento de gran parte de la sociedad espaola acerca de la religin islmica -sus orgenes, sus principios, sus diferentes corrientes- est en el origen de tantos estereotipos, prejuicios y rechazos. La desaparicin de la religin confesional de la escuela -la desaparicin de cualquier filtro que agrupe al alumnado en funcin de sus creencias religiosas- y la incorporacin al currculo escolar de la historia y cultura de las religiones es ya una urgencia inaplazable. Pero no solo. Nuestro desafo es la construccin, tambin desde la escuela, de un nosotros mucho ms amplio del que reflejan los programas escolares. Un nosotros en el que quepamos todos los que estamos, empezando por las mujeres. Habremos de aprender, como reclama Ngg wa Thiong, a desplazar el centro. Desplazar el centro del lugar que se ha asumido como tal, Occidente, a una multiplicidad de esferas en todas las culturas del mundo. Y desplazar el centro tambin de las minoras de clase establecidas en el interior de cada nacin a los centros verdaderamente creativos entre las clases trabajadoras, en condiciones de igualdad racial, religiosa y de gnero. De no hacerlo as estaremos empujando a la cuneta a quienes inevitablemente se sienten permanentemente fuera de lugar.

En unos das empezar un nuevo curso, y no podremos entrar en las aulas como si nada hubiera pasado. Habremos, antes de nada, de escuchar lo que alumnas y alumnos tengan que contarnos. Y eso habr de constituir el cimiento de los itinerarios de aprendizaje que entre todos vayamos construyendo. Nuestros currculos estn obsoletos porque en poco contribuyen a iluminar el presente y a forjar un futuro ms dignamente habitable. Empecemos modestamente desde abajo y vayamos compartiendo materiales y propuestas. Pero habremos de hacerlo con tacto e inteligencia, no vaya a ser que llevados de nuestra buen voluntad contribuyamos a estigmatizar an ms a un colectivo ya suficientemente sealado desde dentro y desde fuera.

Y si nuestra labor de educadores no se acaba con la jornada escolar, nuestro compromiso cvico no puede tampoco aparcarse a la puerta la escuela: habremos de reclamar polticas educativas y sociales que combatan la exclusin y contribuyan a la equidad y la justicia, y polticas a secas que vayan a los responsables ltimos de tamaa barbarie.


Guadalupe Jover es profesora de Educacin Secundaria

Nombres y situaciones son reales, aunque unos y otras se crucen a veces para preservar la privacidad del alumnado.

Fuente original: http://eldiariodelaeducacion.com/blog/2017/08/28/desplazar-el-centro-por-un-nosotros-mas-amplio/



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