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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-09-2017

La paz exige desmarcarse de la poltica de terror

Manuel Humberto Restrepo Domnguez
Rebelin


Sin la poltica del terror impuesta por los financistas globales a los estados bajo el nombre de seguridad y de la imposicin de la guerra preventiva a partir del 9/11 de 2001, las rentas de las elites no creceran tanto como quieren, ni la sociedad podra ser controlada como pretenden. De manera que en ningn lugar del planeta y en el siglo que vivimos, se puede esperar que estn dispuestas a cambiar su manera de existir. La fuerza motriz de la sociedad son sus prcticas y cambiarlas no es un asunto de buenas intenciones de la clase en el poder, ni de esgrimirle papeles firmados, ni de adecuar al momento e inters coyuntural las categoras con las que se explica lo que ocurre en la realidad.

El orden de las transformaciones sociales indica que sin la presin, la revuelta, el alboroto organizado y el sonido de tambores y de arengas en las calles no hay solucin a las demandas de paz, trabajo, alimento, vivienda, educacin o salud, de un pueblo eternamente desconocido y maltratado. Primero van los cambios en la realidad material y despus s de las categoras que la explican. En eso va la tensin entre la inmensa Colombia que hace tiempo construye paz desde abajo, con decenas y decenas de experiencias de resistencia, rebelda, desobediencia y levantamientos que han cambiado la realidad y permitido que por lo menos exista lo poco que existe, entre adversidades, persecuciones, asesinatos, desapariciones, amenazas, hostigamientos y falsedades y; la escasa poblacin agrupada en elites que ostentan poder y capital y se niegan a ceder aunque sea el mas mnimo de los privilegios que obtuvieron de manera legal o fraudulenta en medio de la guerra.

Corresponde al gobierno Santos radicalizar sus posturas para defender la paz firmada, salirse del camino trazado por las huestes guerreristas y homogeneizadoras que impiden la pluralidad poltica. Hasta hoy resultan confusos sus movimientos (bandazos) entre las aguas de la paz y las de continuacin de la guerra, aunque sea de otra manera o en guerras ajenas. Es pequeo el espacio que queda para llenarlo de confianza, cuando al tiempo se cruzan las palabras y llamados a la paz con honestidad, sin corrupcin, sin cizaa, sin odio ni venganza en la reconciliacin que vino a promover el papa Francisco a creyentes e incrdulos para sellar la paz firmada y los llamados a mantener la polarizacin, las salidas de fuerza y la defensa de las polticas de terror que propondr Netanyahu, el primer ministro de Israel, despus de celebrar la muerte de civiles en la acorralada Palestina, y en evidente continuacin de las acciones que hace menos de un mes vino a proponer el vicepresidente Norteamericano Mike Pence, que con solo una charla de estado logr irse con el botn de cinco mil soldados listos para enviar a combatir a Norcorea y a defender de la extincin el mismo planeta que ellos cinicamente depredan sin limite y a escalas incuantificables cada da. Promover la modificacin de las practicas sociales que tienen el espritu y letra de la guerra, y ponerse del lado del pueblo (y del papa), comienza porque el estado se desmarque con urgencia de la poltica exterior norteamericana en ejercicio de la libre autodeterminacin e independencia, y se salga del marco del terror que le proponen continuar, a su costa con recursos de la riqueza nacional, de los impuestos y los emprstitos para la muerte.

Es en la vida prctica que el gobierno, a la cabeza del estado, debe implementar hechos de paz, no basta con llenar auditorios, ofrecer cursos, seminarios, diplomados, especializaciones y proyectos descontextualizados de la realidad de las victimas y en general de la sociedad desarmada. No basta con recubrir (o encubrir) con retoricas de paz y convivencia lo mismo que se hacia en la guerra, ni tampoco es suficiente con crear en las instituciones comits de derechos sin antes comprender que en su nombre tambin se agencia el horror y la masacre. Las practicas militares no pueden seguir siendo de guerra, ni las policiales de control y restriccin de libertades y derechos en nombre de dios y de la patria, ni las de las instituciones pueden seguir acentuando desigualdades. Universidades, escuelas, fabricas, empresas e instituciones, ministerios, alcaldas, fiscala, procuradura, contralora, cortes de justicia y legisladores, estn llamadas a ratificar sus compromisos eticos y de incorruptibilidad y abandonar la competencia por tratar cada una de ser la mejor en solitario y de crear su propio monopolio del hacer o del saber para venderse mejor en nombre de la paz.

Es urgente eliminar estigmatizaciones, discriminaciones, racismos, homofobias, misoginias, prejuicios morales y religiosos y maneras clientelistas, corruptas y mercantiles de gobernar. Basta de correr acrticamente detrs de metas e indicadores abstractos que impiden ver la realidad y que en cambio de mejorar la convivencia generan angustia y dolor (como lo fueron los falsos positivos movidos por indicadores), y que invalidan la solidaridad y limitan el reconocimiento del otro como un ser humano a secas, antes que verlo y contarlo como una categora o un instrumento del capital. La guerra ha destituido el sentido y el valor de los derechos conquistados y es un compromiso conjunto de pueblo y estado recuperarlo. La realidad que va de la guerra a la paz, no se cambia modificando letreros y avisos, ni con publicidad renovada, ni incorporando las palabras de moda. Urge derribar las bases de las contradicciones, mover de su lugar a las elites y disear en colectivo y con sentido de nacin otros poderes y formas de ser humanos.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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