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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-10-2017

Catalua: acopiando yesca contra la refinera

Martn Alonso Zarza
El Faradio


Salvo en los sectores posedos por el entusiasmo de la victoria meditica del 1-0, lo que caracteriza el sentimiento colectivo de las Espaas es la pesadumbre, la desolacin y un miedo que encoge los corazones y roba las ganas de pensar, hablar o escribir sobre la cuestin. Es como si furamos supervivientes de un tsunami emocional.

Sin embargo, sin embargo el tsunami de verdad es el que puede sobrevenirnos si no nos ponemos las pilas rpidamente. Si no asumimos que cualquier salida unilateral ser costosa, muy costosa; en ella no habr premio para nadie, si acaso el consuelo perverso de quien pierda menos; lo que los psiclogos sociales llaman la opcin de Vladimir (desear la prdida de un ojo con tal de que el vecino pierda los dos).

No es de buen tono remitir a los propios escritos; solo para sealar que la gravedad del momento era una crnica anunciada me atrevo a saltarme la mxima. Hace aos que vengo recordando las palabras terribles con que David Rousset cierra su Universo concentracionario: Las personas normales no saben que todo es posible.

Para acercar el mensaje a una audiencia a menudo escptica mencionaba el caso de la exYugoslavia. Solan aumentar las muestras de escepticismo y desacuerdo. En el volumen primero de El catalanismo, de xito al xtasis, hay un apartado que se titula Mirando de reojo a los Balcanes. Fue redactado hace tres aos. Recoga all varios testimonios de hace 10 aos que insistan en la incomparabilidad de los contextos. El ttulo de un periodista prestigioso es suficientemente elocuente: La Espaa de los pinginos. Una visin antibalcnica del provenir espaol: la concordia es posible (2006). Cuatro aos antes Artur Mas avalaba la tesis de que Espaa no es Yugoslavia. Y otros cuatro aos despus Pujol aseguraba contundente tras la pregunta enftica: Sigue sin entenderse que Espaa no es Yugoslavia?, que: Espaa en todos los sentidos es mucho ms que esto. Mucho ms. Y no se romper como Yugoslavia, como falsamente dicen algunos. Un ao despus completaba: el reino de Espaa, como un todo, no est en peligro. Ni ahora ni dentro de 50 aos. [] No hay razn alguna para embarcarse en una va independiente.

Era 2007. No esos cuarenta o cuatrocientos aos de opresin colonizadora del mantra de hoy. Pero ya sabemos que para el nacionalista el enemigo actual tiene que ser eterno. Cuatro aos despus, tras la confesin de Millet por el caso Palau y ante las noticias sobre las peripecias de las fortunas familiares, Pujol anuncia un proceso de distanciamiento emocional. Son placas tectnicas que se van separando. La metfora es impagable: las placas se separan o colisionan, y lo uno y lo otro puede producirse de muchas maneras, algunas muy costosas. Son muchos aos? Escuchemos a David Grossman en Vida y destino: aunque el proceso de evolucin haba llevado millones de aos, haban bastado pocos das para hacer el camino inverso, el que va del ser humano a la bestia.

Frente a los reacios a la analoga balcnica, uno sola aducir que tampoco los Balcanes fueron siempre los Balcanes ni Yugoslavia fue esa Yugoslavia que hoy asociamos con la colisin tnica. Ni los oasis ni los incendios son condiciones invariables. Y cuando estas cambian esos amables pinginos de Enric Juliana pueden, podemos, convertirnos en los agresivos rinocerontes tribales de la pavorosa, por lo realista, fbula de Ionesco.

Las imgenes de la intervencin policial del 1-O han producido un shock. Porque partimos del supuesto de que la violencia debe ser la ultima ratio. Su efecto ha sido doble: uno benfico, en cuanto que ha mostrado una fina sensibilidad colectiva ante el uso de la fuerza; otro perverso, porque ha ocultado la secuencia de ilegalidades y atropellos que han venido cometiendo las instituciones autonmicas de la ltima legislatura. Y las ha ocultado de tal manera que ahora estamos en una fase en que todas esas irregularidades se han convertido en irrelevantes; por no recordar a Ester Quintana o Juan Andrs Bentez.

Lo cual es grave es s mismo pero lo es, sobre todo, en trminos de potencial destructor, porque esta fase rene dos componentes bsicos de la frmula de todas las catstrofes: una alta presurizacin emocional y calles abarrotadas. Los altos decibelios de adrenalina, la profusin de banderas y el calor de la masa son piezas de alto poder explosivo, como han explicado los expertos de la psicologa de las masas. En este calor, germinan procesos caractersticos de las prcticas inciviles como radicalizacin, polarizacin y seleccin negativas de perfiles de liderazgo (los ms hooligans son los preferidos). Todo ello envuelto en el fervor de las banderas y, tambin a veces, en las palabras que ms cotizan en la bolsa de los valores sociales: todo lo que puede ser instrumentalizado para la causa lo ser.

Este momento es probablemente la ltima oportunidad para evitar la va yugoslava. Una va que solo promete desgracias, no solo para Catalua y no solo para Espaa. Como escribi en los noventa el periodista Stojan Cerovic, si fracasa la integracin, Europa compartir nuestro destino, habremos [Yugoslavia] sido la vanguardia. Pero el asunto es suficientemente grave en la escala ibrica que ahora nos toca remediar. Lo que estamos viviendo las ltimas semanas no va en esa direccin sino en la contraria; est creciendo el montn de yesca al lado de la refinera. Y como escribi Ernst Jnger, mientras el instante huye para no volver ms, nos balanceamos en pocas remotas o en fantsticas utopas.

A poco que nos alejemos del foco de la visceralidad, enseguida tomaremos conciencia de la desproporcin entre los contenciosos alegados y las consecuencias de las propuestas formuladas para conseguirlos. El riesgo si no lo hacemos es que se producirn decisiones irracionales con desenlaces irreversibles y vendrn ms aos malos y nos harn ms ciegos.

Como en todas las situaciones que preceden a la catstrofe, la ceguera es una constante. El principal problema ahora mismo es que los actores principales no se hacen una idea cabal del potencial destructivo de la situacin. Y un problema aadido es que cuando eso pasa raramente se presta atencin a la clarividencia de las Casandras. Por eso a la congoja y la desolacin se suma un incontrolable sentimiento de impotencia. Uno tiene que destilar la homeopata del optimismo de la voluntad para lanzar este grito de alarma. Luego, si no se remedia, ya no quedar ms que el dolor de esa pregunta insidiosa y recurrente: Cmo pudo pasarnos?. Una pregunta que nos devuelve al umbral, a David Rousset.

Martn Alonso Zarza, es autor de Universales del odio y miembro del Colectivo Juan de Mairena.

Fuente: http://www.elfaradio.com/2017/10/04/cataluna-acopiando-yesca-contra-la-refineria/



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