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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 09-10-2017

Democracia vs. Estado de excepcin

Jaime Pastor
Viento Sur


Despus de habernos cansado de or y leer acusaciones tan duras como sedicin, insurreccin, golpe de Estado, nazismo, a las que se han sumado el muy beligerante discurso de Felipe VI y ahora la oligarqua financiera, adems de veteranos y siniestros personajes del PSOE como Alfonso Guerra, la amenaza de una nueva escalada en la represin contra el bloque social y poltico soberanista e independentista parece inminente.

Si la gran banca con sede en Catalunya ha decidido pasar al ataque en toda regla, el monarca (al que slo le faltaba el uniforme militar) ha confirmado, por si haba alguna duda, su alineamiento con la derecha extrema del PP y su anuncio de la firme voluntad del rgimen de recurrir a toda la fuerza necesaria para derrotar a la revolucin democrtica y pacfica catalana. Llegan, pues, tras la suspensin de la sesin parlamentaria del 9 de octubre por el Tribunal Constitucional a peticin del PSC, momentos decisivos ante la posible declaracin de independencia en una fecha todava sin determinar, sin que, a la vista de las reacciones de Rajoy y el rey, vayan a tener mucho recorrido las propuestas de mediacin internacional que estn surgiendo en estos das.

Es cierto que el referndum no se ha celebrado con todas las garantas deseables debido a las trabas de todo tipo empleadas por el Estado espaol, pero tambin lo es que incluso en esas condiciones de intimidacin represiva creciente, como han reconocido observadores internacionales, ms de 2 millones de personas votaron y una aplastante mayora se pronunci a favor de la independencia[1]. Como bien sostiene en una entrevista publicada en el medio digital critic el que fue presidente de la Sindicatura Electoral finalmente disuelta, Jordi Matas: me gustara ver en qu pas del mundo, con una represin tan dura y con amenazas como las que hubo el 1-O, hay una participacin como la que hubo aqu[2].

Tambin hay que reconocer que no se super el 50% del censo electoral pero igualmente es difcil sostener que de los 3 millones que habran podido sumarse a votar en un referndum legal con todas las garantas, una mayora hubiera votado No a la independencia. Por eso, una vez ms, la nica forma de aclararlo sera a travs de un referndum pactado pero a esto es a lo que se siguen negando el bloque de poder y el tripartito que sustentan el rgimen.

Una revolucin democrtica

Desde el pasado 20 de septiembre y, ms tarde, frente a la violencia desplegada por las fuerzas del (des)orden espaolas durante la celebracin del referndum del 1-O, una verdadera revolucin democrtica no ha dejado de extenderse por todo el territorio y en muy diferentes sectores sociales, como pudimos comprobar con la huelga general y social del 3 de octubre. Unas jornadas que, adems, han ido acompaadas por avances significativos en el proceso de autoorganizacin, resistencia no violenta y empoderamiento popular que van ms all de lo que representan la Assemblea Nacional Catalana, mnium y otras organizaciones sociales y ciudadanas.

El temor del rgimen se manifiesta, por tanto, no slo ante lo que significa el desafo de unas elites polticas sino que es consciente de que se enfrenta a un movimiento popular que protagoniza esa aspiracin rupturista y para el que la Constitucin de 1978 ya no tiene legitimidad alguna. Con mayor razn cuando esa comunidad poltica en resistencia (como la ha definido David Fernndez) se considera reforzada por el rechazo que a escala internacional ha sufrido el gobierno de Rajoy por su actuacin represiva y violenta durante la jornada del 1-O.

Con todo, esta confrontacin se est dando en un contexto en el que el enorme contraste entre el proceso destituyente cataln, por un lado, y el bloqueo institucional y la escasa movilizacin social y poltica en el resto del Estado, salvando movilizaciones como las de Euskal Herria y Galiza, por otro, es enorme. Porque si bien ha habido acciones de protesta en muchos lugares contra los ataques a libertades y derechos sufridos estos das, tambin es obligado constatar que el nacionalismo espaol dominante ha retomado un nuevo y peligroso impulso entre algunas capas de la poblacin que sita a la defensiva a las fuerzas democrticas y rupturistas fuera de Catalunya.

sa es tambin la gran diferencia entre la divisoria democracia vs. autoritarismo -por encima del S o el No a la independencia- que se ha ido estableciendo desde Catalunya y la que, en cambio, el rgimen y los grandes medios de comunicacin tratan de imponer entre nacionalismo espaol y nacionalismo cataln en el resto del Estado espaol.

El nacionalismo espaol vuelve a la calle

En efecto, si la indignacin en Catalunya se manifiesta como rechazo a lo que consideran maltrato por el Estado espaol de su derecho a votar y de su resistencia no violenta el pasado 1-O, estamos viendo cmo entre la poblacin espaola se est fomentando un sentimiento de agravio identitario desde la derecha extrema cobijada dentro del PP, ya con Aguirre y Aznar asomando la cabeza, o en grupos abiertamente de ultraderecha. El grito A por ellos! en la despedida a las fuerzas de la polica y la guardia civil desplazadas a Catalunya desde distintas ciudades es una de las ms lamentables manifestaciones de una catalanofobia que, por desgracia, tiene profundas races histricas. Recordemos, por ejemplo, lo que escribi Manuel Azaa en julio de 1937: Una persona de mi conocimiento me asegura que es una ley de la historia de Espaa la necesidad de bombardear Barcelona cada cincuenta aos. El sistema de Felipe V era injusto y duro, pero slido y cmodo. Ha valido para dos siglos[3]. Un comentario que, por cierto, fue repetido con irona por un dirigente socialista ya fallecido, Gregorio Peces Barba, cuando el 27 de octubre de 2011 declar: No s cuntas veces hubo que bombardear Barcelona. Creo que esta vez se resolver sin hacerlo.

Vuelve as al primer plano un nacionalismo espaol que tiene una larga historia y que, salvo, y solo parcialmente, durante la II Repblica y los aos 1976-1980 en la lucha comn contra el franquismo, se ha ido construyendo en trminos reactivos frente a los nacionalismos perifricos a partir sobre todo del desastre del 98. A lo mximo a lo que han llegado algunas de las variantes del mismo ha sido a ofrecer formulaciones como Nacin de naciones, si bien siempre reafirmando la superioridad de la nacin espaola frente a las otras identidades nacionales, reducidas solo a su dimensin cultural. Por no hablar de la reivindicacin oportunista de un patriotismo constitucional a lo Habermas que durante un tiempo lleg a emplear incluso el PP y que se limitaba a la defensa de la concepcin esencialista de la nacin espaola vigente en la Constitucin de 1978.

Justamente la posibilidad de ir ms all de esas ideas de Espaa fue puesta a prueba con el debate en torno al nuevo Estatut cataln para, finalmente, verse frustrada tras la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut en julio de 2010 en lo que fue una verdadera ruptura del pacto constitucional que establecieron las elites espaola y catalana en 1978.

Por eso no cabe sorprenderse que frente al mal llamado desafo cataln resurja ahora con fuerza la variante ms agresiva del nacionalismo espaol, la de una extrema derecha, ya con Aznar a la cabeza, dispuesta a apoyar el recurso al artculo 8 de la Constitucin, invocado recientemente por la ministra de Defensa. Un ultranacionalismo que hace tiempo que se expresa con fuerza en mbitos como el deportivo y que se sigue beneficiando de la ausencia de una ruptura con elementos y lugares de memoria vinculados al legado franquista, as como, sobre todo, de la falta de voluntad de la mayora de la izquierda espaola de oponer al mismo otra idea de nacin espaola compatible con el reconocimiento en condiciones de igualdad de las otras naciones existentes dentro de este Estado.

As se comprende que aqul haya ido creciendo a la sombra de la socializacin poltica de sucesivas generaciones en torno a una idea de Espaa que no ha dedicado ningn esfuerzo al conocimiento de la historia, la cultura y la lengua de las naciones perifricas. Ms bien, ha ocurrido lo contrario, como bien muestran las nuevas series histricas difundidas por televisiones pblicas y privadas.

Corremos as el riesgo de que en los prximos tiempos se desencadene una interesada dinmica de enfrentamiento entre pueblos fomentada desde el Estado ya que, como bien alertaba hace aos Amin Maalouf, la gente suele reconocerse en la pertenencia que es ms atacada (). Esa pertenencia () invade entonces la identidad entera. Los que la comparten se sienten solidarios, se agrupan, se movilizan, se dan nimos entre s, arremeten contra los de enfrente[4].

Por nuestros derechos y libertades, por la ruptura democrtica

Empero, pese a su distanciamiento e incomprensin ante el movimiento democrtico que se desarrolla en Catalunya, persiste en amplias capas populares dentro del Estado espaol una manifiesta oposicin a los recortes en derechos y libertades que Mariano Rajoy, a la cabeza de un PP corrupto, ha ido impulsando con mayor intensidad que su antecesor, Rodrguez Zapatero, desde su retorno al gobierno en noviembre de 2011. Es esa voluntad de lucha comn por los derechos y libertades arrebatadas la que debera ayudar a tender puentes entre los pueblos de todo el Estado frente a un rgimen, con Felipe VI a la cabeza, dispuesto a imponer un estado de excepcin permanente en Catalunya que, en el caso de que se lleve a cabo, ser sin duda utilizado como amenaza frente a cualquier forma de protesta y disenso en otras partes del Estado.

Por eso sera muy oportuno que desde Catalunya las fuerzas soberanistas e independentistas reafirmen en momentos como el actual un mensaje como el que les sugera Toni Domnech[5], recientemente fallecido, en un artculo publicado en marzo de 2014: en l que apelaba a la fraternidad republicana entre los pueblos frente a un rgimen monrquico corrupto. Porque si Espaa se rompe es porque este rgimen no reconoce el legtimo derecho a decidir del pueblo de Catalunya y trata de impedirlo con la violencia.

Evitar el enfrentamiento entre pueblos, como se deca en el Manifiesto promovido por Madrile@s por el derecho a decidir y se est expresando desde otras iniciativas similares; comprender desde un lado y otro que podemos y debemos compartir la aspiracin comn a ejercer nuestras libertades y derechos frente a la escalada represiva del Estado espaol y a su negativa a reconocer el derecho a decidir de los pueblos, es hoy un deber ineludible. Es, adems, la condicin necesaria para impedir un cierre por arriba de la crisis del rgimen y para seguir manteniendo abierto un horizonte de ruptura democrtica constituyente, republicana y antiausteritaria.

Notas:

[1] Resultado del referndum del 1 de octubre: votaron 2.286.217 personas (43% del censo). Votaron s: 2 044 038 votos (90,2%); votaron no: 177 547 (7,8%); voto en blanco: 44 913 (2%); votos nulos 19 719.

[2] Desprs de l1-O, el treball entre els independentistes i els Comuns s importantssim, www.elcritic.cat/entrevistes/jordi-matas-despres-de-1-o-el-treball-entre-independentistes-i-comuns-es-importantissim-18300 (versin en castellano en http://www.vientosur.info/spip.php?article13084 )

[3] Memorias polticas y de guerra. II, Crtica, Barcelona, 1978, p. 184.

[4] Identidades Asesinas, Alianza editorial ,1999.

[5] http://www.sinpermiso.info/textos/sueltos-i-sobre-la-crisis-de-la-segunda-restauracin-borbnica-y-el-llamado-conflicto-territorial

Jaime Pastor es politlogo y editor de Viento Sur.

Fuente: http://vientosur.info/spip.php?article13086


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