Portada :: Espaa :: Crisis poltica en Catalua
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-10-2017

Sin rumbo

Reyes Mate
El Norte de Castilla


Nos preguntamos perplejos cmo hemos podido llegar hasta aqu, y no hay respuesta. Algo hemos hecho mal para que hayan cado, una tras otra, las barreras que nos defendan del abismo. Pero ah estamos, en plena cada.

Como los pasos que hemos dado no son verdades sino errores, no son conquistas civilizatorias sino tumbos hacia el desastre, cabe rectificar. Ha llegado la hora de volver sobre nuestros pasos y preguntarse qu hemos hecho mal. Y esto nos afecta a todos, sobre todo a los que toman decisiones polticas y tambin a los que crean opinin pblica. Y, para empezar por uno mismo, me pregunto cmo hemos permitido que el nacionalismo disfrute de prestigio alguno. Es una pregunta que afecta en primer lugar a los intelectuales cuya tarea consiste en sopesar la calidad moral de los productos polticos en circulacin.

Uno envidia a los intelectuales alemanes que, tras enfrentarse con su terrible pasado, llegaron a la conclusin, formulada claramente por su ms cualificado portavoz, Jrgen Habernas, de que Alemania cuando ha sido nacionalista no era democrtica y cuando era democrtica no era nacionalista. Se refera a su pas pero entre lneas dejaba entrever que la severa afirmacin tena validez universal. Es verdad que la tipologa del nacionalismo es muy variada. No es lo mismo el hitleriano que el vasco o el cataln. Aqul deriv en dictadura y stos conviven en democracia. Pero tienen un gen comn: primar la sangre y la tierra sobre la libertad. Los estudiosos saben que el fenmeno moderno del nacionalismo es un subproducto del romanticismo, un potente movimiento cultural del siglo XIX, que engloba tanto la llamada a la tierra y a la sangre del tradicionalismo (violenta reaccin contra la universalizacin de los valores revolucionarios de igualdad y libertad) como la elevacin de la religin y de la lengua a principios definidores de una comunidad poltica. Con todos esos elementos -sangre, tierra, religin y lengua- caben mltiples combinaciones, pero ninguna llegar a reconocer la primaca absoluta de la igualdad, libertad y fraternidad. Podrn flirtear con esos valores pero sin tomarlos en serio. Por eso el nacionalismo tiene un problema con la democracia.

Esto que tan bien formulaba Habermas para Alemania no hemos sabido defenderlo en Espaa. Aqu nos ha obnubilado el hecho de que Franco persigui a los nacionalismos perifricos con lo que su consiguiente antifranquismo lo hemos valorado como reconciliacin democrtica. Pero sobran los ejemplos de antifranquistas alrgicos a la democracia (empezando por los estalinistas). Ese pasado, que tanto ha pesado en mi generacin, explica la dejacin intelectual y el abandono del sentido crtico respecto a los nacionalismos de cualquier pelaje, incluido el espaol.

Pero hay ms. Eso que llamamos deber de memoria es incompatible con el nacionalismo. El deber de referirnos a la barbarie nazi para pensar de nuevo y de otro modo la poltica, afecta de pleno al asunto del nacionalismo por la sencilla razn de que el hitlerismo fue la expresin ms extrema del culto a la sangre y a la tierra. A los judos, primero se le expuls de su pas porque carecan de ocho apellidos germanos y luego se decret el exterminio porque eran de otra sangre. Esa leccin no la podemos olvidar. De esa memoria naci la Unin Europea. La Europa unida es la respuesta a la barbarie del nacionalismo o, como dice Jorge Semprn, la respuesta moral a la experiencia de muerte que supuso ese tiempo oscuro que va de 1914 a 1945 marcado por el nacionalismo.

En un debate pblico que hace poco tiempo sostuve con un aguerrido monje benedictino de Monserrat, apasionadamente independentista, me preguntaba si ellos, los nacionalistas catalanes, eran fascistas. Me lo preguntaba decepcionado porque pensaba que, compartiendo otros muchos valores, yo no fuera capaz de reconocer el ansia de liberacin que anima el soberanismo cataln. Le respond que nunca lo dira. El fascista no es alguien que piensa de una determinada manera sino quien llev a cabo el exterminio. Con esta palabra no se juega. Un nazi es un genocida y slo se puede llamar nazi a quien ha perpetrado un crimen contra la humanidad. Pero es verdad que estas palabras, antes de que consumaran toda su capacidad destructora, eran slo palabras con sinnimos inocuos como nacionalista o patriota. A mi buen amigo, que trufa su nacionalismo de referencias religiosas, le espanta lgicamente el nazismo, pero debera pensar que hoy, en Catalua, al amparo de palabras como nacionalismo o patriotismo estn teniendo lugar prcticas que recuerdan las de los nazis: qu diferencia hay entre la pintada en la tienda de los padres de Albert Rivera no s la vostra terra y la de los nazis en Berlin Juden raus?. Se traducen igual: fuera de aqu!. La cineasta Isabel Coixet, poco sospechosa de desafeccin por su tierra, denunciaba con pena que los cachorros del independentismo la griten fascista! por no someterse al pensamiento nico de la Generalitat. Transitan por un camino peligroso: el mismo de la vieja Espaa que se construy excluyendo a judos y moriscos por ser diferentes; el del nazismo que llev la ruina de Europa por divinizar la singularidad incomparable de su sangre y de su tierra.

Publicado en El Norte de Castilla el 9 de octubre del 2017



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter