Portada :: Espaa :: Opinin
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 18-10-2017

La Fiesta Nacional y lo nuestro

Santiago Alba Rico
Cuarto Poder


En su fiesta nacional los ingleses celebran a un santo y los portugueses a un poeta; los franceses la cada del absolutismo y los italianos la liberacin del fascismo y de la monarqua. La anomala espaola se pone de manifiesto en el hecho de que Espaa es el nico pas del mundo que identifica su esencia y su personalidad nacional con una conquista imperial. Nadie negar la relevancia de los viajes de Coln, matriz de la primera globalizacin, ni los cambios civilizacionales que gener, pero no deja de ser extrao -ms all incluso de los crmenes que acompaaron esa aventura- que los espaoles busquen su raz no en algo que se hicieron a s mismos o con su propia arcilla sino sobre otros y contra otros y fuera de su territorio. La fundacin de Espaa siempre ha estado fuera; y de lo que se ha tratado una y otra vez es de configurar un exterior lo suficientemente interno como para considerarlo nuestro. Nuestro es lo que no tenemos, lo que nos han quitado; y el vaco que se (nos) queda dentro.

Desde 1918 el 12 de octubre marca en el calendario la Fiesta Nacional de Espaa. Hasta 1958 la efemride fue oficialmente titulada Da de la Raza y hasta 1987 Da de la Hispanidad, dos trminos que dicen mucho acerca de una eleccin malhadada que sigue asociando hoy la construccin del Estado-Nacin Espaa a un fracaso y a una conquista militar. Celebrar el da y el ao en que Coln lleg a la pobladsima Amrica implica por muy banal que resulte recordarlo vincular desde el origen la constitucin presente del Estado espaol a dos expulsiones (judos y moriscos), un genocidio (el de los indgenas americanos) y a la marginacin tanto de los espaoles disconformes con esta visin de Espaa como de los pueblos que la rechazan y a los que nunca se ha preguntado si quieren o no formar parte de la misma. El 12 de octubre es sin duda una desafortunada eleccin que ni siquiera una democracia mejor asentada podra resignificar por completo, pues una democracia de verdad la dejara a un lado para festejar la fecha de su propia autofundacin soberana. Ms de quinientos aos despus, por tanto, esta efemride, declarada Fiesta Nacional, sigue revelando sobre todo el fracaso en la construccin democrtica de Espaa, as como la voluntad del rgimen del 78, cuando la poblacin ya ha cambiado, de ceirse al mismo proyecto y a los mismos mtodos.

Espaa, pues, se nombra todos los aos contra algo o contra alguien que est fuera; y este ao le ha tocado a Catalunya. Catalunya es nuestro fuera de dentro en torno al cual se organiza hoy el vaco que nunca hemos llenado con leyes de verdad y fundaciones democrticas. Es un desastre. Al hilo de la esperanza de cambio incoada el 15-M me puse a leer Los episodios nacionales de Galds con pasin y con alivio. Con pasin porque Galds registra igual o mejor que cualquier otro novelista europeo decimonnico la vida privada de las naciones de la que hablaba Balzac; con alivio porque, a contraluz de los cambios iniciados en Espaa en 2011, vea confirmada la tesis de Jos Luis Villacaas, segn la cual el siglo XIX, que comenz en 1812, habra terminado paradjicamente con la dictadura de Franco y la chapuza benfica de la Transicin. La Transicin fue, s, una mierda, pero no puede decirse que con Franco o contra Franco se viviera mejor; y s en cambio que, por vas tortuosas y a veces muy angostas, traicionando esperanzas y dejando muertos en las cunetas, nos libr al menos de la memoria secular, y ello hasta el punto de que, hasta este ao, el 12 de octubre no ha significado nada o muy poca cosa para los espaoles ms jvenes, aparte una jornada festiva atravesada por el aire y no por la historia.

Eso era bueno. Con eso contbamos. Porque Catalunya ha volcado de nuevo toda la historia el vaco que deja nuestro fuera de dentro en la memoria de muchos espaoles. Una cosa muy espaola de espaoles, en este caso, de izquierdas es la de echar la culpa de este retorno a los propios catalanes, cuya justa y torpe insurreccin habra despertado todos los monstruos. Digamos la verdad: la culpa es del monstruo, que segua vivo, y de los que no lo mataron cuando tuvieron poder y apoyo para hacerlo; y de los que ahora lo utilizan para renacionalizar la Fiesta Nacional, contra la feliz desmemoria general, mientras privatizan la sanidad y la enseanza. Lo que demuestra el 12 de octubre de 2017, seis aos despus del 15-M, tres despus del nacimiento de Podemos, es que la Transicin, que nos trajo un puado de libertades nada desdeables, dej encendida un ascua de siglo XIX que, atizada por unos y por otros, revela ahora tanto su fracaso (el de la Transicin) como la fragilidad de las libertades que trajo aparejadas. El verdadero fracaso de la Transicin no est en su origen contaminado ni en la monarqua ni en las cloacas del Estado ni en la Ley de Partidos ni en la Ley Mordaza ni en el artculo 135 de la Constitucin ni en las polticas de austeridad ni en la cesin de soberana a los mercados -lmites democrticos considerables-; su fracaso se revela en su incapacidad para resolver la cuestin central heredada, siglo tras siglo, durante quinientos aos. Me refiero a la cuestin nacional, que -insisto- no es la cuestin vasca o catalana sino la cuestin espaola o, lo que es lo mismo, la cuestin democrtica. Los polticos complacientemente atrincherados en el palacio real el pasado 12 de octubre, orgullosos del rgimen que contribuyeron a levantar, olvidan que, incluso en el caso de que fuera cierto -como en parte lo es- la superior estabilidad y justicia del rgimen del 78 en trminos histricos, han nacido millones de espaoles despus que no aceptan que se haya dicho ya la ltima palabra ni tampoco la mejor; y olvidan, sobre todo, que la crisis catalana es el resultado de la composicin ntima de ese rgimen chapucero cuyos mritos se atribuyen. Olvidan que la cuestin vasca ha mantenido durante 35 aos un verdadero estado de excepcin encubierto en el Pas Vasco y que slo muy recientemente -y muy precariamente- se ha encauzado polticamente; y se olvidan de que la cuestin catalana es inseparable de las polticas del bipartidismo, las estructurales y las coyunturales, y que era slo cuestin de tiempo que reclamase de nuevo nuestra atencin.

Creamos que la Transicin tena al menos el mrito de haber borrado la historia de Espaa y no es as. Vuelve Espaa y, como cada vez que vuelve, adelgaza y se debilita la democracia. Esta disyuntiva Espaa o democracia es la verdadera identidad espaola que enhebra todas nuestras desdichas y todos nuestros marasmos. Nada me parece ms triste estos das que la actitud de esos periodistas e intelectuales -cuya contribucin podra haber sido decisiva estos aos- que slo se despiertan hoy para llamar democracia a la resurreccin de Espaa y alzar su voz, desde un cosmopolitismo con pasaporte espaol, contra los nacionalismos que amenazan el suyo. Los cientos de fascistas brazo en alto y con banderas preconstitucionales que han salido estos das a la calle han entendido muy bien lo que quiere decir cosmopolitismo, democracia y antinacionalismo integrador.

Incluso Luca Mndez, mucho ms fina, sin duda la periodista de la derecha ms inteligente, ecunime y convencidamente liberal, acababa el otro da un artculo de mucho vuelo con una frase inquietante: La ocupacin de la tierra est en el principio. Desde el 1-O, una fuerza telrica ha removido a millones de espaoles, con miedo a perder parte de su tierra. Es decir, parte de su ser. El francs Ernest Renan escriba en Qu es una nacin que las naciones slo pueden fundarse sobre el olvido; el olvido de la sangre que moja los cimientos y el olvido tambin de la tierra misma, que en realidad pertenece a los monos que la poblaron antes que los hombres. Una nacin es -deca- un plebiscito cotidiano, ininterrumpido. Espaa nunca ha ganado ese plebiscito. La historia de Espaa es de hecho el fracaso cotidiano e ininterrumpido de ese plebiscito -salvo quizs en la hora fugitiva del gol de Iniesta. Ese plebiscito est pendiente y slo puede ser consciente, pacfico y solemne; ahora que el olvido benfico y constructivo, el olvido fundacional que llamamos razn y democracia parecan posibles, tras el final del siglo XIX, no deberamos hacer la menor concesin desde Espaa a la ecuacin nacin-tierra. Y menos an tratar de hacerla pasar por ms razonable o democrtica o transparente que la del independentismo cataln, independentismo que -no lo olvidemos- no quiere ni echar ni matar a los espaoles; ni conquistar Madrid; ni imponer un uniforme cataln a los catalanes. Quiere solo votar. Que en apenas diez aos el apoyo independentista haya pasado del 16% al 48% da buena medida de hasta qu punto habra sido mucho ms fcil que Espaa se impusiera de nuevo a Catalunya si por una vez, en lugar de espaola, hubiera sido realmente democrtica.

De quin es la tierra de Espaa? De los Borbones, que disputaron su propiedad a los Austria, y heredaron entonces, de padre a hijo, todas las tierras de Espaa (con sus colonias, cuando las haba). Slo los Borbones pueden decir esta tierra es ma; es su patrimonio y se han ganado mediante la conquista un ttulo de propiedad; y por eso precisamente la monarqua espaola entrar siempre en conflicto, por muchas piruetas que se hagan, con la soberana popular. Ninguna nacin se funda sobre ttulos de propiedad. Un sujeto nacional no es un vnculo ontolgico con la tierra, sino una red histrica de instituciones trenzada sobre ella, una memoria comn de futuro y una gavilla de mitos, gestos y nombres compartidos. Todo eso nos puede parecer una mierda o un horror o incluso un residuo premoderno en tiempos de globalizacin; y desde la izquierda marxista un velo fraudulento de la lucha de clases. Lo cierto es que los sujetos nacionales, en cuanto sujetos de Derecho, son sencillamente hechos, como los cuerpos, y de nada sirve asociarlos a un acto de justicia o racionalidad: o se forman o no se forman. El sujeto nacional cataln es un hecho, reconocido ya en el encaje autonmico; no lo son Extremadura o Asturias y no parece que vayan a serlo de momento. Frente al hecho de un sujeto nacional corporizado, el Estado espaol puede identificarse a s mismo con la historia de Espaa y repetirla ad nauseam y ad sanguinem o concebirse como un marco democrtico y abordar democrticamente el problema. Eso implica dos cosas: que los catalanes voten en un referndum pactado y que los espaoles ayudemos activamente, con nuestro voto y nuestra movilizacin, a cambiar las leyes que hagan eso posible. Los espaoles decidimos tambin. Queremos ms democracia y por eso tenemos que votar para que puedan votar los catalanes. Nunca Espaa haba sido ms plural, ms olvidadiza, ms promiscuamente populista y nunca hubiera sido ms fcil, con partidos, intelectuales y medios responsables, obtener este resultado.

Las cosas pintan mal. Si es una cuestin de identidad la cuestin ser irresoluble mientras la identidad espaola tenga los medios para imponerse a la identidad catalana y en Catalunya la identidad catalana no sea abrumadoramente mayoritaria. Luca Mndez y los otros millones de espaoles no tienen nada que temer; los independentistas catalanes, que sern cada vez ms pero nunca suficientes, no ganarn nunca y seguirn luchando, por unos medios u otros, hasta el fin de los tiempos o hasta la extincin fsica. Pero si se trata de democracia, de vivir en democracia, seamos serios y no juguemos, al menos, a oponer Estado de Derecho a nacionalismo identitario cataln: una repblica catalana, incluso gobernada por la derecha, sera al menos tan democrtica como una monarqua espaola gobernada por la derecha; e incluso un poco ms democrtica, pues la forma republicana le dara una legitimidad que la corona espaola no posee. La cuestin, en todo caso, es la de resolver de una vez por todas la disyuntiva histrica entre Espaa y democracia.

Hay otra alternativa? Cerrar las muchas cosas buenas que, a su pesar, nos dej la Transicin (algunas libertades y una poblacin abierta a todos los vientos, ni de izquierdas ni de derechas) y regresar al largo siglo XIX. No nos ha ido tan mal. Fanatismo, guerras civiles, guerras coloniales, pronunciamientos, dictaduras, subdesarrollo, emigracin econmica, violencia, Espaa siempre victoriosa, los espaoles siempre vencidos. Visto desde el 12 de octubre, quin no querra vivir otros quinientos aos as?

Si otro patriotismo es posible -el de un olvido plurinacional, democrtico y econmicamente justo- ser contra los partidos y sus rememorizaciones paralelas, desde el municipalismo, desde la cultura, desde esa poblacin hoy inaudible, pero an mayoritaria, que ve en el 12 de octubre un da festivo atravesado por el aire y no por la historia y en las movilizaciones en Catalunya la simple, ingenua, multitudinaria y transversal voluntad de hacer realidad por fin todas las promesas democrticas de la Transicin.

Fuente: http://www.cuartopoder.es/ideas/opinion/2017/10/16/santiago-alba-rico-la-fiesta-nacional-y-lo-nuestro/

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter