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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 09-11-2017

El otoo rojigualdo, una alucinacin colectiva

Daniel Bernab
La Marea

La lectura del independentismo procesista fue errnea por pensar que el rgimen del 78 necesitara dialogar para no perder Catalua


El proceso independentista cataln est teniendo, de momento, unos resultados desastrosos. Tras la proclamacin simblica de la repblica, la excusa para el 155, previsto de cualquier forma, estaba dada. La Generalitat fue intervenida y cualquier poder administrativo que pudiera tener su Gobierno fue disuelto. Sin reconocimiento internacional, capacidad de financiacin y control del territorio y fuerza pblica no haba ninguna posibilidad de xito. La resistencia civil y la desobediencia, sin nada de lo anterior, eran poco ms que una invitacin al martirio. El camino de la unilateralidad, por otro lado el nico disponible para una secesin en Espaa, hubiera requerido de forma ineludible de estos condicionantes para hacerse efectivo.

Sin embargo, nadie en la Generalitat contempl realmente nunca esta situacin. El procs, que lgicamente la CUP dio por acabado al sucederse el referndum, nunca termin y continu con su estrategia de dar pasos hacia delante, hacia un lugar al que se lleg pero donde, materialmente, an no se poda llegar. La intencin era que algo se conseguira desde el Gobierno central. Hoy la mayor parte del Ejecutivo cataln est en la crcel y su presidente en el limbo belga con la estrategia de internacionalizar el conflicto.

La lectura del independentismo procesista fue errnea, no por carecer de plan b para una independencia que nunca creyeron conseguir inmediatamente, sino por pensar que el rgimen del 78, dbil, necesitara dialogar de algn modo para no perder Catalua. La negociacin hubiera sido necesaria para resolver el problema, no para convertirlo en el 23-F de Felipe VI.

El bloque monrquico, por otro lado, hoy parece triunfante tan solo por su nico xito real: la alucinacin colectiva que han conseguido imponer a la sociedad espaola. Nadie se hace ya la nica pregunta capital que merece la pena contestarse: por qu ms de dos millones de catalanes son independentistas? La respuesta ha dejado de interesar una vez que la poltica ha sido emparedada entre el legalismo y la represin. Precisamente la legalidad, que tanto se ha enarbolado, ha sido retorcida para encarcelar a los lderes sociales y parlamentarios del independentismo, quedando expuesto el carcter parcial del sistema judicial, eso sin todava conocer el resultado de la extradicin desde Blgica.

Los cuerpos de seguridad no solo se mostraron incapaces de parar la votacin del 1 de octubre, a pesar de la violencia desmedida, sino que adems han dejado un goteo de irresponsabilidades, desde el a por ellos hasta las mofas hacia Junqueras, que ponen en entredicho su profesionalidad. El sistema meditico, ya con una credibilidad cuestionable, se ha cerrado en banda convirtindose en poco ms que un altavoz orgnico del Estado. Las bandas de ultraderecha han hecho su aparicin a la vista de todos llenando de agresiones las calles de medio pas.

Respecto a los partidos del bloque, Ciudadanos, el presunto relevo centrista, moderno y moderado del PP, ha dejado libre su pulsin extremista, sobrepasando a personajes tan escorados a la derecha como Albiol. El PSOE del Snchez renacido ha resultado una mera comparsa oportunista, primero incluso apuntndose a las banderas blancas del dilogo, para acabar fingiendo ser el freno de un PP a todas luces acelerado. Ha sido Rajoy, junto con la CUP, el nico protagonista coherente en todo este asunto, haciendo justo lo que se esperaba de l: nada. Al menos ha sido ms moderado retricamente que la mayora de su partido, que ha mostrado su espritu ms autoritario por boca de Casado. El rey apost por la continuidad de su corona vinculada al plan restauracionista, no por desempear el papel de mediador tan pregonado por los periodistas de cmara.

Y todo esto, para qu? Para volver a un punto peor que el de partida en las elecciones catalanas del 21 de diciembre que, segn todas las encuestas publicadas hasta el momento, no variarn el mapa poltico. El 22, pase lo que pase, Catalua no habr estado nunca tan lejos del resto del pas. Les recuerdo, por cierto, que de las tres ltimas citas electorales unas se tuvieron que repetir para evitar la entrada de Podemos en el Ejecutivo, las siguientes se resolvieron tras el golpe en Ferraz y estas han sido convocadas de forma excepcional tras el 155. Y es que esa es justo la palabra para definir, no solo la crisis catalana, sino la situacin en la que ha entrado la poltica espaola desde hace unos aos: la de un estado de excepcionalidad permanente.

En principio lo esperable es que tras una crisis econmica soterrada con medidas austericidas, unas instituciones podridas por la corrupcin, una quiebra territorial gravsima y una respuesta violenta y autoritaria a la misma, es decir, con todo el panorama visto en los ltimos prrafos, la ciudadana se hubiera girado no solo hacia los actuales gobernantes, sino hacia sus socios e incluso hacia la Corona y hubiera dicho basta. Basta de hablar de soberana nacional cuando la misma se entreg servilmente a los banqueros alemanes, basta de hablar de justicia fulminante cuando esta se ha mostrado dbil y timorata contra los patriotas con cuentas en Suiza, basta de hablar de egosta burguesa catalana cuando toda, la catalana y la espaola, uni fuerzas en la represin de las protestas sociales. Basta de dar palos a la gente en Barcelona, Murcia o Madrid. Y s, esto hubiera sido lo esperable para un observador externo que desconociera qu llevaba cocinando a fuego lento la derecha estas ltimas dos dcadas y qu efecto ha tenido en la sociedad espaola.

Este otoo rojigualdo es el 15-M que la derecha llevaba esperando mucho tiempo. Permtanme la comparacin, pese a saber las enormes diferencias entre un momento y otro, puesto que los resultados estn siendo complementarios por oposicin: mientras que la indignacin del 2011 fue la cabeza de playa para un movimiento destituyente al rgimen del 78, la del 2017 es la punta de lanza para su restauracin bajo unas coordenadas an ms conservadoras.

La mayor diferencia es que mientras que la primavera espaola fue un movimiento ms o menos autnomo, este otoo patritico est siendo completamente dirigido por el rgimen del 78 para canalizar el descontento de la poblacin contra el independentismo (y no nos engaemos, contra la propia idea de lo cataln). Lo cual no implica que ambos escenarios sean transversales, tanto a nivel de clase como de ideologa. En el actual, si bien los participantes ms efusivos aquellos que acuden a las manifestaciones y cuelgan su bandera en el balcn son seguramente votantes convencidos de derechas, se ha producido un efecto arrastre por saturacin que ha acabado por convencer o desactivar a ciudadanos progresistas que no han encontrado una posicin en la que situarse.

Y aqu est una de las claves del asunto. Mientras que el 15-M rompi con el eje ideolgico por tratarse de un movimiento de radicalidad representativa y estar impulsado, en un primer momento, por un descontento de aspiraciones truncadas de clase media, joven y poco identificada con la izquierda tradicional, el otoo rojigualdo pretende pasar por algo desideologizado y no nacionalista, tan solo como la reaccin natural de la gente al ver en peligro su democracia amenazada por el desafo separatista.

Es cierto que el discurso de la legalidad ha sido imbatible. De nada ha valido hacer notar la hipocresa de los corruptos o que, si bien la poltica debe estar regida por una norma constitucional, es tan peligroso como tramposo limitar la solucin de los conflictos a una norma profundamente ideolgica, blindada al cambio y nacida en un contexto de vigilancia militar franquista. Lo cierto no es que, de repente, la sociedad espaola se haya vuelto amante de la Constitucin, sino que eso llamado legalidad ha valido como la coartada retrica perfecta para evitar el debate sobre las causas profundas de la situacin.

Pero si hay un elemento que est haciendo de este otoo rojigualdo una verdadera alucinacin colectiva ese es el espaolismo. No hablamos de un sentimiento de pertenencia al pas ms o menos marcado, de un aprecio por las tradiciones, smbolos o caractersticas nacionales, sino de una ideologa reaccionaria, excluyente e interesada que las clases dirigentes requirieron desarrollar especialmente tras el Desastre de 1898. Si el espaolismo cont con la mitologa de la Reconquista y la incorrecta asimilacin del Imperio Espaol al pas contemporneo, la derecha actual entendi hace un par de dcadas que para su renacimiento haran falta ms materiales.

El primero fue toda una corriente revisionista que transform la dictadura franquista en un mal necesario, casi un hecho apropiado que nos libr del comunismo. Un tiempo de desarrollo, de extraordinaria placidez, que situ, adivinen, los intereses de Espaa por encima de todo. La razn no fue solamente sentimental, de obvios lazos familiares, sino de permitir a la derecha jugar con la idea del espaolismo sin miedo a mancharse. El segundo material fue recuperar una bandera, que permaneca arrinconada en los cuarteles y edificios oficiales, a la que la poblacin no miraba con hostilidad pero tampoco con simpata. Si Aznar dio el pistoletazo de salida con su gigantesca Rojigualda en la plaza de Coln, fueron los xitos deportivos de la primera dcada de siglo los que normalizaron su uso.

El problema no reside en la bandera en s misma, ni en su utilizacin festiva, sino en el perverso uso poltico que se ha hecho de este mecanismo de asimilacin. Si Espaa, como concepto, no despertaba grandes furores patriticos, gracias a los xitos deportivos empez a ser algo triunfante con lo que identificarse, de una forma primaria y emocional, aunque efectiva. Una vez conseguido este objetivo el siguiente paso del espaolismo fue asociar su idea de pas, involucionista y excluyente, con la totalidad de Espaa, logrando as que un movimiento independentista no se perciba como un problema territorial poltico, sino como un ataque al orgullo individual del ciudadano. Pero no solo. Cualquier crtica a su clase dirigente seguir el mismo camino y ser entendida como un ataque a la nacin en su conjunto. La estrategia no es nueva, se utiliz durante el franquismo, donde existan los espaoles de bien y el resto, elementos con intenciones oscuras que no luchaban contra la dictadura sino contra la propia Espaa.

La absurda polmica con la camiseta de la seleccin de ftbol demuestra el histerismo del sector que domina la narrativa del espaolismo, pero tambin la enorme importancia que el deporte tiene para su estrategia. De hecho, la presunta bandera republicana que aparece en la ensea una divertida casualidad cromtica, poco ms no se explica como una idea diferente de Espaa, sino como una idea contra Espaa. Triste destino para la parte ms honrada y decente de este pas que an permanece enterrada en las cunetas.

La ausencia de un discurso alternativo ha hecho que la alucinacin colectiva parezca an ms fuerte. Si la izquierda es incapaz de situar en primer plano del debate pblico el conflicto de clase (al fin y al cabo el que le da naturaleza) debe pensar en las maneras de disputar el concepto de pas a la derecha: aceptar el papel hispanfobo y traidor del que injustamente ha sido acusada, situarse voluntariamente a la contra, le pasar una factura dursima.

En este artculo se han repetido insistentemente las ideas que destapan al espaolismo como una coartada para tapar con la bandera los intereses de clase de la burguesa espaola. Pero har falta algo ms que esto y que la adaptacin de smbolos y palabras, algo percibido como una artificialidad y un volantazo por la poblacin. Ni a Carrillo le vali envolverse en la rojigualda ni a Podemos usar patria como un significante vaco.

Existe una riqusima tradicin cultural republicana espaola que parte del XIX y que ha sido olvidada por la izquierda actual que puede hacer frente a esa rancia mitologa de arcabuces oxidados.

Las banderas desteirn, tarde o temprano, en los balcones. Ser entonces cuando toque hablar del pas real, cuando la alucinacin colectiva llegue a su fin. Aguanten, los despertares ms duros son los ms furiosos.

Fuente: http://www.lamarea.com/2017/11/08/el-otono-rojigualdo-una-alucinacion-colectiva/



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