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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 15-11-2017

Conversacin con Oscar Ariel Cabezas a 150 aos de El Capital
Mquinas de lectura

Guillermo Garca Prez
Rebelin


Qu tipo de libro diras que es El Capital (1867)? Por la multiplicidad de sus mtodos y herramientas (anlisis econmico, reflexin filosfica, arenga poltica) parece ms bien una maquinaria, un dispositivo. En qu se distingue no slo de otras obras de economa poltica, sino de otros libros de filosofa y, en general, de otras obras literarias, entendidas en su sentido ms amplio?

El capital es un libro fundacional de la economa poltica moderna. Sus impresionantes modos de trabajo con el lenguaje de la economa clsica lo convierten en, lo que podramos denominar, el primer libro de deconstruccin categorial de la economa poltica clsica. Pues se trata, efectivamente, de un dispositivo formado por un conjunto de enunciados que inventan un tipo de lectura, no hecha antes de Marx. El texto ineludible de Louis Althusser, Para leer El capital (1965), da cuenta, por ejemplo, de que El capital no es solo un libro de economa poltica, sino que representa un modo distinto de lectura. Para leer El capital propone una teora de la lectura radicalmente distinta de la idea de manual o gua propedutica, pues Althusser entiende que las categoras de la economa poltica clsica son modos de ver el funcionamiento de la produccin capitalista. Y propone que Marx ve lo que los economistas clsicos no ven. Es decir, la circulacin de mercanca, la organizacin del trabajo, la extraccin de plusvala o la teora del valor son reinterpretadas en virtud de una nueva mirada, de una nueva lectura o dispositivo. La especificidad de El capital es la fuerza de esa mirada y su enorme voluntad para comprender el proceso de produccin, circulacin y reproduccin ampliada o global del capital. Esta voluntad de lectura se logra mediante lo que llamas la multiplicidad de sus mtodos, pero que muchos especialistas han interpretado bajo la consigna del mtodo dialctico. Creo que por todos los escollos tericos de la dialctica es ms interesante hablar de que El capital est recorrido por esa multiplicidad y de la dialctica como una ms de las miradas que Marx ensaya. En cualquier caso, respecto de sus contemporneos, la lectura de Marx representa un giro copernicano. Este giro est dado, siguiendo la teora de la lectura de Althusser, por lo que supone habitar un campo de enunciacin de manera crtico-deconstructiva. Por eso, ms all del mtodo y del laboratorio escritural que Marx ensaya, la pregunta que seguramente todos nos hacemos respecto del dispositivo ptico que lo lleva a escribir El capital es la siguiente: qu es lo que Marx ve? O, lo que es lo mismo, qu es lo que los economistas clsicos no ven y Marx s puede ver? Para responder esta pregunta, y con ello a las que t sugieres, habra que decir que El capital no es exactamente un libro cuya fuerza argumental reside en haber descifrado las leyes de la economa. Por el contrario, se sustrae de lo inmediato de las categoras econmicas para ver que el capitalismo no es un conjunto de leyes para el funcionamiento de una sociedad, sino un modo de produccin de la existencia. Marx puede ir ms lejos puesto que entiende que trata con un modo universal de produccin de la vida de la especie humana. El capital pone en crisis la idea de que las sociedades deban su existencia a lo local y de que la existencia de hombres y mujeres se produzca singularmente, y propone que esta produccin se da en el marco de inscripcin de las tendencias universales del capitalismo. De manera que con Marx ya no es posible entender que las relaciones sociales bajo el capitalismo estn constituidas por una simple sumatoria de leyes que rigen, morfolgicamente, la economa.

A 150 aos de su publicacin, El capital sigue siendo ledo, por la ceguera ortodoxa de algunos, como si se tratara de una Biblia en el que se encuentra la ciencia nomottica del capitalismo. Aqu hay que recordar que en el dispositivo de lectura del clebre artculo de Antonio Gramsci, La revolucin contra El capital (1918), ste no arremete contra los postulados del libro, los cuales, como sabemos, le interesan bastante. Lo que la lectura de Gramsci critica es la canonizacin teolgico-poltica del libro de Marx, es decir, critica el mito de la lectura de leyes exactas e inmutables de la historia, leyes cifradas por una supuesta naturaleza del capital. En esta crtica, el preso de Turi no solo habla del entusiasmo por la Revolucin Rusa, de la pasin de los bolcheviques que se saltaron todas las frmulas de la marxologa de la poca, sino que, tambin, inventa un modo de leer. La lectura de Gramsci permitir pensar que, ms all de lo formulaico de las leyes del capital, se encuentra el fenmeno de la pasin poltica como pasin colectiva y cuya potencia est enclavada en la imaginacin de la organizacin de los bolcheviques. No obstante, El capital se sostiene en y a travs de la imaginacin de ciertas categoras, como posibilidad de organizar una mquina de lectura que es, al mismo tiempo, poltica y literaria. En la obra de Marx, la literatura no solo informa y ejemplifica datos empricos de la realidad, sino que teje la escritura a partir de eso que el caraqueo Ludovico Silva llama el estilo literario de Marx. No habra que confundir el estilo, sin embargo, con la reduccin de la escritura a referencias literarias en este caso, Homero, Cervantes o Shakespeare, por no mencionar a Jonathan Swift, comparable a Marx desde lo satrico. Sin duda, se podra decir que El capital puede ser ledo como una gran novela social o gtica en la que el personaje principal es el vampiro del capital y los obreros la presa. Pero habra que ir un poco ms lejos y afirmar que El capital no solo es un dispositivo que lee y ve la fuerza del capital en la potencia de la ficcin, sino tambin la potencia de la escritura como crtica de esta ficcin. Sin ir ms lejos, dos de los ms importantes problemas tericos que Marx plantea son: el fetichismo como el secreto de la mercanca y el valor de uso y el valor de cambio en los procesos de produccin capitalista como parte de la historia de las ficciones producidas por la especie humana. Esto nos debera hacer pensar que El capital, sin ser un libro inscrito en el registro de la literatura, funciona como un dispositivo que desoculta, descubre, levanta el manto de las capas de naturalizacin de una realidad social que solo puede sostenerse por la fuerza de sus ficciones. De manera que si hay alguna semejanza de El capital con la literatura entendida en sentido amplio, pero tambin en un sentido muy especfico, es en el hecho de que Marx comprende que valorizar los objetos, poner precio al trabajo social, es inherente al orden de la ficcin social. Por eso me atrevera a decir que en El capital el modo de produccin capitalista est recorrido por personajes conceptuales, algunos provenientes del lenguaje filosfico de Hegel (inmediato, inmediatez, absoluto), pero tambin del de Ovidio, puesto que Marx es sobre todo un pensador de las metamorfosis de lo social. En este sentido, la literatura abrira en la mquina de lectura que Marx inventa un campo de enunciacin no literario en medio de una potencia que es literaria, es decir, Marx no puede escribir sin imaginar los personajes que hacen posible la explotacin capitalista. El capital es un libro de filosofa con la potencia imaginal de la literatura. Pienso que en ello reside su potencia, su herencia, su legado como el gran libro que desoculta los mecanismos de un modo de produccin que oprime y explota a condicin de expandir su dominio a travs de la estructura de las fantasas que dan forma a la vida social que nos trama como habitantes de las sociedades capitalistas de hoy.

Entonces, hasta qu punto nos sirve El capital para explicar el presente? Si es obvio que la lgica del capitalismo no ha hecho ms que agudizarse, qu nuevas caractersticas ha ganado que el libro de Marx no pudo entrever o no atin a explicar? Esto puede entroncarse con otra visin de Marx: en las Tesis sobre Feuerbach, al defender que la filosofa debe aspirar a transformar el mundo, acusa a Feuerbach de ser un materialista contemplativo. Me parece una afirmacin desafiante, porque obliga a reconsiderar toda la labor de la intelectualidad y la escritura. Ms all de la obviedad de que el escritor tambin pueda ser un activista, qu incidencia efectiva puede tener la escritura en la realidad?

Lo peor que le ha sucedido a El capital y creo que le seguir sucediendo es haber cado en manos de lo que Jorge Luis Borges llama los telogos. Estos seores que levantan sus espadas contra la posibilidad de que proliferen mquinas de lectura no son solo aquellos que leen con sotana y crucifijo en la mano. Por el contrario, los telogos son aquellos que no logran entender que el acto de lectura es por excelencia un acto profano y radicalmente heterodoxo. Nadie puede leer sin alterar lo ledo. Todo acto de lectura es un acto de traduccin, porque la traductibilidad es el modo en que el lenguaje y la escritura experimentan la contingencia y la deriva de ese otro acto que es el del pensar. Hay toda una tradicin de marxismo militante que hace imposible que el acto de pensar a travs de la lectura tome lugar. Es un marxismo enmohecido y ortodoxo que funciona como el polica de la imaginacin poltica y terica. No hay nada ms nefasto e insulso que los custodios teolgicos de una lectura. Aunque a travs de posiciones encontradas, el desplazamiento de las mistificaciones de la lectura de El capital es algo que, de manera extraordinaria, realizan dos de los ms importantes marxistas del siglo xx que ya hemos mencionado. Gramsci desplaz la canonizacin de El capital por considerar que la momificacin del libro y sus contenidos paralizan la posibilidad de la revolucin. Althusser, en nombre de la ciencia marxista, deconstruy la lectura teolgica porque sta se circunscribe en una lectura mistificada del texto e inhabilita el acto de ver en el no ver de los msticos (hegelianos, dir el francs). Estos temas siguen siendo importantes para responder por la actualidad de El capital. A primera vista, es obvio que un libro escrito en pleno fulgor del siglo xix no puede describir el devenir exacto de nuestros mundos sociales y econmicos. Sin embargo, no es posible interpretar las enormes transformaciones en la divisin internacional del trabajo, esto es, en la reproduccin ampliada del capital a escala planetaria, sin recurrir a Marx. Los libros de David Harvey, por ejemplo, no son solo lecturas exegticas y rigurosas de El capital, sino tambin modos de actualizar la potencia interpretativa de un libro que a su vez interpreta lo que Bolvar Echeverra, terico barroco de la teora del valor, llama la modernidad capitalista. El libro de Fred Jameson Representar El capital. Una lectura del tomo i  (2011) no solo propone leer El capital desde un cierto retorno a la dialctica hegeliana, sino tambin considerndolo como un libro importante sobre el problema del desempleo. La lectura de Jameson es una excelente y provocadora mquina de relectura de los personajes conceptuales de El capital. Jameson se atreve a decir que el tomo I carece por completo de conclusiones polticas. Esta tesis es interesante porque de alguna manera est respondiendo sin responder, claro a la inquietud de tu pregunta con respecto a lo que El capital habra o no podido entrever o, incluso, habra o no atinado a explicar. Para Jameson, el primer tomo no entrega las conclusiones polticas que para los telogos de la poltica se deben seguir de la lectura de Marx; esto hace colapsar la idea de que el tomo i es la Biblia de la clase obrera. Al proponer que El capital es un libro sobre el ejrcito de reserva, es decir, sobre los obreros desempleados, introduce una temtica contempornea que es la de las perversiones de la globalizacin. La globalizacin capitalista deja enormes poblaciones en el extremo del horror y la crueldad de una divisin internacional del trabajo y de un rgimen de acumulacin que a escala mundial produce y expone la vida desnuda a las hambrunas, a la ociosidad forzada y a las guerras racistas provocadas por los fenmenos migratorios del capitalismo contemporneo. Ms all de si la interpretacin es o no socialdemcrata, Jameson hace derivar una interesante poltica del empleo a escala planetaria al sealar que El capital no es un libro de poltica, o sobre el trabajo, sino sobre el desempleo provocado por la lgica perversa del capitalismo globalizado. Podemos estar de acuerdo o no con la interpretacin de Jameson y, sin embargo, no podramos desconocer que el autor norteamericano hace de El capital un libro de actualidad otorgndole a Marx la cualidad de un pensar vivo.

Como lo han venido haciendo grandes tericos contemporneos, El capital y el pensamiento de Marx deben ser actualizados por fuera de la beatificacin militante. El mundo en el que escribi Marx es el mundo del siglo xix . Se trata del mundo social en el que surgi, de la mano de la burguesa, una poderosa clase obrera que hoy se ha desvanecido a travs de las transformaciones del trabajo capitalista. De hecho, la clase obrera industrial ha dejado no solo de ocupar un lugar privilegiado como sujeto poltico de la transformacin social, sino tambin y, sobre todo, ha dejado de ocupar un lugar privilegiado en la divisin social del trabajo. La crisis de la clase obrera ha sido interpretada como una crisis del trabajo moderno y en particular del trabajo taylorista y fordista. El trabajo vinculado a la fbrica y a la cadena de montaje ha sido tendencialmente destruido por un capitalismo de nuevo tipo. Este capitalismo del presente es el que hoy aparece categorizado como sociedad postfordista, capitalismo del postrabajo o del fin de trabajo moderno, capitalismo meditico, capitalismo financiero y de acumulacin flexible. Todas estas formas de conceptualizacin no seran posibles sin el acontecimiento escritural de la mquina de lectura que Marx ofrece en El capital y, sobre todo, sin la reflexin sobre el problema de la relacin entre tiempo y trabajo. Hay que decir tambin que El capital, siendo un libro del siglo xix , es, ineludiblemente y parafraseando a Mallarm, un instrumento del espritu de la emancipacin como posibilidad material replegada en la clase obrera como sujeto poltico. Es en el apogeo novecentista de la industria moderna y de la liberalizacin de la fuerza de trabajo que El capital, como libro, vehiculiza el espritu de los que debern dar sepultura a los opresores, a la clase burguesa de capitalistas modernos. Pero el impulso de los espritus libres se halla hoy enfermo o, quizs, siempre haya estado medio enfermo. Lo cierto es que toda la historia de los ensayos y experimentos de los espritus libres fueron derrotados o, como ocurri con la revolucin bolchevique, fueron diluidos por la poderosa mquina del paradigma moderno y produccionista de los capitalismos de estados socialistas.

Las famosas Tesis sobre Feuerbach (1845) que mencionas son todo un tema a discutir, porque si bien son una crtica al espritu enfermo de los filsofos, es decir, al espritu de esos que en vez de dedicarse a transformar el mundo solo se dedican a interpretarlo, la hiptesis del materialista contemplativo es el intento de Marx por devolver el anlisis a las prcticas sociales como una forma de salir de aquellas filosofas de la contemplacin, del misticismo existencial, del abandono de la interpretacin y, as, de la escritura como topologa que es interna a las prcticas sociales. En otras palabras, Marx est pensando que la escritura no solo incide sino que debe incidir en los procesos de comprensin material de la existencia y en las formas que estas toman en el seno de la vida social. En el contexto novecentista la Tesis sobre Feuerbach son claramente el momento en que la filosofa de Marx advierte que es necesario tomar distancia de la contemplacin para pasar al acto. En nuestro contexto, esta idea sigue siendo muy importante, pero hay diferencias histricas sustantivas respecto de la posibilidad o imposibilidad que los espritus libres tienen de triunfar. Para Marx era claro que el motor de la transformacin, el sujeto de la revolucin, eran los obreros modernos debido al lugar que ocupaban en la cadena de la produccin. Esto hoy ha cambiado y en medio de este cambio ha cambiado tambin la consigna de Marx. Hoy es muy importante interpretar, interpretar e interpretar lo que ms se pueda de nuestras condiciones materiales de existencia, porque estamos lejos de entender todos los engranajes de las mquinas que reproducen la dominacin contempornea. En medio de la naturalizacin de los engranajes de la mquina capitalista, la contemplacin y la interpretacin son ms necesarios que nunca. La escritura es un componente de la realidad e incluso, se podra decir, es lo que le da forma. Gracias a los descubrimientos de Derrida, sabemos que no hay prctica social que ocurra por fuera de la escritura. No hay pueblos sin escrituras como pensaba Hegel porque toda huella, toda traza hecha por una prctica social es escritura o archiescritura. Pero entiendo que la pregunta es por la escritura como la actividad de una comunidad de letrados que escriben, ms o menos, profesionalmente. Esa escritura no debe caer presa de las estticas neutralizadoras que se obsesionan con el estilo, con el enemigo teolgico del mundo, con el narcisismo pattico del que escribe por miedo a la muerte pensando que dar el salto a la inmortalidad. La escritura muerta es la que se agencia a los modos de la contemplacin narcisista sin ninguna potencia para afectar la realidad porque es parte de la realidad que se ha naturalizado como orden. La escritura muerta es la escritura que se subordina a las lgicas narcisistas de la hegemona neoliberal. Hay, por supuesto, todava la escritura viva que des-trabaja estas formas de la escritura y que sin duda est comprometida con la traza crtica del legado de Marx. La escritura viva potencia modos de des-narrativizacin del paradigma cultural de la hegemona neoliberal y, por lo tanto, se agencia a los espritus libres del siglo xxi que no han sido derrotados. Estos espritus libres des-trabajan o ms bien rechazan el trabajo capitalista porque logran entender y sentir que el neoliberalismo es un modo de teologa poltica en que la adoracin por lo ms abstracto del capitalismo debe ser puesto en tensin por modos complejos de escritura e interpretacin. La interpretacin viva de la escritura cambia estados de habla y modos de ver, es decir, cambia los habitus, como dira Bourdieu, que reproducen el orden. El que escribe de manera no patolgica lo hace porque ha decidido pasar al acto contra las formas de la escritura muerta que domina de cabo a rabo nuestra hegemnica cultura neoliberal.

Has dicho, en otro contexto, que la estetizacin de la teora poltica es intento por neutralizar la poltica y su agencia en los movimientos sociales. De qu forma opera esa estetizacin? Y, por otro lado, qu se pierde si se deja de lado una visin esttica sobre la realidad poltica?

La estetizacin adquiere hoy uno de los lugares fundamentales de ejercicio complejo de la dominacin capitalista. Hay que entender esto no solo en trminos de los viejos usos del concepto de ideologa que se puede hallar en ciertas lecturas de Marx, sino de los mecanismos enunciativos (tericos) que se dan en el interior de comunidades acadmicas cerradas y que tienen una incidencia importante en las formas en que hoy se produce el desencantamiento de los espritus libres o el reencantamiento que, camuflado en el lenguaje crtico, mistifica comunidades de saber que reproducen el orden (sin duda, criticndolo todo, pero sin alterar ni una pestaa de los engranajes de la dominacin contempornea). La investigacin terica nunca ha sido ms importante y ms necesaria que hoy. Los mundos complejos que se hallan subordinados a la lgica del capitalismo necesitan de la teora para ser descifrados y revelados como mundos que podran dejar de estar articulados por las hegemonas culturales y polticas del capital. Sin embargo, muchas veces comunidades de investigacin terica aparecen agenciadas a lo que el historiador hind Ranajit Guha llama la prosa de la contrainsurgencia. La teora poltica estetizada y autorreferencial, sin afuera poltico, sin agencia en los movimientos sociales de lucha por el presente es ciega y la ceguera hace que la actividad terica funcione como prosa de la contrainsurgencia, es decir, como un ideologema ms de la reproduccin de las hegemonas (universitarias, cientficas, culturales y polticas) del capital. Por eso, la teora no puede ni debe pretender ocupar una jerarqua especial considerndose a s misma como el instrumento abstracto que puede conducir procesos culturales, polticos y sociales a distancia y de mejor manera que los actores mismos de un movimiento de alteracin de los habitus sociales. La arrogancia de la teora o de los rumiadores de sta, es tpica de los telogos y de las formas estetizantes de la poltica. Lejos de esta posicin, est la consideracin de que la teora es ms bien suplementaria de la comprensin de procesos polticos y culturales que se dan en las antpodas de las hegemonas o visiones estticas del mundo administradas por la subjetividad del capital. El papel suplementario de la teora es el de trabajar descubriendo, desocultando las articulaciones y engranajes del funcionamiento de la dominacin del capitalismo para poner la crtica y sus descubrimientos a disposicin de los movimientos de contra-poder. La estetizacin de la teora tiene que ver con procesos subjetivos que han internalizado la competitividad neoliberal en sus prcticas sociales e investigativas. Se trata generalmente de grupos cerrados y sedimentados en instituciones de reproduccin de los saberes, de las artes, de la poltica, de la cultura agenciada a la casi imperceptible empresa neoimperial de un sector importante de la intelectualidad liberal de la academia norteamericana. En estos espacios, la teora social, literaria, cultural y poltica pierde su acoplamiento con aquellos movimientos sociales que desestabilizan el funcionamiento de la dominacin, deviene estril o, como decamos respecto de la escritura, deviene teora muerta porque su pulsin es la de neutralizar, estetizar, coaptar los desbordes, los derrames movimentistas que alteran las tramas del poder. La vida ertica de la teora, su fertilidad, su pasin, su vida sensitiva y su salud dependen de la relacin e intensidad de sus acoplamientos con los movimientos sociales. La pulsin ertica de la teora est compuesta por la politicidad que entraa su potencia de afectar y ser afectada por los mundos sociales que la inspiran y a los cuales ella les habla por fuera de cualquier posicin de jerarqua aristocratizante y masculina. En este sentido, la nica posibilidad que tiene el arte de la teora de desarrollar la vida sensual de los mundos estticos alterativos contra los mundos abstractos de la desafeccin del capital, es acoplada en las luchas sociales. Este acoplamiento debera ser su visin esttica y, a la vez, su compromiso con todas las luchas, sin jerarquizarlas segn el patrn ortodoxo de las teoras que definen, desde un a priori conceptual, el sujeto de la poltica o de las artes que resisten la dominacin capitalista. Pero lo que suele ocurrir es lo contrario, la teora trabaja acoplada en procesos de desafectacin y desensibilizacin de las luchas sociales y polticas. Cuando las investigaciones tericas creen, por ejemplo, tener todo resuelto, cuando en la prctica terica no hay tragedia ni contradicciones irresolubles, lo que toma lugar es una esttica que valoriza lenguajes cerrados en s mismos. Cuando el lenguaje cerrado de una teora y de sus chamanes han entrado en los misterios del saber y suponen que nadie ms que ellos pueden acceder a la revelacin es porque estamos en presencia de una esttica de la desafeccin poltica. Pues la estetizacin es un modo de la agrupacin cerrada que comienza a funcionar como mecanismo de organizacin de los prestigios y reproduccin de lites acadmicas que acompasan el orden del capital, camuflados de tericos crticos y/o de aristcratas del saber que custodian feudos tericos asociados a la legitimidad de la autora de importantes filsofos.

Pero aqu no habra que confundir, por ningn motivo, la crtica a la estetizacin de la teora con la obtusa crtica a favor de los afectos (y contra la teora) que hacen los lerdos del pensamiento, cuyos ideologemas no se diferencian mucho ni del melodrama lacrimgeno de la prensa sensacionalista ni de la administracin de los afectos de la industria del espectculo. Las emociones, los afectos y sobre todo la mercantilizacin de las tragedias humanas del presente son uno de los lugares que con mayor facilidad controlan la industria del espectculo. La estetizacin de la teora poltica y la crtica de los lerdos del pensamiento a lo que la teora tiene de genuino resultan en la neutralizacin de polticas emancipatorias. Por lo mismo, la teora como arma al servicio de procesos de subjetivacin de contra-poder se opone radicalmente al pensamiento en trminos de la plaga afectiva con la que las hegemonas de la cultura capitalista administran los deseos y las pasiones de la subjetividad que siente de manera no abstracta el lugar del que sufre, el lugar del oprimido por la realidad del capitalismo. As que tal como es necesario defender a los movimientos sociales de la estetizacin de la teora, al mismo tiempo hay que defender el trabajo terico de acoplamiento en los movimientos sociales de la plaga afectiva del humanismo del capital. No hay que olvidar que el nazismo fue una ideologa humanista que implement una poltica de masas en la que la plaga de la afectividad estaba estetizada desde la administracin estatal del arte. De ah que se entiende que contra la estetizacin de la poltica llevada a cabo por la lgica cerrada del Nacionalsocialismo Benjamin propuso, desde un acoplamiento poltico en el comunismo, politizar el arte. Contra la estetizacin de la teora como subterfugio de la relacin entre el pensamiento terico y la organizacin de la pasin poltica, Gramsci propuso, desde una filosofa de la praxis, construir y disputar la hegemona. Despachar a Benjamin o a Gramsci a la ligera es despachar no solo la posibilidad de pensar estticas sociales de resistencia a la mercantilizacin de la poltica, del arte, de la ciencia, de la cultura, sino tambin despachar la herencia del clamor por la crtica de la crtica que animaba el trabajo terico de Marx. As, podemos decir que el peligro de la estetizacin contempornea es la desafeccin, la indiferencia como sentimiento afectivo de poca. Por eso, si la teora, el arte, la investigacin cientfica, la poltica, la cultura devienen modos de ser del objeto esttico-mercantil, material o inmaterial, su destino no es otro que el de la reproduccin de la estructura del intercambio de mercanca y, por lo tanto, su finalidad sensitiva o esttica se subordina a la reproduccin de las instituciones que operan al servicio de la dominacin contempornea del capitalismo.

La estetizacin de la teora, en suma, es un rgimen de desafeccin que comienza cuando la obsesin por las abstracciones conceptuales abandonan la relacin con los mundos sociales y comienzan a girar en el cierre de una esttica para el consumo de la comunidad acadmica. Cuando esto ocurre, lo que domina la prctica terica es la prdida del afuera, es decir, la teora estetizada ya no logra comunicar nada hacia fuera y, probablemente, tampoco hacia dentro. Por lo tanto, pierde su capacidad para afectar el mundo porque deviene un objeto de consumo y de circulacin en espacios segmentados de profesionalizacin de la crtica acadmica. En este sentido, pienso que una teora o filosofa social que no se abra a los mundos sociales, a sus luchas, a sus afectos no solo es estril respecto de aquello que desea criticar, proponer o (d)enunciar sino que, adems, se desensibiliza, es decir, pierde su relacin con la dimensin esttica y sensitiva de la actividad sensorial que emana del cuerpo social.

En Postsoberana, al analizar el dinamismo del capital, afirmas, primero, que la plusvala del signo captura y convierte en mercanca la fuerza afectiva. Despus, que nada que sea cultural y diverso le es extrao al capitalismo. Qu le resta a los campos afectivos y sensitivos cuando sus movimientos son capturados y funcionalizados con una facilidad pasmosa?

Postsoberana (2013) es un dilogo con hiptesis importantes de distintos autores de la filosofa contempornea y la literatura hispanoamericana. Y, en efecto, algunas de esas hiptesis giran en torno al modo en que el capitalismo organiza la produccin y, por lo tanto, organiza modos de acumulacin de capital produciendo plusvala, es decir, produciendo un excedente a partir de la explotacin del trabajo obrero. Pero la extraccin de plusvala con base en el trabajo del cuerpo del obrero moderno ha cambiado de manera sustantiva porque la extraccin de plusvala no es igual en todos los momentos de la historia del disciplinamiento y control de la fuerza laboral. Hoy no podemos hablar de que la explotacin capitalista se despliegue solo a travs de la explotacin de los obreros industriales. De hecho, sabemos que la tendencia hegemnica del capitalismo de acumulacin flexible, o capitalismo financiero, es la de destruir lo que modernamente fueron los ejes de la articulacin capital-trabajo. La industria es casi como el estadio de ftbol en Esse est percipi, el cuento de Borges y Bioy Casares. En este relato el personaje principal es el fin del estadio de River Plate como lugar de la experiencia deportiva. A partir de los impulsos digitales y la transformacin de las comunicaciones, Borges y Bioy Casares problematizan el fenmeno de la percepcin y del agotamiento de la realidad. Se trata del fin de la realidad sin mediaciones tecnolgicas y del ascenso radical de la ilusin como nico soporte de una hiperrealidad en el que los cuerpos se desmaterializan. Por eso, uno de los personajes dice: no hay score ni cuadros ni partidos. Los estadios son demoliciones que se caen a pedazos. Lo mismo ocurre con la realidad del mundo industrial: la industria de los siglos xix y xx es una demolicin que se cae a pedazos. La fbrica no es ya el lugar de esa poderosa clase obrera que se agrupaba en los sindicatos y que poda pactar el orden o el caos de los proyectos de soberana nacional. Los aos ochenta son los ms terribles para el movimiento obrero que se haba opuesto histricamente, desde la socialdemocracia o desde el comunismo, a la extraccin desalmada de plusvala. Con Thatcher, Reagan y Kohl la derechizacin de los ochenta es brutal y marca el punto de arranque de una transformacin profunda en las formas de explotacin del capital. La construccin del proyecto hegemnico del neoliberalismo comienza a dar resultados con el complemento del garrote, asesinatos y genocidios como los que orquest la poltica Reagan en Centroamrica. El triunfo de la hegemona neoliberal destruy a la clase obrera moderna y desterritorializ las soberanas nacionales mediante la liberalizacin de los mercados. Este fenmeno, impulsado por una hegemona militarizada econmica y polticamente, ocurre en el interior de la revolucin tecnolgica que fuerza a desterritorializar el mundo industrial del trabajo capitalista. La crisis de la cadena de montaje de la empresa fordista aparece tambin como una crisis en el tiempo del trabajo socialmente necesario para producir desde autos hasta maquinaria y herramientas de aseguramiento de lo industrial. La digitalizacin cambia el modo de produccin transformando el trabajo socialmente necesario para producir y, por lo tanto, cambia tambin los modos de articulacin de la divisin social del trabajo. El obrero industrial pasa a un segundo y hasta tercer plano en la cadena de la produccin capitalista. Esto hace que la extraccin de plusvala deje de operar sobre la energa que antes se le expropiaba directamente al cuerpo del obrero y comience tendencialmente a concentrarse en las capacidades intelectuales del obrero del mundo posfabril. Cambian tambin los privilegios en los objetos de consumo e intercambio mercantil hasta el punto en que se impone la tendencia del trabajo inmaterial por sobre el trabajo material, es decir, empezamos a desear objetos intangibles, digitalizados, que comprometen la materialidad de trabajo del obrero fabril. Esta transformacin del mundo del trabajo prepara la hegemona total y sin quiebre en lo inmediato de la ilusin mercantilizada y mediada tcnicamente por los aparatos tecnolgicos, tema problematizado por el cuento de Borges y Bioy Casares. Pero, sobre todo, el dominio que autores italianos como Toni Negri han pensado como el trnsito de las tesis de El capital a las de los Grundrisse (1857-8), esto es, la comprensin de subsuncin completa del trabajo social cooperativo en la lgica del capital.

Este panorama puede ser pesimista y apocalptico para los espritus libres. Si la subsuncin es total, todo lo que permite comunicarnos en comunidad, toda nuestra actividad sensorial y afectiva estara capturada por los flujos extractivos de la plusvala de signo que expropia los lenguajes de los mundos artsticos, culturales y, sin duda, los mundos de la afectividad ntima. De hecho Negri, para salvarnos de esta cada completa en el capital, elabora la hiptesis de la posibilidad de resistencia a partir de una reapropiacin del trabajo cooperativo que depende de la comunicacin, es decir, del trabajo que depende del General Intellect y sin el cual el capitalismo contemporneo no podra funcionar con el xito que tiene hoy. La consiga de Negri es apropiarse de los lugares en los que los flujos comunicacionales operan subordinados a la lgica del capital. No obstante, el problema de la comunicacin es que est tomada por las formas afectivas producidas por la subjetividad fetichista que administra el capital. En Postsoberana hay la sospecha de que la comunicacin y lo que t sealas como campos sensitivos y afectivos no pueden ser emancipados sin establecer un elogio profano de los afectos, porque estos estn todava de cabo a rabo comprometidos con la afectividad cristiana. La deconstruccin de los restos de cristianismo que componen las lgicas culturales del capitalismo son absolutamente necesarias para liberar los campos sensitivos y afectivos de la subjetividad fetichizada y, por lo tanto, colonizada por el universo del lenguaje y de la comunicacin mediada por la mercantilizacin tecnopoltica de la vida. La subjetividad est capturada con una facilidad pasmosa. Se trata de la subjetividad que, habiendo internalizado los modos residuales del cristianismo, se subordina a los modos afectivos que reproducen los deseos mediados por el universo plural de las mercancas. El capitalismo y sus tendencias universales descansan sobre la universalidad fragmentada y residual de un cristianismo que ya no domina como un poder estatal y, sin embargo, su carcter residual permite, por ejemplo, asegurar que los sentimientos de caridad y culpa reproduzcan la dominacin. La caridad funciona en virtud del humanismo filantrpico y falsamente solidario de la buena conciencia que da lo que le sobra a las clases empobrecidas de la sociedad. Toda la poltica de la pobreza descansa en este sentimiento afectivo, victimista y lastimoso que hace de las clases subalternas un rebao dcil y adecuado a la naturalizacin de las injusticias sociales. La culpa es todava ms compleja como residual cristiano que opera en la subjetividad mediada por la estructura mercantil del capitalismo. La culpa es el lugar de espiritualizacin de la deuda y aquello que hace posible entender la fuerza que hasta el da de hoy tiene la idea weberiana de la tica protestante y el espritu del capitalismo. A la pregunta de por qu pagamos nuestras deudas, la subjetividad afectiva del capitalismo financiero responde: si no pagamos sentimos culpa! El impacto de Weber en la lectura de Walter Benjamin le permitir decir que el capitalismo es una religin de puro culto sin dogma. Es el carcter cultual sin verdades ni dogmas lo que permite afirmar que todo el discurso de la diversidad cultural se subsume en el nuevo espritu del capitalismo. En este sentido, la diversidad no es el enemigo del capital, por el contrario, es el lugar de realizacin de su lgica acumulativa. El pluralismo del capital es infinito. De manera que para liberar los campos sensitivos y afectivos del capitalismo hay que trabajar en la deconstruccin de los restos vivos en nosotros del cristianismo y elaborar una teora profana de los campos sensitivos y afectivos. sta es, por ejemplo, la tarea que se dio a pensar un filsofo latinoamericano como Len Rozitchner.

Acudiendo a la idea de Agamben de la comunidad que viene, escribes que una comunidad del rechazo al trabajo capitalista necesitara retirar la atadura de ese trabajo con el lenguaje. En qu fuerzas materiales tendra que anidarse ese lenguaje de forma que no terminara por volatilizarse?

El rechazo al trabajo capitalista es una de las premisas de cualquier intento por pensar condiciones de emancipacin. No logro imaginar una poltica emancipadora que no tenga en la base una relacin de destruccin de la divisin social del trabajo capitalista. Por eso, en algn momento del libro Postsoberana acudo a la frase de Borges, que le atribuye a Descartes, sobre esos monos que saben hablar pero que no lo hacen porque no quieren ser obligados a trabajar. Hay algo interesante en esta idea que nos debera llevar a pensar tanto el orden del lenguaje hablado como el orden del lenguaje escrito. El trabajo capitalista se apropia de ambos, pero con intensidades distintas. El habla que rechazan los monos, y que solo es posible en virtud del rgano de la laringe y de la boca, est inscrita en la historia del trabajo humano. El habla es el medio de comunicacin que permite que el trabajo ocurra componiendo comunidades. Pero cuando el tiempo de trabajo ha concluido, el habla puede replegarse en las experiencias ntimas de la amistad o del amor, es decir, de la conversacin que pertenece ms bien al ocio como tiempo que se sustrae del trabajo. Se podra decir que en esos espacios de experiencia del habla el trabajo capitalista no la ha colonizado y que hablamos para comunicar algo que no pertenece al dominio del trabajo. Los monos que callan no tienen tiempo de ocio porque no se puede vivir en el ocio pleno. La caracterstica del ocio es precisamente que no es pleno. Para los obreros modernos, tal como lo representa Tiempos modernos, el filme de Chaplin, el habla aparece como el mandato del gerente de la fbrica pero tambin como el lugar de la experiencia de la amistad, el amor o la organizacin sindical. La escritura es secundaria y el analfabetismo no condiciona la oralidad de sus experiencias por fuera del mundo laboral. El habla no es necesaria, como sucede con el obrero mudo de Chaplin, porque los movimientos de los rganos del cuerpo estn acoplados al quehacer de las mquinas industriales. El habla queda as en una especie de resguardo contenido por el tiempo de ocio. Una vez ganadas las ocho horas de trabajo, el ocio ser el espacio de tiempo no controlable por el capitalista. El disciplinamiento laboral solo operaba en el espacio de lo fabril, pero fuera de este espacio el burgus dejaba de tener el control. Sin embargo, el burgus ha contado siempre con la polica y la escritura de la ley de su lado. Durante la modernidad temprana, la escritura aparecer como proyecto civilizatorio y aseguramiento del derecho burgus a la propiedad privada. El ingreso de la escritura en el mundo de los sindicatos es el ingreso de los obreros en las negociaciones en el marco de la legalidad del derecho burgus. En los sindicatos la escritura y el habla se correlacionan como posibilidad de pactar con el orden de la burguesa. De hecho, se podra decir que son muy pocas o casi nulas las experiencias del rechazo al trabajo por parte del mundo sindical moderno. La lucha es por el mejoramiento del trabajo asalariado. Pero este trabajo es la esencia misma del trabajo capitalista. El rechazo al trabajo capitalista supone la destruccin del trabajo asalariado.

Es muy probable que Bartleby (1853), el personaje del cuento de Melville, sea el complemento de los monos de Borges y de la frase de Rimbaud no usar mis manos que abre la poesa hacia el fin de la manualidad. Sin duda, en virtud de esa frase de Rimbaud, habra mucho que pensar sobre el rechazo al trabajo manual o, como ha hecho Kristin Ross, pensar a Rimbaud como un poeta de La Comuna. Pero interesa, por el momento, la consigna del escribano: I would prefer not to. Esta consigna, como sabes, ha sido leda por la filosofa contempornea y reescrita, entre otros, por la literatura de Enrique Vila-Matas. En el libro Consignas (2014), que escribimos a modo de conversacin con el historiador y filsofo Miguel Valderrama, intentamos sugerir, sin concluir y sin plantear una hiptesis cerrada, que la figura del escribano de Wall Street es una figura trgica del rechazo a la lgica del trabajo industrial. En el lenguaje de la frase elegante y protocolar de Bartleby se moviliza la parlisis del trabajo de la escritura de la ley que vincula las operaciones del derecho burgus del siglo xix con la proteccin de la propiedad privada. En Bartleby, la consigna del rechazo al trabajo, por cierto, est enunciada desde el lenguaje de las clases medias educadas, es decir, no se trata de una consigna emanada del mundo popular de la clase obrera. Esto me parece importante porque cuando la consigna aparece en los militantes del movimiento Occupy Wall Street (2008), la frase fue enunciada por un movimiento de clase media que poco o nada tiene que ver con la clase obrera del mundo industrial. Sin embargo, la consigna los identifica, quiz, como obreros de cuello blanco del mundo postindustrial del trabajo. Estos obreros, jvenes en su mayora, hablan el lenguaje culto de las clases medias educadas. Se trata, sin duda, del lenguaje que habla el escribano que paraliza el trabajo de la oficina en la que se firman documentos legales y en la que lo han contratado por su amabilidad y calma. A travs del rechazo a trabajar Bartleby marca la pasividad activa del militante que annimamente va a la crcel y muere porque complementa la consigna I would prefer not to con la huelga de hambre consumada. Podemos imaginar que en la soledad de la crcel el escribano lleva a su extremo el lenguaje de las clases cultas y educadas y transforma el lenguaje del rechazo a la comunidad del trabajo en la consigna I would prefer not to eat. En el extremo del lenguaje del rechazo al trabajo aparece inevitablemente la muerte, porque la decisin de Bartleby es la de una militancia sacrificial. Bartleby es el Cristo del rechazo al trabajo! Esto podra funcionar, lo pienso ahora, como el anuncio de una comunidad que viene. El nico problema que vislumbro es que este anuncio de un por venir de la comunidad del rechazo al trabajo pasa necesariamente por la invencin de un lenguaje que debe sustraerse al lenguaje estable de las clases medias que estabilizan, adems, las formas del derecho burgus protegiendo la base sagrada del capitalismo industrial de los siglos xix y xx , pero tambin, y quiz sobre todo, al lenguaje del capitalismo postindustrial del siglo xxi . El lmite de Bartleby como figura sacrificial es que su salida, es decir, la puerta de escape a la Crcel es el fin del lenguaje y, por lo tanto, el fin de la posibilidad no solo de inventar otros lenguajes, ajenos a la conciencia y la moralidad cristo-burguesa de nuestra poca, sino tambin a la invencin de una pasin que en y desde la lengua reinvente la militancia no-sacrificial. El pequeo libro del escritor y filsofo Federico Galende, Modos de produccin. Notas sobre arte y trabajo (2011), siendo un libro que piensa el lenguaje de las vanguardias y del arte en relacin al eje de configuracin predominante del mundo fabril moderno, puede ser interpretado como el intento por des-estetizar las formas en que a travs del arte se pens la crtica al trabajo capitalista. Modos de produccin es, as, un libro insoslayable porque aunque su tema no sea directamente el rechazo al trabajo, Galende piensa no tanto en actualizar la casi agotada consigna de Benjamin sobre la politizacin del arte sino, ms bien, en politizar el rechazo al trabajo capitalista. Pero politizar el rechazo al trabajo no es hoy una tarea del arte ni de figuras sacrificiales como las de Bartleby. En un primer nivel, la sospecha que podramos sostener es que el rechazo al trabajo y su politizacin debe encontrar en la interioridad del leguaje de Bartleby la actualizacin de las tesis de Paul Lafargue o de Bertrand Russell sobre el derecho a la pereza y la ociosidad como retirada de lo sacrificial. No el Cristo de la comunidad del lenguaje de la clase media que entrega su vida por el rechazo al trabajo, sino el perezoso y el ocioso como figuras que en el restarse al trabajo capitalista preparan el camino de otro lenguaje, diferente al del derecho burgus y su base sagrada e intensamente naturalizada en nuestras sociedades del fin tendencial del trabajo industrial. El ocioso y el perezoso, quiz, pertenecen a la comunidad por venir y a los lenguajes que deben ser inventados en el interior de prcticas sociales de politizacin del rechazo al trabajo capitalista. La pereza y el ocio son figuras rechazadas por el espritu del capitalismo del mundo industrial y radicalmente desplazadas por la sociedad del postrabajo capitalista en la que vivimos. Pereza y ocio deberan componer el lenguaje de una comunidad que interrumpe el hiperproductivismo de nuestra sociedad. Es probable que el lenguaje que buscamos pueda anidar, sin volatilizarse en los flujos del capital, en la pereza y el ocio como nuevos modos o campos de sensitividad y afectividad del cuerpo social, pues, se trata de figuras hasta el da de hoy proscritas por la hiperproductividad del capitalismo. En un segundo nivel de interpretacin, es decir, en el nivel en que el lenguaje de la comunidad del ocio y la pereza no pueden pensarse como el nico eslabn de la politizacin del rechazo al trabajo habra que actualizar el comunismo como comunidad de lo que an no ha tenido lugar. El comunismo no tanto como un fantasma que acosa los poderes del capitalismo, ms bien el comunismo como instancia jurdica de ruptura y oposicin radical a la juridicidad del derecho burgus. La politizacin del rechazo al trabajo debe pensarse por fuera del orden jurdico del presente, cuya trama sigue siendo la condicin sacra de la propiedad que faculta la capacidad que, en nombre de lo privado, tiene hoy el capitalismo trasnacional, financiero y postsoberano de moverse a escala planetaria, explotando y usufructuando la vida de hombres y mujeres que ocupan una posicin extrema de desigualdad en la divisin global del trabajo. Junto a esto, el comunismo del trabajo o del fin del trabajo capitalista debera ser capaz de imaginar, al igual que lo hizo la burguesa en virtud de la apropiacin romana del derecho, algo as como un lenguaje jurdico de la propiedad comn. Quiz, todo lo que haya que pensar hoy es el comunismo republicano como juridicidad que frena el poder ideolgico de las comunidades fundadas por el trabajo capitalista.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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