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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-03-2018

No hieras mis sentimientos (son criticables los afectos?)

Jos Mara Agera Lorente
Rebelin


No existe en filosofa un asunto ms elegante que la especulacin de las diferentes causas y efectos de las pasiones tranquilas y violentas. (David Hume: Tratado de la naturaleza humana)

La actividad ms importante que un ser humano puede lograr es aprender para entender, porque entender es ser libre. (Baruch de Spinoza: tica demostrada segn el orden geomtrico)

Hace unos meses escrib un texto al calor de los acontecimientos en Catalua de octubre del ao pasado que titul Democracia romntica, democracia ilustrada. En l confrontaba no de manera sistemtica, tengo que reconocer dos maneras de vivir la democracia, a saber: una, la ilustrada, desde la normatividad de la razn; la otra, la romntica, desde la espontaneidad veleidosa de la sentimentalidad. La primera apela a la responsabilidad del ciudadano como referente a la hora de encajar su voluntad personal en el complejo sistema de las acciones polticas, la segunda cree en la voluntad popular que se manifiesta en las movilizaciones colectivas y en las urnas, ambas dos poseedoras de un poder legitimador que hace palidecer la fra autoridad de instituciones y leyes, carentes de la empata hacia el Volkgeist, hacia el sentir de las gentes.

En opinin del profesor Manuel Arias Maldonado, en el corazn de lo que yo llamo democracia romntica est lo que l denomina democracia sentimental. Resumiendo su idea, en ella manda el sentimiento. La tensin existente entre el ideal de ser racional y el agente real principalmente motivado por sus emociones que somos segn las ltimas aportaciones tanto desde las ciencias sociales como desde la neurociencia cognitiva, se resuelve en la democracia romntica (o sentimental) a favor del segundo.

En los albores de la configuracin del paradigma de la modernidad, en el que la autonoma del individuo se convierte en tema central, la susodicha tensin ya se esboz a travs de la filosofa de figuras tan seeras como Ren Descartes y David Hume, exponentes de dos visiones del alma humana en las que las relaciones entre emocin y razn son difcilmente compatibles tanto desde el punto de vista terico como desde el prctico; la del racionalista presenta un yo que se define como una sustancia que permanece idntica a s misma al margen del proceloso devenir psquico, mientras que la del empirista lo reduce a las funciones cognitivas y los estados mentales que se suceden en el dinmico flujo de la conciencia. No profundizar en la cuestin del yo y la conciencia, que merece reflexin propia por su ms que probada enjundia metafsica, pero remarquemos que, en lo que toca a la teora de la accin, el cartesiano y el humeano son dos modelos de sujeto que dan lugar a dos correspondientes modelos de agente bien diferentes. El primero supone un ente director, que es la razn, verdadera piedra de toque de la autonoma del individuo; el segundo reconoce en las pulsiones afectivas el principio motivador de la conducta que arrastra a la razn en la ejecucin de la misma.

Hoy sabemos que la idea del individuo como sujeto racional es eso, una idea; con algo de mito en tanto en cuanto hay quien todava es presa de lo que Edgar Morin llamaba la autoidolatra del hombre que se admira en la ramplona imagen de su propia racionalidad. En este sentido el error de Descartes, que era el tema recurrente del libro del neurocientfico Antonio Damasio titulado precisamente El error de Descartes, consiste no slo en la apuesta por el dualismo psicofsico sino tambin en el encumbramiento de una racionalidad pura e idealizada al margen de toda afectividad. La prueba para m definitiva de lo errado de esa concepcin nos llega del mundo de la economa, en el que, si se quiere ser congruente con los hechos, se ha de aceptar sin ms remedio que el sujeto racional no es ms que un modelo ideal que puede ser til como recurso hipottico segn parece demostrar la reciente crisis financiera global.

Hay que contar con los sentimientos, ciertamente. El ya fallecido psiquiatra Carlos Castilla del Pino en su Teora de los sentimientos estableca que los sentimientos son algo de lo que se vale el sujeto, merced a lo cual apetece de los objetos (y de s mismo), se interesa por ellos (para hacerlos suyos o alejarlos de s) y, en consecuencia, se hace en el mundo, en la realidad psicosocial. Seguramente por eso, o ms bien por cierta impronta humeana, defina Bertrand Russell la vida buena como la inspirada por el amor y la guiada por el conocimiento (lase su ensayo al respecto en su libro Por qu no soy cristiano). Dice el filsofo, en congruencia con la tesis del psiquiatra, que el amor es ms importante que el conocimiento, ya que otorga el impulso que se requiere para desear conocer. La misma filosofa en su propia plasmacin nominal contiene el reconocimiento de lo dicho, pues es amor o deseo de saber lo que hace de ella algo vivo.

Una vida puramente racional sera tan sosa. La salsa de la vida son los sentimientos, porque un sujeto sin sentimientos sera un sujeto sin conflicto, es decir, un ser aptico, que no estara activamente en la realidad, ya que nuestra relacin con ella es esencialmente conflictiva a lomos de un pertinaz deseo, unas veces de apropiacin de esa realidad, otras de rechazo; todo lo cual lleva al individuo a modificarla en ocasiones y hasta a destruirla. Por eso concluye Castilla del Pino, al ser el sujeto una "mquina" de desear objetos, su relacin con la realidad es necesariamente conflictiva: quiere lo que no tiene; y si lo tiene, teme perderlo. Adems de verse obligado a contar con lo que no desea tener.

Eso incluye a los dems, porque la realidad incluye a los dems. Y los dems pueden no sentir lo que nosotros hacia determinados objetos como la patria o nuestra fe religiosa o el equipo de nuestros amores. A este respecto parece ser que existe un derecho a que a uno no le hieran sus sentimientos, como hay desde hace tiempo ese absurdo lema segn el cual todas las opiniones son respetables. Cada cual tiene derecho a pensar lo que quiera, y se le tiene que respetar; congruentemente, cada cual tiene derecho a sus sentimientos, y que se respeten, lo que suele incluir para muchos que no se hieran. Esto ltimo muy coherente a mi parecer con la idiosincrasia propia de la democracia romntica. En verdad, si hay una necesidad de que se respeten las opiniones de todo el mundo es porque argumentar razonablemente en contra de ellas se tiene ya por equivalente a herir los sentimientos de quien las sostiene. Ahora bien, son todos los sentimientos respetables? Deben y pueden los sentimientos de cada cual quedar al margen de toda crtica? Hay acaso sentimientos de algunos que, por su estatus especial, deben quedar a salvo de cualquier expresin que pueda herirlos?

Forma parte constitutiva de nuestra tradicin intelectual la idea de que el mbito de la afectividad queda al margen de la operatividad de la razn. Los sentimientos son, desde esta perspectiva an vigente en gran medida, el reino de la irracionalidad, oscuras pulsiones imposibles de educar y en las que no se debe confiar. En el Tratado de la naturaleza humana (1739) , David Hume, refirindose a la lucha entre razn y sentimientos escribi lo siguiente: La filosofa puede solamente explicar los ms grandes y notables sucesos de esta lucha, pero debe abandonar las ms nimias y delicadas revoluciones, por depender de principios demasiado sutiles para su comprensin.

Sin embargo, los filsofos, los psiclogos y ms recientemente los neurocientficos y los economistas no han dejado de perseverar en la bsqueda de una mejor comprensin de los mecanismos de nuestra afectividad. Un brillante exponente de esta ltima hornada de estudiosos de la afectividad humana es el neurocientfico Antonio Damasio. El libro en el que se recoge lo sustancial de sus investigaciones en torno a la neurobiologa de la emocin y los sentimientos tiene el significativo ttulo de En busca de Spinoza; un texto que representa la vanguardia del conocimiento cientfico en dicha materia, pero que conecta con la tradicin filosfica a travs de la figura del filsofo judo, autor de la tica demostrada segn el orden geomtrico (1677) , cuyas tercera y cuarta partes estn dedicadas a los afectos. Para Damasio los sentimientos son percepciones, y no hay percepcin neutra desde el punto de vista emocional. El sentimiento tie de valor la realidad que a su travs se conoce evaluada y as constituye una base para la toma de decisiones. Son una poderosa indicacin de lo que nos importa que implica una determinada percepcin de la realidad aunque no necesariamente comprensin de la misma siempre desde el polo egocntrico del deseo propio (expresin de lo que Spinoza denomin conatus) y en continua tensin dialctica con las creencias que llamamos valores (sentimos todos los valores que pensamos?).

En el campo de la psicologa se abri un prometedor frente de estudio en torno a la inteligencia afectiva. Quiz la obra que lo dio a conocer al gran pblico fue Inteligencia emocional (1995) de Daniel Goleman, en el que se expona el concepto psicolgico, que incluye dicho de forma sinttica el autocontrol, la persistencia en el esfuerzo y la habilidad para motivarse a uno mismo. En la misma lnea cabe situar la nocin de ego resilience de Jack Block. La vieja idea de sabidura, de tan noble pero venida a menos tradicin filosfica, la ha recuperado Robert Sternberg; en ella incluye la integracin del sentimiento y el conocimiento. Seguramente, Jos Ortega y Gasset no le hara ascos a todas estas aportaciones que hemos repasado sumariamente, no siendo descabellado considerar que pudieran tener cabida en su concepto de razn vital, la que nos permite conocer el universo segn palabras del propio filsofo extradas de El tema de nuestro tiempo impregnado de vida, es decir, visto, amado, odiado, sufrido y gozado. En la misma lnea sito a la filsofa norteamericana Martha C. Nussbaum por poner el foco sobre el componente cognitivo de las emociones, situndolas en la esfera del pensamiento y asimilndolas al juicio de la razn. Cito sus palabras de Paisajes del pensamiento (2001) : el juicio es un elemento constitutivo de la emocin (...). La razn aqu se mueve, acepta, rehsa; puede desplazarse rpida o lentamente, o bien hacerlo de manera directa o con vacilaciones.

De todo lo anterior se infiere que no hay justificacin para renunciar a la comprensin de nuestras emociones; y que, como en el caso de las opiniones, tampoco hay por qu no exigir las razones de ellas, sobre todo teniendo en cuenta su gran poder motivador al ser fuerzas impulsoras de acciones que pueden tener importantes consecuencias, y no nicamente para los que las sienten. Tngase en consideracin que los sentimientos y los sistemas de creencias se hallan intrnsecamente vinculados por un bucle psquico de retroalimentacin; que la situacin real que puede suscitar un determinado afecto se puede ver impregnada ella misma de emotividad desde las creencias en las que el sujeto est. En el sentimiento, como en la opinin puede anidar el error. El fenmeno psquico de la disonancia cognitiva, sealado por primera vez en 1957 por Leon Festinger, conlleva el reconocimiento de la fuerza del susodicho bucle, as como la existencia del componente afectivo de las actitudes que tienen su sustento en un sistema de creencias. Uno puede tomar conciencia de que se equivoca sintiendo lo que siente; experiencia clave para una plena vivencia de la propia libertad.

No hieras mis sentimientos puede equivaler a no te metas con mis creencias. Entonces proteger institucionalmente determinados sentimientos no es sino proteger determinadas creencias. Cuando se condena pudiendo llegar incluso a la sentencia judicial a alguien por expresiones ms o menos artsticas y/o humorsticas respecto de smbolos religiosos (desde las caricaturas de Charlie Hebdo, pasando por el montaje fotogrfico del joven de Jan hasta las vrgenes de una drag queen carnavalesca) por considerar que se hiere determinados sentimientos se incurre en discriminacin hacia otros; por ejemplo, los de miles de ciudadanos a los que la administracin niega permisos y colaboracin para hallar los restos de sus familiares asesinados a causa de la brutal y sistemtica represin franquista. Dirase, entonces que, de modo escasamente razonable, se institucionaliza una categora de sentimientos que es lcito herir, mientras que otros no. Los primeros seran parte de lo sagrado. Lo sagrado se delimita mediante las creencias perlocutivas, es decir, aquellas cuyos efectos sobre la realidad provienen del simple hecho de ser proclamadas o negadas (algo es pecado cuando la instancia competente afirma que lo es: integrismo perlocutivo); su territorio se reconoce porque en l est proscrito hacer chistes, pues lo sacro que no se reduce a lo religioso es intocable, no se deja sobar por el examen crtico. Y acaso no es el humor uno de los modos de expresin de la inteligencia emocional a cuyo travs puede la razn conmover y tornar pensables los afectos?

Terreno, en fin, ricamente abonado para el fanatismo es lo sagrado. Sentimiento que emponzoa el alma y enturbia el juicio de realidad, nico cauce a nuestra disposicin a travs del cual podemos tomar decisiones sensatas. Por nuestros afectos podemos ser manipulados sin ser conscientes de ello. Se precisa de la crtica de los sentimientos aunque en ocasiones conlleve herirlos si se desea salvaguardar la propia libertad, que exige el conocimiento de los hilos internos que accionan los resortes de nuestro espritu.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 


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