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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 06-04-2018

Prlogo del libro La superioridad moral de la izquierda, del politlogo Ignacio Snchez-Cuenca
Por qu los buenos nunca ganan?

igo Errejn
InfoLibre

Este texto forma parte del prlogo escrito para el libro de Ignacio Snchez-Cuenca La superioridad moral de la izquierda (Coleccin Contexto, Lengua de Trapo, 2018).


- Cmo consiguen los privilegiados, que son minora social, ganar para sus ideas una mayora poltica? Las izquierdas han preferido regaar y repartir culpas antes que plantearse seriamente esta pregunta.

- En su prlogo el dirigente de Podemos seala las claves de La superioridad moral de la izquierda, el ltimo libro del politlogo Ignacio Snchez-Cuenca.

Dos son los objetivos que el autor se marca en este ensayo. En primer lugar, demostrar mediante una incursin en la filosofa poltica por qu las ideas de la izquierda son moralmente superiores preferibles a las de la derecha. En segundo lugar, por qu esa superioridad moral produce en la izquierda efectos secundarios negativos como una inflacin del sectarismo, una tendencia a la divisin o al ensimismamiento, y una incapacidad trgica para la victoria.

Y es que seguramente el rasgo ms distintivo de quienes se reivindican de izquierdas es la cantidad de tiempo, energas y salud que gastan en definirse, reivindicarse y batallar con otros por el ttulo. La izquierda podra as definirse como aquel colectivo que fundamentalmente discute sobre la izquierda. Es muy probable que las personas progresistas guarden con eso que se llama la izquierda una relacin paradjica: estn bastante orgullosos de sus valores y al mismo tiempo viven en una insatisfaccin permanente con los actores polticos que deberan convertirlos en transformaciones del presente.

Sin que sea su objetivo declarado, el libro nos coloca a las puertas de la que puede ser la pregunta fundamental del pensamiento emancipador: por qu los buenos no ganan (casi) nunca? Cmo consiguen los privilegiados, que son minora social, ganar para sus ideas una mayora poltica? Las izquierdas generalmente han preferido regaar y repartir culpas antes que plantearse seriamente estas preguntas. As, han tachado de falsa conciencia a identidades polticas duraderas y de efectos muy reales, se quejan de los medios de comunicacin, de traiciones de sus vecinos y, ms a menudo an, de su propio pueblo por no parecerse a los pueblos que salen en los manuales. Esta es la cuestin que me parece ms urgente y a la que por tanto le dedicar una reflexin especfica.

La izquierda, precisamente por sentirse portadora de ideales universales y moralmente superiores, a menudo da la verdad por constituida, de tal manera que la tarea de la poltica revolucionaria sera proclamarla o revelarla. En otros casos, la verdad debe ser hallada o averiguada, a partir de lo cual tendr efectos imparables. No estamos ante una cuestin solo filosfica, sino directamente poltica. De este esquema se desprenden al menos tres consecuencias que tienen un peso decisivo en la historia de la izquierda.

En primer lugar, una frecuente disociacin entre el peso real que un actor poltico tiene y la grandilocuencia y a veces soberbia de sus posicionamientos pblicos. Como las izquierdas poseen la verdad antes y con independencia de que esta se comparta mayoritariamente en su sociedad y la poseen o aspiran a alcanzarla por su conocimiento de la economa, de las leyes de la historia o por la calidad de sus valores la prueba del efecto real que sus ideas producen no le afecta o, al menos, no es un dato principal. As que uno puede caminar y hablar como Napolen sin que para ello sea necesario haber ganado una sola batalla ni tan siquiera disponer de un ejrcito. Una cultura poltica en la que el peso de los argumentos no depende directamente de su capacidad probada para incidir en la realidad, para alterar el equilibrio de poder en beneficio de los cualquiera es, como se entiende fcilmente, una cultura poltica con una relacin cuando menos conflictiva con la victoria. Nada lo puede representar mejor que el famoso axioma de Mao Zedong : "Una minora en la lnea correcta revolucionaria ya no es una minora". Se podr objetar que Mao s conquist y ejerci el poder, pero no lo hizo en un escenario de pluralismo poltico. Esto nos permite conectar con la segunda consecuencia poltica.

En segundo lugar, de este esquema se desprende una considerable rigidez a la hora de llegar a acuerdos y compromisos o a adaptarse a situaciones cambiantes. Con la verdad no es lcito transaccionar ni ser flexible: la verdad se realiza. Este moralismo ha dado lugar a que la historia de la izquierda, por bellas que sean sus ideas, sea tambin un largo camino de sectarismo y purgas. Si la verdad preexiste a la poltica, esta tiene dificultades para encajar el pluralismo o el disenso. Ms all de sus implicaciones ticas, la primera vctima del estrechamiento del pluralismo, el disenso o el pensamiento libre es el talento. La competencia y deliberacin entre las mejores ideas y cuadros se sustituye por la lealtad y el terrible oficio de posicionarse siempre del lado que sopla el viento. Esto convierte a los actores o regmenes polticos en fbricas de mediocridad y, a la postre, de derrota.

En ltimo lugar, si la verdad antecede a la disputa poltica, si los intereses de cada cual o de los grupos sociales dependen por ejemplo de su posicin en el sistema productivo, la tarea principal no es conformar los bandos, generar agrupaciones en un sentido u otro, articular la voluntad general de la sociedad que determine una distribucin ms equitativa y sostenible de poder, reconocimiento y riqueza; la tarea sera, por el contrario, investigar y despus desvelar esos "autnticos intereses", romper todos los velos que los ocultan, que engaan a las masas y les producen "falsa conciencia"... o al menos ser coherentes y resistentes hasta que el paso del tiempo, la crisis terminal del capitalismo o la vileza de los adversarios acaben por hacer caer todas las mscaras. En eso las corrientes ms burdas de la izquierda entroncan con un cierto milenarismo y confianza del advenimiento del gran da. Si uno entiende la poltica como la realizacin de una verdad ya constituida, puede contentarse con proclamarla con la suficiente contundencia o sofisticacin segn la escuela; si uno, por el contrario, entiende la poltica como la construccin de verdades compartidas en un sentido comn y condiciones dadas, que no se eligen, necesariamente debe esforzarse en una batalla cultural, esttica e intelectual por la hegemona: por la construccin de voluntad colectiva sabiendo que esto es una pugna cotidiana, nunca definitiva y cambiante.

Curiosamente, la mayor carga moral de la izquierda la ha distanciado de las mejores lecturas de Gramsci . Mientras, la derecha, quizs por una flexibilidad ms cnica, ha entendido mejor en las ltimas dcadas la necesidad de elegir las batallas y de concentrarse en la disputa por el sentido comn y por la primaca simblica: ser quien dicta los nombres y reparte las posiciones. As convierte con frecuencia los intereses de la minora privilegiada en inters general. Esto no es una mentira o un engao, porque ese inters general no existe en ningn sitio esperando a ser revelado: es una victoria poltica.

De esta crtica no cabe deducir, en modo alguno, un llamamiento a abjurar de los principios o a un relativismo moral segn el cual no es distinguible lo bueno o lo justo de lo malo o lo injusto. Nada de eso. Pero es importante recordar que las verdades morales, de carcter en todo caso subjetivo, slo se convierten en verdades polticas mediante una disputa cultural por convertirlas en las verdades de su tiempo. Tal es as que necesitamos aplicar lo que Gayatri Spivak , terica india de la subalternidad, llama "esencialismo estratgico": ser fiel a unos valores trascendentes como si fuesen verdades atemporales, asumiendo inmediatamente a continuacin que esas verdades deben ser polticamente construidas. Porque cuando las fuerzas progresistas olvidan los valores trascendentes, ese inmenso caudal moral que hace que tanta gente se deje la vida por objetivos que no sabe si se cumplirn, pierden su principal combustible, el que ha nutrido una suerte de religin laica, una comunidad de creencias, afectos y emociones por la que los cualquiera han logrado, de forma muy costosa, avanzando muy poco con mucha inversin de energa como en una dinamo estropeada, producir sociedades y vidas mejores. Esto es lo que le ha pasado, como diagnostica bien el autor, a una socialdemocracia que se ha olvidado de disputar la concepcin tica del mundo a las fuerzas conservadoras o reaccionarias y hoy se marchita o se contenta con aguantar. Y a la inversa, cuando las izquierdas se han entregado solamente a la trascendencia, a la satisfaccin de poseer verdades preexistentes a la voluntad humana, ha sido alternativamente una fbrica de posiciones minoritarias a la espera de que el pueblo descubriese la verdad o de experiencias dictatoriales empeadas en amoldar el pueblo realmente existente a esa Verdad preexistente.

Un pensamiento emancipador, radicalmente democrtico y con clara voluntad de victoria, debera ser por tanto aquel que se fije como principal objetivo construir pueblo, combinando lo que Max Weber llamaba la tica de las convicciones y la tica de la responsabilidad. Para la primera, importa solo aplicar los principios morales, sin que sean relevantes las circunstancias o efectos de su aplicacin. Cualquier desviacin es ilcita y las acciones se justifican por su no desviacin del ideal puro. Para la segunda, la tica de la responsabilidad, la clave son las consecuencias de la aplicacin de los principios morales, sus efectos. Es una lgica que se obliga a tratar con la imperfeccin, con las contradicciones y con los grises de la realidad que nos es dada, y que juzga las ideas por sus efectos y no por su pureza.

Maquiavelo nos ense que detrs de la poltica s hay principios morales, inevitable y afortunadamente, pero que no hay nada ms irresponsable que escudarse en la belleza de estos para desentenderse de sus consecuencias, que la poltica y la moral tienen lgicas diferentes que, en todo caso y con dificultades, el prncipe puede querer hacer converger. La buena poltica debera ser aquella que se haga cargo del necesario equilibrio entre la lgica de los valores morales y la lgica de su construccin poltica en la batalla por conformar un nosotros y marcar un horizonte del que no puedan sustraerse ni los adversarios.

igo Errejn es secretario de Anlisis estratgico y cambio poltico de Podemos y diputado por Madrid.

Fuente: https://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2018/03/23/fragmento_prologo_80940_1821.html



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