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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-10-2018

Entrevista a Santiago Alba Rico, filsofo y escritor
Lo nico que le sobra al capitalismo para ser perfecto son los seres humanos

Amaya Olivas Daz
CTXT


Fotografa cedida por el entrevistado.

Santiago Alba Rico (Madrid, 1960) es un ensayista de primer orden, con un potente discurso acerca de la crisis de nuestra cultura y el agotamiento de los referentes simblicos. A partir de la lectura de alguna de sus ltimas entregas, el dilogo versa sobre el derecho y la perspectiva de cierta izquierda, los universalismos frente a los localismos y reivindicaciones identitarias; el feminismo y la libertad sexual, Europa y el rechazo a los refugiados, la centralidad de las vctimas y lo que el autor denomina el derecho a ser frgiles.

Nos gustara profundizar contigo en algunas cuestiones que abordas en Penltimos Das, tu ensayo sobre Mercancas, mquinas y hombres, publicado en Los libros de la Catarata en febrero del 2016. Creo que en este libro haces algo inusual: devolvernos el verdadero significado de los trminos.

Gracias. No s si las palabras tienen un verdadero significado pero s tienen una verdadera imagen que hemos ido recubriendo de barro social, a menudo interesado, para que no nos hagan dao o nos dejen aturdidos e inactivos. Lo nico serio que podemos decir de la palabra mariposa es que tiene alas ms alas que el bicho mariposa. Creo que es importante quitarles ese barro a nuestros verbos.

Me parece crucial la referencia que haces a Calicles y Scrates en la dialctica sobre la ley de naturaleza versus las razones de los dbiles y la multitud para construir un legado de derechos que nos protegen.

S, creo que a veces la izquierda, sobre todo la marxista, no ha comprendido lo que est en juego en el Derecho, que es sistemticamente utilizado en su favor por los ms poderosos pero que en su origen es ms bien una concesin arrancada a los ms fuertes por parte de los ms dbiles. Esto lo explica muy bien Carlos Fernndez Liria: para el marxismo el Derecho no es ms que una funcin de dominio de la burguesa, de tal manera que la liberacin exigira liberarse tambin de las instituciones burguesas, lo que implicara liberarse de la divisin de poderes, el Estado de Derecho y hasta el habeas corpus. Pero podramos decir que lo que es burgus no es el Derecho sino su no aplicacin. Es como si pretendiramos que las ruedas son burguesas e intentramos hacer correr ms deprisa nuestros coches sin ellas. Las ruedas son irrenunciables. El problema es que estn pinchadas. Ahora bien, los jueces que defendis una verdadera democracia sabis muy bien que Calicles, furioso con Scrates, tiene razn: el Derecho es el freno que los corderos tratan de imponer a los leones. Suprimir ese freno no es liberar a los corderos sino liberar a los leones. Y nada deben temer ms los corderos -que somos todos- que la libertad de los leones. Simone Weil, la filsofa y mstica anarquista francesa, formulaba en 1935 la paradoja segn la cual la nica revolucin verdadera sera la victoria de los dbiles sobre los fuertes. Esa victoria no podra ser militar sin invertir los papeles y suprimirse a s misma. Pero esa victoria, siempre precaria, siempre escamoteada, siempre amenazada, existe: se llama Derecho. El juez italiano Scarpinato, discpulo de Falcone y Borsellino, l mismo amenazado por la mafia, dice una cosa muy bonita: que l no se hizo juez para repartir justicia sino para garantizar el derecho a la fragilidad. Tenemos derecho a ser frgiles sin que nos hieran o nos maten.

Acostumbrados a los tpicos, es fascinante que afirmes que el lujo es igual a humanidad.

El tpico que ms fcilmente se ha impuesto bajo el capitalismo porque el capitalismo, deca Kafka, es un estado del mundo y un estado del alma es el de que la calidad de vida es directamente proporcional a la cantidad de mercancas que atraviesan, a toda velocidad, nuestras almas. El capitalismo es una civilizacin abstracta y bulmica que se sostiene sobre la insatisfaccin, pero cuyos excesos son estrictamente necesarios y, por lo tanto, incompatibles con los lujos; es decir, con los placeres econmicamente irrelevantes o no funcionales. En un libro de 2006 lo planteaba yo con esta frmula: poco es bastante, mucho es ya insuficiente. Vivimos en el reino de lo siempre insuficiente. El verdadero lujo es el de lo poco, que siempre incluye un plus inesperado: el gesto de una madre que cubre con una manta superflua pues no hace demasiado fro el sueo de su nio o el sol innecesario que intensifica la alegra de un enamorado. O la comida compartida. O el dolor compartido. Lujosa es una vida que no se reduce a la necesidad econmica.

Y qu ocurre con ese vocablo terrible, el mercado laboral? Somos capaces de recordar que ello implica la reestructuracin de la naturaleza humana, como afirmas?

Mercado era el lugar fsico donde los cuerpos individuales se intercambiaban valores de uso concretos. Bajo el capitalismo ya no es un lugar sino una lgica: la de la transformacin de todos los cuerpos y todos los objetos en mercancas, y eso incluye la tierra, el agua, el fuego, el aire y los seres humanos. El llamado mercado laboral, que agota en su seno toda la antropologa capitalista, exige la adaptacin de los cuerpos y mentes humanas a las necesidades cambiantes del Mercado; es decir, a la produccin ampliada de riqueza abstracta. No est claro que una criatura con dos brazos y dos piernas, un cerebro finito, con ganas de amar y ser madre (o padre), mortal y soadora, sea el instrumento ms eficaz para ese propsito. Por lo tanto hay que transformarla. El nico hombre nuevo que ha producido la Historia lo ha producido el capitalismo.

Quin decide sobre la vida y la muerte de los seres humanos? Es decir, Cul es la relacin entre los ajustes dictados por la troika y el concepto de eutanasia social?

Decide el poder soberano, que es tanto ms soberano en la medida en que afecta a ms gente y desde ms lejos. En este mundo, los humanos individuales vivimos ms o menos tiempo segn el lugar donde nacemos; y ese lugar no es la convergencia de los esfuerzos existenciales que all se aplican sino el resultado de una decisin tomada en una habitacin cerrada a miles de kilmetros de distancia. La diferencia entre la media de vida de Ruanda y la de Alemania es una decisin econmica; lo mismo entre la de Vallecas y la de La Moraleja. Al mismo tiempo, la globalizacin, el cambio climtico, la industria alimenticia determinan que cada vez sea ms difcil distinguir entre muerte natural y muerte inducida. En eso consiste el capitalismo, en erosionar o suprimir las diferencias: entre cosas de comer, de usar y de mirar, entre guerras y olimpiadas y entre crmenes y epidemias. Por eso es tan importante pensar y restablecer las diferencias que se nos escamotean sin parar. Y por eso es tan importante el Derecho, cuya misin es justamente la de mantener separadas las cosas que no deben mezclarse.

Otra cuestin ligada a la anterior sera la de los consumidores fallidos, en palabras de Bauman. Para los juristas que hemos trabajado en el tema de las hipotecas abusivas, los intereses moratorios, la opacidad en la informacin es un tema esencial.

Podemos decir que una democracia sin ciudadanos, rehn del mercado, es una sociedad que se divide entre consumidores y consumidores fallidos. A travs de los consumidores fallidos, que conservan el imaginario desiderativo del consumidor mientras pierden culpablemente salario, casa, derechos laborales, descubrimos que el consumidor triunfante es a su vez un ciudadano fallido: su existencia revela el fracaso del concepto de ciudadana. Se nos mide y nos medimos a nosotros mismos por nuestro acceso a mercancas y por nuestra capacidad de adquirir nuevas deudas y no como sujetos de derechos concretos y universales. La crisis, aumentando el nmero de consumidores fallidos, ha dejado al desnudo la crisis ms profunda del sistema institucional y los lmites de las democracias de mercado.

Hay otro punto que me parece de especial inters, como asociacin judicial. Afirmas que todas las grandes crisis histricas han producido siempre una contraccin de lo colectivo a lo individual, un retorno asustado al interior de uno mismo. Parece que a la sociedad postmoderna le atraviesa un miedo atvico al compartir con los otros, la nocin de lo comn, la construccin de la polis.

En los aos setenta el malogrado Pasolini denunciaba la disolucin de todas las culturas populares de resistencia como efecto de lo que l llamaba el hedonismo de masas: deca que lo que nunca haba logrado el fascismo lo haba conseguido sin violencia el coche y la televisin. La proletarizacin del ocio por usar una elocuente expresin de Bernard Stiegler ha acelerado este proceso de disolucin de lazos para imponer lo que en mi libro Leer con nios denomino el dominio de los solteros. Los solteros lo son con independencia de su estado civil; lo son porque estn sueltos, sin compromiso, y pueden estar efectivamente casados, como lo estaba Goebbels o como lo estaba Bush cuando invadi Irak. El soltero es la unidad econmica ms funcional en un capitalismo financiarizado y de consumo. En un mundo de solteros que se relacionan por separado, uno a uno, con mercancas sueltas mercancas a las que a veces llaman coches y a veces hijos la posibilidad de construir alternativas democrticas colectivas queda impedida de raz, sin ningn ejercicio de represin o con muy poca represin. Lo ms paradjico es que, cuando estall la crisis, descubrimos que lo que queda de polis se ha refugiado en la familia. Por razones histricas y materiales, ha habido siempre muchos ms solteros que solteras. Las mujeres se casan mucho ms que los hombres; y por eso, en situaciones de guerra o de descomposicin civilizacional, son ellas las que han sostenido, al menos a pequea escala, la realidad de los vnculos colectivos. Las madres son hoy de distintos sexos y estn adems mucho mejor preparadas que sus madres y sus abuelas. La reconstruccin de la polis en el marco de la descomposicin del mundo soltero slo puede venir de la mano de un movimiento de madres cultas y democrticas. Si no lo hacen ellas, lo harn los movimientos neofascistas, ya muy potentes, que propondrn, frente a la soltera global, vnculos identitarios, locales y autoritarios.

Tambin nos interesa ahondar en el acto fundacional del derecho internacional moderno en Nuremberg, en cuanto a la prohibicin de la guerra, y la paradjica impunidad de los actuales bombardeos areos, que refieres como un ejemplo de la consistencia moral y los efectos materiales del consumismo capitalista.

En los procesos de Nremberg, en efecto, se condenan para siempre los lagery se naturalizan como derecho consuetudinario los bombardeos areos de civiles, que los aliados haban utilizado profusamente (pensemos en Dresde y Tokio, pero sobre todo en Nagasaki e Hiroshima). Desde 1945 todos grandes y pequeos han usado el bombardeo areo en operaciones policiales, sin declaracin de guerra, que conculcan de hecho, de forma rutinaria y sin escndalo, todo el derecho terrestre: se impone la pena de muerte a civiles inocentes sin acusacin ni proceso, sin abogado ni apelacin, mediante ejecuciones sumarsimas contrarias a los progresos jurdicos realizados en los dos ltimos siglos. Lo que est prohibido en tierra la ejecucin extrajudicial est permitido desde el aire; y desde el aire, por cierto, va bajando a la tierra. En lugar de haber trasladado al cielo la doctrina terrestre, es el cielo el que ha impuesto en tierra, como norma jurdica, el bombardeo areo: basta ver cmo se generalizan frente al terrorismo las leyes anticonstitucionales y los estados de excepcin o emergencia que acaban por asentarse como permanentes. Veo muy poca preocupacin al respecto, tanto entre juristas como entre no juristas.

Otro tema que me parece definitorio del presente que vivimos es el de la intimidad. Nos dices: El mercado ha subvertido el sueo democrtico liberal. Ha vuelto completamente opaco el Estado y completamente transparentes los cuerpos y las almas. Para luchar contra el capitalismo, para defender la democracia, es necesario volver al armario, reivindicar la fuerza resistente del secreto, soportar sin sucumbir la tentacin de auto delatarse.

As es. Los Estados totalitarios persiguen a los ciudadanos hasta la alcoba. En las democracias de mercado altamente tecnologizadas son las alcobas, en cambio, las que abren sus puertas, de manera voluntaria y entusistica, a las empresas y de paso a los Estados. Nos hemos vuelto tan antipuritanos que es casi un desprestigio estar vestido y, desde luego, una vergenza no tener un secreto ms o menos escandaloso que contar. Entregamos todos nuestros secretos en las redes mientras del otro lado las instituciones se mafiosizan rapidsimamente a travs, s, de la corrupcin creciente pero tambin de la financiarizacin, que deja los intercambios econmicos en manos de algoritmos automatizados fuera de todo control ciudadano. Es la generalizacin social del famoso panptico de Bentham: sospechosos siempre visibles que se exhiben muy contentos en sus alcobas transparentes mientras las lites del Estado hacen negocios o firman acuerdos en la opacidad de un despacho secreto. El neoliberalismo es el colofn perverso y la destruccin del liberalismo democrtico.

Hablemos de la exclusin, y de la desproporcin que existe entre lo poco que puede hacer un cuerpo y lo mucho que puede representarse: entre la impotencia de la vida desnuda y la potencia inaudita de las tecnologas de la representacin.

En el libro utilizo esta desproporcin para explicar las revoluciones rabes: jvenes que tienen que cargar con un cuerpo excedentario molesto para todos, social y polticamente superfluo, que estn, sin embargo, perfectamente integrados en el imaginario global que circula en las redes. Pero esta desproporcin es un hecho global. Las posibilidades de una intervencin real se han ido reduciendo en todas partes a medida que aumentan las de intervencin virtual. Hay una sed de participacin, de cambio, de empoderamiento que slo se satisface en las redes, donde en el mejor de los casos, como la homeopata, apenas produce efectos. En el peor adopta la forma de odio plebiscitario y pueblerinismo fantico. Es tan poco lo que podemos hacer y tanto lo que podemos representarnos que la accin misma ha quedado desprestigiada como marginal o irreal: hemos acabado por aceptar que todo lo que hacemos desde cocinar hasta subir una montaa tiene tan poca realidad como votar en las elecciones. Mientras que en las redes nos sentimos soberanos y hasta menos solteros.

Democracia en construccin, perdonen las molestias. Has sido un espectador privilegiado de las primaveras rabes y del 15 M. Dentro del contexto del Estado espaol, qu reflexin te merece la actual impugnacin al denominado rgimen del 78?

La de otra oportunidad fallida. Espaa es el pas de las oportunidades fallidas desde al menos 1812. Esta vez, sin embargo, las condiciones eran inmejorables. Paradjicamente Franco, queriendo borrar la historia de la II Repblica, borr la memoria en general, obra que consum el rgimen del 78, con su consenso elitista, en condiciones de capitalismo de consumo. El 15M revel un pueblo espaol enteramente despojado de sus trgicos rasgos histricos, libre de su pasado imperial-catlico y de su complejo africano, un pueblo desmemoriado, para bien y para mal, que aprobaba el matrimonio homosexual, que aceptaba mejor que otros pases a inmigrantes y refugiados, menos violento y ms preparado, un pueblo que, frente a la crisis econmica e institucional, no recordaba los innegables pecados originales de la Transicin ni enarbolaba la bandera republicana (ni se haca fascista) sino que se limitaba a levantar acta notarial de los lmites del rgimen y reclamar ms democracia frente al secuestro econmico y sectario de las instituciones. Por una vez Espaa es diferente de manera esperanzadora y puede dar lecciones a Europa. Pero estamos ya perdiendo la oportunidad la de la refundacin democrtica de Espaa y mucho me temo que muy pronto acabaremos siendo tan europeos como los franceses o los hngaros.

Hay tres cosas que seguirn siendo impuntuales: las flores, los enamorados y la muerte. Es brutal la reflexin que haces entre el suicidio y la impuntualidad de los trenes.

Eso tiene que ver con la reflexin sobre los lujos de hace un momento. El capitalismo no puede permitirse ningn lujo: ni las flores ni el amor ni el suicidio. El cadver que interrumpe el flujo normal de las comunicaciones, que retrasa los trenes y que, por eso mismo, no es concebido como una tragedia sino como un obstculo y como una molestia ilumina de la forma ms acusatoria la antropologa de nuestras sociedades de mercado, automatizadas y calculadoras, a las que estorba precisamente aquello que ms nos define como humanos. El capitalismo funcionara mucho mejor si pudiese funcionar sin nosotros; lo nico que le sobra para ser perfecto son los hombres.

Me interesa mucho el tema de las torturas, como sabes. Qu conclusin sacar acerca del experimento de Milgram? La tecnologa ha naturalizado en la conciencia de seres humanos la violacin del derecho como un efecto rutinario del uso de mquinas.

Esta es una inquietud que tiene ms que ver con Mumford que con Marx. Tendemos a pensar que son los regmenes econmicos y, en todo caso, las voluntades humanas las que entorpecen los progresos ticos y polticos de la humanidad. Pero, y si la tecnologa misma ciertas tecnologas fueran incompatibles con la democracia? Eso es lo que planteaba en relacin con los bombardeos areos: suspenden de hecho, sin declaracin de guerra y con independencia de quin los use, el Estado de Derecho. Pero lo mismo est ocurriendo ya con la gobernabilidad algortmica, por usar el ttulo de la ms que interesante obra de Rouvroy y Berns. La automatizacin del trabajo y las finanzas, que parecen eliminar los errores, eliminan ms bien las decisiones. Digamos que, all donde hay una mquina, hay una objetividad que nos impone un espectro muy limitado de opciones y reduce al mismo tiempo, de manera liberadora, nuestra libertad. No nos gusta ser esclavos de otro ser humano; pero s de una mquina. Por eso es mucho ms fcil torturar con picana elctrica que con las propias manos: la picana da a la crueldad una dimensin objetiva, impersonal, irresponsable, que la hace tanto ms eficaz por cuanto que al torturador le parece menos obra suya. Las dictaduras se precipitan a proporcionar a sus esbirros medios tecnolgicos de tortura: no porque inflija ms dolor a la vctima sino porque liberan de toda responsabilidad moral al verdugo. Mis manos son mas; con las manos se golpea. La picana es del Estado; con picana sencillamente se trabaja.

Hay algo as como una fuga organizada, colectiva, del silencio, en cuyos abismos tratamos de no caer por todos los medios. De qu est lleno el silencio?

El silencio est lleno de palabras. De toda la chatarrera comn, de todos los tpicos y toda la hojarasca que nos ha metido el mundo. Pero est lleno tambin de todas las palabras que no queremos escuchar; de esas palabras socrticas contra las que se levanta, por ejemplo, la as llamada industria del entretenimiento, pensada para evitar el silencio y el aburrimiento, para proletarizar el ocio e impedir todos los procesos de individuacin que tienen que ver con la memoria personal, pero tambin con la diferencia creativa. La msica comienza en el silencio; la polis en el aburrimiento. Una sociedad en la que est prohibido el aburrimiento, matriz de todos los inventos, madre de todos los vicios, es una sociedad en peligro de muerte. Ms an si se repara en el hecho de que esos procedimientos materiales de fuga organizada del turismo a las nuevas tecnologas erosionan al mismo tiempo la conciencia y el planeta.

Estoy totalmente de acuerdo cuando afirmas: Lo que me parece mal est mal es que nuestras leyes no nos defiendan, nuestras instituciones no nos protejan, y nuestros parlamentarios no nos representen, y que, por este motivo, hayamos desconfiado no de nuestros secuestradores, sino de la poltica misma.

En efecto, el problema no son las leyes, a condicin de que las hayamos decidido nosotros y sean justas; ni las instituciones, a condicin de que sirvan para proteger a los ciudadanos; ni los parlamentos, a condicin de que realmente nos representen. El problema, en definitiva, no es la democracia sino su ausencia o deficiencia. Tenemos que tener mucho cuidado a la hora de distinguir las palabras y las cosas; y no confundir a las lites que minan nuestras democracias con la democracia misma. Ese es el camino por el que ha transitado siempre el fascismo, el caudillismo, el autoritarismo. Tenemos que defender la democracia tanto de los demcratas como de los antidemcratas.

Y la juventud? El pensamiento hegemnico refiere que ninguna generacin ha vivido mejor. Creo que con toda la razn, contraargumentas que tampoco ninguna ha tenido menos perspectivas de futuro. Pero no solo eso: quieren ser tratados como mayores de edad, y solo pueden serlo chocando objetivamente contra el mercado. Hay revueltas del pan y revueltas contra las golosinas, y las dos revelan el lmite del capitalismo.

La idea misma de ciudadana se asocia, desde la Ilustracin, al acceso por parte de la humanidad, segn la expresin de Kant, a la mayora de edad. Las dictaduras siempre han tratado polticamente a los ciudadanos y por eso no son ciudadanos como a nios. Pero tambin los trata como a nios, desde un punto de vista antropolgico, el capitalismo consumista. Nos soborna con mercancas baratas, con gadgetstecnolgicos y televisin basura. Los jvenes de las revoluciones rabes se rebelaron contra las dictaduras que los infantilizaban; los del 15M contra la minora de edad de los mercados: no somos mercancas. El ao 2011 fue un momento de reivindicacin global de ciudadana por parte de juventudes de diferentes pases que vivan situaciones polticas distintas, pero bajo un imaginario comn; un momento de reivindicacin democrtica de ciudadana revertido trgica y rpidamente. La advertencia, en todo caso, es clara: o se deja a los jvenes acceder a la mayora de edad, dndoles medios econmicos y polticos de participacin en la vida pblica, o sus revueltas adquirirn formas cada vez ms identitarias y violentas.

Si no fuese colonialismo, el turismo sera en todo caso mala educacin. No puedo dejar de pensar en que el Forum de las Culturas de Barcelona se hizo de espaldas a la Mina, para que los clientes de los hoteles no vieran la miseria y el abandono histrico de este barrio.

En otro de mis libros hablaba del turismo como de una mirada canbal, la expresin ms banal, ms placentera, ms inocente de esa prolongacin del aparato digestivo en que hemos convertido la reproduccin de la vida en Occidente. Hay motivos ecolgicos para comer menos carne; y hay motivos ecolgicos, culturales y polticos para viajar menos. Desde un punto de vista material, el planeta no puede permitirse 90 millones de vuelos al ao; y no hay que olvidar que, mientras son unos pocos millones de personas las que se desplazan del sur al norte para buscar trabajo o huir de la guerra y tropiezan con todo tipo de obstculos son 1000 millones las que lo hacen del norte al sur, sin que nadie las detenga, para hacerse una fotografa. Este segundo tipo de desplazamiento, destructivo ecolgicamente hablando, es difcilmente justificable en trminos culturales: la industria del turismo convierte el desplazamiento en lo contrario de un viaje; lo contrario es decir de una experiencia individual transformadora. Los inmigrantes y refugiados son individuos y viajan; los turistas forman colectivos abstractos protegidos por pasaportes privilegiados y se limitan a consumir experiencias manufacturadas. Estas experiencias manufacturadas, por lo dems, exigen la adaptacin de pases enteros con sus economas y gobiernos a las necesidades de esos colectivos abstractos, con lo que eso implica de recolonizacin permanente de los recursos y de marginacin de las poblaciones. Digamos que la relacin con el otro se ha turistizado de tal manera que los occidentales tratamos siempre a los extranjeros ms pobres como si fueran inmigrantes o refugiados, y ello tanto en nuestras metrpolis, donde aumentan el racismo y la islamofobia, como en sus pases de origen, en los que contemplamos su pobreza como extica o merecida y su disposicin a servirnos como jerrquicamente natural. Nos lo comemos todo: tambin las imgenes del mundo y los seres humanos que lo pueblan. Vivir antes era un viaje; y lo sigue siendo para los ms desgraciados. Para nosotros es una visita guiada; y entre nuestros derechos se encuentra el de ver a alguien muriendo desde la ventanilla.

El capitalismo ha hecho realidad todas las utopas de la izquierda, pero voltendolas en pesadillas Me recuerda las reflexiones de Bifo, devorar lo antagnico para devolverlo en forma de mercanca

Esa es la primera utopa que el capitalismo hace realidad como distopa: el viejo mito de la cornucopia, el cuerno de la abundancia de los cuentos de hadas, soado desde hace miles de aos por todos los pueblos de la tierra, verificado por fin pero trasladado a una forma la mercanca en que esa riqueza que inunda el planeta resulta al mismo tiempo inasible y mal repartida. El capitalismo insita Marx ha producido ms y mejor que ningn otro orden econmico anterior. El resultado es una pesadilla muy parecida a la de Tntalo en el Hades griego: muerto de sed y sumergido en el agua hasta el cuello sin poder beber. Las mercancas no son cosas pues ni se usan ni mueren y adems estn desigualmente distribuidas. Nunca hubo tanta desigualdad entre un seor feudal y su vasallo, ni econmica ni cultural, como la que existe hoy entre Bill Gates y un vecino de Mstoles.

Sustraerse al abrazo de la muerte es imposible; pero luchar a favor de la vida solo es posible en compaa. Eso se llama poltica.

Recuerdo de nuevo al juez Scarpinato y el derecho de los hombres a la fragilidad. Hay dos formas de entender la poltica: como el sistema de cuidados, horizontales e institucionales, que garantizan para todos algunos pequeos xitos en la lucha contra la muerte; o al modo neoliberal y segn la expresin de Hayek como un clculo de vidas que hay que confiar al mercado y que decide, al margen de derechos y asambleas, quin vive y quin muere. Lo primero es poltica porque implica a toda la comunidad en la defensa del derecho a la fragilidad; a lo segundo no podemos llamarlo as, pues sustituye a la comunidad por un dispositivo econmico soberano en el que ninguna decisin colectiva puede intervenir y que, lejos de asegurar nuestro derecho a ser frgiles, fragiliza an ms nuestras vidas.

Recuerdas al joven militante Peppino Impastato, torturado y asesinado por la mafia en 1978, cuando reivindicaba: En vez de la lucha poltica y la conciencia de clase, debemos recordarle a la gente qu es la belleza, ayudarla a reconocerla, a defenderla. La belleza es importante, de ella deriva todo lo dems.

Impastato es uno de mis hroes. No era juez sino hijo de mafioso. No era funcionario del Estado sino un joven comunista opuesto al mismo tiempo a las polticas del PCI y al alternativismo hippy que predicaba el abandono de las luchas polticas. Impastato tena una visin muy realista de la antropologa humana; y saba que, para combatir a la mafia, haba que contar con algo ms que con una polica honesta. Haba que entender la naturaleza humana, que odia de tal manera el vaco que es capaz de construir vida social lo mismo alrededor de un tendedero que alrededor de una catedral. Uno tiene a veces la impresin un poco misntropa de que los hombres no necesitan el bien, la verdad y la belleza para vivir; que sus manifestaciones visibles (las del bien, la verdad y la belleza) son slo rastros, cados en sta, de una humanidad paralela malograda. Son rastros que caen a veces entre nosotros (poemas, cuadros, templos), pero que la mayor parte de los hombres ignoran, y ello hasta tal punto de que si desaparecieran como han desaparecido tantas veces, pues en la historia son ms raros los progresos que los retrocesos nadie percibira ningn cambio. Si desapareciese, por ejemplo, el duomo de Firenze, tan difcil de pasar por alto, pocos notaran algo y los pocos que reparasen en su ausencia diran: Ah estaba el duomo, ahora hay un centro comercial. Lo importante es que ah haya algo. No es que la belleza no introduzca ningn efecto civilizador; es que no somos conscientes de sus efectos; y no lamentamos su prdida. Uno no siente la degradacin asociada a la desaparicin de la belleza; y por eso mismo tampoco advertimos sus virtudes pedaggicas, mejorativas, humanizadoras. La belleza nos educa pero no lo sabemos y, si se extinguen sus fuentes, vivimos peor sin sentirnos peores. Por eso son tan fciles de imponer los retrocesos; y por eso, adems de introducir rastros de bien, verdad y belleza desde esa humanidad paralela, tenemos que tratar de conservarlos. Y eso implica recordar platnicamente a la gente lo que significa su prdida.

Tremenda tambin la vivencia de Jack London en la Inglaterra de 1902. La relacin entre la pobreza y los suicidios sigue vigente en nuestros das.

Lo terrible de los suicidios econmicos bajo el neoliberalismo es que se interpretan permtaseme esta burrada como autoejecuciones justas. El culpable busca una soga y se ahorca a s mismo. No ha sabido ser rico, ha adquirido deudas que no poda pagar, ha demostrado menos astucia o menos crueldad en la escalera del darwinismo laboral. Slo l es responsable de la situacin; y si se suicida, eso slo confirma su ineptitud para la lucha por la vida. El neoliberalismo ha impuesto en todo el mundo la visin ms calvinista del capitalismo. Slvese quien pueda, y quien no pueda es que no merece la salvacin.

Lo sobrenatural no es la revelacin ni tampoco la inteligencia para interpretarla-ninguna revelacin lo es de verdad si no es indubitable-; lo sobrenatural es la fuerza para responder a su llamada.

Todos, digo, hemos sido derribados alguna vez o muchas camino de Damasco. Pero hemos preferido sacudirnos el polvo, montarnos de nuevo en el caballo y seguir la marcha como si nada hubiera ocurrido o se tratase tan solo de un accidente. Todos hemos entendido ya el mensaje. Pero no tenemos fuerzas para defenderlo. De nada sirve saber lo que hay que hacer si no tenemos los medios. Esos medios son necesariamente colectivos. Un ejemplo banal y simple. Es imposible ver por ejemplo El jardinero fiel sin sentir que el mundo va mal y que hay que cambiarlo. Mientras estamos en la sala, a oscuras, estamos todos juntos, pero slo nos une el objeto de la mirada; al salir del cine, todos indignados, todos revolucionarios, todos cados del caballo, nos dispersamos en el laberinto de la ciudad y la indignacin se disuelve en el primer bar con la primera caa. Tendra que haber una instancia colectiva esperndonos a las puertas de los cines y las bibliotecas. Eso fue en Espaa Podemos: un lugar comn a donde poder llevar nuestra rabia individual. El fracaso de la poltica no se traduce en alienacin sino en resignacin al dolor incurable de la cada.

Se ha producido una subversin de la vieja y clasista memoria estereotpica de la humanidad: No solo los gitanos, los extranjeros, los pobres, son peligrosos. Cualquiera t mismo puede ser un monstruo. La normalidad misma es monstruosa...

Antes, en efecto, los otros estaban lejos: brbaros, extraterrestres, extranjeros. Hoy somos nosotros mismos; o viven en nuestro propio edificio. La cultura de la desconfianza cultivada por la soltera mercantil obliga a estar alerta en las cercanas: puedo estar casado con un monstruo que entierra a sus vctimas en mi jardn. La normalidad se ha vuelto sospechosa mientras la lejana la de las lites que firman acuerdos secretos en despachos cerrados nos resulta tranquilizadora. Cualquiera puede ser un monstruo, salvo los que nos gobiernan o nos roban nuestros ahorros.

El selfie, estadio superior del consumismo capitalista, recupera, reactiva, radicaliza las pasiones ms antiguas, incluso las nacionalistas y religiosas, en virtud de una lgica desmoralizadora puramente mercantil. Todo est permitido si se trata de vender: un producto, un cuerpo, una causa.

S, en efecto, hemos pasado a consumirnos a nosotros mismos, como cierre o colofn del ciclo del consumo que, de esta manera, cie ya todo el universo. Es tambin el colapso definitivo de la objetividad y el establecimiento sin vuelta atrs del mundo de la postverdad: todo lo que importa del mundo es que yo estoy en l tomndome una fotografa. Parte del nihilismo del Estado Islmico est ya contenido en esta prctica tecnolgica claramente turstica: me fotografo degollando a un prisionero o violando a una chica o colgando a un beb del balcn o borracho el da de mi boda o despus de mi operacin de nariz. La respuesta es siempre la misma: me gusta.

Cmo podemos explicar la barbarie en el Mediterrneo? Cmo detener la acumulacin de cadveres en la fosa comn? Hay esperanza en un espacio potencial a un lado y otro de miserias y resistencias compartidas?

Ocurre que los europeos, sujetos morales normales, estn al mismo tiempo interesadosen cerrar los ojos. En cada uno de ellos se libra una batalla ininterrumpida entre la moral y el inters. Y entonces llegan los gobiernos y los partidos polticos e inclinan la balanza. Qu hacen? Nos autorizan a anteponer el inters a la moral: es justo, es legtimo, es ms francs o ms hngaro. Este proceso de autorizacin de la indiferencia lo hemos vivido en otros periodos de nuestra historia. Por eso yo hablo de un Weimar global en el que la prdida de credibilidad de la democracia, unida a una severa crisis econmica, convierte a los europeos en refugiados. Porque son ellos nosotros los verdaderos refugiados. Si refugiarse quiere decir segn su etimologa huir hacia atrs, no son los sirios o los afganos los que buscan refugio sino los gobiernos y los ciudadanos europeos, de vuelta a los aos 30 del siglo pasado para construir un enemigo que, mitad dentro mitad al otro lado del mar, fija los lmites de los derechos humanos universales: los espaoles primero. En 2011, como deca antes, hubo una posibilidad de democratizacin comn del mediterrneo. Su derrota ha llenado el mediterrneo de cadveres y Europa de protofascistas.

Para terminar, es elocuente y paradigmtico el paralelismo que planteas entre los actuales refugiados y migrantes con la llegada de los brbaros, como paradoja de la decadencia de la civilizacin occidental.

Slo un pacto entre los refugiados del interior y los brbaros que presionan en nuestras fronteras; slo un pacto basado en los Derechos Humanos podr evitar que como ya est ocurriendo unos y otros se radicalicen: neofascistas y yihadistas, mezclados ya en los territorios, un poco indiscernibles entre s, acelerando el proceso de desdemocratizacin global. Si el capitalismo es, adems de un orden econmico, una civilizacin y est en decadencia, el postcapitalismo puede ser an peor: una generalizacin de la barbarie tribal, identitaria, religiosa en un mundo de armas nucleares sin fronteras. Nunca ha sido ms necesaria la poltica como defensa comn de la fragilidad compartida.

Sobre la libertad sexual

 

La expresin libertad sexual est cargada de equivocidad. La libertad sexual no garantiza la satisfaccin sexual. La libertad sexual no es el deseo. Conviene recordar que las pulsiones biolgicas esenciales estn regidas por estructuras de necesidad y mediadas por patrones normativos de carcter social, cultural y jurdico. En tu texto Protocolos dices que desprenderse de los protocolos ha formado parte de las culturas de liberacin individual. Sin embargo, la mecanizacin y racionalizacin funcional de las formas sociales han incrementado los protocolos estructurales, Por qu y cmo coexisten un sujeto deseante, individualizado en la hiperconectividad, y un afn creciente de protocolizar la sexualidad?

Lo que hay es una tentativa, comprensible en su impulso pero errada en sus consecuencias, de equiparar la libertad sexual a otras libertades: polticas, econmicas o civiles. Libertad sexual quiere decir liberar en nosotros deseos que no hemos elegido, oscuridades que pueden incluso incomodarnos o desasosegarnos y frente a las cuales podemos tomar y esta es la libertad distintas opciones: reprimirlas, confinarlas en la fantasa, compartirlas con reciprocidad, satisfacerlas (all donde hay prostitucin) con un puro consentimiento contractual. Pero libertad sexual es casi un oxmoron; y desde luego claridad sexual un imposible y un no-deseable. Eso hay que aceptarlo sin renunciar sino todo lo contrario a la sexualidad. En condiciones de patriarcado la libertad sexual ha significado, en distintas variables, esclavitud sexual de las mujeres y es lgico que la reivindicacin de libertad sexual por parte del feminismo conlleve la necesidad de cuestionar la libertad sexual masculina. El problema es que algunas feministas se acaban imaginando una libertad sexual transparente, sin conflicto, sin desigualdad de poder; una libertad sexual sin sexo y, al final, sin libertad: una libertad sexual completamente protocolizada en la que, ms all del consentimiento de la voluntad, se pretende rectificar el deseo, imponer un deseo recto o correcto y ajustar a l el propio intercambio sexual. El ms all del consentimiento es, a mi juicio, un retorno al puritanismo. No hay garantismo posible en el ejercicio de la sexualidad; hay civilizacin y ella exige asumir dos hechos de manera simultnea: la sexualidad como fuente de insatisfaccin y desigualdad permanentes y la deconstruccin del patriarcado (no del hombre) como relacin de poder que equipara de manera ignominiosa la libertad del macho y la esclavitud de la mujer. Despus del patriarcado me temo y lo deseo libertad sexual y claridad sexual seguirn siendo dos oxmoron muy placenteros y muy dolorosos.

Entiendo que no se deben agravar los tipos penales. Es un error/horror frecuente en la cultura paternal/patriarcal y persigue la satisfaccin de una pulsin social tantica, violentsima, exenta de entendimiento y de saber penal. Es la venganza del ius puni primitivi. En definitiva, es una denegacin de acceso al conocimiento fundamentado de la violencia sexual que legitima las polticas parciales sectarias de la cohesin social autoritaria. Es factible, desde polticas abiertas y democrticas, alentar formas de comprensin y conocimiento reidas con el peligroso populismo punitivo?

Me fiara mucho ms de tu opinin en este campo. Como ciudadano comprometido veo que histricamente hay menos democracia y menos Estado de Derecho cuanto ms populismo penal se permite o alimenta. Y por lo tanto que la defensa de la democracia y el Derecho implica en s misma la necesidad de frenar la idea de que la Justicia, como institucin, ha nacido para dar seguridad absoluta a los humanos. Ha nacido para dar seguridad jurdica a los detenidos. Lo que pasa es que esa seguridad jurdica es la nica garanta que tenemos los ciudadanos felizmente chapucera y limitada de que no se nos va a tratar de manera arbitraria desde el Estado: es decir, de que el Estado no es un vengador individual de los delitos que no puede impedir cometer. Por las razones arriba indicadas (la oscuridad de la sexualidad y la existencia del patriarcado, instalado tambin en nuestra judicatura) la violencia sexual plantea desafos penales muy complejos. Durante siglos se ha considerado muy grave blasfemar y muy normal violar a una mujer. Hemos hecho como civilizacin algunos progresos y en general hoy aceptamos que blasfemar no es delito o no debera serlo y que la violencia sexual contra las mujeres s lo es. Ahora bien, si por un exceso de sensibilidad o de alarma social nos obstinramos en reclamar a la Justicia que juzgase el patriarcado mismo e impusiese penas mximas y homogneas a cualquier expresin de machismo estaramos haciendo algo muy parecido a lo que se haca, en perodos pre-jurdicos, cuando se quemaba a una bruja por blasfemar o por desnudarse en el bosque. La tentacin de simplificar un asunto muy complejo es siempre grande. Pero simplificar en trminos de Derecho es siempre un retroceso que pagamos los ms dbiles; y que acabarn pagando, como siempre, las mujeres.

Feminizar, como desmasculinizar, significa desplegar formas de contencin de la violencia social y sexual? Significa normativizar los antagonismos? Significa civilizar las formas sociales que estimulan la agresividad e idealizan la lucha? Significa desarrollar principios ticos en un campo social anmico? Significa, en definitiva, desarrollar justicia donde no la hay?

Yo dira que s: que significa ampliar el campo del Derecho, con sus limitaciones y sus chapuzas. Y significa, claro, hacer leyes igualitarias, presupuestos igualitarios y, sobre todo, escuelas y familias igualitarias. De la misma manera que no se puede judicializar la poltica pienso en el conflicto en Catalunya no se puede judicializar la desigualdad de gnero. Son las escuelas, las familias y los medios de comunicacin los que deben limitar la intervencin de los jueces. tica, civilizacin, justicia: son los universales que debe defender el feminismo y que son sinnimos, a mi juicio, de feminizacin y de desmasculinizacin.

Qu significa desenmantizar el concepto de violencia? Hay muchas formas de violencia. Algunas, cotidianas, terribles y sutiles. Es la violencia un concepto o una dimensin fuerte y difusa de la especie?

La violencia forma parte de la naturaleza humana, pero no necesariamente de la condicin humana. Quiero decir que la condicin humana ha estado siempre en pugna con la naturaleza humana. Forma parte de la naturaleza humana morirse, pero ya no morirse de neumona o de viruela. La muerte forma parte de la condicin humana, pero tambin la medicina que combate su naturaleza. Lo mismo ocurre con la violencia. No podemos imaginar o yo no quiero imaginar una condicin humana sin cuerpo y el cuerpo se reproduce a travs de la violencia: no se puede alimentar a 7000 millones de seres humanos sin ejercer violencia sobre la naturaleza: eso forma parte de la naturaleza humana. Ahora bien, las formas de violencia que llamamos capitalismo o patriarcado o guerras de religin son tan naturaleza humana como la viruela; pueden ser combatidas y vencidas desde la condicin humana, la cual, en cualquier caso, nunca ser capaz de eliminar del todo la violencia y probablemente, despus del capitalismo o del patriarcado, inventar nuevas formas de violencia. Por eso es tan necesario el Derecho. El Derecho es a la violencia lo que la vacuna de la viruela es a la muerte. Ninguna vacuna va a librarnos de la condicin mortal y ninguna ley va a librarnos de la condicin violenta. Pero desde que existen las vacunas y desde que existe el Derecho la condicin humana ya no est prisionera en no coincide con la naturaleza humana. Eso es un progreso que hay que defender. Y que reclama nuevos progresos.

Slo somos libres cuando nos encadenamos por propia voluntad a otra cadena; cuando, por propia voluntad, trenzamos nuestra espontaneidad a otra espontaneidad furiosamente aliada o favorablemente adversa?

El concepto de libertad es el ms ambiguo y polismico de los conceptos polticos: existe la libertad de los griegos (frente a los espartanos) y el libre mercado (frente a las restricciones de la sanidad pblica) o la libertad moral (la dignidad de no ceder a presiones injustas). En el caso de la libertad sexual, ese oxmoron, me parece que slo somos libres cuando dos oscuridades, al encadenar sus respectivos deseos con voluntad soberana, cuerpo contra cuerpo, producen la claridad que, dure lo que dure, llamamos amor: algo que tiene que ver con los ojos al mismo tiempo que con las manos, que ocurre pocas veces y que no podemos exigir como derecho poltico. No hay amor sin cuerpo y s, por desgracia, cuerpos desprovistos de amor y algunos incluso desprovistos de vida sexual. Creo que buena parte de las desgracias del mundo y de las relaciones de poder injustas se nutren de este dolor de los cuerpos. 

Teniendo en cuenta las mallas de poder que atraviesan toda la forma social, es importante en extremo ponderar, no slo la voluntad del deseante, sino tambin, de forma esencial, la voluntad del deseado, la libertad sexual consiste, entonces, en colocarse completamente a merced del otro sin sentirse amenazado?

Si el deseo sexual est tan cerca de la violencia como su figura incusa es precisamente porque comparte sus protocolos: miradas sostenidas, desnudeces, contacto fsico antagonista. Todo enamorado se siente en peligro hasta que repara en la vulnerabilidad del otro. Esa es la situacin ideal: la libertad sexual plena de dos fragilidades conscientes y enfrentadas. Por debajo de esa situacin, lo normal es que la sensacin de peligro desigualdad deseante, timidez, torpeza del otro, contexto social formen parte del intercambio sexual; y ningn protocolo podr eliminar ese peligro.

Ese marco hipottico tan saludable, que es incompatible con cualquier forma de cultura patriarcal, garantiza una libertad esencial en el conflicto entre deseos y voluntades? Es factible ese escenario de libertad sin un ordenamiento jurdico que proscriba de forma precisa y eficaz toda forma de violencia en las formas libres de la sexualidad?

No creo que nada, nunca, ni en este ni en ningn otro mundo posible, pueda garantizarnos el amor y la satisfaccin sexual. Y como deca antes, mucho me temo que la violencia es inseparable de la condicin humana; y la violencia sexual, incluso all donde alcancemos el ms alto grado de tica, igualdad y civilizacin, tambin. As que tenemos que ir ya pensando en y practicando- un Derecho post-patriarcal que proscriba esas violencias y las aborde con garantismo jurdico y proporcionalidad penal.

Sobre vctimas y victimizacin

 

En tu artculo Discurso sobre las vctimas dices: No nos tratemos a nosotros mismos como vctimas. Nunca. Ni amando, ni peleando ni educando. Y mucho menos, legislando. Un humano libre es slo aquel capaz de juzgarse a s mismo y capaz de juzgar el mundo existente y el mundo que se quiere construir al margen del dolor que le han infligido. Eso es lo que se llama dignidad en el plano moral y democracia en el plano poltico. La victimidad es cruzada: a los humanos nos construyen muchas fuerzas; tantas, que es menester escoger una especialidad. Sustituye una extensin universal por universalidad de profundidad: mi diferencia, que no es compartible, agota en su abismo de dolor toda posible verdad discursiva. Las vindicaciones de las vctimas concretas han de ser especficas y singulares? deben, tambin, estar concernidas por problemas de ciudadana que, necesariamente, les afectan?

La crtica a lo que la postmodernidad llama Grandes Relatos, a menudo justa, ha ido acompaada de un desprestigio militante de la universalidad en favor de las particularidades identitarias. Esta tendencia es muy visible en el discurso antirracista y decolonial, pero tambin en ciertos feminismos, que olvidan que el problema no es que la universalidad sea masculina, blanca y occidental. El problema es que una universalidad (llammosla ciudadana) que excluye a las mujeres, a los racializados, a los extranjeros, a los homosexuales, etc. no es una verdadera universalidad: es otra particularidad tribal. La nica defensa frente a la exclusin es la inclusin; la nica proteccin posible de las minoras es el Derecho. Lo hemos visto recientemente con los delitos de odio, concebidos para proteger a los grupos ms vulnerables y que han acabado siendo usados contra ellos o contra la izquierda. Una ley especial es siempre un privilegio (eso es lo que quiere decir desde un punto de vista etimolgico) y los privilegios de los dbiles acaban siendo manipulados por los fuertes. Una universalidad que no reconozca las particularidades no es universalidad; pero una particularidad encerrada en s misma (aunque se trate de un particular dolor y no de una particular superioridad racial) conduce a una lucha de identidades o, en el mejor de los casos, a una tolerancia negativa; es decir, a la negacin, incluso legal o, desde luego, discursiva, de cualquier diferencia que ofenda a la ma. Esta necesidad de no ofender a ninguna vctima, adems de facilitar una interpretacin selectiva por parte de los poderosos (las vctimas de ETA s, las de Franco no) conduce a una desinfeccin de la cultura de efectos muy represivos y esterilizantes. Cuando un escritor, un pintor o un msico se proponen como objetivo primordial de su obra no ofender a ningn colectivo, el resultado puede ser polticamente correcto pero nada verdadero (y por lo tanto nada educativo) como arte. Medio en broma, medio en serio, suelo decir que ya no veo pelculas ni leo libros (porque no me parecen buenos) que no ofendan a al menos a cinco colectivos.

En condicin de qu se concede un superior derecho a hablar a las mujeres, los discriminados racialmente, los subalternos, etc.? En nombre de una pasin o pasividad duradera; en cuanto que vctimas de relaciones de poder injustas y desiguales; es decir, en su condicin de vctimas. El verdadero problema consiste en la pretensin de privilegiar, incluso en trminos epistemolgicos, la condicin de vctima. Existe una condicin universal de vctimas que legitime pretensiones universales en tanto que vctimas?

La condicin de vctima me lo recordaba hace poco Nuria Snchez Madrid debe ser reivindicada como depsito y conductor de memoria. No podemos olvidar a las vctimas; y las vctimas deben relatarnos su historia, y para ello deben contar con un marco legal y con un marco pblico general. Pienso, por ejemplo, en la transicin democrtica en Tnez, donde se estableci constitucionalmente una Instancia encargada de reunir los testimonios de las vctimas de las dictaduras y que organiz sesiones pblicas donde los torturados contaban ante las cmaras de la televisin su sufrimiento. Eso en Espaa est an pendiente y, mientras no se haga, nadie tiene derecho a olvidar el franquismo. Pasa lo mismo con experiencias histricas, relacionadas con la clase, el gnero o la raza, que deben ser recordadas en pblico: las no-vctimas tenemos derecho a (y no slo obligacin de) escuchar la memoria sufriente de la esclavitud o del patriarcado. Ahora bien, si se trata de construir un marco poltico comn que impida la repeticin de ese tipo de experiencias es necesario cambiar de metrn: pasar del patrn dolor al patrn derecho e incluso al patrn ley. Y eso implica preguntarse por la fuente de las leyes. Es el dolor, la sed de justicia? O una ficcin de tranquilidad que contemple como objeto los sujetos ms vulnerables? La cuestin del sujeto legislador y de su objeto es la cuestin tambin de los sujetos polticos y de los objetos de la lucha. Cul es el objeto de la lucha antirracista, de la lucha de gnero, de la lucha de clase? Por objeto entiendo no slo el enemigo sino tambin el objeto de disputa si lo hubiere que nos enfrenta a l. Queremos algo que l tiene y nos ha robado, y que ha robado por eso al conjunto de la humanidad, o slo queremos romper, soltarnos de sus redes polticas y epistemolgicas para afirmar, mientras la construimos, nuestra diferencia negada y paralela? Mi conviccin es que, en efecto, el particularismo tribal europeo no slo ha robado vidas y riquezas sino que nos ha robado un legado universal: la razn con sus lmites, la sensibilidad con sus grilletes de flores, el Estado de Derecho, el republicanismo, los Derechos Humanos, el laicismo, el feminismo plural, todos esos milimtricos progresos que, contra el colonialismo, el patriarcado y el capitalismo, ha hecho la Humanidad en su conjunto. Puede que la humanidad la hayan definido hombres blancos ricos y heterosexuales, pero hay que preguntarse si la han definido de tal manera que valga la pena ampliar sus lmites a las mujeres, los negros, los homosexuales, etc. (como se extendi el derecho al voto a las mujeres y a los ms pobres). Lo mismo con la diferencia: puede que sea un producto histrico, construido por los mismos que han construido la igualdad (como excluyente) pero hay que preguntarse si hay ah algo que valga la pena rescatar, alguna virtud femenina que convenga incorporar a la Humanidad.

Hablas de esencializacin de las vctimas. Pasan a constituir el centro de gravedad de un contexto incriminador indiferenciado. Para hablar de las propias causas, pero tambin del mundo en general, es necesario pertenecer ahora algn grupo definido menos por lo que hace, dice o propone, que por los agravios colectivamente recibidos. En resumen, slo las vctimas tienen derecho a hablar. (Esto ya estaba presente, en nuestros modelos electoralistas: el creciente victimismo de la izquierda slo alimentar una creciente excepcionalidad jurdica de la que ella misma ser la vctima) por qu el creciente victimismo de la izquierda alimenta la excepcionalidad jurdica?

Permteme que aborde la respuesta con un comentario polmico. La campaa me too, indispensable en su impulso a efectos de desnormalizar el machismo cotidiano que han sufrido las mujeres durante siglos, es inseparable de la campaa yo s te creo, que privilegia a la mujer en su condicin de vctima como sujeto testimonial. El me too obliga de algn modo a todas las mujeres a buscar en su pasado la agresin que las convierte en tales: en mujeres-vctimas. El yo s te creo, respuesta emocional comprensible frente a la criminalizacin patriarcal, convierte a toda mujer, a cualquier mujer, abstraccin hecha de su biografa, su ideologa o su salud mental, en depositaria privilegiada de la verdad. En definitiva: toda mujer ha sido de algn modo violada; y toda mujer como violada ontolgica que es merece ser por ello creda. Es difcil no ver los peligros polticos y jurdicos de esta deriva. El Derecho ha luchado siempre y sigue luchando por combatir, por ejemplo, las denuncias annimas, que ponen al denunciado (objeto de la proteccin jurdica) en manos de locos y rencorosos. La combinacin del me too y del yo s te creo en un contexto de redes sociales y nuevas tecnologas est generando ya una excepcionalidad jurdica que, al margen de todo garantismo, practica y legitima un populismo penal informal en las redes (donde un loco o un rencoroso pueden destruir tu vida), as como en mbitos militantes cuya meritoria sensibilidad feminista se organiza en torno a protocolos que, trasladados a la esfera del Estado, calificaramos de arbitrarios y despticos: una vuelta a las lettres de cachet del ancien rgime. La reaccin frente a la sentencia contra la Manada es un buen ejemplo del uso que desde el poder se puede hacer del victimismo ontolgico del feminismo, extensible a la izquierda en general. Hay otros. Cuando nos sentimos vctimas selectivas de la ley y pedimos la aplicacin de la Ley Mordaza tambin a Jimnez Losantos estamos alimentando la excepcionalidad jurdica; cuando reclamamos que se considere delito de odio (tipificacin en s misma dudosamente jurdica) a declaraciones homfobas o fascistas estamos alimentando la excepcionalidad jurdica; cuando exigimos que los crmenes machistas sean tipificados como terroristas (como si ese concepto no incluyese ya, en su aplicacin lata y abusiva, un germen de excepcionalidad) estamos alimentando la excepcionalidad jurdica. Una parte de la izquierda, que siempre ha desconfiado del Derecho, parece ms interesada en construir una excepcionalidad jurdica favorable que en defender las chapuzas del Derecho, sin comprender que la excepcionalidad jurdica toda excepcionalidad jurdica le ser siempre desfavorable. Es el inters particular de los dbiles el que debe llevarnos a defender la universalidad del Derecho.

La legitimidad socrtica desencializa a la vctima, que lo es slo en la medida y en el momento en que es objeto de un dao delictivo, -ni antes ni despus-, y ello a fin de que vctima y verdugo operen con sustancias o esencias irreformables. No se es vctima o se es verdugo, se est vctima o se est verdugo de manera que la ley contempla un intercambio de papeles.

Una vez ms el peligro es el de ontologizar las acciones y, por lo tanto, de subjetivizar los tipos del delito. La religin se ocupa de la moralidad de los sujetos; el Derecho de sus actos aislados. Por eso la moral prescribe conductas mientras que el Derecho se limita a proscribir algunas de ellas. No es un delito ser negro o mujer o musulmn o inmigrante; y no es un eximente ser blanco u hombre (o cristiano o guardia civil). El peligro de moralizar a la vctima es del otro lado el de des-penalizar al verdugo. En una formulacin extrema muy calvinista, si se quiere: los malos no necesitan cometer un delito para ser culpables, los buenos pueden permitirse cualquier delito porque son inocentes. El Derecho no es una cuestin de buenos y malos; y el sufrimiento, por lo dems, no garantiza ninguna superioridad moral. Los malos recordemos a Shakespeare tambin sangran y lloran y se ofenden.

Insistes en recordar una definicin estrictamente jurdica de vctima. Cuando uno se trata a s mismo como vctima y no como ciudadano, hablamos de victimismo. Cuando legisla, en su condicin de tal, hablamos de populismo punitivo. La idea de que hay algo ms razonable y universal en el sufrimiento particular que en el razonamiento general es muy peligrosa(..) y contribuye a revertir muchas de las conquistas de los ltimos siglos. La centralidad poltica de la vctima, en realidad, es lo que define al mundo antiguo y a las sociedades mal llamadas primitivas. En este enfoque, la vctima es perfecta, pura y est trascendida en una esfera metapoltica. No contribuye esta visin errnea por trascendente y metahistrica a descartar los enfoques polticos y jurdico-penales?

No s qu piensas t, pero creo que es una buena definicin de populismo punitivo: que legislen las vctimas desde su dolor inconmensurable. Pero sa, en efecto, es la concepcin antigua de la culpa, que distingua mal entre pecado, enfermedad y delito, y que trataba de edificar, a travs del dolor inconmensurable de la vctima, un sistema riguroso de equivalencias: el llamado Talin: diente por diente, ojo por ojo, hijo por hijo. La superioridad del Derecho sobre el Talin no tiene nada que ver con la imposible conmensurabilidad de los dolores sino como quiere el juez Scarpinato con la conmensurabilidad de nuestra finitud y nuestra fragilidad. La concepcin de la Ley como una tabla de equivalencias es decir, de precios renuncia por eso mismo a poner fin a la violencia, cada una de cuyas expresiones reclama siempre otra equivalente, y renuncia en consecuencia a toda conmensurabilidad (es decir, a todo proceso, con sus imperativos sumariales: investigacin, interrogatorios, pruebas, testimonios y, por lo tanto, presuncin de inocencia, acusacin transparente y defensa letrada). La inconmensurabilidad tiene que ver con la teologa, la poesa y el arte en general, y debe ser defendida de toda tentativa de judicializacin, pero no puede constituirse en fundamento jurdico de un cdigo penal. Uno de los dilemas rutinarios del derecho laboral segn creo es justamente el de valorar el dolor de la vctima a la hora de fijar una indemnizacin. Las indemnizaciones, en efecto, nunca reparan los daos subjetivos. No son compensaciones sino digmoslo as recompensas por haber sufrido.

El valor de la dignidad debe ser un principio capital del orden moral. Significa que en la dinmica tendencial, que culmina en la ilustracin, se construye y recupera el valor del hombre de la mujer y del hombre como un fin en s mismo, nunca como un medio. sta es la formulacin kantiana. Curiosamente, una de las caractersticas esenciales de nuestra forma social es la existencia generalizada de la concepcin instrumental del hombre y de la mujer. En el mbito jurdico, sin embargo, existe un principio superior del ordenamiento en virtud del cual, la dignidad debe ser, nada ms y nada menos, que el fundamento del orden poltico (art.10 CE) .

Kant deca que hay cosas que tienen precio y cosas que tienen dignidad. El concepto de dignidad opone, por tanto, el precio al valor. El ser humano tiene valor en s mismo y, por lo tanto, no tiene precio. El capitalismo, que pone precio al ser humano (a su fuerza de trabajo) desdignifica a la humanidad; le quita esa dignidad que nuestra Constitucin defiende como fundamento de todas las leyes. Conclusin? Ninguna Constitucin del mundo puede recoger al mismo tiempo la defensa de la dignidad y la del mercado porque son incompatibles. Si se defienden ambas cosas, ocurre fatalmente que las prcticas bancarias, defendidas por nuestras leyes, chocan de manera inevitable con nuestro derecho a una vivienda digna, que tambin defienden nuestras leyes, de tal manera que algunos ciudadanos slo pueden defender su dignidad frente a un desahucio suicidndose. El suicidio de un desahuciado al que se expulsa de su vivienda ilumina mejor que ningn otro ejemplo esta contradiccin entre mercado y dignidad. En cuanto a la instrumentalizacin no hay que confundirla con la cosificacin. El capitalismo o el patriarcado instrumentalizan y tasan los cuerpos; el amor, el arte, los cuidados, los cosifican. El problema no es la cosa. Cosas somos todos: cuerpos frgiles. El problema es el de no dar valor a las cosas a las que ponemos precio. Yo quiero ser una cosa valiosa; quiero que me traten como una cosa valiosa. Y quiero tratar una estatua, un cuadro, el reloj de mi abuelo, el cuerpo de mi amada, como una cosa valiosa. Es decir, digna. Dignidad es otro de los nombres de la belleza.

Las reivindicaciones especificadas y legtimas desde la identidad de vctimas desplazan, postergan y encubren esas mismas peticiones desde la condicin humana y ciudadana? No se tratara entonces, si adoptamos el criterio excluyente, desde las vctimas en tanto que vctimas, de un enfoque poltico-moral que se sustentara en una falsa universalidad, y, en consecuencia, apuntara a un proyecto jurdico fallido?

Desde la identidad victimista puedes construir un relato, pero no un proyecto; puedes como deca asentar un pasado, pero no compartir un futuro. El grave problema de la militancia especializada es que ha entregado el discurso universalista y jurdico y democrtico a esas fuerzas que nunca lo han respetado y que, en su nombre, lo han traicionado siempre de manera criminal. Chomsky insiste mucho en este error de una izquierda que, por ejemplo, ha renunciado a la razn y la ciencia (como sospechosos de occidentalismo blanco heteronormativo): un mensaje dice que alegrar el corazn a los poderosos, encantados de monopolizar estos instrumentos para su inters. No menos preocupado se muestra el historiador Hobsbawm frente a este nuevo antiuniversalismo, que dice seduce naturalmente a la historia de los grupos identitarios en sus diferentes formas, para la cual el objeto esencial de la historia no es lo que ocurri, sino en qu afecta eso que ocurri a los miembros de un grupo particular. De manera general, lo que cuenta para ese tipo de historia no es la explicacin racional sino la "significacin"; no lo que ocurri, sino cmo experimentan lo ocurrido los miembros de una colectividad que se define por oposicin a las dems, en trminos de religin, de etnia, de nacin, de sexo, de modo de vida, o de otras caractersticas. Es este tipo de antiuniversalismo el que finalmente justifica los destropopulismos racistas: los italianos (o los franceses o los espaoles) primero. No olvidemos que el discurso xenfobo o islamofbico es tambin un discurso victimista: vienen a robarnos, matarnos y violarnos.

En la legitimidad socrtica, aparece un universalismo, incomprensible para sus coetneos, que ampara instituciones para todos. En la gramtica de Aristteles, se apuntara la imposibilidad de la tica y la poltica sin instituciones para todos: T y yo y las instituciones. Se trabaja para la imposibilidad de este cuadro poltico desde la identidad esencial de las vctimas? Esta pretensin excepcional, no apunta, por el contrario, a soluciones excepcionales y excluyentes?

Si algo hay que rescatar de Aristteles es la idea expuesta en su Poltica segn la cual el Todo es anterior a las Partes; es decir, la polis es anterior a la casa. Y si hay algo que rescatar de Scrates es la idea de que esa polis ese Todo no puede ser griego o espaol o gitano. Las vctimas se preguntan: qu es conveniente para nosotros? La tica: qu es justo para todos? Esta pregunta no tiene una respuesta definitiva y por eso el derecho se construye mediante luchas, revisiones y tanteos pero hay una gran diferencia epistemolgica y poltica entre elegir una u otra pregunta.

El estado de derecho es la efectuacin, de la intencin tica en la esfera poltica, dice Paul Ricoeur, El feminismo, desde la protesta identitaria sustancializada en la quejas, y no en el proyecto de un sujeto poltico hacia un estado de derecho, que es esencialmente incompatible con la exclusin y la excepcin, se incapacita, en consecuencia, el feminismo victimizado para vindicar un proyecto tico, universal, jurdico, de Estado de derecho?

Creo haber contestado ya a esta pregunta ms arriba. Ahora slo aadira que se es, en efecto, el peligro de cierto feminismo, por lo dems minoritario, que se ajusta a un modelo muy izquierdista y, por lo tanto, muy poco hegemnico pero muy intimidatorio. Un feminismo identitario que defiende un saber especial no al alcance de todos, depositado en una vanguardia esclarecida que decidira quin es y quin no es feminista y que, huyendo justamente del esencialismo genrico, acabara encerrando a los gneros en construcciones sin salida: la historia construye los gneros, pero de tal manera que no hay forma de huir de la propia prisin histrica, salvo mediante la rendicin, el clich militante, la autocrtica suicida y la renuncia al debate. Esa es la descripcin de uno de los regmenes menos ticos, menos jurdicamente garantista y ms punitivos de la historia: el estalinismo.

Amaya Olivas Daz es magistrada de lo social en Madrid y miembro de JJPD.

Esta entrevista, en una versin ms corta, fue originalmente publicada en el n. 92 de la Revista Informacin y Debate de Jueces para la Democracia en julio de 2018.

Fuente: https://ctxt.es/es/20181003/Politica/21996/Amaya-Olivas-Diaz-entrevista-politica-Santiago-Alba-Rico.htm



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