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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 03-11-2018

Geopoltica del sentido comn: por qu triunfa Bolsonaro?

Rafael Bautista S.
Rebelin


La ecuacin categorial centro-periferia no describe nicamente la geopoltica objetiva sino tambin la estructura propia de la subjetividad moderna. Esto significa que, por la propia naturalizacin de las relaciones de dominacin que desarrolla el mundo moderno, la clasificacin global centro-periferia constituye tambin y, sobre todo, sistema de creencias en la propia subjetividad de los individuos. Esto quiere decir que, es en el propio sentido comn, donde se realiza la cosmogona que origina el sistema-mundo moderno; de ese modo, una geopoltica del sentido comn ya no trata la descripcin de una espacialidad jerarquizada sino cmo esa espacialidad coloniza la subjetividad y se naturaliza en cuanto sentido comn. Esta es la especificidad de la colonialidad moderna, pues su ms alto grado de objetividad no se encuentra en lo objetivo de la realidad sino en la subjetividad como productora de objetividad; esto significa que el mundo moderno y el capitalismo, como la expresin econmica de la modernidad puede ahora desarrollar sus posibilidades, del mejor modo posible, como la pura proyeccin del horizonte de expectativas de los individuos.

Se naturaliza la clasificacin global centro-periferia como lo deducido de una previa clasificacin antropolgica racial que actualiza, en trminos modernos, un viejo dogma de fe aristocrtico-imperial: no todos somos iguales. El hasta dnde se admite la igualdad es lo que establece las fronteras de lo que se acepta como humano. Gracias al racismo, aquellas fronteras hacen geopoltica, es decir, configuran dnde hay seres humanos y dnde brbaros, o sea, el mundo no slo se divide en norte y sur sino que aquello significa rotundamente: superiores e inferiores (a nivel global y local). Esta es, en definitiva, la creencia bsica que constituye la moralidad propia de la modernidad como proyecto de dominacin. En ese sentido, la geopoltica centro-periferia es, en realidad, una previa antropologa.

Por ello las formas de dominacin hallan, en la clasificacin antropolgica que produce el racismo, una legitimacin que las hace ms consistentes, duraderas y estables a largo plazo. Porque esa clasificacin antropolgica entre superiores e inferiores naturaliza de tal modo la desigualdad que la injusticia ya no se la percibe como injusta sino como producto de una seleccin biolgica. Por ello es que no es lo mismo cuestionar la injusticia que la desigualdad humana. Hasta los ricos y poderosos del mundo admiten que el mundo es injusto, pero no se deriva de esa constatacin que todos seamos entonces iguales a la hora de querer democratizar la riqueza.

Precisamente, porque la injusticia se la percibe naturalizada, el capitalista considera su riqueza como bendicin. Para ello hay toda una ciencia econmica y jurdica que justifica su riqueza, hacindole creer que eso es fruto de su talento y emprendimiento. Un anlisis crtico podra demostrarle que su riqueza es producto de acumulacin de plusvalor, o sea, robo de trabajo ajeno, nunca pagado, pero eso le conducira a un problema tico, porque el supuesto milagro de su riqueza no sera tal y su suerte ya no dependera de dios sino de la desgracia ajena.

Pero el sistema econmico no puede permitirse tal situacin en el desenvolvimiento exponencial de su crecimiento; por eso crea conocimiento, instituciones, academias y universidades para, precisamente, sustraer esa ecuacin de todo anlisis econmico; para que los impulsores y agentes econmicos hallen seguridad en sus decisiones y apuestas; porque el capital necesita estar en movimiento ininterrumpido y no puede permitir las dudas existenciales en sus actores. Si el capital no crece muere y todo empresario sabe eso, por eso l mismo se ofrece como mediacin de ese crecimiento eterno; es decir, su abnegacin consiste en interpretar que su emprendimiento es un literal sacrificio personal que hace a una entidad cuasi divina: el crecimiento econmico (el institucionalismo tpico de los analistas contiene esa carga teolgica: la relacin fetichista con las instituciones consideradas como sagradas).

Esto es lo que constituye toda una religiosidad que impregna de beatitud a todo el movimiento econmico. Por eso las iglesias catlicas y evanglicas, bendicen la riqueza de su concurrencia, porque si todos persiguen el crecer indefinido, es el dinero el que confirma aquello como un acto de consagracin; de tal modo que se realiza un acto sustitutivo, por el cual, ya no hay la contraposicin entre Dios y el Cesar sino que ahora aparece una equivalencia sagrada: lo que es del Cesar es tambin de Dios.

Frente a esa inversin del propio mensaje cristiano original, la izquierda siempre se hall en una indefensin absoluta, porque gracias a su secularismo militante, nunca pudo comprender cul es el misterio que se halla detrs de la sociedad moderna (como progenitora del capitalismo); en consecuencia, tampoco nuca comprendi cmo es que se auto-produce, restaura y renueva a s mismo el capitalismo, incluso con las mismas banderas de los oprimidos. Es ms, precisamente por no comprender ese misterio, para su propia desgracia, todas las epopeyas histricas que protagoniz, slo sirvieron para entregarle a la derecha, en bandeja de plata, una nueva reposicin de su poder.

Y eso es lo que est pasando con Brasil y con la primavera democrtica latinoamericana y su desenlace con la restauracin de una derecha ms altisonante y envalentonada. Es entonces la propia izquierda la que genera derechas renovadas y esto quiere decir que: hasta el socialismo del siglo XXI corre el riesgo de generar, para su desgracia, tambin un capitalismo del siglo XXI. O sea, que su renovacin ni siquiera sera obra suya sino de una izquierda que le brinda los mejores argumentos discursivos y polticos para su reposicin en medio de una crisis que pareca terminal.

El secularismo propio de la izquierda le hizo perder de vista que el capitalismo es una religin y lo es porque lo que hace la modernidad es bajar el cielo medieval a la tierra, y lo hace en trminos de un futuro consagrado por el mito del progreso infinito. La religiosidad del capital se sostiene por esa creencia, pero la izquierda, ciega de aquello, no slo que no sabe poner a crtica esa creencia sino que ella misma se autodefine como progresista. Cules son las consecuencias polticas de aquella ceguera?

El capitalismo produce miserables; cuando la izquierda los rescata, los saca de la miseria sin nunca originar una nueva creencia, de modo que los pobres encuentran, como nico horizonte de expectativas, el mismo que impone el mundo del patrn y del seor, o sea, los pobres con ahora aspiracin de ricos se convierten en el nuevo ncleo de reclutamiento de la oligarqua, prestos para defender los valores y la moralidad propia del sistema de dominacin. Por eso ya no votan por el proyecto que los sac de la miseria sino que, gracias a los nuevos ingresos que tienen, el consumo al que aspiran es lo que ahora los constituye en subjetividad burguesa, o sea, moderna.

Y esto significa la naturalizacin de una condicin esencial que hace a la sociedad moderna como productora sistemtica de desigualdad estructural: no todos somos iguales. Si no todos somos iguales, el salir de la pobreza es percibido como una inclusin; ya sea como un favor o como un derecho, ingresar es algo privativo, por eso defiendo mi nueva situacin y ahora apoyo todo aquello que signifique ya no volver abajo sino subir ms arriba.

Mi nueva situacin me hace conservador. Entonces ya no voto por el proyecto que me sac de la pobreza sino que ahora voto en contra de l, porque toda nueva inclusin es una amenaza a mi nueva situacin. Si quiero subir ms arriba entonces debo comportarme como alguien de arriba, o sea, debo demostrar mi nueva adscripcin, ser y comportarme como consciencia moderna, o sea, burguesa. La riqueza necesita siempre miserables a quienes explotar, por eso un proceso de emancipacin acaba promoviendo nuevas formas de dominacin. En esa dialctica es que el capitalismo se puede renovar en nuevos procesos de acumulacin que ahora le brinda una nueva clase media que, en su sobrevivencia, ha sabido generar las formas ms variadas y novedosas de explotacin.

La desigualdad entonces se presenta como promotora misma del desarrollo y el progreso. Si todos aspiran a eso, todos compiten por alcanzar algo que, sin embargo, no es para todos. Slo la desigualdad garantiza un mundo donde se pueda acceder a todo; la fe bsica consiste en que el dinero lo compra todo, hasta el paraso, por eso hasta el diezmo se vuelve la garanta misma de la fe. El capitalismo puede entonces funcionalizar toda creencia bajo la forma religiosa del crecimiento exponencial; de ese modo se espiritualiza la acumulacin y la riqueza se convierte en la antesala de la vida eterna. Por eso la injusticia se la tolera, porque la salvacin ahora se la entiende como evasin, y esto significa justificar la desigualdad como presupuesto bsico de un mundo imperfecto; donde lo imperfecto es el ser humano, por tanto, si ya no hay recursos para todos, el problema no es la economa sino que somos demasiados, o sea, hay gente que sobra.

Por ello decamos, cuestionar la injusticia no es lo mismo que cuestionar la desigualdad. Cuestionar la desigualdad humana supone amplificar la crtica que se hace al capitalismo hacia una crtica al horizonte cultural y civilizatorio que lo hace posible: la modernidad. Porque para que haya explotacin, debe existir previamente una devaluacin de la humanidad misma que haga posible la desigualdad bsica en un sistema de dominacin. Por eso una dominacin es slo efectiva si domina las formas de produccin y reproduccin de la vida; dominar ello significa haber penetrado en los procesos de constitucin de la subjetividad de los individuos. En eso consiste la modernizacin.

Si el capitalismo es una religin es porque su horizonte cultural es profundamente fetichista. El capitalismo es sacrificial porque toda la racionalidad moderna es fetichista, es decir, encubre sistemticamente la realidad por medio de mitos que, como sujetos sustitutivos, o sea, como fetiches, desplazan a la propia humanidad y acaban actuando a espaldas de los actores, decidiendo, como autnticos dioses, quin vive y quin muere. El realismo de los realistas encubre esto; en ese sentido, el argumento de ms tcnica menos poltica es la capitulacin al fetichismo prototpico moderno: el ser humano ya no es ms actor, menos sujeto, es apenas un medio de los designios divinos del mercado y el capital. Ese supuesto realismo es el que nos est conduciendo, slo en el ltimo siglo, a sobrepasar los lmites fsicos mismos del planeta (frente a ello, los tecncratas no saben qu decir, porque salvar al planeta no es una decisin tcnica sino poltica).

Por qu sabiendo eso, la gente apuesta por el mismo proyecto que est destruyendo la vida? La izquierda misma alimenta esa apora cuando no cuestiona ni al desarrollo ni al progreso sino ms bien los fomenta, alimentando una economa que, de ese modo, se repone de su crisis crnica por una renovada fe en sus mitos y valores. El mundo es tambin un estado de consciencia, de modo que, si el mundo halla correspondencia con el horizonte de expectativas de la consciencia social, entonces el mundo contina aunque se est desmoronando por dentro.

Ese estado de consciencia es como una emisin energtica que acta como la fe, alimentando a un mundo que precisa de esa transferencia de vida que le brinda las expectativas colonizadas de una sociedad funcionalizada en torno al progreso infinito. Para que un mundo se haga realidad, los individuos deben de creer en l. Por ello se trata de una religiosidad que no puede ser estudiada con las herramientas propias de las ciencias sociales. El mbito mtico de la existencia es algo desconocido para la ciencia, ni qu decir del mbito religioso de la vida humana. Su negacin nunca ha significado su superacin. La despreciada teologa podra dar luces al respecto, pero el atesmo propio del individuo moderno izquierdista, revolucionario le hace perder de vista esta parte consustancial de la vida misma.

Ese mbito es donde se puede tematizar el sistema de creencias y el horizonte de expectativas que deciden en el individuo sus opciones vitales, es decir, polticas. Esto quiere decir que las apuestas polticas no son tan racionales y ello explica el por qu puede manipularse el voto. Cuando los analistas calumnian el populismo, lo hacen porque no saben desmontar analticamente las estructuras mtico-simblicas que constituyen sistema de creencias en la subjetividad social. Por ello mezclan todo; actores tan distintos, como Trump o Evo, Bolsonaro o Lula, aparecen como lo mismo; as como el nacionalismo del supremasismo blanco de Trump no es ni remotamente homologable a la patria bolivariana de Chvez, as tampoco Bolsonaro poda ser entendido por clichs y lugares comunes de la retrica polticamente correcta. Lo peor sucede cuando a la hora de analizar los resultados, hasta la misma izquierda se sujeta al guion meditico (la torre de Babel moderna).

Por ejemplo, todo el anlisis meditico llega apenas al punto de sealar a la corrupcin como el detonante del viraje en el voto brasilero, pero esto es, como de costumbre, explicar un fenmeno con otro fenmeno, y esto quiere decir, no llegar al fondo del asunto. Si la corrupcin pesara tanto, hace rato que el neoliberalismo debiera de haber desaparecido. Pero desde que la corrupcin se hace cultura poltica gracias al neoliberalismo, ello nunca deton nada comparable al rechazo actual que protagoniza la oposicin. Una geopoltica del sentido comn nos sirve para sealar que la idiosincrasia de la clasificacin social admite y tolera excesos y hasta abusos cuando estos no atentan a las jerarquas mismas de esa clasificacin.

La intolerancia no es activada por la corrupcin, porque hasta la corrupcin, en la desigualdad naturalizada de toda sociedad colonial, se la entiende como un usufructo legtimo y privativo de la casta seorial. El propio conjunto social admite que, si la corrupcin fue siempre moneda de uso corriente desde que se tiene memoria, sta era tolerada porque en la escala social no se puede objetar a los patrones; pero si el obrero, campesino, o peor, si el negro o el indio roba, esto ya no puede ser tolerado, porque en un mundo desigual hasta la corrupcin no iguala a nadie. Esa es la tpica hipocresa de una sociedad racista.

En la escala social al rico se le puede permitir todo, pero al pobre nada. Por ley se establece cunto debe ganar el pobre, pero no hay ley que dictamine hasta cunto puede ganar un rico. Por qu la corrupcin se viraliza? Porque se le aade el componente clasificatorio racial, como devaluacin absoluta de la humanidad del otro, y esto conduce a su satanizacin. Entonces el problema no es la corrupcin sino siempre la amenaza que teme toda sociedad colonizada: que los inferiores compartan lo que consideramos nicamente nuestro.

Por eso la clasificacin social legitima la desigualdad fundante y garantiza la estabilidad al interior del mbito de inclusin. Cuando esa desigualdad es interpelada es cuando se sacude la sociedad y sale en defensa de sus valores, como el escudo moral que precisa para enfrentar la tan temida democratizacin de la riqueza. Entonces no es la amenaza a la democracia sino la democratizacin de la riqueza lo que detona el conservadurismo de todo el mbito social de inclusin.

La izquierda latinoamericana, fiel al dogma ortodoxo marxista de que lo econmico es la base de todo, cree que basta con satisfacer necesidades bsicas para producir la revolucin. Adopta la misma retrica del capitalismo del siglo XX, y lo hace consagrando los mismos valores burgueses, o sea, modernos y, de ese modo, no hace ms que reponer las condiciones bsicas para que la propia sociedad active su motor productor de desigualdades estructurales.

Incluso, es la propia izquierda la que capitula toda revolucin popular cuando adopta ingenuamente la terminologa dominante como diccionario democrtico. Antes poda distinguir, aunque mal, entre democracia burguesa y proletaria; pero una vez lograda la democracia despus de las dictaduras la izquierda ingenuamente acepta la nomenclatura que impone la Comisin Trilateral, aceptando lo que el Imperio entiende por democracia. Eso deviene inevitablemente en consagrar las reglas de juego democrtico que impone la democracia neoliberal; que bsicamente instituyen un sistema democrtico al servicio del capital ya ni siquiera nacional sino transnacional. En ese sentido, la defensa de la desigualdad fundante se disfraza como defensa del sistema democrtico; el demos real es desplazado conceptual y orgnicamente, de tal modo que el kratos de la democracia se circunscribe al poder instituido de una clasificacin social que legalmente consagra la desigualdad estructural.

Esto deriva en la peor confusin que conduce, inevitablemente, al fracaso de nuestros procesos: confundir pueblo con sociedad. Y esto significa la prdida de referencia utpica que hace a un pueblo sujeto histrico y no la mera adscripcin a una pertenencia ficticia (como es la abstraccin nacin o ciudadana). Si aquella pertenencia logra todava congregar al conjunto social y le hace inclinarse por tendencias hasta fascistas, es porque no hay una seria interpelacin a los valores mismos del sistema; de modo que estos siguen activando en la subjetividad de los individuos una resistencia a todo aquello que signifique optar por otro horizonte de vida. Cuando la izquierda adopta la nomenclatura moderna no se da cuenta que, de ese modo, promueve los valores burgueses, cuyo contenido es la consagracin de la desigualdad fundante.

Las polticas sociales que adopta entonces se encargan, hasta por inercia, de expandir el horizonte de consumo moderno-capitalista, y esto no hace ms que activar, en los individuos, un aburguesamiento promotor de apuestas conservadoras. El pueblo mismo es vaciado de su espritu utpico promotor de un nuevo horizonte de vida que es lo ms urgente y necesario en esta crisis civilizatoria y se lo incluye a lo mismo que era lo que haba que transformar. Aparece el termidor de la revolucin que expropia el poder de decisin histrica y se impone como sujeto sustitutivo, desplazando al pueblo a ser una mera referencia discursiva y diluye, con ello, su poder; debiendo pactar con los poderes instituidos, al margen del pueblo, y capitular la posibilidad de la transformacin, logrando, de ese modo, la reposicin de los poderes fcticos y su capacidad de influencia en el derrotero poltico. De ese modo, la opinin pblica no trasciende su formato usual y retorna a ser sentido comn de los valores del sistema de dominacin.

Un sentido comn colonizado slo responde a los valores imperantes y, cuando estos se hallan amenazados, entonces la sociedad puede asumir opciones hasta retrogradas, incluso justificar la guerra. Eso pas en Europa y USA antes de la segunda guerra mundial. Y eso es lo que se est hilvanando en la disputa global que USA emprende contra China y Rusia. El trasfondo geopoltico del triunfo de Bolsonaro describe esta peligrosa cadena de acontecimientos que configuran un escenario pre-guerra (por eso no es anecdtica su amenaza de hacerle la guerra a Venezuela). Si el Imperio perdi Siria y, con ello, el Medio Oriente ampliado, necesita balcanizar a Sudamrica para frenar la influencia de las potencias emergentes en lo que considera su patio trasero.

Por eso ya no le interesa la democracia y ello explica que socape la aparicin de figuras que rayan en la insensatez; porque en un mundo en disputa, con su hegemona en decadencia, lo que le queda es promover el puro desastre, como caos constructivo, en una poltica de desestabilizacin global que promueva un nuevo orden mundial basado en la generacin de un nuevo mercado: la estabilidad como mercanca de lujo para quienes puedan costearla.

La guerra financiera entre USA y China es ya una situacin de pre-guerra que, sumado a la rusofobia del establishment gringo, desata de nuevo las ms arraigadas fobias gringas que Hollywood se encarg de hacer sentido comn. El odio al comunismo de las elites locales actualiza aquella mitologa gringa y sintetiza la creencia plutocrtico-seorialista en la desigualdad humana, y eso se muestra en los miedos repuestos de la clase media, atizados por la mediocracia, despertndole como reserva de reclutamiento de los valores burgueses.

Mientras los valores del sistema (la desigualdad fundante) no se ven afectados, entonces puedo experimentar orden, paz y progreso, como el cielo sustitutivo de las expectativas comunes, el cual prescribe una seleccin que se impone como natural. Una vez que creo aquello, aunque no lo goce porque se trata precisamente de un cielo, hace que me constituya en devoto de un mundo basado en la desigualdad humana.

La izquierda cuestiona la injusticia pero deja inclume la desigualdad presupuesta en la clasificacin antropolgica moderna. Esto quiere decir que hasta la izquierda es racista. Y eso hace que el socialismo que pregona no sea sino un capitalismo encubierto. Por eso no cree en el pueblo en tanto que pueblo, o sea, en tanto sujeto histrico proyector de un nuevo horizonte poltico.

Es la misma izquierda la que anula el poder popular como creador de un nuevo desidertum civilizatorio y, para desgracia de todos, se encarga de subsumirlo en la lgica de la dominacin, diluyendo todo su potencial revolucionario. Hasta el propio Imperio fue ms lcido a la hora de leer geopolticamente el nuevo contexto global post-occidental, cuando se dio cuenta que la primavera democrtica latinoamericana estaba siendo protagonizada por lo ms excluido y despreciado por la modernidad, esto es, lo indio y lo negro; y que eso poda significar, si se profundizaba esa irrupcin, la proyeccin utpica ms genuina que poda transformar al siglo XXI y acabar definitivamente con el paradigma moderno.

Si detrs de toda epopeya revolucionaria, hay una nueva espiritualidad que precisa explicitarse, la izquierda y su atesmo antediluviano se est encargando de apagar aquello para beneficio exclusivo del capitalismo. No vamos a curarnos del triunfo conservador en Brasil atacando la figura de Bolsonaro; no se trata del individuo sino de las categoras polticas que representa. Por eso debemos preguntarnos sistemticamente el por qu de ese triunfo, como una autocrtica necesaria a los procesos que iniciaron nuestros pueblos. Slo la fidelidad a lo ms genuino y propositivo del pueblo es lo que puede restaurar el poder popular y renovar la verdadera fuerza que teme el Imperio: el espritu utpico que vive como actualidad potencial en lo ms despreciado y excluido por la modernidad. Y para los evangelistas que apoyan a Bolsonaro, recordarles la Primera Carta a los Corintios del apstol Pablo: Dios escogi a los dbiles y a los menospreciados por el mundo para confundir a los sabios y a los poderosos. Es hora que se pregunten: Quines son los dbiles y los menospreciados por este mundo?

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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