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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 08-11-2018

La ofensiva reaccionaria

Albert Recio Andreu
Mientras tanto


I

Una amenaza se cierne sobre la democracia. Y no es el comunismo, sino una oleada de fuerzas reaccionarias que pueden poner en peligro conquistas sociales y polticas que deberan ser irreversibles. No es un simple retorno del fascismo clsico, pero tiene con l muchos elementos en comn, empezando por la demagogia de presentarse como una fuerza antisistema (no en Espaa, aqu siempre somos diferentes) y practicar las polticas ms radicales del establishment. Trump marca el camino y a su rebufo se sita toda la reaccin de Europa y Latinoamrica. No puede descartarse que, al menos en Europa, las largas manos del to Sam estn esforzndose en apoyar a estos movimientos con el fin de eliminar a un posible competidor en la esfera planetaria. En cualquier proceso poltico local siempre juega una dimensin internacional.

II

En el anlisis de la situacin hay dos interpretaciones que aparecen con insistencia: la de que hay una vuelta del fascismo y la de que este es el resultado de los efectos que han provocado la globalizacin y el neoliberalismo. Siempre tendemos a recurrir a experiencias del pasado para caracterizar el presente. Es un recurso que nos facilita comprender los procesos, pero que tambin nos impide reconocer aquello que de nuevo plantea el fenmeno.

Es cierto que la ola reaccionaria actual tiene una importante conexin con otros movimientos del pasado: autoritarismo, supremacismo blanco y masculino, nacionalismo excluyente... Pero hay tam

bin diferencias. De entrada, el fascismo clsico fue en gran parte una respuesta a la Revolucin de Octubre y al ascenso del movimiento obrero. Hoy, en cambio, esta amenaza no existe; el capitalismo no tiene, hoy por hoy, una alternativa consistente. Lo que enerva en la actualidad a mucha gente es el miedo a la invasin, al brbaro que viene de fuera, al deterioro de los servicios pblicos. Y el enemigo no es una masa organizada que plantea un cambio de las reglas de juego sino una masa de personas pobres, de fuera o de dentro (algo que es especialmente fuerte en las sociedades con una larga tradicin de polticas racistas, como en el caso de Brasil o Estados Unidos), que pone en peligro el bienestar de los de siempre. A ello se suma tambin una clara hostilidad antiintelectual porque las capas sociales cultas son vistas a la vez como peligrosas defensoras de polticas progresistas (de hecho, en casi todos los pases estos sectores votan izquierda) y unas privilegiadas que no hacen lo que piensan.

Pero, si bien es obvio que la crisis ha realimentado la cultura reaccionaria, no parece que por s sola pueda explicar el fenmeno. En algunos pases, el crecimiento de los partidos ultras es anterior a la crisis (como en el caso del Front National francs). En otros, como Italia, el deterioro de la cultura de izquierdas y el auge de un populismo reaccionario vienen de lejos (lo de ahora no puede entenderse sin la Liga Norte y el berlusconismo). Polonia no es ni de lejos el pas ms afectado por la crisis... La oleada actual es el resultado de un largo proceso, que la crisis sin duda ha realimentado, que ha construido una base social proclive a dejarse seducir por los vendedores de alternativas reaccionarias.

En la construccin de esta oleada se combinan elementos que actan en distintos planos. Por una parte, muchas de las ideas reaccionarias tienen un largo recorrido histrico y su presencia social es quiz mucho ms extendida de lo que a menudo pensamos. Cuenta adems con anclajes institucionales, como el papel de muchas (y diversas) organizaciones religiosas que no solo las transmiten sino que tambin participan activamente en la configuracin de la vida cotidiana de millones de personas. Por otra, los medios de comunicacin de masas, lejos de ayudar a crear una ciudadana informada y crtica, favorecen la formacin de percepciones simplificadas de la realidad, convierten el debate poltico en una especie de competicin deportiva o de concurso de belleza... y tienden ms a reforzar los prejuicios de cada cual que a generar una verdadera cultura de debate democrtico. No actan en el vaco, sino en un sistema productivo y de consumo que promueve la individualizacin, la segmentacin social, el apoliticismo. Es cierto que las lites polticas se han mostrado demasiado amigas de los grupos de poder y demasiado encerradas en s mismas. Pero el discurso de los medios ha reforzado el desprestigio de la accin colectiva, no solo de la poltica, y ha propiciado la eclosin de personajes que hacen del personalismo, el autoritarismo y el antiintelectualismo la marca que seguir (aunque sean distintos, hay alguna conexin evidente entre un Beppe Grillo y un Trump). Y todo ello ocurre en un contexto en que la gente vive una situacin de verdadera quiebra de unas estructuras productivas que daban seguridad y de cambio global que mucha gente vive con verdadero pavor.

La crisis ambiental y las fuerzas desatadas por la globalizacin (en forma de deslocalizaciones, migraciones internacionales, turismo de masas, polticas de ajuste impulsadas desde instancias internacionales, etc.) contribuyen a generar tensiones que afectan de forma desigual a la vida cotidiana de millones de personas, incertidumbres y cambios. Casi siempre, las causas del proceso exigen un nivel de comprensin que escapa a la mayora de la poblacin. Y las respuestas que hay que dar a estos retos nunca son ni de la sencillez ni de la rapidez con que la gente espera recuperar su normalidad.

Pienso en casos con los que me he topado en diversas ocasiones. Por ejemplo, la crisis de la minera del carbn asturiana puede ser producto tanto de la competencia internacional y de decisiones adoptadas en Bruselas como de una poltica ambiental responsable. Pero, a corto plazo, lo que la poblacin local advierte es que se pierden puestos de trabajo y que las alternativas a corto y medio plazo no existen. De igual forma, la llegada de menores marroques, por ejemplo, puede ser producto de causas diversas (crisis econmica o ambiental en su modo de vida tradicional, poltica deliberada del gobierno marroqu, presin familiar, aventura juvenil, etc.), y su comportamiento en el pas de llegada puede ser ms o menos conflictivo en funcin de las polticas de acogida. Pero en muchos casos su llegada genera algn tipo de molestia a la poblacin local, y las respuestas suelen tardar en concretarse o ser insuficientes. Pongo dos casos extremos en que la complejidad del tema y la dificultad de ofrecer respuestas adecuadas, con medios suficientes e ideas claras, son manifiestas. Son dos campos en los que un lder reaccionario que defienda o fomente el proteccionismo, desprecie las regulaciones ambientales y/o promueva polticas migratorias restrictivas puede ser fcilmente aceptado por una poblacin que participa de la cultura xenfoba y que nunca se ha planteado la validez de lo que estaba haciendo.

III

No existe una respuesta fcil a estos retos, y hay grandes posibilidades de que se opte por soluciones equivocadas. La orientacin de diversas fuerzas de izquierda europeas hacia un nacionalismo de izquierdas para combatir el nacionalismo reaccionario me parece la peor. Pues el reto que plantean tanto la globalizacin como la crisis ambiental (dos caras de la misma moneda) es planetario, y la respuesta a dicho reto en forma de cierre de fronteras y vuelta al espacio que conocemos, a la defensa de lo nacional, se enfrenta a dos problemas que la invalidan. El primero es que, por ms que se intente cerrar fronteras, las fuerzas de la globalizacin y la crisis ambiental son tan poderosas que seguirn ejerciendo su influencia (por poner un ejemplo: por ms que salgamos del euro, si tenemos contradas deudas con acreedores externos, estos continuarn teniendo mecanismos para obligarnos a pagarla, para seguir imponiendo algn tipo de austeridad) y seguirn generando el mismo tipo de problemas que tratamos de eludir. El segundo es que el espacio de lo nacional siempre est dominado por unas visiones tradicionales en que las fuerzas reaccionarias tienen siempre ventaja. Tratar de combatir al enemigo all donde es ms fuerte constituye una estrategia con bastantes probabilidades de fracasar.

Entiendo a los que plantean el soberanismo como un medio de confrontar la democracia con la dictadura de las grandes corporaciones o con la emanada de instancias internacionales en beneficio de aquellas. Es evidente que no hay democracia si la gente no puede participar en las decisiones que afectan a su vida. Pero el problema del soberanismo es que muchos de los problemas que afrontamos tienen efectos no solo locales sino de alcance internacional, algo que resulta evidente cuando se analizan las cuestiones ambientales en trminos de huella ecolgica, cambio climtico o biodiversidad. Pero que tambin estn presentes en todo lo que tiene que ver con la actividad econmica o las migraciones internacionales. Si es evidente que hay que conseguir un equilibrio entre democracia en la base y arquitectura institucional internacional (capaz de ayudar a plantear los problemas globales), ello conlleva que tambin la construccin cultural y poltica debe potenciar un cosmopolitismo igualitario difcilmente compatible con la visin de la soberana cerrada que caracteriza a todas las visiones nacionales. En el internacionalismo tradicional, en la experiencia del bloque sovitico y del comunismo chino, lo nacional ha sido siempre lo dominante, y explica en parte la deriva reaccionaria de gran parte de los pases del Este.

Nos hallamos ante una situacin difcil. A menos que ocurra un giro inesperado, en los prximos aos vamos a enfrentarnos a una presin reaccionaria en lo poltico, lo social y lo ecolgico en muchas partes del planeta. Y para enfrentarse a ella no existen respuestas sencillas. Hay que basarse en esta parte de la humanidad que participa de valores igualitarios en un sentido amplio, de la gente que entiende o intuye lo que significa la crisis ecolgica, de la gente que tiene un sentido de humanidad que va ms all de su grupo de pertenencia local. Por fortuna hay mucha gente as, y esto es lo que anima a tejer estructuras de respuesta a todos los niveles, empezando por lo local. Pero es tambin necesario que esta base trascienda y se configuren movimientos, instituciones y procesos a escala planetaria. No es tiempo de encerrarse. Es tiempo de cosmopolitismo igualitario, activo. De relanzar lo de acta localmente, piensa globalmente.


Fuente: http://www.mientrastanto.org/boletin-173/notas/la-ofensiva-reaccionaria

 



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