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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-11-2018

El capitalismo y la guerra

Miguel Candel Sanmartn
Crnica Popular

Ponencia presentada en las Jornadas sobre el 200 aniversario del natalicio de Karl Marx, 'Pensar con Marx hoy', organizadas por la Fundacin de Investigaciones Marxistas (FIM) y celebradas en Barcelona, el pasado 19 de octubre.


El aislamiento nacional y los antagonismos entre los pueblos desaparecen da a da con el desarrollo de la burguesa, la libertad de comercio y el mercado mundial, con la uniformidad de la produccin industrial y las condiciones de existencia que le corresponden.

El pasaje anterior no est sacado de la obra de ningn autor neoliberal haciendo la apologa de la globalizacin como garanta de paz y progreso. Ni siquiera pertenece a alguno de los padres fundadores de la Comunidad Europea del Carbn y del Acero, embrin de la actual Unin Europea, sa que, como se suele decir, ha garantizado el perodo ms largo de paz jams conocido en Europa (siempre que se excluya de Europa, claro est, a la isla de Chipre, la antigua Yugoeslavia, las repblicas ex-soviticas del Cucaso y Ucrania).

No, el pasaje arriba citado pertenece al Manifiesto del Partido Comunista[1], de 1848, redactado por dos viejos conocidos: Kart Marx y Friedrich Engels.

Pero sa es la cara positiva de la evolucin social promovida por la burguesa en ascenso. Burguesa a la que Marx y Engels atribuyen, ciertamente, una funcin revolucionaria: La burguesa ha desempeado un papel extremadamente revolucionario en la historia[2].

Ocurre, sin embargo, que: 1) Por revolucin no se entiende exclusivamente un cambio social positivo para la mayora de la sociedad (aunque a menudo sea as), sino, en general, todo cambio social acelerado y concentrado en un lapso relativamente corto de tiempo, sea en el sentido que sea. 2) El papel revolucionario atribuido a la burguesa por el Manifiesto es transitorio: Todas las clases anteriores que conquistaban la hegemona trataban de asegurarse su posicin existencial ya conquistada sometiendo a toda la sociedad a las condiciones de su modo de apropiacin[3]. Ahora bien: Las fuerzas productivas de que dispone [la burguesa] ya no sirven al fomento de las relaciones de propiedad burguesas; por el contrario, se han tornado demasiado poderosas para estas relaciones, y stas las inhiben; y en cuanto superan esta inhibicin, ponen en desorden toda la sociedad burguesa, ponen en peligro la existencia de la propiedad burguesa. Las relaciones burguesas se han tornado demasiado estrechas como para abarcar la riqueza por ella engendrada. De qu manera supera la burguesa las crisis? Por una parte, mediante la destruccin forzada de gran cantidad de fuerzas productivas; por otra parte, mediante la conquista de nuevos mercados y la explotacin ms a fondo de mercados viejos[4].

Las expresiones resaltadas aluden inequvocamente a procesos capaces de concretarse, como dice el mismo prrafo unas lneas ms arriba, en una guerra de devastacino ―segn ediciones posteriores a la de 1948― de exterminio (segn que las fuerzas productivas destruidas sean preferentemente materiales o humanas).

La idea es clara: el desarrollo del modo de produccin propio de la burguesa, el capitalismo, por su propia dinmica revolucionaria, va ms all de lo necesario para reproducir el sistema, es decir, para mantener las relaciones de produccin en que una clase, la burguesa, prospera a costa del empobrecimiento relativo de la otra, la clase obrera: aparece lo que el Manifiesto llama la epidemia de la superproduccin. Hacer frente a ese desbordamiento de la situacin creada por el propio capitalismo admitira, obviamente, dos soluciones: a) que la burguesa renunciara al control exclusivo de los medios de produccin; o b) destruir parte de las fuerzas productivas para desatascar la circulacin de mercancas, requisito esencial para la realizacin del beneficio capitalista. En efecto, el aumento de lo que Marx llama, en su obra magna, la composicin orgnica del capital consiste en el aumento del capital constante en relacin con el capital variable. Pues bien, el desarrollo capitalista lleva invariablemente a ello, a que la cantidad de recursos inmovilizados,incapaces de hacer efectivo su valor de cambio, crezca a expensas de los recursos en circulacin.

Aumentar el grado de explotacin del trabajo es una manera, profusamente utilizada, como es obvio, de paliar esa situacin. Pero tiene sus lmites: un empobrecimiento excesivo de la clase trabajadora tambin obstaculiza la circulacin, pues aunque abarata su coste como factor de produccin, reduce su capacidad de consumo, reduccin que es la otra cara, simtrica, de la superproduccin. La solucin ms efectiva, pues, es la guerra, muestra suprema de eso que, bastante cnicamente, autores como Schumpeter han llamado destruccin creativa.

De manera que no es casual que, contra la creencia de Tocqueville, expresada en su obra La democracia en Amrica, segn la cual el siglo XIX haba de ser una poca sin grandes conflictos, ni en el interior de las naciones ni entre stas, la realidad es que, desde que se formulara ese pronstico, la humanidad ha conocido ms sacudidas revolucionarias y conflagraciones blicas, y de mayor envergadura e intensidad, que en ninguna otra poca anterior.

Claro que lo que podramos llamar, simplificando, factor econmico no es el nico que determina el estallido de una guerra. Lenin achac con razn a la pugna econmica entre los grandes imperios el estallido de la Primera Guerra Mundial. Pero, como seala Jean-Pierre Chevnement, Detrs de las rivalidades comerciales, econmicas y financieras, el ascenso de la Alemania imperial antes de 1914 planteaba, tarde o temprano, el problema de la hegemona mundial: entre Alemania y Gran Bretaa, y sin duda ya, ms profundamente, entre Europa y los Estados Unidos. Durante la primera mitad del siglo XX, Gran Bretaa prefiri transferir su hegemona a los Estados Unidos en nombre de la democracia, pero tambin de la solidaridad de los pueblos de lengua inglesa, antes que intentar con Alemania un reparto forzosamente inestable: para sta, el dominio continental, y para Inglaterra, el de los mares y del resto del mundo. La mayora de los dirigentes alemanes se habran sentido sin duda tentados a ello, pero fuerza es constatar que no adoptaron las medidas adecuadas. En cuanto a Inglaterra, por qu le habra concedido a la Alemania imperial en 1914 lo que le haba negado un siglo antes a la Francia de Napolen? Al asumir conscientemente en Serbia el riesgo de una guerra europea, los dirigentes de la Alemania imperial cosecharon una guerra mundial[5].

En otras palabras, el capitalismo, contra las previsiones de Marx y Engels en el prrafo citado al principio, no haba hecho desaparecer en 1914 ―y tampoco a da de hoy, por supuesto― los antagonismos entre los pueblos y, en cambio, haba empezado, desde mediados del siglo XIX, a provocar guerras de devastacin, como los mismos autores, ms perspicazmente, sealan en otro pasaje posterior.

Quiz se podra aducir que la lucha por la hegemona, aludida por Chevnement, no es ms que el intento de anticiparse al surgimiento de problemas econmicos causados por una insuficiente expansin de los mercados. Y, sin duda, hay mucho de eso. Pero no hay que olvidar que la pulsin hegemonista viene en la historia de mucho antes del capitalismo. Generalizando, podramos decir que la lucha de clases, en cualquier formacin social dividida en dominadores y dominados, tiende ineluctablemente a proyectarse al exterior de la comunidad afectada enfrentndola a otras comunidades. Entre otras razones, porque se es el mecanismo ms fcil y directo para desviar el malestar de los oprimidos antes de que se abata sobre sus opresores inmediatos.

En todo caso, y por centrarnos nuevamente en el capitalismo y en la poca contempornea, tiene razn una vez ms Chevnement al decir: Esta cuestin del hegemn no permite aclarar todos los elementos polticos, sociales, culturales en juego dentro del gigantesco desplazamiento del centro de gravedad mundial ocurrido a partir de 1914. Pero, en todas las grandes crisis que el capitalismo ha atravesado desde el siglo XIV, la cuestin de la hegemona se ha planteado siempre como algo central: cosa poco vista y poco dicha, pues pone en entredicho la supuesta neutralidad de la doctrina liberal. El mercado, en efecto, slo funciona si lo poltico, en ltima instancia, es lo bastante fuerte como para fijarle el marco y hacer respetar sus reglas. Es as como Inglaterra, en el siglo XVII, super a los Pases-Bajos y, sucesivamente, las pretensiones hegemnicas de Espaa y de Francia. Igual que Alemania, a comienzos del siglo XX, reclamaba su lugar al sol, tambin China aspira hoy a recuperar el rango y la parte de las riquezas mundiales que le pertenecan antes del siglo de eclipse que atraves desde 1840 (guerra del opio) hasta 1949 (proclamacin de la Repblica Popular de China). Qu cosa ms legtima, a priori?[6]

As ha sido, en efecto, desde la ms remota Antigedad: la guerra como mecanismo de primer orden para garantizar una posicin dominante o, como mnimo, para no verse dominado. Tanto es as que, en mi opinin, la clebre tesis del prusiano Carl von Clausewitz, la guerra no es ms que la continuacin de la poltica de Estado por otros medios[7],deberamos, para ser ms exactos, invertirla: la poltica es la continuacin de la guerra por otros medios. Sin remontarnos a Herclito de feso y su afirmacin la guerra es el padre de todas las cosas, encontramos en Platn, en su magnfico dilogo dedicado al gran sofista Protgoras, la convincente alegora de que la poltica fue un don de los dioses a los hombres para evitar su recproca aniquilacin, visto que, como las bestias, tienden inevitablemente a entrar en conflicto unos con otros y que, a diferencia de aqullas, la tcnica ha puesto en sus manos armas de poder destructivo inmensamente superior al de las simples garras y colmillos de las fieras.

Si la guerra, pues, es un comportamiento humano recurrente a lo largo de la historia, qu novedad aporta en ese comportamiento el modo de produccin y consumo capitalista?

De entrada, y de manera puramente emprica, queda claro que el ascenso vertiginoso del capitalismo a lo largo de los siglos XIX, XX y lo que llevamos del XXI va acompaado de un ascenso no menos vertiginoso de los conflictos armados, algunos de dimensin planetaria. Cul es la causa?

Por un lado, el desarrollo industrial de los pases donde el capitalismo avanz ms deprisa dot a stos de una superioridad militar aplastante frente a las grandes poblaciones de frica y Asia que no haban experimentado un desarrollo equiparable. Ello hizo posible una nueva oleada de colonizacin a gran escala, incluso de territorios que antao haban ostentado la delantera sobre Europa, como es el caso de China, descaradamente sometida por una coalicin de potencias occidentales bajo el pretexto de la llamada guerra del opio. Por algo caracteriz Lenin aquella coyuntura del capitalismo como una nueva fase superior: el imperialismo.

Como es lgico, una vez el mercado interior de una potencia capitalista alcanza proporciones continentales o ms que continentales, como lleg a ser el caso de los imperios existentes a comienzos del siglo XX, la dimensin de las guerras destinadas a preservar o ampliar ese mercado est en consonancia con la extensin territorial de ste. Por eso el siglo XX tuvo el dudoso honor de inaugurar la era de las guerras mundiales.

Un paso ms en esa direccin lo da el capitalismo imperialista en su versin estadounidense (la representada, no slo por los Estados Unidos, sino por lo que el recientemente fallecido Samir Amin denomin la Trada: EE.UU., la UE y el Japn). Ya no se trata del colonialismo a la vieja usanza (que Rosa Luxemburg consideraba fundamental para la supervivencia del modo de produccin capitalista), sino del llamado neocolonialismo, que no necesita ocupar militarmente el territorio de las colonias, sino simplemente integrarlo en la red empresarial controlada desde la metrpoli. En la actualidad, y sobre todo desde la ruptura por el presidente Nixon del acuerdo de Bretton Woods y la anulacin del compromiso de los Estados Unidos de garantizar la moneda estadounidense con el oro almacenado en Fort Knox, la utilizacin del dlar prcticamente como moneda universal le da a la Reserva Federal norteamericana un poder casi omnmodo de control de la economa mundial.

Slo la llamada disuasin nuclear oequilibrio del terrorimpidi en su momento que una tercera guerra mundial siguiera casi inmediatamente a la segunda; pero a cambio de eso la proliferacin de guerras regionales no ha cesado durante toda la segunda mitad del siglo XX y hasta ahora: especialmente en el Sureste asitico, en frica y en Prximo Oriente, donde el Estado de Israel viene ejerciendo de gendarme a sueldo de la Trada. Eso sin olvidar las matanzas que acompaaron al proceso de ruptura de Yugoeslavia (atizada desde ciertos pases de la Trada) y a la disolucin de la Unin Sovitica, especialmente en el Cucaso.

Por cierto que las teoras de la equidistancia (tan de moda ltimamente en ciertos conflictos prximos) se vinieron abajo estrepitosamente con la cada de la Unin Sovitica y la disolucin del Pacto de Varsovia. Quienes antes de 1991 atribuan igual responsabilidad al bloque occidental y al bloque sovitico en el clima de tensin vivido durante la Guerra Fra quedaron en muy mal lugar cuando la mencionada disolucin del Pacto de Varsovia no fue seguida de la disolucin de la OTAN. Que no slo no se ha disuelto, sino que no ha cesado de ampliarse desde entonces, incluidos los reiterados intentos de incorporar a pases pertenecientes anteriormente a la Unin Sovitica, como Georgia y, sobre todo, Ucrania.

Otra cosa importante ha demostrado tambin la disolucin de la Unin Sovitica: que el enfrentamiento entre el bloque sovitico y el bloque occidental no responda fundamentalmente a la existencia de un conflicto entre sistemas o modos de produccin ni, por tanto, a un choque de ideologas: la capitalista contra la socialista. Hoy da asistimos a la pugna constante entre el bloque capitalista de siempre y una Rusia (que comprende la mayor parte del antiguo territorio sovitico) convertida en cuerpo y alma al capitalismo (a menudo en su versin ms primitiva y salvaje). Lo cual indica que la raz del enfrentamiento es y era geopoltica: la mencionada lucha por la hegemona. En este caso, por parte del bloque occidental, para impedir que Rusia pueda llegar a constituir dentro del sistema capitalista, junto con China y la India, por ejemplo, un polo econmico independiente del de la Trada.

Entre los pretextos utilizados por las potencias capitalistas occidentales para intervenir militarmente en otros pases se ha puesto de moda desde hace un tiempo el concepto de guerra humanitaria. Semejante monstruosidad conceptual (como tambin lo es, por cierto, la expresin catstrofe humanitaria) apenas puede tapar las vergenzas de lo que no son sino descaradas operaciones de derrocamiento de gobiernos incmodos e imposicin de regmenes favorables a los intereses del capitalismo occidental: Iraq, Libia, Siria son otros tantos jalones en esa carrera por el control de puntos estratgicos clave para el suministro de recursos energticos cada vez ms escasos.

Pero, adems, la dependencia que guarda el sistema capitalista con respecto a la guerra se ve reforzada por lo que algunos autores han llamado keynesianismo de derechas. En efecto, en lugar de dejar que el Estado combata las crisis peridicas del sistema con gasto pblico destinado a prestaciones sociales, cuya contribucin al relanzamiento de la valorizacin del capital es lenta y difusa, resulta mucho ms beneficioso para el sistema concentrar ese gasto, por ejemplo, en la adquisicin por el Estado de sofisticados y carsimos sistemas de armamento, no producidos adems, generalmente, por empresas pblicas, sino por empresas privadas con buenos contactos en la Administracin. Eso tiene la ventaja, para el fabricante, de que en la industria armamentista no existe demasiada competencia, por el gran volumen de inversin necesario, lo que permite imponer precios abusivos (hace aos, un estudio publicado en los Estados Unidos demostr que las manillas de las puertas del ltimo portaaviones adquirido por la Marina le haban costado al Estado algo as como veinte veces ms de lo que vala una manilla equivalente en cualquier ferretera). La Guerra Fra, al propiciar una inagotable carrera de armamentos, fue una autntica bendicin para la industria militar, especialmente la norteamericana. Pero tambin pases como Espaa se apuntaron al juego, como es bien sabido.

Ahora bien, adquirir armamentos cada vez ms poderosos genera una dinmica propia belicista que va mucho ms all de servir como expediente keynesiano til para desatascar la circulacin de capitales: como escribi cnicamente Henry Kissinger all por los aos 80 en una revista del Instituto de Estudios Estratgicos de Londres ―cito de memoria―, ninguna potencia que consigue una cierta ventaja en cuanto a poder militar deja de usar ese poder antes o despus.

En resumen: no toda guerra conocida en la historia ha sido hija del relativamente reciente modo de produccin capitalista. Pero ningn otro modo de produccin conocido ha sido tan frtil a la hora de parir guerras. Y no guerras cualesquiera, sino guerras, como dice el Manifiesto, de devastaciny de exterminio.

Notas:

1 Manifiesto del partido comunista, segunda parte, prrafo 55.

2 Ibid., primera parte, prrafo 13.

3 Ibid., primera parte, prrafo 49.

4 Ibid., primera parte, prrafo 27 (cursivas nuestras).

5 Jean-Pierre Chevnement, 1914-2014. Europa, fuera de la historia?, El Viejo Topo, Barcelona, 2014, introduccin.

6 Ibid.

7 Carl von Clausewitz, Vom Kriege, noticia introductoria, Dmmler, Berln, 1832 (reed. Ullstein, Berln, 1980, p. 8).

Miguel Candel es Profesor emrito de Historia de la Filosofa de la Universidad de Barcelona

Fuente: https://www.cronicapopular.es/2018/11/el-capitalismo-y-la-guerra/



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