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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 28-11-2018

Salvar los cuerpos

Santiago Alba Rico
Ctxt

Conviene defender y alimentar la mirada atenta, porque en su intensidad selectiva se cobija el poder de valorar y proteger cualquier objeto y, por lo tanto, todos los objetos del mundo


Junto a Broto, en el Sobrarbe aragons, est la cascada del Sorrosal, una vertiginosa cada de agua de 110 metros que, procedente de la edad del hielo, se vierte en el ro Ara. Desmaya contemplar desde abajo la escarpada pared vertical por la que sube la mirada mientras la espuma baja, saltarina, chispeante y fragorosa, como midiendo y ampliando este abismo invertido que se hunde en el cielo. El agua cae, la mirada sube, pero tambin pueden subir los cuerpos a travs de la va ferrata, una sucesin de asideros de hierro clavados en la piedra que a travs de pliegues rocosos y breves y escabrosos remansos llega hasta el mirador del Pueyo, al que se accede a travs de la boca de una cueva altsima, ya en la cumbre.

Nos pas hace unos meses. Ana y yo contemplbamos desde abajo el Sorrosal y, de pronto, hicimos un descubrimiento banal y decisivo. Esa va ferrata, ajustada a la orografa del terreno, era un itinerario, algo as como la estructura de toda narracin posible: con su sintaxis, sus subordinaciones, sus nudos, sus peripecias, su desenlace. Sin hombres era un esquema, un ritmo y una mtrica; cuando los escaladores se colgaban de sus rales devena un relato concreto. Ana y yo los vimos ah con el corazn encogido: como notas en una partitura, como pjaros en un cable elctrico, como personajes en una trama novelstica, sus cuerpos puntuaban el recorrido y lo volvan emocionante al tiempo que ellos mismos los cuerpos se volvan valiosos y vinculantes.

Me explico. Nuestro banal descubrimiento tena que ver con la conciencia repentina de que la pared del Sorrosal se haba convertido en un libro. Estbamos leyendo la roca. Por la va ferrata, en hilera y en dos grupos separados por algunos metros de distancia, ascendan, en efecto, cinco personas. Ms que la cada del agua, ms que la subida de la piedra, eran esos cinco cuerpos trabajosamente rampantes los que alumbraban el vaco y agravaban nuestra sensacin de vrtigo. Estaban muy lejos, muy arriba, y apenas se los distingua por el color de las mochilas o de los chalecos; y por la posicin que ocupaban en la fila ascendente. Pues bien, Ana y yo, sin decirnos nada, nos pusimos de acuerdo para prestar una especial atencin al segundo de ellos; fue una decisin arbitraria y azarosa que, sin embargo, determin de inmediato tirnicos efectos narrativos en cadena. Fijamos nuestra atencin en ese bulto y la pared y la cascada cobraron vida ante nuestros ojos. A partir de ese momento, mientras la contemplbamos o la leamos desde lejos, la estructura de la ferrata despleg su sintaxis al servicio del punto indiscernible que nuestra mirada haba privilegiado. Y enseguida se despleg el relato: el segundo escalador, el elegido, adquiri personalidad en la insistencia de nuestros ojos y con l tambin, por contagio, los otros cuatro, aunque subordinada y subsidiaria. De repente todos esos cuerpos manchas lentas en la pared rocosa estaban vivos, pero no porque se movieran por sus propios medios sino porque, sin rostro visible ni conocimiento previo, nuestra mirada caprichosa los haba vivificado, ordenndolos en torno a su eje en una relacin jerrquica y personal. Encima de una lnea quebrada nos contaban una historia compleja que Ana y yo seguimos con ansiedad -con qu ansiedad- durante ms de una hora.

El segundo, el de la mochila verde, era nuestro hroe. Lo habamos escogido, como digo, al azar, pero nuestra atencin prolongada convirti ese azar en un destino. Su suerte nos interpelaba, nos comprometa, nos angustiaba no menos que si se tratase de la de nuestro propio hijo. Con el nimo suspendido, lo veamos dudar antes de llegar a la Brincona; con un respingo irreprimible lo veamos tantear el aire alargando un pie ciego; con un alivio feliz lo veamos superar un estrecho alfeizar que nos haba parecido infranqueable. El compaero que lo preceda, el de la mochila amarilla, tampoco nos era indiferente. Lo habamos puesto nosotros ah para ayudar a nuestro hroe; lo queramos, nos importaba y le agradecamos que a veces tendiese una mano o indicase una grieta; pero nos irritaba si no se mostraba lo bastante diligente y hasta lo odibamos si se adelantaba con agilidad dejando atrs a nuestro hroe.

En cuanto a los tres miembros del otro grupo, unos metros por debajo, eran asimismo importantes a su manera. Tambin haban adquirido personalidad, pero por su relacin con el elegido, al que llamaremos precisamente el Elegido. Su posicin rezagada iluminaba el logro superior del hroe, la conquista ya consumada de su esfuerzo y, en general, el trazado y dureza del itinerario. Sin ellos, no habramos sido conscientes del pasado del Elegido; no habra tenido biografa; habra carecido, por as decirlo, de recorrido vital. Sin ellos, adems, la trama hubiese estado incompleta, en el sentido de que habra sido un mero desafo fsico individual y no una pugna psicolgica articulada. El grupo trasero iba a tardar ms, lo estaba haciendo peor, era menos simptico; y si uno de sus miembros se hubiese precipitado al vaco nos habra espantado, claro, pero no nos hubiese asombrado y quizs tampoco dolido.

La suerte del Elegido, en cambio, estaba ligada a la nuestra por una empata total. Durante una hora seguimos su trabajossimo ascenso, tensos, sin aliento, con un sufrimiento creciente, incapaces de alejarnos ni de apartar la vista, casi rezando para que no le pasara nada, unidos a l por un parentesco ntimo e inesperado. Cada vez que resbalaba se nos nublaba la vista; cada vez que renunciaba a un asidero nos oprima el desaliento. Cuando alcanz la cima y lo supimos a salvo, respiramos aliviados. El Elegido haba sobrevivido. No esperamos a que los rezagados llegasen hasta l; eran personajes secundarios y el relato haba concluido. Agotados por el suspense pero mejores y ms felices, dejamos de leer la pared rocosa del Sorrosal, con su sintaxis de hierro, ahora de nuevo silenciosa, y nos marchamos a beber unas caas.

Lo comentamos luego en el bar, casi asustados. Este descubrimiento decisivo y banal es el del poder de la atencin, con sus lmites y sus peligros: una atencin arbitraria y constante digamos puede convertir a un extrao en hijo nuestro; y convertir un desorden de puntos en un relato. Creo que lo que llamamos narratividad consiste bsicamente en esto y, si bien admite muchas variantes, estilos y ritmos diferentes vas ferratas sus lmites, para bien y para mal, son insuperables. Esa insuperabilidad, aventuro, no revela un rasgo cultural, aunque la cultura puede anular o activar su vigencia y manejar distintos carriles; ilumina ms bien un lecho antropolgico comn del que slo podemos librarnos empeorando las cosas. Hollywood y La Ilada beben en l; Cervantes y Joyce recorren una y otra vez sus rales.

Del descubrimiento que Ana y yo, fascinados y aterrorizados, hicimos leyendo la pared del Sorrosal podemos extraer dos lecciones.

La primera, muy bonita, es que cualquiera cualquiera puede importarnos. Basta mirar un objeto fijamente, escriba Flaubert, para que se vuelva interesante. O lo que es lo mismo: basta mirar un objeto fijamente para que se vuelva un sujeto. Cuntas veces no hemos sufrido un ataque de piedad incontenible contemplando largamente un dedal, una caja, un zapato, un rbol, una piedra? La opcin religiosa que llamamos animismo reconoce el poder humano, inscrito en la mirada, de divinizar cualquier cosa, pero slo es posible, en rigor, porque reconoce el poder humano, previo y ms profano, de humanizar, a fuerza de atencin, cualquier objeto o criatura. An ms: reconoce el poder humano, mucho ms realista, de humanizar incluso a un ser humano! A favor de la adopcin en un mundo de hurfanos, conviene recordar que cualquier nio puede ser querido, no importa cmo haya llegado a nuestras vidas, a condicin de posar en l los ojos el tiempo suficiente; y en contra de la indiferencia inscrita en la velocidad rapsdica de las mercancas, conviene recordar que cualquier desconocido e incluso cualquier granuja puede ser querido o al menos salvado de la muerte si lo miramos con un poco de atencin. El odio fulmina con la mirada; el amor edifica, restaura, sostiene, dignifica con los ojos. Los cuentos no mienten: un beso largo puede convertir un sapo y hasta un prncipe! en el Elegido. Pero no slo los besos, tambin las cuchilladas deben ser largas: si matamos a alguien que sea al menos porque lo hemos mirado fijamente, despus de haberlo mirado fijamente, y no como desde un avin, sin verlo, a la ligera, mediante un interruptor y desenfadadamente.

La primera leccin es de poder; la segunda, un poco ms triste, de impotencia: cualquiera puede importarnos, s, pero no todos al mismo tiempo. Uno es cada vez el Elegido. La estructura narrativa de la mirada, constreida por sus lmites anatmicos, salva de uno a uno y en la duracin; necesita concentrarse y prolongarse antes de agotar y cambiar el relato. No podemos mirar largamente ni dar un beso largo a diez personas a la vez, a diez mil personas a la vez, a la humanidad entera; por eso el amor a la humanidad, tan ambicioso e intil, compromete mucho menos que el amor a los hijos o el amor a los enamorados (o incluso a los animales a los que hemos puesto nombre). Ese amor abstracto no tiene sintaxis va ferrata en la que enganchar los cuerpos y no se puede relatar; ni, en consecuencia, vivir. Dos que quieren estar solos all donde hay mucha gente; dos que quieren estar juntos all donde hay mucho espacio, dice el andalus Ibn Hazm de los amantes. Sospecho que el poliamor no es en realidad amor; y que, por las mismas razones, los amigos en las redes no son amigos, hasta el punto de que podran desaparecer o ser reemplazados por otros sin que su nombre daado o su ausencia nos produjera la menor sacudida emocional. La noble, heroica, desesperada tentativa de extender la sedimentacin visual del Elegido al conjunto de mis seguidores de twitter o de la humanidad en su conjunto acaba en el vaco, sin ningn pie en ninguna va ferrata, y slo produce intensidades breves solubles en alcohol: el sentimentalismo, que es lo contrario del amor y que siempre deja resaca.

Pero hay albricias! una tercera leccin, de nuevo positiva y poderosa: cualquiera puede importarnos, pero no todos al mismo tiempo, es verdad, pero s puede importarnos a todos al mismo tiempo. Cualquiera que leyera el Sorrosal habra elaborado el mismo relato a partir del Elegido; a partir de un Elegido. La va ferrata, fuera de nosotros, mundana y pedregosa, objetiva y arbitraria, activa en el espectador una maquinaria humanitaria universal. Ms o menos eso es lo que quera contar Kant en la Crtica del juicio sobre lo que l llamaba esttica: todos podemos ponernos de acuerdo para salvar el mismo cuerpo. Sin ese criterio comn el relato sera slo una prevaricacin salvaje o un indulto desptico.

La atencin narrativa, segn estas tres lecciones, es al mismo tiempo salvfica e injusta. Salva uno por uno los cuerpos, en los lmites universales de nuestra pattica y chapucera anatoma, y por eso mismo deja fuera muchos cuerpos, la mayor parte, o los reconoce y aprecia solo en relacin con el Elegido. Esta jerarqua es, en realidad, lo que llamamos relato y la nica manera de impugnarla es renunciando a l. No es fcil y quizs no es bueno. Es cierto: no todo tiene que ser relato ni atencin constructiva. Conviene, desde luego, seguir pensando adems de narrando; se impone, an ms, elaborar y defender principios abstractos, a modo de balizas en el aire que detengan el contagio arbitrario, azaroso e injusto de los besos largos; pero no conviene hacerse la ilusin de un mundo poblado de abstracciones encarnadas o de abstracciones sin cuerpo. Del mismo modo, conviene defender y alimentar la mirada atenta, porque en su intensidad selectiva se cobija el poder de reconocer, dignificar, valorar y proteger cualquier objeto y, por lo tanto, todos los objetos del mundo; pero no conviene limitar el mbito de las propias lealtades y compromisos al cuerpo del Elegido o de los sucesivos Elegidos de nuestros relatos. El dilema entre principios y relatos no se resuelve suprimiendo uno de los dos polos o los dos al mismo tiempo. De hecho mucho me temo no se resuelve de ningn modo; y es justamente de ese dilema universal, y de su irreductibilidad universal, de lo que se nutren la mayor parte de nuestras narraciones. De eso tratan Antgona, El Quijote, El idiota, El rey Lear, todo Kurosawa, todo Ford, todos los tangos y todos los boleros; y toda la pequea chismorrera cotidiana en la que se ha refugiado, en bares y puertas de colegio, como en una vieja iglesia, la activa, antigua, prevaricadora y benfica moral de los humanos.

La narratividad, en todo caso, se impone all donde hay un cuerpo. Es una negociacin entre cuerpos en pie sobre un terreno pedregoso, como en el caso de esa pared del Sorrosal convertida ante nuestros ojos en la pgina de un libro (o en la letra de una cancin o en la trama de una pelcula). El fin de lo que he llamado el paradigma letrado tiene que ver con el desplazamiento del cuerpo como eje o centro de nuestra experiencia vital y, por lo tanto, con el debilitamiento del poder de la mirada para humanizar los objetos (para convertirlos en sujetos). Nuestros cuerpos han sido extirpados del solar de la percepcin. En su lugar no son los principios los que rellenan el hueco sino el sentimentalismo de las redes con sus resacas rabiosas y sus identidades hepticas. Ni principios abstractos ni atencin narrativa; ni moral ni simpata; ni reflexin ni va ferrata: el bombardeo y el haiku, sas son las nicas armas que tenemos para defendernos de cmo llamarlo los cuentos anti-universales del destropopulismo (o neofascismo).

Lo que aprendimos Ana y yo leyendo la escalada del Sorrosal es que apenas distribuimos los objetos en el espacio, es imposible escapar a la narratividad y sus vas ferratas; es decir, a la atencin injusta y al mismo tiempo salvfica de unos cuerpos detrs de otros y unos cuerpos sobre otros. Como es cosa de cuerpos, de cuerpos supervivientes, de cuerpos resistentes, de cuerpos amenazados, no es extrao dicho sea para acabar que la narratividad atvica se haya refugiado en las clases populares entre el reguetn y el Gran Hermano y la Gran Literatura la protejan con sus letras las mujeres: de Margaret Atwood a Lucia Berlin, de Elena Ferrante a Chimamanda Ngozi Adichie, de Hania Yanagihara a Neli Leyshon, de A.S. Byatt a Ava lafsdottir. Todo lo dems es resaca.

Santiago Alba Rico es filsofo y escritor. Nacido en 1960 en Madrid, vive desde hace cerca de dos dcadas en Tnez, donde ha desarrollado gran parte de su obra. El ltimo de sus libros se titulaSer o no ser (un cuerpo).

@SantiagoAlbaR

Fuente: http://ctxt.es/es/20181121/Firmas/22923/santiago-alba-rico-pared-del-sorrosal-descubriminentoescapar-a-la-anrratividad.htm

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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