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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 07-05-2019

Autocrtica comunicacional y cultural
Geopolitica de todo lo que no hicimos

Fernando Buen Abad Domnguez
Rebelin


Estamos bajo el fuego de (al menos) tres guerras simultneas: una guerra econmica desatada para dar otra vuelta de tuerca contra la clase trabajadora, una guerra territorial para asegurarse el control, metro a metro, contra las movilizaciones y protestas sociales que se multiplican en todo el planeta y una guerra meditica para anestesiarnos y criminalizar las luchas sociales y a sus lderes. Tres fuegos que operan de manera combinada desde las mafias financieras globales, la industria blica y el reeditado plan cndor comunicacional empecinado en silenciar a los pueblos. Todo con la complicidad de gobiernos serviles especialistas en gerenciar los peores designios contra la humanidad. Hay que decirlo con claridad y sin atenuantes.

En particular, pero no aislada, se ha desatado contra el pueblo trabajador, de todo el planeta, una guerra meditica sin clemencia (aunque algunos todava se nieguen a verla). Tal guerra meditica es extensin de la guerra econmica del capitalismo y es inexplicable sin explicarse (histrica y cientficamente) cmo opera el capitalismo en sus fases diversas incluyendo su actual fase imperial. La guerra contra los pueblos no se contenta con poner su bota explotadora en el cuello de los trabajadores, quiere, adems; que se lo agradezcamos; que reconozcamos que eso est bien, que nos hace bien; que le aplaudamos y que heredemos a nuestra prole los valores de la explotacin y la humillacin como si se tratara de un triunfo moral de toda la humanidad. La guerra oligarca contra los pueblos nunca ha sido slo material y concreta ha sido ideolgica y subjetiva. Nada de esto es nuevo, no se anota aqu como descubrimiento ni como verdad revelada, es la condena de clase sobre la que se verifica nuestra existencia. Mayormente en silencio.

Al lado de las consecuencias concretas de la triple guerra, que en cada pas deja huellas especficas, est el problema de entender sus efectos supra, trans e intranacionales. Una parte del poder econmico-poltico de las empresas trasnacionales tiene su identidad verncula desembozada o maquillada por prestanombres de todo tipo. Se trata de una doble articulacin alienante que supera a los poderes nacionales (no tributa, no respeta leyes y no respeta identidades) mientras ofrece respaldo a operaciones locales en las que se inclina la balanza del capital contra el trabajo. As empresas como Shell (energtica) aliada con bancos locales o internacionales, financia frentes mediticos (televisoras, radios, periodistas, prensa) y promueve estrategias de defensa para los estados aliados. Sus aliados. El discurso financiado es un sistema de defensa estratgica transnacional operada desde las centrales imperiales con ayudas vernculas. Mismo modelo imperial con dcadas de aejamiento pero tecnologa actualizada. Es decir, nada de esto es nuevo, lo supimos y los sabemos.

En su fase neoliberal, o neocolonial, el capitalismo imperializado se dispuso a descargar contra la clase trabajadora el peso de la crisis financiera provocada por ellos en el ao 2008. Han instrumentado modelos bancario-financieros de endeudamiento y dependencia monetaria inspirados en la retraccin del papel del Estado para reducir y suspender derechos histricos adquiridos. Y, al mismo tiempo, se multiplican las bases militares con objetivos represores enmascarados bajo todo tipo de disfraces. Y ah, las alianzas de los medios de comunicacin que conforman un plan de discurso nico directamente entregado a camuflar las guerras judiciales, las guerras econmicas y los muchos episodios de represin, tctica y tecnolgicamente, actualizados.

Nuestro presente est teido por una red de emboscadas polticas en las que lo menos importante es fortalecer las democracias, devolverle el habla a los pueblos y garantizar la soberana econmica. Todo lo contrario, reinan por su estulticia los peores ejemplos con las peores prcticas desde Brasil hasta Honduras, desde la deformacin grotesca de instituciones como la OEA hasta desfondar iniciativas nacientes como UNASUR. Quedaron desnudas mil y una tropelas de jueces y tribunales que a contra pelo de toda justicia desatan persecuciones, encarcelamientos y condenas basadas en la nada misma, o dicho de otro modo, basada en cuidar los intereses del gran capital vernculo y trasnacional que funge como su verdadero jefe. Hoy contamos con un repertorio muy completo y complejo de tipologas y secuencias diseadas para la ofensiva triple que aqu se describe.

No obstante, contra todas las dificultades y no pocos pronsticos pesimistas, los pueblos luchan desde frentes muy diversos y en condiciones asimtricas. Con experiencias victoriosas en ms de un sentido es necesaria una revisin autocrtica de urgencia mayor. Intoxicados, hasta en lo que ni imaginamos, vamos con nuestras prcticas comunicacionales repitiendo manas y vicios burgueses a granel. La andanada descomunal de ilusionismo, fetichismo y mercantilismo con que nos zarandea diariamente la ideologa de la clase dominante, nos ha vuelto, a muchos, loros empiristas inconscientes capaces de repetir modelos hegemnicos pensando, incluso convencidos, que somos muy revolucionarios. Salvemos de inmediato a las muy contadas excepciones.

Tan delicado como imitar contenidos es imitar formas. Las formas no son entidades a-sexuadas o inmaculadas, quien lea informacin seria (pero con el estilo de los noticieros mercantiles) deber someter su esquizofrenia al veredicto de algn tratante especializado. Al menos, claro, que lo hiciere con irona intencional y entendible. Quien redacte, hable o acte, incluso sin darse cuenta, como redactan, hablan o actan los referentes mercantiles de los mass media, con el pretexto de que eso si llega, de que as la gente entiende, de que esto vende repite una trampa lgica en la que se corren riesgos de todo tipo, comenzando por legitimar el modo dominante para la produccin de formas expresivas. No quiere decir esto que no se pueda expropiar (consciente y crticamente) el terreno de las formas para ponerlas al servicio de una transformacin cultural y comunicacional pero debe tenerse muy en cuenta, qu realmente es til y por qu no somos capaces de idear formas mejores. Hay que estudiar cada caso minuciosamente y eso es algo que muy poco se hace.

Todava somos vctimas del individualismo y no logramos construir la unidad de clase que nos permita aliar nuestras fuerzas comunicacionales en torno a un programa emancipador. Muchos se sienten genio nico y gur revelador de verdades mesinicas. Uno de los cercos mediticos ms duros de romper est en la certeza soberbia -e individualista- del que se piensa genio comunicacional poderoso. Por eso nos derrotan con toda facilidad mientras las oligarquas se organizan y se reordenan para atacarnos. No es que seamos incapaces de lograr metas magnficas, el problema es que estamos desorganizados y no logramos concretar la direccin que nos haga entender el lugar que tenemos en la batalla comunicacional, unidos.

Todava somos vctimas de la improvisacin empirista. No pocos padecen alergia al estudio y no pocos sufren mareos slo de pensar en planificar racionalmente las tareas que nos tocan. Por eso muchos repiten y repiten errores que no se cometeran con slo abrir las pginas de algn libro medianamente especializado -y serio- o con trabajar en colectivo con las bases. Por eso, no pocos salen a filmar documentales, a grabar programas radiofnicos, salen a escribir reportajes o entrevistas sin saber, siquiera, el nombre de sus interlocutores. Por eso muchos se sienten frustrados por los magros resultados, cuando el problema est en el mtodo y en su praxis.

Todava perdemos horas y das y semanas y meses buscando desesperadamente a quien echarle la culpa de nuestras desgracias. Hay camaradas que se resisten a entender que slo la fuerza organizada de la clase trabajadora podr generar las transformaciones que necesitamos y que de nada sirven las rogativas a las puertas de las burocracias ni de las sectas iluminadas.

Nos equivocamos si creemos que nos las sabemos todas. Nos equivocamos si pensamos que nuestros diagnsticos inventados en noches diletantes son la verdad revelada. Nos equivocamos si no trabajamos en un frente de base al lado de los trabajadores que luchan por emanciparse. Nos equivocamos si creemos que todo se logra saliendo en la tele o siendo famosos. Nos equivocamos si abandonamos la militancia directa en las organizaciones de base. Nos equivocamos si creemos que los medios de comunicacin lo arreglarn todo. Nos equivocamos si creemos que con mensajes ultra-revolucionarios se logra mgicamente el avance de la conciencia. Nos equivocamos, en fin, si nos contentamos con repetir frmulas y especialmente las frmulas que la burguesa ha ideado para someternos y no nos damos cuenta. Es verdad que ellos generan efectos poderosos en nuestra contra pero nada seran si no dominaran, primero, la base econmica y poltica desde donde financian sus mquinas de guerra ideolgica.

Ninguno de nuestros errores podr borrar los aciertos magnficos que siguen siendo orientadores e inspiradores. Pero no olvidemos que la primera de las manas, primera en importancia por su carcter daino, es la carencia casi total de autocrtica y que somos vctimas de una especie de soberbia voluntarista plagada con empirismos de todo tipo. Los hombres han sido siempre, en poltica, vctimas necias del engao ajeno y propio, y lo seguirn siendo mientras no aprendan a descubrir detrs de todas las frases, declaraciones y promesas morales, religiosas, polticas y sociales, los intereses de una u otra clase Lenin.

Esto no es un rquiem. Insistamos. Aunque hoy parece una perogrullada que, a fuerza de repetirse, puede perder sentido, conviene recordar (aunque moleste) que una de nuestras grandes debilidades y fallas, se expresa en la incapacidad para transmitir nuestras ideas y acciones. Especialmente las ideas y las acciones de los frentes sociales y sus luchas emancipadoras. Queden salvadas las excepciones honrosas.

Transferimos al aparato empresarial blico, bancario y meditico -sin frenos y sin auditorias- sumas ingentes. Hicimos leyes que no cumplimos, adquirimos tecnologa sin soberana, no consolidamos nuestras escuelas de cuadros, no creamos una corriente internacionalista para una comunicacin emancipadora organizada y apoyada con lo indispensable, no creamos las usinas semiticas para la emancipacin y el ascenso de las conciencias hacia la praxis transformadora, no creamos un bastin tico y moral para el control poltico del discurso meditico y el desarrollos del pensamiento crtico y no es que falten talentos o expertos, nos es que falte dinero ni que falten las necesidades con sus escenarios. Hizo estragos, nuevamente, la crisis de direccin poltica transformadora. Hablamos mucho, hicimos poco. Ni el Informe MacBride (1980) supimos escuchar y usar como se debe.

Se ha convertido en una tara echar la culpa de todos nuestros males a los medios de comunicacin de la clase dominante. Un recurso fcil que por su obviedad parece incontestable y parece reducto inapelable para refugiar a ciertos discursos plaideros. Cuando la culpa (toda la culpa) es de los malos, y nada se explica por los errores que cometemos, tributamos pleitesa a una emboscada que nos tendemos nosotros mismos para quedar encerrados en justificaciones a granel y con pocas esperanzas de superacin concreta.

Nuestra dependencia tecnolgica en materia de comunicacin es pasmosa, gastamos sumas enormes en producir comunicacin generalmente efmera y poco eficiente, nuestras bases tericas estn mayormente infiltradas por las corrientes ideolgicas burguesas que se han adueado de las academias y escuelas de comunicacin, no tenemos escuelas de cuadros especializadas y no logramos desarrollar usinas semnticas capaces de producir contenidos y formas pertinentes y seductoras en la tarea de sumar conciencia y accin transformadora. Con excepcin de las excepciones.

Para colmo, la clase dominante desarrolla permanentemente medios y modos para anestesiarnos sin clemencia. Inventa falsedades alevosas que transitan con impunidad, y sin respuesta, a lo largo y ancho del planeta, siempre con un poder de ubicuidad y de velocidad que nosotros no podemos siquiera medir ni tipificar en tiempo real. Y la inmensa mayora de las veces lo miramos desde nuestras casas (dormitorios incluso) en forma de noticieros, entretenimiento o reality show. Consumismos sus productos, engordamos sus rating y rumiamos nuestra impotencia, hacemos catarsis indignados y enredados en frases hechas mayormente intiles e intrascendentes. Eso es parte de la guerra.

No es que falten iniciativas o buenas voluntades que asumen su papel y emprenden tareas en la lucha comunicacional bien cargadas con intereses muy diversos y (a veces) contradictorios. Algunas son iniciativas que anhelan dar pasos transformadores jalonando a destajo voluntades de todas partes. Otras veces, las menos, surgen tareas comunicacionales desde el corazn de las luchas sociales para especializarse, casi exclusivamente, en s mismas. El panorama es de un archipilago inmenso cargado con buenas ideas pero inconexo. Una muchedumbre de iniciativas sin programa de accin comn. Fuerza debilitada. No nos detendremos en analizar ciertos sectarismos, individualismos, egolatras ni oportunismos que hacen de las suyas de manera desigual y combinada. Con sus debidas excepciones.

Visto as, en lo general, vale decir que ya a nadie le sorprende -ni le ofende- semejante panorama. Nos acostumbramos. Hemos sido ms audaces en el diagnstico que en la accin. Ha sido ms grande la petulancia que la eficacia. Somos campeones del empirismo ciego y le rendimos culto a la palabrera progre antes que a la accin organizada de la clase trabajadora en pie de lucha. Vamos a palos de ciego dando respuestas artesanales a la segunda mega industria de la guerra ideolgica que ms recursos econmicos y tecnolgica mueve en todo el planeta. Nos derrota ms el auto-engao que la fuerza. Pontificamos soluciones sin un programa de lucha, de unidad y consensuando porque, entre otras cosas, creemos que tenemos la razn y no tenemos por qu entablar acuerdos de lucha unificados. Por cierto unidad no es uniformidad.

Claro que hay grandes iniciativas y grandes avances. Claro que contamos con victorias de lo particular a lo general y viceversa. Claro que en nuestras filas hay grandes genios y genialidades individuales y colectivas. Y claro que con eso no nos alcanza en una lucha que adems de su amplitud, duracin y profundidad, crece exponencialmente porque, adems de su carcter alienante, es un gran negocio muy rentable. El negocio de embrutecernos.

No vamos a salir del atolladero haciendo promesas para dejarlas truncas. No tenderemos fuerza comunicacional improvisando siempre mientras aguardamos que las musas nos iluminen. No conseguiremos transmitir nuestras ideas, ni construiremos un plan de lucha conjunto, aislados por nuestros egos ni resignados a la marginalidad. La clave no es imitar las frmulas del xito burgus ni copiar a sus operadores ideolgicos creyendo que, siguiendo las biblias del mrquetin, vamos a ser exitosos progres. Necesitamos organizar una lucha comunicacional y cultural que no repita los errores ni las taras ms comunes y necesitamos romper todo cerco entre nosotros mismos comenzando por poner en agenda, y acompaar sistemticamente, las luchas del pueblo trabajador. Necesitamos que nuestra agenda prioritaria en comunicacin no seamos nosotros mismos sino las luchas transformadoras de la clase trabajadora y de su mano. Hombro con hombro. No adelante, no encima. Estamos a tiempo.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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