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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 02-07-2019

Carola Rackete y la defensa de la tradicin

Santiago Alba Rico
Ctxt

Salvini y Fusaro arremeten contra esta joven valiente que ha reunido en un solo gesto todo aquello que los conservadores queremos proteger: la opcin preferencial por los otros


Acabo de descubrir maravillado que Ivan Illich, el filsofo itinerante muerto en 2002, conocido en los aos 70 por su radicales crticas a la cultura del automvil y a la institucin mdica, fue sobre todo un riguroso historiador y un brillante telogo heterodoxo. Sus posiciones beligerantes frente al capitalismo no se entienden, en efecto, al margen de su pensamiento teolgico y ms concretamente de su interpretacin de la parbola del buen samaritano (Lucas, 10, 25-37), una historia que, seamos cristianos o no, forma parte de nuestro arsenal rutinario de buenos ejemplos moralizantes. Conocemos el relato: un hombre es robado, golpeado y abandonado medio muerto en una zanja. Pasa primero un sacerdote, luego un levita y ni uno ni otro se detienen a socorrerlo. Por fin pasa un samaritano una especie de gitano o de palestino de la poca y, contra toda lgica, se compadece del herido y acude en su auxilio.

Pues bien, hay dos cosas que a Ivan Illich no le gustan de la interpretacin tradicional de esta historia. La primera tiene que ver con la tendencia a censurar a los dos viandantes indiferentes; o, mejor dicho, con el olvido del marco de recepcin original de la historia. Los oyentes de Jess dice Illich no se escandalizaban ante la actitud del sacerdote y el levita, que cumplan con las reglas de solidaridad propias de su pertenencia sectaria y tribal; se escandalizaban ms bien con el gesto incoherente, inesperado y, si se quiere, socialmente subversivo del buen samaritano: un apestado que presta ayuda a alguien que no es de su familia!

La segunda objecin de Illich a la interpretacin moral de la parbola atae a su relacin con el deber o con los principios. La historia dice no propone una regla de conducta o un ejemplo de cumplimiento de una obligacin tica. Jess, afirma Illich, no estaba respondiendo a la pregunta cmo debemos comportarnos con nuestro prjimo? sino a esta otra mucho ms decisiva: quin es mi prjimo?. Y la respuesta es: cualquiera que yo decida, con independencia de que forme parte o no de mi mismo grupo o etnia. Para Illich esta libertad arbitraria de atender a la llamada de un extrao tiene dos implicaciones. La primera es que este deber ni deriva de ni solicita una norma. Tiene un telos, dice el telogo, va dirigido a un alguien, a algn cuerpo (some body). La segunda implicacin, ahora trgica, es que con la creacin de este nuevo tipo de existencia se abre tambin la posibilidad de su negacin o rechazo. Esto es a lo que Illich llama pecado: la infidelidad a este telos concreto de creacin amorosa.

Esta fractura de amor pone fin, digamos, al antiguo rgimen y sita al ser humano siempre en la versin de Illich en el umbral nuevo de un verdadero mal, y ello precisamente porque por primera vez la humanidad ha vislumbrado, y tocado con las manos, el verdadero bien: lo peor es insiste Illich la corrupcin de lo mejor. Un sacerdote judo o un levita de hace 2000 aos o un griego de hace 2.500 podan ignorar la llamada de un cuerpo concreto sin violar con ello el mandato de su tribu y sin incurrir, por tanto, en pecado. Tras el mensaje de Cristo mantenerse atado a ese mandato, mientras el prjimo concreto nos llama desde una zanja, es el absoluto mal. Ms grave an: mantenerse atado a una norma cualquiera, incluso a un principio de intervencin moral universal, anticipa el comienzo del mal, pues cualquier norma es ya una infidelidad amorosa a esa libertad de responder a la invitacin de ver el rostro de Cristo en todo aquel a quien yo elijo. Cuando la Iglesia sustituye esta libre eleccin individual por instituciones de caridad que prestan servicios impersonales a los necesitados que por eso mismo se vuelven necesitados los cristianos se olvidan de reservar un lecho y una racin de pan en sus casas para la visita nocturna de un desconocido. Y desaparece as, apenas en embrin, la sociedad cristiana. Y aparece as, ya en embrin, la sociedad capitalista. Eso dice resumo Ivan Illich.

No es que Illich no comprenda el impulso de la institucionalizacin de los cuidados, pero ve en su hechura un riesgo casi inevitable de perversin asociada al distanciamiento creciente, burocrtico y tecnolgico, de los cuerpos vivos y concretos. Anarquista a la manera de Simone Weil, muy atento al proceso histrico en virtud del cual el amor de entrada se instrumentaliza y luego se sistematiza, Illich sostiene que la condicin de todo este mal es la irrupcin del bien; y que no hubiera podido ponerse el universo en manos de los hombres, donde corre peligro, si no lo hubiramos puesto previamente en las manos de Dios. Primero se lo dimos a Dios en un acto que para Illich abre ese doble umbral de telos amoroso y de pecado mortal, luego se lo quitamos para drselo a los Hombres. Y ahora? Ahora, aado yo, se lo hemos quitado a los Hombres, pero para drselo a quin? A esta pregunta no podr ya responder el telogo croata, aunque sus reflexiones, antes de morir, sobre la transicin de la herramienta al sistema (que le plagi sin saberlo en algunos de mis libros) apuntan en una direccin apocalptica.

Me quedo, en todo caso, con su interpretacin del gesto escandaloso del samaritano: con esta libertad radical de elegir a mi prjimo con independencia de mis filiaciones familiares y de mis afiliaciones tnicas y culturales. Para Illich esa es la verdadera novedad del cristianismo de Jess, que convierte cada cuerpo en un cualquiera concreto que interpela mi propio cuerpo. Es muy bonito y creo que en parte tiene razn. Ese gesto inesperado del buen samaritano (y en todas partes puede haber uno, ateo, budista, judo o musulmn) abre en la historia una va posible contra las solidaridades tribales y sus agnosias selectivas. Hay otra va, sin embargo, que Illich prefiere soslayar. La abri cuatro siglos antes Scrates en plena guerra del Peloponeso, durante una de esas asambleas en las que los atenienses decidan democrticamente qu era lo ms til o conveniente (symphero) para su propia polis, si matar y esclavizar a los enemigos vencidos o perdonarles la vida. En torno a los cautivos de Mitilene (427 a. de C.), por ejemplo, Cleon y Diodoto discutirn de manera ardiente y pedirn el voto de los ciudadanos respectivamente en favor del castigo y de la clemencia apelando ambos al concepto de utilidad (la piedad eleo es, dice Clen, el mayor peligro para un imperio, casi tanto como las largas deliberaciones). Pues bien, en una de esas asambleas Scrates, viejo hoplita cansado, levanta la mano y genera un escndalo muy parecido al del buen samaritano con una declaracin inesperada que abre de pronto una ventana a otro mundo: no se trata de saber dice qu es ms conveniente para los atenienses sino ms justo (dikaion) para los humanos. Carlos Fernndez Liria ha explicado del modo ms brillante esta brecha histrica abierta por el hachazo de Scrates a la espera del hachazo del amor de Jess en el momento en que el filsofo reclama en voz alta la necesidad de tratarse a uno mismo al margen del propio grupo tribal, la propia familia y la propia etnia; en el momento en que expone la posibilidad de pensar en los otros como si no hubiera caracteres ni razas ni naciones; en el momento en que seala la superior utilidad de actuar como si ni nosotros ni ellos furamos griegos o romanos o judos o gallegos. Nadie puede tener la menor duda de que la condena a muerte de Scrates es la consecuencia directa de esta escandalosa pretensin.

As que la va del amor y la de los principios convergen en el mismo horizonte: el de cualquiera. Cualquiera puede ser mi prjimo, dice el amor, a condicin de que se responda a su llamada. Cualquiera puede ser juez, dice la justicia, a condicin de no escuchar la voz de los compatriotas. El cualquiera amoroso es libre porque podra libremente pecar contra esa llamada. El cualquiera socrtico es libre porque elige libremente renunciar a la propia felicidad. Estas dos vas (la piedad, eleo, y la justicia, dik), a veces paralelas e incluso pugnaces, han luchado durante siglos contra los tiranos y sus pre-juicios y estn en el origen digmoslo tajantemente de todos los progresos humanos, homeopticos y vacilantes, que ha incorporado Europa, en los ltimos 2.500 aos, a su Derecho y a su sensibilidad. Nuestro sentido comn contiene, entre otros sedimentos y gangas, restos de los dos impulsos; de otra manera todo avance democrtico quedara inhabilitado para siempre. La va del amor va de Jess a San Francisco a John Brown a Simone Weil; a todos esos desconocidos no judos que, empujados por la moral de simpata (Todorov), se subieron a los trenes de la muerte, asumiendo como una ley fsica el destino de los campos de concentracin. La va de los principios va de Scrates a Kant a Dietrich Bonhoeffer a Luther King; a todos esos desconocidos que han defendido sus principios al margen de las consecuencias y sin prevaricar a partir de los rostros concretos, bellos o menos, de los agraviados.

Las dos vas son peligrosas, es verdad, porque estn siempre a punto de pervertirse en un mundo dominado por la lucha de clases, las identidades tnicas y el consumismo soltero. El amor, como dice Illich, cristaliza en la institucin de la Iglesia, que desde el siglo IV criminaliza, persigue y trata de eliminar el pecado de la infidelidad. Esa es la paradoja que otro telogo anticapitalista, Franz Hinkelammert, ha llamado la no sacrificialidad antisacrificial del cristianismo: no slo los cuidados se vuelven impersonales y desencarnados sino que, adems, ahora est permitido matar a los que no aman. La obra de la conquista de Amrica, no lo olvidemos, se hizo en nombre del amor de Cristo.

En cuanto a los principios, Onfray ha podido relacionar a Kant con Eichmann; y el pensamiento decolonial ve a menudo toda la barbarie colonialista occidental, con sus millones de muertos, como una prolongacin natural de Scrates y su bsqueda de justicia abstracta. No hay ninguna manera, a mi juicio, de convertir el precepto socrtico y kantiano por excelencia (el de ver en cada humano concreto un fin y no un medio) en fuente de matanzas y tiranas sin traicionarlo; pero es cierto que la institucionalizacin de los principios, como la del amor, en un contexto de capitalismo desenfrenado, se traduce en la posibilidad de adherir cualquier palabra a cualquier significado. Lo he dicho muchas veces: lo que prueba la victoria de Scrates en el sentido comn de todos, incluso de los criminales, es que las guerras ms abyectas se hacen en nombre de la justicia y de la humanidad.

En definitiva, la piedad, eleo, y la justicia, dik, han luchado durante siglos para establecer en el mundo un poco de derecho. A veces se ha hecho mal y a veces muy mal. Hoy, en una situacin de crisis en la que no somos capaces ya de responder a las tres preguntas en torno a las cuales se han organizado siempre las luchas colectivas (qu significan las palabras? quin tiene el poder? cunto tiempo nos queda?) ni Eleo ni Dik tienen buena prensa. El amor es vano e impotente (buenista, se dice); los principios aristocrticos o cnicos. As que acudimos a una tercera va que en realidad es la primera: no vamos sino que volvemos; volvemos es decir a un mundo pre-socrtico y pre-cristiano en el que lo normal y comprensible es rechazar o temer a los heridos desconocidos (pero todos los heridos cuidado tarde o temprano se convierten en desconocidos!); y en el que lo natural y lo sensato es que la verdad la digan los griegos o los judos o los gallegos. Los oyentes de Jess, nos dice Illich, se identificaban con el sacerdote y el levita que pasaron de largo; y para sus adentros maldecan sin duda al samaritano: pero t por qu coo te metes a salvar a un desconocido?. Los oyentes de Scrates, por su parte, se identificaban con Cleon y Diodoto, que discutan sobre la conveniencia o no de matar a mucha gente, y tambin maldecan, para sus adentros y para sus afueras, al filsofo: pero por qu coo no te ocupas de tu gente?. Era el sentido comn de la poca! Como no se me ocurre otra manera de nombrar hoy a ese regreso, con muchas dudas sobre el uso (no sobre el fenmeno) lo llamar fascismo.

En los ltimos aos se han dirigido a la izquierda algunas crticas muy bien fundadas, tanto a su elitismo obrerista como a su elitismo cosmopolita. Yo mismo vengo defendiendo desde hace aos, frente a ese doble elitismo, un conservadurismo antropolgico orientado sobre todo a salvar los vnculos el cara a cara del amor, segn Illich del naufragio del capitalismo soltero. En esta tarea he ledo, entre otros, con inters polemista, a Michea, a Benoist, a Fusaro, a los que no hay que meter en un mismo saco, salvo porque los tres reprochan con dureza a la izquierda este abandono de la decencia o sentido comn, que han entregado a la derecha. Estoy completamente de acuerdo en esta denuncia, a condicin de aadir enseguida una objecin selectiva. El problema es que Benoist y, sobre todo, Fusaro reducen esa decencia comn al malestar de los oyentes enfadados de Jess y de Scrates, a su irritacin justamente reaccionaria, a la defensa de las palabras antiguas (cuando an conocamos su significado), a la solidaridad tnica e identitaria, olvidando que Eleo y Dik forman tambin parte de nuestra tradicin; forman tambin parte de nuestra identidad europea. El problema, sin duda, es que la izquierda ha abandonado a la gente comn; pero el problema mayor es que la ha abandonado en manos de la derecha, que desprecia el amor a los desconocidos como buenista y la fidelidad a los principios como cosmopolita. Pero el amor a los desconocidos es civilizacin; y la fidelidad a los principios es Derecho.

La civilizacin y el derecho forman parte tambin, s, de esa tradicin, alojada en la decencia comn de nuestros antepasados, que hay que conservar. Contra el elitismo obrerista, contra el elitismo cosmopolita, pero tambin contra el elitismo anti-lites de los intelectuales anti-izquierdistas, la izquierda debe encontrar ese lugar del pueblo donde se renen el amor segn Illich, los principios de Scrates y el sentido comn general europeo. No existe ese lugar? Existe. Es un barco que se llama Sea Watch 3. Existe. Lo representa una persona concreta de nombre Carola Rackete, capitana del barco, quien hace unos das declar: He podido frecuentar tres universidades, soy blanca, alemana, nacida en un pas rico y con el pasaporte adecuado. Cuando me di cuenta sent una necesidad moral: ayudar a quien no tena las mismas oportunidades. No se me ocurre mejor manera de definir a una persona conservadora; ni de justificar mejor una decisin difcil en nombre de una tradicin. Es el viejo amor segn Illich: Rackete eligi libremente sus prjimos en el rostro de cuarenta nufragos desconocidos, al margen de sus respectivas tribus y culturas. Es tambin la tica segn Scrates: decidi libremente aplicar el principio de que siempre es preferible sufrir una injusticia que cometerla.

No nos confundamos: esto es una guerra de tradiciones y de conservadurismos; y la disputa de un sentido comn en estado de guerra civil. No se puede abandonar el sentido comn en manos de la ultraderecha porque la ultraderecha escoger siempre, junto a bastidores tangibles compartidos, los peores materiales de desecho. Salvini, que exhibe sin cesar su superioridad europea y que no deja de reivindicar la raz judeo-cristiana de Europa, desprecia a Jess y a Scrates, los dos pilares de nuestra cultura. Lo mismo el provocativo Diego Fusaro, autor de algunos brillantes batiburrillos, cuya indecencia incomn ha llegado al extremo de justificar la detencin de la capitana del Sea Watch con este tuit que copio a continuacin y que era el mvil, en realidad, de esta larga reflexin: Generacin Erasmus, rasta en el pelo, odio al pueblo, nihilismo hedonista, neoprogresismo liberal, fucsia y arcoiris. Una juventud sin esperanza. Cualquier palabra, en efecto, se puede asociar a cualquier significado; esto s es postmodernidad neoliberal. Nihilismo hedonista! Ningn pueblo viejo y honrado permitira que se dijera eso de sus hroes y de sus santos! En defensa de los fariseos y los levitas, de Cleon y Diodoto, contra el papa Francisco y la Europa democrtica, Salvini y Fusaro el mamporrero y el intelectual arremeten contra esta joven europea valiente que ha reunido en un solo gesto todo aquello que los conservadores como yo queremos proteger: la opcin preferencial por los otros, la defensa de los principios trabajosamente establecidos en nuestros marcos de Derecho, una tradicin de 2.500 aos que hoy vuelve a estar amenazada por los pre-cristianos y los pre-socrticos. No podemos entregar no el sentido comn general a estos canallas.

Fuente: http://ctxt.es/es/20190626/Firmas/27029/Santiago-Alba-Rico-Carola-Rackete-Ivan-Illich-defensa-tradicion-buen-samaritano.htm

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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