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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 12-07-2019

El derecho a tener sombra

Isidoro Moreno
Rebelin


De siempre, las ciudades y pueblos mediterrneos se han protegido del sol. No ha sido necesario experimentar los efectos del actual cambio climtico, originado por la insaciable voracidad del capitalismo en este nuestro tiempo, para que sus habitantes procuraran contrarrestar lo ms posible el calor que, en muchos lugares durante seis o siete meses, se presenta inmisericorde. As surgi un urbanismo con calles estrechas y sinuosas, casi nunca totalmente rectas para que el sol no combata de plano. As, tambin, surgi una arquitectura verncula adaptada a las condiciones del clima: casas con anchos muros, aislantes, y no demasiados vanos, para defenderse en lo posible de la temperatura exterior, y patios, patinillos o pequeos corrales interiores. En el caso de las familias de clase adinerada, con patios con fuente y toldos durante el verano: las famosas velas, en terminologa marinera, de las casas bien sevillanas, con planta alta para vivir en invierno y baja para el esto. Y con patinillos llenos de macetas de barro o latas recicladas, siempre verdes, y suelo regado al caer la tarde en los corrales de vecinos y en las viviendas modestas de las clases trabajadoras. Y para la calle, y para los trabajos y otras actividades al aire libre (incluido el paseo), sombreros de paja con pauelos en la cabeza para las mujeres jornaleras, gorras o gorrillas para los obreros, mascotas para los pequeos burgueses y sombreros ms sofisticados para hombres y mujeres de la alta burguesa. Todos saban que del sol padre y tirano, como lo llamara el andalucista Jos Andrs Vzquez en 1905- haba que protegerse. Y cada quin lo haca a tenor de sus posibilidades y de los recursos que estaban a su alcance.

La expansin de las ciudades y pueblos, sobre todo durante el siglo XX, fuera de los antiguos recintos amurallados y centros tradicionales, y los ensanches interiores, dieron lugar a otro urbanismo de calles y avenidas rectas y anchas (o relativamente anchas) pero, al menos en la primera mitad del siglo, la mayora de los edificios se siguieron haciendo con elementos y lgicas tradicionales, adaptados al clima y al entorno. Fue en esas nuevas calles, y en las plazas resultado de los derribos en los centros histricos, donde se puso de manifiesto la necesidad de arboledas y de zonas verdes, hasta esos momentos reducidos a lugares muy concretos de las ciudades en Sevilla, por ejemplo, el que fuera famoso, y nico durante siglos, paseo de la Alameda de Hrcules, sobre una laguna disecada- y a los jardines interiores de los palacios aristocrticos. Los rboles contribuyeron a paliar la acentuacin de los efectos sobre los habitantes de los cambios en el urbanismo y las formas constructivas y a hacer las ciudades razonablemente habitables. Tambin surgieron, en las zonas comerciales, sobre todo peatonales, de algunos cascos histricos, toldos para dar sombra y bajar la temperatura de las calles durante las largas horas de sol, hacindolas ms gratas. Y en algunos nuevos barrios se tradujo el modelo de casas-chalet con pequeo jardn exterior, ms o menos grande segn la categora social de los que haban de ser sus moradores.

Este modelo, digamos de transicin, que puede aun ser detectado y que se encuentra hoy seriamente amenazado-, quebr a partir del desarrollismo franquista con la construccin de barriadas de bloques de cuatro, cinco o ms plantas para familias de clases trabajadoras expulsadas de sus barrios tradicionales por la especulacin (que provoc la ruina de sus viviendas) y aquellas procedentes de la inmigracin desde zonas rurales. Y tambin se construyeron, claramente separadas de estas, barriadas para familias burguesas que optaron por vivir en un piso moderno en lugar de seguir hacindolo en viviendas tradicionales de los centros histricos, difciles de mantener. Con pocas excepciones, estas nuevas barriadas de bloques unas y otras- se crearon sin tener prcticamente en cuenta las caractersticas del clima, ni la sabidura tradicional en cuanto a los elementos y formas constructivas. El desprecio a lo autctono y la repeticin de un mismo modelo urbanstico y de viviendas en todos los lugares, sin tener en cuenta el entorno, se convirti en norma general.

Todo lo anterior ha llevado a que los veranos sean cada ms largos en sus efectos y las zonas de sombra cada vez ms imprescindibles. Sombras en las calles y no solo en lugares puntuales (parques) adonde haya que ir expresamente a buscarlas en el tiempo de ocio. Sombras para la cotidianidad, desde el momento de salir de casa. Pasillos y pasajes de sombra que, en la gran mayora de los casos, solo pueden dar rboles frondosos, cercanos unos a otros, cuidados adecuadamente y no tratados como simples adornos (como tales, prescindibles) o como un elemento ms del mobiliario urbano. Es paradjico en realidad un insulto a la inteligencia o simplemente hipocresa- que a la vez que se pretende, muy adecuadamente, que utilicemos menos el coche privado y caminemos, y que utilicemos el transporte pblico para distancias mayores, la mayor parte de nuestras calles sean gravemente deficitarias en sombra y que en muchas paradas de autobuses corramos el riesgo de sufrir una insolacin. Y no es aceptable que, si, pese a estos inconvenientes, optamos por desplazarnos andando lo que es excelente para la salud y contribuye a que descienda la contaminacin- tengamos que sufrir bocanadas de aire trrido procedente de los aparatos de aire acondicionado de las viviendas y comercios o se nos empaen las gafas con el agua que nos cae de los microclimas que intentan crear algunos bares y restaurantes para que la gente se siente a consumir en sus veladores al aire libre en horas de fuerte calor.

No es aventurado, ni demaggico, afirmar que nuestros ayuntamientos no tienen entre sus prioridades hacer las ciudades ms habitables y saludables, menos contaminadas y ms bellas, forestndolas tal como sera necesario. Forestar el espacio pblico debera ser un objetivo prioritario en las polticas municipales, dada la deriva del clima hacia la elevacin de la temperatura media y las cada vez ms frecuentes olas de calor. Pero sucede lo contrario. Parece que el rbol fuera el enemigo. Por qu? Sera fcil pensar que la mayora de nuestros polticos van casi siempre en coche oficial con aire acondicionado (y con libre circulacin incluso por calles que dicen estn peatonalizadas) y no les afecta el rigor de los calores y las calores que hemos de soportar los [email protected] de a pie. Que, para ellos, los rboles son, a lo ms, elementos del mobiliario urbano y como tal son tratados: se pueden podar salvajemente o talar (ahora lo llaman apear) cuando apetece o estorban.

Parece que se est activando la sensibilidad ciudadana sobre el tema. Esto es algo que es necesario apoyar decididamente como parte importante de la accin municipalista. Exigiendo que se abran alcorques en todas las aceras enlosadas de las calles o trozos de calles que no los tienen y podran perfectamente tenerlos. Quitando los tocones y reponiendo los rboles en aquellos alcorques en los que estos dejaron de existir (y han sido, en no pocas ocasiones, tapados con cemento para poner veladores). Forzando a que se acte con profesionalidad en el mantenimiento de la arboleda, sin actuaciones agresivas y, a veces, fuera de la poca del ao adecuada. Denunciando la palabrera hueca y las mentiras de alcaldes y concejales que dicen trabajar para las personas y no protegen a estas con las sombras necesarias para garantizar su salud y la habitabilidad de sus ciudades y pueblos. Es, por ejemplo, una burla que un ayuntamiento como el de Sevilla, que por sus mritos se ha ganado el calificativo de arboricida en las sucesivas alcaldas de Monteseirn (PSOE), Zoido (PP) y Espadas (PSOE) pretenda aspirar a la distincin de capital verde de Europa. Mucho hubiera tenido (y tiene) que forestar y reforestar antes de que podamos tomar en serio semejante ocurrencia.

Aunque sea para evitar que cunda la alarma en el sector turstico (el nico que parece merecer atencin en quienes tienen cargos municipales), porque algunos de nuestros visitantes tengan graves problemas de salud por insolaciones o golpes de calor, tomen en serio nuestros polticos este tema. Hagan habitables nuestras ciudades. A la vez que dicten ordenanzas para bajar la contaminacin de los vehculos a motor, planten rboles, muchos rboles, del porte adecuado y a la distancia (corta) precisa para garantizar la continuidad de la sombra. Y cudenlos como lo que son: seres vivos que no solo descontaminan sino que hacen posible la vida en la calle en nuestras ciudades mediterrneas. Alegrando, adems, nuestra vista e incluso, a veces, nuestro olfato. Multiplicarlos, y protegerlos, no es solo proteger nuestra salud sino tambin nuestra forma de vida, nuestra cultura.

Isidoro Moreno. Catedrtico emrito de Antropologa. Miembro de la asociacin Asamblea de Andaluca

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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