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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 22-10-2019

A un metro de la insurreccin

Gabriel Morales
Carcaj


Las ruinas no nos dan miedo. Sabemos que no vamos a heredar nada ms que ruinas, porque la burguesa tratar de arruinar el mundo en la ltima fase de su historia. Pero -le repito- a nosotros no nos dan miedo las ruinas, porque llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones. Ese mundo est creciendo en este instante (Buenaventura Durruti)

El capitalismo ha dejado caer su mscara democrtica. El paraso neoliberal chileno se desgarra y saca sus garras ante la revuelta popular, que viene desde los subterrneos del Metro de Santiago, sali a la superficie y se expandi arrasndolo todo. Son los estallidos de la insubordinacin popular que ha venido gestndose desde hace aos de forma subterrnea, alimentada en el diario descontento, haciendo eco de la reciente revuelta ecuatoriana, y encontrando hace tan solo unos das atrs su propia chispa en el alza de los pasajes del Metro. 

Fueron solo 30 pesos de aumento, pero es la violencia del sistema entero, con toda su injusticia y desigualdad, lo que est representado en el alza. No es por 30 pesos, es por 30 aos, dicen las pancartas.

Y quines podan haber iniciado esta revuelta sino lxs estudiantes, que han sido precisamente los sujetos ms criminalizados en estos ltimos meses? En junio el Gobierno haba mandado a militarizar los liceos, y los estudiantes salieron ahora a las estaciones del Metro y centraron sus acciones en la repentina alza de los pasajes. Mediante una efectiva accin directa y colectiva, saltando o pasando por debajo de los torniquetes del Metro, lxs estudiantes abrieron las puertas de la rebelda e invitaron al resto de la gente a pasar sin pagar, a esos casi tres millones de esclavos convertidos en usuarios que viven buena parte de sus vidas hacinados en los tneles subterrneos de la ciudad, y endeudndose por eso. Cmo no hacer caso al llamado a evadir?

Evadir, no pagar, otra forma de luchar! fue una de las consignas que acompaaron las evasiones masivas, descubriendo lo que en el fondo ya intuamos: que en cada carga de la Bip le inyectbamos plata a gran parte del circuito capitalista cuyos edificios arden esta noche, como los bancos y AFP.

Esto sucede porque el sistema del Metro est intensamente interconectado, pero no slo con la superficie vial y el sistema de transporte superficial, sino tambin con la red financiera que vehicula gran parte de los capitales pblicos y privados hacia las fortunas de las pocas familias dueas de Chile y de nuestras vidas; los dueos de las empresas para las cuales trabajamos, las cadenas que fabrican los productos que consumimos y los mismos supermercados que nos los venden, los medios de comunicacin que ocupamos, los equipos de ftbol que seguimos, las universidades donde elegimos estudiar y las AFP que nos roban gran parte de nuestros sueldos. Cmo no evadir, entonces, cmo no destruir los validadores, las estaciones? Esa es la pregunta que ya no nos dejar de asaltar jams.

La accin colectiva ha demostrado su eficacia y su potencia. Consigui rpidamente interrumpir el flujo continuo del transporte pblico hasta lograr su paralizacin total, sin banderas ni consignas partidistas. Frente a esto, la represin policial ha sido desde un comienzo desmedida: hemos visto repetidamente durante la semana a los pacos pegndole lumazos a lxs estudiantes, disparando balines a los cuerpos de lxs manifestantes, y tirando bombas lacrimgenas directamente a los rostros de nuestrxs compaerxs, sin importarles la presencia de nixs o ancianxs.

La protesta no tard en emerger a la superficie, a las calles, para interrumpir el orden de la ciudad y traer a la luz consigo todos los casos de abusos sistemticos que antes nos parecan aislados -las miserables pensiones, los aumentos en las cuentas de luz e implementacin de medidores inteligentes, el robo del agua, la discusin por la reduccin de la jornada laboral y la flexibilizacin del trabajo, el progresivo aumento de los arriendos, etc.-.

Mientras tanto, la prensa oficial slo muestra el caos y difunde una sensacin de pnico generalizado. Se repiten imgenes de los supermercados, farmacias, buses y estaciones del Metro en llamas, sin mostrar los mltiples videos de los enormes abusos policiales cometidos. Pero el pueblo, cansado de la opresin, de la represin y la injusticia, est librando una lucha ya no contra el alza, sino contra todo lo que significa la precarizacin de las vidas, y est consiguiendo abrir una herida en el centro del sistema de la cual difcilmente ste podr recuperarse. La normalidad se encuentra felizmente quebrada.

Felizmente, digo, porque lo que nos pareca ms grave hasta ahora no era solo que este mundo se estuviera cayendo a pedazos, que las deudas nos acogotaran todos los meses para tratar de satisfacer nuestras necesidades bsicas, o que hasta la comunidad cientfica estuviese de acuerdo en que el planeta ser inhabitable en tres dcadas, mientras el extractivismo no descansa un segundo. Lo que nos pareca en verdad ms grave era que, ante toda la evidencia del desastre, pudisemos seguir viviendo nuestras vidas como si nada ocurriese: yendo, como siempre, de nuestra casa al trabajo, al liceo, universidad o instituto, y de vuelta a la casa otra vez como si nada. Despus de los ltimos das ya no podremos decir lo mismo. Algo se ha removido en nosotrxs. Y todxs quienes albergamos un mundo nuevo en el corazn sentimos que algo ha comenzado a agitarse.

La ministra secretaria general de Gobierno llam ayer a normalizar la ciudad, pero la ciudad se ha transformado hace rato en un campo de batalla, y ha sido bloqueada por el pueblo en sus principales canales de transporte y comunicacin. Los flujos normales han sido completamente paralizados. El llamado del Gobierno es a recuperar lo antes posible la normalidad, limpiar las calles, asegurar las tiendas, rehabilitar los semforos y reestablecer la normal circulacin de trabajadores y mercancas. Pero si de algo podemos estar seguros es de que la normalidad ya no es posible.

Lo nico que ahora existe, en cambio, es la violencia desmedida y desnuda que la normalidad camufla: la brutal represin policial y militar, las balas y bombas lanzadas sobre la gente, los cobardes asesinatos de nuestrxs compaerxs, as como la inmensa brecha entre ricos y pobres, la miseria silenciada, la evasin legal y sin sancin de los dueos de Chile, los derechos sociales privatizados desde la dictadura.

Desde el viernes la red del Metro se encuentra destruida. Ayer, Vecinxs de muchas comunas de la ciudad comenzaron a ocupar las plazas, saliendo a reunirse en medio del enorme despliegue policial, solo para manifestarse y compartir su descontento. Se levantaron barricadas en la mayora de las comunas de Santiago, en la mayora de las ciudades de Chile.

Ayer 19 de octubre se ha decretado Estado de Emergencia, un arma del gobierno empresarial para tratar de silenciar el permanente estado de emergencia en el que vivimos. Piera llama al dilogo, mientras declara Estado de Emergencia y llama a los militares a las calles. Qu tipo de dilogo es posible en esas circunstancias? Al menos ninguno que nos favorezca.

Salen los pacos y milicos, los verdaderos delincuentes que han robado miles de millones de pesos, a reestablecer el orden pblico. La razn dictatorial est desnuda en el centro de la querida democracia. Luego, en la tarde, el general Javier Iturriaga decreta toque de queda (que no haba sido implementado desde 1987). En la noche, la locomocin sigue paralizada y la gente contina en las calles. En un gesto de hospitalidad, lxs compaerxs por todas partes ofrecen sus casas para alojar a quienes lo necesiten.

Miles de personas en todo el pas decidimos no retroceder, no volvernos a nuestras casas, y preferimos quedarnos en la calle bailando, caceroleando, gritando, haciendo bulla, resistiendo a las balas y gases lacrimgenos. Los milicos pasean armados por las calles, golpendonos y disparndonos, paseando con sus tanques, helicpteros, fusiles y todo el aparataje que poseen para defender los privilegios de la oligarqua.

Se pensaba que la presencia de los militares en las calles el da de ayer iba a tener un efecto disuasivo en el pueblo. Crean que nos bamos a retirar a nuestras casas en silencio, pero no: ver a los milicos en nuestros barrios ha reactivado el dolor de nuestra memoria histrica. As que desafiamos el toque de queda, protestamos y nos rebelamos contra la militarizacin de los espacios pblicos. Resistimos a la verdadera violencia ejercida en nuestros territorios.

El Gobierno, en tanto, responde igual que siempre, reprimiendo a la vez que evadiendo el problema, reduciendo las protestas a un asunto de seguridad pblica, acusndonos a lxs manifestantes de ser delincuentes. Pero precisamente ese, que era uno de los significantes que haba triunfado en Chile en las ltimas dcadas, ahora se encuentra vaco y ha cado en el descrdito. Y la gran cantidad de casos de corrupcin de las altas esferas del poder -Soquimich, Penta, Pacogate, milicogate, etc.- ha acelerado esa cada. Qu sentido tiene tratar de delincuente a alguien que rompe un sensor bip, mientras los grandes delincuentes siguen evadiendo millonarios impuestos, sobornando jueces y quedando libres de condena? Qu sentido tiene criminalizar la evasin mientras el presidente es el campen nacional de la evasin fiscal y del no pago de contribuciones?

Durante estos das de intensas movilizaciones, el poder no ha hecho ms que intentar por todos los medios criminalizar el comportamiento de los manifestantes, pero la lgica de la revuelta es ciega para el poder; no tiene rostro, no tiene lder, ni bandera, ni partido. La insurreccin popular esta vez no tiene planificacin global, sino que responde a una multitud de acciones espontneas, desplegndose y coordinndose en la accin. Y ahora tenemos a nuestro favor, adems de diversas experiencias de organizacin en pequeos colectivos, una opinin pblica cada vez ms favorable a las demandas sociales.

Ah es donde el relato del poder se queda corto. No es capaz de explicar ni entender lo que est sucediendo. Insiste en tratar las manifestaciones como hechos delictuales aislados, en criminalizar a las personas que protestan, evaden, cacerolean, levantan barricadas o destruyen sus preciados smbolos de estatus.

Aunque los tteres del gobierno y los medios intenten desplazar el debate, sabemos que el problema no tiene que ver con la violencia, o al menos no en los trminos en que ellos lo quieren plantear.

Por supuesto que usamos y seguiremos usando la violencia, pero nuestra violencia es mayoritariamente contra la propiedad, contra los smbolos de la divisin y la injusticia social, y contra aquellos policas que nos reprimen. En cambio, la violencia poltica y econmica, la violencia policial y militar es contra nuestrxs cuerpos y contra nuestras vidas. A la violencia contra la propiedad en Chile se le responde con balas asesinas.

Nuestra violencia, al contrario de la suya, no busca la muerte, pero busca sin embargo algo mucho peor para ellos: la total decapitacin del poder. Lo que ellos llaman violencia es en realidad la accin directa que muestra la fragilidad de los propios smbolos de su poder. En nuestra tica, las vidas no tienen el mismo valor que las cosas. Las primeras hay que defenderlas, las segundas, en cambio, no nos importa destruirlas. No nos asustan las ruinas.

Por eso, los saqueos que han ocurrido y los que vendrn son insignificantes ante el saqueo sistemtico y la devastacin capitalista de la tierra, los cuerpos, los servicios bsicos y las relaciones humanas. Y son insignificantes, sobre todo, ante el asesinato de nuestrxs compaerxs a manos de milicos armados en este monstruoso instante en el que escribo, con todo el peso de la noche encima.

Chile est en llamas. Arden estaciones del metro y peajes de las carreteras, arden buses del Transantiago, cajeros automticos, bancos y supermercados. Se registran mltiples ataques a estaciones de polica y edificios del gobierno. Hay vidrios quebrados, humo y ceniza por todo el pas.

Cmo es posible que unas simples manifestaciones estudiantiles en el metro hayan generado la interrupcin total del transporte, primero, y luego la respuesta policial ms brutal, dejando en un par de das al desnudo la dictadura encubierta en la que vivimos?

Esto slo se entiende en el contexto de un pas donde los derechos sociales han sido secuestrados por empresas privadas y entregados a un mercado que depende en ltima instancia de que todxs paguen su pasaje, su arriendo o hipoteca, sus deudas y matrculas. Las evasiones de los estudiantes fueron ejemplares en ese sentido, porque invitaban a todos los usuarios a no pagar. Y la fuerza de ese ejemplo es lo que ms teme el poder.

Esta noche se derrumb la legitimidad del capitalismo chileno. Y como dijo alguna vez Durruti, cuando los ricos ven que el poder se les escapa de las manos, recurren al fascismo para proteger sus privilegios. Ahora los milicos estn en las calles repartiendo balas a destajo. Cuntos muertos contaremos al amanecer?

Desde el 2011 hasta ahora, no estbamos durmiendo. Nos hemos reunido, hemos conversado, intercambiado experiencias de lucha y resistencia, hemos ido fortalecindonos en nuestras propias organizaciones, territoriales, feministas, ecolgicas y antiextractivistas, de la economa popular y solidaria, de la disidencia sexual o desde la pedagoga crtica, hemos articulado distintas luchas, y hemos mejorado exponencialmente nuestra capacidad de accin. Nuestro instinto de desobediencia ha crecido igualmente. Hemos aprendido a ocupar mejor las redes sociales para agilizar nuestra comunicacin, y a desconfiar de ellas como dispositivos policiales. Somos mucho ms rpidxs y estamos mejor organizadxs, somos ms solidarixs y ms desobedientes que antes.

Nos convoca y nos une ahora la lucha por el bien comn y la vida en sus mltiples manifestaciones, as como la resistencia ante la dictadura implacable del capital. Sabemos que las soluciones a nuestros problemas no vendrn de parte del Estado ni de la elite empresarial. El mundo nuevo lo construiremos nosotrxs, y lo celebraremos bailando, pensando y combatiendo colectivamente.

Fuente: http://carcaj.cl/a-un-metro-de-la-insurreccion/

 


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