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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 25-10-2019

La ira

Hugo Bello Maldonado
Rebelin


El 12 de octubre la empresa estatal Metro anuncia una subida en los pasajes de ms o menos 0,5 centavos de dlar de un pasaje que ya costaba ms de un dlar. El alza estaba justificada por el panel de expertos debido a la subida de diversos factores de la ecuacin, que arroja el precio de los pasajes de la movilizacin publica en la metrpolis chilena. sta tiene ms o menos 7 millones de habitantes y ms de dos millones de ellos se mueven a diario en Metro. Sin embargo, esta ecuacin despert una reaccin con consecuencias mucho ms all de las rudas matemticas, pues la primera de ellas fue la incitacin a evadir en los molinetes de entrada el pago del ticket. La oleada era liderada por una annima marea de estudiantes de enseanza media y universitaria. Para el jueves 17 la evasin se masific a tal punto que Metro comenz a cerrar estaciones, con el consecuente caos vial a la hora de que las personas pretendan, fundamentalmente, desplazarse a sus hogares.

El viernes 18, consecuente con su manera de resolver los problemas, el gobierno meti a la polica en las estaciones para reprimir a los evasores, a los que ya la autoridad tildaba, sin distingos, de delincuentes. Los que eran estudiantes que chacoteaban con la evasin, pasaron a un enfrentamiento con la polica, lo que impuls un movimiento que en tres horas, desde la media tarde, pas a ser un movimiento que se sala de control, que nadie lideraba y que nadie podra identificar con nombre y apellido. Mediante la represin se buscaba detener una ola que se transform en tsunami de consecuencias sociales y polticas que superaban a todos los terremotos y tsunamis experimentados por esta nacin del Pacfico en los ltimos 30 aos. Esa ola no se ha detenido hasta hoy.

Ese mismo viernes, por la tarde, el presidente de la Repblica, mientras Santiago comenzaba a arder por todos sus costados, acuda a una pizzera a celebrar el cumpleaos de uno de sus nietos. Desinformado por sus ministros, o pura fe ciega en que la represin incrementada detendra la pataleta anmica? Todava no lo sabemos. Sin embargo, era la hora en que al menos cuatro estaciones de metro, enteramente hechas de concreto y acero, comenzaban a arder y en que otras diez eran desmanteladas por completo; tres o cuatro horas antes ya haba vandalizacin de estaciones y corte total de las vas; un edificio de concreto, propiedad antigua del estado, hoy en manos de una empresa transnacional encargada de la distribucin elctrica, arda de modo incomprensible hasta los pisos ms altos desde una escalera de emergencias (que son escaleras que, por definicin, no deberan arder).

Al las 12 de la noche el gobierno decretaba estado de emergencia y luego, el sbado, en menos de unas 24 horas, toque de queda. Ahora el ejrcito y la marina se hacan cargo del orden pblico, dejando en un rol secundario a las policas uniformada y civil. Ya las redes sociales, desde haca horas, y con mucha ms prestancia que los canales privados y el nico canal pblico, trataban de dar cuenta de los hechos: heridas, pedradas, perdigones, polica uniformada disparando balas a gente desarmada; horas ms tarde, militares en las calles. Comenzaban las pateaduras, las palizas, los castigos y las torturas, las mismas de 17 aos con Pinochet a la cabeza y con la derecha que, como el ave aquella, dejaba hacer y deshacer, mientras ellos dejaban de enterarse del mundo circundante, para poner al corriente muchos aos despus de que en Chile haba existido tortura, crmenes de lesa humanidad, desapariciones forzosas, exiliados, etc., y un mar de lgrimas y de heridas que se nos han reactivado en menos de 24 horas de manera abrasadora.

El estallido, es la mejor manera de definirlo, incit al da siguiente del viernes, protestas en todo el pas. Ahora el pasaje de Metro no tena ningn sentido como reivindicacin. La mayor parte del pas se sumaba al rechazo de un cmulo de reivindicaciones que, si bien no estn directamente relacionada con el alza del pasaje de Metro, dicen relacin con la secuela de abusos que se derivan de las deslegitimada institucin privada que administra las pensiones (instituciones creadas al amparo de la dictadura, que fue impuesta en momentos en que no existan partidos legales ni la ms mnima garanta democrtica de discusin o debate), adems de todo el abandono en que el Estado ha dejado a la salud y la educacin pblica a donde acude ms del 80 por ciento de la poblacin.

A esta marea indmita, que destruye salvajemente el Metro en comunas superpobladas y de evidente composicin popular -hay que decir que esas estaciones fueron en su momento una conquista de los gobiernos democrticos, los que hicieron accesible una red que durante mucho era privativa de los ms acomodados de Chile-, se suman cientos de supermercados arrasados, al menos 40 hipermercados de Wallmart vandalizados, otras decenas de hipermercados y cadenas de materiales de construccin incendiadas y muchos otros almacenes y establecimientos de comercio menores con prdidas millonarias.

Pese a ello, la mayor parte de los manifestantes, en el 90 por ciento, lo hacen de manera pacfica, pero no menos exasperada. La marea de la ira sigue en ascenso, pese a que Piera primero anuncia la congelacin del alza del Metro, lo que resulto como el fuego azuzado por el alcohol, era evidente que, si decenas de ciudades que no conocen el Metro estaban en llamas y con protestas cvicas masificadas, era una respuesta extempornea, que se lea como parte de la poltica insensible y muestra de una actitud despectiva hacia quienes protestaban. La coronacin del mal manejo del estallido la daba el propio presidente, al afirmar que Chile estaba en una guerra. Esto no slo haca que se superase a s mismo en su imprudencia, sino que dejaba a todos sus subordinados a cargo de un discurso que ninguno de ellos pudo ni defender ni refrendar.

Hoy las masas de estudiantes suman a adultos y viejos, que se paran de forma temeraria frente a los militares pertrechados de fusiles y tanquetas. Militares instruidos para la guerra, que porta armamento adecuado a esas circunstancias y no a la represin de motines callejeros. Estamos frente a una situacin en la que la autoridad muestra a la vez que torpeza, ignorancia especto de las consecuencias de las medidas que toma.

Chile, el pequeo pas ejemplo de la imposicin de las reglas del capitalismo financiero y su eficacia en el fomento del capital privado, es tambin ejemplo de desigualdades: la distribucin de la riqueza ms desigual de la OCDE, con las universidades del continente ms costosas, con un mercado desregulado en el campo del trabajo, con pensiones de miseria para sus adultos mayores, con un sistema de salud pblica en condiciones de miseria; con una reduccin de pobreza que es citado en cuanto foro de economistas hay, est a la vez cruzado por dursimas contradicciones que los economistas burgueses no estn capacitados para explicar. La acumulacin estndar del 1% mundial en Chile se concentra en un 0,1 que acumula el 30%.

Las masas involucradas en el estallido no ignoran, finalmente, en medio de mucha confusin, que son quienes alimentan con sus sacrificios y vidas mutiladas el capital del que se jactan los ms ricos de manera impdica mediante la publicidad y la televisin, el espectculo y sus lujos a la vista de cualquier habitante de la nacin. Pese a que se han atrincherado en sus barrios exclusivos, la educacin excluyente y los servicios de salud dignos de los mejores barrios de EE.UU. y Europa, la poblacin no ignora que las diferencias sociales son astronmicas y vergonzantes. El hecho de que esta clase exhiba permanentemente sus logros, a costa de los sacrificios del sistema ecolgico y de los bienes que deberan estar en manos de la totalidad de la nacin, est totalmente incorporado en el conocimiento de esa gran masa que participa ciegamente del estallido.

En estos das no slo se ha echado en falta liderazgo democrtico, partidos capaces de conducir y dar coherencia, de organizar resistencia o formas de repliegue y contraataque en la lucha callejera. El estallido es tambin una constatacin que los partidos y las organizaciones contrarias a las fuerzas oligrquicas carecen de instrumentos polticos de un proyecto de nacin que oriente las movilizaciones. El estallido es hasta ahora ciego y sordo.

La mayor parte de los lderes sociales (no tenemos nombres para sugerir como tales), ha estado esperando que las cosas se resuelvan de manera espontnea, tal como comenzaron. Nadie quiere hasta este momento hablar por los subalternos, y stos no quieren por ahora hablar, porque descubrieron que quemar y marchar, gritar y arrojar piedras, hacer sittings o enarbolar cnticos de reclamo es el nico lenguaje que al parecer les haban enseado.

El estallido, como otros que hemos conocido en la historia, no tiene padre ni madre, y se propaga solo, desamparado, hacia algn lugar desconocido. Es de esperar que, como otros estallidos descabezados, no termine sirviendo a los que en su total impudicia se arrogan el poder total y terminan por aprovechar las secuelas de estos.

Hugo Bello Maldonado es Docente de la Universidad Alberto Hurtado de Santiago de Chile

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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