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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 26-10-2019

Chile despert

Ariel Petruccelli
Rebelin


Durante dcadas, las derechas de Amrica Latina alababan a Chile como modelo de los modelos. All se haba aplicado el neoliberalismo con ms fuerza (con fuerza bruta en sentido literal), con ms profundidad y por ms tiempo. De todas las sociedades, la chilena era la que ms se asemejaba a los sueos tericos de Hayek y de Milton Friedman, capaz incluso de superar con creces la pesadilla prctica del thatcherismo. Neoliberalismo en estado puro, weon!

En Chile se conjugaron todos los condimentos para ser un paraso neoliberal: se gest por medio de una dictadura terrorista que no tuvo que lidiar con incmodos debates y eventuales oposiciones parlamentarias, ni necesidad de seducir a electorados populares, negociar con organizaciones sindicales o satisfacer demandas sociales. Arranc, por lo dems, sobre las bases de un muy tenue estado social, muy alejado de las enormes maquinarias estato-benefactoras de otras tierras, a las que los neoliberales debieron ir desmantelando en cmodas cuotas y nunca pudieron desarmar del todo.

Quienes eran partidarios confesos de la doctrina neoliberal elogiaban a Chile como el ejemplo a seguir. La propia clase dominante chilena se vanagloriaba, para decirlo con las propias palabras de Sebastin Piera, de ser una buena casa en un mal barrio y un oasis de estabilidad en medio de una regin inestable. Aunque poco dispuestos a alabarlo incondicionalmente, populistas y progresistas no se atrevan a condenar abiertamente al modelo chileno: la actitud tpica era el piadoso silencio, un mirar para otro lado acompaado por una oscilacin entre la condena tibia cuando el modelo chileno era regido por la derecha, y guios de complicidad cuando gobernaban (como sucediera la mayor parte del tiempo en los ltimos 30 aos) supuestas fuerzas progresistas. Sucede que para las dirigencias polticas progresistas latinoamericanas, aunque poca gracia les haca la elevada miseria de las clases laboriosas de Chile y miraran con alguna desconfianza sus excesos privatistas, los nmeros macro-econmicos parecan dignos de envidia: crecimiento de la economa ms o menos sostenido, baja inflacin, deuda publica manejable, relativo equilibrio fiscal, alta renta per-cpita. Todo esto pareca contrastar con la catica macro-economa de la Argentina, por ejemplo. Slo la izquierda ms roja se atreva a decir sin medias tintas que el modelo chileno era un verdadero desastre para las clases trabajadoras y su democracia la ms farsesca de las ya de por si farsescas democracias regionales.

El reventn de Chile se produjo precisamente cuando todo all pareca estar de maravillas. Los economistas miraban estadsticas, contrastaban datos, sacaban cuentas y todo pareca marchar mejor que bien. Mauricio Macri y el candidato de apellido Espert hicieron el ridculo elogiando el ideal modelo chileno mientras el Chile real estallaba en una todava vigente ola de indignacin popular. Y no es el fracaso del modelo lo que produjo la explosin, sino su xito. De esto no puede haber dudas. Chile era la nia mimada del empresariado. La sociedad real que ms se pareca a sus deseos profundos y a sus concepciones tericas. Una sociedad mercantilizada hasta extremos inauditos, imbuida de individualismo, con mnima proteccin social y laboral, con todas las garantas y ventajas para la inversin privada. De Menem se poda decir que no hizo todo el ajuste necesario, que no privatiz todo lo privatizable. Ese fue el discurso neo-liberal cuando el estallido de 2001. Pero esta excusa no sirve para Chile: en ningn sitio se avanz tanto por la senda neoliberal. De hecho, hasta pocos das antes las autoridades se vanagloriaban satisfechas de sus xitos. Dos semanas antes de declararle la guerra al pueblo chileno, Sebastin Piera no dudaba en afirmar que Chile era un Oasis. Har querido decir espejismo?

Que la reaccin de la ciudadana chilena tom por completo de sorpresa a su elite se constata en las dos absurdas reacciones del impresentable Piera: primero declarando que estaban en guerra; luego pidiendo perdn (otro Juan Domingo Perdn en el sur del sur) por haber sido insensible y anunciar un insulso paquete de medidas paliativas de urgencia con el mismo semblante y la misma gestualidad con la que podra haber anunciado su programa de gobierno al da siguiente de ganar las elecciones. Dos reacciones tan contrapuestas como parejamente desubicadas. Piera no tiene la menor idea de lo que est pasando en su pas, y por eso los manifestantes en Chile hacen lo nico inteligente que se puede hacer: exigir su renuncia inmediata.

La conmocin generada entre los crculos de poder por el despertar poltico de las masas chilenas ha dejado por estos das verdaderas perlas. La primera dama confesando ante una amiga que estamos absolutamente sobrepasados, es como una invasin extranjera, aliengena, es una muestra insuperable de prejuicio de clase. Ignorancia no docta. La frase final del audio de Cecilia Morel viralizado en las redes dice mucho ms de lo que aparenta: Vamos a tener que disminuir nuestros privilegios y compartir con los dems. Fueron necesarios varios muertos para que Cecilia Morel aprenda lo que cualquier nio aprende en un jardn de infantes pblico: que hay que compartir. Y la referencia a nuestros privilegios es un desmentido rotundo y prctico de que nunca creyeron lo que pregonan: que en una sociedad de mercado cada quien tiene lo que merece, por lo que no hay estrictamente privilegios, aunque haya desigualdad. Y no hablemos de las consideraciones de Andronico Luksic, el hombre ms adinerado de Chile aunque sea un indigente moral, quien confundi (confundi?) a Piera con Pinochet -dijo que le pareca muy bien que el general haya decretado el toque de queda- y afirm que si por l fuera a los periodistas los borrara del mapa. Un demcrata don Andrnico!

Pero a pesar de la crudeza de la represin -que en una semana ya ha dejado un saldo de al menos 18 muertos, ms de 2000 detenidos, cientos de heridos, un nmero indeterminado de desaparecidos, denuncias por tortura y vejaciones, ingresos extra-judiciales en viviendas y montajes perpetrados por las fuerzas de seguridad- las calles de Chile siguen pobladas de manifestantes, el toque de queda no es respetado y la economa se halla en gran medida paralizada.

Ninguna duda puede quedar del carcter sustancialmente espontneo de las manifestaciones, que no son dirigidas ni controlas por ninguna fuerza poltica. Tampoco cabe la menor duda respecto a que el aumento del valor del boleto del metro de 800 a 830 pesos fue slo la gota que rebals el vaso. Aunque todo comenz con las evasiones masivas y festivas de la estudiantina rebelde, es claro que haba una larga lista de demandas y quejas. Algo as como un programa poltico se va gestando en las calles. Un amplio consenso parece haberse establecido en torno a la semana laboral de 40 horas, la urgencia de reformas profundas de los sistemas de salud y educacin, la necesidad de modificaciones constitucionales, la reduccin de las desigualdades sociales. Dos de las consignas ms escuchadas en las manifestaciones dicen muchos sobre el sentir y el pensar de quienes salen a las calles y desafan a la autoridad: no son treinta pesos, son treinta aos y Chile despert. Ambas apuntan a lo mismo: un rechazo profundo al rgimen surgido de la dictadura pinochetista. No es casual que cada vez se escuche con ms fuerza la demanda de una Asamblea Constituyente.

En la ltima semana la ciudadana chilena ha realizado ms aprendizajes polticos que en varios lustros precedentes. A pesar de la represin, las violaciones y las muertes, en las calles se vive una verdadera fiesta. Se baila, se canta, se confraterniza, se comparte. Banderas chilenas y mapuche ondean una al lado de la otra. Manos chilenas y mapuche arrojan hermanadas piedras a los odiados pacos. Los mejores sentimientos y las mejores acciones humanas salen a la luz. La rebelin hace mejores a las personas, siempre. Dichosos quienes puedan vivirlo, dichosas quienes lo experimenten. Este es el momento en el que todo parece posible. No todo lo es, desde luego; pero no ha llegado la hora de negociar a la baja. Al menos no es ese el clima que se respira en las calles. Se han despertado de la pesadilla neoliberal, y estn viviendo un momento de ensueo. Cuanto ms se atrevan a soar, ms podrn transformar la realidad. Que viva la rebelin!

Ariel Petruccelli Historiador y profesor de la Universidad Nacional del Comahue (UNCo)

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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