Portada :: Chile :: Chile: Rebelin antineoliberal
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-11-2019

Tomar partido

Alejandro Fielbaum S.
Carcaj


Quiz un lenguaje para los finales

exija la total abolicin de los otros lenguajes,

la imperturbable sntesis

de las tierras arrasadas.

O tal vez crear un habla de intersticios,

que rena los mnimos espacios

entreverados entre el silencio y la palabra

y las ignotas partculas sin codicia.

(Roberto Juarroz)

Quiz una definicin poltica de la crisis sea la de un momento poltico en el que el orden que pareca consensuado comienza a percibirse como arbitrario. Promesas que antes parecan imposibles comienzan a considerarse necesarias, la previa normalidad empieza a leerse como un problema. Antonio Gramsci llamaba crisis orgnicas a esas experiencias de escisin entre los grupos que representan y los que son representados. De acuerdo con lo que describa hace casi cien aos, con una capacidad de anticipar las luchas contemporneas que supera largamente a la sociologa contempornea, en ese momento los grupos sociales se separan de sus partidos tradicionales. La clase dirigente suele cambiar de hombres y programas para reasumir el control. Su personal adiestrado para ello suele ser mayor que el de la clase dominada. Si bien puede sacrificar algunos de sus grupos o intereses, as como enunciar promesas demaggicas, tiende a lograr la calma que mantiene su dominio.

Sin embargo, Gramsci aclara que esa resolucin no siempre se alcanza. Lo que no significa, necesariamente, el xito de una revolucin que instale un nuevo orden. Tambin est la posibilidad de una curiosa suerte de empate, la que acontece cuando ni la clase dominante restituye el orden ni los grupos que se rebelan pueden instalar un nuevo orden: Cuando la crisis no encuentra esta solucin orgnica, sino la solucin del jefe carismtico, ello significa que existe un equilibrio esttico (cuyos factores pueden ser eliminados, prevaleciendo sin embargo la inmadurez de las fuerzas progresistas); que ningn grupo, ni el conservador ni el progresista, tiene fuerzas como para vencer y que el mismo grupo conservador tiene necesidad de un jefe[1]

Parte de la profundidad de la crisis del orden neoliberal chileno pasa precisamente por la dificultad de su conduccin o cierre por parte de algn actor poltico, en un contexto en el que el malestar circula a una velocidad que impone al gobierno la necesidad de una salida para no caer. Sin embargo, la nica respuesta constante que brinda es la profundizacin del orden: violencia brutal y aumentos no tan brutales de los subsidios. Los partidos concertacionistas, por su parte, son correctamente percibidos como creadores del orden cuestionado, a la vez que los actores polticos nuevos no se han mostrado capaces de de construir una nueva forma de conduccin que pudiera recoger, sin suplantar, las demandas de los grupos movilizados. Por lo mismo, uno de los supuestos ms compartidos por la amplia y heterognea parte de la poblacin es que los partidos polticos han sido parte del malestar que ha estallado, si es que no su principal causa.

Los datos y ejemplos de las complicidades y colusiones entre los partidos y las distintas empresas, sumadas a la incapacidad de los partidos para registrar y combatir las causas del malestar, son lo suficientemente conocidos como para repetirlos. La conclusin parece obvia: favoreciendo los abusos de las empresas por sobre los intereses de la ciudadana, los partidos lo estn haciendo mal, tan mal que quiz sea necesario que dejen de existir.

La crtica que ese juicio supone es la de qu hara un buen partido poltico. La respuesta parece evidente: representar, con un mnimo de transparencia y eficiencia, los deseos de la ciudadana, por no decir ms genricamente la gente, nosotros, la nacin, Chile o alguna otra primera persona colectiva de carcter relativamente unitario. Sin embargo, la pregunta por cules seran esos deseos no es tan obvia si partimos de un supuesto mnimo de cualquier teora crtica: que ninguna de esas unidades colectivas existe antes de la disputa poltica que pueda crear esa unidad en la que las distintas personas se reconocen unitariamente, en y pese a sus diferentes condiciones materiales de vida. La disputa poltica pasa por la invencin de alguna forma y nombre de los deseos e identidades colectivas (no es casual que vuelva a resonar masivamente el nombre del el pueblo contra otros nombres).. Ah emerge la organizacin de algn bloque histrico en distintas organizaciones, incluyendo los partidos, que ciertamente estn lejos de ser los nicos actores polticos o de agotar lo poltico.

La radicalidad del neoliberalismo en Chile ha sido tal que hoy la nueva identidad poltica se conforma en la crtica a los partidos que encarnan el modelo en crisis, de modo que muchas demandas puedan condensar hoy esa unidad: el fin de las AFP, la transformacin del Sename, la reduccin del horario laboral, el alza del sueldo mnimo y otras tantas proposiciones, a las que evidentemente se suman otras vinculadas directamente a la crtica del ejercicio parlamentario, partiendo por los sueldos. La oposicin a los partidos, enunciada de cuando en cuando como oposicin a la poltica, genera hoy esa imaginacin unitaria que atraviesa distintas franjas de la poblacin.

Sin embargo, desde la izquierda parece tan necesario pensar la autonoma de lo poltico, esa que permite que no haya una absoluta correspondencia entre posicin econmica y posicin poltica, como la economa poltica. Y esta ltima muestra rpidamente que ningn movimiento puede representar del todo a una unidad que se forja con intereses contrapuestos. Es justamente la transversalidad del movimiento la que hace imposible que esta genere una propuesta de sociedad una vez que se sobrepasan las demandas ms inmediatas. En breve: un movimiento puede instalar una demanda en la que hay gran consenso en la poblacin como desprivatizar el agua, pero no conformar a toda la poblacin all donde opiniones e intereses se dividen. Por ejemplo, en torno al derecho a la interrupcin del embarazo, la concesin de salida al mar a Bolivia o los procesos de migracin.

Y es que ningn movimiento puede representar a la ciudadana. De ah que los partidos, necesariamente, tomen partido por una de las partes, siendo organizaciones que organizan y emplazan con mayores o menores fisuras, en distintos espacios (no solamente los electorales), distintos deseos de distintas franjas de la poblacin. Solo quien crea que existe una sociedad sin intereses contrapuestos puede creer que el problema de los partidos en Chile es que no ha representado a la ciudadana. Quien prometa hacerlo individualmente, como de cuando en cuando de escucha en estos tiempos, muestra ingenuidad en el mejor de los casos, cinismo en los peores.

El problema, por lo tanto, no son los partidos en s mismos, sino el que los partidos de los bloques dominantes desde hace ms de treinta aos (en sus distintas variantes: la derecha y la concertacin) han representado los intereses de los mismos grupos: de un muy pequeo grupo de empresas y familias que han saqueado las antiguas empresas estatales, los recursos naturales, las concesiones del Estado y la provisin de bienes que solo desde posiciones extremistas pueden entregarse al mercado, como la salud o la educacin[2]. Su descrdito se explica menos por su ineficiencia que por las posiciones que s han sido eficientes en defender, lo que ciertamente incluye el retardo y la displicencia ante otras demandas. Que hayan pasado dcadas de saqueo sin crisis demuestra, en efecto, que esos partidos no lo han hecho nada de mal al instalar los intereses de tales grupos como intereses colectivos. Han sido fieles al bloque dominante, lo que explica tanto su antiguo xito como el actual descrdito que emerge una vez que esa hegemona se resquebraja, primero de manera paulatina, luego intempestiva.

La pregunta que se abre entonces es qu sera un partido que encarne esos otros deseos, contrarios al saqueo neoliberal. En otro escrito, Gramsci seala que todo partido configura cierto orden (una funcin de polica, seala con trminos que no resuenan bien), de modo que la pregunta pasa por el orden que es capaz de instalar. Solo si el partido abre la posibilidad de un nuevo orden que sobrepase cualitativamente lo existente, parece til para la articulacin de los grupos subalternos que han de instalar sus intereses como base de una nueva unidad poltica, cuya tarea mnima pasa por no replicar los modos de organizacin ya existentes: el funcionamiento del partido en cuestin suministra criterios discriminatorios; cuando el partido es progresista funciona democrticamente (en el sentido de un centralismo democrtico), cuando el partido es regresivo funciona burocrticamente (en el sentido de un centralismo burocrtico). En este segundo caso el partido es meramente ejecutor, no deliberante; tcnicamente es un rgano de polica y su nombre de partido poltico es una pura metfora de carcter mitolgico.[3]

Evidentemente, no hay recetas para asegurar cmo ello se logra, como lo evidencia el hecho de que los partidos del Frente Amplio que aspiran a transformarse en instrumentos polticas de los grupos subalternos hayan optado por ms de una posicin. Las experiencias colectivas de lucha abren la imaginacin a otras formas y tcticas, as como la exigencia de preguntarse cuestiones que hoy se han naturalizado en la definicin de cualquier partido, partiendo por la participacin electoral. Es en las formas de contagio popular de la rebelin, como las llama Safatle[4], que pueden transformarse los partidos ya existentes, o bien emerger otros.

Lejos estamos de saber cmo aquello habr, o no, de realizarse. Simplemente interesa remarcar que solo otro modo de organizacin colectiva puede canalizar la crisis hacia una transformacin sustantiva. Justamente por ello es que en la izquierda ha de preguntarse de otra manera por los partidos y sus relaciones con los movimientos sociales, repensar las relaciones con el feminismo y darse otras formas de democracia, entre otras tantas tareas urgentes. Entre ellas, para la coyuntura, pensar cmo dar espacio a militantes de los distintos movimientos sociales organizados en los procesos constituyentes que se realicen.

La profundidad del neoliberalismo no solo se evidencia en su crisis, sino en la dificultad de construir respuestas no neoliberales ante ella. La protesta parece haber contrarrestado la desconfianza individualista ante otras personas, en contrasicin a la creciente desconfianza ante los partidos del orden. Una nueva sntesis, inestable como toda sntesis, habra de pasar entonces por la organizacin de esa confianza colectiva, tan lenta como urgente para los desafos que pronto vienen. Ser digna de ellos es la tarea de los partidos de izquierda que de esto queden.


[1]Antonio Gramsci, Observaciones sobre algunos aspectos de la estructura de los partidos polticos en los perodos de crisis orgnica. Disponible en http://www.gramsci.org.ar/TOMO3/076_estr_part_pol.htm

[2]Si bien es sensato referir a laclase poltica para referir a la franja de representantes y a algunas personas empleadas por el poder ejecutivo y legislativo, con sus respectivos intereses creados, ello solo es plausible dentro de los intereses ms amplios de una clase. No puede haber corrupcin en la Ley de Pesca sin empresas que corrompan y no pueden ser electos los tan fcilmente quienes aseguran concesiones sin millonarios quienes financien sus campaas.

[3]Antonio Gramsci, El partido poltico. Disponible en http://www.gramsci.org.ar/TOMO3/044-partido_polit.htm

[4]Vladimir Safatle Terremoto y mar de tranquilidad. Disponible en http://www.revistapleyade.cl/terremoto-y-mar-de-tranquilidad/

http://carcaj.cl/tomar-partido/




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