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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 23-05-2006

Sobre una pregunta sin contestar en la presentacin del libro de Rafael Rojas, Tumbas sin sosiego, en el Crculo de Bellas Artes de Madrid
Esto no son tumbas, es un cementerio entero

Matas Escalera Cordero
Rebelin


Haca mucho que no acuda a un velatorio cultural. El viernes 19 de mayo, en el Crculo de Bellas Artes de Madrid, durante la presentacin del libro de Rafael Rojas, Tumbas sin sosiego, el ltimo premio de ensayo de Anagrama, record por qu dej de ir a este tipo de simulacros y de velorios de la inteligencia.

Los detalles nos conducen a la realidad

Tal vez fue por el tiempo pasado desde la ltima vez, por lo que me entretuve en observar tan atentamente todo el ritual preambular del acto, la paulatina llegada de los concurrentes, sus gestos, sus miradas, los rostros de los que se reconocan y se saludaban, detalles en los que habitualmente no reparamos (que casi los haba olvidado). Y cunto, sin embargo, podemos deducir -si miramos con atencin- de ellos; de ese ruidoso turno previo de compadreo entre los invitados, con los consabidos saludos, aspavientos, protestas por el tiempo transcurrido desde la ltima vez, besos a las seoras, abrazos entre los seores, y campechanos palmetazos de gente confianzuda y encantada de haberse conocido; en fin, de toda esa etiqueta tan castiza -que apesta a clase media con traje de domingo-, tan caracterstica de este tipo de reuniones sociales, en las que nunca falta -claro est- un inmodesto y gesticulador maestro de ceremonias -que pocas veces es el autor premiado o persona principal, sino algn espontneo segundn-, y cuyo papel, en este caso, correspondi a Salvador Clotas, miembro del jurado concesor. l fue quien entretuvo la espera -pavonendose entre conocidos y desconocidos, como diciendo: aqu estoy yo, y este, mi palmito-; y quien disimul, con su desparpajo, el despiste y la falta de puntualidad de ese otro invitado -pues siempre hay alguno- que no aparece a la hora convenida -en este caso, Antonio Elorza-. Mientras Jorge Herralde, el editor -en un escogido segundo plano-, no dejaba de sonrer y de asentir a todo amablemente, pero con un no disimulado envaramiento -como si quisiese estar en otra parte-, que no abandon durante su breve introduccin al acto Tumbas sin sosiego es, para l, una reflexin historiogrfica sobre Cuba, en la que se aboga por una tercera va centrista [global?, nica posible?, nica aceptable?], al margen [fuera del tiempo y del espacio concretos?] del castrismo y del exilio, para construir el pas [es necesario construirlo?, no est acaso construido ya?, alguien lo ha destruido?, quin lo ha destruido?, por qu?], una vez desaparezca el rgimen de Fidel Castro

En fin, ni carne ni pescado, ni fro ni caliente, nada de comprometerse con una idea concreta, con un hecho concreto; lo de tomar partido, ni hablar; dicho de otro modo, paz, amor y concordia para todos, siempre que el hijo -el pueblo- prdigo regrese al redil, a la casa del padre -del orden- comn [Es eso lo que piensa de verdad Jorge Herralde?]

Una anomala lgica

Odo el discurso de Elorza, pues el de Clotas, del tipo yo y Cuba, yo y Lezama, yo y Jess Daz, yo y el hijo de Jess Daz -que al final result que no era el hijo de Jess Daz-, etctera, etctera, no tuvo ni pies ni cabeza, y vino -en ltima instancia- a confirmar la opinin de Vicente Verd acerca del libro, como una larga y pesada gua telefnica; analizado el encomio del ms listo de los dos (del que mejor se gan el estipendio), Cuba es una anomala cuasi metafsica, en medio de un Limbo histrico rodeado de vaco, e inconcreto; en el que ni la geopoltica existe, ni las pretensiones de dominacin colonial norteamericana existen, ni han existido; ni el bloqueo econmico, ni la coaccin poltica, se han dado, ni -por supuesto- se dan ahora [tanto es as que el autor y su obra se quejan del deprimente desinters (sic.) que las administraciones norteamericanas muestran por Cuba]; una especie de maligno tumor histrico, en el que las condiciones materiales de la historia misma, como la pobreza, los mecanismos de dominacin, de produccin y reparto de la riqueza, la injusticia, la manipulacin o la financiacin de golpes de mano desestabilizadores -y otras frusleras por el estilo-, ni deben ser tenidas en cuenta, ni aportan nada al anlisis del fenmeno, ni aun como hitos o postes informativos que nos ayuden a manejarnos en las encrucijadas, en las bifurcaciones y en los ramales de que toda discusin seria y con calado est inevitablemente compuesta.

Una anomala lgica que no debiera existir -en un mundo global y democrticamente ordenado como el nuestro-, pero que existe. Y lo peor es que ha devenido, finalmente, una anomala tumoral contagiosa, pues qu hacer, cmo comprender, si no, la revolucin bolivariana de un tal Chvez; cmo entender, si no, a los indgenas bolivianos de Evo Morales Qu pasa con todos ellos? Es que no son conscientes de su anmala metstasis? Nadie, entre ellos, repara en el hecho tremendo de que, con sus rarezas, nos estropean las cuentas y los silogismos -tan perfectamente lgicos y razonables- a los intelectuales demcratas del mundo? [pues as se anunci a s mismo Rafael Rojas: soy un intelectual cubano -demcrata- en el exilio] Pero no eran nuestros el petrleo, el gas y las tierras? Qu quieren esos ignorantes desarrapados ahora? Qu pretenden hacer con nuestros intereses?

El Imperio no quiere; nosotros, los amantes de la lgica y de las revoluciones perdidas (qu poticas y melanclicas resultan!), tampoco queremos. Entonces, cmo puede resistirse a la lgica de las cosas, y a nuestros deseos (y ya va para casi cincuenta aos), un puetero pueblo caribeo encerrado en una isla -aislada (?), para ms seas-, a unas pocas millas nuticas de la madre de las democracias, sede imperial y majestuoso faro de la razn universal? O cmo pueden, unos pocos indgenenas vencidos por la Historia, plantar cara de esa manera a la lgica del capital y de los mercados internacionales?

No se han enterado, quizs, an (al fin y al cabo, no son intelectuales, ni demcratas, ni estn al tanto de las reglas que rigen el mundo) de que el socialismo ha muerto, que los sueos han muerto, que los deseos han muerto, que la Historia y la realidad entera han muerto, y que los pobres -y los soadores, y los impacientes- deben dirigirse (vencidos y desarmados) con resignada aceptacin a sus reservas, y permanecer confinados en ellas, hasta que alguna ONG se apiade de ellos, o se convoque algn premio a la fotografa o al documental humanitario del ao.

Un cementerio entero

Y, con todo, no son los despropsitos, las medias verdades, las presunciones torticeras y la ocultacin de informacin relevante, de que fuimos testigo, el viernes diecinueve, lo que verdaderamente ha motivado esta breve reflexin -airada, lo reconozco- sobre lo acaecido y lo dicho en la presentacin del libro de Rafael Rojas [dejo a un lado la equiparacin -sin mediar anlisis concreto alguno- entre la dictadura franquista y la revolucin cubana, o la burla pardica que Antonio Elorza hizo de la participacin de los trabajadores cubanos en la fundacin de la Unin de Escritores, olvidndose, sin ir ms lejos, del ambiente vivido y la atmsfera de comunin habida entre los trabajadores y los escritores en su propio pas, durante las misiones pedaggicas, por ejemplo, o durante los congresos de escritores y artistas antifascistas, en los ateneos libertarios y en las mismas trincheras] Lo que realmente ha causado este escrito es algo, desde mi punto de vista, an ms grave; la prctica constatacin, una vez ms, de la muerte del pensamiento.

Si la verdad, el debate democrtico y el encuentro son -como repiti Jorge Herralde en su introduccin- los fundamentos sobre los que el autor del ensayo premiado, Rafael Rojas, se propone construir el futuro de Cuba; y si, para Amrica Latina, frica o Asia, no hay ms alternativa que nuestra democracia, la demostracin prctica no pudo ser ms fallida y tramposa Aunque lo lamentable de verdad es que el acto del viernes diecinueve, no es ms que la ensima edicin -clnica- de los cientos, de los miles de simulaciones rituales, vacas de contenido, desalentadoras, aterradoras -para los que prevn sus consecuencias- que a lo largo y a lo ancho de este gran cementerio se repiten idnticas a s mismas Actos sin sentido, falsarios, en donde si alguien desconocido, que no est en el compadreo, como es mi caso, se levanta y hace una pregunta concreta sobre una realidad concreta, intelectuales y demcratas de la talla de los presentes se sienten acorralados, paralizados por una sola pregunta, incapaces de responder, de reaccionar siquiera con la elegancia y la educacin propia de los que se creen elegidos y tocados por la razn; ni siquiera el ms zorro y listo de ellos, Antonio Elorza, que slo se limit a indicarle a su amigo, el autor del ensayo premiado, que mi cuaderno de notas era la prueba irrefutable de que iba preparado, que no me contestase, que no entrase en la provocacin; ni siquiera el ms zorro de todos estuvo a la altura, tan desacostumbrado es que alguien se levante con un cuaderno de notas en un velatorio de ese tipo -en donde slo reinan la tautologa y el asentimiento: como el silencio reina en los cementerios- y, mostrando inters por lo que se acaba de decir, disienta, y se muestre dispuesto a debatir abiertamente, sin prejuicios, con las cartas boca arriba; tan raro es que alguien se levante en un velorio de esos y aporte datos concretos sobre realidades concretas, que ni siquiera el ms zorro de ellos tiene entrenado ya los reflejos para responder.

Rafael Rojas, en la memoria cubana hay, quedan tumbas sin sosiego, no lo dudo; en la nuestra, todo es un enorme y desolado cementerio silencioso y apaciguado.

La pregunta sigue en pie

En la pgina Web de la de la National Endowment for Democracy -un organismo que el diario The New York Times, del 31 de marzo de 1997, declara como una de las pantallas de la CIA para financiar acciones de desestabilizacin contra naciones enemigas-, se puede leer que la revista Encuentro que usted dirige recibe anualmente de ese organismo unos ochenta y tres mil dlares (hay fuentes que hablan de ms de doscientos mil, en el ao 2005) Usted ha dicho que Encuentro es un proyecto autnomo. Quin miente, entonces, Rafael Rojas, la National Endowment for Democracy, o el diario The New York Times?



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