| Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens |
El neoliberalismo se ha convertido en un discurso hegemónico
con efectos omnipresentes en las maneras de pensar y las prácticas
político-económicas hasta el punto de que ahora forma parte del sentido común
con el que interpretamos, vivimos, y comprendemos el mundo. ¿Cómo logró el
neoliberalismo una condición tan augusta, y qué representa? En este artículo,
el autor afirma que el neoliberalismo es sobre todo un proyecto para restaurar
la dominación de clase de sectores que vieron sus fortunas amenazadas por el
ascenso de los esfuerzos socialdemócratas en las secuelas de
El neoliberalismo es una teoría de prácticas políticas económicas que proponen que el bienestar humano puede ser logrado mejor mediante la maximización de las libertades empresariales dentro de un marco institucional caracterizado por derechos de propiedad privada, libertad individual, mercados sin trabas, y libre comercio. El papel del Estado es crear y preservar un marco institucional apropiado para tales prácticas. El Estado tiene que preocuparse, por ejemplo, de la calidad y la integridad del dinero. También debe establecer funciones militares, de defensa, policía y judiciales requeridas para asegurar los derechos de propiedad privada y apoyar mercados de libre funcionamiento. Además, si no existen mercados (en áreas como la educación, la atención sanitaria, o la contaminación del medioambiente) deben ser creados, si es necesario mediante la acción estatal. Pero el Estado no debe aventurarse más allá de esas tareas. El intervencionismo del Estado en los mercados (una vez creados) debe limitarse a lo básico porque el Estado no puede posiblemente poseer suficiente información como para anticiparse a señales del mercado (precios) y porque poderosos intereses inevitablemente deformarán e influenciarán las intervenciones del Estado (particularmente en las democracias) para su propio beneficio.
Por una variedad de razones, las prácticas reales del neoliberalismo
discrepan frecuentemente de este modelo. Sin embargo, ha habido por doquier un
cambio enfático, dirigido ostensiblemente por las revoluciones de Thatcher/Reagan en Gran Bretaña y EE.UU., en las prácticas
político-económicas y en el pensamiento desde los años setenta. Estado tras
Estado, los nuevos que emergieron del colapso de
La neoliberalización se ha extendido, en efecto, por el
mundo como una vasta marea de reforma institucional y ajuste discursivo. Aunque
abundante evidencia muestra su desarrollo geográfico irregular, ningún sitio
puede pretender una inmunidad total (con la excepción de unos pocos Estados
como ser Norcorea.) Además, las reglas de enfrentamiento establecidas a través
de
La creación de este sistema neoliberal ha involucrado mucha destrucción, no sólo de previos marcos y poderes institucionales (tales como la supuesta soberanía previa del Estado sobre los asuntos políticos-económicos) sino también de divisiones laborales, de relaciones sociales, provisiones de seguridad social, mezclas tecnológicas, modos de vida, apego a la tierra, costumbres sentimentales, formas de pensar, etc. Se justifica una cierta evaluación de los aspectos positivos y negativos de esta revolución neoliberal. En lo que sigue, por ello, esbozaré en algunos argumentos preliminares cómo comprender y evaluar esta transformación en el modo en el que trabaja el capitalismo global. Esto requiere que arrostremos las fuerzas, intereses, y agentes subyacentes que han impulsado esta revolución neoliberal con tan implacable intensidad. Para usar la retórica neoliberal contra ella misma, podemos preguntar razonablemente:
La “naturalización”
del neoliberalismo
Para que algún sistema de pensamiento llegue a ser dominante, requiere la articulación de conceptos fundamentales que se arraiguen tan profundamente en entendimientos de sentido común que lleguen a ser tomados por dados e indiscutibles. Para que esto suceda, no sirve cualquier concepto viejo. Hay que construir un aparato conceptual que atraiga casi naturalmente a nuestras intuiciones e instintos, a nuestros valores y a nuestros deseos, así como a las posibilidades que parecen ser inherentes al mundo social que habitamos. Los personajes fundadores del pensamiento neoliberal tomaron por sacrosantos los ideales políticos de la libertad individual – así como los valores centrales de la civilización. Al hacerlo, eligieron sabiamente y bien, porque son ciertamente conceptos convincentes y muy atractivos. Esos valores fueron amenazados, arguyeron, no solo por el fascismo, las dictaduras, y el comunismo, sino también por todas las formas de intervención estatal que sustituyeron los juicios colectivos por los de individuos dejados en libertad de elegir. Luego concluyeron que sin “el poder diseminado y la iniciativa asociada con (la propiedad privada y el mercado competitivo) es difícil imaginar una sociedad en la que la libertad pueda ser preservada efectivamente.”(1)
Dejando de lado la pregunta de si la parte final del
argumento resulta necesariamente de la primera, no puede caber duda de que los
conceptos de libertad individual son poderosos por sí mismos, incluso más allá
de aquellos terrenos en los que la tradición liberal ha tenido una fuerte
presencia histórica. Semejantes ideales dieron fuerza a los movimientos
disidentes en Europa Oriental y en
No es sorprendente, por lo tanto, que los llamados por la libertad rodeen retóricamente a EE.UU. a cada vuelta y que pueblen todo tipo de manifiestos políticos contemporáneos. Eso ha valido particularmente para EE.UU. en los últimos años. En el primer aniversario de los ataques conocidos ahora como 11-S, el presidente Bush escribió un artículo editorial para el New York Times en el que extrajo ideas de un documento de Estrategia Nacional de EE.UU. publicado poco después. “Un mundo en paz de creciente libertad,” escribió, incluso mientras su gabinete se preparaba para lanza la guerra contra Iraq, “sirve a largo plazo a los estadounidenses, refleja ideales perdurables y une a los aliados de EE.UU.” “La humanidad,” concluyó, “tiene en sus manos la oportunidad de ofrecer el triunfo de la libertad sobre sus enemigos de siempre,” y “EE.UU. abraza sus responsabilidades de dirigir en esta gran misión.” De modo aún más enfático, proclamó más adelante que “la libertad es el regalo del Todopoderoso a cada hombre y mujer en este mundo” y “como la mayor potencia del mundo [EE.UU. tiene] una obligación de ayudar a la extensión de la libertad.” (2)
De modo que cuando todas las demás razones para lanzarse a una guerra preventiva contra Iraq resultaron ser falaces o por lo menos deficientes, el gobierno de Bush apeló crecientemente a la idea de que la libertad conferida a Iraq era intrínsicamente una justificación adecuada para la guerra. ¿Pero qué clase de libertad estaba prevista en este caso, ya que, como señaló seriamente hace mucho tiempo el crítico cultural Matthew Arnold: “La libertad es un excelente caballo para cabalgar, pero para cabalgar a alguna parte, (3) ¿Hacia qué destino, entonces, se esperaba que el pueblo iraquí cabalgara sobre el caballo de la libertad que le fue conferido de modo tan desinteresado por la fuerza de las armas?
La respuesta de EE.UU. fue dada el 19 de septiembre de 2003,
cuando Paul Bremer, jefe de
También fue instituido un sistema tributario regresivo
favorecido por los conservadores, llamado un impuesto de tipo único. El derecho
de huelga fue ilegalizado y los sindicados prohibidos en sectores clave. Un
miembro iraquí de
Lo que evidentemente trataba de imponer EE.UU. a Iraq era un
aparato estatal neoliberal hecho y derecho cuya misión fundamental era y es
facilitar las condiciones para una acumulación rentable de capital para todos,
iraquíes y extranjeros por igual. Se esperaba, en breve, que los iraquíes
cabalgaran su caballo de la libertad directamente al corral del neoliberalismo.
Según la teoría neoliberal, los decretos de Bremer son necesarios y suficientes
para la creación de riqueza y por lo tanto para el bienestar mejorado del
pueblo iraquí. Constituyen el fundamento apropiado para un adecuado estado de
derecho, la libertad individual, y el gobierno democrático. La insurrección que
siguió puede ser interpretada en parte como resistencia iraquí a ser
presionados hacia el abrazo del fundamentalismo de libre mercado contra su
libre voluntad. Es útil recordar, sin embargo, que el primer gran experimento en
la formación de un Estado neoliberal fue Chile después del golpe de Augusto
Pinochet, casi exactamente treinta años antes de la promulgación de los
decretos de Bremer, en el “pequeño 11 de septiembre” de 1973. El golpe, contra
el gobierno socialdemócrata, democráticamente elegido e izquierdista, de Salvador
Allende, fue fuertemente respaldado por
Que dos reestructuraciones obviamente similares del aparato
estatal hayan ocurrido en tiempos tan diferentes en partes bastante diferentes
del mundo bajo la influencia coercitiva de EE.UU. podría ser tomado como
indicativo de que el sombrío alcance del poder imperial de EE.UU. podría
encontrarse tras la rápida proliferación de formas de Estado neoliberal en todo
el mundo a partir de mediados de los años setenta. Pero el poder y la temeridad
de EE.UU. no constituyen toda la historia. No fue, después de todo, EE.UU.,
quien obligó a Margaret Thatcher a emprender el camino neoliberal en 1979. Y a
comienzos de los años ochenta, Thatcher fue una propugnadora mucho más
consecuente del neoliberalismo que lo que llegó alguna vez a ser Reagan. Ni fue
EE.UU. el que obligó a China en
¿A qué se debe el
giro neoliberal?
Hacia fines de los años sesenta, el capitalismo global iba cayendo
en una situación caótica. Una recesión importante ocurrió a comienzos de 1973 –
la primera desde la gran crisis de los años treinta. El embargo del petróleo y
el aumento de los precios del crudo que sobrevinieron posteriormente durante
ese año después de la guerra árabe-israelí exacerbaron problemas críticos. El
capitalismo arraigado del período de posguerra, con su fuerte énfasis en un
pacto difícil entre el capital y el trabajo realizado gracias a la mediación de
un Estado intervencionista que prestó mucha atención a lo social (es decir a
los programas de asistencia) y a los salarios individuales, ya no funcionaba.
El acuerdo de Bretton Woods establecido para regular el comercio y las finanzas
internacionales fue finalmente abandonado en
Ese sistema había producido altas tasas de crecimiento en los países capitalistas avanzados y generado algunos beneficios indirectos – de modo más obvio en Japón pero también diferentemente a través de Sudamérica y algunos otros países del Sudeste Asiático – durante la “edad dorada” del capitalismo en los años cincuenta y a comienzos de los sesenta. Al llegar la década siguiente, sin embargo, los sistemas previamente existentes estaban agotados y se necesitaba urgentemente una nueva alternativa para reiniciar el proceso de la acumulación de capital. (7) Cómo y por qué el neoliberalismo emergió victorioso como respuesta a ese dilema es una historia compleja. En retrospectiva, puede parecer como si el neoliberalismo hubiera sido inevitable, pero en esos días nadie sabía o comprendía realmente con alguna certeza qué clase de reacción daría resultados y cómo.
El mundo trastabilló hacia el neoliberalismo a través de una serie de virajes y movimientos caóticos que terminaron por converger en el así llamado “Consenso de Washington” en los años noventa. El disparejo desarrollo geográfico del neoliberalismo, y su aplicación parcial y asimétrica de un país a otro, testimonia de su carácter vacilante y de las maneras complejas en las que fuerzas políticas, tradiciones históricas, y configuraciones institucionales existentes influyeron todas en por qué y cómo el proceso ocurrió realmente en el terreno.
Existe, sin embargo, un elemento dentro de esta transición que merece una atención coordinada. La crisis de la acumulación de capital de los años setenta afectó a todos a través de la combinación de creciente desempleo e inflación acelerada. El descontento se generalizaba, y la combinación de movimientos sociales laborales y urbanos en gran parte del mundo capitalista avanzado auguraba una alternativa socialista para el compromiso social entre capital y trabajo, que había cimentado la acumulación de capital de un modo tan exitoso en el período de posguerra. Los partidos comunistas y socialistas ganaban terreno en gran parte de Europa, e incluso en EE.UU. las fuerzas populares agitaban por amplias reformas e intervenciones estatales en todo, desde la protección del entorno a la seguridad en el trabajo y la salud y la protección del consumidor contra los abusos corporativos. Esto representaba una clara amenaza política para las clases gobernantes por doquier, tanto en los países capitalistas avanzados, como Italia y Francia, así como en numerosos países en desarrollo, como México y Argentina.
Más allá de los cambios políticos, la amenaza económica a la
posición de las clases gobernantes se hacía palpable. Una condición del acuerdo
de posguerra en casi todos los países fue la restricción del poder económico de
las clases altas y que el trabajo recibiera una parte mucho mayor de la torta
económica. En EE.UU., por ejemplo, la parte del ingreso nacional recibida por
el 1% superior de los asalariados cayó de un máximo previo a la guerra de un
16% a menos de un 8% a fines de
El golpe de estado en Chile y la toma del poder por los
militares en Argentina, fomentados y dirigidos internamente en ambos casos por
las elites dirigentes con apoyo de EE.UU., suministraron una especie de
solución. Pero el experimento chileno con el neoliberalismo demostró que los
beneficios de la acumulación de capital resucitada fueron presentados de un
modo altamente sesgado. Al país y a sus elites dirigentes junto con los
inversionistas extranjeros les fue bastante bien mientras a la gente en general
le iba mal. Con el pasar del tiempo, esto ha sido un efecto tan persistente de
las políticas neoliberales como para que sea considerado como un componente
estructural de todo el proyecto. Dumenil y Levy han llegado a argumentar que el
neoliberalismo fue desde su propio comienzo un esfuerzo por restaurar el poder
de clase a las capas más ricas de la población. Mostraron como desde mediados
de los años ochenta, la parte del 1% superior de los devengadores de ingresos
en EE.UU. aumentó
rápidamente para llegar a un 15% a fines del siglo. Otros datos muestran que el
0,1% superior de los devengadores de ingresos aumentaron su parte del ingreso
nacional de un 2% en
Y EE.UU. no se encuentra solo: el 1% superior de los devengadores de ingresos en Gran Bretaña duplicó su parte del ingreso nacional de un 6,5% a un 13% durante los últimos veinte años. Si miramos más lejos, vemos extraordinarias concentraciones de riqueza y poder dentro de una pequeña oligarquía después de la aplicación de la terapia de choque neoliberal en Rusia y un aumento asombroso en las desigualdades de los ingresos y de la riqueza en China al adoptar prácticas neoliberales. Aunque hay excepciones a esta tendencia – varios países del este y del sudeste de Asia han contenido las desigualdades en los ingresos dentro de modestos límites, así como Francia y los países escandinavos – la evidencia sugiere que el giro neoliberal se asocia de alguna manera y en un cierto grado con intentos de restaurar o reconstruir el poder de las clases altas. Podemos, por lo tanto, examinar la historia del neoliberalismo sea como un proyecto utopista que provee un patrón teórico para la reorganización del capitalismo internacional o como un ardid político que apunta a reestablecer las condiciones para la acumulación de capital y la restauración del poder de clase. A continuación, argumentaré que el último de estos objetivos es el que ha dominado. El neoliberalismo no ha demostrado su efectividad en la revitalización de la acumulación global de capital, pero ha logrado restaurar el poder de clase. Como consecuencia, el utopismo teórico del argumento neoliberal ha funcionado más como un sistema de justificación y legitimación. Los principios del neoliberalismo son rápidamente abandonados cada vez que entran en conflicto con el proyecto de clase.
Hacia la restauración
del poder de clase
Si hubo movimientos para restaurar el poder de clase dentro del capitalismo global, ¿cómo fueron implementados y por quién? La respuesta a esa pregunta en países como Chile y Argentina fue simple: un rápido, brutal golpe de estado, seguro de sí mismo, respaldado por las clases altas. y la subsiguiente feroz represión contra todas las solidaridades creadas dentro de los movimientos sociales sindicales y urbanos que habían amenazado tanto su poder. En otros sitios, como en Gran Bretaña y México en 1976, fue necesario el amable espoleo de un Fondo Monetario Internacional, que todavía no era un feroz neoliberal, para empujar a los países hacia prácticas – aunque de ninguna manera un compromiso político – de recortar gastos sociales y programas de asistencia para reestablecer la probidad fiscal. En Gran Bretaña, por supuesto, Margaret Thatcher empuñó más tarde con tanta más furia el garrote neoliberal en 1979 y lo blandió con gran efecto, a pesar de que nunca logró superar por completo la oposición dentro de su propio partido y nunca pudo cuestionar efectivamente temas centrales del Estado de bienestar como el Servicio Nacional de Salud. Es interesante que recién en 2004 el gobierno laborista haya atrevido a introducir una estructura de pagos en la educación superior. El proceso de neoliberalización fue entrecortado, irregular desde el punto de vista geográfico, y fuertemente influenciado por estructuras de clase y otras fuerzas sociales que se mueven a favor o contra sus propuestas centrales dentro de formaciones estatales particulares e incluso dentro de sectores en particular, por ejemplo, la salud o la educación. (9)
Es informativo considerar más de cerca cómo el proceso se
desarrolló en EE.UU., ya que este caso fue cardinal como influencia en otras y
más recientes transformaciones. Varias líneas del poder se entrecruzaron para
crear una transición que culminó a mediados de los años noventa con la toma del
poder por el Partido Republicano. Ese logro representó de hecho un “Contrato
con EE.UU.” neoliberal como programa para acción en el interior. Antes de ese
desenlace dramático, sin embargo, se dieron muchos pasos, que se basaban y
reforzaban mutuamente. Para comenzar, en 1970 o algo así, hubo un creciente
sentimiento entre las clases altas de EE.UU. de que el clima contrario a los
negocios y antiimperialista que había emergido hacia fines de los años sesenta
había ido demasiado lejos. En un célebre memorando, Lewis Powell (a punto de
ser elevado a
El segundo elemento en la transición de EE.UU. tuvo que ver
con la disciplina fiscal. La recesión de
Acciones semejantes representaban un golpe de estado de las
instituciones financieras contra el gobierno democráticamente elegido de la
ciudad de Nueva York, y fueron tan efectivas como la toma del poder militar que
había ocurrido anteriormente en Chile. Gran parte de la infraestructura social
de la ciudad fue destruida, y los fundamentos físicos (por ejemplo, el sistema
de tránsito) se deterioraron considerablemente por falta de inversión o incluso
mantenimiento. La administración de la crisis fiscal de Nueva York allanó el
camino para prácticas neoliberales tanto en el interior bajo Ronald Reagan como internacionalmente a través del
Fondo Monetario Internacional durante todos los años ochenta. Estableció el
principio de que, en el evento de un conflicto entre la integridad de las
instituciones financieras y los poseedores de bonos por una parte y el
bienestar de los ciudadanos por la otra, los primeros tuvieran la preferencia.
Dejó en claro el punto de vista de que el papel del gobierno es crear un buen
clima para los negocios en lugar de velar por las necesidades y el bienestar de
la población en general. En medio de una crisis fiscal generalizada hubo
redistribuciones fiscales en beneficio de las clases altas.
Queda por ver si todos los agentes involucrados en la producción de este compromiso en Nueva York lo vieron en la época como una táctica para la restauración del poder de las clases altas. La necesidad de mantener la disciplina fiscal es un asunto de profunda preocupación en sí mismo y no tiene que conducir a la restitución de la dominación de clase. Es poco probable, por lo tanto, que Felix Rohatyn, el banquero mercantil de importancia crucial en el acuerdo entre la ciudad, el Estado, y las instituciones financieras, haya pensado en la reimposición del poder de clase. Pero ese objetivo fue probablemente importante en los pensamientos de los banqueros de inversiones. Fue casi con seguridad el objetivo del Secretario del Tesoro de aquel entonces, William Simon, quien habiendo observado con aprobación el progreso de los eventos en Chile, se negó a ayudar a Nueva York y declaró abiertamente que quería que la ciudad sufriera tanto que ninguna otra ciudad en la nación se volviera a atrever a aceptar otra vez obligaciones sociales similares. (11)
El tercer elemento en la transición de EE.UU. conllevaba un
ataque ideológico contra los medios de información y las instituciones
educacionales. Proliferaron los “think tanks” independientes financiados por
acaudalados individuos y donantes corporativos – ante todo
Este cebo del empresariado y del consumismo individualizados
fue respaldado por el garrote blandido por el Estado y las instituciones
financieras contra la otra ala del movimiento de 1968 cuyos miembros habían
buscado justicia social mediante la negociación colectiva y las solidaridades
sociales. La destrucción por Reagan de los controladores aéreos (PATCO) en 1980
y la derrota por Margaret Thatcher de los mineros británicos en 1984 fueron
momentos cruciales en el giro global hacia el neoliberalismo. El ataque contra
instituciones, como sindicatos y organizaciones de derechos asistenciales, que
trataban de proteger y favorecer los intereses de la clase trabajadora fue
amplio y profundo. Los salvajes recortes en los gastos sociales y del Estado de
bienestar, y el paso de toda responsabilidad por su bienestar a los individuos
y sus familias avanzaron a paso acelerado. Pero esas prácticas no se detuvieron
en las fronteras nacionales, y no podían hacerlo. Después de 1980, EE.UU., ya
comprometido firmemente con la liberalización y claramente respaldado por Gran
Bretaña, trató, mediante una mezcla de liderazgo, persuasión – los
departamentos de economía de las universidades de investigación de EE.UU. jugaron
un papel importante en la capacitación de muchos de los economistas de todo el
mundo en los principios neoliberales – y la coerción para exportar la
neoliberalización por todas partes. La purga de economistas keynesianos y su
reemplazo por monetaristas neoliberales en el Fondo Monetario Internacional en
1982 transformó el FMI dominado por EE.UU. en un agente de primera clase de la
neoliberalización mediante sus programas de ajuste estructural impuestos a
cualquier Estado (y hubo muchos en los años ochenta y noventa) que requería su
ayuda en el repago de la deuda. El Consenso de Washington, que fue forjado en
los años noventa, y las reglas de negociación fijadas bajo
El nuevo concordato internacional también dependía de la
reanimación y de la reconfiguración de la tradición imperial de EE.UU. Esa tradición había sido forjada en
Centroamérica en los años veinte, como una forma de dominación sin colonias.
Repúblicas independientes podían ser mantenidas bajo la dominación de EE.UU., y
actuar efectivamente, en el mejor de los casos, como testaferros de los
intereses de EE.UU. a través del apoyo de hombres fuertes – como Somoza en
Nicaragua, el Shah en Irán, y Pinochet en Chile – y un séquito de seguidores
respaldados por la ayuda militar y financiera. Se disponía de ayuda clandestina
para promover el ascenso al poder de dirigentes semejantes, pero al llegar los
años setenta se hizo evidente que se necesitaba algo más: la apertura de
mercados, nuevos espacios para inversiones, y que se abrieran campos en los que
los poderes financieros pudieran operar con seguridad. Esto implicaba una
integración mucho más estrecha de la economía global, con una arquitectura
financiera bien definida. La creación de nuevas prácticas institucionales,
tales como las que fueron fijadas por el FMI y
Neoliberalismo como
destrucción creativa
¿Cómo resolvió la neoliberalización los problemas del
debilitamiento de la acumulación de capital?
Sus antecedentes reales en el estímulo del crecimiento económico son pésimos.
Las tasas de crecimiento agregado eran de unos 3,5% en los años sesenta e
incluso durante los atribulados años setenta cayeron a sólo un 2,4%. Las tasas subsiguientes de
crecimiento global de 1,4% y de 1,1% para los años ochenta y noventa, y una
tasa que apenas llega a 1% desde 2000, indican que el neoliberalismo ha
fracasado ampliamente en el estímulo del crecimiento global. (14) Incluso si
excluimos de este cálculo los efectos catastróficos del colapso de la economía
rusa y de algunas centroeuropeas después del tratamiento de terapia neoliberal
de los años noventa, el rendimiento económico global desde el punto de vista de
la restauración de las condiciones de acumulación general de capital ha sido
débil.
A pesar de su retórica sobre la cura de economías enfermas, ni Gran Bretaña ni EE.UU. lograron un elevado rendimiento económico en los años ochenta. Esa década perteneció a Japón, a los “tigres” del Este Asiático, y a Alemania Occidental como motores de la economía global. Esos países fueron tuvieron mucho éxito, pero sus sistemas institucionales radicalmente diferentes dificultan la identificación de sus logros con el neoliberalismo. El Bundesbank (Banco Central) alemán había tomado una fuerte línea monetarista (concordante con el neoliberalismo) durante más de dos décadas, un hecho que sugiere que no existe una conexión necesaria entre el monetarismo per se y la búsqueda de la restauración del poder de clase. En Alemania Occidental, los sindicatos siguieron siendo fuertes y los niveles de salario se mantuvieron relativamente elevados junto a la construcción de un Estado de bienestar progresista. Uno de los efectos de esta combinación fue que se estimuló una alta tasa de innovación tecnológica que mantuvo a Alemania Occidental en las primeras filas en el terreno de la competencia internacional. La producción impulsada por la exportación hizo avanzar al país como líder global. En Japón, los sindicatos independientes eran débiles o inexistentes, pero la inversión estatal en el cambio tecnológico y organizativo y la estrecha relación entre las corporaciones y las instituciones financieras (un sistema que también demostró ser acertado en Alemania Occidental) generó un sorprendente desempeño impulsado por la exportación, en gran parte a costas de otras economías capitalistas como ser el Reino Unido y EE.UU. Un tal crecimiento, como lo hubo en los años ochenta (y la tasa de crecimiento agregado en el mundo fue incluso más baja que la de los atribulados años setenta) no dependió por lo tanto, de la neoliberalización. Muchos Estados europeos, por ello, se resistieron a las reformas neoliberales y encontraron cada vez más modos de preservar gran parte de su patrimonio socialdemócrata mientras se movían, en algunos casos con bastante éxito, hacia el modelo alemán occidental. En Asia, el modelo japonés implantado bajo sistemas autoritarios de gobierno en Corea del Sur, Taiwán y Singapur, demostró que era viable y concordante con una razonable igualdad de distribución. Recién en los años noventa, la neoliberalización comenzó a producir frutos tanto en EE.UU. como en Gran Bretaña. Esto sucedió en medio de un prolongado período de deflación en Japón, y un relativo estancamiento en la recién unificada Alemania. Queda por ver si la recesión japonesa ocurrió como simple resultado de presiones competitivas o si fue ingeniada por agentes financieros en EE.UU. para postrar la economía japonesa.
De modo que ¿por qué entonces ante estos antecedentes desiguales si no pésimos, tantos fueron persuadidos de que la neoliberalización es una solución exitosa? Además y más allá de la corriente persistente de propaganda que emana de los think tanks neoliberales y recarga los medios de información, se destacan dos razones materiales. Primero, la neoliberalización ha sido acompañada por una creciente volatilidad dentro del capitalismo global. El que el éxito se materializara en algún sitio oscureció la realidad de que el neoliberalismo fracasaba en general. Episodios periódicos de crecimiento se entremezclaron con fases de destrucción creativa, registradas usualmente como severas crisis financieras. Argentina fue abierta al capital extranjero y a la privatización en los años noventa y durante varios años fue la favorita de Wall Street, sólo para derrumbarse hacia el desastre cuando el capital internacional se retiró a fines de la década. El colapso financiero y la devastación social fueron rápidamente seguidos por una prolongada crisis política. La turbulencia financiera cundió por todo el mundo en desarrollo y en algunos casos, como en Brasil y México, repetidas olas de ajuste estructural y austeridad llevaron a la parálisis económica.
Por otra parte, el neoliberalismo ha sido un inmenso éxito
desde el punto de vista de las clases altas. Ha restaurado la posición de clase
de las elites gobernantes, como en EE.UU. y Gran Bretaña, o creado condiciones
para la formación de la clase capitalista, como en China, India, Rusia, y otros
sitios. Incluso países que sufrieron ampliamente por la neoliberalización han
presenciado el masivo reordenamiento interno de las estructuras de clase. La
ola de privatización que llegó a México con el gobierno de Salinas de Gortari en 1992, generó concentraciones de
riqueza sin precedentes en las manos de unos pocos (Carlos Slim, por ejemplo,
que se hizo cargo del sistema telefónico estatal y se convirtió
instantáneamente en multimillonario).
Con medios dominados por los intereses de la clase alta, podía propagarse el mito de que ciertos sectores fracasaron porque no fueron suficientemente competitivos, preparando así la escena para aún más reformas neoliberales. Se necesitaba más desigualdad social para alentar el riesgo y la innovación empresariales, y éstas, por su parte, confieren ventajas competitivas y estimulan el crecimiento. Si las condiciones entre las clases bajas se deterioraban, era porque no mejoraban su propio capital humano mediante la educación, la adquisición de una ética protestante de trabajo, y su sumisión a la disciplina y flexibilidad laboral por defectos personales, culturales y políticos. En un mundo spenceriano, decía el argumento, sólo los más aptos debían y podían sobrevivir. Los problemas sistémicos fueron camuflados bajo una tempestad de pronunciamientos ideológicos y una plétora de crisis localizadas. Si el principal efecto del neoliberalismo ha sido redistributivo en lugar de generativo, había que encontrar modos de transferir activos y canalizar la riqueza y los ingresos sea de la masa de la población hacia las clases altas o de países vulnerables a los más ricos. En otro sitio presento un informe sobre estos procesos bajo la rúbrica de acumulación por desposeimiento. (15) Con eso, quiero decir la continuación y proliferación de prácticas de acumulación que Marx había designado como “primitivas” u “originales” durante el ascenso del capitalismo. Estas incluyen (1) la conmodificación y privatización de la tierra y la expulsión forzada de poblaciones campesinas (como recientemente en México e India); (2) la conversión de diversas formas de derechos de propiedad (común, colectiva, estatal ,etc.) en derechos exclusivamente de propiedad privada; (3) la supresión de derechos a las áreas públicas; (4) la conmodificación del poder laboral y la supresión de formas alternativas (indígenas) de producción y consumo; (5) procesos coloniales, neocoloniales, e imperiales, de apropiación de activos (incluyendo los recursos naturales); (6) la monetización de los intercambios y de la tributación, particularmente de tierras; (7) la trata de esclavos (que continúa, particularmente en la industria del sexo); y (8) la usura, la deuda nacional y. lo más devastador de todo, el uso del sistema crediticio como un medio radical de acumulación primitiva.
El Estado, con su monopolio de la violencia y de las definiciones de la legalidad, juega un rol crucial en el respaldo y la promoción de estos procesos. A esta lista de mecanismos, podemos agregar ahora una armadía de técnicas adicionales, tales como la extracción de rentas de patentes y derechos de propiedad intelectual y la disminución o cancelación de varias formas de propiedad comunitaria – tales como pensiones estatales, vacaciones pagas, acceso a la educación y a la atención sanitaria – conquistadas en una generación o más de luchas socialdemócratas. La propuesta de privatizar todos los derechos a la pensión estatal (aplicada por primera vez en Chile bajo la dictadura de Augusto Pinochet) es, por ejemplo, uno de los objetivos predilectos de los neoliberales en EE.UU.
En los casos de China y Rusia, podría ser razonable
referirse a recientes acontecimientos en términos “primitivos” y “originales”,
pero las prácticas que restauraron el poder a elites capitalistas en EE.UU. y
otros sitios son mejor descritas como un proceso continuo de acumulación
mediante el desposeimiento que creció rápidamente bajo el neoliberalismo. A
continuación, aíslo cuatro elementos principales.
1. Privatización
La corporatizacion, conmodificación, y privatización de activos públicos anteriormente públicos han sido características emblemáticas del proyecto neoliberal. Su principal objetivo ha sido abrir nuevos campos para la acumulación de capital en terrenos que anteriormente eran considerados como fuera de límites para los cálculos de rentabilidad. Servicios públicos de todo tipo (agua, telecomunicaciones, transporte), suministro de asistencia social (viviendas sociales, educación, atención sanitaria, pensiones), instituciones públicas (tales como universidades, laboratorios de investigación, prisiones), e incluso la guerra (como lo ilustra el “ejército” de contratistas privados que operan junto a las fuerzas armadas en Iraq) han sido todos privatizados en algún grado en todo el mundo capitalista.
Derechos de propiedad privada establecidos a través del así
llamado acuerdo ADPIC (Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual
relacionados con el Comercio) dentro de
La conmodificación (a través del turismo) de las formas culturales, historias, y de la creatividad intelectual, involucra desposeimientos generalizados (la industria de la música es tristemente célebre por la apropiación y explotación de la cultura y la creatividad de base). Como en el pasado, el poder del Estado es utilizado frecuentemente para imponer esos procesos incluso contra la voluntad popular. El retroceso de los marcos reguladores diseñados para proteger a las fuerzas laborales y al entorno contra la degradación ha conllevado la pérdida de derechos. La reversión hacia el dominio privado de los derechos de propiedad común conquistados durante años de duras luchas de clase (el derecho a una pensión estatal, a la asistencia, a atención sanitaria nacional) ha sido una de las políticas de desposeimiento más atroces proseguidas en nombre de la ortodoxia neoliberal.
La corporatización, conmodificación, y privatización de lo que hasta ahora eran activos públicos han sido características insignes del proyecto neoliberal. Todos estos procesos equivalen a una transferencia de activos de los campos público y popular a los dominios privados y de privilegios de clase. La privatización, argumentó Arundhati Roy respecto al caso indio, involucra “la transferencia de activos públicos productivos del Estado a compañías privadas. Los activos productivos incluyen recursos naturales: tierra, bosques, agua, aire. Estos son los activos que el Estado mantiene en fideicomiso para el pueblo que representa... Arrancárselos y venderlos como valores a compañías privadas es un proceso de bárbaro desposeimiento en una escala que no tiene paralelo en la historia.” (16)
2. Financialización
La poderosa ola financiera que comenzó después de
El énfasis en los valores de acciones, que surgieron después
de juntar los intereses de propietarios y administradores de capital mediante
la remuneración de estos últimos con opciones en acciones, condujo, como
sabemos ahora, a manipulaciones en el mercado que crearon inmensa riqueza para
unos pocos a costas de los muchos. El espectacular colapso de Enron fue
emblemático para un proceso general que privó a muchos de su subsistencia y
derechos a pensión. Más allá de eso, también debemos considerar los robos
especulativos realizados por fondos de alto riesgo y otros importantes
instrumentos del capital financiero que formaron la verdadera vanguardia de la
acumulación por desposeimiento en la escena global, incluso aunque
supuestamente conferían el beneficio positivo para la clase capitalista de
“repartir los riesgos.”
3. La administración
y la manipulación de crisis
Más allá de la espuma especulativa y a menudo fraudulenta
que caracteriza gran parte de la manipulación financiera neoliberal, se halla
un proceso más profundo que involucra accionar la trampa de la deuda como un
medio primordial de acumulación por desposeimiento. La creación, administración
y manipulación de crisis en la escena mundial se ha convertido en el fino arte
de la redistribución deliberada de riqueza de los países pobres a los ricos. Al
aumentar repentinamente las tasas de interés en 1979, Paul Volcker, en aquel
entonces presidente de
Las crisis financieras siempre han causado transferencias de propiedad y poder a los que mantienen intactos sus propios activos y están en la posición de crear crédito, y la crisis asiática no es una excepción... no cabe duda de que las corporaciones occidentales y japonesas son los grandes ganadores... La combinación de masivas devaluaciones impulsó a la liberalización financiera, y la recuperación facilitada por el FMI incluso podría precipitar la mayor transferencia de activos de propietarios nacionales a extranjeros en tiempos de paz de los últimos cincuenta años en cualquier parte del mundo, eclipsando las transferencias de propietarios nacionales a estadounidenses en Latinoamérica en los años ochenta o en México después de 1994. Se recuerda la declaración atribuida a Andrew Mellon: “En una depresión los activos vuelven a sus legítimos dueños.” (18)
La analogía con la creación deliberada de desempleo para
producir una fuente de mano de obra excedente mal remunerada, conveniente para
la acumulación ulterior, es exacta. Valiosos activos pierden su uso y su valor.
Yacen inertes y durmientes hasta que capitalistas en posesión de liquidez
deciden apoderarse de ellos e insuflarles nueva vida. El peligro, sin embargo,
es que las crisis pueden descontrolarse y generalizarse, o que surgirán
revueltas contra el sistema que las crea. Una de las funciones primordiales de
las intervenciones estatales y de las instituciones internacionales es
orquestar crisis y devaluaciones de manera que permitan que ocurra la acumulación
por desposeimiento sin provocar un colapso general o una revuelta popular. El
programa de ajuste estructural administrado por el complejo Wall Street/Tesoro/FMI se ocupa de la primera
función. Es tarea del aparato comprador estatal neoliberal (respaldado por la
ayuda militar de las potencias imperialistas) asegurar que no ocurran
insurrecciones en el país que ha sido atracado. Sin embargo, emergieron señales
de revuelta popular, primero con el levantamiento zapatista en México en 1994,
y después con el descontento generalizado que informó a los movimientos contra
la globalización como el que culminó en Seattle en 1999.
4. Redistribuciones
estatales
El Estado, una vez que se ha convertido en un conjunto neoliberal de instituciones, se convierte en un agente primordial de las políticas redistribuidoras, invirtiendo el flujo de las clases altas hacia las bajas que había sido implementado durante la era precedente socialdemócrata.
Lo hace en primer lugar mediante esquemas de privatización y recortes en los gastos gubernamentales que debían apoyar el salario social. Incluso si la privatización parece ser beneficiosa para las clases bajas, los efectos a largo plazo pueden ser negativos. A primera vista, por ejemplo, el programa de Thatcher para la privatización de las viviendas sociales en Gran Bretaña pareció ser un regalo a las clases bajas cuyos miembros ahora podían pasar de ser arrendatarios a ser propietarios a un coste relativamente bajo, obtener el control de un activo valioso, y aumentar su riqueza. Pero una vez que fue completada la transferencia, entró en juego la especulación con la vivienda, particularmente en ubicaciones centrales de primera, terminando por sobornar u obligar a las poblaciones a partir a la periferia en las ciudades como Londres, y convirtiendo a lo que eran barrios de viviendas de clase trabajadora en centros de intenso aburguesamiento. La pérdida de viviendas asequibles en áreas centrales resultó en la falta de viviendas para muchos y en viajes extremadamente largos para los que tenían trabajos mal remunerados de servicio. La privatización de los ejidos (derechos de propiedad común de la tierra bajo la constitución mexicana) en México, que se convirtió en un componente central del programa neoliberal establecido durante los años noventa, tuvo efectos análogos en el campesinado mexicano, obligando a muchos habitantes rurales a irse a las ciudades en busca de trabajo. El Estado chino creó toda una serie de medidas draconianas mediante la cual activos fueron conferidos a una pequeña elite en detrimento de las masas.
El Estado neoliberal también busca redistribuciones mediante una serie de otras medidas como ser revisiones en el código tributario para beneficiar a los rendimientos de inversiones en lugar de ingresos y salarios, la promoción de elementos regresivos en el código tributario (como ser impuestos a la venta), el desplazamiento de gastos estatales y el libre acceso para todos mediante tarifas de usuarios (por ejemplo en la educación superior), y la provisión de una vasta gama de subsidios y beneficios tributarios a las corporaciones. Los programas de asistencia que ahora existen en EE.UU. en los ámbitos federal, estatal y local, equivalen a una vasta reorientación de los dineros públicos para beneficiar a las corporaciones (directamente como en el caso de subsidios a la agroindustria e indirectamente como en el caso del sector militar-industrial), de un modo muy parecido a como opera la deducción de los impuestos de la tasa de interés hipotecario en EE.UU., como un masivo subsidio para los propietarios de casas de altos ingresos y para la construcción industrial.
El aumento de la vigilancia y del mantenimiento del orden y, en el caso de EE.UU., el encarcelamiento de elementos recalcitrantes en la población, indican un rol más siniestro de intenso control social. En los países en desarrollo, donde la oposición al neoliberalismo y a la acumulación por desposeimiento puede ser más fuerte, el papel del Estado neoliberal asume rápidamente el de represión activa incluso hasta el punto de la guerra de baja intensidad contra movimientos opositores (muchos de los cuales pueden ahora ser convenientemente calificados de terroristas para obtener la ayuda militar y el apoyo de EE.UU.) tales como los zapatistas en México o los campesinos sin tierras en Brasil.
En efecto, informó Roy: “La economía rural de India, que sostiene a setecientos millones de personas, está siendo agarrotada. Agricultores que producen demasiado están necesitados, agricultores que producen demasiado poco están necesitados, y los jornaleros agrícolas sin tierra están sin trabajo porque grandes propietarios y haciendas despiden a sus trabajadores. Todos atestan las ciudades en busca de empleo.” (19) En China, se calcula que por lo menos la mitad de 1.000 millones de personas tendrá que ser absorbida por la urbanización durante los próximos diez años si se quiere evitar el caos y la revuelta en el campo. No se sabe lo que esos itinerantes harán en las ciudades, aunque los amplios planes de infraestructura física que están siendo implementados logren llegar a absorber en algo los excedentes laborales liberados por la acumulación primitiva.
Las tácticas redistribuidoras del neoliberalismo son amplias, sofisticadas, frecuentemente marcadas por estratagemas ideológicos, pero devastadoras para la dignidad y el bienestar social de poblaciones y territorios vulnerables. La ola de neoliberalización por destrucción creativa que ha recorrido el globo no tiene paralelo en la historia del capitalismo. Con razón ha generado resistencia y una búsqueda de alternativas viables.
Alternativas
El neoliberalismo ha generado un conjunto de movimientos
opositores tanto dentro como fuera de su radio de acción, muchos de los cuales
son radicalmente diferentes de los movimientos basados en los trabajadores que
dominaron antes de 1980. Digo muchos, pero no todos. Los movimientos
tradicionales basados en los trabajadores no están de ninguna manera muertos,
ni siquiera en los países capitalistas avanzados en los que han sido muy
debilitados por el ataque neoliberal. En Corea del Sur y Sudáfrica, vigorosos
movimientos sindicales aparecieron durante los años ochenta, y en gran parte de
Latinoamérica florecen los partidos de la clase obrera. En Indonesia, un
putativo movimiento sindical de gran importancia potencial lucha por ser
escuchado. El potencial de malestar laboral es inmenso aunque impredecible.
Y no es evidente tampoco que la masa de la clase trabajadora en EE.UU., que durante la última generación votó consistentemente contra sus propios intereses materiales por motivos de nacionalismo cultural, religión, y oposición a múltiples movimientos sociales, permanecerá para siempre bloqueada en una política semejante por las maquinaciones por igual de republicanos y demócratas. No hay motivos para excluir en el futuro la resurgencia de una política basada en los trabajadores con una fuerte agenda antineoliberal. Pero las luchas contra la acumulación por desposeimiento están fomentando líneas bastante diferentes de lucha social y política. En parte debido a las condiciones peculiares que dan origen a esos movimientos, su orientación política y modos de organización se diferencian fuertemente de los que son típicos en la política socialdemócrata. La rebelión zapatista, por ejemplo, no buscó la toma del poder estatal o la realización de una revolución política. En su lugar postuló una política inclusiva para trabajar a través del conjunto de la sociedad civil en una búsqueda abierta y fluida de alternativas que consideraran las necesidades específicas de diferentes grupos sociales y les permitiera mejorar su suerte. Desde el punto de vista organizativo, tendió a evitar el vanguardismo y se negó a adoptar la forma de un partido político. En su lugar prefirió seguir siendo un movimiento social dentro del Estado, intentando formar un bloque de poder político en el que las culturas indígenas fueran centrales en lugar de ser periféricas. Con ello trató de lograr algo similar a una revolución pasiva dentro de la lógica territorial del poder estatal.
El efecto de tales movimientos ha sido transferir el terreno de la organización política lejos de los partidos políticos y de las organizaciones sindicales tradicionales hacia una dinámica política menos enfocada de acción social a través de todo el espectro de la sociedad civil. Pero lo que perdieron en enfoque lo ganaron en relevancia. Sacaron sus fuerzas del arraigo en los trabajos diarios de la vida y lucha de todos los días, pero al hacerlo a menudo les fue difícil salirse de lo local y de lo particular para comprender la macropolítica de lo que fue y es la acumulación neoliberal por desposeimiento. La variedad de tales luchas fue y es simplemente sorprendente. Es difícil llegar a imaginar conexiones entre ellas. Fueron y son parte de una mezcla volátil de movimientos de protesta que recorrieron el mundo y ocuparon crecientemente los titulares durante y después de los años ochenta. (20)
Esos movimientos y revueltas fueron a veces aplastados con una violencia feroz, en la mayor parte por poderes estatales que actuaban en nombre del orden y la estabilidad. En otros sitios produjeron violencia entre etnias y guerras civiles cuando la acumulación por desposeimiento condujo a intensas rivalidades sociales y políticas en un mundo dominado por tácticas de dividir para gobernar por parte de fuerzas capitalistas. Los Estados clientes apoyados militarmente o en algunos casos con fuerzas especiales entrenadas por las principales potencias (encabezadas por EE.UU., y Gran Bretaña y Francia con un rol menor) lideraron en un sistema de represiones y liquidaciones para bloquear implacablemente los movimientos activistas que cuestionaban la acumulación por desposeimiento.
Los propios movimientos han producido una abundancia de
ideas respecto a alternativas. Algunos tratan de desvincularse total o
parcialmente de los poderes abrumadores del neoliberalismo y del
neoconservadurismo. Otros buscan justicia social y medioambiental globales
mediante la reforma o disolución de poderosas instituciones tales como el FMI y
Pero ¿qué tipo de conclusiones pueden ser extraídas de un análisis del tipo que hemos estructurado? Para comenzar, toda la historia del compromiso socialdemócrata y el subsiguiente giro hacia el neoliberalismo indica el papel crucial jugado por la lucha de clases para limitar o restaurar el poder de clase. Aunque ha sido efectivamente disfrazado, hemos vivido toda una generación de lucha de clases sofisticada por parte de las capas superiores por restaurar, o como en China y Rusia por edificar, la dominación de clase. Esto ocurrió durante décadas en las que muchos progresistas fueron teóricamente persuadidos de que la clase era una categoría falta de significado y en las que las instituciones desde las que se había librado la lucha hasta entonces por cuenta de las clases trabajadores estuvieron bajo un ataque feroz. La primera lección que debemos aprender, por lo tanto, es que si algo parece lucha de clase y actúa como lucha de clase, tenemos que llamarla por lo que es. La masa de la población tiene que resignarse a la trayectoria histórica y geográfica definida por el abrumador poder de clase o responder en términos de clase.
Decirlo de esta manera no es deshacernos en nostalgia por alguna era dorada en la que el proletariado estaba en movimiento. Tampoco significa necesariamente (si alguna vez debiera haberlo hecho) que podamos apelar a alguna simple concepción del proletariado como el agente primordial (para no decir exclusivo) de la transformación histórica. No existe un campo proletario de fantasía utópica marxiana a la que podamos apelar. Señalar la necesidad e inevitabilidad de la lucha de clase no es decir que la forma en la que la clase está constituida es determinada o incluso determinable anticipadamente. Los movimientos de clase se hacen a sí mismos, aunque no bajo condiciones de su propia elección. Y el análisis muestra que esas condiciones están actualmente bifurcadas en movimientos alrededor de la reproducción expandida – en la que la explotación del trabajo salariado y las condiciones que definen el salario social son temas centrales – y los movimientos alrededor de la acumulación por desposeimiento – en los que todo desde las formas clásicas de acumulación primitiva mediante prácticas destructoras de culturas, historias, y entornos, hasta las depredaciones producidas por las formas contemporáneas del capital financiero constituye el centro de resistencia. El encuentro del vínculo orgánico entre esas diferentes corrientes de clase es una tarea teórica y práctica urgente. El análisis también muestra que esto tiene que ocurrir en una trayectoria histórico-geográfica de acumulación de capital que se basa en una creciente conectividad a través del espacio y del tiempo, pero marcada por acontecimientos geográficos disparejos cada vez más profundos. Esta desigualdad debe ser entendida como algo que es activamente producido y sostenido por procesos de acumulación de capital, no importa cuán importantes puedan ser las señales de residuos de configuraciones pasadas establecidas en el paisaje y en el mundo social. El análisis también destaca contradicciones explotables dentro de la agenda neoliberal. La brecha entre lo retórico (por el beneficio común) y la realización (por el beneficio de una pequeña clase gobernante) aumenta en el espacio y el tiempo, y los movimientos sociales han hecho mucho por concentrarse en esa brecha. La idea de que el mercado tenga que ver con una competencia honrada es negada cada vez más por la realidad del extraordinario monopolio, centralización e internacionalización por parte de los poderes corporativos y financieros. El alarmante aumento en las desigualdades de clase y regionales tanto dentro de los Estados (como en China, Rusia, India, México, y en Sudáfrica) así como a escala internacional, posa un serio problema política que ya no puede ser ocultado como algo transitorio en el camino al mundo neoliberal perfeccionado. El énfasis neoliberal en los derechos del individuo y el creciente uso autoritario del poder estatal para sostener el sistema se convierten en un punto álgido de discusión. Mientras más se reconoce que el neoliberalismo es un proyecto fracasado, si no insincero y utópico, que oculta la restauración del poder de clase, más se crea la base para un resurgimiento de movimientos de masas que expresen reivindicaciones políticas igualitarias, buscando justicia económica, comercio justo, y mayor seguridad y democratización económica.
Pero la naturaleza profundamente antidemocrática del
neoliberalismo debería seguramente ser el principal centro de la lucha
política. Instituciones con enorme influencia, como ser
Mientras mejor reconozcan los movimientos más claramente opositores que su objetivo central tiene que ser enfrentar el poder de clase que ha sido tan efectivamente restaurado bajo la neoliberalización, mejor será la probabilidad de que tengan coherencia. Arrancar la máscara neoliberal y denunciar su retórica seductiva, utilizada tan apropiadamente para justificar y legitimar la restauración de ese poder, tendrá un papel importante en las luchas contemporáneas. A los neoliberales les costó muchos años establecer y realizar su marcha por las instituciones del capitalismo contemporáneo. La lucha que viene no será menor cuando presionamos en la dirección opuesta.
Notas
1. Vea el sitio en
2004,
http://www.whitehouse.gov/news/releases/2004/0420040413-20.html.
3. Matthew
Arnold es citado en Robin Williams, Culture and Society, 1780-1850 (London:
Chatto and Windus, 1958), 118.
4. Antonia
Juhasz, “Ambitions of
Empire: The Bush
Administration Economic Plan
for Iraq (and Beyond),” Left Turn Magazine 12
(February/March 2004): 27-32.
5. Thomas
Crampton, “Iraqi Official Urges Caution on Imposing Free Market,” New York
Times, 14 de octubre de 2003, p. C5.
6. Juan
Gabriel Valdez, Pinochet’s Economists: The Chicago School in
7. Philip
Armstrong, Andre Glynn, and John Harrison, Capitalism since World War II: The
Making and Breaking of the Long Boom (Oxford, UK: Basil Blackwell, 1991).
8. Gerard
Dumenil and Dominique Levy, “Neoliberal Dynamics: A New Phase?” (Manuscript,
2004), 4. Vea también: Task Force on Inequality and American Democracy,
American Democracy in an Age of Rising Inequality (
9. Daniel
Yergin and Joseph Stanislaw, The Commanding Heights: The
10. Thomas
Byrne Edsall, The
New Politics of
Inequality (New York:
Norton, 1984); Jamie
Court, Corporateering: How Corporate Power Steals Your Personal Freedom
(New York: Tarcher Putnam, 2003); y Thomas Frank, What’s the Matter with
Kansas: How Conservatives Won the Heart of America (New York, Metropolitan
Books, 2004).
11. William
K. Tabb, The
Long Default: New
York City and
the Urban Fiscal
Crisis (New York, Monthly Review Press, 1982); y Roger E.
Alcaly and David Mermelstein, The Fiscal Crisis of American Cities (New York,
Vintage, 1977).
12. Joseph
Stiglitz, Globalization and Its Discontents (
13. David
Harvey, The New Imperialism (
14. World
Commission on the
Social Dimension of
Globalization, A Fair
Globalization: Creating Opportunities
for All (Geneva, Switzerland: International Labor Office, 2004).
15.
16.
Arundhati Roy, Power Politics (
17. Peter
Dicken, Global Shift:
Reshaping the Global
Economic Map in
the 21st Century,
4th ed. (New York: Guilford,
2003), chap. 13.
18. Robert
Wade and Frank Veneroso, “The Asian Crisis: The High Debt Model versus the Wall
Street- Treasury-IMF Complex,” New Left Review 228 (1998): 3-23.
19.
20. Barry
K. Gills, ed.,
Globalization and the
Politics of Resistance
(New York: Palgrave,
2001); Ton Mertes, ed., A
Movement of Movements (London: Verso, 2004); Walden Bello, Deglobalization:
Ideas for a New World Economy
(London: Zed Books,
2002); Ponna Wignaraja,
ed., New Social
Movements in the South: Empowering the People (London: Zed
Books, 1993); and Jeremy Brecher, Tim Costello, and Brendan Smith,
Globalization from Below: The Power of Solidarity (Cambridge, MA: South End
Press, 2000).
21. Mertes,
A Movement of Movements; and Walden Bello, Deglobalization: Ideas for a
Downloaded
from http://ann.sagepub.com at BTCA Univ de Barcelona on
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American Academy of Political & Social Science. All rights reserved. Not
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The ANNALS
of the
http://ann.sagepub.com/cgi/content/abstract/610/1/21
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David Harvey es profesor distinguido en el Centro de Postgrado
de