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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 08-07-2008

La prehistoria revolucionaria del Che

Mara Moreno
Pagina 12


En el camino

Con lpices que llegara a comerse, en pedazos de papel que tambin serviran para parar la hemorragia de una herida, nutrido de una biblioteca escondida en una cueva, en los altos de marchas fatigosas, el Che Guevara llev siempre un diario (luego conocidos como Diario de motocicleta, Pasajes de la guerra revolucionaria, El diario del Che en Bolivia, Diario del Congo). En ellos, consign su prehistoria revolucionaria, cifr esa pulsin por el camino que lo emparienta con los beats norteamericanos, registr el rigor con que comandaba a sus hombres y hasta sembr claves que hoy, con los resultados a la vista, podran tentar a leer en ellos profecas de un destino ineludible. Pero sobre todo, registran una vocacin que a diferencia de Walsh no est reida con el revolucionario y revelan a un escritor que marcha hacia la muerte en una gesta contra el imperialismo pero tambin contra el imaginario del oficinista de Kafka y del ingeniero de Sartre.

Leer los diarios de alguien que ya no existe puede convertir en canalla. Invita a aprovecharse de servidas asociaciones y de los acontecimientos que el azar propone como encadenados para leer en el principio las profecas de un destino cuyo final se conoce de antemano. Por ejemplo, al leer los diarios del Che Guevara (Notas de viaje, diario de motocicleta, Pasajes de la guerra revolucionaria, El diario del Che en Bolivia, Diario del Congo) tienta trazar una curva entre el episodio en que ste narra cmo se vio obligado a descargar su diarrea desde lo alto de su alojamiento en Temuco sobre los duraznos que alguien haba puesto a secar sobre unas chapas ms abajo y que cataloga como un error de apreciacin en el primer diario, y aquel en que registra preocupado: Salimos 17 con una luna muy pequea y la marcha fue muy fatigosa y dejando mucho rastro por el can donde estbamos que no tiene casas cerca en el ltimo, cuando ya ha escrito que la radio chilena ha anunciado que son 1800 hombres los que lo buscan, y as suponer un derrotero cuajado de errores de apreciacin. O, menos gravemente, tienta mostrar el aprendizaje que va de matar un perro viejo en Nahuel Huapi al confundirlo con un tigre a matar a un soldado en Sierra Maestra en donde la condicin de mdico del agresor le hizo constatar la eficacia de su disparo que parti el corazn de la vctima provocndole una muerte, por rpida, menos dolorosa. Cmo no sonrerse con mdica suspicacia al leer que el objetivo del primer viaje por Latinoamrica es pases lejanos, hechos heroicos, mujeres bonitas, o escuchar con odo lacaneano en el Thu Che de ecos vietnamitas con que Guevara se autobautiza para firmar alguna carta a su mujer, Aleida March, el touch del cado en duelo? Pero es el Che mismo el que nos ha puesto esas emboscadas, ya que se ha ocupado en cada texto de organizar cada escena de su vida invertida en su formacin de guerrero ejemplar con un celo igualmente ejemplar. El camino de la revolucin que sugiere en Pasajes de la guerra revolucionaria, en su diario de Bolivia, est lleno de chapuceras de las que l es el primero en culparse: luego de capturar su primera gorra de soldado batistiano, se la ha puesto, contento, casi provocando una rfaga de su propia vanguardia; de acuerdo a lo que recuerda de una novela, agrega agua de mar en la racin de una cantimplora y la hace intragable; gua a sus hombres hacia Sierra Maestra bajo la Estrella Polar, slo que... no es la Estrella Polar. El camino de la justicia estara tapizado por las injusticias: fusilar al dudoso de haber incurrido en los tres delitos capitales de la guerrilla, la insubordinacin, la desercin y el derrotismo; castigar negndole sus prximas raciones al que, hambriento, ha robado una lata de leche condensada; ejecutar a un perro que no para de ladrar. Las opciones pueden ser graves: por ejemplo durante una retirada, entre la mochila de la medicina y la caja de balas. (Che elegir la de balas, de haber hecho lo contrario se habra convertido en un Dr. House?) Luego estn las penurias naturales como la yaguesa, el jejn, el mariqui, el mosquito y la garrapata que saben sacar sangre sin disparar un solo tiro, las cotidianas que obligan a beberse la orina o a recoger agua con la bombita de un nebulizador antiasmtico en los bordes del yuyo llamado dientes de perro para distribuirla en el ocular de una mirilla telescpica en una suerte de versin inversa de la multiplicacin cristiana de los panes y los peces, muy evocadora de la vida de santos como Santa Catalina de Siena que se alimentaba y sin adelgazar un solo gramo de la ostia diaria de la comunin. La revolucin est hecha sobre el lance de que un campesino lleno de miedo y que entra en accin por obediencia o debido a una provisoria sugestin retrica, pueda resistirse a la tentacin del bandidaje o de volver a la inercia del despojado. De Davides que no entienden bien escribe Che y de Banderas que murieron sin ver la aurora.

Su prehistoria del revolucionario se establece con la visita del joven mdico y de un amigo a esas ciudades mticas y aisladas por el tab de contacto: el leprosario: La gente que est a cargo de l cumple una labor callada y benfica, el estado general es desastroso, en un pequeo reducto de menos de media manzana del cual dos tercios corresponden a la parte enferma, transcurre la vida de estos condenados que en nmero de treinta y uno ven pasar su vida, viendo llegar la muerte (por lo menos eso pienso) con indiferencia. Antes de aspirar a liberar a los proletarios del mundo, Che aspira a liberar al otro, precisamente de ser otro; curarlo es menos mejorar sus condiciones de vida que reconocerlo, escucharlo, tocarlo, ver en l a un hombre. En El ltimo lector, cuando Ricardo Piglia hace el retrato del Che lo asocia a Lucio V. Mansilla y a Victoria Ocampo por el uso de una lengua que simula, en su naturalidad inventada, un efecto oral. Y el Che que visita leprosarios y convive con los enfermos (Despus algunos vinieron a despedirse personalmente y en ms de uno se juntaron lgrimas cuando nos agradecan ese poco de vida que les habamos dado, estrechndoles la mano, aceptando sus regalitos y sentndonos entre ellos a mirar un partido de futbol) no deja de recordar la escena de Una excursin a los indios ranqueles en que el coronel personaje levanta en brazos, ante la tribu aterrada, el cuerpo infectado de viruela del indio Linconao y, antes de subirlo a un carro que lo llevar a su propia casa para curarlo, se lo acerca al rostro sede mtica de la espiritualidad y de los cinco sentidos soportando el efecto que describe como de lima envenenada. Para Che, como para Mansilla, el acceso al hombre a quien el mundo no reconoce la categora de tal comienza por la prueba de su roce. En esa primera identificacin antiburguesa a una vida peligrosa de leprlogo no debe estar ausente la figura del doctor Schweitzer que, en un sentido muy distinto, se pas al otro seguido por las cmaras de la revista Life y gan el Premio Nobel de la Paz un ao antes de que el Che partiera con su amigo Granados en motocicleta por los caminos de Latinoamrica. Y si a Piglia no se le escapa que en ese Che primerizo la pulsin del camino tiene la marca de la de los escritores beats de su poca, es vlido reconocer en esos escritos de puo y letra llamados diarios, bajo la forma de una insistente contabilidad de bajas y de alimentos, de armas ganadas y perdidas, de prisioneros y de traidores, un resto de enumeracin catica a lo Aullido de Ginsberg.

Claro que fuera de los contextos de poca, conocidos los precios y vencidas las picas, como no sobresaltarse con esa serie de horrores pormenorizados que incluyen el casi forzar a la mujer de un mecnico durante un baile ella cae al suelo en una confusa escena presenciada por el marido, el ventajeo con el ttulo de mdico, la bravata petitera de intentar robarse unos vinos durante una comida a la que ha sido invitado, narrados en Diario de motocicleta, y luego, ya en Sierra Maestra, con la educacin por el insulto y la provocacin machista que pone a los guerrilleros en el brete de desear la muerte antes de ser degradados uno, en efecto, se suicida luego de perder el rango y el Che, previa una explicacin pedaggica, le niega honores militares: Tuvimos un pequeo incidente debido a mi oposicin a que le rindieran honores militares, ya que los combatientes entendan que era uno ms cado y nosotros argumentbamos que suicidarse en unas condiciones como las nuestras era un acto repudiable, independientemente de las buenas cualidades del compaero. Y entonces queda la duda entre si ese Che que organiza las escenas para su propio mito es de una sinceridad ejemplar y por eso no evita aquello que podra poner en cuestin la ejemplaridad de su figura, o cree de verdad en el valor aleccionador de los hechos que cuenta. En todo caso, no hay mayor dspota que el que se exige a s mismo rigores mayores que los que ordena.

Claro que luego de leer los textos tericos que han puesto en cuestin la identidad entre literatura del yo y experiencia no nos es permitida ya esa lectura ardiente y literal con que, en los aos 60, fascinados por esa retrica que primero desnudaba a una revolucin en el poder y luego un fallo trgico, saltbamos sobre los hechos pasando por alto las operaciones de un escritor.

A vencer y a escribir

Tocar el piano en la gesta se hace difcil una mula no tolerara su peso, una helada lo reclamara para lea, arrastrar por la manigua a travs de las propias emboscadas el bastidor y la caja de acrlicos parece imposible, pero un lpiz y un papel quin no puede retenerlo? Aunque sea el lpiz que nos comeremos apurado con orines y el papel que parar la hemorragia de una herida de Thompson, porque lo que es imposible de garantizar en estos casos es que el texto llegue a destino.

Puede escribirse en toda circunstancia, como los burgueses Robert Frost lo haca en la suela de los zapatos, Gertrude Stein en una libreta mientras esperaba que el mecnico reparara su auto, incluso en revolucin.

Si no vean a Che, Mao, Marcos. Vaya sinvergenzas, stos que han persuadido a tantos de que la pluma deba ser reemplazada por el arma no retrasaron un solo minuto su desplazamiento armado hacia el mrmol de la estatua conmemorativa para pergear cosas como stas: As te quiero, con recuerdo del caf amargo en cada maana sin nombre y con el sabor a carne limpia del hoyuelo de tu rodilla (...) Si sientes algn da la violencia impositiva de una mirada, no te vuelvas, no rompas el conjuro, contina colando mi caf y djame vivirte para siempre (Che). A un lado y otro de la Gran Muralla/ hay espacios sin lmite,/ el Gran Ro,/ entre montes y valles,/ ha detenido su rumbo impetuoso./ Los montes, serpientes danzarinas de plata,/ las mesetas, elefantes de cera al galope,/ compiten en altura con el Cielo/ Esperamos un da de sol:/ rojo mantel sobre blanco/ os parecern seductores y fascinantes (Mao). Como si llegaran a buen puerto/ mis ansias,/ como si hubiera donde/ hacerse fuerte,/ como si hubiera por fin/ destino para mis pasos,/ como si encontrara/ mi verdad primera,/ como traerse al hoy/ cada maana,/ como un suspiro/ profundo y quedo,/ como un dolor de muelas/ aliviado,/ como lo imposible/ por fin hecho,/ como si alguien/ de veras me quisiera,/ como si, al fin,/ un buen poema me saliera (Marcos).

Che no siente como Walsh la disyuntiva entre la revolucin y la escritura. No puede, puesto que es su propio cronista. Tampoco blasfema contra el editor y sus mdicos adelantos, l mismo edita sus diarios virndolos un poco a otras escrituras del yo como las memorias. Si se carece de fe revolucionaria, fe que en este caso, como en muchos, coincide con creerle al Che, all estn sus compaeros para desmentirlo porque, en efecto, algunos de ellos tambin han escrito y, como para confirmar que sus correcciones, sino de estilo el Che no se mejorara a posteriori son para lograr una mayor exactitud, los retoques que las ltimas ediciones marcan en negrita se limitan a reforzar datos topogrficos o funciones. Cuando escribe en sus cuadernos originales es para usarlo ms tarde en sus diarios definitivos, salvo el ltimo, lo que es imposible por razones obvias, entonces lo que Che hace es qu increble la oportunidad de esta palabra un machete.

Slo la sangre de un compaero le hace abandonar el tono de parte de guerra un poco contaminado por lecturas de London y entonces desliza entre comillas un epitafio lrico: Tu cadver pequeo de capitn valiente ha extendido en lo inmenso su metlica forma.

Ya en Bolivia, Che ha guardado en una gruta, cerca de donde se almacenaban los vveres y funcionaba el aparato emisor, su biblioteca dice el francs Debray que se le ha puesto en contra en Alabados nuestros seores, una educacin poltica pero dejando a sus pies todas las fintas de la lengua de Racine que es casi una carta de amor. En ese botn pesado para la marcha, el volumen militante no excluye al de poesa. Entonces, sentado a horcajadas en una rama, bajo el efecto de una inyeccin de adrenalina y hasta por qu no? llevando entre los labios uno de esos puros repugnantes made in la fbrica de tabaco de Sierra Maestra cada pitada tiende a la regularidad, a una suerte de repeticin peridica que sumada a la de recorrer con los ojos cada lnea de izquierda a derecha, hipnotiza la respiracin invitndola a acoplarse en una suerte de autoayuda selvtica aislado de sus compaeros, Che lee a Len Felipe!

Sueos

Hacia el final de Diario en motocicleta el narrador propone, a travs de un apretn de manos con una figura que habra pertenecido a la dispora europea de los antidogmticos y esperaba en Amrica el gran acontecimiento, una suerte de pase vocacional pero, poco a poco, el devenir del relato titulado Acotacin al margen parece revelarlo como un doble. ...Usted morir con el puo cerrado y la mandbula tensa, en perfecta demostracin de odio y combate porque no es un smbolo (algo inanimado que se toma de ejemplo), usted es un autntico integrante de una sociedad que se derrumba, el espritu de la colmena habla por su boca y se mueve en sus actos, es tan til como yo, pero desconoce la utilidad del aporte que hace a la sociedad que lo sacrifica, le habra dicho el hombre. Esa sombra terrible que no es de Facundo profetiza el porvenir al pueblo pero aclara que a ste es preciso civilizarlo no antes sino despus de tomarlo. Che ha dejado pginas atrs muestras de su admiracin a Valdivia llevando su ejrcito a travs de 60 kilmetros sin una gota de agua ni rbol bajo el que refrescarse y culminado con la calificacin de esa civilizacin como superior ya que encontraron al fin de la aventura guerrera el dominio de reinos riqusimos que convirtieron en oro el sudor de la conquista.

En ese Che cachorro la liberacin de los dominados comienza por arrebatar el dominio a los dominadores.

Y el profeta o doble al que el Che dice ver con dientes feroces y confundido con la noche, lo sumerge en una sangrienta exaltacin: ...Saba que en el momento en que el gran espritu rector d el tajo enorme que divida toda la humanidad en slo dos fracciones antagnicas, estar con el pueblo y s porque lo veo impreso en la noche que yo, el eclctico disector de doctrinas y psicoanalista de dogmas, aullando como posedo, asaltar las barricadas o trincheras, teir en sangre mi arma y, loco de furia, degollar a cuanto vencido caiga entre mis manos. Y veo, como si un cansancio enorme derribara mi reciente exaltacin, cmo caigo inmolado a la autntica revolucin estandarizadora de voluntades, pronunciando el mea culpa ejemplarizante.

Nadie puede leer aqu un proyecto protopoltico ni la prueba que los resultados del futuro buscan hacia atrs y sera difcil verificar la fecha de los originales, de los cuales conocemos algunas fotos, y es sospechable que el prrafo ha sido puesto despus, para ser ledo como mito de origen a la luz de la una revolucin sedentaria y frente al mar Caribe. Pero. Cuntos bramidos revolucionarios impberes y sedientos de sangre quedaron en el placard de aquellos cuya vida los hizo irrisorios como profeca? El mismo Che ha escrito sus descargos al comienzo de esas notas imberbes:

Esta es la interpretacin que un teclado da al conjunto de los impulsos que llevaron a apretar las teclas y esos impulsos han muerto. No hay sujeto sobre quien ejercer el peso de la ley (...) En cualquier libro de tcnica fotogrfica se puede ver la imagen de un paisaje nocturno en el que brilla la luna llena y cuyo texto explicativo nos revela el secreto de esa oscuridad a pleno sol, pero la naturaleza del bao sensitivo con que est cubierta mi retina no es bien conocida por el lector, apenas la intuyo yo, de modo que no se pueden hacer correcciones sobre la placa para averiguar el momento real en que fue sacada. Si presento un nocturno cranlo o revienten, poco importa, que si conocen personalmente el paisaje fotogrfico por mis notas, difcilmente conocern otra verdad que la que les cuento aqu.

Cabe quizs trazar un mdico paralelo entre ciertos prrafos de los diarios del Che y los de Rodolfo Walsh, ese otro argentino entramado entre la literatura y la revolucin en la serie trazada por Jos Mart. En el relato de un sueo que Walsh hace hacia el final de su Carta a Vicky, ste elige como elemento, en lugar de la sangre, el fuego: Anoche tuve una pesadilla torrencial en la que haba una columna de fuego poderosa pero contenida en sus lmites que brotaba de alguna profundidad. El catlico que hay en Walsh sabe que la zarza es la seal de Dios para que Moiss conduzca al pueblo lejos de su opresor. Inspira a Walsh, Moiss, mientras que a Che, Cristo?

Toda nuestra accin es un grito de guerra contra el imperialismo. En cualquier lugar en que nos sorprenda la muerte, bienvenida sea, siempre que ese nuestro grito de guerra haya llegado hasta un odo receptivo y otra mano se tienda para empuar nuestra armas, escribe Che.

Y Walsh, cuando se autorreprocha, en su diario, por su tentacin de proponerse al mundo como un figurn, ligeramente martirizado por las circunstancias: Lo que sucede es que me paso al campo del pueblo pero no creo que vamos a ganar en vida ma, por lo menos en vida ma! Porque esa es la clave. Lo que pase despus no me importa mucho y entonces sigo siendo un burgus, ms recalcitrante an.

No pensemos en las pocas en que estos textos fueron escritos, saqumolos de las circunstancias, ya que sus autores sostuvieron esa relacin con la muerte ms all de la razn y la radicalizacin: para uno el cuerpo es un instrumento tcnico a relevar, una inversin; para el otro, algo a proteger y a administrar deplorando que una revolucin triunfante se sustraiga al testigo por los lmites biolgicos de ste.

Logos

Es absurdo oponer moralmente al Che de las remeras y de las latas de cerveza al de los ideales y el sacrificio. Todo supremo ha debido alcanzar su logo, una sntesis que funcione hipnticamente como una intimidacin semitica. No se trata de la belleza: al fecho Hitler le bast la lnea torcida de su melena frontal sobre la agudeza breve de su bigote. Evita proyectaba subliminalmente en su rodete el entrelazado de los laureles en el escudo nacional. Pern, cuya cabeza no era rentable para el croquis, tuvo un logo fnico, un efecto de vestuario descamisarse y un elemento de arma, el caballo. Si Hitler era dec, el Che es pop. De su diseo hasta se han hecho cargo sus enemigos que, como se arregla una pieza de caza, lo aprestaron a hacer de s mismo favoreciendo la visibilidad de la cabeza, desplegndole la melena y abrindole los ojos hasta perderle la mirada en el futuro para lograr un efecto vvido es que hasta sus asesinos necesitaron, bajo su influjo, prometer la revolucin para ms adelante?. Y no es malo que los chicos que vacan la latita de cerveza con su figura o la manchan de sudor cumbiero en la camiseta, mucho menos enterados que los otros que la llevan a la protesta conociendo en mayor o menor medida su legado, en este momento en que la poltica, no diramos la revolucin, no parece estar hecha por lectores, mucho menos por escritores, la asocien inmediatamente con un no vivir por la mera libra de carne aunque nadie pueda garantizar que no asimilen Sierra Maestra a un lejano camping peligroso ni que no sean, con la misma remera, hacedores del pos pos pos capitalismo.

Se quiere ver en los diarios del Che el libro satnico de un bao de sangre futuro, como lo habra sido para las generaciones inspiradas por lo que Severo Sarduy llam La entrada de Jesucristo en La Habana, cuando no la apoteosis del error, el suicidio inconsciente que da brillo al propio nombre. Pero ningn texto puede ser causa de un ciego pasaje al acto, ni despreciado en su autonoma genrica, ni desatendido en su objetivo de autofiguracin de autor, ni recibido como prueba de un fracaso radical. El Che no se equivocaba en sus anlisis al expandir Cuba en Bolivia sino que pretenda la utopa de lograrlo, como seala Piglia, haciendo depender la intervencin, exclusivamente de su fuerza propia, de la formacin de su grupo y no de las relaciones concretas ni del anlisis de la situacin del enemigo. Para Piglia, Guevara no es slo la experiencia y lo intransferible de esa experiencia construida sobre la poltica y la guerra sino que evoca la figura del lector. El que est aislado, el sedentario en medio de la marcha de la historia, contrapuesto al poltico. El lector como el que persevera, sosegado, en el desciframiento de los signos. El que construye el sentido en el aislamiento y la soledad. Fuera de cualquier contexto, en medio de cualquier situacin, por la fuerza de su propia determinacin. Intransigente, pedagogo de s mismo y de todos, no pierde nunca la conviccin absoluta de la verdad que ha descifrado.

El Che no va al muere por razones que caben a los psicoanalistas, busca menos un resultado que una autoformacin que no cese; puede decirse, sino fuera un clich extrado de la poesa de Antonio Machado, que hace camino al andar y que lo hace contra la oficina de Kafka y el ingeniero de Sartre, iconos de la mediocridad sedentaria de los puestos de vida en donde no hay comandantes sino gerentes.

En El ltimo lector Piglia recuerda al Che cuando permaneca herido en un aula de la escuela de La Higuera y lo visita la maestra Julia Corts. En el pizarrn hay escrita una frase en una de cuyas palabras falta el acento. El Che se lo seala y al hacerlo le permite sealar, a su vez, a Piglia: La frase (escrita en la pizarra de la escuelita de La Higuera) es Yo s leer. Que sea sa la frase, que al final de su vida lo ltimo que registre sea una frase que tiene que ver con la lectura, es como un orculo, una cristalizacin casi perfecta. Esa cristalizacin es la de una posicin autobiogrfica en donde Che sostiene la certeza de haber aprendido a descifrar y, al mismo tiempo, la de que ahora, aunque an pueda leer, slo puede ser otro el que escriba por l.

Es la lectura de Piglia la que libera al Che de toda tasacin realista que permita leer en sus anotaciones del 7 de octubre, previos a su captura (Se cumplieron once meses de nuestra inauguracin guerrillera, sin complicaciones, buclicamente...), los despojos literarios de una ceguera militar que resultar trgica. Buclicamente es el adverbio que acuar por sobre las circunstancias adversas, desde un lugar no enajenable por amigos o enemigos, que sea afn a la palabra pastoral invita menos a juzgar al combatiente que a continuar el hilo del sentido.

Si la revolucin ha sido tan a menudo un derrotero de escritores, la poltica exige lectores sutiles.



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