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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 21-07-2008

Discurso sobre Guevara como mito

Francisco Fernndez Buey
Rebelin


   

I

Ni qu decir tiene que Ernesto Guevara no se consideraba un mito. Tampoco le habra gustado que la gente hablara de l con esa palabra. Si se le hubiera preguntado al respecto probablemente habra contestado como Brecht acerca de las lpidas: "No necesito lpida, pero/ si vosotros necesitis ponerme una/ deseara que en ella se leyera: /Hizo propuestas. Nosotros/ las aceptamos./Una inscripcin as/nos honrara a todos." O tal vez habra dicho algo parecido a lo que deca hace poco Rossana Rossanda al ponerse a escribir sus recuerdos de comunista del siglo XX: "Los mitos son una proyeccin ajena con la que no tengo nada que ver. No estoy honrosamente clavada en una lpida, fuera del mundo y del tiempo. Sigo metida tanto en el uno como en el otro". Bastara con cambiar los tiempos de los verbos.

Nadie en su sano juicio pretende ser un mito o convertirse en mito. Y de la vida y la obra de Guevara se podrn decir muchas cosas, a favor o en contra, pero no se podr decir que el hombre no estuviera en su sano juicio. Lo que l quera dar de s o dejar a los otros en herencia lo dej dicho en un poema que escribi a Aleida Mach desde Bolivia y que titul "Contra viento y marea". Dice as:

Este poema (contra viento y marea) llevar mi firma.

Te doy seis slabas sonoras,

una mirada que siempre lleva (como un pjaro herido) ternura,

una ansiedad de agua tibia y profunda,

una oficina oscura donde la nica luz es la de estos versos mos,

un dedal muy usado para tus noches aburridas,

una fotografa de nuestros hijos.

La bala ms hermosa de esta pistola que siempre me acompaa,

la memoria imborrable (siempre latente y profunda) de los nios

que, un da, t y yo concebimos,

y el pedazo de vida que me resta,

esto lo doy (convencido y feliz) a la Revolucin.

Nada que pueda unirnos tendr mayor poder.

II

La creacin de mitos es, como se sabe, cosa del pensamiento religioso, prefilosfico, preilustrado. Guevara era un comunista marxista, un revolucionario laico. Y en principio el comunista marxista, el revolucionario laico, no necesita mitos. Se da a los otros, a los prximos, a los de abajo por los que lucha, con la fuerte conviccin de que la revolucin liberadora es inevitable y de que l mismo es parte de la revolucin en marcha. No espera nada de los suspiros religiosos de la criatura oprimida. Lo espera todo de la razn apasionada de quienes quieren emanciparse y, a lo sumo, se piensa a s mismo como parte de la chispa que producir el incendio que cambiar el mundo. Busca la coherencia entre el decir y el hacer en el plano individual y en el plano colectivo.

Pero dicho eso, tambin sabemos: la revolucin no es, no ha sido, no ser pura racionalidad. Es pasin razonada o razn apasionada. Y en la medida en que la pasin es parte esencial de la actividad revolucionaria el comunismo marxista, como toda tradicin emancipatoria, ha tenido tambin una dimensin que enlaza con la del pensamiento religioso, prefilosfico y preilustrado. No se puede negar eso. Por muy racional que haya sido el pensamiento de los clsicos de la tradicin comunista marxista y por mucho que stos se hayan negado de la manera ms explcita a ser convertidos en mito, lo cierto es que, en unos casos ms y en otros menos, lo han acabado siendo. La identificacin comunitaria, por abajo, con los padres fundadores de una tradicin emancipatoria lleva a eso. Hasta es posible que la tendencia a la creacin de mitos, tambin en el mundo moderno y post-ilustrado, tenga que verse como prolongacin de una de las "ilusiones naturales" de los humanos de las que no podemos prescindir. Algo as intuy ya Sorel (y con Sorel, el joven Gramsci).

Si hubiera que hacer teora del mito comunista esto que estoy esbozando aqu se podra formular as: independientemente de su intencin racionalista e ilustrada (basta con pensar en aquello, tan repetido, del paso del socialismo utpico al socialismo cientfico), toda tradicin que incluye praxis emancipatoria de los de abajo acaba incorporando en su desarrollo una dimensin para-religiosa que impulsa a la creacin de mitos. Por eso tambin el revolucionario comunista marxista ha tenido (y sigue teniendo) "santos" (por laicos que stos hayan sido) de su devocin. Y, vista la cosa con la distancia que da el tiempo transcurrido, se podra aadir, para que no haya lugar a dudas, que esto no es un hecho histrico determinado slo, como a veces se ha dicho, por el "atraso" (econmico, cultural, etc.) del lugar, pas o circunstancia en que cuajan las ideas. Pues tambin la posmoderna crtica de todos los grandes relatos, que se presenta a s misma con nfulas desmitificadoreas, parece abocada a construir sus propios mitos.

III

Desde esta perspectiva nada tiene de extrao, por tanto, la mitificacin de Che Guevara, el cual, por lo que haba hecho durante la revolucin cubana, era ya algo as como una leyenda antes de su muerte. La creacin del mito Guevara tiene particularmente que ver, como se sabe, con dos fotografas: la que se tom inmediatamente despus de su muerte, ya cadver; y la que le hizo Korda en La Habana.

De la primera se ha dicho muchas veces que recuerda tanto a la imagen del Cristo yacente de Andrea Mantegna, el pintor de Quatrocento italiano, que remite inmediatamente a lo que toda persona familiarizada con la tradicin cristiana conoce: la idea de la resurreccin del salvador. Y no es casual que eso mismo haya estado tan presente en tantas y tantas celebraciones conmemorativas del da de la muerte de Guevara: "Che vivo, como nunca te quisieron", deca una pintada en Cochabamba, muchas veces repetida tambin. Por supuesto que, para los amigos de la revolucin social, este estar vivo del guerrillero revolucionario no puede ser la resurreccin real del otro, en la que creen los cristianos que tienen fe. Pero la diferencia es poco relevante en la creacin del mito (que, por lo que se sabe ahora, es seguramente un mito precristiano). Lo importante es el estar vivo del personaje en el imaginario precisamente en la medida en que esto remite a la vigencia del ideal que el personaje represent.

Sobre la otra foto, la que ms ha contribuido a la conversin de Guevara en mito, la foto tomada por Alberto Daz (Korda) el 5 de marzo de 1960, cuando Guevara tena 31 aos, se ha escrito tanto que me puedo ahorrar el comentario ahora. Todo el mundo la recuerda. Es el Che vivo en su mejor momento, la mejor de las imgenes posibles del revolucionario. Ya era tan buena en el momento en que, gracias a Feltrinelli, se hizo pblica por vez primera, siete aos despus de la muerte del Che, que ni siquiera han hecho falta las tcnicas de la manipulacin informtica para mejorarla. Todas las dems fotos conocidas del Ch remiten a ella, e incluso las fotos que hemos conocido muchos aos despus, en alguna de las cuales se ve a Guevara calvo y ridculamente disfrazado o roto ya definitivamente por la enfermedad y las penalidades, nos hacen pensar, por comparacin, en la apostura del personaje que retrat Korda, en aquellos ojos suyos, en la profundidad de su mirada atenta.

Algunos hemos tenido otras fotos de otros revolucionarios colgando de las paredes de nuestros cuartos y a veces compitiendo all con la foto de Guevara. Ninguna es comparable. Y cuando uno ve las fotos de actos conmemorativos, de ayer o de hoy, presididos por el pster con aquella imagen del Che, fotos en las que se ve en primer plano a personajes que merecen nuestra admiracin y nuestro respeto, en lo primero en que suele fijarse, de todas formas, es en la prestancia del personaje del fondo; hasta el punto de que, por lo general, ante fotos as tendemos a pensar enseguida si lo que habrn dijo estos otros personajes que hoy se sientan a la mesa conmemorativa estar en consonancia con lo que fue e hizo aqul.

Esto es lo que habitualmente sienten las personas que siguen apreciando sus ideales, viejos o jvenes.

IV

Pero no hablemos slo de los amigos de la revolucin social. Luego estn los otros, los jvenes y no tan jvenes que en todo el mundo han tenido o tienen aquella misma imagen en sus cuartos o que la lucen en sus camisetas, chapas e iconos sin haber ledo nunca nada de Guevara, sin tener ms que una vaga idea de quin fue o simplemente porque tambin esa imagen es un objeto de consumo. Como eso tambin existe, ha habido y hay polmica sobre la conversin del Che en mito. Y es ah, en la identificacin con el mero objeto de consumo, donde surge el problema de la apropiacin.

Personalmente creo que no hay que rasgarse las vestiduras ante la apropiacin de la imagen del Che por jvenes apolticos (suponiendo que lo sean) que combinan su chapa o su pster con la chapa o el pster del cantante o la cantante de moda. Esa combinacin forma parte de una subcultura juvenil extendidsima y generalmente ajena a valoraciones polticas, aunque no necesariamente a valoraciones estticas o relacionadas con la cuestin del gusto. Tiene escaso sentido, en mi opinin, exigir moralsticamente coherencia a quien no sabe ni sospecha con qu tienen que concordar los propios actos o actuaciones.

Ms sentido tiene, en cambio, la crtica a la apropiacin de la imagen del Che con una finalidad mercantil, contraria adems a todo lo que l defendi, o sea, la crtica a las empresas que hacen o pretenden hacer negocio con una imagen que saben que vende entre los jvenes consumidores. Y en este sentido me parece tan interesante como aleccionadora la batalla jurdica que Korda y el gobierno cubano emprendieron en su momento contra la apropiacin de la clebre foto por una marca de vodka.

Interesante y aleccionadora, digo, porque ah, en esa batalla jurdica, s estaba implicada una cuestin poltico-cultural de importancia. Tanto ms cuanto que, en los ltimos tiempos, las multinacionales del consumo capitalista han hecho habitualmente un uso tan mercantil como insultante de iconos robados a las culturas y movimientos emancipatorios o de resistencia. El propio Korda dej claro, durante aquella batalla jurdica, de qu derechos de autor se estaba hablando, a qu se opona y a qu no: "Como defensor de los ideales por los que el Che Guevara muri, no me opongo a la reproduccin de la imagen para la difusin de su memoria y de la causa de la justicia social en el mundo".

Ese es un caso, por tanto, y hablando con propiedad, de apropiacin indebida no slo desde el punto de vista jurdico sino tambin desde el punto de vista moral. El que la crtica a la manipulacin capitalista de palabras y smbolos de la izquierda revolucionaria sea casi tan antigua como la manipulacin misma no quita justicia a la crtica ni implica que, por antigua, haya que dejar de hacerla, como postulan a veces los cnicos de hoy. Al contrario: cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer, repetir y repetirse suele ms novedoso que ciscarse en la repeticin de lo olvidado o lo ignorado.

V

Para valorar lo que representa esa batalla contra el uso indebido de la imagen o del icono, incluso en el plano poltico, basta con comparar. Podemos poner a un lado esta batalla que digo contra el uso indebido de la imagen del Ch por la marca de vodka y al otro el uso consentido de la imagen del artfice de la Perestroika, Gorbachov, por tal o cual anunciante fuera de vodka o de automviles. Con todos los respetos que desde el punto de vista poltico nos haya merecido en su momento el intento de Gorbachov por dignificar el socialismo en la URSS, parece evidente que su consentimiento en esto no slo contribuye a la destruccin de otro mito (en el caso de que ste haya llegado a crearse) sino a la trivializacin definitiva del socialismo mismo.

Moralmente, la cosa est clara. De la comparacin que estoy proponiendo sale la confirmacin a posteriori de algo que escribi el poeta salvadoreo Roque Dalton no mucho despus de la muerte de Guevara: "La guerrilla es lo nico limpio que queda en el mundo". Desde ah, o sea, desde este punto de vista an pre-poltico, se comprende la persistencia del mito y se comprende incluso la paradoja de que el mito revolucionario comunista haya cuajado entre jvenes que no lo son ni quieren serlo ni suean en ello.

Pero polticamente, la cosa es, desde luego, ms complicada. Primero por la paradoja trgica que mat al poeta que escribi la frase: asesinado por una parte de la guerrilla en la que l estaba, y asesinado adems, segn todos los indicios, por orden de alguien que luego iba a abominar de la guerrilla. Y segundo, porque tampoco la apropiacin de la imagen del Ch por otras guerrillas que vinieron despus de su muerte, algunas de las cuales han pervivido hasta hoy, es agua clara. Hubo un momento, ya bastante lejano, en que el vnculo, comprobado, entre guerrilla y narcotrfico, obligaba a considerar como mnimo dudosa la drstica afirmacin del poeta Roque Dalton, tan inspirada por el recuerdo de Guevara.

As las cosas, creo que se podra concluir en este punto que de todas las apropiaciones de Guevara como mito que se han producido en estos cuarenta aos la menos mala, la menos indebida, ha sido la que viene haciendo desde entonces el gobierno de Cuba. Y esto, a pesar de las discrepancias, sobre las que tanto se ha insistido en ensayos y biografas, entre Castro y Guevara. Pues estas discrepancias (sobre el papel de la Unin Sovitica en la construccin del socialismo, sobre los incentivos materiales y espirituales en la planificacin econmica o sobre la tctica a seguir en los procesos revolucionarios de la poca), vistas con perspectiva histrica, apenas fueron nada si se las compara con lo que fue la crtica del Ch a las instituciones y corporaciones capitalistas, colonialistas e imperialistas que luego, con los aos, han tratado de sacar beneficio del mito. Y son muy poca cosa tambin, si las compara con la crtica del Ch a las alienaciones, despolitizaciones y manipulaciones que la misma sociedad capitalista genera entre los jvenes.

VI

Nuestra poca, la poca que estamos viviendo ahora, se distingue precisamente por la pretensin de desmitificar. Esta pretensin ha dado muchas veces en un exceso: romper todos los espejos en los que mirarnos para ser mejores. El exceso queda de manifiesto, en este caso, cuando nos damos cuenta de que, al final, presuntamente rotos todos los espejos, an nos queda uno: el de la mala del cuento de Blancanieves, el espejito, espejito que nos repite, porque nosotros ponemos en l las palabras, que somos los ms guapos, los ms hermosos. Sintomticamente, una poca que dice querer romper todos los espejos, acaba quedndose en el narcisismo y en el infantilismo.

Pues bien, una de las cosas ms notables de las que estn ocurriendo en esta poca de desmitificaciones es precisamente que, cuarenta aos despus de su muerte, el mito Guevara sale reforzado, agrandado como ningn otro. De todos nuestros mitos de los aos sesenta (Mao, Ho Chi Minh, Ben Bella, Fidel Castro, Giap, Cohn Bendit, Rudi Dutschke...), Guevara, es, sin ninguna duda, el que mejor se ha mantenido, el que sigue suscitando hoy ms adhesiones entre jvenes y viejos.

Creo que puede decirse incluso que los libros publicados en estos ltimos aos, con motivo de las conmemoraciones de la muerte del Che, estn contribuyendo a enaltecer su leyenda. Estoy pensando, por ejemplo, en el libro del escritor mexicano Paco Ignacio Taibo II, en el del catedrtico y corresponsal del diario Le Monde en Chile, Pierre Kalfon, (Una leyenda de nuestro siglo), en el del periodista norteamericano Jon Lee Anderson (Una vida revolucionaria) e incluso en el de Jorge Castaeda (La vida en rojo).

Ninguno de esos libros es una hagiografa de Guevara; ninguno de sus autores se caracteriza por la intencin de escribir una vida de santos para uso de devotos, una biografa de aquellas en que se presenta al hroe biografiado, como deca Unamuno de las hagiografas cristianas, abstenindose de mamar los primeros viernes ya en la ms tierna infancia. Al contrario: estos son libros gruesos, que no se pueden leer de un tirn, escritos con espritu analtico y crtico; que entran sin beatera en los detalles ms controvertidos y oscuros de la vida de Guevara; que aportan datos nuevos, desconocidos hasta hace muy poco no slo por el gran pblico sino tambin por los guevaristas de ayer. Libros que se basan en testimonios y entrevistas de y con personas que trataron al Che en los momentos decisivos de su vida: en Argentina, en Guatemala, en Mxico, en Cuba, en el Congo, en Bolivia. Libros escritos por autores que no siempre comparten los ideales del Che o que tienen muchas objeciones que hacer a la revolucin cubana.

Siempre que se entra en el detalle, analtico y crtico, de la vida de los hombres que han sido leyenda, sta, la leyenda heredada, se complica. Y tampoco hay duda de que el Che que ahora conocemos es otro Che, un Guevara muy distinto del que apenas entrevimos hace cuarenta aos cuando leamos algunos de sus escritos ms tericos sobre la guerra de guerrillas, sus opiniones sobre el socialismo despus del conflicto chino-sovitico o las primeras ediciones del Diario de Bolivia. Esto ha sido subrayado por Paco Ignacio Taibo II. Y con razn.

Pues bien: cuando uno acaba de leer estos libros o las memorias de los que fueron compaeros del Che, ms all de las dudas sobre tales o cuales detalles y por encima de las preferencias polticas de sus autores (que son, a pesar del esfuerzo historiogrfico, muy evidentes), queda la impresin de que, a pesar del afn desmitificador, perviven el mito y la leyenda que hicieron de Guevara el personaje ms admirado por los universitarios norteamericanos y europeos del 68. El Che que aparece en esas pginas sigue siendo un ejemplo de revolucionario que, incluso en su estoicismo o en el fatalismo de las horas malas, o justamente por eso mismo, nos conmueve, nos sigue conmoviendo. Conmueve, quiero decir, a todos aquellos que hoy en da no quieren reconciliarse con la realidad de este mundo y desean arrimar el hombro en la lucha en favor de los que menos tienen, de los desheredados, de los excluidos, de los humillados y ofendidos por los poderosos de nuestra poca.

VII

No querra acabar sin hacer referencia a la controversia que se produjo con motivo de las conmemoraciones del cuarenta aniversario de la muerte de Guevara, controversia suscitada por una nota editorial del diario El Pas, titulada "Caudillo Guevara", que sali el 10 de octubre del ao pasado.

Dije entonces y repito ahora que no haca falta haber sido guevarista para considerar aquella intervencin un insulto a la inteligencia y a la sensibilidad, un ejemplo ms del tipo de discurso "autorizado por la polica y vedado por la lgica", que deca Marx; que era de una ignorancia supina atribuir en exclusiva al romanticismo europeo el prejuicio de que entregar la vida por las ideas es digno de admiracin y elogio; que es sectario denominar muerte al asesinato de Guevara en La Higuera y encima atribuirle el propsito de dotar al crimen de un sentido trascendente; que es una manipulacin incalificable identificar lo que hizo el internacionalista Guevara con movimientos terroristas, nacionalistas o yihadistas de ahora; que es un infundio presentar la vida y la accin de Guevara y de sus seguidores como mera coartada para un autoritarismo de signo contrario; que es absurdo presentar a Guevara como puesta al da del caudillismo latino-americano; y que es falso que hoy ya slo se conmemore la muerte de Guevara en Cuba, Venezuela o Bolivia.

Tengo que aadir ahora que aquel editorial inauguraba un cambio de fase en la consideracin de Guevara. Hace once aos los idelogos del neoliberalismo y del social-liberalismo todava preferan algo as como una aproximacin historicista para acabar con el mito Guevara; preferan la desmitificacin pensando que las ideas y el hacer de Guevara eran, al fin y al cabo, cosas de un pasado definitivamente superado; y preferan rerse o sonreirse de que el mito an siguiera presente entre los jvenes. Pero no pareca preocuparles.

Como todo el mundo sabe, en los aos transcurridos desde entonces han pasado algunas cosas importantes en Amrica Latina (y no slo en Venezuela y en Bolivia). Y as, con las transformaciones en curso, la frase Guevara vivo toma otra dimensin, tiene otra connotacin. Vuelve a hablarse all de socialismo. Y aqu molesta y preocupa. El que se est vinculando el nombre de Guevara al socialismo del siglo XXI es ya un peligro para el mantenimiento del privilegio de los mandamases. Aqu y all. Por ello, para los idelogos del gran poder, ya no se trata slo de desmitificar al personaje, de mostrar sus contradicciones y debilidades, que las tuvo, como todo hijo de vecino, sino de tergiversar lo que hizo y de manipular sus ideas y sus actos abiertamente, para presentarle como antecedente de lo que llaman "caudillismo", "populismo" y "terrorismo" los mismos que an tienen en la memoria a su Caudillo, que denominan "popular" a su partido conservador y que apoyan abiertamente el terrorismo de estado all donde ste acta.

Ah tenis un motivo ms para valorar en su justa medida lo que dijo e hizo Guevara y para desconfiar, de paso, de los desmitificadores que mitifican la ideologa propia por el procedimiento de desmitificar las de los otros. Mientras eso siga existiendo, o cuando se reduplica, como hoy, la primera palabra del discurso del pensamiento laico, racionalista e ilustrado, que con razn se siente molesto con la conversin de Guevara en mito, tendr que ser esta: primero leerlo y estudiarlo; luego hablamos. Y, por supuesto, comparamos.



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