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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 02-12-2004

Poco pan y mucho circo: el papel de los macroeventos en la ciudad capitalista

Carolina del Olmo
Rebelin


Unos aos antes de rodar Bowling for Columbine, Michael Moore dirigi y protagoniz un documental excepcional, Roger and Me, en el que relata lo ocurrido en su ciudad natal (Flint, Michigan) cuando la General Motors decidi trasladar a Mxico las fbricas que tena en la ciudad para abaratar los costes laborales, dejando a un elevadsimo porcentaje de la poblacin en el paro. La desolacin de los paisajes urbanos que muestra Moore ilustra a la perfeccin las consecuencias de una transformacin tan rpida y tan brutal. Algunas de las escenas ms hilarantes de la pelcula muestran las iniciativas que el Ayuntamiento, en ntima connivencia con las elites urbanas, pone en marcha para remediar al deterioro de la ciudad, todas ellas orientadas a convertir Flint en un centro turstico de calidad. Con este objeto, construyen un parque temtico del coche, un hotel de proporciones colosales y un nuevo centro comercial gigantesco. Naturalmente, el proyecto fracasa en cuestin de unos pocos meses y la nica inversin que parece tener futuro es la de la nueva crcel. Curiosamente, uno de los principales objetivos de las intervenciones del gobierno de Flint era levantar el nimo a sus habitantes, devolverles la confianza en s mismos. De hecho, el Ayuntamiento llega a gastar un dineral en contratar a un afamado predicador que, en un multitudinario mitin, proclama la ndole espiritual de los males que aquejan a la ciudad.

Lo peor del caso es que no es, ni mucho menos, tan extravagante como parece[1]. Uno de los logros ms indiscutidos de Barcelona 92 parece haber sido, precisamente, la elevacin del espritu ciudadano, el haber devuelto a la gente la confianza en s misma y haber mejorado la imagen que los habitantes tienen de su propia ciudad[2]. De hecho, esta idea es uno de los ingredientes bsicos de la ideologa dominante en materia de organizacin de macroeventos. Y, desde luego, si de lo que se trata es de organizar espectculos y eventos ms o menos festivos para revitalizar ciudades a las que primero se ha destruido a golpe de desindustrializacin, cierres, paro y recorte de servicios sociales, Espaa parece ser un magnfico ejemplo: mientras escribo estas lneas, Barcelona celebra el Forum de las Culturas, Valencia se prepara para acoger la 32 edicin de la Copa Amrica de vela y Madrid se afana por conseguir ser sede de las Olimpiadas de 2012, eventos todos ellos que a pesar de transcurrir en unas pocas semanas requieren preparativos que duran aos, absorben ingentes cantidades de dinero pblico y cambian la fisonoma de una ciudad para siempre.

Todos a por todas

Cuando atendemos a las cifras, llama la atencin cmo en los ltimos veinte aos se ha venido intensificando la competencia por albergar unos Juegos Olmpicos. Si las grandes prdidas a las que se enfrent Montreal 76 restaron entusiasmo a las ganas de participar de las ciudades, hasta el punto de que en 1984 Los ngeles fue la nica candidata, el inesperado xito comercial de esta edicin debido en buena parte al auge de una televisin globalizada supuso un giro importante. Desde entonces, el nmero de ciudades que opta a la candidatura olmpica ha ido aumentando sin descanso. Y lo mismo sucede con el inters por albergar una Exposicin Universal o cualquier otro macroevento, ya sea de siempre o recin inventado. A qu se debe esta fiebre por los macroeventos? En primer lugar, es preciso darse cuenta de que este furor competitivo no es sino la forma ms conspicua de la competencia generalizada que se ha establecido entre las ciudades a raz de los cambios polticos y econmicos acaecidos en los ltimos tiempos. Por usar una de las terminologas al uso, podramos decir que se ha pasado de un rgimen de acumulacin fordista a un rgimen posfordista marcado por la flexibiliad, en el que la creciente dispersin geogrfica de la produccin y el auge sin igual del capital financiero han jugado un papel fundamental. Este cambio de rgimen ha tenido consecuencias muy importantes para las ciudades capitalistas, que se han visto sumidas en una crisis duradera relacionada con la prdida de peso de la industria tradicional, el giro hacia el sector terciario y un aumento del paro y las bolsas de pobreza. Las ciudades han comenzado a competir entre s en una encarnizada lucha por atraer inversiones (ya sea del sector privado o de otros niveles de gobierno) y por obtener dinero del consumo para compensar la desaparicin de empleos estables. Los gobiernos urbanos[3] han tomado la iniciativa en lo que se ha calificado de auge de la ciudad empresarial tratando en todo momento de fomentar un buen clima para los negocios y tomando medidas para atraer el desarrollo econmico que, a su vez, redundan en una intensificacin de la flexibilidad y la inseguridad.

Como no poda ser menos, las inversiones destinadas a convertir la ciudad en una empresa dinmica y competitiva, especialmente en un marco de austeridad fiscal como el que se ha generalizado en las ltimas dcadas, suponen la utilizacin de los limitados recursos pblicos a favor de las empresas y los consumidores ms pudientes y a costa de las clases ms desfavorecidas[4]. Al margen de la (des)regulacin del mercado laboral y de las prestaciones, subvenciones y rebajas de todo tipo que se ofertan a las empresas en busca de sede, buena parte de los esfuerzos para implementar estrategias competitivas se han concentrado en el mbito de la transformacin fsica del entorno urbano. La ciudad, con la ayuda de las distintas corrientes de la arquitectura posmoderna, tiende por un lado a convertirse en espectculo, en un espacio de ocio atractivo orientado a captar turistas y dinero del consumo mientras, por otro lado, se vuelca en la construccin de todo tipo de infraestructuras altamente beneficiosas para empresas y clientes de alto nivel como centros de convenciones, mejora de carreteras y aeropuertos o parques empresariales.

En este contexto de competitividad y conversin en espectculo de la ciudad se enmarca esta fiebre por los macroeventos de la que Barcelona que ha pasado por unas Olimpiadas, que este verano sufre el Forum y que entre medias ha encadenado una sorprendente proliferacin de eventos menores y de publicidad de sus instituciones culturales constituye un ejemplo perfecto.

Verdades a medias y mentiras descaradas

Centrmonos, pues, en las supuestas ventajas de estas grandes celebraciones. Al margen de su mentada virtud curadora del malestar psicolgico de los ciudadanos, la clase poltica insiste constantemente en cmo la organizacin de macroeventos constituye una ocasin sin par para dotar a la ciudad de un buen nmero de infraestructuras e instalaciones largamente necesitadas por todos. Otra supuesta ventaja, posiblemente la ms importante, tiene que ver con la reactivacin econmica y la creacin de empleo: al convertir a la ciudad organizadora en un centro de atencin mundial, los macroeventos proporcionan un tipo de publicidad y marketing que contribuye a vender la imagen urbana como marca comercial en todo el mundo. Como consecuencia, se supone que la ciudad no slo cautivar a una ingente cantidad de turistas, sino que tambin atraer sedes empresariales y nuevos eventos, con el consiguiente incremento de la actividad econmica a largo plazo y la creacin de puestos de trabajo.

En un principio, este tipo de aspiraciones y expectativas no parecen muy descabelladas, dada la importancia del sector turstico en la economa. El problema, antes de entrar a calibrar si cabe o no esperar que se cumplan realmente estas previsiones, es el modelo urbano que dibuja esta forma de desarrollo econmico. Las intervenciones pblicas y privadas en la ciudad turstica suelen centrarse en los aspectos ms superficiales, remodelando las zonas de centralidad e inters y dejando en el olvido el resto del territorio. Este tipo de operaciones suelen acarrear un creciente aburguesamiento (gentrification) de los espacios urbanos centrales con la consiguiente elevacin de precios y la expulsin de los vecinos de bajo poder adquisitivo. La ciudad se vuelve incmoda para el habitante de a diario cuyas necesidades se supeditan en todo momento al goce del visitante y se despersonaliza con el desembarco de las grandes cadenas comerciales y de hostelera que, a su vez, contribuyen a deteriorar el comercio y la restauracin tradicionales (un proceso de sustitucin que, dicho sea de paso, suele acarrear una prdida neta de empleos).

Pero an hay desventajas ms serias. El trabajo en el sector servicios que favorece la actividad turstica tiende a ser un empleo mal pagado, poco cualificado, con fuerte precariedad y estacionalidad, pocos derechos e ndices de organizacin y sindicacin prcticamente inexistentes. Desde luego, muy optimista hay que ser para creer que esto son slo caractersticas laborales propias de un sector econmico que an se encuentra en sus fases iniciales[5]. Por el contrario, parece lgico suponer que la incorporacin de un nmero creciente de lugares al elenco de destinos tursticos har an ms dura la competicin y obligar a unos recortes de costes que, como siempre, se cebarn en los salarios. Esta creciente competitividad es, en efecto, uno de los factores que hace del desarrollo turstico un modelo econmico de alto riesgo, sin olvidar que los flujos de visitantes son muy sensibles a las variaciones en los gustos y la moda y a todo tipo de cambios de coyuntura (cotizaciones de moneda, seguridad, etc.).

Con todo, si las colosales inversiones de dinero pblico y las molestias para el ciudadano que conllevan la ciudad turstica en general y los macroeventos en particular redundaran de alguna manera en beneficios para la poblacin, an podran estar justificadas. Pero, lamentablemente, no es el caso. Pensemos en las instalaciones que la ciudad gana a raz de un macroevento. Resulta sorprendente lo muchsimo que se insiste en los procesos de candidatura olmpica en la idea del legado olmpico. Una y otra vez se subraya que, tras la ceremonia de clausura, las instalaciones permanecern en la ciudad y podrn, por tanto, reutilizarse. Como si temiramos que se las fuera a llevar el viento! Por supuesto que permanecern, el problema reside, ms bien, en la utilidad que puedan tener todos esos nuevos estadios, centros acuticos y dems instalaciones deportivas o las infraestructuras de carcter general que suele llevar aparejada la organizacin de un macroevento (ampliaciones de recintos feriales, de aeropuertos y autopistas, remodelacin superficial de las zonas de mayor visibilidad durante la celebracin del evento, etctera). Naturalmente, la duda est ms que justificada si se compara la utilidad de estos tragaderos de dinero pblico con otras instalaciones y servicios que podran haberse financiado con ese dinero (o con mucho menos). Dado que el dinero pblico es un bien escaso, especialmente hoy da, con el escenario econmico restrictivo que imponen las polticas de dficit cero, la financiacin de este tipo de eventos e infraestructuras supone un recorte en sectores mucho ms necesarios. Desde luego, hay casos en los que basta con tratar de imaginar la posible utilidad de los proyectos previstos para echarse a rer. En Valencia, las obras que ya han comenzado para acomodar la ciudad a los requerimientos de la Copa Amrica incluyen instalaciones tan necesarias como un canal de 80 m de ancho por 400 m de largo que conectar la drsena interior del puerto con la zona de regatas en tan slo 15 minutos, un club de propietarios de grandes yates con su propio helipuerto y una zona de amarre para embarcaciones de ms de 40 metros de eslora, que se dice pronto.

Por lo dems, este tipo de construcciones orientadas a la competitividad y el turismo suelen requerir reinversiones constantes para conjurar la amenaza de devaluacin que suponen los cambios de la moda o el hecho de que las instalaciones puedan ser rpidamente imitadas en cualquier otro lugar del mundo. Tal como se preguntaba el colectivo de arquitectos Pilar Prim a propsito de la obsolescencia de las inversiones realizadas a raz de las Olimpiadas del 92, por qu razn envejecen tan rpidamente las gloriosas arquitecturas de estos acontecimientos extraordinarios, tan celebradas por polticos y modernos en la jornada de su inauguracin? [] Dnde estn, por poner un ejemplo, los usuarios, ayer numerosos, del Moll de la Fusta y de los bares de moda, Gamba de Mariscal incluida? Quince aos han bastado para que esas formas quedaran reducidas a materiales de derribo[6].

Pero detengmonos en Barcelona, un caso enormemente ilustrativo por lo que toca a la verosimilitud de los beneficios que pregonan los voceros de los macroeventos. No cabe duda de que los JJ. OO. del 92 despertaron unas expectativas que en modo alguno se han visto satisfechas, a pesar de lo cual han pasado a la historia como un gran xito y un ejemplo a seguir. Las inversiones calificadas como olmpicas fueron aproximadamente de un billn de pesetas, del cual el 55,3% era dinero pblico. Buena parte de este billn, aproximadamente el 80%, iba destinado a infraestructuras generales (construccin y mejora de autopistas y accesos a la ciudad, ampliacin del aeropuerto, regeneracin del frente martimo, equipamiento cultural y nuevos centros de comunicaciones, entre otras) que, aunque no formaban parte de la inversin olmpica directa, s se vieron impulsadas por la celebracin. Pues bien, en contra de lo que pudiera pensarse, la actividad econmica que representa todo este dinero no parece haber repercutido significativamente en los indicadores del rea barcelonesa. Entre 1987 y 1991 el nmero de puestos de trabajo en la construccin se increment en 33.000, una cifra muy inferior a la prevista, sobre todo teniendo en cuenta que el sector de la construccin fue el principal destinatario de los fondos tanto pblicos como privados, acaparando unos 775.000 millones del billn total. Por supuesto, ni que decir tiene que se trataba de empleos temporales. En el sector hostelero, el incremento fue slo de unos 20.000 puestos de trabajo y limitados a las semanas de celebracin de los Juegos!, de nuevo mucho menos de lo esperado. En el resto de sectores el impacto laboral fue nulo, no hay que olvidar sobre este punto que los voluntarios olmpicos cubrieron buena parte de los servicios extra que requiere un acontecimiento como la celebracin de las Olimpiadas[7]. Por lo dems ni el ligersimo crecimiento de empleo de la fase preolmpica ni la fluidez de las relaciones laborales que, segn los expertos, se produjo en esos aos se consolidaron en el perodo posterior. De hecho, ya durante el ao 1992 la situacin del empleo se haba deteriorado en los sectores ms importantes. Y en cuanto a los gastos corrientes de la realizacin de los JJ. OO. (y no de los preparativos preolmpicos), de los que se esperaba un aumento de la demanda y, por tanto, del empleo en el comercio y el turismo, tambin aqu la realidad qued muy por debajo de las previsiones. De hecho, el comercio durante el ao 1992 registr un descenso de las ventas. Por lo dems, el nmero de turistas que acudi a la ciudad (un milln y medio de visitantes) fue muy inferior al previsto y se produjo un descenso de la afluencia a otros destinos en la misma regin y una disminucin del nmero de convenciones, congresos y certmenes celebrados en Barcelona, ya que las instalaciones de la Feria estaban ocupadas por el comit organizador. Para colmo, los turistas no gastaron tanto como se esperaba[8].

El nico indicador econmico en el que se apreci una influencia considerable de las Olimpiadas fue el de los precios. A partir de 1988 los precios en la ciudad subieron ms que en el resto de la provincia y ms de un punto porcentual por encima de la tasa de inflacin de toda Espaa y, en el ao anterior a los JJ. OO., los precios subieron en Barcelona nada menos que tres puntos porcentuales ms que en el resto de Espaa.

En cuanto a los pinges ingresos por venta de derechos televisivos que suelen citarse como una de las principales causas de que las Olimpiadas sean un fenmeno rentable, conviene aclarar que no van a parar a las arcas pblicas sino al comit organizador; de hecho, el progresivo incremento de la cantidad que se obtiene por este concepto ha convertido al Comit Olmpico Internacional (COI) en una gran empresa[9].

Para comprender la pobreza de los resultados econmicos y la falta de cumplimiento de las expectativas es preciso atender a dos fenmenos. En primer lugar, el optimismo desaforado de quienes realizan los estudios, que no se sabe bien cmo ni porqu suelen prever incluso un incremento de la cualificacin de la fuerza de trabajo y un aumento de la productividad general a raz de la celebracin de unas Olimpiadas. En segundo lugar, el marco limitado en el que se producen todas las inversiones. En efecto, si la demanda relacionada con los JJ. OO. (o con cualquier otro macroevento) absorbiera recursos que de otro modo habran quedado sin utilizar, sera plausible esperar un incremento del empleo y una mejora general de los indicadores econmicos. No obstante, como reconoce el estudio de impacto econmico de los Juegos de Sydney de 2000, elaborado por el Departamento del Tesoro Australiano, los crecimientos de demanda asociados a las Olimpiadas que suelen interpretarse como beneficio neto son, generalmente, resultado de un cambio de direccin de recursos que se retiran de otros usos, es decir, no suponen un incremento neto de la demanda ni de los beneficios, porque acarrean una disminucin en otros mbitos. Asimismo, tambin el capital privado suele retraer sus inversiones en otros sectores o en otras zonas de la ciudad o la regin. Por lo dems, si atendemos a la recomendacin que ofrece este estudio australiano para que la demanda pueda cristalizar efectivamente en beneficio neto flexibilizar al mximo el mercado laboral, el objetivo pierde buena parte de su atractivo.

Fracasos que son xitos

Con todo, lo ms curioso de que las expectativas generadas se vean defraudadas es que este fracaso no se vive como tal. En efecto, a nadie parece importarle ni sorprenderle que no se cumpla lo previsto y la sensacin que queda es siempre la del xito y las ganas de repetir. Para comprender esta incongruencia hay que tener en cuenta las increbles oportunidades para los negocios privados que suponen las transformaciones urbansticas asociadas con los macroeventos. Incluso la voluntad de atraer turismo y mejorar la posicin competitiva de la ciudad constituye un factor secundario si lo comparamos con la importancia del negocio a corto plazo para las elites locales. Por supuesto, no estoy sugiriendo que a los gobiernos urbanos no les interese promocionar la imagen de la ciudad con el objeto de generar empleo, acaparar flujos monetarios y dems. Lamentablemente, uno de nuestros problemas es precisamente que los gobiernos urbanos parecen estar realmente convencidos de que en un mundo globalizado de poco sirve promover el desarrollo de las empresas locales y que lo mejor es convertir el territorio en un espacio atractivo para las inversiones forneas[10]. Pero la debilidad de algunas de sus estrategias como la de los macroeventos y lo obcecadamente que se afanan en seguir por ese camino hace sospechar que priman otros intereses ms concretos y a corto plazo.

En definitiva, lo que no se puede olvidar es que cuando se trata de organizar un macroevento, el dinero que realmente afluye a una ciudad es, en primersimo lugar, dinero pblico que pasa a manos de empresas privadas. Por eso resulta tan difcil comprender de dnde proceden realmente los ingresos que la ciudad espera obtener con estas celebraciones y lo poco que parece importarle esta incertidumbre a la clase poltica. Cuando se le pregunt a Ignacio del Ro (ex concejal de urbanismo del Ayuntamiento de Madrid y consejero delegado de la candidatura olmpica) cmo pueden dar beneficios unos JJ. OO., su respuesta se centr en el crecimiento de los derechos de televisin al tiempo que explicaba que, dado que se invierte en la ciudad, el valor turstico y de comunicacin produce beneficios durante muchos aos. Cuntas personas han ido a Barcelona despus de los Juegos Olmpicos?[11]. Muchas, en efecto, pero en contra de lo que parece creer Del Ro, no ha sido fcil ni barato llevarlas hasta all. La estrategia no ha funcionado como nos quieren hacer creer (crecimiento sostenido del turismo a raz de las Olimpiadas) o, al menos, no lo ha hecho sin una continuada y abultadsima inversin pblica, acompaada de una intervencin pblica o semipblica orientada a evitar quiebras en sectores privados como el hotelero sobredimensionado a raz de las Olimpiadas en un captulo ms del tpico proceso de socializacin de prdidas y privatizacin de ganancias.

Ahora bien, si tenemos en cuenta que quienes impulsaron los Juegos de Barcelona y financiaron una parte importante de su presupuesto fueron las inmobiliarias, las constructoras, las instituciones financieras, las empresas de publicidad, la hotelera y la restauracin[12] y que en Barcelona se produjo una frentica actividad constructora acompaada de un incremento de precios escalofriante y de colosales operaciones de recalificacin de terrenos (la villa olmpica, por poner un ejemplo, se levant sobre terreno industrial recalificado perteneciente a importantes empresas), entonces estaremos en condiciones de comprender que, efectivamente, Barcelona 92 fue todo un xito.

Las remodelaciones urbanas asociadas a un macroevento no son tanto sus efectos secundarios cuanto su principal razn de ser. El fenmeno del Forum de las Culturas de Barcelona lo confirma: cuando se ha decidido organizar otro macroevento capaz de atraer turismo y ahondar en la imagen de marca de la ciudad, no se ha buscado un acontecimiento que permitiera reutilizar las viejas infraestructuras creadas hace poco ms de diez aos con ocasin de las Olimpiadas, sino que se ha montado el Forum cuyo principal objetivo, como reconoce hasta el ms ingenuo, es la transformacin urbana que lleva consigo. En efecto, la organizacin de este evento multicultural y de aires progresistas ha proporcionado cobertura a una vastsima operacin de apertura al mar del ltimo trecho de litoral que quedaba, la regeneracin de la zona degradada en torno a la desembocadura del Bess, la edificacin con dinero pblico de un nuevo puerto deportivo o del centro de convenciones ms grande de Europa del Sur (cuya gestin se ha cedido a una empresa privada por veinte aos) y la construccin a cargo de la inmobiliaria norteamericana Hines de un conjunto residencial de lujo y un centro comercial (Diagonal Mar). En definitiva, una operacin proyectada a medida de los intereses del sector privado, que ha colaborado encantado en la financiacin del evento.

En el caso espaol estas colaboraciones pblico-privadas de reforma urbana adaptadas a las necesidades del sector privado que se han generalizado en todo el mundo revisten una especial gravedad debido al poder de las empresas constructoras y al hecho de que el negocio inmobiliario lleva ya mucho tiempo siendo el principal sostn de la economa espaola. En efecto, la construccin representa un 17,7% del PIB y el 59,4% de la inversin en formacin de capital fijo y da trabajo a dos millones de personas. Por lo dems, tras un espectacular proceso de fusiones, el panorama ha quedado dominado por seis grandes empresas (FCC, ACS, Acciona, Ferrovial, Sacyr-Vallehermoso y OHL), cinco de las cuales figuran entre las diez constructoras ms grandes de Europa por capitalizacin burstil[13]. El sector se ha convertido en un valor de inversin seguro gracias al boom de la vivienda y a la aprobacin de faranicos planes de infraestructuras pblicas, muchos de ellos centrados en Madrid (pinsese en la ampliacin de Barajas, el proyecto de soterramiento de la M-30 y tantas otras maniobras). Como comentaba orgulloso el ex alcalde lvarez del Manzano, Madrid es, tras Berln, la segunda ciudad europea con ms operaciones urbansticas en marcha, buena parte de las cuales estn asociadas a las pretensiones olmpicas[14]. Si bien la coyuntura econmica que rode a la preparacin de las Olimpiadas de Barcelona era muy distinta a la que vivimos actualmente, lo cierto es que los efectos previsibles se aproximan bastante. En efecto, si al auge de la construccin y los precios que se produjo en Barcelona en el perodo 1986-92 contribuy el que Espaa acabara de ingresar en la Unin Europea con la consiguiente afluencia de gran cantidad de capital extranjero, buena parte orientado a las inversiones en bienes inmobiliarios, en estos momentos son ms bien los malos tiempos que atraviesan los valores burstiles los que han convertido el sector inmobiliario en un valor refugio que acapara ya algo ms del 40% de la inversin extranjera en Espaa y en el que se ha producido un autntico desembarco de capital procedente de fondos de inversin, bancos y miles de empresas en busca de altas rentabilidades.

Con esta hipertrofia del sector, que ha llevado a Madrid a tener uno de los ndices ms bajos de habitante por vivienda (un ndice meramente terico, por supuesto, debido a la gran cantidad de vivienda vaca), resulta difcil ver con buenos ojos el legado que constituir, por ejemplo, la Villa Olmpica. La candidatura de Madrid a los JJ. OO. prev la construccin de una nueva centralidad en la zona Este entre la M-40, el aeropuerto de Barajas y el barrio de San Blas que sigue una pauta de recalificacin de antiguo suelo industrial muy comn en los ltimos aos[15]. Tanto Ignacio del Ro como los impresos de candidatura presentados al COI mencionan la posibilidad de que una buena parte de las 6.600 viviendas de la Villa Olmpica sea en el futuro de proteccin oficial, pero en ningn momento se ofrecen datos firmes ni nada que los comprometa, como tampoco se proporciona informacin concreta de la financiacin pblico-privada que se prev ni de qu tipo de acuerdos llevar consigo. Lo que s se sabe es que ya se ha dado luz verde al desarrollo urbanstico de los terrenos donde se proyecta la Villa, antes de saber si Madrid va a acoger o no las Olimpiadas. Por lo dems, el nuevo barrio estar compuesto de unifamiliares y bloques bajos cinco alturas mximo, con aire acondicionado, cercanos a zonas verdes y a un campo de golf[16], una tipologa cuando menos curiosa para viviendas de proteccin oficial.

En cuanto a la cercana de un barrio obrero como San Blas, para el que, en palabras de Del Ro, no se prev ninguna expropiacin y s una gran mejora ya que el nombre de San Blas aparecer en todas las televisiones del mundo, no podemos por menos que temernos lo peor. Kris Olds ha estudiado con detenimiento los casos de expulsiones de vecinos a raz de la preparacin y celebracin de macroeventos como la Exposicin Universal de Vancouver (1986) o los Juegos de invierno de Calgary (1988) y ha concluido que la expulsin parece un fenmeno inevitable en este tipo de eventos (y eso en un pas tan civilizado como Canad)[17]. En el caso de Barcelona, la remodelacin del barrio de Ciutat Vella, una operacin de embellecimiento vinculada con las Olimpiadas, supuso numerosos derribos y un alza importante en los precios, con la consiguiente expulsin de un gran nmero de residentes. En Valencia, los efectos de la Copa Amrica ya se estn dejando notar sobre el precio de la vivienda y los expertos calculan un incremento futuro de entre un 25% y un 30%. Los colectivos sociales de la ciudad viven alarmados los preparativos para un acontecimiento deportivo que a prcticamente nadie le importa y que ofrece motivos ms que de sobra para sospechar todo tipo de negocios urbansticos, recalificaciones, derribos y expulsiones asociadas con la subida de precios. Desde luego, resulta alarmante descubrir que la sustitucin de vecinos que en otro tiempo fue un objetivo oculto de las remodelaciones urbanas ha pasado a ser un fin declarado. En efecto, segn Po Garca-Escudero, actual concejal de urbanismo de Madrid, rehabilitar un barrio consiste en renovar el paisaje urbano y crear dotaciones, lo que atrae a nuevas capas de la poblacin[18].

Por lo dems, tanto en Valencia como en Madrid, hasta un sector que debera esperar crecimiento como el hotelero mira con cautela el evento ya que se teme una fuerte saturacin del sector con la consiguiente amenaza de devaluacin. De hecho, el COI ha determinado que a Madrid le hacen falta an ms hoteles, a pesar de que la ciudad cuenta actualmente con 68.000 plazas y contar en 2012 con 100.000, 70.000 de las cuales sern de hoteles de 3, 4 o 5 estrellas.

Si a estas alturas ya parece evidente que los beneficios que la organizacin de un macroevento proporciona a la ciudadana son prcticamente inexistentes mientras que los perjuicios son numerosos, queda todava por mencionar una ventaja fundamental, aunque no para la gente sino para los gobiernos urbanos. Me refiero a la capacidad de estos eventos para fomentar el consenso. Un consenso que sirve de pantalla tras la cual llevar a cabo todo tipo de negocios e intervenciones urbansticas que, de otro modo, podran haber suscitado oposicin, que hace perder legitimidad a los que se rebelan relegando la conflictividad al mbito de los problemas de orden pblico y que otorga al ayuntamiento organizador una elevada rentabilidad poltica. Desde luego, la importancia de este fenmeno queda de manifiesto en el lema en torno al que gira el Forum de las Culturas. Los organizadores debieron sudar la gota gorda para pergear una trada de conceptos capaz de generar, con un evento de nuevo cuo, una aceptacin comparable a la que suscita la larga tradicin olmpica: Paz, diversidad cultural y sostenibilidad son ideas a las que, desde luego, resulta difcil oponerse. Tambin la ofensiva propagandstica en torno a la Copa Amrica, que ha pasado de ser un evento absolutamente desconocido a ser, segn El Pas, un acontecimiento que en el mundo deportivo equivale a la celebracin de unos Juegos Olmpicos (sic)[19] es buena muestra de la importancia que se otorga a la aceptacin de la ciudadana. Naturalmente, el consenso, unido a la voluntad de ofrecer una imagen positiva de la ciudad, lleva siempre aparejado un alto nivel de represin. En Sydney, bajo el lema un sueo que todos compartimos, se autoriz la construccin de una carpa de cultura indgena junto al estadio principal, al tiempo que el temor por las posibles protestas de grupos antirracistas llev al Comit Olmpico Australiano a imponer un contrato por el que se prohiba los discursos polticos, las manifestaciones y las marchas durante los Juegos[20]. En Atlanta se detuvo a 10.000 homeless en el perodo previo a las Olimpiadas del 96 y a otro buen nmero se les proporcion un billete de autobs hacia algn lugar fuera de la ciudad. En Barcelona, desde las okupaciones y los distintos colectivos que se oponen al Forum se ha denunciado un incremento en el nivel de represin, y otro tanto ocurre en Valencia, donde la presencia del delegado del gobierno Juan Cotino (ex director general de la polica y clebre por sus planes de tolerancia cero) ensombrece an ms la situacin.

Qu hacer? Qu nos cabe esperar?

Paradjicamente, la voluntad general de ofrecer una imagen positiva de la ciudad a ojos de visitantes y espectadores puede ofrecer a los diversos colectivos urbanos una oportunidad para hacer or sus reivindicaciones. Activistas y colectivos pueden aprovechar para publicitar ciertos problemas que es preciso resolver y forzar al gobierno a tomar cartas en el asunto para evitar una mala imagen. En el caso de la candidatura olmpica de Madrid, qu duda cabe de que es ahora, cuando an no hay nada decidido, cuando se debe intentar presionar al gobierno[21]. No obstante, lo cierto es que la ausencia de una oposicin organizada dibuja un futuro bastante negro. Como resuma el diario El Pas, la aprobacin por parte del Congreso a la candidatura de Madrid se produjo sin sombra de fisura. El apoyo ha sido unnime y ha venido desde un sinfn de sectores: sindicatos, universidades, partidos, empresas...

Desde luego, al margen de una posible implicacin de todos los partidos de la oposicin en el negocio urbanstico, en el caso del entusiasta apoyo de Izquierda Unida la situacin tiene mucho que ver con la ya tradicional aceptacin de la ideologa desarrollista por parte de la izquierda institucional, que vive lastrada por la confianza en que unos buenos ndices macroeconmicos redundan en beneficios para la poblacin. En efecto, desde posiciones de izquierda se sigue creyendo que el capital privado genera empleo y paga mejor cuando obtiene ms ganancias y que hacer concesiones y rebajas a empresas para que creen puestos de trabajo merece la pena, aun cuando la flexibilizacin que impulsa la legislacin necesaria para contentar a las empresas permita que stas puedan irse al da siguiente de haberse terminado el periodo de exencin fiscal, o tras haber vendido los terrenos que el gobierno les cedi a bajo precio. Por supuesto, a estas alturas debera resultar evidente que una ciudad centrada en crear un buen clima para los negocios no es una ciudad buena para la gente o, cuando menos, es incompatible con una clase obrera fuerte y organizada capaz de influir sobre sus condiciones laborales. No estoy tratando de defender ninguna clase de pausa y marcha atrs en el desarrollo econmico hacia alguna suerte de paraso perdido. Tan slo sugiero que la oposicin debera tratar de articular alternativas de desarrollo distintas a las estrategias que defienden los activistas de la ciudad como mquina de crecimiento[22], alternativas que presten atencin a esa vieja distincin entre valor de uso y valor de cambio que las elites locales s pueden permitirse pasar por alto, ocupadas como estn en proclamar la identidad de crecimiento econmico y bienestar general. El caso de los macroeventos no hace sino poner de relieve cmo la izquierda oficial cae una y otra vez quiero creer que ingenuamente en las trampas que se ocultan apenas tras las ms burdas maniobras propagandsticas. Un poltico hbil es el que consigue crecimiento al tiempo que ofrece un buen circo[23].

NOTAS:

1. Para un ejemplo ms cercano, vase el anlisis del historiador asturiano Rubn Vega acerca de los intentos de los distintos gobiernos de Asturias de achacar los problemas de la Reconversin y la crisis al desnimo y el pesimismo generalizado (entrevista con Rubn Vega, en Carlos Prieto Fernndez (coord.), IKE. Retales de la Reconversin, Madrid, Ladinamo Libros, 2004.

2. Un efecto muy similar a la famosa estetizacin de la vida poltica que, segn Walter Benjamin, propicia el fascismo y que consiste en proporcionar a las masas ocasin de expresarse sin dejar que en ningn caso puedan hacer valer sus derechos (La obra de arte en la poca de su reproductibilidad tcnica, en Discursos Interrumpidos I, Madrid, Taurus, 1987.

3. Con la expresin gobierno urbano traduzco la nocin de urban governance que emplea David Harvey y que incluye, adems de la administracin pblica, a las diversas elites locales: cmaras de comercio, industriales, terratenientes, constructores, etctera (From managerialism to entrepreneurialism: the transformation of urban governance in late capitalism, Geografiska Annaler, serie B, n 71, 1989).

4. Es esta una idea recurrente en los libros de David Harvey (cf., por ejemplo, The Urban Experience, Oxford: Basil Blackwell, 1989, cap. 9).

5. La industria del turismo de masas es un fenmeno relativamente reciente. An no ha habido tiempo para que se consolide la identidad industrial del sector, el profesionalismo en la gestin, la cualificacin laboral, los empleos estables o el sindicalismo. Pero es razonable esperar que terminarn echando races durante las prximas dcadas y que la calidad y diversidad de los empleos disponibles en el sector turstico mejorar a medida que ste madure. Maurice Roche, Mega-events and micro-modernization, British Journal of Sociology, vol. 43, n 4, diciembre de 1992. Tanto Roche como otros estudiosos parecen suponer que, mientras que ahora slo hace turismo el 20% de la poblacin mundial, en un futuro no muy lejano todas las personas de todos los pases podrn hacer turismo y vivir del turismo en una suerte de rotacin de tiempos de trabajo y de vacaciones bien organizada que recuerda poderosamente a la solucin que calibraban los protagonistas de Dilogo de refugiados de Brecht cuando discutan el problema que supone la poblacin civil durante la guerra: Evacuacin permanente a escala mundial? Har falta mucha organizacin (Madrid, Alianza Editorial, 1994, p. 54).

6. cf. http://www.movimients.net/resistencies2004.

7. Joaquim Verges, prlogo a VV. AA.: Economa, trabajo y empresa. Sobre el impacto econmico y laboral de los Juegos Olmpicos de 1992, Madrid, Consejo Econmico y Social, 1997, p. 21.

8. Segn un estudio particularmente prudente en torno al impacto econmico de los JJ. OO. de Sydney 2000, el turista olmpico (y el de eventos en general) muestra unas pautas de consumo muy distintas al turista habitual, que suele gastar en la industria del entretenimiento incrementando as el ingreso por impuestos del gobierno. Buena parte de los gastos del visitante olmpico significan, simplemente, un desplazamiento de otras actividades, un fenmeno que se observ, por ejemplo, en los JJ. OO. de Atlanta, donde formas de entretenimiento como el cine, los restaurantes, o los teatros apenas pudieron competir con las Olimpiadas y sufrieron un evidente recorte de demanda. Cf. Economic Impact of the Sydney Olympics Games (http://www.treasury.nsw.gov.au).

9. Al margen de los ingresos por venta de derechos de televisin, Madrid espera conseguir 1.000 millones de dlares para el comit organizador a base de subvenciones, patrocinio, donaciones o venta de entradas. Naturalmente, las sospechas de chanchullos asociados a estos grandes flujos de dinero estn servidas. No me detendr, no obstante, a comentar los negocios del COI, sus prcticas autoritarias, las acusaciones de sobornos y otras perversidades olmpicas como el pasado franquista y falangista de Samaranch, el asombroso ocultamiento del dopaje o la mezquindad demostrada por los cabezas de la familia olmpica al impedir que el Comit Paraolmpico Internacional usara los cinco anillos como logo. Para estos temas puede consultarse los libros de Andrew Jennings, Los seores de los anillos: poder, dinero y doping en los Juegos Olmpicos, Barcelona: Edicions Transparncia, 1992 y Los nuevos seores de los anillos, Barcelona: Ediciones de la Tempestad, 1996.

10. Miren Etxezarreta et al., Barcelona, una ciudad extrovertida, Barcelona, Fundaci Tapies, 1996.

11. Tanto esta como las dems declaraciones de Del Ro proceden de un chat de Internet organizado por el diario El Mundo (http://www.el-mundo.es/encuentros/invitados/2003/01/593).

12. Forum 2004, qu supone?, qu significa?, texto preparado por el Seminario de Economa Crtica OCHUB (http://www.moviments.net/resistencies2004). Cf., tambin, mi artculo Forum Barcelona 2004. El gran negocio del multiculturalismo, Ladinamo, 10, mayo-junio de 2004.

13. Joaqun Estefana, Construccin: el otro capitalismo espaol, en El Pas, 3 de mayo de 2004.

14. Pinsese que la gran mayora de las obras sufragadas con fondos pblicos vinculadas a la candidatura olmpica se llevarn a cabo con independencia de que Madrid sea o no elegida sede de los Juegos.

15. En numerosas ocasiones se ha alertado acerca de las consecuencias indeseables de las facilidades que el Plan General de Madrid otorga a las empresas para que conviertan su suelo industrial en terciario o residencial: en efecto, esta permisividad no slo contribuye a recalentar an ms el sector inmobiliario, sino que incluso puede propiciar la fuga de industrias an en marcha.

16. Sorprendentemente, este campo de golf de sesenta hectreas es una de las infraestructuras que, segn Ignacio del Ro, lograrn una mejora medioambiental de la zona Este de Madrid.

17. Kris Olds, Urban Mega-Events, Evictions and Housing Rights: The Candian Case. Tras investigar un gran nmero de casos (incluidos Atlanta y Barcelona), Olds concluye que en la medida en que la reestructuracin urbana que acarrean los macroeventos est destinada a atraer nueva gente, nuevas instalaciones y nuevo dinero para las ciudades a un ritmo muy veloz, las expulsiones forzosas deben contemplarse como un resultado muy probable de la organizacin de estos eventos. Para este y otros artculos de inters, vase la pgina web de la coalicin contra los JJ. OO. de Toronto www.breadnotcircus.org.

18. Po Garca-Escudero, Rehabilitar es cosa de todos, El Mundo, suplemento Su vivienda, 7 de noviembre de 2003.

19. El Pas, suplemento Propiedades, 9 de enero de 2000.

20. John Pilger, The New Rulers of the World, Londres: Verso, 2002, p. 200.

21. Las estrategias pueden ir desde la ms radical de Berln, en donde numerosos actos de desobediencia civil contribuyeron a que el COI no seleccionara Berln como sede de las Olimpiadas de 2000, hasta la ms civilizada de Toronto, en donde el proceso de candidatura a los Juegos de 1996 se vio afectado por la labor de los colectivos sociales que lograron arrancar al gobierno diversos compromisos en torno a la necesidad de evitar las expulsiones de vecinos o a la reutilizacin de la villa olmpica como vivienda social.

22. Tomo prestada esta expresin del libro de John R. Logan y Harvey L. Molotch, Urban Fortunes. The Political Economy of Place, Berkeley-Los ngeles-Londres, University of California Press, 1987.

23. Urban Fortunes, cit., p. 68



[1] Para un ejemplo ms cercano, vase el anlisis del historiador asturiano Rubn Vega acerca de los intentos de los distintos gobiernos de Asturias de achacar los problemas de la Reconversin y la crisis al desnimo y el pesimismo generalizado (entrevista con Rubn Vega, en Carlos Prieto Fernndez (coord.), IKE. Retales de la Reconversin, Madrid, Ladinamo Libros, 2004.

[2] Un efecto muy similar a la famosa estetizacin de la vida poltica que, segn Walter Benjamin, propicia el fascismo y que consiste en proporcionar a las masas ocasin de expresarse sin dejar que en ningn caso puedan hacer valer sus derechos (La obra de arte en la poca de su reproductibilidad tcnica, en Discursos Interrumpidos I, Madrid, Taurus, 1987.

[3] Con la expresin gobierno urbano traduzco la nocin de urban governance que emplea David Harvey y que incluye, adems de la administracin pblica, a las diversas elites locales: cmaras de comercio, industriales, terratenientes, constructores, etctera (>From managerialism to entrepreneurialism: the transformation of urban governance in late capitalism, Geografiska Annaler, serie B, n 71, 1989).

[4] Es esta una idea recurrente en los libros de David Harvey (cf., por ejemplo, The Urban Experience, Oxford: Basil Blackwell, 1989, cap. 9).

[5] La industria del turismo de masas es un fenmeno relativamente reciente. An no ha habido tiempo para que se consolide la identidad industrial del sector, el profesionalismo en la gestin, la cualificacin laboral, los empleos estables o el sindicalismo. Pero es razonable esperar que terminarn echando races durante las prximas dcadas y que la calidad y diversidad de los empleos disponibles en el sector turstico mejorar a medida que ste madure. Maurice Roche, Mega-events and micro-modernization, British Journal of Sociology, vol. 43, n 4, diciembre de 1992. Tanto Roche como otros estudiosos parecen suponer que, mientras que ahora slo hace turismo el 20% de la poblacin mundial, en un futuro no muy lejano todas las personas de todos los pases podrn hacer turismo y vivir del turismo en una suerte de rotacin de tiempos de trabajo y de vacaciones bien organizada que recuerda poderosamente a la solucin que calibraban los protagonistas de Dilogo de refugiados de Brecht cuando discutan el problema que supone la poblacin civil durante la guerra: Evacuacin permanente a escala mundial? Har falta mucha organizacin (Madrid, Alianza Editorial, 1994, p. 54).

[7] Joaquim Verges, prlogo a VV. AA.: Economa, trabajo y empresa. Sobre el impacto econmico y laboral de los Juegos Olmpicos de 1992, Madrid, Consejo Econmico y Social, 1997, p. 21.

[8] Segn un estudio particularmente prudente en torno al impacto econmico de los JJ. OO. de Sydney 2000, el turista olmpico (y el de eventos en general) muestra unas pautas de consumo muy distintas al turista habitual, que suele gastar en la industria del entretenimiento incrementando as el ingreso por impuestos del gobierno. Buena parte de los gastos del visitante olmpico significan, simplemente, un desplazamiento de otras actividades, un fenmeno que se observ, por ejemplo, en los JJ. OO. de Atlanta, donde formas de entretenimiento como el cine, los restaurantes, o los teatros apenas pudieron competir con las Olimpiadas y sufrieron un evidente recorte de demanda. Cf. Economic Impact of the Sydney Olympics Games (http://www.treasury.nsw.gov.au).

[9] Al margen de los ingresos por venta de derechos de televisin, Madrid espera conseguir 1.000 millones de dlares para el comit organizador a base de subvenciones, patrocinio, donaciones o venta de entradas. Naturalmente, las sospechas de chanchullos asociados a estos grandes flujos de dinero estn servidas. No me detendr, no obstante, a comentar los negocios del COI, sus prcticas autoritarias, las acusaciones de sobornos y otras perversidades olmpicas como el pasado franquista y falangista de Samaranch, el asombroso ocultamiento del dopaje o la mezquindad demostrada por los cabezas de la familia olmpica al impedir que el Comit Paraolmpico Internacional usara los cinco anillos como logo. Para estos temas puede consultarse los libros de Andrew Jennings, Los seores de los anillos: poder, dinero y doping en los Juegos Olmpicos, Barcelona: Edicions Transparncia, 1992 y Los nuevos seores de los anillos, Barcelona: Ediciones de la Tempestad, 1996.

[10] Miren Etxezarreta et al., Barcelona, una ciudad extrovertida, Barcelona, Fundaci Tapies, 1996.

[11] Tanto esta como las dems declaraciones de Del Ro proceden de un chat de Internet organizado por el diario El Mundo (http://www.el-mundo.es/encuentros/invitados/2003/01/593).

[12] Forum 2004, qu supone?, qu significa?, texto preparado por el Seminario de Economa Crtica OCHUB (http://www.moviments.net/resistencies2004). Cf., tambin, mi artculo Forum Barcelona 2004. El gran negocio del multiculturalismo, Ladinamo, 10, mayo-junio de 2004.

[13] Joaqun Estefana, Construccin: el otro capitalismo espaol, en El Pas, 3 de mayo de 2004.

[14] Pinsese que la gran mayora de las obras sufragadas con fondos pblicos vinculadas a la candidatura olmpica se llevarn a cabo con independencia de que Madrid sea o no elegida sede de los Juegos.

[15] En numerosas ocasiones se ha alertado acerca de las consecuencias indeseables de las facilidades que el Plan General de Madrid otorga a las empresas para que conviertan su suelo industrial en terciario o residencial: en efecto, esta permisividad no slo contribuye a recalentar an ms el sector inmobiliario, sino que incluso puede propiciar la fuga de industrias an en marcha.

[16] Sorprendentemente, este campo de golf de sesenta hectreas es una de las infraestructuras que, segn Ignacio del Ro, lograrn una mejora medioambiental de la zona Este de Madrid.

[17] Kris Olds, Urban Mega-Events, Evictions and Housing Rights: The Candian Case. Tras investigar un gran nmero de casos (incluidos Atlanta y Barcelona), Olds concluye que en la medida en que la reestructuracin urbana que acarrean los macroeventos est destinada a atraer nueva gente, nuevas instalaciones y nuevo dinero para las ciudades a un ritmo muy veloz, las expulsiones forzosas deben contemplarse como un resultado muy probable de la organizacin de estos eventos. Para este y otros artculos de inters, vase la pgina web de la coalicin contra los JJ. OO. de Toronto www.breadnotcircus.org.

[18] Po Garca-Escudero, Rehabilitar es cosa de todos, El Mundo, suplemento Su vivienda, 7 de noviembre de 2003.

[19] El Pas, suplemento Propiedades, 9 de enero de 2000.

[20] John Pilger, The New Rulers of the World, Londres: Verso, 2002, p. 200.

[21] Las estrategias pueden ir desde la ms radical de Berln, en donde numerosos actos de desobediencia civil contribuyeron a que el COI no seleccionara Berln como sede de las Olimpiadas de 2000, hasta la ms civilizada de Toronto, en donde el proceso de candidatura a los Juegos de 1996 se vio afectado por la labor de los colectivos sociales que lograron arrancar al gobierno diversos compromisos en torno a la necesidad de evitar las expulsiones de vecinos o a la reutilizacin de la villa olmpica como vivienda social.

[22] Tomo prestada esta expresin del libro de John R. Logan y Harvey L. Molotch, Urban Fortunes. The Political Economy of Place, Berkeley-Los ngeles-Londres,University of California Press, 1987.

[23] Urban Fortunes, cit., p. 68




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