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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-10-2009

Un ejemplo de pereza y comunismo

Carlos Ferrnndez Liria
Revista de la Casa de las Amricas/Rebelin

En defensa de Cuba y en memoria de Paul Lafargue


El trabajo ocupa todo el tiempo y no queda nada de l para la Repblica y los amigos.
Jenofonte

El 13 de agosto de 1866, Carlos Marx escribi la siguiente carta al novio de su hija Laura, un cubano llamado Paul Lafargue:

Usted me permitir hacerle las siguientes observaciones:

1 Si quiere continuar sus relaciones con mi hija tendr que reconsiderar su modo de hacer la corte. Usted sabe que no hay compromiso definitivo, que todo es provisional; incluso si ella fuera su prometida en toda regla, no debera olvidar que se trata de un asunto de larga duracin. La intimidad excesiva est, por ello, fuera de lugar, si se tiene en cuenta que los novios tendrn que habitar la misma ciudad durante un perodo necesariamente prolongado de rudas pruebas y de purgatorio (...). A mi juicio, el amor verdadero se manifiesta en la reserva, la modestia e incluso la timidez del amante ante su dolo, y no en la libertad de la pasin y las manifestaciones de una familiaridad precoz. Si usted defiende su temperamento criollo, es mi deber interponer mi razn entre ese temperamento y mi hija (...).

2 Antes de establecer definitivamente sus relaciones con Laura necesito serias explicaciones sobre su posicin econmica.

Mi hija supone que estoy al corriente de sus asuntos. Se equivoca. No he puesto esta cuestin sobre el tapete porque, a mi juicio, la iniciativa debera haber sido de usted. Usted sabe que he sacrificado toda mi fortuna en las luchas revolucionarias. No lo siento, sin embargo. Si tuviera que recomenzar mi vida, obrara de la misma forma (...). Pero, en lo que est en mi manos, quiero salvar a mi hija de los escollos con los que se ha encontrado su madre1.

Aparte de su temperamento criollo, Marx le reprochaba tambin a su futuro yerno una cierta tendencia a la pereza: la observacin me ha demostrado que usted no es trabajador por naturaleza, pese a su buena voluntad y sus accesos de actividad febril.

El autor del Manifiesto comunista no poda por aquel entonces sospechar la extraordinaria relevancia que iba a tener para el destino del socialismo el asunto que acababa de mencionar: la pereza.

1. Socialismo y cultura proletaria.

Sin duda, Marx tampoco poda sospechar el naufragio antropolgico y la inslita degradacin moral y poltica que traeran en el futuro de la tradicin comunista los intentos estalinistas, maostas o coreanos de instaurar una cultura proletaria, un culto al trabajo bajo el imperativo de la industrializacin a ultranza. Bien es cierto que la industrializacin (concebida como un gran salto adelante para el que no haba que reparar en costes humanos) vena exigida por la correlacin de fuerzas internacional, en la que el socialismo real estaba obligado a competir con el capitalismo o resignarse a ser aniquilado. En esto ltimo estaban todos de acuerdo, aunque se discutan los ritmos y los medios. En 1920, en el IX Congreso del Partido, Trotsky se mostr incluso resueltamente favorable a la militarizacin del trabajo y de los sindicatos:

Hay que decir a los obreros el lugar que deben ocupar, desplazndolos y dirigindolos como si fuesen soldados... La obligacin de trabajar alcanza su ms alto grado de intensidad durante la transicin del capitalismo al socialismo... Los desertores del trabajo debern ser incorporados a batallones disciplinarios enviados a campos de concentracin (...) La militarizacin es impensable sin la militarizacin de los sindicatos como tales, sin el establecimiento de un rgimen en el que cada trabajador se considere como un soldado del trabajo, que no puede disponer libremente de s mismo; si recibe una orden de traslado, debe ejecutarla; si no la ejecuta ser un desertor y castigado en consecuencia. Y quin se cuidar de esto? El sindicato. El sindicato crea el nuevo rgimen. Es la militarizacin de la clase obrera.2

Los razonamientos de Trotsky estremecen por su claridad y por su contundencia; ni siquiera se muerde la lengua al hacer una apologa del trabajo forzado e incluso de la utilidad del esclavismo: Es verdad, realmente, que el trabajo obligatorio es siempre improductivo?... Estamos ante el prejuicio liberal ms lamentable y miserable: los rebaos de esclavos tambin eran productivos (...), el trabajo obligatorio de los esclavos fue en su tiempo un fenmeno progresista (ibid., p. 354).

Como es sabido, el Partido se neg entonces a seguir el camino propuesto por Trotsky: la militarizacin del trabajo no puede justificarse se concluira- ms que en caso de guerra. Ahora bien, a la vista de la historia posterior del siglo XX, un cierto trotskismo todava podra preguntar y cundo dej la URSS de estar en guerra entre 1920 y 1991? Trotsky, al menos, era partidario de hablar con claridad, de decir la verdad: as estn las cosas, as tenemos que proceder. O proletarizamos e industrializamos la URSS de forma masiva, o perdemos la (prxima) guerra (que ser tanto ms inminente cuanta ms debilidad mostremos).

En esos momentos, Stalin se inclinaba por las opcin ms moderada (al igual que Lenin). Sin embargo, tras el parntesis de la NEP3, optar por la superindustrializacin a ultranza, rebasando incluso las antiguas propuestas trotskistas. Con la diferencia de que Stalin ya no se poda permitir decir la verdad. Al terror, Lenin y Trotsky lo llamaron a terror; llamaron represin a la represin, y, al hambre, hambre4. Stalin, en cambio, proletariz el campo sovitico pretendiendo que exista un movimiento espontneo de la mayora abrumadora de campesinos pobres hacia las formas colectivas de explotacin. De la noche a la maana, los campesinos se haban hecho entusiastas de la colectivizacin5. En noviembre de 1929, el Comit Central constat que exista esa aspiracin popular generalizada; el 5 de enero de 1930, dict el decreto de colectivizacin y el 20 de febrero se anunci que el 50 % de los campesinos ya se haban integrado en granjas colectivas. Todo ello, se pretenda, era una decisin espontnea de la poblacin campesina. A causa de este proceso, murieron centenares de miles de personas, pero, pese a ello, jams se dej de aludir al principio leninista del trabajo voluntario. Y para generar la ilusin de voluntariedad, haca falta instituir toda una cultura proletaria, un culto al trabajo, una mistificacin de la clase obrera y una entronizacin de los valores proletarios. El resultado fue una nueva religiosidad, mucho ms abyecta que la del cristianismo o el islam, vertebrada por el culto a la personalidad de Stalin.

El culto al trabajo se llev todava ms lejos en la China maosta, primero con el gran salto adelante y, luego, en el marco de la revolucin cultural. Frente a todo ello, no cabe duda de que la militarizacin trotskista del proceso laboral habra resultado menos indigna: pues, aunque desconocemos cul habra sido su coste humano, para implantarla no haca falta mentir. Para instaurar una cultura proletaria, en cambio, se impona infantilizar a toda la poblacin, generalizar una execrable minora de edad vigilada por policas y delatores. En el ejrcito se obedecen rdenes. Pero para vestir a la necesidad con los ropajes de la virtud y a la sumisin con el halo de la voluntariedad (e incluso de la espontaneidad) haca falta todo un tinglado cultural y religioso.

No es el momento de discutir ahora cunto hubo de necesario o de inevitable en todo este proceso por el que el socialismo real se vio obligado a industrializarse a ultranza, en mucho menos tiempo y con muchos menos recursos coloniales de los que haba gozado el capitalismo. Una cosa es que fuera imprescindible y otra que fuese deseable por s mismo; y el culto al trabajo, el obrerismo, la cultura proletaria, no argumentaban lo primero, sino que ensalzaban lo segundo.

Por aquel entonces, adems, todava se crea que la economa socialista era en su esencia mucho ms productiva que la capitalista. El capitalismo, en efecto, se consideraba una camisa de fuerza para el desarrollo de las fuerzas productivas y, por tanto, un lastre del progreso y del crecimiento econmico. La realidad era muy distinta, sin embargo. El capitalismo es un sistema en el que el conjunto de la poblacin est sometida al chantaje de trabajar (en lo que sea, como sea, al ritmo que sea) o morir de hambre. Se trata, adems, de un sistema productivo que necesita acelerarse todos los das, en una ininterrumpida acumulacin ampliada. El capitalismo como dijeron Wallerstein y Galbraight- es como un ratn en una rueda: corre ms deprisa a fin de correr ms deprisa. El socialismo, por el contrario, puede permitirse ralentizar la marcha. Puede permitirse incluso pararse o decrecer sin que crujan sus estructuras productivas. Adems, bajo el socialismo la poblacin no est sometida al chantaje del hambre o el trabajo excesivo. En consecuencia, para lograr un ritmo de trabajo equivalente al del capitalismo hara falta un voluntarismo inslito y, tal y como ha sido histricamente ms habitual, muchsima polica.

Sin duda que -como decimos- la bsqueda imperiosa de la productividad le vino siempre exigida al socialismo por la necesidad de combatir y competir con el capitalismo exterior. Pero reconocer esto no es, en el fondo, ms que dar la razn a Trotsky y aceptar que el socialismo jams dej de estar en guerra y que, por lo tanto, jams se pudo permitir ralentizar la marcha. Fue la guerra y no la esencia del socialismo la que impona la productividad. En esas condiciones, era muy difcil hacerse cargo de que el propio Marx haba sido cualquier cosa menos obrerista y que, al hablar del comunismo, haba puesto mucho ms el acento en el ocio que en la productividad:

"El reino de la libertad slo comienza all donde cesa el trabajo determinado por la necesidad y la adecuacin a finalidades exteriores. Allende el reino de la necesidad empieza el desarrollo de las fuerzas humanas, considerado como un fin en s mismo, el verdadero reino de la libertad, que, sin embargo slo puede florecer sobre aquel reino de la necesidad como su base. La reduccin de la jornada laboral es la condicin bsica"6.

2. El comunismo como derecho a la pereza.

Cualquiera que sea el grado de inevitabilidad del culto al trabajo en la historia pasada del socialismo, es obvio que hoy se impone insistir en una direccin enteramente opuesta. El capitalismo ha llevado al planeta a una situacin insostenible, en la que seguir creciendo indefinidamente equivale a un suicidio seguro a no muy largo plazo. La Tierra se ha quedado pequea para las necesidades de reproduccin ampliada del capital. El agotamiento de los recursos y el cambio climtico son realidades incuestionables. Al tiempo, el coste humano que requiere semejante ritmo productivo es estremecedor. Incluso en el Primer Mundo se habla ya de implantar la jornada de 65 horas semanales. Pero, adems, basta sumar dos y dos para comprender que la condicin sine qua non de esta productividad suicida exige que el Tercer Mundo permanezca en una situacin humanamente insostenible. El 20 % de la humanidad consume ahora el 86 % de la produccin mundial. Pretender que el 80 % restante est destinado a alcanzar niveles de consumo semejantes es incompatible con la supervivencia del planeta; pero pretender que no deben alcanzarlos jams es inmoral, probablemente es, incluso, racista.

Ahora bien, este cambio de mentalidad no debera coger de improviso a la tradicin marxista. Precisamente Paul Lafargue, el yerno de Marx7 con quien comenzbamos estas lneas, defini en 1880 el comunismo como el derecho a la pereza de la humanidad, en una obra clarividente, que parta del comentario de un texto de Aristteles: "si cada uno de los instrumentos pudiera realizar por s mismo su trabajo, cuando recibiera rdenes, o al preverlas; y como cuentan de las estatuas de Ddalo o de los trpodes de Hefesto, de los que dice el poeta que 'entraban por s solos en la asamblea de los dioses', de tal modo que las lanzaderas tejieran por s solas y los plectros tocaran la ctara, para nada necesitaran ni los maestros de obra sirvientes, ni los amos esclavos".

"El sueo de Aristteles ─ comenta Lafargue ─ es nuestra realidad. Nuestras mquinas de hlito de fuego, de infatigables miembros de acero y de fecundidad maravillosa e inextinguible, cumplen dcilmente y por s mismas su trabajo sagrado, y a pesar de esto, el espritu de los grandes filsofos del capitalismo permanece dominado por el prejuicio del sistema salarial, la peor de las esclavitudes. An no han alcanzado a comprender que la mquina es la redentora de la Humanidad, la diosa que rescatar al hombre de las sordidae artes y del trabajo asalariado, la diosa que le dar comodidades y libertad".

Para Lafargue el socialismo y el comunismo deberan asegurar, ante todo, el "derecho a la pereza", que es, a su vez, la clave por la que el hombre ha conquistado y puede conquistar la posibilidad del ocio, en el cual germinan todas sus dignidades racionales: la ciencia, el arte, el derecho, la poltica. El capitalismo nos ha trado una sociedad en la que se ha hecho realidad, por primera vez en la historia, el milagro de Aristteles; pero, sin embargo, el inmenso potencial de ocio liberado no ha desprendido a la humanidad en absoluto de las cargas del trabajo y tampoco le ha otorgado ningn derecho a la pereza, ningn descanso. El hecho es ms bien que nunca se ha trabajado tanto y a un ritmo tan suicida como cuando las lanzaderas se han puesto a tejer solas. Trabajamos, en realidad, en una economa muy primitiva, en la que el esfuerzo por supervivir suprime la posibilidad de vivir. En efecto, una sociedad que gasta todas sus energas en reproducirse ampliadamente hasta el infinito es una sociedad tan primitiva (desde un punto de vista antropolgico) como una sociedad que gasta todas sus energas en la pura subsistencia. La revolucin neoltica permiti al ser humano trascender el puro ciclo de la supervivencia biolgica. El capitalismo, paradjicamente, ha movilizado la infinita potencia de tres revoluciones industriales, esquilmando todos los recursos del planeta, para devolver al ser humano a la prehistoria8.

El capital acumula capital para seguir acumulando capital. La humanidad trabaja ms para trabajar ms an. Ni siquiera la constatacin de un inevitable suicidio ecolgico sirve para detener este rodar hacia el abismo. No se puede uno cansar de repetir que nadie tuvo, por tanto, ms razn que Paul Lafargue, hace ya ms de un siglo. La superioridad del socialismo no consista en su ms alta productividad, sino, por el contrario, en su capacidad de detenerse, de ralentizar, de frenar. No necesitamos correr ms, necesitamos pararnos. El socialismo deba de haber instituido una cultura del pereza, no una cultura proletaria. Si no poda hacerlo en su momento, ahora tenemos la ocasin de proclamarlo a los cuatro vientos: la humanidad tiene derecho a la pereza.

Tal y como exiga Lafargue, la jornada laboral debera de poder guardar algn tipo de relacin inversa con el aumento de la productividad del trabajo. Y as sera, en efecto, en una economa estatalizada. En el socialismo siempre es posible discutir (en el Parlamento, pongamos por caso) si la aparicin de nuevas tecnologas debera traducirse de inmediato en una reduccin general de la jornada laboral (de modo que la sociedad adquirira la misma riqueza en menos tiempo, destinando al ocio o la pereza el restante) o si convendra, por el contrario, conservar la jornada laboral para aumentar el volumen de riqueza. El motivo por el que las sociedades socialistas "reales" y Cuba es aqu un caso inclasificable, como vamos a ver- jams pudieron permitirse ese lujo no parece que sea otro, se diga lo que se diga, que el que jams pudieron decidir polticamente otra cosa que el emplearse en un "comunismo de guerra" en el que siempre era necesario trabajar ms para seguir trabajando ms, ya que esto era lo que haca el enemigo. Slo que el enemigo lo haca por una necesidad de su sistema econmico y ellos por la decisin poltica de no sucumbir frente a su agresin. Ahora bien, fueran cuales fueran los problemas de las economas socialistas "reales", lo que seguro que no se planteaba era la necesidad de seguir produciendo ms, en peores condiciones laborales, a causa de que se hubiera producido demasiado. Y sin embargo, este es el pan de cada da bajo las condiciones capitalistas de produccin: trabajar siempre ms es el imperativo de toda posibilidad de trabajar y, si hay paro, es porque no se ha trabajado bastante (lo que parece patentemente absurdo, pero al mismo tiempo bien evidente para cualquier empresario que ve su empresa al borde de la quiebra). Las empresas tienen que producir siempre ms, por mucho que hayan producido ya (y esto incluso en plena crisis de sobreproduccin), si no quieren sucumbir a las crisis econmicas y dejar de producir completamente. Los asalariados, mientras tanto, tienen que trabajar siempre ms, si no quieren dejar de trabajar por completo y engrosar las filas del paro. Este engranaje no puede pararse nunca. Las manzanas, la mantequilla o los cereales pueden llegar a ser suficientes y los misiles para destruir el mundo pueden llegar a sobrar. Pero bajo condiciones capitalistas de produccin ni las manzanas son manzanas, ni los misiles son misiles si no son antes, de forma mucho ms esencial, una ocasin para el beneficio empresarial, es decir, eso que los marxistas llamamos plusvalor . Puede haber manzanas o misiles de sobra, pero el plusvalor ser siempre escaso. Si maana quiere poderse producir algo, manzanas o misiles o lo que sea, es preciso que hoy se haya producido ms plusvalor que ayer. Ello tambin trae sus problemas: si se produce ms plusvalor del que puede absorber el mercado, la riqueza no puede ser transformada en dinero y, entonces, no es posible seguir poniendo en marcha el proceso. Pero el absurdo llega hasta el extremo de que el nico remedio a la sobreproduccin de plusvalor es producir todava ms, con la esperanza siempre de hundir a las empresas de la competencia y lograr imponerse en el mercado. De ah que, en una crisis econmica, polticamente no se pueda hacer nada, ni, de hecho, "convenga" hacer nada ─ y, en efecto, as lo proclaman los economistas hayekianos ─ , pues no se puede hacer nada en una situacin en la que todo remedio coincide enteramente con la enfermedad.

Aunque, por supuesto, hay una cosa que s se puede hacer: cambiar de juego. Pero para eso hace falta cambiar de tablero (o como deca la letra de la Internacional, cambiar de base).

3. Cuba y la herencia de Lafargue.

Para instituir un derecho a la pereza hace falta que el Derecho mismo tenga alguna eficacia institucional sobre la sociedad. Esto es una obviedad, al menos dicho en abstracto. Sin embargo, la cosa dista mucho de resultar obvia desde el momento en que se intentan poner ejemplos.

El presupuesto ms elemental de los pases que actualmente se llaman a s mismos Estados de Derechos o democracias constitucionales es que las cuestiones importantes que afectan a la vida social se deciden polticamente, a partir de la argumentacin y contrargumentacin parlamentaria. Esas decisiones se plasman en leyes. Estado de Derecho no significa otra cosa que el hecho de que la sociedad obedece a lo que las leyes dicen, en unas condiciones, claro est, en la que las leyes remiten al ordenamiento constitucional y el ordenamiento constitucional remite a su vez a la Declaracin Universal de los Derechos humanos.

La realidad, por supuesto, dista mucho de ser as. Esa idea presupone, ante todo, que las cuestiones importantes se deciden polticamente. Pero la pura verdad es que la instancia poltica jams ha tenido menos relevancia que en la actualidad. Las opciones polticas por las que puede optar la ciudadana en Europa o en EEUU no se diferencian demasiado (demcratas o republicanos, o, por ejemplo, en Espaa, PSOE o PP), pero los respectivos ministros de economa son, sencillamente, indistinguibles. Lo que se decide en la arena de la economa pesa infinitamente ms que todos los debates polticos en el Parlamento. No vivimos en sistemas parlamentarios, sino en dictaduras econmicas con fachada parlamentaria.

Pinsese, por ejemplo, en lo que significa que el programa de ATTAC haya sido considerado utpico e izquierdista por todas las autoridades polticas europeas. Era una utopa la idea de cargar con un 0,01 % de poltica las transacciones financieras no productivas? La instancia poltica no tiene ni siquiera el poder de aportar una centsima de decisiones en la arena de la economa? Ahora nos encontramos con lo que ya sabamos, que bamos camino del abismo. Sin embargo, ni an as puede la instancia poltica hacer otra cosa que rendirse a la autoridad surrealista de las fuerzas econmicas. El mismo da que se destinaban 700.000 millones de dlares para salvar a la Banca, la FAO haba solicitado 30.000 millones para salvar del hambre a 1.000 millones de personas. Salvar a los bancos result realista. Salvar a las personas, utpico, aunque fuese mucho ms barato.

El sistema capitalista ha hecho realidad los chistes ms surrealistas y, en cambio, ha convertido en utpico al mismsimo sentido comn. Jzguese por sus resultados: segn un clculo elemental, para que una de las 2500 millones de personas que subsisten al da con 2 dlares diarios, llegara a amasar, con el sudor de su frente, una fortuna como la de Bill Gates, tendra que estar trabajando (ahorrando todo lo que ganara) 68 millones de aos. Por un anuncio de zapatillas deportivas Nike, Michael Jordan cobr ms dinero del que se haba empleado en todo el complejo industrial del sureste asitico que las fabricaba. Esto es la realidad. Gravar con un impuesto mnimo el capital financiero es una utopa poltica.

Pero, como decamos antes, el surrealismo de la cruda realidad ha llegado mucho ms all: la supervivencia misma del planeta se ha convertido en utopa. El capitalismo no puede mantener la tasa de ganancia sin crecimiento. Y cuanto ms se agotan los recursos energticos, el crecimiento resulta ms y ms caro, lo que afecta a su vez a la tasa de ganancia. Pero el capitalismo solo puede huir hacia delante, acelerando an ms el ritmo de crecimiento, en un proceso que sera infinito si no fuera porque, desdichadamente, el mundo no lo es.

Si los sistemas polticos del primer mundo fueran lo que dicen ser, en todos los parlamentos se estara discutiendo ahora una grfica elaborada por Mathis Wackernagel, investigador del Global Footprint Network (California)9. Pero no parece que el asunto haya llamado demasiado la atencin. Y sin embargo, la grfica resulta demoledora para las ms firmes certezas de la clase poltica occidental y, por supuesto, para los criterios ms evidentes de sus votantes. Sobre todo, en un mundo poltico en el que izquierda y derecha se llenan la boca con los objetivos del desarrollo sostenible.

La cosa es bien sencilla. El eje vertical representa el ndice de Desarrollo Humano (IDH), elaborado por Naciones Unidas para medir las condiciones de vida de los ciudadanos tomando como indicadores la esperanza de vida al nacer, el nivel educativo y el PIB per cpita. El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) considera el IDH alto cuando es igual o superior a 08, estableciendo que, en caso contrario, los pases no estn suficientemente desarrollados. En el eje horizontal se mide la cantidad de planetas Tierra que sera preciso utilizar en el caso de que se generalizara a todo el mundo el nivel de consumo de un pas dado. Wackernagel y su equipo hicieron los clculos para 93 pases entre 1975 y 2003. Los resultados son estremecedores y sorprendentes. Si, por ejemplo, se llegara a generalizar el estilo de vida de Burundi, nos sobrara an ms de la mitad del planeta. Pero Burundi est muy por debajo del nivel satisfactorio de desarrollo (03 de IDH). En cambio, Reino Unido, por ejemplo, tiene un excelente IDH. El problema es que, para conseguirlo, necesita consumir tantos recursos que, si su estilo de vida se generalizase, nos haran falta tres planetas Tierra. EEUU tiene tambin buena nota en desarrollo humano; pero su huella ecolgica es tal que haran falta ms de cinco planetas para generalizar su estilo de vida.

Repasando el resto de los 93 pases, se comprende que hay motivos para que el trabajo de Wackernagel se titule El mundo suspende en desarrollo sostenible. Como no hay ms que un planeta Tierra, es obvio que slo los pases que se siten en el rea coloreada de la grfica (por encima de un 08 en IDH, sin sobrepasar el nmero 1 de planetas disponibles) tienen un desarrollo sostenible. Slo los pases comprendidos en esa rea seran un modelo poltico a imitar, al menos para aquellos polticos que quieran conservar el mundo a medio plazo o que no estn dispuestos a defender su derecho (quizs racial, divino o histrico?) a vivir indefinidamente muy por encima del resto del mundo.

Ahora bien, ocurre que el rea en cuestin est prcticamente vaca. Hay un solo pas en el mundo que por ahora al menos tiene un desarrollo aceptable y sostenible a la vez: Cuba.

La cosa, por supuesto, da mucho que pensar. Para empezar porque es fcil advertir que la mayor parte de los balseros cubanos huyeron y huyen del pas buscando ese otro nivel de consumo que no puede ser generalizado sin destruir el planeta, es decir, reivindicando su derecho a ser tan globalmente irresponsables, criminales y suicidas como lo somos los consumidores estadounidenses o europeos. De acuerdo: tendramos muy poca vergenza, desde luego, si condensemos la pretensin de los dems de imitar el modo como devoramos impunemente el planeta. Pero se reconocer que la imagen meditica del asunto cambia de forma radical: de lo que realmente huyen los balseros cubanos es del consumo responsable en busca del Paraso del consumo suicida y, por intereses estratgicos de acoso a Cuba, se les recibe como hroes de la Libertad en vez de cerrarles las puertas como se hace con quienes huyen de la miseria, por ejemplo, de Burundi (a quienes se trata como una plaga de la que hay que protegerse).

Y a un nivel ms general, la cosa es an ms interesante. Es muy significativo que el nico pas sostenible del mundo sea un pas socialista. Suele ser un lugar comn entre los economistas que el socialismo result ruinoso e ineficaz desde un punto de vista econmico. Sorprende que, en un mundo como ste, la falta de competitividad pueda an considerarse una acusacin de peso. En trminos de desarrollo sostenible, la economa socialista cubana parece ser mximamente competitiva. En trminos de desarrollo suicida, no cabe duda, el capitalismo lo es mucho ms.

Frente a esta dinmica suicida, debemos exigir el derecho a pararnos. No podemos permitir que las autoridades econmicas mundiales sigan convenciendo a la humanidad de que crecer por debajo del 2 3% es catastrfico y proponiendo como solucin a los pases pobres que imiten a los ricos. En el FMI, el BM, la OMC y el G8 saben perfectamente que es materialmente imposible un crecimiento universal. El planeta no da para tanto. Cuando proponen ese modelo saben que, en realidad, estn defendiendo algo muy distinto: que nos encerremos en fortalezas, protegidos por vallas cada vez ms altas, donde poder literalmente devorar el planeta sin que nadie nos moleste ni nos imite. Es nuestra solucin final, un nuevo Auschwitz invertido en el que en lugar de encerrar a las vctimas, nos encerramos nosotros a salvo de lo que es, sin duda as se lo o decir en Cuba a Osvaldo Martnez10-, el arma de destruccin masiva ms potente de la historia: el sistema econmico internacional.

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1 La traduccin y algunas referencias y datos han sido tomados del Estudio preliminar un texto excelente, por cierto- que Manuel Prez Ledesma antepone a la edicin castellana de El derecho a la pereza de Paul Lafargue (Editorial Funamentos, Madrid, 1991).

2 Citado en Bettelheim, C.: Las luchas de clases en la URSS. Primer Periodo (1917-1923), Siglo XXI Editores, p. 353.

3 NEP: La Nueva Poltica Econmica (1921-1929) se caracteriz por una cierta libertad de comercio y por dejar a los campesinos un margen de iniciativa mayor comparado con su situacin durante el comunismo de guerra (1918-1920).

4 Martnez Marzoa, F.: De la revolucin, Alberto Corazn Editor, Madrid, 1976, p.143.

5 Ibid., p. 137.

6 Marx, K.: El capital, Libro III, Captulo XLVIII, Siglo XXI, vol. 8, p. 1044.

7 Paul Lafargue se cas finalmente con Laura Marx el 2 de abril de 1868. Su actividad poltica en el seno de la AIT fue incansable, tanto en Francia como en Espaa. Finalmente, Paul y Laura se suicidaron juntos el 26 de noviembre de 1911, tras haber pasado la tarde en un cine de Pars y haber compartido una bandeja de pasteles. Lafargue dej la siguiente nota: Sano de cuerpo y espritu, me doy muerte antes de que la implacable vejez, que me ha quitado uno tras otro los placeres y los goces de la existencia, y me ha despojado de mis fuerzas fsicas e intelectuales, paralice mi energa y acabe con mi voluntad, convirtindome en una carga para m mismo y para los dems. Desde hace aos me he prometido no sobrepasar los setenta aos; he fijado la poca del ao para mi marcha de esta vida, y preparado el modo de ejecutar mi decisin: un inyeccin hipodrmica de cido cianhdrico. Muero con la suprema alegra de tener la certeza de que muy pronto triunfar la causa a la que me he entregado desde hace cuarenta y cinco aos (citado por Manuel Prez Ledesma en ob.cit., p. 75)

8 Esta idea ha sido ampliamente desarrollada en las obras de Santiago Alba Rico Las reglas del caos. Apuntes para una antropologa del mercado, Anagrama, 1998 y La ciudad intangible. Ensayo sobre el fin del neoltico, Hiru, 2001. Tambin en su reciente publicacin Capitalismo y Nihilismo, Akal, 2008.

9 Cfr. Wackernagel, M.: World failing on sustainable development , en

http://www.newscientist.com/article/mg19626243.100-world-failing-on-sustainable-development.html

10 Cfr. Martnez, O.: La compleja muerte del neoliberalismo, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2007.

Rebelin ha publicado este artculo a peticin expresa del autor, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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