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Caos y transfiguración (I)

Fuentes: Blog personal

Donde está el peligro está la salvación. Se exhibe una transparencia de la guerra que los pocos hacen a los muchos, de cómo defenderse y volver sus armas contra ellos usando el reflejo del dinero, la ingeniería del conocimiento y la economía del tiempo Dos generaciones después Los estudios de Robert Epstein indican que hoy […]

Donde está el peligro está la salvación. Se exhibe una transparencia de la guerra que los pocos hacen a los muchos, de cómo defenderse y volver sus armas contra ellos usando el reflejo del dinero, la ingeniería del conocimiento y la economía del tiempo

Dos generaciones después

Los estudios de Robert Epstein indican que hoy Google puede cambiar el sentido del voto indeciso de un 20 a un 80 por ciento, dependiendo de los grupos demográficos, en las elecciones de cualquier país en que sea el buscador de referencia, lo que resulta ser la inmensa mayoría de los casos. La compañía ha negado enfáticamente estos cargos.

Gilad Atzmon daba en el clavo en una entrada reciente: tanta esfuerzo invertido en educación para la memoria del Holocausto tenía que cosechar finalmente sus frutos, hasta el punto en que la gente ya ha aprendido a reconocer a los nazis incluso sin necesidad de uniformes. Y así, a pesar de nuestro gusto insuperable por los estereotipos, para identificarlos ya no necesitamos que lleven monóculo o tengan un acento alemán de película; nos basta con observar sus palabras y sus obras.

Salvo para los más implicados en la maquinaria de propaganda, era de esperar que semejante exceso de celo tuviera efectos contraproducentes. Tantas películas y series, tantos artículos históricos sobre el nazismo en diarios a los que tan poco les importa la historia, sin apenas darse cuenta iban describiendo un círculo que ya está a punto de cerrarse; o más bien describían, habida cuenta de que se cumplen ochenta años y dos generaciones del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, dos semicírculos enlazados en dirección alterna.

Aunque sabemos que al nazismo lo derrotó ante todo el ejército rojo de campesinos y obreros, y no el gremio de los banqueros, en el relato de la Buena Guerra los grandes beneficiarios y santificados fueron por el contrario tres estados que hasta el día de hoy siguen conformando el tácito pacto tripartito del eje anglosionista, la más viva encarnación del imperio en nuestra era, y cuyos orígenes se remontan cuando menos al milenarismo puritano de la época de Cromwell y Mennaseh ben Israel, en que se dice que los intereses bancarios comenzaron a subir.

Por supuesto que el superimperialismo del dólar parecía hasta ahora una historia bastante diferente -visto al menos desde la perspectiva de los países más desarrollados, testigos de una colonización relativamente benigna y gradual. Nadie hoy cree votar al fascismo como tampoco en los años treinta creían hacerlo. No, nada es igual; y aun se ha hecho lo imposible por mostrarnos que se trata de todo lo contrario. Y sin embargo, ya a nadie le resulta difícil ver más allá de los disfraces. ¿Cómo se ha llegado al punto en que se ha hecho imposible disimular?

Habría que decir tal vez que para distinguir entre agresores y agredidos no hacen falta ejercicios de concienciación. Seguramente sí cuando el agredido es otro, y los medios de desinformación hacen su trabajo; pero no cuando el agredido es uno mismo. Y a pesar de todo, en un mundo donde los responsables nunca dan la cara, se ha podido desviar casi siempre la atención hacia otros agresores ficticios.

La verdad es que si de algo son maestros en el imperio del caos es de propaganda, de la lucha «por las mentes y los corazones». Pero ni la más consumada mendacidad puede cambiar indefinidamente los hechos, y el hecho es que Washington ha de dar la cara no sólo por su oligarquía, sino por la mayor parte de las indeseables oligarquías del planeta, lo que se cobra un alto coste en imagen.

Lo que te lleva primero al éxito es lo mismo que luego te destruye, tal es la Ley; y ya que esta gente es amante de la Ley y el Libro tendremos que apelar a ella. Se habla de la decadencia del Imperio pero lo cierto es que el Dólar sigue apreciándose frente a las otras monedas, y probablemente lo haga todavía durante un tiempo. El caos y el miedo invitan a buscar un sólido refugio, y el imperio del caos continuará patrocinándolo mientras esa tendencia le produzca un rédito inmediato.

Tendencia que no durará indefinidamente. Es factible que continúe hasta el fin del presente superciclo de deuda y la crisis presumida para este año o el 2020, e incluso mantenga cierto impulso más allá; pero no llegará viva a la crisis de mucho más calado que expertos de orientación muy diversa ya vislumbran para el 2025-2030, y que, por la mera acumulación de problemas no resueltos, supondría el verdadero cataclismo de las instituciones.

Las oligarquías del mundo son expertas en desviar la atención, y los Estados Unidos en atraerla. Siendo los segundos valedores de las primeras, y las primeras valedoras de los segundos, la situación podría tornarse más que complicada. El matón global podría convertirse en el payaso de las bofetadas; circunstancia aparentemente absurda que sin embargo ya se insinúa incluso ahora.

El poder y la presencia norteamericana en el mundo y sus instituciones es sencillamente apabullante, de hecho muy superior a lo que advertimos, como muestra el caso citado de Google y otros igual de importantes pero más fuera de foco. Como a los peces el agua, el que no la notemos sólo nos habla de hasta qué punto nos informa. Al respecto se ha hablado de full spectrum dominance , de un dominio en todo el espectro, y de eso es de lo que se trata. Es casi imposible subestimar esta hegemonía, pero lo hacemos continuamente. Es casi imposible sobreestimarla, y también lo hacemos todo el tiempo.

Los Estados Unidos son la nación indispensable sólo en el sentido más coyuntural de la palabra. Es indispensable ahora para una oligarquía global bastante libre de compromisos, dispuesta en todo momento a mudar sus bases. El problema es que, justamente por ser el gran valedor de la oligarquía global, por fuerza tiene que convertirse en un estado odioso, y así es imposible mantener el prestigio de la marca.

Sin prestigio, que como todos sabemos significa engaño, el valor ficticio de las cotizaciones se hunde y los capitales buscan otros destinos más atractivos para sus burbujas. Ellos ya saben de sobra que su fuerza y su valor es sólo su posición de privilegio en el mercado, de ahí el vértigo y la torpeza de sus gestos para mantenerlo a cualquier precio.

Se trata de una espiral que se realimenta hasta que llegue a un punto de ruptura, y en el que el mero figurarse ese punto estrangula el haz de posibilidades. No es tan envidiable la posición actual de los Estados Unidos, que se comporta como el gran acreedor pero vive más que nadie del crédito. Hace de proxeneta y prostituta, mientras que, al otro lado del océano, la Gran Bretaña e Israel se reparten convenientemente los papeles.

Estados Unidos podría convertirse en un proyecto fallido y aún el capital global buscaría la forma de reciclarse -en gran medida- a través de la Gran Tela de Araña de la City londinense. Una salida puede resultar más «indispensable» que los portaaviones cuando de lo que se trata es de salvar el culo del capital, y en ese valor de reserva tan experimentado siguen cifrando sus esperanzas no pocos ingleses.

Finalmente está Israel y la comunidad judía en el mundo; y esto, y no los Estados Unidos ni Gran Bretaña, es lo verdaderamente indispensable en el relato alucinado que impera. Pues el verdadero Imperio no es la dominación territorial y extraterritorial que ya vamos conociendo, sino el relato que aun hoy nos parasita y que va marcando los tiempos camino del desastre.

El tiempo del relato lo marca la concentración del capital, que es lo que entendemos hoy como poder puro. Sabido es que la distribución de riqueza y rentas sigue la ley del 80/20 también llamado «principio de los pocos indispensables»: el 20 por ciento de la población posee el 80 de la riqueza, pero a su vez es la quinta parte de esa quinta parte la que tiene cuatro quintos de las cuatro quintas partes -y así sucesivamente, en una ley de potencias con invariancia de escala.

Esta ley de potencias conduce a la conocida estimación que dice que las 62 personas más ricas tienen más patrimonio que la mitad de la población mundial, los 3.700 de millones de pobres. Lo que capta menos la atención del lector es que la mera prolongación analítica de esa ley nos dice que la mayoría del poder de la oligarquía mundial está concentrada en unas pocas manos, aún muchas menos de las que creemos: casi toda la riqueza de esos 62 sería de 12, y casi toda la riqueza de esos doce sería sólo de 3 personas o a lo sumo 4 personas o familias. Esto, al menos, según unas frías matemáticas que han funcionado muy bien a lo largo de toda la escala. Se diría que, más que una poderosa tendencia, es el único resultado posible tal como están dispuestas las cosas.

En vano buscará uno los nombres de esas familias en la lista del Forbes . Se nos dice que las familias que dominaban las finanzas mundiales a principios del siglo XX han ido a menos y han pasado a un discreto segundo plano, pero sería del todo ridículo pensar que gente que se ha dedicado a la banca, el sector que crece más rápido con respecto a los demás, ha visto sus fortunas menguadas -pues todo lo que ocurre ahora, y de lo que tanto hablamos, es justamente por lo contrario.

Se aprecia entonces que la Oligarquía tiene una estructura autosimilar foliada o en hojas, con capas visibles bastante superficiales y un núcleo central masivo: desde siempre, tal es la complexión intrínseca a la plutocracia, que por su naturaleza y propio peso tiende a hundirse bajo el suelo como Plutón, dios de la riqueza subterránea. Lo que ha ido cambiando gradualmente con el tiempo es la escala de operaciones y unos límites espaciales y temporales que tienden ya manifiestamente a agotarse.

También se sigue de aquí que el Oligarca tiende a ser oligarca o «indispensable» para otros oligarcas más dispensables, lo que crea entre ellos una escala de subordinación, con una plutarquía o criptocracia en su núcleo que busca la sombra tanto como los brotes buscan el Sol. La verdadera Plutocracia no es entonces ni siquiera una clase social, pues su número no puede dar para tanto. A lo sumo es un grupúsculo o camarilla.

En ese núcleo duro de la oligarquía o verdadera Plutocracia se hallan los principales valedores de Israel. No hace falta recordar a quién iba dirigida la declaración Balfour, caso único en la historia de la creación de un estado. Era precisamente este exceso de prominencia de los más poderosos el que hacía más que recomendable una discreta desaparición.

La estructura recursiva o autosimilar, que se reproduce a diversas escalas, de la distribución de la riqueza con la desigualdad que implica se desharía demasiado fácilmente -sería demasiado inestable- si no tuviera un factor de cohesión adicional, una circulación selectiva de un flujo a lo largo del tiempo, que aquí sólo puede ser el del dinero y el interés asociado a la deuda. Puesto que la distribución de Pareto, o más generalmente las leyes de potencias, son independientes de la escala y tienen una amplia ocurrencia en todo tipo de fenómenos de la naturaleza y la sociedad humana, mucho es lo que se ha especulado sobre su origen, permaneciendo todavía la cuestión enteramente abierta.

Michael Hudson, el gran estudioso de los mecanismos de deuda de Babilonia a nuestros días, nota cómo «las cargas de deuda (1) añaden un coste improductivo a los precios (2) desinfla los mercados de poder adquisitivo (3) desalienta la inversión y el empleo en estos mercados y por tanto (4) presiona a la baja los salarios.

Aplicando una analogía con la ley constitutiva que rige para la resistencia de los materiales y la construcción, podemos hablar de presión y su recíproca tensión, así como de la deformación a que está sometida la estructura. Durante muchos siglos, como Hudson recuerda, fue algo ordinario la cancelación periódica de deudas por los soberanos como una forma de restablecer el orden social y evitar lo que de otro modo hubiera podido suponer el derrumbamiento de todo el edificio. Esto formaba parte del orden por lenta revolución en el seno de un tiempo cíclico.

Es de suponer que la acumulación de deuda en aquellos tiempos solía responder al crecimiento lineal del interés simple. Y es sin embargo a partir del siglo XVII, cuando adquiere impulso el interés compuesto, la revolución científica y los gobiernos parlamentarios, que la cancelación cíclica de deudas empieza a situarse fuera de cuestión. De hecho, y que nadie olvide esto, los prestamistas favorecieron a los gobiernos parlamentarios sobre las monarquías porque con ellos en caso de impago siempre encontraban cómo cobrarse en especie a costa de los bienes públicos.

Salta a la vista la estrecha vinculación y coexistencia del interés compuesto y la acelerada acumulación en todos los órdenes, desde la riqueza y la demografía al conocimiento científico y tecnológico. El interés compuesto, en sí mismo una tendencia temporal, es el gran acelerador de los tiempos, y con el aumento de sus expectativas se tiende a rehusar más fuertemente cualquier corrección cíclica de sus efectos. El interés compuesto es pues el fermento específico de la aceleración de los tiempos modernos y su ruptura definitiva con cualquier solución parcial por el bien de la estabilidad. De aquí y de ninguna otra parte emana el reconocido carácter revolucionario del capital en los tiempos modernos; pues está claro que la explotación y la mera búsqueda del beneficio habían existido desde muy antiguo.

En el antiguo edificio social la cancelación de deudas era justamente una restauración o reparación del orden que impedía su derrumbamiento. En el nuevo régimen de acumulación lo que se hacen cíclicas son las crisis, que se prefieren como forma de «disciplinar los mercados», aunque de forma harto selectiva puesto que no todos responden por igual. La renovación por las crisis en fases alternas de destrucción-reconstrucción sería más propia de sociedades y mercados altamente expansivos, marcados por el crecimiento acelerado.

El hecho de que el capitalismo expansivo se enfrente cada vez más a los límites del desarrollo por falta de mercados nuevos sólo puede aumentar gradualmente la presión ejercida sobre la estructura social y agudizar el carácter destructivo de las crisis. Se añade a esto el consenso de que ya se han agotado los márgenes de maniobra en la política económica interna que permite amortiguar o administrar los seísmos.

Si simplificando al máximo el principio de Ehret afirma que la vitalidad y la salud de un organismo es igual a su presión menos su obstrucción -ecuación que la moderna medicina no se ha molestado en verificar-, tal vez podamos extrapolar esta misma lógica elemental a la vitalidad y salud económica del organismo social equiparando, como no, la obstrucción con la deuda; puesto que esta obstrucción se traduce en un aumento de la tensión hasta llegar a un punto de ruptura.

También la fractura deja en su agrietamiento un sello recurrente o autosimilar, como la distribución de Pareto o de los pocos indispensables; en la literatura científica se ha tratado de explicar su aparición con el concepto de tolerancia altamente optimizada, que puede generar tales distribuciones mediante un diseño deliberado que optimice varias restricciones simultáneamente.

En el presente sistema todo está optimizado a expensas de la extracción de máximo valor o beneficio. Esto conlleva un alto grado de fragilidad sistémica, puesto que finalmente son las estructuras las que se han adaptado y especializado a un objetivo muy estrecho con independencia de todo lo demás.

En la bifurcación como en la fractura, la tolerancia altamente optimizada permite minimizar los daños externalizando los costes, vale decir, arrojando los escombros a la vía pública y desentendiéndose de ellos. Pero también permite maximizar la influencia usando aventajadamente la jerarquía y ramificación de este principio independiente de escala. Sólo la escala del planeta contiene y se enfrenta abiertamente a este principio, de ahí que, cada vez más, la geopolítica se muestre como el ámbito de emergencia en el que afloran los asuntos irresueltos de la estratificación social, o como el desbordamiento en el plano horizontal de presiones en vertical.

Físicos como B. Boghosian han hecho simulaciones de la distribución de Pareto estableciendo una analogía más o menos exacta entre las colisiones de moléculas y las transacciones monetarias. El resultado final conduce a una singularidad en que, salvo una fracción que tiende a esfumarse, la riqueza de toda la población termina reduciéndose a cero.

Cabe entonces preguntarse si este tipo de distribuciones son realmente «naturales» y si su perfil y su estabilidad depende o no de forma explícita de determinados parámetros de control. Y aunque este objeto de estudio permanece abierto y es muy controvertido se tiene la impresión de que los resultados de su investigación, que deberían suscitar el mayor interés, están completamente fuera de foco.

Modelos como el citado Bogoshian confirmarían las cada vez más generalizadas sospechas de que nuestro sistema se comporta verdaderamente como un agujero negro, cuya succión es en última instancia indiscriminada aunque posee a lo largo del camino toda una rica estructura selectiva de mediaciones recurrentes en el que el pez grande se come al pequeño hasta el fin de la cadena. Al menos idealmente y haciendo caso omiso de las indeseables resistencias que siempre hay que vencer.

Sin embargo, no hace falta entrar en detalles técnicos para anticipar que, si existen parámetros de control en esta dinámica, han de estar directamente relacionados con los que generan la deuda, que son los que generan la carga, y por tanto la tensión, el vacío y la succión. El paso de la presión a la tensión, de lo lleno a lo vacío, puede ser extremadamente fluido, pero desde las instituciones centralizadas que dominan la banca se procuran regular a través del tipo de interés y el porcentaje de depósitos de los bancos privados que determinan su capacidad de creación de dinero.

En esta simplificada traducción biomecánica que me permito, bien puede decirse que el elemento parasitario está «más cerca de ti que tu vena yugular», pues no se trata de que esté cerca, sino dentro de cada uno de nosotros. Y efectivamente, todavía hoy, son pocos los que dan crédito a estas cosas.

Todo este mecanismo es tan escandaloso, que hasta los que mejor lo entienden han de procurar sacárselo de algún modo de la cabeza; o habría que decir más bien que son ellos los que necesitan sacárselo de dentro, porque a la persona promedio, a pesar de la omnipresente propaganda del darwinismo social, es difícil que le pueda nunca entrar. Pues lo que estamos diciendo, y que los medios vocean tan tranquilamente a diario, es que este mecanismo se procura modular desde arriba tanto como se puede modular.

Hay una narrativa horizontal que se estima conveniente para los «estados atómicos» del cuerpo social, léase individuos -la supuesta competencia darwinista de todos contra todos. Y hay una lógica vertical, mucho más concretamente estructurada, que piensa sin embargo en los «ecológicos» términos del marketing -en la explotación de nichos y ecosistemas. Así, existe una visión horizontal sin la menor profundidad intensamente publicitada para los muchos mientras hay una lógica vertical implacablemente administrada por los menos.

Michael Rothschild le dedica en su pionera obra Bionomics un breve capítulo al «Parasitismo y la explotación». Considera que en economía distinguir el bien del mal equivale a la cuestión de distinguir entre relaciones mutualistas y relaciones parasitarias. Los huéspedes, evidentemente, son víctimas. «La eliminación de la explotación en todas sus formas debería ser el objetivo principal de las leyes económicas de la sociedad… pero mantener las leyes al paso de una economía en rápida evolución no es fácil.»

Palabras escritas en 1990; hoy día casi ni se sueña con embridar la economía con regulaciones nuevas. Las cosas ya son demasiado complicadas; antes que añadir leyes llenas de trampas, sería preferible proceder a desagregar funciones ilegítimamente unidas. Por lo demás, el organismo encargado de la extracción de valor casi tiene más sangre que el huésped, y cualquier intento quirúrgico de separarlos conlleva un alto riesgo de desangramiento.

Sólo los Estados Unidos parecen estar en condiciones de arruinar su propia hegemonía, pero vista la atracción invencible de Washington por las monumentales meteduras de pata, nada es hoy menos improbable. Cabe esperar la llegada a la Casa Blanca de otros presidentes con más respeto a la comunidad internacional, alguien con un perfil como Sanders, pero como ya se vio en su día con Obama casi todo se reduce a un lavado de imagen pública. La deriva imperial no se negocia y pesa mucho más que cualquier alternancia.

La proverbial torpeza política de Washington hasta ahora sólo encontraba parangón con la maestría de los norteamericanos para venderse como la Meca del desarrollo. Si la imagen del sueño americano basada en la permanente expansión del consumo se resquebraja, si quiebra su poder de adhesión, ya sólo le queda el uso de la coerción y de la fuerza, lo que a su vez termina de rematar su imagen internacional, lo que a su vez desinfla la apuesta del capital internacional por su centro neurálgico a pesar de que éste tampoco encuentra refugios mejores.

Es difícil que los Estados Unidos puedan escapar a esta dinámica, pues la expansión del consumo y el crédito se hace ya prácticamente imposible, además de por otros muchos factores, por poderosas razones demográficas. En esto no está sólo, pues otros países desarrollados ya han llegado antes a pirámides de población envejecidas; pero aún no se reconoce, como advierte Chris Hamilton, que desde 2007 tanto los nacimientos como la inmigración neta han caído bruscamente en Norteamérica. La próxima crisis, antes que de liquidez, será una crisis por saturación de deuda. También la pujanza yanqui es cosa del pasado.

Damos por supuesto que el plano de la geopolítica y la lucha entre potencias traduce en gran medida y a un cierto nivel horizontal una larvada guerra civil mundial que en la vertical es una guerra de clases, pero no sólo de clases y también de jerarquías. Al menos así es es como lo entienden, antes que nadie, los grandes centros de poder imperiales, el financiero, político, militar, tecnológico y de los medios; desde Wall Street al Pentágono, pasando por Washington, Hollywood o Silicon Valley.

Todo en Estados Unidos se ha convertido en una formidable máquina de guerra, sometida a la paradoja de tener que ser agresiva en extremo incluso para simplemente mantener sus posiciones. Esto responde a su sobredimensionamiento en todos los órdenes, lo que tarde o temprano tendría que resultar en una dolorosa implosión.

Lo realmente milagroso sería que la Gran Burbuja Americana no pinchara. Aun así, lo mismo que las oligarquías frente al resto del cuerpo social, puede contarse con que se intentará minimizar los daños exportándolos cuanto sea posible. De todos modos, y para volver a las palabras de Hamilton, la crisis mayor que se avecina no es tanto un huracán como una Edad de Hielo; supondrá no sólo la culminación de un ciclo de deuda, sino la inversión de una tendencia expansiva de la demografía que en lo esencial ha durado más de mil años. Y lo mismo se aplica a los países de Europa, o Rusia, Japón o China -todos los que pueden aportar un crecimiento significativo para la economía global.

Ni el capitalismo terminal que conocemos ni los Estados Unidos están hechos para adaptarse a algo así, de modo que se procura que sea el resto del mundo el que se adapte a ellos. El imperio americano pertenece a unas condiciones que son las del pasado más que las del presente, por no hablar del futuro. De ahí el aire más que sospechoso de todo lo que emana de los centros imperiales; ni los más masivos despliegues de relaciones públicas ni ningún comité de storytelling pueden hacer mucho por cambiar la percepción de lo que ya es evidente.

Muros, Estado policial, capitalismo de vigilancia, manipulación permanente, cultura del miedo y la confrontación, corrupción legalizada, incontinencia en la agresión y en la mentira, mercados amañados por doquier tan impersonales como el último escalón de la distribución de riqueza de Pareto … Estados Unidos teme ya incluso competir, como lo delatan múltiples gestos y amenazas. Todo un dechado de virtudes para «liderar» con su ejemplo las naciones. ¿Quién habló de estar del lado equivocado de la Historia?

Su única excusa, se dice, es que no hay alternativa digna de consideración. Lo que sigue es un intento para mostrar lo contrario. Si los Estados Unidos son una máquina de guerra en todos los ámbitos, en ninguno se ejercita de forma más permanente que en el económico. Sabido es que el dólar es una forma de que el resto del mundo financie el desproporcionado despliegue militar americano, que a su vez es el garante del orden del dólar; pero esta es sólo la forma más ostensible entre las muchas con que financiamos nuestra servidumbre.

La mítica torpeza diplomática de Washington responde a unas condiciones históricas y geográficas peculiares que le han permitido no tener que contar prácticamente con nadie. El escenario geopolítico es una totalidad que se nos escapa y de la que cualquier agente forma parte, pero los norteamericanos no lo perciben así, lo que los convierte, en casi todos los sentidos, en el país menos indicado para administrar las cosas de otros. Esta calamitosa torpeza y arrogancia presagian un crepúsculo de proporciones bíblicas.

¿Existe alguna posibilidad de derrotar al dólar sin pasar por una tragedia de la magnitud de una tercera guerra mundial? Parece ser que existe. Tenemos a nuestra disposición algo similar a un arma definitiva; pero no hará falta decir que no se trata tanto de aplicar huérfanas medidas, como del espacio o vía abierta por una nueva situación que hay que saber interpretar y recrear.

Nueva fábula del zorro y el león

Los países europeos y los de casi todo el mundo desearían poder sortear el sistema de sanciones y bloqueos estadounidense que supone un reino del terror económico, pero sus bancos cooperan con la Reserva Federal y reciben dinero en las crisis como si fueran también accionistas. La creación de un vehículo especial europeo de pagos y compensaciones tiene muy poco alcance mientras sus compañías pretendan seguir haciendo negocios en EUA.

De hecho no cabe decir que Europa tenga lejos todos los resortes de poder, pues dejando a un lado a la City londinense, el Banco de Pagos Internacionales que marca la pauta de los depósitos en los bancos de todo el mundo se encuentra en Basilea, y el SWIFT interbancario del que se sirven los norteamericanos para su coacción se halla en las afueras de Bruselas; claro que también la sede de la OTAN se halla en Bruselas, y bien poco cuenta todo eso ante la relación de dependencia en todos los órdenes y el miedo cerval de los gobiernos al fantasma de la crisis.

Kuan Tzu, el maestro e inspirador de Sun Tzu, ya mostró repetidamente hace veintisiete siglos que se le podía dar la vuelta a la relación entre dos pueblos en muy pocos años prestando atención a sus fortalezas y debilidades económicas, en una época en que no existían ni estribos para montar los caballos. Qué no se podría hacer hoy en unos tiempos en que casi todo circula a la velocidad de la luz y la cotización de las compañías pueden desplomarse en días, horas o minutos.

Por poner sólo un ejemplo, bastaría con que el gobierno chino decidiera disciplinar sus inversiones y a sus inversores en el extranjero para que la economía norteamericana empezara a gritar. Ya sólo esto podría provocar una reacción en cadena. Pero todo el mundo sabe lo que ocurre, y además, hoy por hoy parece ser que el capital no encuentra mejores salidas.

Mientras tanto las posibilidades de una revolución monetaria son absolutamente reales pero nos cuesta imaginar algo que desde siempre ha pasado por encima de nuestras cabezas. Como bien dice Alfredo Apilánez, la importancia del tema de la creación del dinero es inversamente proporcional a la atención que recibe, lo que desde luego no es una casualidad.

Las tensiones crecientes que genera el dólar son causa principal pero no la única. Está también la poderosa y en gran medida irreversible tendencia hacia el dinero electrónico, con su desconcertante abanico de posibilidades. Y está también la necesidad igualmente creciente de seguridad ante unos mercados cada vez más volátiles, que ahora juega momentáneamente a favor del dólar pero que puede cambiar completamente de sentido en el caso de ofrecerse otras alternativas. En condiciones de gran presión externa esto funcionaría con una certeza hidráulica.

En cuanto al dinero electrónico, ya no es para nadie un secreto que hay una guerra contra el dinero en efectivo. Lenta y sostenida, pero guerra al fin y al cabo. No nos vamos a quedar sin monedas o billetes de hoy para mañana, pero se trata de minimizar gradualmente su uso de forma que el único dinero soberano y legal se convierta en un residuo desdeñable que no represente ningún peligro para los bancos privados.

Se pretende vender esto como un avance contra el crimen y la evasión de capitales para darle un cierto aire de legalidad y aun legitimidad, pero lo cierto es que tiene muy poco que ver con la ley y aun menos con los gobiernos. Por el contrario, en principio la idea es hacer la emisión del dinero aún más un asunto privado, como si un 97 por ciento no fuera suficiente. Claro que no se trata tanto de ganar un 2 por ciento más, como de cerrar el único flanco vulnerable que hoy los bancos tienen de cara al público y que aún les impide la impunidad total: el riesgo de estampidas bancarias.

Si se elimina este molesto problema, esta fastidiosa piedra en el zapato, puede decirse que los bancos ya no tienen absolutamente nada que los limite. Es la libertad total. Libertad total para jugárselo todo entre ellos, quien sabe si para llevar al mundo real la excitante simulación que planteaba Bogoshian con sus transacciones atómicas. Y para el resto de la población, sería el sueño cumplido del campo de concentración financiero y la consumación de la vigilancia total. Es una posibilidad que hay que tomarse en serio y sería necedad considerarla un cuadro distópico cuando lo que ya tenemos no dista tanto de eso.

Naturalmente si escribimos es porque aún existen otras posibilidades. Y no hablamos ya de alternativas aisladas sino del escenario en el que se presentan sus combinaciones. La primera de estas alternativas, por sí misma coja, proviene de la emergencia de las criptomonedas, que no es sino el otro aspecto de la gradual transformación del viejo dinero físico en dinero electrónico. Sí, es cierto que tras un ascenso desbocado, la burbuja de monedas como el bitcoin ha estallado estrepitosamente; pero eso es sólo un favor que se nos hace, puesto que su lugar en todo este río revuelto tendría que ser otro que la especulación.

El dinero electrónico del que se habla ahora para reemplazar al efectivo sigue estando respaldado por el banco central y está denominado en su moneda; otra cosa es que los mismos bancos consideren emitir monedas propias con determinados incentivos, ventajas y convertibilidad con la moneda legal. Claro que lo mismo puede hacer cualquier grupo que decida hacer uso de su propia criptomoneda, tanto si lo permite la ley como si no, puesto que todo depende del acuerdo entre partes, aunque las condiciones de convertibilidad varíen dramáticamente en un caso y en otro.

En el futuro los gobiernos podrían permitir legalmente todo tipo de criptomonedas privadas, o por el contrario podrían prohibirlas todas, o bien podrían permitírselas sólo a determinados bancos o entidades financieras. Ninguna de las alternativas altera la tendencia a convertir el dinero electrónico en el estándar, puesto que su progresión imparable ya se da con la moneda de curso legal. Se trata de cosas completamente diferentes, aunque como todo lo del dinero, siempre tan intangible, se presta mucho a confusión.

Lo que permanece invariable en todo este asunto es que las monedas privadas se aceptan por cuenta y riesgo del usuario, y la moneda de curso legal también, pero con un riesgo mínimo. El 97 por ciento del dinero que usamos lo crean los bancos, o si se prefiere lo crea quien pide el crédito aunque todo quede apartado de su control, pero en ningún caso es emitido por el banco central. Esto es algo que los mismos usuarios se niegan a creer porque de otro modo se sentirían demasiado estúpidos. También la teoría económica estándar rehúsa admitirlo, por más que en los últimos años hasta los bancos centrales lo estén dejando bien claro aunque sólo sea para descargarse responsabilidad.

Si confiamos en este dinero sacado de la nada, si le damos crédito al crédito que nos dan, es porque en última instancia es el Estado el que respalda ese edificio hecho de números y contabilidad; de otro modo, y para empezar, nadie metería su dinero en ellos. Por más que los bancos presuman de solidez, no son nada sin el apoyo monetario del estado del que son exclusivos beneficiarios.

Lo más razonable y conservador es suponer que esta tendencia se prolongará en el futuro, si pasamos del dinero que ahora crean los bancos a la creación distribuida de dinero mediante monedas electrónicas que permiten una contabilidad segura gracias a la tecnología de cadena de bloques. Es decir, sólo si están respaldadas por el estado, si éste permite oficialmente su conversión en moneda legal, parece que puedan tener una demanda suficiente.

La cadena de bloques permite una total consistencia e independencia de la sanción legal y la postura adoptada por el estado, pero la confianza depositada en estas criptodivisas y por tanto su demanda sí que depende en gran medida de dicha posición. Así, todavía hoy podemos confrontar en la práctica y sin necesidad de quiméricas apelaciones a los tiempos pasados las dos principales teorías sobre el origen del dinero: la cartalista o estatalista, que dice que el dinero es un artilugio legal por naturaleza, frente a la metalista generalmente adoptada por la academia y que afirma que proviene del acuerdo entre compradores y vendedores en los mercados.

Naturalmente todo este planteamiento también puede aplicarse al sistema internacional de pagos, bancos y sanciones. Es decir, compañías y agentes de los distintos países pueden decidir confiar mutuamente y crear acuerdos comerciales en cualquier criptodivisa con total independencia del sistema actual, quedando por determinar la forma de conversión en otros bienes o monedas.

Respecto a esto último, podría ser determinante la actitud de los estados de origen, o bien se podría recurrir a otras formas de valorizar el circulante, ya sea con metales preciosos, con una cesta de productos o una cesta de monedas. Hoy por hoy, no hay más que ver el dólar, no hay prácticamente ninguna relación entre la demanda de una moneda y su respaldo directo en bienes; pero siempre hay una indeterminación de fondo, y con ella una incertidumbre asociada, que permite invertir la situación si los mercados están bajo gran presión, circunstancia a la que se abona la superpotencia.

Si bien los estados parecen espacios cautivos para las monedas soberanas, ya vemos que en la práctica ésta sólo asciende a un 3-10%, por lo que puede verse claramente que en realidad de lo que se trata es de espacios cautivos para los bancos, que son los que capitalizan y se benefician de la confianza en el estado. Sus ciudadanos pueden liquidar su dinero bancario y convertirlo en criptodivisas, no necesariamente con fines especulativos, e incluso por motivos opuestos como la seguridad.

Probablemente el merecido derrumbe de bitcoin ha sido un deliberado escarmiento para enfriar el entusiasmo ante este tipo de salidas para el capital; pero no se podía esperar menos de una moneda de orígenes tan dudosos y calada hasta el tuétano de los peores instintos extractivos del capitalismo. A los grandes tenedores anónimos de esta moneda no les costó mucho terminar con el experimento después de haber esquilado a las ovejas, logrando cuando menos dos o tres objetivos distintos de un golpe.

Si se presta un poco más de atención y no se deja distraer por las aparentes antinomias, puede verse que en realidad el mercado y el estado en absoluto se oponen como alternativas del tipo «o esto o lo otro», sino que por el contrario siempre han ido juntos y han servido «el uno para el otro»; y que oponerlos de forma excluyente ha sido parte de la ceremonia de la confusión política reinante hasta el día de hoy. En realidad lo que hay es una transmisión de abajo arriba y de arriba abajo casi sin solución de continuidad pero muy selectivamente controlada.

Y lo que permite que esta transmisión sea lo bastante fluida en ambos sentidos es el control del elemento fluido por excelencia en la sociedad, el dinero y sus tipos de interés que hoy tienen un gobierno altamente centralizado. Verdaderamente hay importantes aspectos del capitalismo financiero o líquido que, pese a todas las apariencias, no desmienten la lógica básica de las «sociedades hidráulicas» de Wittfogel.

El control del dinero por los bancos privados gracias a los «bancos centrales independientes» les confiere una ventaja que no es comparable a ninguna otra puesto que es a la vez punto de apoyo y palanca de poder económico, a través de la deuda pública, para disciplinar al poder político. Sólo esta apropiación, ilegítima pero incuestionada, explica el apabullante dominio de la situación por los bancos.

Y no hace falta decir que en esa situación los gobiernos son meros comparsas a los que aún se les deja la importante papeleta de legitimar el orden de cosas. La asimetría es tan grande como la que existe entre empleador y obrero, en el que primero puede despedir al segundo pero el segundo no puede prescindir del primero.

Si el obrero no puede despedir a su patrón, puede despedir a su banquero, que es el patrón de su patrón; o en todo caso despedirse de él. Todo sería diferente si uno puede retirar su dinero de los bancos y emplearlo productivamente de acuerdo con sus intereses, y tal tendría que ser la función natural de las criptomonedas. Ahora bien, si esta opción empezara a coger fuerza entre el público, los ciudadanos pueden usar este poder natural que les viene de vuelta no sólo con finalidades económicas, sino también para ejercer presión política a la vez que vacían los depósitos bancarios.

En caso de apuro los bancos tratarían de hacer presión sobre los gobiernos para ilegalizar estas monedas y su competencia, pero, ¿qué demandas podrían hacer los ciudadanos sobre el gobierno, con este nuevo poder? Pues incluso poniéndose en el caso más flagrante de ilegalización, todavía tendrían una considerable capacidad de modular la demanda interna de dinero y con ello su valor. Las clases populares tienen una parte pequeña de la riqueza pero son la parte mayor del uso de dinero en efectivo, legal o soberano -en conjunción con, y esto ya es curioso, el crimen organizado y el lavado de dinero.

Lo que en sí mismo ya es un exponente de hasta qué punto el sistema monetario actual ha desvirtuado las relaciones. Y es que como dijo Mervyn King, gobernador del Banco de Inglaterra durante diez años, «de las muchas formas que hay de organizar la banca, la peor es la que tenemos hoy». Por otro lado, si estudios cuidadosos muestran que aún sigue aumentando la demanda de dinero en efectivo en casi todas las divisas, ello no se debe tanto a su uso en transacciones, que sólo supone un 15% del total, como a la búsqueda de seguridad en un clima general de creciente incertidumbre. Así pues, hay una demanda creciente de seguridad, y la volatilidad que la sustenta está muy lejos de remitir, por no decir lo contrario.

La demanda más importante que podrían hacer los ciudadanos con su nuevo poder ante el estado y su gobierno, aparte de admitir legalmente algo que es legítimo de suyo -que puedan existir monedas privadas-, es el retorno al dinero soberano íntegro y el fin del dinero endógeno bancario surgido del crédito. Esto, que puede parecer revolverse contra uno mismo, es en realidad lo más lógico y más allá de la lógica es también lo que dicta el instinto y el sentido de la necesidad. No se trata de rizar el rizo sino por el contrario de alisar un sistema artificiosamente enmarañado que a menudo no beneficia ni siquiera a los que se benefician de la opacidad.

La demanda de dinero soberano, de dinero seguro, de dinero al cien por cien de reservas o incluso de dinero sin reservas o dinero legal sin más, ha empezado a tener cierto apoyo popular justamente desde la gran crisis del 2008. Es cierto que sigue siendo todavía un movimiento marginal que apenas atrae los focos de la atención pública, pero no deja de ser un movimiento en ascenso que lentamente va emergiendo en la conciencia general.

Un ejemplo lo tenemos en la iniciativa suiza por recobrar el dinero soberano y terminar con el sistema de reserva fraccionaria en que se basa la creación del dinero-deuda bancario, y que terminó en un referéndum en junio del 2018. La iniciativa fue derrotada con más de un 75% de voto en contra y no sabemos si el gobierno contó con la inestimable ayuda de Google, pero no hace falta decir que tanto el Banco Nacional Suizo como los medios hicieron una campaña de miedo en su contra. Se habló de «extrema incertidumbre» y de los riesgos de adentrarse en un «sistema no sometido a ensayo fundamentalmente diferente del de cualquier otro país». El influyente banco central alemán también se pronunció en su contra.

Hubo antes una propuesta similar en Islandia que tampoco logró su objetivo, pero sería erróneo concluir que con estas dos primeras tentativas frustradas se agota el recorrido de la idea. Este soberanismo monetario planteado desde la sociedad civil a veces puede ser algo ingenuo y la exposición que hacen del tema sus defensores no siempre es la mejor de las posibles; pero su objetivo es muy claro y los argumentos básicos están cargados de razón. Y el tiempo no dejará de mostrar la conveniencia y aun la urgencia para cambiar de sistema.

Al menos estas propuestas han alcanzado notoriedad incluso con la disposición altamente desfavorable de la máquina mediática, hasta el punto que la teoría convencional y casi oficial de la creación del dinero de los economistas ya ha sido puesta claramente en evidencia. En el año 2012 Paul Krugman aún parecía ignorar que los bancos crean efectivamente el dinero de la nada en su famoso debate con Steve Keen; hoy no creo que se atreviera a sostener semejante posición aunque sólo fuera por miedo al ridículo. En esto al menos la desvergüenza va perdiendo terreno.

Y en cuanto al miedo a aventurarse con un «sistema no sometido a ensayo» que se airea para intentar reconducir a inquietos y descarriados, no hay más que ver lo bien que estamos con este sistema tan sobradamente probado. Cuesta imaginar cómo un sistema que liquida el factor principal de inestabilidad bancario puede ser peligroso, aunque sí es cierto que a menudo preferimos lo malo conocido a lo bueno por conocer, incluso cuando hay tal asimetría entre los intereses de quienes hacen el dinero y quienes lo usan. Pero esto es un conservadurismo de suelo falso, por que cuando la gente busca seguridad, lo que hace en última instancia es acaparar dinero soberano.

También existe un más que comprensible temor a ser el primer país en desafiar el sistema de reserva fraccionaria que domina el mundo, y que con razón y sin ella se asocia tanto con la Reserva Federal. Temor, por supuesto, a represalias de todo tipo, empezando por los ataques financieros, para que no cundiera el ejemplo. No hay más que revisar la historia reciente para ver que estos temores están más que justificados, aunque todo depende también del grado de dependencia y exposición de cada país al capital extranjero, factores que de suyo contradicen la soberanía.

Y sin embargo el argumento del miedo en el caso suizo no es sólo propaganda, ni está sólo relacionado con la vulnerabilidad exterior. Es un hecho histórico indiscutible que este sistema no ha sido nunca ensayado en los tiempos modernos y que su inmersión en un entorno tan alejado del de épocas pasadas no deja de suscitar incógnitas; razón de más para hacerlo tan interesante si es que de verdad queremos crear algo nuevo.

Algunos argumentan que ya se han probado todas los políticas monetarias y que éstas se quedan en la superficie y hay que atender más a los problemas de la economía productiva. Hay una mezcla de verdades y falsedades en ello. Para empezar es evidente que el dinero soberano sin reserva fraccionaria sigue siendo hasta el día de hoy una opción inédita, y por cierto, mucho más simple, neta, legítima e irrenunciable que todas las complicadas y pusilánimes medidas paliativas adoptadas hasta ahora. Es algo bueno y deseable en sí mismo, y, aunque en la práctica no haya nada aislado en este mundo, es en principio independiente de las políticas fiscales y de gasto público.

El marxismo más irredento, harto más idealista que el mismo Hegel, continua insistiendo en que el dinero es un epifenómeno objeto de los prestigios del «fetichismo de la mercancía», en lo cual coinciden de forma nada sorprendente con la teoría convencional, que aún nos sigue asegurando que se trata sólo de un índice de la actividad económica real. Si hemos de creer esto, los bancos sólo serían meros intermediarios entre los agentes que «realmente mueven las cosas» y tienen las manos en la masa. Naturalmente, sólo a la banca podría interesarle semejante versión de los hechos. Hay que reconocer que si estos pobres banqueros ilusos se han equivocado y tienen cogido el rábano por las hojas, lo tienen muy bien agarrado y no se les escapa tan fácil.

La teoría marxista, que con razón ha insistido en la asimetría entre capital y trabajo, aplica sin embargo la misma lógica de la equivalencia de «la economía vulgar» cuando equipara al dinero con la mercancía, cuando la asimetría y el ascendiente del dinero sobre la mercancía y de la liquidez sobre el mero capital no pueden ser más obvios: desde el que vende ilegalmente en la calle, al que vende amparado por la ley, o al banquero que extiende legal pero ilegítimamente la masa monetaria y teme que se le reclame el dinero. Podemos dar por descontado que la teoría economía nunca llegará a ser un empeño completamente científico, pero si no queremos ver estas cosas estamos realmente perdidos.

No, el dinero no es un «truco de circulación», del mismo modo que el hecho de que la sangre llegue a las distintas células del cuerpo no es debido a un «truco de circulación» ni a un autoengaño de las células. Es una categoría diferente y no sólo una categoría: es también una tecnología laboriosamente desarrollada a lo largo del tiempo y tan neutral como acostumbran a ser las tecnologías, es decir, más bien muy poco. Precisamente porque es lo más externo y formal, es también lo que define en todo momento los límites del sistema. Quien controla el dinero lo controla todo.

Si en algo están más verdes los soberanistas monetarios no es en la importancia concedida al sistema del dinero sino en los vínculos de éste con la economía productiva, empezando por la inversión. Como ya han evidenciado toda una serie de economistas desde Keynes y nos enseña la misma práctica económica, no es cierto que sólo del ahorro venga la inversión, sino que es más bien al contrario, es la inversión la que origina el ahorro, y es con la inversión que la sociedad, para decirlo con palabras de Alejandro Nadal, «se otorga a sí misma una especie de crédito».

Hay entonces que distinguir claramente entre el tipo de dinero que queremos y las formas de crédito y asignación de recursos que pueden desarrollarse a partir de un dinero neutral. Que un dinero neutral es deseable no creo que sea algo sobre lo que haya que extenderse mucho. Que el enorme privilegio y poder que se deriva de crear capacidad de compra no debería seguir en manos de unos pocos banqueros también tendría que ser evidente. Pero creación de dinero e inversión siguen siendo asuntos completamente distintos.

Para hablar con términos ya usados en economía, el dinero endógeno sin bancos, el dinero exclusivamente legal o soberano nos proporciona el «eje vertical» de las interacciones entre el estado con su entidad emisora y los usuarios privados, mientras que las interacciones entre agentes privados se desarrollan en el eje horizontal. En la creación de dinero la relevancia del eje vertical está ahora en mínimos y es en el horizontal donde se genera la inmensa mayoría del total; lo que se antoja un fiel reflejo de la actual relación de fuerzas entre la política y la economía -y entre élites y masas-, a pesar de que la creación de todo el dinero por el estado, al carecer de opciones, tampoco tendría nada que ver con las políticas de los gobiernos.

Por otro lado no es culpa de la gente que se tienda a confundir la demanda del dinero soberano con la nacionalización de la banca, y la emisión del dinero con la concesión de crédito; pues esto se debe en primer lugar a la conflación de poderes que la banca privada ha tomado sobre sí. Y así se aprecia la enorme descompensación que tiene este sistema respecto a cualquier pretendida neutralidad. Dicho de otro modo, la simple neutralidad tendría que cambiar enormemente el espacio político, el espacio económico y su mutua relación. Y lo haría de formas que ahora ni siquiera imaginamos.

Estos ejes vertical y horizontal de nuestras coordenadas expresan directamente la encrucijada existente entre la soberanía del estado y las fuerzas oceánicas, transnacionales de los mercados. Se ha hablado mucho del famoso trilema de Rodrik que plantea que hoy un país no puede tener simultáneamente soberanía, democracia e integración en los mercados globalizados, y ha de sacrificar al menos una de estas prioridades; es para todos del máximo interés ver cómo se modificaría esta disyuntiva con la introducción, no sólo del dinero soberano, sino también de la democratización y liberalización de los mercados de crédito.

Hemos dicho «liberalización» de los mercados intencionadamente, a sabiendas de que producirá picores entre las filas inmensamente mayoritarias de los que ya están bastantes más que hartos de medidas liberalizadoras; si al menos hubiéramos dicho sólo «democratización». Pero es muy deseable que, más allá de la corrección política, comprendamos que el actual neoliberalismo ni siquiera tiene la menor intención de ser liberal ni de liberar nada, sino todo lo contrario; de esta forma le adelantamos ya el envite. ¿Acaso no se ha dicho que «una casa dividida contra sí misma no puede mantenerse en pie?»

¿O tal vez nos equivocamos? Naturalmente, también hablamos de «democratización y liberalización» porque en el mencionado trilema se presentan como parcialmente excluyentes, pero en las esferas separadas de la política y la economía. Aquí por el contrario de lo que hablamos es de democracia económica, toda vez que los mercados realmente existentes están brutalmente alejados de las consabidas condiciones ideales de igualdad. Pero, por otra parte, a esta democratización de la esfera «liberal» y ahora liberada de la economía, ¿no le seguiría algo así como una liberación de la política de su condición cautiva en la partitocracia y el mercado electoral? ¿O más bien su subversión?

Una posibilidad como esta resultará ininteligible si no se entiende un poco mejor qué significa la liberación del actual mercado de crédito. Éste hoy se haya reducido al exclusivo cártel de los bancos y a la llamada banca paralela, alternativa o en la sombra. Este tipo de fondos de cobertura y entidades financieras son un fenómeno consustancial a la emergencia del casino global y no dejan de crecer al no estar sujetos a la regulación bancaria, representando una parte cada vez más alta de los activos financieros. La diferencia con los bancos es que no toman depósitos ni tienen acceso a los fondos del banco central. Situadas en una zona de transición o de penumbra, estas entidades suponen más una prolongación natural de los bancos en su imparable tendencia expansiva que una competencia, rumbo hacia el Oeste de la desregulación.

Es en esta zona de penumbra emergente, que no ha recibido atención diferencial hasta hace diez o doce años pero con una actividad mayor que la de la economía mundial, donde se generan las principales innovaciones del sector financiero; la financiación colectiva, donde de forma típica se ponen en contacto inversores e impulsores de proyectos, es sólo una más entre un gran número de propuestas que van de los seguros a las hipotecas pasando por cualquier otro producto imaginable. No hace falta seguir mucho los mercados para darse cuenta de que la banca paralela, en su búsqueda insaciable de nuevas formas de liquidez, sólo tiene que estirarse un poco más para llegar a las monedas privadas y, naturalmente, a las criptomonedas, algo que por supuesto no ha dejado de hacer.

A la «banca en la sombra» la envuelve una buena parte de ficción porque se nos hace creer que es algo ajeno y separado de la banca formal, siendo un chivo expiatorio perfecto para cuando se presentan crisis como la del 2008; pero no hace falta decir que pretender separar una de la otra en la práctica sería tan quimérico como querer separar el sistema circulatorio del linfático -no en vano se habla de tramas y de la gran trama financiera en esta dinámica de flujos del capital. A la banca sombra simplemente se le adjudican las inversiones de más rentabilidad, más riesgo y más apalancadas.

Fuente: https://www.hurqualya.net

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