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Debate & Feminismo

El feminismo roto

Fuentes: www.publico.es

Reflexión crítica sobre la situación actual del movimiento feminista en España


Hace unos días escuché un debate sobre la futura ley trans entre María Eugenia Rodríguez-Palop y Ángeles Álvarez. Cuando terminó el tiempo, como quedaban cuestiones pendientes, Rodríguez-Palop dijo: «Ángeles, nos ponen música, vamos a tener que seguir de cañas abajo». Si llegan a leer todo este texto me gustaría que guarden esa frase en la memoria.

Voy a explicar por qué título así este artículo. El feminismo sigue vivo pero no es, ni de lejos, la unión del movimiento en aquella manifestación del 8M. Explicaré por qué considero esto desde mi perspectiva (si puedo contar mi vivencia sin ser insultada). No espero de nadie empatía ni entendimiento. Pero, al menos, respeto. Recuerdo cuando por 2017 un grupo de mujeres coincidimos en redes sociales. Aprendíamos unas de otras, nos pasábamos lecturas, compartíamos. Eso provocaba unidad, no estábamos solas, habíamos pasado por lo mismo. Con el tiempo, ese clima feminista cambió. ¿Por?

Primero, con discursos que marcaban diferencias no desde el reconocimiento sino desde el enfrentamiento. Eran comunes frases como «el patriarcado no existe» o «a mí los hombres no me hacen daño, me hacen daño las feministas blancas». Es fácil culpar de todo a las feministas, mientras los que agreden, asesinan o cometen delitos de odio quedan impunes en el discurso. A la vez, compañeras feministas radicales eran silenciadas en reuniones feministas, donde se colaban mensajes con demandas muy lejanas a la agenda histórica feminista en boca de colectivos vulnerables. Todo ello, también, desacreditando a mujeres feministas que son memoria, a las que hoy día tenemos que dar gracias o ninguna de nosotras estábamos aquí. Mujeres que pueden acertar o equivocarse, como tú, como todas, pero que han trabajado más que nosotras por nuestros derechos y en momentos más difíciles.

Segundo, aparecían disputas absurdas entre nosotras mismas. Si cansa el machismo, también casan las rivalidades feministas. Di un paso atrás. Por ello dejé de hacer reportajes. Dejé de hacer entrevistas. Dejé de crear conciencia feminista en Twitter con la intensidad que lo hacía. Me centré, al menos, en mantener algunas alianzas. Y en intentar que esas disputas no llegaran a las víctimas porque entre ellas también empecé a ver rivalidades incomprensibles.

Tercero, la ley trans. Había debates internos realmente duros, abandonos de grupos, enfrentamientos. Hay tonos, formas y palabras que yo me niego a decir porque no suman como argumento ni sirven para ser escuchadas. Por mi parte, me escribían desde perfiles queer exigiendo que me posicionara o si no sería una tránsfoba. Me llegaban mensajes de compañeras feministas radicales no pidiendo, sino exigiendo que escribiera sobre el tema trans o si no sería una «traidora». No tengo que explicar mi vida, porque yo no le pido explicaciones de su vida a nadie, ni a qué destina sus tiempos. Lamentablemente hay demasiadas violencias y hay compañeras que se especializan más o menos en una. Confío en su trabajo y análisis. Y no desconfío de que detesten otras causas feministas por ello. Asumí pronto que no puedes estar en todos los frentes ni protagonizar todas las luchas y que hay que entregar el testigo cuando las fuerzas flaquean. Pero comprobé que no siempre se entendía, no sólo por mi caso, sino por otras compañeras periodistas en la misma situación. No escribir sobre este tema pronto me hizo que me etiquetaran de TERF o de vendida al feminismo. Las dos etiquetas a la vez, solo porque nunca había escrito un artículo del tema, aunque sí hablado en conferencias.

Alguna vez se me ha acusado de «comodona» porque yo no recibo amenazas «queer». Que no las haya contado en público no significa que no las recibiera. Desde 2017, tres años así, a lo que añadimos los ataques de los seguidores y seguidoras de Vox. A la vez. Recuerdo las primeras amenazas, desde perfiles anónimos, con partirnos «la cara contra el bordillo». Recuerdo recibir mensajes con el gif de una guillotina cayendo cada vez que yo publicaba un tuit. Recuerdo a compañeras recibir la imagen de dos hoces cruzadas para «cortar cabezas». Fue la época en la que recibía mensajes privados que no quiero reproducir. Otras, a su vez, me advertían de otra persona en defensa de la teoría queer que me señalaba de tránsfoba descontextualizando frases de artículos míos donde hablaba de la regla o de nuestro sexo. Para luego, hacer vídeos para atacarme e incluso averiguar información directa de un familiar mío. Quería que todo eso pasara y no quería poner en el foco esto para evitar generalizaciones. Y justo cuando otras mujeres y hombres transexuales (abolicionistas del género, que también los hay) me escribían siendo acusadas ellas mismas de transfobia. Esto que narro lo pueden firmar también muchas compañeras. Desde 2017 lo he vivido y sé de lo que hablo. Y cada una responde como quiere. Yo no comparto ni firmo, ni de lejos, las formas de comunicar, el ruido, el tono, el lenguaje y las palabras de muchas «compañeras» sobre este tema, pero no señalo en redes a nadie.

Ya en 2020, cuatro supervivientes de violencia machista (una de ellas con un hijo y SAP) me escribieron en julio, tras la agresión de Eibar. Me pidieron que denunciara que estaban cansadas de ver todo el día el debate trans, en una semana con cuatro mujeres asesinadas. Entendían lo de la ley pero se quejaban de que incidíamos en esto cada día y que sin mostrar la violencia directa «todo el mundo pensará que no tenemos que proteger nuestros espacios ni pelear por nada». Lo escribí. La respuesta fueron ataques queer y un ataque de feministas brutales, con mensajes privados muy sectarios y agresivos. Luego, siete mujeres vinieron a pedirme perdón y me contaron muchas cosas. Aquello me sirvió para comprobar cómo en estos años la división interna había alcanzado una dimensión terrible y cómo afectaba a compañeras que se sentían entre la espada y la pared.

Y todo esto no me resta para negar lo evidente. Un clima público de tensión y provocación. Compañeras, y yo misma, abandonando la manifestación del 8M por temer ataques. Compañeras que denuncian que una persona en la manifestación lleva una camiseta de «Kill Terfs» (fomentando el asesinato y odio), sin que ninguna representante pública dijera nada. Como tampoco nadie condenó que las compañeras abolicionistas en Barcelona se manifestaban pacíficamente hasta que regulacionistas llegaron a pisarlas, escupirlas y romper sus pancartas. Como tampoco nadie dijo nada cuando una representante pública subió al parlamento andaluz con una camiseta de «Fuck terf». Quizás siempre resulta más fácil señalarnos entre nosotras que a puteros, proxenetas o agresores machistas en las camisetas. No vale interpretar solo violencia desde un lado. Un alto cargo con responsabilidad me dijo hace poco… «ahora veo que hay violencia al otro lado también». A ver si a estas alturas tenemos que explicar que, al igual que no todas las mujeres son feministas, no todas las personas de otros colectivos son feministas, por muy vulnerables que sean.

Lo diré por última vez. El feminismo no ha estado nunca en contra de personas de colectivos vulnerables. El feminismo ha trabajado en opresiones comunes. Apoyar unas causas no invalida otras. Y si hay mujeres que plantean dudas, hay que resolverlas desde las instituciones. Esto no es un campeonato de a ver quién sufre más porque la historia y vida de cada mujer es un mundo. En el feminismo abolicionista, además, se ha trabajado mucho con mujeres transexuales abocadas por la pobreza a esa situación. No nos pueden tachar de lo contrario. No puedo olvidar a una veterana feminista que me decía «que no, Ana, que en mi asociación (para mujeres maltratadas) han venido mujeres transexuales y nunca le hemos preguntado qué genitales tenía» o cuando una amiga feminista me decía en este confinamiento, «Ana, pero que mis amigas trans nunca me han llamado cis, que yo no entiendo este debate ahora, que aquí estamos todas preocupadas porque a ninguna del barrio le falte comida».

No me olvido de los índices de desempleo de las personas transexuales. No me olvido de las tasas de desempleo superiores al 60% de las mujeres maltratadas o de las que están en situación administrativa irregular. No me olvido de las agresiones homófobas o tránsfobas con mayoría de agresores varones. No me olvido de las agresiones machistas diarias (aunque no las veamos) de mayoría de agresores varones. No me olvido de las personas transexuales que padecen secuelas físicas o psicológicas por agresiones. No me olvido de que por cada asesinada por violencia de género hay diez mujeres que quedan discapacitadas por las palizas recibidas. No me olvido de que las personas transexuales se sienten examinadas con lupa por psicólogos y por gente que piensan que están locas. No me olvido tampoco de las mujeres maltratadas que viven esa sensación cuando tienen que demostrar siempre con informes psicológicos (sin conseguir condenas) que han sido maltratadas o violadas (con inspecciones ginecológicas en un proceso doble de doloroso a las víctimas). O madres que tienen que presentar informes psicológicos también de sus propios hijos para huir de padres maltratadores. No me olvido del miedo con el que pueden vivir las personas transexuales por si alguien les agrede en la calle. No me olvido del miedo de mujeres maltratadas que no pueden denunciar o que tienen miedo de salir a la calle porque su agresor se pueda saltar la orden de alejamiento. No me olvido del dolor de las personas transexuales a no ser creídas. No me olvido del dolor de las mujeres maltratadas que justo dicen no denunciar porque temen no ser creídas. No me olvido de que se discute sobre el sujeto mujer pero no sobre el sujeto hombre. No me olvido de que los derechos de las personas transexuales (hombres y mujeres) son derechos humanos. No me olvido de que los derechos de las mujeres son derechos humanos. No me olvido de que ninguna ley excluye a las mujeres por diversidad. Ninguna ley feminista ha excluido jamás a las mujeres transexuales porque nunca se hubiese permitido. Cuando hablan despectivo sobre las «feministas» recuerden que ahí hay mujeres que han sufrido también toda clases de violencias patriarcales y como víctimas se merecen respeto. En un día como hoy, no está de más recordarlo.

No me olvido de ninguno de estos miedos anteriores porque son comunes: el miedo al patriarcado y al machismo, sus mandatos de género y normatividad. Llegadas a este punto o seguimos dividiendo o trabajan ya, desde la política, con todas las asociaciones de mujeres, las que gusten y las que no gusten, escuchar a todas, dar respuesta a todas y con todas, afrontar el debate conceptual desde lo jurídico, sin titubeos, buscar soluciones comunes, negociar, callar los miedos, asegurar derechos y condenar cualquier manifestación de violencia. Por el camino, eso sí, no sé si el feminismo roto se recuperará. Hay decepciones profundas, señalamientos, dolor. Muchas de esas rupturas son irrecuperables. Me escriben mujeres con miedo a marcar favoritos o a determinadas feministas en redes sociales o a debatir porque temen ser señaladas. Estamos en un feminismo donde no somos libres, donde hay miedo, donde ya no hay libertad.

Y hay algo peor que el precio que cada una hemos pagado. No podemos permitir un feminismo roto porque esto no es un juego. El feminismo salva vidas. El feminismo es la red de apoyo entre mujeres para ayudar a las expulsadas, a las maltratadas, a los huérfanos por violencia machista, a las que hoy están en el banco de alimentos pidiendo comer, a las explotadas en los prostíbulos. Si hay un feminismo roto o débil es malo para todas pero principalmente para ellas. Mujeres que hoy, día 25N, dirán que hay un feminismo que no las ayuda ni representa. Y tendrán razón. Y es urgente. Por mí, me da lo mismo. Por lo que está ocurriendo dentro del feminismo, no. Así que recuerdo la conversación entre María Eugenia y Ángeles, cuando dijeron que seguirían el debate entre cervezas. Cuando lo escuché, pensé en el feminismo roto y me dije: «Aprovechad vosotras y brindad, ya que podéis. Porque muchas cervezas entre nosotras ya nunca sucederán». Solo espero que lo que venga no sea un brindis al sol.


Fuente: https://blogs.publico.es/otrasmiradas/41114/el-feminismo-roto/

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