427 ° DOMINGO 26 DE FEBRERO DE 2006
 

Entrevista con Rafael Barajas, El Fisgón
Juárez y la caricatura
política de su época

Jesús Ramírez Cuevas y Arturo Cano
Las imágenes son reproducciones de La Orquesta

El presidente Vicente Fox ha dicho una y otra vez que antes de él ningún otro mandatario había sido tan criticado. Esa aseveración revela, qué noticia, su desconocimiento de la historia.
En el siglo XIX, liberales y conservadores protagonizan una batalla por el poder y una lucha ideológica importante. Los segundos tienen en la Iglesia un aparato ideológico consolidado, los primeros construyen el suyo: la prensa libre; la voz del pueblo contra la voz de Dios. Así, su defensa de la libertad de opinión es parte fundamental de la construcción del Estado laico mexicano.
La relación de Benito Juárez con la prensa es un modelo de congruencia liberal: fue atacado con virulencia por los periódicos y nunca censuró las sátiras, las caricaturas ni las críticas hacia su gobierno



Caricatura tras el fusilamiento de Maximiliano en el Cerro de la Campanas. En las ramas, Juárez; en el tronco caído, el emperador
Rafael Barajas, El Fisgón, no sólo es uno de los más notables caricaturistas mexicanos de nuestro tiempo, es un conocedor ­como pocos­ de la evolución de la caricatura política en México. Es autor de dos libros fundamentales sobre la prensa y la caricatura en el siglo XIX: La historia de un país en caricatura (Caricatura mexicana de combate 1829-1872). (México, Conaculta, 2000) y El país de El Ahuizote (la caricatura mexicana de oposición durante el gobierno de Sebastián Lerdo de Tejada 1872-1876). (México, FCE, 2005).

Como historiador acucioso que es, El Fisgón habla en entrevista sobre el papel de la prensa en la época de Juárez. Aquí presentamos extractos de la conversación.

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Benito Juárez nace en tiempos de la Colonia, cuando existe una censura muy rígida ejercida por la Santa Inquisición. Una opinión podía costar la hoguera, por eso la mayoría se cuidaba de decir lo que pensaba.

A principios del siglo XIX, la libertad de opinión era muy anhelada para los habitantes de estas tierras. Eso se refleja en el hecho de que una de las primeras medidas de Miguel Hidalgo, al iniciar la guerra de Independencia, es imprimir El Despertador Americano.

La reacción del poder colonial (y de la Iglesia novohispana) es brutal. Queman las copias que encuentran de esa publicación y le imponen castigos ejemplares al redactor del periodiquito.

Al final de la guerra de Independencia, la nación es un caos y los grupos más organizados se agrupan alrededor de logias masónicas. Pronto se definen dos grandes bandos que se odian a muerte: los liberales y los conservadores. Los conservadores tienen en la Iglesia un aparato ideológico muy sólido, con mucha influencia. Por su lado, los liberales tienen que construir uno propio, y a la voz de Dios le oponen la voz del pueblo, que se manifiesta, según ellos, a través de la prensa.


En las primeras décadas del siglo XIX, intermitentemente, cada vez que llegan los liberales al poder se abre la prensa; y cada vez que llegan los conservadores, cierran periódicos y establecen la censura.

Este proceso es parte de la lucha de la naciente burguesía contra los regímenes monárquicos, lo mismo en Europa que en América Latina. En una novela, Víctor Hugo narra que junto a la iglesia de Nuestra Señora de París, la gran catedral, se abre una pequeña imprenta y le hace decir a uno de sus personajes: "Esto (la imprenta) destruirá aquello (la catedral)".

La prensa nos hará libres

Los liberales mexicanos ven en la imprenta un medio de propaganda política eficaz. Joaquín Fernández de Lizardi establece un programa mínimo, que se propone la conquista del poder mediante la prensa. Plantea que la opinión pública tiene que mandar y obedecer, sólo si piensa libremente podrá determinar su destino.

Los liberales puros retoman este proyecto y en sus periódicos libran una guerra sin cuartel a los gobiernos conservadores y contribuyen de manera importante al triunfo definitivo liberal. En 1857 se establece un Congreso constituyente que consagra el derecho de expresarse libremente, que establece la libertad de imprenta.

Con la llegada de Juárez al poder se da por primera vez un largo periodo de libertad de imprenta y proliferan los periódicos, muchos de ellos con caricaturas; el más notable es La Orquesta.

Este periódico sigue el modelo sugerido por la Academia Nocturna de Filosofía (una tertulia en la que participan escritores y dibujantes como Santiago Hernández y Alejandro Casarín) que plantea la importancia de abrir periódicos muy pequeños, modestos, pero con un impacto muy importante en la opinión pública.

En ese esquema están casi todos los periódicos de caricaturas de la época.

Esos periódicos, efectivamente, son la voz de sectores liberales bastante radicales. Tienen además una agenda política muy interesante. La Orquesta considera que México está viviendo una especie de revolución antimonárquica. Constantino Escalante, el caricaturista de La Orquesta, escribe en unos artículos un programa político que defiende el reparto de tierra, el establecimiento de empresas nacionales pertenecientes al Estado, la obligación de trabajar para todos y la educación pública y gratuita. Estos puntos programáticos no son nuevos, coinciden con el programa inmediato propuesto en el Manifiesto del Partido Comunista de Karl Marx y Federico Engels, y que son los únicos que se pueden aplicar en México.


La Orquesta es parte de una prensa liberal que mantiene su independencia ante Juárez desde un principio: apoya casi todas sus medidas políticas (el combate al clero, el Estado laico, el matrimonio civil, etcétera) pero está en contra de casi todas sus medidas económicas, como el deslinde de las tierras comunales indígenas.

Francia reclama a México agravio por caricaturas

La Intervención francesa pone a prueba a la naciente prensa liberal. Desde la llegada de la escuadra tripartita a Veracruz, La Orquesta llama al pueblo a alinearse en torno a Juárez y hace una guerra propagandística de gran nivel en contra del invasor.

Un ejemplo es la ridiculización que hacen del embajador de Francia, Dubois de Saligny, una de las figuras más activas para provocar la intervención. Un día se presenta borracho a un acto oficial a pesar de que hay ley seca. El gobierno no lo puede detener porque desencadenaría la intervención. Entonces, Escalante lo retrata como una vieja botella de coñac. A partir de ese momento, cada vez que hablan de De Saligny lo dibujan tirado de borracho o como el dios Baco, o como el tapón de una botella y le dedican versos donde lo tratan como un alcohólico irrefrenable. Recuerdo uno de ellos, una parodia de la canción del pirata: "Que es mi barca mi tesoro, que es mi dios la libertad, etcétera. Ellos escriben "que es la copa mi tesoro, que es mi diosa la ebriedad".

Otro de sus personajes favoritos de su sátira es Juan Nepomuceno Almonte, la figura indígena que Francia le opone a Juárez porque se da cuenta de que éste convoca a grandes sectores de la nación mexicana, entre otras cosas porque es indígena. Además de ser hijo de José María Morelos, Nepomuceno es también indígena. Los caricaturistas liberales que no utilizan elementos racistas contra Juárez ­a diferencia de los conservadores que sí lo hacen­ sí los usan contra Juan Nepomuceno, lo ridiculizan como un indio pata rajada, lo dibujan siempre con huaraches y calzón de manta, cuando éste se presentaba como un caballero.

La Orquesta ataca a esos dos personajes y los llega a descreditar de manera tan fuerte ante la opinión pública que cuando se instala el Imperio, ni Almonte ni Saligny tienen papeles importantes. La agresión a la figura del embajador llega a tal grado que entre las reclamaciones que hace Francia a México, está una reparación monetaria altísima por el "daño moral" hecho a la figura del embajador por las caricaturas publicadas.

El emperador Maximiliano resulta ser un liberal que busca un gobierno europeo moderno y permite una prensa libre, así como la circulación de periódicos nacionales que resisten al invasor francés. Los grandes periódicos serios como el Monitor Republicano, de García Torres, y el Siglo XIX, de Francisco Zarco, cierran durante ese periodo. Uno de los pocos periódicos donde se expresa la resistencia nacionalista pro-juarista es La Orquesta.

El Imperio tiene grandes contradicciones, aunque Maximiliano quiere que circule la prensa, el ejército francés ejerce la censura y fusila al que ofende al nuevo poder. Los editores de La Orquesta juegan en equilibrios muy delicados, pero a pesar de ello publican caricaturas que presentan a Juárez como el adalid de la democracia y se mofan de que los franceses no puedan atraparlo. Acaban cerrando La Orquesta en 1866 y se reabre cuando triunfan los liberales en 1867.

La lucha entre liberales


Crítica a Juárez y a Lerdo de Tejada. Diálogo original de la caricatura: ­Aprisa, mamá, que me estoy enfriando. ­Ten paciencia, niño; era preciso calentarle la ropa.

Con la restauración de la República, los liberales piensan que llega un periodo de auge de libertad porque ya se triunfó sobre los conservadores y sobre el Imperio. Pero no es así. Tan pronto como regresa Juárez a la silla presidencial se inicia una brutal guerra fraticida entre sectores liberales. La primera fractura es liberal. Por un lado, están los grandes caudillos políticos como Juárez, Lerdo de Tejada, José María Iglesias, quienes llevaron la carga de la lucha por la segunda independencia de la nación; que estuvieron en El Paso, Texas, defendiendo la soberanía nacional y la existencia del Estado mexicano. En el otro bando estaba la generación de liberales más jóvenes que se forjan en la guerra, que pelean contra los franceses, como Porfirio Díaz, Vicente Rivapalacio o Ramón Corona. El choque entre generaciones es terrible.

Juárez y Lerdo ven a los jóvenes como unos chamaquitos imberbes y éstos ven a los otros como unos viejos apoltronados que no hicieron nada mientras ellos se jugaban la vida.

En su tercera época, La Orquesta es dirigida por Vicente Rivapalacio, que forma parte del grupo más radical de los liberales, identificado con ese adalid de la democracia y ese hombre de la izquierda liberal que es Porfirio Díaz. El general Díaz representaba entonces al sector más jacobino que se preocupaba por el pueblo.


Aquí, una burla a los conservadores que anuncian cotidianamente la captura del Benemérito: El Sr. Juárez , según la prensa "grande", llega cada día a su último atrincheramiento

No olvidemos que tanto Juárez como Lerdo, por lo menos en un principio, representan a los grandes hacendados nacionales que exportan la grana y el café. Lerdo era hijo de un hacendado cafetalero y Juárez es pariente de los Maza que tenían haciendas de grana. Esa fractura generacional tiene además elementos de clase.

La Orquesta y otros periódicos de caricaturas que saldrán después como La Tarántula, El Padre Cobos ­dirigido por Irineo Paz­ son netamente antijuaristas y pro-porfiristas. Aunque también aparecen revistas de caricaturas projuaristas y prolerdistas como Guillermo Tell, pero duran poco y tienen escasa influencia.

En una de las revistas juaristas, una de sus bestias negras es Constantino Escalante, caricaturista de La Orquesta.

Juárez y la caricatura política

Mientras parte de la población mexicana reverenciaba a Juárez como un héroe, para los caricaturistas era básicamente un presidente que buscaba hacerse rey y así lo tratan. Cuando Juárez busca la relección en 1872, se le lanzan con todo. Lo retratan como un perro de presa, como una sanguijuela, como un rey decadente, como una vieja ridícula, como un señor que besa a un ministro en la boca; como Juan Diego al que se le aparece la silla presidencial, lo dibujan como ídolo prehispánico difícil de quitar. Son imágenes muy agresivas que de alguna manera acaban por minar la imagen del Presidente.


Juárez lo toleró todo, nunca cerró ningún periódico ni censuró caricaturas. Es curioso, una semana antes de su muerte, lo insultaban. Pero cuando muere, los caricaturistas le hacen un monumento al héroe nacional, con la patria llorando sosteniendo un pliego con sus logros: Leyes de Reforma, la desamortización de los bienes de la Iglesia y al final establecen la libertad de imprenta. Sus críticos le reconocen que sí aguantó.

Juárez respetó siempre la libertad de imprenta.

Durante un largo periodo los caricaturistas saben que Juárez es una figura que resiste mucho la burla, porque tiene tal popularidad que es difícil vencerlo, pero se van contra su ministro Lerdo de Tejada.

Con todo y todo, el personaje central de esta historia sigue siendo Juárez, el gran fundador del Estado mexicano.

Juárez sí fue un héroe en vida, pero no fue intocable.