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La palestina ocupada tiene tanto derecho a la solidaridad mundial como la Ucrania ocupada

Fuentes: Jacobin [Imagen: Agentes de seguridad israelíes sacan a la fuerza de la mezquita Al-Aqsa a fieles palestinos, tras la oración de la mañana del domingo 17 de abril de 2022. (Foto: Mostafa Alkharouf / Anadolu Agency via getty Images)]

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

Tras los espantosos ataques de las fuerzas israelíes contra los fieles que rezaban en Ramadán podríamos volver a ser testigos de otra cruel guerra israelí contra el pueblo palestino. Sin embargo, la solidaridad occidental, que con razón se ha manifestado a favor de Ucrania, no aparece por ningún lado.

El último fin de semana, las fuerzas armadas de una potencia ocupante participaron en otra ronda de represión brutal al pueblo que tienen subyugado, atacando a civiles desarmados con todo tipo de medios, desde gases lacrimógenos a munición real, cometiendo claramente crímenes de guerra. En este caso, sin embargo, la potencia beligerante resulta ser un aliado de Occidente.

Un año después de que los ataques sangrientos en la Mezquita de Al-Aqsa dieran paso a una guerra de once días contra la Franja de Gaza, el mundo parece contemplar un caso extremadamente violento de déjà vu. El fin de semana de la Semana Santa, las fuerzas israelíes volvieron a atacar el recinto, disparando munición real y granadas aturdidoras en el interior de la mezquita, asaltando el lugar sagrado y golpeando indiscriminadamente a los manifestantes, fieles y otros civiles. El ataque dejó más de 150 heridos solo el Viernes Santo, incluyendo periodistas y paramédicos.

Los ataques israelíes se desencadenaron después de que los fieles –enfurecidos al observar la presencia de francotiradores israelíes y otras fuerzas militares, cuando se dirigían a rezar, y anticipando un ataque– comenzaran a levantar barricadas de madera y a lanzar petardos contra las tropas. A resultas del acuerdo producido tras la guerra de 1967, el recinto –de significado religioso para las tres religiones abrahámicas– se encuentra administrado por el gobierno jordano, que acusó a Israel de “medidas provocativas ilegales” por permitir que los fieles judíos permanecieran en el lugar tras el ataque, una medida que incluso un juez israelí consideró ilegal el año pasado. Es importante señalar, además, que los ataques a los lugares culturales y religiosos están estrictamente prohibidos según el derecho internacional.

Existe un riesgo muy real de que Israel vuelva a lanzar otra “guerra” contra Gaza –un término que induce a error dado el enorme desequilibrio de capacidad militar, lo que significa que dichas guerras tienden a ser agresiones unilaterales en las que Israel simplemente machaca Gaza indiscriminadamente desde el aire. Dos de las últimas cuatro guerras de Israel contra Gaza han tenido lugar durante el Ramadán, incluyendo la del año pasado, que empezó con una violencia prácticamente idéntica en la mezquita Al-Aqsa, antes de convertirse en una campaña que asesinó a casi doscientos civiles palestinos. La situación podría acabar ahora de la misma manera, mientras se intensifican las protestas y la violencia, especialmente cuando parece que los militantes palestinos van a retomar sus ataques con cohetes sobre Israel, paralizados durante meses.

La violencia actual es el resultado de una confluencia de factores. Una serie de ataques terroristas contra israelíes que dejó catorce muertos, entre los que destacó un tiroteo en un club nocturno de Tel Aviv a comienzos de abril, incitó al primer ministro israelí Naftali Bennet a dar a sus fuerzas armadas “libertad de acción total” para “combatir el terror”. Esto provocó, a su vez, un aluvión de asesinatos de palestinos por parte de las fuerzas israelíes. Bennet, a semejanza de su predecesor Benjamin Netanyahu que ordenó el mismo tipo de ataques el año pasado, se encuentra actualmente en una difícil posición política, al haber perdido recientemente la mayoría parlamentaria. Al mismo tiempo, en días previos al ataque extremistas israelíes amenazaron con realizar sacrificios de animales en el lugar, infringiendo así la prohibición de culto judío en el recinto.

Pero la causa de fondo de la violencia actual se encuentra en el mismo factor general que condujo a los ataques israelíes el año pasado: la continua ocupación ilegal de Palestina y el robo gradual de tierras palestinas. El autor del atentado contra el club nocturno de Tel Aviv provenía de la Cisjordania ocupada, y este ataque estuvo precedido por un repunte de la violencia de los colonos.

Un impactante doble rasero

Si bien el tratamiento de  los palestinos por parte de Israel es una atrocidad de características propias, no puede dejar de señalarse la gran diferencia que existe en la forma en que Occidente ha respondido a estos acontecimientos y la respuesta y propuestas políticas que estamos escuchando cuando se trata de la guerra de Ucrania.

Desde la invasión de Rusia, las autoridades y los analistas occidentales han empezado a sonar, curiosamente, como Noam Chomsky: denunciando las violaciones del derecho internacional y la soberanía territorial, utilizando términos como imperialismo y guerra de agresión, lamentándose de una supuesta tendencia a equiparar falsamente al agresor con sus víctimas o falsamente acusar a ambos lados por la violencia, realizando acusaciones generalizadas de crímenes de guerra y dedicando una cantidad de tiempo de emisión sin precedentes a la invasión.

En medio de este clima, no ha habido prácticamente ningún límite a las acciones que se propone que implemente Occidente, sin evaluar el riesgo de un conflicto mayor entre potencias nucleares y toda una serie de potenciales consecuencias a largo plazo si se produjera una reacción en cadena: entre estas acciones está el envío masivo de armas y el apoyo logístico, de inteligencia y otras ayudas militares para derrotar a Rusia, sanciones sin precedente para castigar colectivamente a la población rusa y medidas de censura contra rusos ordinarios que nada tienen que ver con la guerra. Una sorprendente cantidad de voces se han alzado para pedir a Occidente no solo que comience una guerra directa contra Rusia, sino que acepte la idea de un intercambio atómico con el país, además de proponer en público y en privado una estrategia de cambio de régimen en Rusia.

Todo esto, no hace falta decirlo, son ideas arriesgadas y potencialmente desastrosas. Pero es notable que entre este incremento repentino de solidaridad armada con las víctimas de una ocupación militar imperialista, prácticamente nadie alce la voz para ofrecer a los palestinos ni un ápice del mismo tipo de apoyo. (Por otra parte, tampoco sería una buena solución: Si el mundo occidental abandonara repentinamente el consenso que existe desde hace tiempo en favor de una solución negociada del conflicto y empezara a dar a los palestinos un respaldo similar al de Ucrania para que libren una guerra de resistencia contra Israel, es muy probable que se desencadenara una respuesta militar brutal contra los palestinos, que causaría una pérdida masiva de vidas en ambos bandos y, en el peor de los casos, se corriera el riesgo de un enfrentamiento nuclear).

Pero no es sólo que las opciones militares temerarias estén, afortunadamente, descartadas. Incluso la solidaridad, que tan rápida y justamente se ha ofrecido a los ucranianos, brilla por su ausencia en este último ataque a los palestinos, cuyo sufrimiento es inexistente para la tan cacareada retórica reciente sobre soberanía territorial, imperialismo y crímenes de guerra.

Como es habitual, en esta ocasión las autoridades occidentales han evitado incluso llamar la atención al agresor. El departamento de Estado de EE.UU. y el representante de la Unión Europea para asuntos exteriores  se han limitado a demandar a “ambas partes” o a “todas las partes” a actuar con moderación. Busquen a ver si encuentran alguna declaración de las autoridades británicas, siempre las primeras en sacar pecho contra Rusia, criticando las acciones de Israel del pasado fin de semana. Los medios occidentales, por su parte, han recuperado su estilo habitual a la hora de cubrir las acciones de Israel: comentar los “enfrentamientos” nebulosos que no atribuyen culpa ni responsabilidad a ninguna de las partes implicadas, y tratar la violencia y los crímenes desproporcionados de las fuerzas de ocupación de Israel como si hablaran del tiempo.

Si las autoridades o la prensa occidental trataran la invasión de Ucrania del mismo modo, nos sentiríamos justamente indignados, pero fuera de algunos focos de la prensa mayoritaria y unos pocos legisladores progresistas, no parece haber ningún impulso de coherencia moral e intelectual en esta cuestión cuando se trata de un aliado de Occidente. La invasión de Ucrania podría haber sido un buen momento para que el público occidental aprendiera y aplicara sus lecciones a las violaciones realizadas o respaldadas por sus propios gobiernos, y para asegurar la aplicación de la justicia en todas partes. Tal como están las cosas, parece que estas lecciones solo se aplicarán cuando se trate de países que nuestras autoridades consideran enemigos.

Fuente: https://jacobinmag.com/2022/04/palestine-israel-occupation-solidarity-ukraine-russia-al-aqsa-mosque

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