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La muerte del crítico. PRISA contra PRISA

Fuentes: Rebelión

En la tradición humanista y romántica sobre la que siguen descansando nuestras cartografías culturales, la lectura de las obras literarias se considera como una especie de diálogo de intimidades en el que la vida interior del lector entra en contacto directo con las verdades superiores que el texto del autor encarna. Y da igual que […]

En la tradición humanista y romántica sobre la que siguen descansando nuestras cartografías culturales, la lectura de las obras literarias se considera como una especie de diálogo de intimidades en el que la vida interior del lector entra en contacto directo con las verdades superiores que el texto del autor encarna. Y da igual que Marx, Nietzsche o Freud hayan desmontado los supuestos básicos de tan espiritual actividad. A la hora de la verdad – de expresar la verdad que un texto encierra- la mayoría de los intérpretes se acogen a esta partitura incorporando si acaso unas notas de existencialismo más o menos rebelde según sea su actitud de mayor o menor rechazo a los modos de vida dominantes o unos toques de fascinación por la metaliteratura y las simetrías borgianas. Desde esta consideración de baile de almas es fácil entender la general sospecha que recae sobre la figura del crítico en cuanto que éste no dejaría de ser un «entrometido» molesto que con su presencia interrumpe tan sublime coyunda entre el «ser libre» del lector y el «quehacer libre» del autor. El único crítico aceptable en tal tradición sería aquel que limitase su presencia a bendecir (bien decir), ensalzar y levantar acta de tales esponsales al modo de los sacerdotes católicos en el sacramento del matrimonio. Cualquier otro crítico que por allí aparezca con distinta pretensión será acusado implícita o explícitamente de arribista, impostor, eunuco o monaguillo. Parásito intelectual viviendo siempre a la sombra de las propinas que los padrinos de la boda tengan a bien concederle.

De los críticos y según fuere su pretensión podríamos distinguir tres clases, categorías o escuelas: catadores, guardianes y tribunos. Los primeros pretenden tan sólo dar cuenta de su gusto y como tales no argumentan sino que enumeran y describen sensaciones e impresiones. Dado que el gusto no es en realidad tan personal como se creen estos críticos suelen traducir, arropar y reafirmar con mayor o menor capacidad expresiva el gusto dominante. Es el tipo de crítico que se define y delata cuando usa expresiones como «me sumerjo en el texto», «dejo que el texto me invada», «me enfrento sin prejuicios al texto» y su tropa constituye el grueso de la palestra crítica en nuestros retablos literarios.

Los guardianes son más escasos. La fuente de legitimidad de la que se reclaman es la Literatura (con mayúsculas), y su tarea vendría marcada por la obligación de mantener el alto nivel de exigencia señalado por las mejores obras y autores de la literatura universal. Su vara de medir sería la excelencia y ésta a su vez vendría determinada por los logros formales, éticos y estéticos que la propia historia literaria ha venido determinando ya sea a modo de canon o de paradigma. El crítico guardián o «custodio» en términos de Musil, no hablaría desde su gusto sino desde un criterio que se quiere impersonal y endógeno en cuanto que sería la propia literatura la que construye la autoridad, la competencia, el código y la sentencia. Alcanzar la categoría de «guardián de la pureza» requiere conocimiento del campo, de la historia de la literatura, y un bagaje técnico – vía estilística, estructuralismo o teoría literaria – a la altura del empeño. La reunión de estas cualidades hace que su número sea escaso y aún cuando su extrema escasez los hace deseables, sus conflictos con los medios (su sentido de la exigencia suele chocar con la conveniencia informativa) los convierte en una especie en vías de extinción. Se les reconoce fácilmente por su recurso a un lenguaje objetivo, rotundo, sólido y un tanto categórico, en el que aparecen, a modo de certificados de autoridad, citas y referencias de autores, obras y críticos contrastados.

La categoría que denominamos tribunos, en clara relación con los «tribunos de la plebe» de la antigua Roma, ha desaparecido de nuestro espacio literario. El tribuno juzga aquello que se hace público (y la literatura es discurso público) y lo relaciona con el bien común, con lo que es o sería bueno para la salud de la sociedad – salud semántica, salud narrativa, salud poética – y por lo tanto evalúa y juzga desde esa perspectiva la salud literaria de las obras que se ofertan. El tribuno encarnaría la defensa de los valores de la comunidad, entendiendo por ésta la agrupación de ciudadanos alrededor de un proyecto de convivencia basado en el bien común. Se siente legitimado y responsable ante la «polis» y por eso su crítica es, en el sentido aristotélico del término, una crítica política. No trasvasa o solapa – ése es su riesgo y acaso su tentación- lo político a lo literario sino que encuadra los textos literarios en el contexto inevitable y general de ese vivir en común donde los textos se producen, circulan y consumen. Su legitimidad descansa en lo «público» y su juicio tiene como objeto el uso público que los autores hagan de la lengua en cuanto patrimonio colectivo que no sólo contiene palabras o reglas gramaticales sino también, y muy especialmente, el conjunto de historias, temas e imaginarios con los que la sociedad se construye y reconoce. La Sintaxis y la Poética del convivir.

En sociedades complejas como las nuestras, atravesadas y constituidas por la lucha de clases y en donde el bien común es un concepto en disputa, el tribuno opta por éste, ése o aquél entendimiento y desde esa elección opera, critica. El crítico como tribuno requiere, como todos, una tribuna y por tanto precisa que en el dinamismo social coexistan con relevancia, es decir, poder y capacidad de expresión real, opciones distintas sobre el qué sea el bien común. Cuando determinadas instancias secuestran de manera hegemónica la idea sobre ese bien común o monopolizan los medios de producción y expresión que concurren para su construcción, el tribuno no tiene espacio, es decir, se asfixia y se extingue.

Estas tres categorías en la práctica cotidiana, es decir, en el mundo de las revistas y suplementos literarios, aparecen con perfiles confusos, de faena de aliño, con ecos de patio de vecindad. Rasgos de cada uno de ellos se cruzan y entrecruzan y no faltan ejemplos del catador que cita a Steiner a troche y moche ni del guardián que se deja llevar por la exaltación lírica, ni de falsos tribunos que confunden lo político con las buenas intenciones de izquierda. En la realidad de nuestro campo literario tal y como hemos venido comentando sobreabundan los críticos impresionistas, los guardianes son escasos y los tribunos no aparecen ni siquiera en aquellas instancias periodísticas que ligadas en mayor o menor grado a ideologías políticamente enfrentadas o incómodas para el sistema (por ejemplo Gara – al menos en las páginas escritas en castellano-, Mundo Obrero, A Nosa Terra, Le Monde Diplomatique) reproducen en sus páginas literarias criterios de juicio de corte impresionista en donde el humanismo difuso, la autocelebración y la rebeldía existencialista cuando no la banalidad metaliteraria aparecen como paradigmas de la excelencia. Con esta composición no es extrañar que la crítica literaria en nuestra geografía aparezca como una acomodada institución mercantil que en su mejor versión expende certificados de homologación y en su peor papel -el más abundante- se limita a realizar trabajos de publicidad más o menos encubierta bajo su «noble» apariencia de actividad «estética e independiente». Una actividad «feliz» sólo alterada muy superficialmente por las pequeñas envidias, resquemores, odios, manías y rencores que la lucha por el prestigio y los estipendios produce, diríase, de manera natural.

Mas de pronto esta arcadia feliz se altera y la » natural» normalidad se rompe y viene abajo cuando a modo de carta abierta a la comunidad literaria el crítico Ignacio Echevarría abre una ventana, deja entrar la luz y señala con el dedo. Veamos la historia: El sábado 4 de Septiembre, en pleno reinicio de la temporada literaria aparece en Babelia, el suplemento literario de El País (suplemento que inmerecida o merecidamente continúa siendo la publicación referencial del espacio literario en lengua castellana a uno y otro lado del Atlántico) una reseña del crítico Ignacio Echevarría ( crítico que inmerecida o merecidamente ocupa una posición referencial en lo que atañe a la narrativa en lengua castellana) sobre la versión en castellano de la última novela, El hijo del acordeonista, del escritor euskaldún Bernardo Atxaga (que inmerecida o merecidamente ocupa una posición referencial en la literatura actual en euskara). La reseña contiene una descalificación rotunda y contundente de la novela en base a dos argumentos que en el espacio de la reseña se despliegan entrelazándose: una escritura blanda para una visión blanda de la conflictiva realidad vasca, entendiendo por blando en este contexto aquella cualidad que tiende a teñir de suavidad lo áspero y a travestir de esencia las sustancias concretas haciendo sobreactuar lo idílico: la fusión/confusión de contrarios, en detrimento de lo conflictivo: el enfrentamiento dialéctico. Juicio al que la reseña llega desarrollando, dentro de los límites del género, las necesarias pruebas, ejemplos y considerandos. Se trata de una crítica personal – como no podía ser menos – pero su calificación ya de subjetiva ya de objetiva dependerá finalmente de la ponderación que los lectores de la crítica concedan a la solidez, oportunidad, adecuación y suficiencia de esas pruebas y argumentos sobre los que se asientan tales conclusiones. Ponderación que si en principio parecería exigir a su vez una lectura propia y personal de la novela a fin de tener argumentos «de primera mano», en la práctica cotidiana se disculpa tal posible exigencia por la misma razón que juzgamos una sentencia aun desconociendo la totalidad del sumario. Pero nada más recomendable que leer la novela si se quiere intervenir con más propiedad en el debate. Desde el interior del propio periódico y «dejando aparte mi juicio sobre la novela» según le comunicó el responsable de Opinión al crítico, la reseña fue calificada de manera estentórea de arma de destrucción masiva con los consiguientes efectos centrales y colaterales que hoy conocemos.

Pero malamente se entendería el alcance de la crítica de Echevarría si se olvidaran las circunstancias nada circunstanciales que conforman el contexto: el hecho de que la versión al castellano del libro de Atxaga aparezca en la editorial Alfaguara perteneciente al mismo grupo empresarial que el periódico donde se hospeda el suplemento; el hecho de que con esta edición el grupo empresarial merced a un importante adelanto incorporaba a su órbita al escritor- símbolo de la cultura vasca (en el cuerpo central del colorín dominical de ese mismo fin de semana el mencionado diario independiente de la mañana desplegaba a todo color y paisaje pastel la colaboración estrella del recién fichado) , y el hecho nada baladí de que la línea política de ese importante grupo empresarial y mediático venía y viene proponiendo, al menos desde las últimas elecciones autonómicas, una vía o estrategia de salida al conflicto armado que implicaría su reinterpretación -discutible en todo caso y con la que el crítico evidentemente discrepa- en clave de su entendimiento como indeseada secuela psicológica o política de la guerra civil española. Estrategia que al parecer la empresa compartiría con fuerzas políticas como el PSOE, el mismo partido que durante lustros se ha olvidado de que el túnel sin salida se cegó, en buena parte y entre otros momentos, aquel día en plena transición desde la dictadura a la Constitución del 78 en que los representantes de la Platajunta entraron a dialogar con el Presidente Suárez en base a un programa de nueve puntos y salieron con un acuerdo sobre siete que dejó en el camino – nadie ha contado a cambio de qué- el punto referido a la reivindicación por parte de las fuerzas democráticas del derecho de autodeterminación de los que entonces se llamaban los pueblos ibéricos. Estrategia, nuevo horizonte o nuevo talante histórico que la novela y el propio y nada desdeñable capital simbólico del autor legitimarían al menos implícitamente.

A partir del momento de la aparición de la reseña se producen distintas reacciones en diferentes ámbitos y con distintos registros, ocultas algunas de ellas hasta el momento en que la carta abierta del crítico las pone encima de la mesa. Por un lado el periódico desplegaría un espectacular «desagravio de papel» que en sí mismo ya suponía una fuerte desautorización del crítico. Por otro, congelaba – «retenía» – sus colaboraciones sin explicaciones previas y «ad calendas graecas» en lo que suponía un verdadero acto de censura. Finalmente convendría destacar que si bien el procedimiento de reprobación y castigo permanecía en el ámbito interno de la empresa, a nivel público era obvio que el expediente de «separación de empleo» era un hecho con efectos notorios sin que ello pusiese en marcha movimientos de apoyo o denuncia entre los actores del campo literario salvo contadísimas excepciones. Muy al contrario, en diversos medios culturales de Euskadi se abundó en la descalificación «ad hominem» del crítico achacándole ideas parafascistas(extrañamente aplicadas a quien pocas semanas antes acababa de respaldar a fondo y elogiar muy positivamente la novela El vano ayer de Isaac Rosa como uno de los mejores logros de la narrativa actual en razón a su coherencia y coraje progresista) o torvas intenciones conspirativas, coincidiendo así, en su indignación y condena, con los gestores de los intereses mediáticos, políticos y empresariales del grupo Prisa. Más sorprendente resulta tal coincidencia si se toma en cuenta que dejando aparte cuáles sean las simpatías y posiciones políticas del ciudadano Bernardo Atxaga, la mirada pastoral e idílica que el crítico achaca con razón, a nuestro entender, al texto, ciertamente no deja que por ningún lado asome en la novela ni la lucha de clases ni el depredador desarrollo de las fuerzas productivas externas o internas ni cualquier otro elemento que permita señalar, en la representación que la narración nos ofrece de Obaba en cuanto espejo del Euskadi, una mínima visión de izquierdas salvo que, como en efecto sucede, cualquier denuncia del fascismo pasado o presente otorgue a cualquiera patente de izquierda.

En mi opinión, es la suma de estas tres circunstancias «agravantes» lo que provoca la explosión de ese arma de destrucción masiva – esta sí- que los empresarios y sus capataces poseen en sus arsenales y no dudan en utilizar cuando su territorio se ve seriamente amenazado o contrariado: el despido, el poder de decidir, de facto, conceder o retirar el derecho al trabajo que usurpan desde su posición de detentadores de la propiedad privada de los medios de producción. El problema de Ignacio Echevarria como crítico no fue, como bien argumenta en su carta, el tono contundente de su reseña, al fin y al cabo coherente con su trayectoria y su merecida condición de crítico «guardián», pues aunque en ocasiones pudiese resultar molesto para el periódico, tal incomodidad se veía compensada por la alta dosis de credibilidad y prestigio que con su tarea transfería al medio. Ni siquiera creo que haya que buscar las razones del despido – pues de un despido por «silencio administrativo» se trata- en el choque de intereses internos que hacen que la empresa se vea en la tesitura de ser juez y parte y víctima y verdugo de sí misma pues las contradicciones externas, como la doble moral en el político, pueden fácilmente rentabilizarse, gozan de excelente prensa (la propia y ajena) y en cualquier caso los posibles daños siempre se pueden reparar. Tampoco entiendo como casus belli el hecho de que el crítico transparente determinada posición política respecto al conflicto armado en Euskadi pues en el propio periódico se han venido haciendo públicas posturas divergentes al respecto. Lo intolerable, lo que les ha parecido intolerable a los propietarios de los medios de producción y expresión de las palabras de la tribu es que el guardián de la exigencia literaria abandone su parcela, ese «sacro y autónomo terreno de lo estético», saque los pies del tiesto y se atreva, llevado por su rigor crítico o por su mera condición de ciudadano, a meterse en el papel y en los territorios del tribuno que denuncia lo que desde su opinión entiende como un discurso narrativo peligroso para la salud moral y política de la comunidad. Lo que no toleran es que nadie les arrebate el usufructo de las palabras e historias colectivas. Al fin y al cabo ellos son los que invierten en la Bolsa de los significados y de ellos, por tanto, deben ser los dividendos semánticos. El crítico cruzó la linde de una propiedad que no se puede franquear impunemente.

Decíamos que Echevarría abrió la ventana, dejó entrar la luz y señaló con el dedo. E indudablemente pasó lo que tenía que pasar: que se lo cortaron. Pero también pasó lo que no siempre pasa: que dio tiempo a mirar y descubrir lo que el dedo señalaba: que sólo haciéndonos creer que somos libres consiguen que sigamos siendo sus esclavos. Porque en la crítica, como en el capitalismo, la libertad no deja de presentarse como un malentendido. Y es que si la lectura carga con la ilusión de ser diálogo de intimidades, la crítica, contra lo que generalmente se piensa, no es una instancia mediadora entre el escritor y los lectores. Ese espacio, en las actuales economías de mercado, corresponde a los editores, cuyo trabajo consiste en proponer a la comunidad o mercado aquellas lecturas que en su opinión – criterio- puedan satisfacer sus deseos, necesidades o expectativas que, a su vez, los medios de producción de deseos, necesidades y expectativas han puesto en circulación. El crítico analiza y valora esas propuestas y su trabajo le sitúa así entre la edición y los consumidores de libros. La práctica es engañosa y tiende a hacernos pensar que los críticos hablan del trabajo de los escritores o de los escritores cuando en realidad están hablando de propuestas editoriales. Sería bueno que los escritores entendiesen que la crítica no tiene como objeto sus obras en cuanto pertenecientes a su privacidad sino y sólo en tanto pasan por la decisión editorial de hacerlas públicas. Sería bueno que los escritores «agraviados» por la crítica del crítico entendiesen que la crítica habla de un texto y del autor del texto «solo y en tanto» productor del texto. Y sería especialmente conveniente, para no llevarse a engaño o desengaño, que los críticos también entendiesen que su trabajo empieza y acaba en las instancias de la economía política dentro de las cuales no dejan de ser operarios semánticos, mejor o peor cualificados, y demandados con mayor o menor intensidad no por los lectores sino por sus empleadores reales: los medios de comunicación que son los que arriendan sus servicios. Y las editoriales, por mucho que se presenten o quieran verse a sí mismas como instancias generadoras de Cultura (con Mayúsculas) no pueden dejar de ser, en última instancia y casi siempre en primera, un poder económico – grande, mediano o pequeño – con capacidad de intervenir en lo público, pues no otra cosa es la tarea de «publicar», pero con la inevitable necesidad de participar en el juego económico. La labor del crítico consiste en juzgar desde sus propios criterios, si los tiene, la conveniencia o no de esa publicación para la salud semántica de su comunidad (y lo que puede ser saludable para una comunidad puede no serlo para otra) pero en sentido estricto -y el caso Atxaga es prueba evidente- tampoco recae en ellos, en cuanto personas privadas, esa capacidad pues son los medios que hacen «públicas» las críticas los que realmente intervienen en el debate. En el artículo aparecido en la sección de La defensora del lector, a propósito del escándalo, Lluis Bassets, responsable de Opinión y del suplemento Babelia, no duda en dejarlo claro al hablar del derecho de las empresas periodísticas a «contratar los artículos que deseen ver publicados en sus páginas» (aunque no aclara si tienen derecho a no publicar a aquellos artículos ya contratados pero que les parezcan inoportunos por las razones – sus razones – que sean). Más claro imposible. Y el mismo ejecutivo deja ver que la libertad de expresión del crítico se refiere al terreno de «las cuestiones estéticas», abundando así en nuestra sospecha de que fue el paso de «guardián» a «tribuno» lo que provocó la reacción de los responsables del periódico.

Desde esta perspectiva, más impersonal y menos psicológica, la crítica es en realidad un diálogo entre dos poderes económicos que como tales poderes quieren y necesitan trasladar su influencia al ámbito cultural. Porque ahí es donde el responsable de Babelia se equivoca al pensar que su derecho a publicar puede fundamentarse en el deseo de «contratar los artículos que deseen ver publicados en sus páginas». Ninguna empresa capitalista puede obviar que su actividad se desarrolla en una esfera donde la confianza social es necesaria y más si esa empresa se mueve en los ámbitos de la comunicación y la cultura. Una empresa está obligada a mantener los buenos modales, la apariencia de que el juego de deberes y derechos es el mismo para todos porque, si no lo hace, la base del comercio – el contrato entre iguales- se viene abajo. De ahí que la defensora del lector recuerde a sus jefes que la mujer del Cesar no sólo debe ser honrada sino parecerlo. No en vano la moneda es un ente fiduciario. Y evidentemente y como el Director del periódico reconoce, algo han manejado mal a ese respecto. El ejercicio de la propiedad en sociedades complejas tiene sus límites. E Ignacio Echevarría, a costa de perder sin duda un dedo, ha venido a plantearlo. Y los abajo firmantes, Rafael Conte y Ferlosio y Vargas Llosa y Eduardo Mendoza y Javier Marías y Francisco Rico y Jorge Herralde y tantos otros han venido a recordárselo: queremos seguir sintiéndonos libres y no queremos que nadie de los nuestros se vea obligado a poner el dedo en la llaga. Puestas así las cosas, esta historia parece terminar como las películas norteamericanas que tratan de algún caso de corrupción: las personas pueden fallar (manejar mal el asunto) pero el sistema de libertades funciona (los intelectuales una vez más han puesto al capital en su sitio y la empresa, vía defensora del lector niega la mayor – la censura- pero acepta la menor: la torpe gestión).

El tribuno que no existe ve esta película y se queda pensativo: articula el argumento, analiza a los personajes, relee los diálogos, contextualiza los enunciados, criba los adjetivos e interpreta finalmente que esta historia nada tiene que ver con finales felices: no está contando que haya un capitalismo bueno y un capitalismo malo sino todo lo contrario: que el desarrollo del capitalismo en esta fase de expansión y acumulación acelerada está provocando, entre otros fenómenos, que las empresas, llevadas por la inevitable lógica de la competencia y la reproducción, necesiten controlar no solo la producción sino la circulación, la distribución y el consumo, lo que puede dar lugar a episodios de sinergias negativas como es el caso. Sucede que la burguesía, cuya razón de ser es vender y vender con beneficio, está obligada a acabar con toda excepción ya sea cultural ya sea laboral y si tiene que morderse a si misma, se muerde. Asistimos a una historia empresarial, PRISA contra PRISA en este caso, pero vale para cualquier otro, que pone en evidencia que en caso de conflicto entre beneficio y legitimidad, por mucho que nos desgarremos las ropas en aras de la cultura, la solución del sistema consiste en hacer del beneficio la única fuente de legitimidad. El tribuno que no existe, mientras llega al ágora, piensa que con estas condiciones objetivas poco espacio parece quedar para el criterio y las libertades individuales del crítico. Poco, muy poco, pero sin duda el suficiente para que unos pierdan su dignidad y otros la defiendan y mantengan. Y nos recuerda que frente al pesimismo de la razón permanece el «non serviam» de la voluntad. Se trata de organizarla, dice, y acaso alguien le reproche que ese decir ultimo no estaba en la película.