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Los lenguajes de TeleSur

Fuentes: Rebelión

Hace meses que quiero escribir este texto. Me he disuadido varias veces, sin embargo, porque siento que es más un capricho personal, más bien infantil, que un ejercicio para compartir algo que pueda interesar a otros. Estoy encantado con TeleSur. Me siento como un adolescente repitiendo los slogans de su grupo o personaje favorito («Nuestro […]

Hace meses que quiero escribir este texto. Me he disuadido varias veces, sin embargo, porque siento que es más un capricho personal, más bien infantil, que un ejercicio para compartir algo que pueda interesar a otros.

Estoy encantado con TeleSur. Me siento como un adolescente repitiendo los slogans de su grupo o personaje favorito («Nuestro Norte es el Sur», «Vamos a conocernos» y, desde luego, «Yo soy TeleSur») . Disfruto, como si estuviera en las calles de mi pueblo, con «Sones y Pasiones». Es la primera vez que me tomo algo de tiempo para atender a una revista de la mañana («La Agenda del Sur») que al principio se me antojaba demasiada seria para un concepto que yo creía demasiado frívolo. Ahora me veo aprendiendo más y más sobre mi propia gente. InjerenCIA ha abierto unos ojos que ya no podía abrir más. Y las noticias pues, me temo que me voy a poner más infantil: Me apasiona enterarme de lo que ocurre hacia el Sur y me encanta la mezcla de acentos, tonos, imágenes, sonidos y ritmos en un mismo lenguaje que las comunica, aunque no sea en el mismo idioma. Adoro a esa presentadora de noticias en español con acento brasileño. De hecho, adoro el portugués que se escapa detrás de una traducción que muchas veces me parece totalmente innecesaria, a pesar de mi ignorancia de ese idioma.

Este súbito enamoramiento por una Televisora, desde luego, me preocupó. No soy un niño. No soy particularmente «tivófilo» (farandulero, decimos en Venezuela). Soy más radiófilo. Pero sí soy, como muchos, adicto a las noticias y desde aquello que ocurrió en Venezuela en Abril de 2002, ver la televisión, especialmente las noticias, nunca más fue igual.

Recuerdo que mi bautizo de contrastes ocurrió luego de haber sido asiduo de las televisoras británicas mientras viví con ellos. No fue fácil para mí, que crecí con acceso gratuito a la televisión (aunque NO al televisor), entender el porqué tenía que pagar (80 libras esterlinas/año) por una licencia para ver la BBC en un televisorcito de segunda mano en mi residencia. Un televisorcito que también me dejaba ver las televisoras «gratuitas» (independientes dicen ellos, ITN y Channel 4), pero que no podía encender sin ese permiso. Con todo, eso que algunos refieren como la calidad de esa televisión terminó por capturarme. Ahora, aún a la distancia, sigo siendo admirador de un Trevor McDonald y, desde luego, desearía ver con más frecuencia a un Jeremy Paxman desarmando a un político en una entrevista.

Ese nivel de comunicación tenía que ser apabullante, ahora entiendo, para alguien que creció con RCTV, Venevisión y a una muy fofa Venezolana de Televisión que, «obviamente» no podía competir con las privadas «que tenían los recursos». Va a sonar exagerado (en medio de exageraciones), pero esa distinción fue un elemento importante en un prejuicio que los británicos, con su BBC, ayudaron a erradicar: que la cosa pública no podía ser tan buena como la privada (algunos dirán que la BBC no es tan pública, después de todo).

Claro que, al volver a casa, una forma refinada de ese prejuicio tomó su lugar: la cosa pública latinoamericana no podía ser tan buena como la privada. De hecho, el asunto se puso mucho peor: la cosa latinoamericana no podía ser tan buena como la del primer mundo, pues tuve que admitir que CNN era mejor que las nuestras (públicas o privadas). Eso ya era bastante malo.

Esos contrastes, sin embargo, no fueron más que ejercicios de calentamiento para lo que vendría después. Venezuela entró en Revolución y los medios se convirtieron en los actores principales con una agresividad que nunca pensé posible. El movimiento Bolivariano se planteó, desde el principio, el uso de los pocos medios públicos como arma de defensa (pués, de nuevo por falta de recursos, pero también por falta de experiencia, no podía hacer otra cosa) y sesgó completamente, eso hay que admitir, la visión en esa dirección que antes no tenía cabida, como otro ejercicio de pagar la deuda social. Yo no me siento incómodo con ese sesgo porque lo encuentro justo: esa otra dirección no es simplemente la opuesta, sino también la mayoritaria y la excluída de la historia. Sin embargo, me parece que trae una gran consecuencia indeseable: el país se ha dividido completamente en dos conjuntos disjuntos: los que siguen a VTV y los que siguen a los otros. Seguro que habrá investigadores sociales siguiendo el fenómeno que, se me ocurre, es un gran ejemplo del poder de los medios, la televisión en particular, para modelar(nos) nuestra realidad. Tenemos dos países, dos realidades completamente diferentes que no se comunican y que no quieren comunicarse. Muy subrealista, como todo por acá.

Sesgos y contrastes trajeron otra ventaja interesante. Aprendí a leer con ojos diferentes las fuentes. Aprendí a ver, por ejemplo, cómo la misma BBC se presta a la manipulación y como se vuelve muy fofa en ciertos aspectos. Y también aprendí (luego de una pasantía como productor independiente en la radio) que ese dial que mantiene el equilibrio informativo y de opinión es extremadamente difícil de mantener allí, en equilibrio. Todo lo que sale va matizado de lo que somos y de lo que queremos ser.

Por eso TeleSur, en apenas 20 meses, se ha convertido en tan buena noticia. Es buena. Cada vez mejor. Y es nuestra… ¿Sesgada? Más bien, motivada. Motivada por nosotros. Se le siente como nosotros: angustiada por ser mejor, a nuestra manera, pero de manera que otros también puedan apreciarlo y respetarlo.

Nunca pensé que vería a una televisora multi-estatal (¿multi-pública?) sirviendo y sirviendo bien. Lo que he visto ahora me llena de entusiasmo y me lleva a creer que quizás sea posible profundizar el sesgo en una dirección indiscutible por ser bien común (buena para todos. ¡Para TODOS!).

TeleSur puede y debe dejar que nos veamos y oigamos todavía más a nosotros mismos. No es sólo el reporte periódico de lo que pasa en cada pueblo al Sur del Rio Bravo del Norte. Es algo más por el estilo de lo que ya ha comenzado a ocurrir entre latinos hispano- y luso-parlantes. TeleSur debe hablar los lenguajes de todos. Debe rescatar el uso de esos lenguajes condenados a la extinción y que se están llevando al sepulcro nuestros conocimientos ancestrales y nuestra historia verídica.

En un presente de nuevas batallas entre izquierdas y derechas, en un escenario de mucha información y poco conocimiento, en un tiempo de poco tiempo y de mucho que hacer, ojalá alcancemos a aprehender (aprenderlos es más difícil) los Lenguajes de TeleSur.

Copyright ©. Jacinto Dávila. El autor se reserva el derecho de llamarse autor de este texto y asume la responsabilidad por sus opiniones. El texto puede ser distribuido sin ninguna otra restricción implícita o explícita.