El ecosistema financiado por Estados Unidos de «grupos de derechos humanos» iraníes, agentes israelíes y activistas monárquicos se ha convertido en una puerta giratoria de estadísticas no verificables y de una propaganda atroz.
Desde que la República Islámica de Irán impuso un apagón nacional de Internet para reprimir lo que calificó de disturbios respaldados por inteligencia extranjera y una insurgencia terrorista, las cifras de muertos y heridos no verificables se han difundido rápidamente.
Estas afirmaciones –ninguna de las cuales aporta pruebas creíbles– siguen circulando de forma coordinada, amplificadas tanto por los medios de oposición iraníes como por la prensa occidental dominante.
En medio de la oleada de cobertura occidental sobre las protestas iraníes, una ONG con sede en Toronto emitió una escandalosa afirmación: Irán había matado a 43.000 manifestantes y herido a otros 350.000. El grupo responsable de la cifra, el Centro Internacional de Derechos Humanos (CIDH) no ofreció imágenes, ni datos forenses ni pruebas verificables de forma independiente. Sin embargo, esta estadística —publicada en blog de 900 palabras— fue catapultada al debate público por el comediante británico-iraní y simpatizante de la oposición, Omid Djalili, quien la publicó en la parte superior de su perfil X.
Tal como se pretendía, la afirmación se viralizó. Lo mismo ocurrió con cifras de muertos similares o incluso más extremas. Influencers monárquicos las repitieron en redes sociales, medios de la oposición como Iran International las reciclaron y finalmente las introdujeron en la cobertura mediática corporativa occidental. Las cifras variaban enormemente —de 5.848 a 80.000 muertos— y carecían incluso de fundamento. Pero todas tenían un claro propósito político: justificar un cambio de régimen en la República Islámica.
Las fachadas de la CIA haciéndose pasar por grupos de derechos humanos
La estimación más baja de muertes en las protestas en Irán —5.848 personas— provino del grupo estadounidense Activistas de Derechos Humanos en Irán (HRAI), que admite que aún está investigando 17.000 casos adicionales. HRAI no es un árbitro independiente. En 2021, se asoció con la Fundación Nacional para la Democracia (NED), una herramienta estadounidense de poder blando creada durante el gobierno del expresidente Ronald Reagan para continuar el trabajo de la CIA bajo la cobertura de ONG.
Otra fuente frecuente de información sobre las cifras de muertos en Irán es el Centro Abdorrahman Boroumand para los Derechos Humanos en Irán, también financiado por la NED. Uno de sus miembros es Francis Fukuyama, firmante del infame proyecto neoconservador para la «Guerra contra el Terror», el Proyecto para un Nuevo Siglo Americano (PNAC).
También está United Against Nuclear Iran (UANI), que afirmó que 12.000 iraníes murieron en las últimas protestas. Este grupo de presión, que presionó con éxito al Foro Económico Mundial (FEM) para que desinvitara al ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, cuenta entre sus filas con el exjefe del Mossad, Meir Dagan; el actual secretario de Guerra de EE. UU., Pete Hegseth; y Dennis Ross, del grupo de expertos WINEP del lobby israelí.
Estas entidades alimentan una puerta giratoria de narrativas, todas diseñadas para deslegitimar a la República Islámica, descontextualizar el malestar interno y dar luz verde a la intromisión extranjera.
Máquinas de indignación y agitadores de guerra respaldados por Israel
La CIDH, el grupo responsable de la afirmación de las 43.000 muertes, tiene su sede en Canadá y se centra casi exclusivamente en Irán. Celebra abiertamente los asesinatos israelíes de líderes de la resistencia, como el difunto secretario general de Hezbolá, Hassan Nasrallah, y elogia la creciente amistad entre Israel y la oposición iraní. Su director ejecutivo, Ardeshir Zarezadeh, ha publicado fotos suyas posando con banderas israelíes y monárquicas mientras brinda con vino.
La organización también emplea un lenguaje extremadamente sesgado políticamente, como etiquetar al gobierno iraní como “ el régimen criminal que ocupa Irán” en comunicados de prensa oficiales.
A pesar de su grandilocuencia, el informe de la CIDH no ofrece ninguna prueba. Se basa en un «análisis comparativo de investigación» no verificable y con fuentes anónimas, y afirma falsamente que el 95 % de los asesinatos ocurrieron en tan solo dos días. No hay imágenes que se acerquen a las cifras que alega.
Mientras tanto, el Centro de Documentación de Derechos Humanos de Irán (IHRDC), otra organización financiada por el Departamento de Estado de EE. UU., promovió en una ocasión la extraña afirmación de que un manifestante fingió su muerte y se escondió en una bolsa para cadáveres durante tres días. Incluso el IHRDC admitió no poder verificar la historia, pero el medio de oposición Iran International la difundió de todos modos, omitiendo que se trataba de una ficción.
Activistas de extrema derecha en Occidente, como Tommy Robinson, e influencers monárquicos han difundido historias aún más descabelladas, incluyendo la acusación de que las fuerzas de seguridad iraníes asfixian a manifestantes metiéndolos vivos en bolsas para cadáveres. No se necesitan pruebas. Solo una nota de voz anónima.
El gobierno estadounidense tambien ha consultado al IHRDC para orientarles en su política de sanciones, incluyendo la creación de una lista negra de ciudadanos iraníes. Su director ejecutivo, Shahin Milani publicó recientemente en X las propuestas del presidente estadounidense Donald Trump advirtiendo que si los manifestantes no respaldan de manera abrumadora el apoyo estadounidense para debilitar a las fuerzas armadas del régimen, constituirían la mayor traición de Occidente a los iraníes.
Esto es parte de una estrategia estadounidense más amplia mediante la cual Washington ha financiado a docenas de ONG centradas exclusivamente en Irán, desde organizaciones de derechos de las mujeres hasta grupos de defensa de minorías étnicas, todas ellas encargadas de alimentar la arquitectura narrativa de la necesidad de un cambio de régimen.
Fabricando atrocidades, blanqueando mentiras
El flujo de propaganda va desde influencers en línea hasta medios occidentales. Por ejemplo, la activista online Sana Ebrahimi afirmó que 80.000 manifestantes habían sido asesinados, citando únicamente a un amigo «en contacto con fuentes dentro del gobierno». Su publicación obtuvo más de 370.000 visitas.
Poco después, la emisora de radio británica LBC News citó a un activista iraní de derechos humanos llamado Paul Smith, quien elevó la cifra de muertos a entre 45.000 y 80.000. Resulta que Smith es un activista pro cambio de régimen en redes sociales que apoya la intervención militar estadounidense en Irán.
En octubre de 2025, el diario israelí Haaretz expuso cómo Tel Aviv financia granjas de bots de habla farsi para promover a Reza Pahlavi, el hijo exiliado del exmonarca iraní, y difundir propaganda antigubernamental. Estos mismos bots contribuyeron a inflar las narrativas de protesta en Irán en 2022. Se trata de una campaña de guerra digital camuflada en la indignación popular.
La revista Time afirmó que 30.000 iraníes habían muerto, citando a dos funcionarios anónimos del Ministerio de Salud. Iran International superó esa cifra, citando sus propias fuentes no verificables para afirmar más de 36.000 muertes.
Solo Amnistía Internacional, a pesar de su postura hostil hacia Teherán, se abstuvo de especificar una cifra, limitándose a afirmar que habían muerto «miles«. Esta estimación coincide aproximadamente con las cifras de Teherán: la Fundación Iraní para Asuntos de Mártires y Veteranos informa de 3117 muertes, incluidas 2427 civiles y personal de seguridad.
Cuando las mentiras se convierten en casus belli
Existen numerosas críticas legítimas al Estado iraní. Pero lo que presenciamos ahora es una ofensiva de desinformación coordinada impulsada por redes respaldadas por Washington, los brazos propagandísticos de Tel Aviv, monárquicos y otros opositores en el exilio, y la prensa corporativa complaciente.
Las grotescas cifras de muertos y las historias fantasma de atrocidades que circulan siguen un clásico manual imperial: los bebés falsos de incubación en Kuwait en 1990, las falsas afirmaciones sobre armas de destrucción masiva en Irak en 2003, el inventado «genocidio» libio en 2011 y las interminables mentiras sobre armas químicas en Siria. En cada ocasión, el propósito fue el mismo: crear un «casus belli».
Las personas que murieron en las protestas en Irán se han convertido en elementos de otra guerra narrativa apoyada desde el extranjero, sentando las bases para una intervención selectiva disfrazada de preocupación humanitaria.
Fuente: https://thecradle.co/articles/irans-protests-and-the-dirty-numbers-game-the-manufactured-death-toll
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