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Rebelion.org en un mundo nuevo

Fuentes: Rebelión

El siguiente texto forma parte del libro ’30 años de Rebelión. Información alternativa y emancipadora’

Durante diez años, entre 2001 y 2011, fui colaborador literario, editor militante y, si se quiere, preso galeote de rebelion.org (a partir de ahora Rebelión). Esta página de información alternativa, una de las primeras cabeceras digitales de España, nació en 1996 en un doble contexto. En España, la consolidación del bipartidismo, la presidencia del derechista Aznar, la lucha contra el terrorismo y la desmovilización de las izquierdas habían generado un erial político e informativo privado de todo horizonte colectivo. En términos mediáticos, no existían todavía ni Público (nacido en 2007) ni eldiario.es (nacido en 2012) ni La Marea (2012) ni Infolibre (2013), por citar algunas de las cabeceras digitales que alimentan hoy a los lectores españoles de izquierdas. En esa intemperie, Pascual Serrano y sus compañeros fundadores supieron comprender con perspicacia la necesidad de dar al menos la batalla de la comunicación.

En cuanto al contexto internacional, la incontestable supremacía estadounidense tras la derrota de la URSS en la Guerra Fría, la expansión de la globalización neoliberal y el crecimiento del terrorismo islamista preparaban en 1996 los dos acontecimientos decisivos de la primera década del siglo nuevo. El primero, por supuesto, fue el brutal e inesperado atentado de Al-Qaeda contra las Torres Gemelas de Nueva York, umbral de un nuevo orden internacional en el que el imperialismo estadounidense recurriría al mismo tiempo a la fuerza directa (Afganistán e Iraq) y a las leyes (la Patriot Act) para convertir la lucha contra el «terrorismo» (según la definición interesada y veleidosa de la máxima potencia) en el patrón de un inquietante retroceso democrático en todo el planeta.

El segundo acontecimiento fue de índole inversa y esperanzadora. Me refiero a la tentativa de redemocratización de América Latina en el marco del llamado «ciclo progresista latinoamericano», incoado en 1998 con la primera victoria electoral de Hugo Chávez en Venezuela. Son estos dos acontecimientos, a mi juicio, los que explican el éxito de Rebelión en esa primera década del siglo XXI y los que sin duda marcan su línea editorial, comprometida al mismo tiempo con la denuncia del imperialismo estadounidense y con el apoyo a Cuba, Venezuela, Ecuador, Bolivia, etc. Las invasiones de Afganistán e Iraq iluminaron al mismo tiempo la importancia geoestratégica de Oriente Próximo como fulcro de los intereses estadounidenses y la centralidad de Israel como su peón irrenunciable: en este sentido, Palestina se convirtió de manera natural en uno de los núcleos de atención de los editores de Rebelión. El abortado golpe contra Chávez en abril de 2002, por otra parte, reveló la fatal actualidad de la «doctrina Monroe» (hoy reivindicada sin ambages por Donald Trump) y determinó tanto la evolución de los gobiernos progresistas, no siempre encomiable, como la importancia de la batalla informativa, en la que Rebelión jugó un papel fundamental, al menos a la escala no desdeñable de las izquierdas globales.

Importa, pues, señalar que la creciente influencia de Rebelión en esa década (en la que el número de lectores, españoles y latinoamericanos, aumentó de manera exponencial) fue directamente proporcional a una debilidad y a una fortaleza. La debilidad, en España, de una izquierda sin autonomía que se alimentaba de causas exteriores (Cuba y Palestina), renunciando a intervenir en su propio país; y la fortaleza, en América Latina, de una ola victoriosa que, paradójicamente, nutriría a partir de 2014 el proyecto «populista» de la izquierda española, materializado en torno al partido Podemos, cuyo éxito inesperado e incompleto sentenció el bipartidismo del sedicente «Régimen del 78». Un poco antes, en 2011, las revoluciones árabes (y una pandemia de protestas globales) habían consumado el desbaratamiento del orden de la Guerra Fría, lo que produjo un enorme desconcierto no solo a la potencia estadounidense, pillada a contrapié en la región. También los «gobiernos progresistas» latinoamericanos reaccionaron de manera fisiológica, con «reflejos» propios de un mundo desaparecido, incapaces de afrontar los retos democráticos del «nuevo desorden global». Rebelión, nacido contra la hegemonía imperialista yanki y dependiente del ciclo progresista latinoamericano, ha sabido sobrevivir heroicamente a esta disolución geopolítica que, sin embargo, ha mermado claramente su protagonismo informativo.

Publiqué mi primer artículo en Rebelión en septiembre de 2001, pocos días después del atentado de Al-Qaeda en Nueva York y algo más tarde, cortejado por el irresistible Pascual Serrano (al que sigo queriendo pese a nuestras diferencias políticas), acabé incorporándome al proyecto también como editor. En esos años coincidí allí con algunas personas que respeto y admiro y que luego, como yo mismo, exploraron otros senderos, no siempre convergentes. Pienso, por ejemplo, en Belén Gopegui, en Juan Torres, en Alberto Montero, en Yayo Herrero, en Manuel Talens, en Luis Cabrera, en Gorka Larrabeiti, en Salvador López Arnal, por citar los nombres más conocidos, que no los más decisivos, entre los cuales hay que nombrar, sin duda, a Miguel Arróniz, Toño Hernández y Antonio Cuesta. Escribí centenares de artículos (algunos bastante buenos) y edité miles de textos, muchos de ellos relacionados con la sección de Palestina. Ahora bien, cuando pienso retrospectivamente en esa década decisiva y juzgo la importancia, personal y colectiva, del proyecto de Rebelión, tiendo a destacar dos pilares. El primero, el equipo de traductores que durante algún tiempo coordiné yo mismo y que hoy encabeza mi queridísima amiga Bea Morales. El segundo, el aprendizaje político asociado a un proyecto militante enteramente altruista.

Dice la Wikipedia que, en algún momento de la década citada, Rebelión llegó a contar con hasta treinta traductores. Fieles y estables fueron muchos menos, pero mediante ese puñado entregado y heroico (Germán Leyens, Juan Vivanco, Caty Rodríguez, Sinfo Fernández, Silvia Arana, Loles Oliván, Susana Merino, la propia Bea) Rebelión se convirtió en un medio indispensable para acceder a autores decisivos de habla inglesa, francesa, italiana y portuguesa (con algunas incursiones asimismo en el mundo ruso y alemán). El valor añadido de Rebelión, lo que atrajo a miles de lectores en esos años de erial informativo, fue la posibilidad, que ningún otro medio ofrecía, de leer en castellano a —por ejemplo— Amira Hass, Gideon Levi, Noam Chomsky, James Petras, Michel Chossudovsky y un larguísimo etcétera de voces alternativas y (casi siempre) rigurosas que nos permitían cuestionar la información de las grandes cabeceras mainstream y construir un universo mental paralelo más rico y mejor pertrechado para el análisis político. Traducir es uno de los oficios más difíciles del mundo, porque no consiste en repetir sino en trasladar, a sabiendas de que cualquier desplazamiento en el espacio requiere dos cosas que ninguna IA es capaz de hacer: comprender y sujetar. El traductor debe comprender, sí, el texto (no la lengua) original y debe luego sujetar su sentido en otro idioma, donde está siempre a punto de venirse al suelo. En Rebelión los traductores (casi siempre traductoras) trabajaban a destajo; algunas veces el resultado era más aproximado que fiel, pero la propia tarea de corrección (con la mano implacable de Caty en la sombra) se aceptó siempre como otra de las dimensiones colectivas del proyecto. Conviene no olvidar a todas estas solidarias estibadoras de palabras extranjeras en este mundo nuevo en el que es facilísimo dejarse engañar por la IA y sus sesgos y alucinaciones.

En cuanto al segundo de los pilares, tiene que ver precisamente con esta dimensión «colectiva». Rebelión fue, y sigue siendo (ahora que casi no lo leo), un proyecto altruista desinteresado en el que, en el nuevo contexto global digital, se logró construir un pequeño colectivo militante donde los afectos jugaban un papel determinante como combustible y, si se quiere, como «retribución» de un trabajo a menudo agotador. Durante estos treinta años, sí, Rebelión se ha hecho sin financiación, sin crowdfunding, sin salario, sin días de vacaciones, sin «ascensos» ni «promociones» y con una sola reunión física cada año entre miembros de distintas nacionalidades y dispersos por toda la geografía de España y América. En un mundo provinciano, Rebelión fue siempre internacionalista; en un mundo individualista, fue siempre comunitario; en un mundo competitivo, fue siempre cooperativo; en un mundo mercantil y dinerario, fue siempre desinteresado; en un mundo derrotista, fue siempre combativo; en un mundo digital, y siendo él mismo digital, construyó una red alternativa a la de las plataformas digitales de Sillicon Valley. Más allá de los errores que pudiéramos cometer (verdaderamente nefasta, por ejemplo, fue la cobertura de las guerras de los Balcanes y aprovecho para pedir disculpas desde aquí a Carlos Taibo), el colectivo de Rebelión fue (y sigue siendo) el ejemplo pequeño y vivo de otro mundo posible: una especie de indigenismo de la información, a contrapelo del capitalismo, en el que la supervivencia (y la alegría) fueron y son hermanos siameses de la colaboración y la generosidad. Se puede estar más o menos de acuerdo con su modelo informativo y con su línea editorial, pero no puede dejar de celebrarse la comunidad humana que ha hecho posible su existencia y luego su resistencia frente al tiempo. Si algo echo de menos de mis años «rebeliónicos» es el calor aldeano de nuestro trabajo en común.

Treinta años después, Rebelión celebra su trigésimo aniversario en un mundo muy distinto de aquel en el que nació. Sus archivos (o al menos lo que queda de ellos) dan buena cuenta de algunos de estos cambios radicales. En los tres últimos años hemos asistido a al menos tres acontecimientos que, en confluencia con el irresistible ascenso de China, nos inscriben en un mundo al mismo tiempo desconocido y peligroso. Uno es sin duda la invasión rusa de Ucrania, primer impulso de un nuevo reparto imperial del mundo del que Europa ya no será agente sino botín. Los otros dos tienen un enorme valor simbólico vistos desde Rebelión. El primero es el genocidio cometido por Israel en Gaza, donde se han bombardeado incluso los cementerios y que ha vuelto increíbles para siempre los discursos sobre DDHH y Derecho Internacional. El segundo (mientras escribo estas líneas) el bombardeo de Caracas y la captura por parte de EE.UU. del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, una operación que confirma con bravuconería exhibicionista el nuevo fascismo internacional presidido por la fuerza bruta, al margen ya de paripés institucionales. Palestina descuartizada, América Latina devuelta sin ambages a la «doctrina Monroe»: sin duda Rebelión habría querido conmemorar su aniversario con noticias mejores. Lo que no podrá hacer, en todo caso, es dejar la batalla. ¿Vacaciones? No perdamos la esperanzas. Quizás dentro de treinta años.

Santiago Alba Rico es escritor y ensayista. Estudió filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Fue guionista en los años ochenta del mítico programa de televisión La bola de cristal y ha publicado más de veinte libros sobre política, filosofía y literatura, así como tres cuentos para niños y una obra de teatro.

Entre sus obras se cuentan los ensayos Las reglas del caos (libro finalista del premio Anagrama 1995), Leer con niños (2007, reeditado en 2015), Capitalismo y nihilismo (2007), El naufragio del hombre (2009), Noticias (2010), Penúltimos días (Los libros de la catarata, 2016), Ser o no ser (un cuerpo) (Seix Barral, 2017), Todo el pasado por delante (Los libros de la catarata, 2017) y Nadie está seguro con un libro en las manos (Catarata, 2018). Desde 1988 vive en el mundo árabe, habiendo traducido al castellano al poeta egipcio Naguib Surur y al novelista iraquí Mohammed Jydair. Entre 2001 y 2012 fue colaborador y editor en Rebelión.org. Durante años ha dado clases de literatura en el instituto Cervantes. Ha colaborado y colabora habitualmente con distintos medios de comunicación (Público, CTXT, Ara, eldiario.es, El País, entre otros). Sus últimos libros son Catorce palabras para después del capitalismo (CTXT 2023), España (Lengua de Trapo, 2021) y De la moral terrestre entre las nubes (Pepitas de Calabaza 2023). En 2024 recibió el XXXIV Premio Gil de Biedma por su poemario Caídas.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.