Recomiendo:
0

30 años de contrainformación y trabajo colectivo

«De cada cual según sus habilidades a cada cual según sus necesidades»

Fuentes: Rebelión

El siguiente texto forma parte del libro ’30 años de Rebelión. Información alternativa y emancipadora’

«Cuando se desobedece se funda comunidad, comunismo: un espacio en el acuerdo sobre la decisión y sobre la ejecución de lo decidido es la única norma; un espacio que ya no tiene dueño, de todos, en el que el poder no cabe, un espacio que se hace fuerte cuando es compartido»

Juan Pedro García del Campo. Construir lo común, construir comunismo

La primera vez que escuché hablar de Rebelión debió de ser hacia mediados del 2007 en casa de Belén Gopegui y Constantino Bértolo. Belén se excusó unos minutos hacia el final de la cena, «porque tenía que sustituir a una compañera que estaba de vacaciones y le tocaba asegurarse de subir sus noticias a la página web de Rebelión». Entonces, claro, no existían todavía —al menos tal y como las conocemos hoy— las redes sociales, ni tampoco los diarios digitales con su actual circulación y prestigio masivos. Rebelión era eso: una página web, un diario, sobre todo un cruce de caminos digital donde la izquierda podía compartir conocimiento y acumular fuerzas durante la larga noche del neoliberalismo y su imperativo categórico de dar por terminada la Historia. Era un arma cargada de futuro o tal vez un martillo con el que golpear el presente para que se abrieran algunas ventanas a un futuro menos injusto.

Sea como fuere, la anécdota despertó inmediatamente mi curiosidad y durante el resto de la velada le hice varias preguntas más a Belén: ¿Quiénes formaban parte del colectivo editorial? ¿Cómo funcionaba? ¿Cómo se mantenía? ¿Con qué frecuencia salía? ¿Cuántos lectores tenía? ¿Cómo se financiaba? Belén respondió de manera discreta, como es su costumbre, evitando comprometer el empeño colectivo que ya en aquel entonces había sido objeto de algunos ciberataques por sus posiciones políticas. Al despedirme esa noche, le dije impulsivamente: «Si en algún momento necesitáis alguien que os eche una mano, yo estaría dispuesto a hacerlo». Belén no dijo nada, solo sonrío o tal vez musitó un «vale, yo te aviso».

Al volver a San Diego, donde ejerzo de profesor de literatura y estudios Latinoamericanos en el campus de la Universidad de California, empecé a leer Rebelión cotidianamente. Me consideraba y me considero un profesor universitario bastante bien informado, pero lo primero que aprendí en Rebelión es que, por regla general, las universidades están bastante aisladas de la inteligencia colectiva de los movimientos sociales, de la cultura contrahegemónica, de las razones de los sindicatos o de la lucha real de los pueblos contra el imperialismo. En ese sentido, Rebelión fue para mí primero un lenguaje para nombrar cosas que estaban ahí afuera pero no terminaban de entrar ni los debates universitarios ni en los medios de comunicación de masas. En Rebelión aprendí, entre muchas otras cosas, lo que era el ecofeminismo, la ecología social, el trabajo del cuidado, supe que lo que se contaba de Cuba o Venezuela en ese momento en los campus universitarios era una verdad muy parcial o una mentira muy interesada, tuve noticia de la publicación de muchos libros como Calibán y la Bruja de Silvia Federicci de los que se hablaba poco o nada en los campus estadounidenses. Supe, en fin, que no estaba solo, que había otras y otros que no aceptaban el «sentido común» de la época, que se negaban a bajar los brazos y conformarse con lo que había…

Y es que Rebelión es, quizá por la propia formación de Pascual Serrano, unos de sus fundadores, un medio de contrainformación. Pero contrainformar, como nos recordaba siempre Santi Alba, no es informar al revés, sino ponerle palos a la rueda del «sentido común», trabajar todos los días para mostrar que ninguna hegemonía —en su sentido Gramsciano— es perfecta, que siempre tiene límites. Y en eso consiste el trabajo diario de Rebelión, en desnaturalizar la opresión y la explotación, en habitar los límites para que surjan otras formas de gestionar la vida más justas.

En cualquier caso, fue así, leyendo Rebelión todos los días y sus cuestionamientos del «sentido común» de la época, como un 12 de noviembre del 2008 mandé mi primera colaboración. Se llamaba «Para el cambio hay que apostar a la movilización»1 y era una comparación entre la campaña del PSOE que llevó a Felipe González al poder en 1982 y la entonces reciente victoria electoral de Barack Obama en las elecciones de noviembre con la esperanza y el cambio por bandera. Lo releo ahora y lamento haber tenido razón: «un presidente sin un movimiento de masas detrás solo puede ser un títere en manos del capital». Pero lo más importante es que por primera vez escribía algo, sin ser consciente de ello, que no obedecía a mi criterio o a mis gustos personales, sino que tenía que ver con lo que me parecía que era necesario, con lo que yo podía aportar desde mi propia posición privilegiada dentro de Estados Unidos a esa tarea colectiva de la contrainformación.

Tras un par de colaboraciones más en la misma dirección —estar ahí donde hacía falta y no donde me apeteciera— recibí un correo de Belén Gopegui, invitándome a hacerme cargo de la sección de Cultura de Rebelión. Acepté de inmediato y sin dudarlo.

La inteligencia colectiva para construir la casa común de la izquierda

Entrar a formar parte del colectivo editorial de Rebelión fue como rasgar un segundo velo. Aquello era realmente, como decía mi querido Salvador López Arnal, un milagro para ateos. Unas 15 o 20 personas, cada una con sus trabajos, dilemas y ocupaciones, juntándose para sacar un periódico todos los días (fines de semana incluidos), sin que mediara remuneración alguna entre los colaboradores y, sobre todo, sin aceptar publicidad y, por lo tanto, condiciones. Supe que la cosa iba en serio cuando una empresa de publicidad se nos acercó ofreciéndonos un lucrativo contrato y las compañeras empezaron a hacer coñas con lo que iban a hacer con el dinero que nos iba a llegar: «Me compró por fin el chalé en la Sierra de Madrid» —decía uno. «No, no, no va a poder ser porque yo me voy de viaje a las Islas Galápagos» —contestaba otra. No fue ni la primera ni la última vez que nos ofrecieron dinero.

Se dicen muchas cosas, se dice que somos individualistas, egoístas, que lo común y lo colectivo son utopías irrealizables, pero Rebelión lleva 30 años funcionando sin aceptar publicidad y sin que nadie cobre un peso, por leer, editar, traducir y escribir notas, reportajes y entrevistas: «De cada cual, según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades» era la consigna marxista no escrita que servía igual para aportar al «intelecto general» del colectivo que para cuidarnos entre todas. Con esa máxima había en Rebelión, traductores y traductoras que trabajaban infatigablemente para publicar el último texto de Chomsky, o de Amy Goodman; personas que se esforzaban en terminar sus textos para que llegaran a tiempo a nuestros correos electrónicos y pudieran salir al día siguiente; editoras y editores que se aplicaban a leer todo lo que nos llegaba y subirlo a la página web, para que la persona encargada de cerrar la portada pudiera darle forma final a nuestra lectura colectiva de la realidad…Me recuerdo ahora corriendo por las calles de Santiago de Chile con Luismi (a.k.a. Miguel Arróniz) para terminar nuestras respectivas secciones o con Alberto Montero buscando un imposible café a las orillas del Lago Titicaca en Bolivia para cerrar nuestro trabajo antes de que llegara la madrugada en España.

En aquel entonces, Rebelión éramos muchas personas y estábamos en muchas partes (Madrid, Barcelona, Caracas, Túnez, Estambul, Colombia, San Diego…), desperdigadas por todo el globo, pero juntas y desobedeciendo al sentido común, mostrando que otros medios de comunicación eran posibles, que lo común existía aquí y ahora, que el trabajo de Dionisos, como lo llamó Toni Negri, no siempre estaba destinado a ser capturado por el Capital.

Pero sin duda el secreto del éxito en Rebelión tiene que ver también con no haber sido nunca un medio partidista y mucho menos sectario. En eso Yayo Herrero y Toño Hernández insistían vehemente: éramos la casa común de la izquierda, a la izquierda de la socialdemocracia neoliberal. Rebelión era una isla en la que se publicaban cosas de socialdemócratas inteligentes como Vincent Navarro o Juan Torres López, contribuciones de un tal Pablo Iglesias que entonces no tenía otro lugar donde publicar sus artículos, ensayos de marxistas latinoamericanos cercanos al socialismo bolivariano como Atilio Borón, textos de ecología de Dario Aranda críticos con el lado extractivista del kirchnerismo, reflexiones sobre el futuro de las cooperativas cubanas firmadas por Camila Piñeiro o férreas defensas del Estado cubano extraídas de La Pupila Insomne de Iroel Sánchez…

Pero, sobre todo —y quizá esa sea una de las cosas que más valoro—, Rebelión era un medio que miraba más a América Latina que a Alemania, un lugar donde los pueblos de ambos lados del Atlántico podían dialogar de tú a tú, casi siempre sin reproducir la pesada herencia del colonialismo español en la región. Nuestro Norte era, sin duda, el Sur y creo que eso nos daba más lucidez y nos curaba de la torticolis epistemológica que padecían las élites españolas de tanto mirar a Europa.

El 15-M y las Primaveras Árabes vistas desde Rebelión

Y en eso llegó el 15-M y las primaveras árabes, como Fidel, cuando menos las esperábamos. Rebelión era la atalaya perfecta para contemplar y participar de todos esos procesos de cambio. De hecho, era como si las intensidades que componían la lectura de la realidad que hacíamos en Rebelión se hubiera echado a la calle de un momento para otro, sin previo aviso. Espero que no suene muy pretencioso si digo que era, como si las plazas nos hubieran dado la razón, no para satisfacer nuestro ego, sino porque la diversidad de luchas sociales que hablaban a través de Rebelión y que, antes del 15-M, aparecían desconectadas entre sí, emergieron con fuerza para tejer un relato común de lo que nos pasaba, pero también para provocar una explosión social que imaginara la vida fuera de la anomia y la soledad del capitalismo neoliberal. Allí estuvimos en las plazas, colaborando, pensando… de aquella época quedan, entre otras cosas, unas excelentes crónicas de Ángeles Diez que muestran el afecto fulgurante de las plazas, la imaginación política de la gente común y corriente, de los pueblos que forman esa cosa rara que llamamos España.

Conviene no idealizar, por supuesto, pero tampoco ser pesimistas en exceso. Sí, a toda primavera le llega su invierno. El 15-M y las primaveras árabes fueron sobre todo momentos destituyentes de un orden que no daba más. Lo que vino después es sin duda mucho más complicado de explicar. El impulso de las primaveras árabes empezó a hacer agua en Libia y quedo completamente destrozado en Siria, un país intervenido por los cuatro costados. El 15-M, por su parte, pasó de su momento destituyente al momento constituyente que encarnó Podemos como máquina de guerra contra el régimen del 78.

Los problemas que surgieron de todos estos procesos escapan el objeto de esta breve contribución, lo que me interesa destacar es que los conflictos externos tuvieron un eco dentro de Rebelión. Después del bombardeo de la OTAN en Libia, el colectivo editorial de Rebelión se quebró por dentro. Las intervenciones militares en Siria para sofocar la revuelta contra el régimen de Bashar Al Asad hicieron palpable que la ruptura era irreparable. Sigo pensando, como entonces, que debería haber habido sitio para todas las posiciones dentro de Rebelión, pero no fue así: muchas personas valiosas abandonaron el barco.

Yo decidí quedarme y trabajé muchos años más en Rebelión, contribuí con Carol Arcos a crear la sección de «Feminismos y Sexualidades», mantuvimos el barco a flote varios años más, pero en 2017, después de la elección de Trump y tras una discusión en la que trataba de hacer ver a las compañeras del colectivo editorial las conexiones de Trump con la supremacía blanca, que la cuestión racial pesaba tanto sino más que la cuestión de clase, también di un portazo y me marché, enojado como todas las que se fueron antes, porque para poder irse hay que dejar que la pulsión de muerte haga su trabajo.

Coda

Cuesta mucho construir espacios autónomos que obedezcan a la lógica de lo común, por eso vale la pena preguntarse: ¿Nos marchamos por diferencias políticas o por otras cosas? ¿Nos marchamos porque es difícil tolerar otros puntos de vista o porque estamos cansadas de sostener un proyecto con dobles y triples jornadas de trabajo? ¿Nos marchamos porque nos sentimos incomprendidas o maltratadas o porque nos cansamos de perseguir todos días una realidad que cada vez va más deprisa? ¿Nos marchamos porque nos sentimos agredidas o porque la realidad que hizo posible Rebelión ya no es la misma? No tengo respuestas solo invito a preguntarnos por qué nuestros colectivos de izquierdas generan tantas rupturas, tantos cismas.

Por suerte en el caso de Rebelión ninguna de estos quiebres ha sido irreparable, ahí siguen otras compañeras remando a contracorriente en un proyecto que sigue siendo igual de importante que ayer, y que hoy se enfrenta a dos monstruos: el algoritmo de las redes sociales y la mal llamada inteligencia artificial. No obstante, a pesar de los nubarrones que se ciernen sobre nosotras, hay razones para celebrar estos 30 años, porque seguimos siendo las que estábamos esperando: ¡Felicidades Rebelión!

Luis Martín-Cabrera es profesor de Literatura y Estudios Latinoamericanos en la Universidad de California, San Diego. Fue editor y colaborador de Rebelion.org entre 2007 y 2017. Ha escrito varios artículos y libros ensayísticos y creativos. Su último libro es un relato de ecoficción titulado Antes que desaparezca el Río. 

Nota:

1 https://rebelion.org/para-el-cambio-hay-que-apostar-por-la-movilizacion/

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.