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Violencias simbólicas que complementan a las físicas en el 25S en España

El «homenaje» a la mayoría silenciosa

Fuentes: Rebelión

Decía el poeta Paul Valéry en Eupalinos que hay palabras que son como abejas para el espíritu. La picadura puede anestesiarnos, domesticarnos o enfurecernos. La estrategia de comunicación del gobierno del Partido Popular hace gala, de igual modo, de esta ambivalencia. Desde las declaraciones de María Dolores de Cospedal, donde en un ejercicio cínico de […]

Decía el poeta Paul Valéry en Eupalinos que hay palabras que son como abejas para el espíritu. La picadura puede anestesiarnos, domesticarnos o enfurecernos. La estrategia de comunicación del gobierno del Partido Popular hace gala, de igual modo, de esta ambivalencia. Desde las declaraciones de María Dolores de Cospedal, donde en un ejercicio cínico de empatía y prognosis, auguraba que aquellos indignados que protestan agradecerán la acción del gobierno, hasta el homenaje de Mariano Rajoy a la mayoría silenciosa que no protesta, el efecto es, cuando menos, dispar. Si la intención de ambos es la de aplacar las voces discordantes, las muestras públicas de rabia ante lo que podríamos denominar «La gran estafa democrática», convierten sus palabras en dardos deletéreos.

¿Cómo no rebelarse cuando la situación podría cambiar diametralmente si hubiese la voluntad de anteponer los intereses de los ciudadanos a los de aquellos que se lucran a nuestra costa? ¿Por qué no dejar, simplemente, de pagar intereses de la deuda? ¿Por qué no, incluso, declarar la deuda como odiosa y no pagarla, puesto que nadie nos preguntó directa y democráticamente para contraerla? Cómo reaccionar ante la impunidad de escándalos monumentales como los de Bankia, CAM, las innumerables imputaciones de dirigentes políticos de toda la geografía española, los despilfarros y prebendas ominosas de cargos públicos o las oscuras operaciones de Urdangarín en la Fundación Nóos. Al mismo tiempo que se privatizan servicios públicos, que se recortan sueldos, se multiplican los despidos masivos y se carga la fiscalidad sobre los que menos tienen, el esperpento de la vida política, la desvergüenza de los poderes financieros haría sonrojar incluso a Luis García Berlanga. Sobran los motivos…

El estigma de la protesta

Si analizamos los mensajes referidos, que han sido en muchos casos reproducidos sin crítica por los medios informativos, advertimos que tratan de fomentar el odio entre quienes protestan por la situación actual y quienes no. Dicho de otra forma, tratan de criminalizar a los manifestantes que, además de apaleados públicamente, son objeto de estigmatización por aquellos que tanto se jactan de ser representantes democráticos del pueblo.

A aquellos empecinados en asumir irreflexivamente los dictados del gobierno, tales declaraciones les reafirmarán en su creencia de que hay dos españas. La primera, la de quienes intentan «levantar» el país con esfuerzo y sacrificio, sin lugar a actuaciones subversivas que obstaculizarían el buen funcionamiento del sistema. Es la España de los hombres de provecho, de los que no protestan y en su lugar trabajan. La España de los hombres de bien. La de los que agachan la cabeza y padecen con resignación los castigos divinos, como el Santo Job.

Por otra parte, los discursos del gobierno categorizan a esa España de «gandules y maleantes», a la minoría ruidosa e indolente como la excepción a la norma. La protesta sufre el descrédito del poder político -«el golpe a la democracia», apoyado sin duda por titulares periodísticos que definen la situación -¡por anticipado!- en clave de asedio a la democracia. Se trata del intento de dividir a la sociedad entre los indeseables que «conspiran» contra el provecho común y aquellos que, de modo pasivo, se adaptan a los cambios inicuos que les perjudican; a aquellos que, haciendo gala de la servidumbre voluntaria explicada por Étienne de la Boétie, se autoimponen los grilletes.

Parece ser que la ceguera de los poderes políticos carece de límite. Puede ser ceguera o mala fe, en el sentido sartreano de autoengaño al creer su propia visión distorsionada e hilarante del mundo, alejados como están de la realidad de las cosas. No perciben, o fingen no percibir que el estado de malestar en la ciudadanía no se restringe a esa minoría que abre telediarios y ocupa las portadas de los principales diarios. La sensación de que se nos trata desde una posición paternalista, donde no se dan explicaciones argumentadas sino que se recurre una y otra vez a las fórmulas del tipo «sabemos que lo hay que hacer» resulta a todas luces intolerable. Confina a la ciudadanía a la minoría de edad, a la tutela de unas autoridades que sólo deben rendir cuentas a los mercados. No es extraño que lo que se pida, desde los poderes, no es diálogo, discusión pública, sino sumisión y docilidad, como si de una historia de padres y niños se tratase. Niños obedientes, que no cuestionan la autoridad paterna; y niños traviesos que son castigados.

En consecuencia, de un lado, se emplea violencia y brutalidad física para reducir el alcance de las protestas. De otro, el propio gobierno recurre a violencias simbólicas para que, a través del aparato mediático, cualquier tipo de subversión y acción disidente corresponda al caos y la anarquía. Discrepar demasiado es vil, parece rezar el mantra. ¡Pero si la discusión acalorada es el fundamento de toda política! Y es precisamente caos aquello contra lo que se construye la protesta y como surge el antagonismo, contra las incertidumbres e inseguridades que genera la plutocracia.

El prestigio de conformarse

Junto a los símbolos que estigmatizan y criminalizan la protesta, se yerguen los que ensalzan la pasividad y el seguir la corriente. Los que han olvidado pensar y actuar por sí mismos y acatan los dictados de la autoridad: hoy cada vez menos por fortuna, lo cual es un logro indirecto, no querido de la crisis actual. Los discursos del gobierno popular celebran el instinto de rebaño tan repudiado por uno de los padres de la modernidad, Nietzsche. Tratan de reprobar cualquier atisbo de transformación, bajo la divisa de que no hay otra alternativa. Quieren hacernos olvidar que pensar otro mundo posible, la alteridad, «no consiste en oponer el desarrollo al subdesarrollo, sino otro desarrollo al subdesarrollo», como sostiene Antonio Negri. Por este camino, sólo es presumible la decadencia. ¿Qué hacer sino protestar de modo claro y radical?

Las declaraciones continuas de los líderes mencionados pretenden perpetuar la inercia frente a la libertad. El gobierno del miedo frente a las iniciativas de la esperanza. Los discursos de quienes detentan el poder -y esto lo supo advertir Nietzsche en La genealogía de la moral- instituyen y fijan lo que es bueno y deseable, al tiempo que dictan lo que es malo e indeseable. Con sus palabras, los dirigentes del Partido Popular aplauden a quienes, por el miedo, son refractarios a la actividad práctica para modificar el estado de cosas. Lo que definen como bien, como lo correcto es en realidad el mal, como en la neolengua orwelliana. Rinden homenaje también a aquellos para quienes es preferible el orden en la miseria asegurada al desorden esperanzador. Son hoy más necesarias que nunca las palabras de Antonio Gramsci, a propósito de la urgencia de transformaciones: «El orden actual se presenta como algo armónicamente coordinado, establemente coordinado, y la muchedumbre de los ciudadanos vacila y se asusta en la incertidumbre ante lo que podría aportar un cambio radical».

Es urgente que reconsideremos que lo deseable, el bien es precisamente la transformación estructural del estado de cosas que «procura cultivar la vida» en tanto la conformidad trata, simplemente, como afirmaba Spinoza, de evitar un peligro inmediato a costa de perpetuar los esquemas preestablecidos que nos perjudican. Romper con el filisteísmo y el mecanicismo es una de las batallas que han de librarse en el espíritu de cada uno de los ciudadanos para que exijan de un modo firme el cumplimiento de sus derechos en función de la obligación de aquellos de quienes dependen.

Pero en qué se convierte la democracia cuando el miedo a la represión impide la libre manifestación de los ciudadanos. ¿Qué es la vida social cuando los héroes cotidianos son los que permanecen cómodamente instalados en su ignorancia y podredumbre mientras otros, los que les adulan con inquina, los líderes políticos, se aprovechan de su inacción? Las protestas del 25S obedecen a movimientos de contienda civil de naturaleza pacífica. Sin embargo, desde el instante en que la respuesta al envite cívico es la violencia física y simbólica, se añaden cimientos a una desobediencia no sólo civil y simbólica como las llamadas de atención de Sánchez Gordillo. La lógica nos advierte de que violencia engendra violencia y ese no es, de ningún modo, el sendero hacia la prosperidad.

Para concluir, desearía traer al presente las palabras de un hombre de acción, poco dado a bizantismos y digresiones teóricas. Según Ernesto Che Guevara, la vía de la guerrilla se legitima desde el momento en que se ven agotadas y fulminadas, en su inutilidad, las reivindicaciones sociales en el plano de la lucha cívica. Obviamente nadie desea una radicalización de las protestas, la generalización de las violencias de todo tipo. Sin embargo, actitudes soberbias y autoritarias como las del gobierno del Partido Popular siembran vientos. Confiemos en que no haya lugar a tempestades y que quienes siembran tengan voluntad de alimentar a quien lo necesita y no a quien invierte para lucrarse a costa del empobrecimiento ajeno.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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