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Ester Kitay (1945–2026): argentina, revolucionaria, imborrable

Fuentes: Rebelión

Se fue el 24 de marzo de 2026, el mismo día en que, 50 años antes, una dictadura se instalaba en Argentina para intentar silenciar a personas exactamente como ella. No fue una coincidencia que eligió, pero es una ironía de la historia que, de haberla conocido, la habría hecho reír. Como dijo una de sus hijas: «La acompañaron los gritos y cantos de la gran marcha» ante el aniversario del golpe de Estado. 

Hay vidas que no caben en ningún molde. La de Ester Kitay es una de esas. No fue una intelectual de escritorio ni una figura pública. Fue algo más difícil de nombrar: una mujer que, partiendo de un mundo que le había reservado un lugar pequeño y decorativo, decidió —casi sin darse cuenta, casi por instinto— que ese lugar no era para ella, y que pagó ese precio con una generosidad que asombra incluso hoy. 

Una nena con un cuchillo

Ester nació en 1945 en una familia judía de Avellaneda. Una Avellaneda totalmente distinta, que por entonces estaba separada de la ciudad de Buenos Aires por un puente levadizo. Su padre, Mauricio Kitay, era un hombre que había llegado al mundo de manera brutal —nacido en un barco durante la travesía desde Europa, mientras su madre moría de tuberculosis en el parto— y que había heredado una fortuna de su propio padre, usurero y patrón de fábrica. Su abuelo era, según Ester, un hombre terrible que había traído a sus familiares desde Europa para explotarlos en la fábrica, pagándoles mal y a destiempo, sin compartir con ellos las bonanzas de su vida, y que era odiado por toda la Avellaneda judía a causa de una actividad usuraria que perjudicaba a su propia colectividad. Mauricio vivió del dinero de su padre, con pretensiones de grandeza, y jamás entendió a su hija mayor. A Ester le avergonzaba su apellido y le parecía humillante vivir en el lujo mientras sus primos y tíos vivían en la miseria.

La madre era —en palabras de la propia Ester— «una vividora, pero al mismo tiempo una buena mujer». Ingenua, incapaz de protegerse a sí misma, acostumbrada a las joyas y a los veranos en Mar del Plata. Ella eligió mandarla a una escuela yiddish. Pero quien crió realmente a Ester fue Eulalia, una mujer indígena de Tucumán que había llegado cuando Ester era una bebé y que se quedó toda la vida, aunque nadie le pagara lo que correspondía, porque —decía Ester— «ella nos crió a todos, éramos sus hijos». La relación entre la madre y Eulalia era, vista desde afuera, la de dos mujeres adultas que vivían juntas y criaban hijos: una no hacía nada, la otra trabajaba sin parar. «Nuestra madre era como si fuera nuestra hermana», resumía Ester. «Yo la trataba como a mi hermana. No se daba cuenta de nada.»

Lo que Ester sí entendía, desde muy chica, era que algo en esa casa estaba profundamente mal. Ella lo escuchaba desde su cuarto, que daba a la pared del dormitorio de sus padres. Escuchaba a su madre llorar, gritar «basta, dejame tranquila», y no entendía qué pasaba. Tenía ocho años. Una noche escuchó a su padre decirle: «Bueno, está bien, no querés, mañana no te doy la plata para comprar.» Tampoco entendió eso. Fue a preguntarle a Eulalia, y Eulalia —con una delicadeza que Ester recordó con gratitud— se lo explicó. Su padre violaba a su madre.

La tercera o cuarta noche que volvió a escuchar los gritos, Ester se levantó, fue a la cocina, agarró un cuchillo, y caminó a oscuras hasta la puerta del cuarto de sus padres. Estaba ahí parada, con el cuchillo, sin saber exactamente qué iba a hacer, cuando su padre prendió la luz y la vio.

«Ni te cuento», decía Ester, y se reía de la paliza que le dio. Una risa que no era de amnesia sino de reconocimiento: ya entonces era ella, completamente ella. «Yo era hipersensible desde que nací», explicaba. «Hipersensible y muy reactiva, muy rebelde con mi papá. Fui de una rebeldía total.»

El piano, la promesa rota

El piano fue la salida y la pasión. Ester estudió con Susana Vicenti, discípula directa de Vicente Scaramuzza —el mismo que formó a Martha Argerich y a Bruno Gelber—, y Vicenti la presentó al maestro. Scaramuzza la aceptó. Le veía condiciones para estudiar con Nadia Boulanger en París. Podía soñar con una carrera internacional.

Pero antes de eso, a los 15 años, Ester se enamoró de Jorge Rojas, un chico no judío (“goy”). Su padre la hizo seguir por un detective privado. La espiaba, la vigilaba, organizaba el hogar como una pequeña operación de inteligencia doméstica. Cuando nada funcionó, convocó al chico a la fábrica y lo recibió con un revólver, dándole a elegir entre dejar a Ester o morir. Pero Jorge no dejó de verla. Ester tuvo dos abortos, a los 15 y a los 16 años. Era, en su propia descripción, «la oveja negra» de una comunidad ghettizada que tenía reglas muy claras sobre lo que las chicas debían y no debían hacer. En una de nuestras charlas, vio cierto reflejo de su historia en la de la escritora Tamara Tenenbaum, quien se desagregó de la ortodoxia de la fuerte comunidad judía de Once, un barrio porteño caracterizado por la actividad comercial y en especial el comercio textil.

Para el cumpleaños de 15, su padre le organizó una fiesta. Mandó a hacer un traje con la mejor modista de Buenos Aires, zapatos a juego, guantes, peluquería. Ciento cincuenta invitados. Una foto de ese día muestra a una chica que podría tener entre doce y treinta años, posando como una actriz de cine internacional, con una expresión en la cara que no es felicidad. «Nadie me preguntó si me gustaba el vestido, si quería, qué quería», decía. Le regalaron un reloj de oro macizo. Lo perdió una semana después. «Así era yo.»

Lloró toda la fiesta.

Cuando su padre finalmente abandonó a la familia por la secretaria, Ester tenía 17 años. Hizo dos cosas de inmediato: fue sola a ver a una abogada que no conocía y consiguió judicialmente que la venta del departamento se frenara —si no, su madre, su hermana y su hermano se habrían quedado en la calle—, y empezó a trabajar porque alguien tenía que hacerlo. Scaramuzza, al enterarse de que no podía seguir estudiando, fue directo: «Si usted no puede trabajar de piano, dedíquese a otra cosa.» La carrera parisina terminó ahí.

Entonces, el piano desapareció de su vida.

Un nuevo mundo

A los 20 años, Ester consiguió trabajo como secretaria en una ONG donde trabajaban, entre otros, un economista joven llamado Marcelo Nowersztern. Era 1965. Marcelo fue fundador de Política Obrera (PO), que acababa de nacer como organización, junto a Jorge Altamira, y que hizo propio el legado de León Trotsky. Era un grupo muy pequeño, que venía de estudiar y activar en el MIR-Praxis de Silvio Frondizi, y parte de una amplia generación que impactada por la Revolución Cubana protagonizaría las luchas populares más intensas de la historia del país. 

«Yo no entendía nada de lo que decían», recordó décadas después. «Pero prestaba mucha atención. El lenguaje, la forma de analizar, la cultura… me maravillaba.» En su casa no había entrado un diario. No había estado en la universidad. El piano la había aislado: ella con la música, ella consigo misma. Este era otro mundo, y lo que sentía al asomarse era algo que reconocería mucho después como hambre.

Una compañera de trabajo, Juanita, militante del partido, la invitó a su primera actividad: repartir volantes a las cinco de la mañana en la puerta de la fábrica textil Grafa. Ester dijo que sí. Ese mismo día, la policía paró el colectivo en el que huían con el material, las encontró y las detuvo a las dos.

En la comisaría, el oficial —un hombre que Ester describió como «un cana bonachón»— las puso en una sala, no en una celda, y les ofreció café con medialunas. Era temprano y estaban muertas de hambre. Juanita se comió los dos cafés y las cuatro medialunas. Ester le dijo al oficial en la cara, con toda la ingenuidad y toda la convicción del mundo: «Yo de la policía no acepto nada.»

«Fue tan ridículo y al mismo tiempo tan expresivo», recordaba. El oficial salió encantado. Los militantes del partido, cuando se enteraron, empezaron a mirarla distinto.

El oficial llamó al padre para que fuera a buscarla, porque era menor. Mauricio Kitay respondió: «No voy. Que se pudra en la cárcel.» El comisario, consternado, la dejó salir igual.

Esa noche Ester supo dos cosas nuevas: que había represión contra quienes defendían a los obreros, y que su padre era «un hijo de puta, el enemigo». Salió de ahí convencida de organizarse con los trabajadores para luchar por la revolución, por su propio gobierno.

Marcelo, Hiroshima Mon Amour y la vida obrera

Marcelo Nowersztern era hijo de sobrevivientes del Holocausto. Su padre Bernardo tenía una cultura fenomenal y era parte de una tradición judía socialista que luchaba por la integración de los judíos en sus respectivos países, el Bund. Su madre, Manuela Malcman, había sido la única superviviente de diez hermanos —ciento diez personas entre hijos, nietos y cónyuges— que murieron en la Shoah. Salió de Polonia en el último barco antes de la guerra para reunirse con su marido en Argentina, y vivió el resto de su vida con el peso de haber llegado a tiempo y de que nadie más lo hubiera hecho. Era una mujer profundamente triste y sobreprotectora con su hijo. Marcelo creció entre La Paternal y Caballito, jugando al fútbol en la calle, amando el tango, siendo “más porteño que cualquier porteño”, como suelen ser los hijos de los que llegan desde lejos y necesitan echar raíces con urgencia. Antes de unirse al MIR-Praxis de Silvio Frondizi (y de fundar Política Obrera), Marcelo participó de un fugaz intento de reconstruir la juventud del Bund en Argentina. Las ideas del Bund cobran particular relevancia en contraste con las de su histórico rival político, el sionismo. Los judíos ashkenazíes de Europa del Este, hablantes de yiddish, trabajadores y artesanos urbanos que eran el corazón del movimiento bundista, fueron los más sistemáticamente exterminados.

Un día Marcelo la invitó al Lorca, mítico cine de reestreno sobre la avenida Corrientes. La llevó a ver Hiroshima Mon Amour. Ester no sabía casi nada de la Segunda Guerra Mundial, más allá de la Shoah. Salió conmovida, sacudida, sin palabras. Marcelo empezó a llevarla al Lorca bastante seguido. Fue, a su manera, una educación sentimental e intelectual al mismo tiempo. Marcelo veía en Ester algo que los demás militantes tardaban más en reconocer: que su valor no era tanto intelectual pero era sincero, profundo, que venía de las entrañas.

Se casaron. La madre de Marcelo no quería saber nada con una divorciada (Ester se había casado antes con Jorge), pero a Marcelo no le importó. Inventaron un casamiento informal —una pequeña fiesta en la casa de los suegros— y se fueron a vivir a un estudio en pleno barrio de Almagro, en Río de Janeiro y Rivadavia. Ester quedó embarazada y se mudaron a Avellaneda, cerca de la madre de ella y de Eulalia, a un lugar que Bernardo, el padre de Marcelo, les compró.

La proletarización vino después, y Ester la vivió con una mezcla de convicción y caos que resulta difícil no querer. Trabajó en Terrabusi metiendo cajas en la cadena de montaje —»una tortura para alguien que había sido pianista»—, la echaron al mes y medio. Trabajó en una relojería en un galpón helado manipulando piezas diminutas, duró tres meses. Trabajó en un taller de radios por Constitución hasta que el dueño intentó levantarla. «Le dije que estaba casada. Me dijo que a él no le importaba. Le dije que a mí sí», y se fue. Su última fábrica fue Capea, de ollas y cacerolas. Entró embarazada de tres meses, mandó a su hermana Graciela —muy parecida a ella— a hacerse el examen médico en su nombre para ocultar el embarazo, y aguantó hasta el quinto mes, cuando la mandaron a trabajar junto a los hornos. 40º grados, 8 horas, 5 meses de embarazo. Se desmayó. La llevaron a la enfermería, descubrieron el fraude, y le hicieron un proceso judicial a ella, a su hermana y a su madre —que no había tenido nada que ver— por «tener dos hijas mentirosas».

En esa misma época Ester y sus compañeros militaban apoyando a los portuarios. Cuando nació Mariana —con 13 puntos de episiotomía porque la cabeza de la nena era enorme y no salía— diez obreros portuarios se presentaron en el hospital a visitarla. “La gente me quería muchísimo. Tenía una cierta humanidad que los impactaba. Yo lo reconozco”. Ester, con la herida todavía fresca, agarró a la bebé y bajó por la escalera a mostrársela. «Esa es una de mis anécdotas favoritas», recordaba con alegría.

Chile

En 1971, Ester y Marcelo viajaron a Chile a construir una organización trotskista, la Organización Marxista Revolucionaria (OMR). Se instalaron en Concepción, la segunda ciudad del país, fuertemente marcada por el MIR. Marcelo daba clases en la universidad, lo que facilitaba la militancia, y llegó a dirigir la Escuela de Economía, donde ejerció una influencia refrescante. Entre los dos lograron organizar una veintena de compañeros, con trabajo significativo en el movimiento obrero de la región, en particular entre los pescadores. De esa organización, arrasada por la represión golpista, sobrevivió una sola célula —jóvenes portuarios— que se mantuvo en la clandestinidad durante más de una década.

Ester describía esos años como «el momento más hermoso que viví en mi vida». Las madres que tenían leche venían a amamantar a los hijos de otras. Los buzos que bajaban del barco le traían pescado cuando no había qué comer por la huelga patronal. Militaba embarazada de Miriam, colgada de los colectivos llenos en el trayecto hasta Temuco. Engordó seis kilos en todo ese embarazo —con Mariana había engordado veinte— porque simplemente no había comida. “La gente estaba completamente movilizada, había una solidaridad a toda prueba, cómo te explico… yo estaba embarazada de la chiquita (Miriam), pero militaba como loca (…)  Tenía que tomar un bus que venía siempre lleno. Me colgaba con la panza. Me colgaba del bus y llegaba hasta el puerto donde teníamos una actividad”. 

El 11 de septiembre de 1973 Marcelo estaba en Buenos Aires tramitando la amnistía del gobierno de Cámpora. Ester se enteró del golpe por la radio, temprano en la mañana, con Miriam de cinco meses. Fue con un compañero a la oficina de Marcelo en la universidad a quemar los papeles y los libros que pudieran comprometer a alguien. La ciudad estaba paralizada. Los vecinos del barrio obrero donde vivían creían que el golpe iba a fracasar, como había pasado en junio. No fracasó.

Esa misma noche la Marina emitió un bando: todos los extranjeros debían presentarse al día siguiente bajo pena de muerte. Ester y sus compañeros discutieron qué hacer. No tenían recursos para pasar a la clandestinidad. Dejó a Miriam con unos vecinos y se presentó.

La situación fue empeorando con los días. Primero los enviaron al estadio de fútbol de Concepción. Después llegó a la isla Quiriquina, bajo control de la Marina. Los detenidos marchaban en fila y los milicos los golpeaban. Algunos eran extraídos y no volvían. «Pasábamos de la angustia a la resignación», recordaba Ester. «Tratábamos de proteger nuestra moral, para no ser derrotados sin combate.»

Al cabo de una semana, el cónsul argentino se presentó en el estadio y anunció el arresto domiciliario. Ester recuperó a su hija. Poco después llegó la orden definitiva: los «extranjeros subversivos» y sus familias serían expulsados del país. Los citaron en el Comando Militar. El general Washington Carrasco los despidió en persona, con el cónsul presente. Eran dieciséis adultos y once criaturas. Los pusieron en un colectivo de línea custodiado por marinos armados y los abandonaron en medio de la cordillera, en plena tormenta de nieve. Entre los adultos circulaba el rumor de que los iban a liquidar en el camino. Las criaturas casi no sobreviven. Horas después llegó un colectivo de Gendarmería que los llevó a Bariloche.

Llegaron a Argentina el 5 de octubre de 1973. En la entrada, la SIDE los fichó a todos. A Miriam, con cinco meses de vida, le abrieron un prontuario. 

De la Triple A a la cárcel de Olmos

El 13 de diciembre de 1974, cuando intentaba abordar un avión hacia Europa en Ezeiza, su vida dio un nuevo vuelco. Se dirigía a una reunión del Buró del CORCI, el Comité de Organización por la Reconstrucción de la Cuarta Internacional que incluía organizaciones con peso en Francia, Bolivia y Perú. La vincularon falsamente a secuestros y atentados (que no eran para nada las prácticas de PO). «La Razón», «Crónica» y otros diarios publicaron en primera página que en su casa habían encontrado miles de dólares y pruebas de su participación en un complot. El propio informe policial, en su minuciosidad, no encontró ninguna prueba que la involucrara con nada de lo que se le imputaba. Absolutamente nada.

Un acta interna del PST contemporánea a los hechos registra que fue secuestrada de Ezeiza, torturada y violada. El comunicado de Política Obrera precisa que fueron dos días de tortura con Pentotal —suero de la verdad— hasta provocarle un paro cardíaco. Cuatro días después de la detención, el juez la declaró en libertad por falta de pruebas. El Poder Ejecutivo, bajo el estado de sitio, la mantuvo detenida «a disposición del PEN» e ignoró el fallo judicial.

Esa misma noche en el aeropuerto, antes de que comenzara todo eso, hubo un episodio que Ester recordó siempre. Un oficial de policía la puso en una celda y le dijo: «Usted está aquí protegida.» Le daba consejos: «No siga en esta historia. Ustedes son jóvenes, tienen la vida por delante. Estudie, siga con el piano.» A medianoche llegaron los hombres de la Triple A. El oficial los quiso frenar. Era un hombre que quería cumplir las reglas, pero no entendía que las reglas ya no importaban. Cada vez que la madre de Ester viajaba a Francia, años después, él iba a buscarla a la cola del avión para preguntarle cómo estaba Ester. Después lo mataron. Al juez que la había declarado en libertad también.

Pocos días después de su detención, como parte de la misma campaña represiva contra Política Obrera, la Triple A asesinó a dos de sus militantes más destacados: Jorge Fischer, 27 años, delegado general de la fábrica Miluz, miembro del Comité Central de PO, y Miguel Ángel Bufano, 24 años, activista sindical en la misma fábrica. Al mismo tiempo se emitió orden de captura sobre Marcelo, que estaba en París. Sus dos hijas quedaron sin la protección de ninguno de sus padres.

La llevaron al Penal de Olmos. Había doce presas cuando llegó, todas del ERP o Montoneras. La recibieron con la primera plana del diario colgada de un hilo, como una bienvenida. La recibieron como heroína.

Ester les dijo: «Yo soy de Política Obrera.»

Toda la algarabía se transformó en silencio y desconfianza. Le dijeron que necesitaban confirmación del partido. Que hasta entonces quedaba aislada de las demás presas políticas.

Ester mandó cinco cartas clandestinas a Altamira —escondidas en los tubos de dentífrico que su hermana Graciela sacaba en las visitas del sábado— pidiéndole que confirmara su pertenencia al partido. Altamira nunca respondió. Durante nueve meses, Ester estuvo aislada en la misma celda que sus compañeras de cautiverio, sin que le dirigieran la palabra, sospechada de infiltrada por las propias presas políticas. En el periódico, el Comité Ejecutivo de PO le había escrito una carta pública elogiando su heroísmo.

Cuando hubo huelga de hambre —una práctica que Política Obrera no apoyaba— Ester no pudo sumarse. Pero fue ella quien cuidó a las huelguistas durante los días en que estuvieron al borde de la muerte.

La despidieron cuando salió, lanzándole papelitos desde adentro. Ella lloraba.

A fines de julio de 1975, como parte de la liberación de 28 detenidos a disposición del PEN, Ester fue autorizada a salir del país. Política Obrera informó el 1 de agosto que «entre los que partieron al exterior se encuentra la compañera Esther (sic) Kitay, cuya salud seriamente quebrada requería una correcta e inmediata atención.» Había pasado siete meses y medio en prisión. Lo que le hicieron durante ese tiempo tuvo consecuencias permanentes: la dejaron estéril. «Menos mal que tuve las nenas antes», diría después. No como resignación, sino como un cálculo frío y agradecido al mismo tiempo.

Años después, en París, le pidió explicaciones a Altamira por su silencio durante los nueve meses de Olmos. Le dijo: «Vos no entendés nada de política, como no entendiste nunca.» Ester nunca perdonó esa falta de respeto.

El exilio en Francia

Marcelo llegó primero a Europa, con un paso previo por Suecia, donde la recibió. Miriam había sido criada por la abuela durante todo el tiempo que Ester estuvo detenida. No quería saber nada de su madre. Quería a su abuela, solo a su abuela. El gobierno sueco pagó el pasaje de la abuela para que viajara a ayudar a Ester, que cayó en una depresión profunda.

Luego en Francia los acogió la Organisation Communiste Internationaliste (OCI), con quienes tenían una estrecha relación en aquel momento. En 1977, Ester, junto al prominente historiador Jean-Jacques Marie, participó de un programa en la TV francesa sobre la represión en la Argentina. Más tarde, en enero de 1979, la OCI decidió romper relaciones con PO y echó a todos los exiliados de los refugios que les habían conseguido, denunciándolos como «mierdas» y «perros de Videla». La razón: consideraban un crimen que PO continuara activando en los sindicatos, que según ellos ya estaban totalmente cooptados por la dictadura. 

Más adelante, el alcalde socialista de Yerres (una ciudad en las afueras de París) les consiguió trabajo y un préstamo para comprar en cuotas un departamento. La Cruz Roja y otras asociaciones donaron los muebles. Mariana entró a la escuela sin hablar una palabra de francés y años después sacó el bachiller con mención très bien, diecinueve sobre veinte en todas las materias, con los profesores insistiendo en que tenía que presentarse a la École Normale Supérieure. Decía Ester, «más marxista que ella no hay, por lo menos intelectualmente».

Y Ester volvió al piano.

No fue casualidad que encontrara trabajo en el Conservatorio Nacional de la Vallée de l’Yerres: era parte de la misma red que los había acogido. Le preguntaron con quién había estudiado. Dijo: con Scaramuzza. La pusieron a prueba un año. Llevaba una década sin tocar. Estudió como una bestia durante ese año entero —su propia descripción—, hasta que la vecina de abajo le hizo un proceso por ruido. No lo ganó. Ester siguió tocando.

Enseñó piano durante décadas en ese conservatorio. Sus alumnos la adoraban. Encontraba en la enseñanza el contacto directo con las personas, la posibilidad de transmitir algo que importara. Se jubiló a los 63 años, cuando ya estaba enferma. 

«Muchas veces me pregunté qué hubiera sido si no venía a Francia y dejaba el piano definitivamente», decía. «Hubiera perdido un gran placer. Algo que me sostenía, que me valorizaba.»

Al mismo tiempo, Ester presidió CALPA —Coordinación de Solidaridad con las Luchas del Pueblo Argentino— desde Francia, canalizando la solidaridad internacional hacia Argentina durante la dictadura y en las crisis que vinieron después. CALPA se destacó en el boicot al Mundial 78, la presión por el represor Mario Sandoval -que huyó a Francia e intentó evitar ser castigado, infructuosamente-, las campañas por la aparición Jorge Julio López y las acciones de solidaridad obrera en París con los piqueteros, Zanón y el movimiento de fábricas recuperadas, Kraft-Terrabusi, Lear, los petroleros de Las Heras, entre otras.

El Café La Paz

Cuando Marcelo decidió volver a Argentina en 1984, al calor de la apertura democrática, Ester le dijo que no podía. Que tenía miedo. Que no confiaba en la capacidad democrática del país, y que Mariana estaba a punto de entrar a la ENS y no quería irse. Llegaron a un acuerdo: ella iría en julio y agosto, los veranos franceses. Él se quedaría.

El primer año que volvió, fue con Marcelo al Café La Paz, en Corrientes. Y ahí, tomando café en una mesa, estaban dos de sus torturadores.

Se desmayó.

Marcelo quería quedarse, quería militar, quería recuperar el lugar que sentía que era suyo en la organización que había cofundado. No lo consiguió. Lo pusieron en una célula cualquiera, como si fuera su primer día. Lo excluyeron del comité internacional. «Nadie le dio pelota», decía Ester con una mezcla de dolor y furia que no se le iba con los años. «Lo destruyó a Marcelo. No soportaba que le hiciera sombra.»

Marcelo volvió a Francia. Y ahí empezó, decía Ester, su decadencia: “cuando entendió que todo había sido una ilusión”. Sea como fuere, se insertó en la izquierda francesa y continuó su actividad como corresponsal de Prensa Obrera hasta su muerte el 31 de enero de 2024. Marcelo, a diferencia de Ester, siempre cuidó mucho las formas para referirse a Altamira, aunque desde 2019 sus caminos políticos se separaron. Marcelo era un revolucionario amable y serio que no deformaba sus puntos de vista por la polémica. Lo cierto es que a Ester le dolió profundamente que cuando Marcelo murió, Altamira no le escribiera siquiera un mensaje. Resulta difícil entender ese silencio si se tiene en cuenta que fueron amigos desde aquellos días de escuela en el Hipólito Vieytes, empezaron a militar juntos en el MIR-Praxis de Silvio Frondizi, y pusieron en pie juntos una organización nacional que sobrevivió a la Triple A y a dos dictaduras militares.

Los que quedamos acá

«Lo que lamento», dijo al final de la última entrevista que me dio, «es morirme con el mundo como está. Después de haber tenido la seguridad de que íbamos cambiarlo.»

«Hay que ser ecuánime y ver que uno no es el único factor que juega en la historia», atiné a responder. Ella se rió. «Evidentemente. Te muestra mi ingenuidad.»

No creo que ella haya sido ingenua, sino honesta. Y en eso, como en casi todo, Ester Kitay fue hasta el final una persona que dijo lo que pensaba sin adornos, que cuidó a los demás con una generosidad que nadie le había enseñado ni pedido, que tocó el piano con pasión durante décadas después de haber estado en el infierno, que crió hijas que supieron lo que era la solidaridad antes de saber bien qué era la política, y que vivió —a contramano de lo que esperaban de ella— exactamente como quiso.

Ester padeció dos enfermedades raras: la de Waldenström (macroglobulinemia) y una micosis cutánea que le dejaba hematomas por todo el cuerpo que a veces se quebraban y sangraban. Los médicos le dieron cinco años de vida cuando tenía 52. Ella dijo que estaban locos, que quería ver crecer a sus nietos, y siguió con la quimioterapia. Cuando la oncóloga le dijo que no había más que hacer, siguió igual. “Nadie sabe qué hacer conmigo porque yo sigo viviendo”. Llegó a los 80 con las dos enfermedades, viva, lúcida y con opiniones firmes sobre todo.

Sus nietas le pidieron que les escribiera la historia de la familia. Esa era su obsesión. Según Ester, les intrigaba la cuestión de la inmigración en Francia. Tal vez porque ellas mismas, en definitiva, son producto de generaciones de inmigrantes. Una de ellas, hija de Miriam, que es agricultora en Bretaña, dibujó una bandera por Gaza en una servilleta de café mientras la familia discutía sobre Israel. «Parece un Miró», decía Ester, mostrando el dibujo orgullosamente. «Y tenía 16 años.» La otra se cortó el pelo cuando las mujeres iraníes se movilizaban contra el velo obligatorio, lo empaquetó y lo llevó a una asociación local de solidaridad.

Murió el 24 de marzo de 2026. Su partida tuvo lugar apenas 783 días después de la de su enamorado Marcelo Nowersztern, con quien conformó una pareja revolucionaria de 6 décadas. La nena con el cuchillo, su amor por Eulalia, las medialunas y el café que no aceptó, el dentífrico con la carta escondida, Hiroshima Mon Amour, los portuarios yendo a su parto, el piano que volvió: todo eso fue ella. Que sus nietos, los de sangre y los de corazón, conozcan su historia, la enriquezcan y la expandan. Donde haya solidaridad y rebeldía entre los explotados de cualquier origen, Ester vibrará con ellos y su huella socialista permanecerá imborrable. 

Este miércoles 1ro de abril, homenajearemos las vidas de Ester y de Marcelo en Pére Lachaise a las 16 hs. Puedes dejar tu mensaje a la familia debajo:

https://avis-de-deces.lart-funeraire.fr/avis-de-deces/ester-raquel-nowersztern-paris-c58e20d7

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.