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¿Gran prensa? Gran encubridora

Fuentes: Rebelión

Partamos de una verdad apodíctica. Sí, irrefutable de tan evidente. «Hoy los medios de comunicación constituyen un poder». La aseveración, de Ignacio Ramonet, director del periódico francés Le Monde Diplomatique, podría parecernos una perogrullada, un lugar común, pero ofrece excelente pábulo para el análisis. Sucede que desde que la burguesía fue tan fuerte como para […]

Partamos de una verdad apodíctica. Sí, irrefutable de tan evidente. «Hoy los medios de comunicación constituyen un poder». La aseveración, de Ignacio Ramonet, director del periódico francés Le Monde Diplomatique, podría parecernos una perogrullada, un lugar común, pero ofrece excelente pábulo para el análisis. Sucede que desde que la burguesía fue tan fuerte como para imponerse a los señores feudales sin necesidad de la ayuda de un rey absoluto, a lo sumo tolerando una monarquía constitucional, comenzó a pontificar sobre los tres poderes del Estado. Evoquemos al filósofo John Locke, o a Montesquieu: Poder ejecutivo, poder legislativo, poder judicial. Luego, con el desarrollo del capitalismo, la prensa sería denominada el cuarto poder. Cuarto poder que, como los otros tres, devenía atributo de una misma sustancia, para emplear la terminología de Benedicto Spinoza. Atributo, adarga del sistema que lo engendró: el capitalismo.

También hoy la prensa constituye un poder, sí. Pero un poder mucho mayor que cuando salvaguardaba al capitalismo premonopolista. Algo que, por supuesto, Ramonet sabe mejor que nosotros. Poder inmenso, por la concentración de las comunicaciones (puro monopolio, acotamos), con su consecuente limitación del derecho a la información, la imposición por esa vía de un pensamiento único, gracias al profundo papel ideológico que protagonizan las corporaciones mediáticas para tal fin… Y si ello fuera todo. El conocido analista de los medios cree que existe un enorme condicionamiento intelectual. «La comunicación, los medios de comunicación de masas se ligan, casi juntos, para, cualquiera que sea su opinión, defender un esquema según el cual la solución neoliberal no sólo es única sino que es la mejor. La idea es hacernos creer que estamos en el mejor de los mundos y, aunque vayamos mal, probablemente en otros países se está peor, y si aplicásemos otra política sería aún peor».

Esa actitud acomodaticia, ese apoltronamiento en que «este es el mejor de los mundos», fue denunciada en su momento por el irreverentísimo Voltaire, con un personaje de la novela Cándido o el optimismo que ve toda la realidad con lentes color de rosa. Pero, sin lugar a duda, la historia se repite. Si antes drama, ahora farsa. La llamada gran prensa suele encarnar al doctor Pangloss para persuadirnos de lo mismo. Y en su «descargo» asentemos que para ella verdaderamente éste tiene que ser un mundo ideal, por la sencilla razón de que, si otrora protegía el sistema que la cobijaba y del que sacaba una jugosa tajada, en la actualidad el salto ha sido cualitativo, porque, al decir de nuestra fuente, «defienden una concepción de la sociedad, defienden una concepción del mundo en la que ellos creen, porque los medios de comunicación están, ellos mismos, muy implicados en la nueva economía». Lo que significa que la gran prensa ha pasado de alabardero y dueño relativamente menor a gran dueño. A multimillonario vergonzante, ya que sigue escudándose en los sofismas de la libertad de expresión y la objetividad absoluta, entre otros.

Ignacio Ramonet declaraba en cierta ocasión a la prensa que los medios de comunicación han cambiado su situación en la pirámide de poder. «De hecho, los medios de comunicación, que antes aparecían como cuarto poder, porque podían criticar el funcionamiento del poder desde el exterior, hoy constituyen un (único) poder, y siguen sin querer aceptar la idea de que son un poder y que por consiguiente tienen que ponerse en causa de ellos mismos». De esta cita, algo desaliñada porque está hecha de palabras improvisadas, habremos de sacar la conclusión de que esas hipóstasis del poder en el capitalismo, esa sagrada familia que son el poder ejecutivo, el legislativo y el judicial, más la prensa en cuarto lugar, se funden cada vez más, de resultas de intereses materiales comunes. Entonces, ¿podría hablarse de objetividad absoluta a la hora de juzgar a las otras tres cabezas de la hidra y, en última instancia, al poder de los capitalistas, al poder de Don Dinero?

Que nadie nos venga con la libertad de expresión. Los grandes medios tienen hasta su propia guerra. O sea, se involucran con ansia irredimible en la otra: la de misiles contra antiaéreas antediluvianas y armamento ligero. Las rapiñas imperialistas de nuestra época no solamente se despliegan en el plano militar, sino, paralelamente y con similar intensidad, en el tapiz de la comunicación noticiosa.

Veamos, si no -y ya lo señalábamos en otra parte-, las filigranas con que la oposición venezolana ha copado toda la gran prensa de su país, con el objetivo de construir una opinión pública anuente a cualquier acción violenta contra el presidente Hugo Chávez. Prensa que no atinó siquiera a la técnica del avestruz cuando, tras la intentona golpista, se pusieron de relieve las trapisondas mediáticas. Y que se permitió regodearse en el engaño, ahora por omisión: encorsetó la situación con el más espeso silencio, a pesar de que el Gobierno constitucional hizo galas de democratismo acendrado, al abstenerse de clausurar publicaciones mendaces -mejor decir mentirosas- y de confinar en cárceles a plumíferos opuestos a la Revolución Bolivariana.

Evoquemos igualmente, a vuelo de pájaro, el cerco tendido alrededor de Allende, en un Chile donde parece han bebido los pariguales venezolanos del rotativo El Mercurio, entre otros. ¿Alguien consciente habrá olvidado la censura impuesta por los personeros de la Oficina Oval a unos reporteros privados del acceso directo a los centros neurálgicos del conflicto en Afganistán, el de Iraq, y hasta de referirse al monto de las víctimas civiles de la asimétrica arremetida? ¿Dónde queda la tan cacareada autonomía de la prensa? Adónde se fue la tradición de pensamiento representada por el filósofo y economista Stuart Mill (1806-1873), celoso propugnador de la libertad individual y los derechos civiles? Tradición de la que siempre se han enorgullecido los norteamericanos, quienes la han refrendado en la primera enmienda de la Constitución, la cual pone énfasis en la libre expresión de las ideas y, por tanto, en la libertad de pensamiento. La «displicencia» respecto al manipulado caso de los cinco cubanos antiterroristas aherrojados en el Imperio se torna prueba (una junto a incontables) de la manera con que la descomunicación (más que comunicación) gringa obvia los pilares en que supuestamente se afinca.

Empero, seamos justos: la relativa heterogeneidad de los propietarios -relativa porque el monopolio se impone y, en última instancia el sistema íntegro, prensa incluida, se yergue como propietario y velador colectivo de la «seguridad nacional»- permite el «milagro» de una noticia escapada, el hecho de que un rotativo revele la componenda de otros. Maticemos. A pesar de que Norteamérica está «agraciada» con el 70 por ciento de la información que anda y desanda el planeta y de que la mayoría de las 25 transnacionales que copan la rama le pertenezcan, algún que otro medio se exhibe parcial o temporalmente apegado a la objetividad. Ah, y ¿qué de ese bumerán que resulta Internet, tachonado de hendijas por donde se filtra el resplandor de la verdad?

Claro, tampoco sin dramatizar ni caer en la hipérbole, la exageración complaciente. La nombrada gran prensa norteamericana, occidental, a la postre cierra filas con la clase política, y denuncia lo erróneo, lo inhumano, sólo hasta tanto, o hasta donde, sus propios intereses no sean perjudicados. Es repulsivo conocer que, mientras analistas de valía revelaban que la anunciada guerra contra Iraq mandaría a la baja los mercados del mundo y que, de extenderse -como se está extendiendo-, causaría estragos incluso en la economía gringa -sector turístico, líneas aéreas, aseguradoras, inversores-, se constataba que se beneficiarían, se benefician, junto con las petroleras, ¡las compañías de los medios de comunicación!…

Algo que, a no dudarlo, ofrece base suficiente para concluir que la gran prensa se arroga dos derechos «divinos»: el de dueño, vergonzante, y el de alabardero de un sistema que la cobija, la mima, en bien de los sacrosantos intereses privados. Anverso y reverso, sí, de una misma moneda. Una moneda de oro tintineante.