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La jactancia del diario español El País

Fuentes: Rebelión

El diario El País, según se desprende de la leyenda que figura al pie de su título, ha dejado de ser independiente para convertirse en global. Los lectores de a pie no entendemos qué quiere decir eso de global, aunque apreciamos algunos cambios en los tipos de letra y en la ubicación de las diversas […]


El diario El País, según se desprende de la leyenda que figura al pie de su título, ha dejado de ser independiente para convertirse en global. Los lectores de a pie no entendemos qué quiere decir eso de global, aunque apreciamos algunos cambios en los tipos de letra y en la ubicación de las diversas secciones, amén de muchos colorines. ¿Señalan estos cambios la globalidad? El caso es que tampoco entendíamos antes lo de independiente, pues siempre estuvo claro que no lo es.

En un artículo titulado Autocelebraciones, publicado hace años en La Fiera Literaria, escribía Víctor Moreno: «El País se considera el rey del mambo cultural, político, económico, institucional, etc. Y es que Polanco se cree el inventor de la democracia, de la libertad, del Estado de Derecho, de la oveja Dolly y del jamón de Jabugo». Aducía Moreno una cita de un artículo de Savater, como ejemplo del tono prepotente y engreído propio del periódico de Prisa cuando habla de sí mismo, que es todos los días. «Desde hace diez años, es la vida española la que se las ve y se las desea para ponerse a la altura de este redivivo chafardero indomable. El País no necesita buscar los acontecimientos para dar cuenta de ellos, pues son más bien éstos los que le buscan sin tregua para darse cuenta de sí mismos». En el mismo artículo, escrito con motivo del décimo aniversario del periódico, el profesor de filosofía, ensayista y novelista a petición de Planeta, devenido filósofo por las autoridades culturales de Prisa, añadía, ya en plena borrachera de autocomplacencia: «los editoriales de El País no son ni la razón ni la verdad, aún menos la buena o mala nueva; pero sus verdades suelen venir lo suficientemente razonadas como para que hasta sus errores resulten útilmente refutables» (5 de junio de 1986).

No hace mucho, el lunes 22 de octubre pasado, con motivo de la iniciación de la nueva etapa, caracterizada por la globalización aludida, el rotativo más autocomplaciente del mundo publicó la siguiente carta en la sección «Cartas al director»:

Un nuevo PAÍS para Daniel

Suelo aprovechar los domingos para holgazanear entre las sábanas y despreocuparme de la hora. Confieso que a veces llego a programar el despertador sólo para disfrutar apagándolo y regresar a ese último sueño. Pero este domingo no he podido hacerme el remolón. Estaba previsto que fuera hoy desde hace unas semanas. Lo habíamos comentado con ilusión en la familia, entre los amigos y en la escalera con los vecinos. Su llegada nos iba a cambiar, a mejor, sin duda. Es el resultado final de un largo proyecto. Es el presente, pero sobre todo el futuro. Y, aunque no sabíamos qué apariencia iba a tener, lo que era seguro es que nos iba a acompañar de por vida. El sábado por la tarde se puso todo en marcha y, aunque la noche se hizo muy larga (se resistía amanecer), el domingo temprano, temprano para mis domingos, me dieron la buena nueva: ya está aquí. Ha pesado tres kilos y cien gramos, y ha nacido con los ojos muy abiertos, con ganas de comprender lo que le rodea.

Felicidades por ese renovado PAÍS que sigue haciendo mejor el país donde crecerá Daniel.

Eduardo Sánchez Martínez. Madrid

Es sublime, un cuento de hadas mediático. Todo el mundo sabe que muchas de las «cartas al director» se confeccionan en la redacción, para decir lo que se quisiera que dijese otro. En este caso, da igual. Qué bien describe en cualquier caso al buen burgués, celebrando ilusionado con su familia las hazañas del matutino de Prisa y, los domingos, desperezándose entre las sábanas mientras se rasca el pelotero. Todos, menos ese domingo histórico del nacimiento del global., en que, tras una noche desvelado por la impaciencia, saltó de la cama para, sin desayunar sus tradicionales churros, irse al quiosco más cercano para conocer al recién nacido, animado por los «vivas» y «olés» de su familia y sus vecinos, que lo festejaban desde antes de nacer, sabiendo que los iba a acompañar de por vida.

Cual no sería su alegría al ver que estaba sano y había pesado tres kilos y cien gramos, cincuenta más que doña Leonor y cien menos que don Juan Froilán. Parece como si hubiera sido el propio burgués el que había roto aguas. Y es que es mucha felicidad pertenecer a la familia prisana.

El buen burgués seguramente inexistente, de la derecha moderada como el propio global, tiene un hijo llamado Daniel. Daniel, nombre de profeta, que si, en vez de leer a Harry Potter, lee el matinal dispuesto -¡por fin!- a comprender lo que le rodea, tiene asegurado un futuro venturoso.

Increíble. Aunque fuera verdaderamente de un lector, esta carta no es para publicarla, sino para sonrojarse y ocultarla, tan ridícula, babosa, cateta, cursi y hortera es.