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Los lectores de El País nunca supieron los datos definitivos

La prensa española llama empate a una victoria de Evo Morales del 67’41 % de los votos en el referéndum

Fuentes: Diagonal

El pasado 10 de agosto, los bolivianos fueron convocados a las urnas para posicionarse en un referéndum revocatorio sobre su presidente, su vicepresidente y los prefectos -una especie de gobernadores locales-. Este referéndum es una figura legal que permite a los ciudadanos confirmar o cesar a sus representantes sin tener que esperar a la finalización […]

El pasado 10 de agosto, los bolivianos fueron convocados a las urnas para posicionarse en un referéndum revocatorio sobre su presidente, su vicepresidente y los prefectos -una especie de gobernadores locales-. Este referéndum es una figura legal que permite a los ciudadanos confirmar o cesar a sus representantes sin tener que esperar a la finalización de la legislatura. El resultado en el ámbito nacional fue un apoyo masivo a Evo Morales y a Alvaro García Linera, en los referendos departamentales todos los prefectos del MAS de Evo Morales salieron ratificados mientras que la oposición perdió a dos.

Sin embargo, a estas alturas, con el recuento definitivo, los lectores de El País en versión papel no saben que Evo Morales logró el apoyo del 67,41 % de votos en el referéndum revocatorio del 10 de agosto porque los datos que facilitó el periódico fueron los provisionales del día 11, señalando que habían logrado entre el 56 y el 60 %, o los del día 12 que afirmaba el diario que era de 63 %. Tampoco sabrán los lectores que el partido del gobierno mantiene la gobernación del departamento de Oruro, donde el prefecto, partidario de Evo Morales, logró el 50,86 % de los votos, mientras el día 11 El País manejaba la información de que había perdido y el 12 titulaba que «El Gobierno pierde Oruro (…)». El diario español ya nunca difundió los datos definitivos en su versión de papel.

No solamente eso. Preguntemos a un estudiante de periodismo cómo titularía la noticia sobre un referéndum revocatorio en el que el gobierno lograse el 67,41 % de los votos. Y ahora veamos como lo hizo El País: Bolivia se hunde en la división (11-8-2008), El centralismo indígena se enfrenta a las autonomías (11-8-2008), Morales hace un llamamiento a la unidad nacional para salir de la crisis (12-8-2008), El Gobierno pierde Oruro y la oposición La Paz y Cochabamba (12-8-2008), La hora de la Constitución indigenista (12-8-2008), Colisión en Bolivia (Editorial 12-8-2008). Ningún lector conocería la victoria de Evo Morales leyendo los titulares. Algo similar le hubiera sucedido si acudía a la BBC: Bolivia/referendo: un país dividido y Un empate con incertidumbre.

Ahora veamos los textos de las informaciones. La primera noticia de El País que aborda el resultado del referéndum comienza así: «Las urnas confirmaron esta madrugada (hora española) la profunda división política y geográfica que vive Bolivia». A continuación ofrecen los datos provisionales en los que, como vimos antes, informan de «56 % a 60 %» de votos el apoyo a Evo que fue finalmente de 67,41 %; 70 % al prefecto (gobernador) opositor del departamento de Santa Cruz que fue en realidad de 66,43 %, 66% del gobernador también opositor de Tarija que acabó con 58,06 % y señalan como perdedor al pro Evo Morales de Oruro que, finalmente, superó la mitad de los votos. Con esos datos que, casualmente, terminaron variando todos a favor de Evo Morales, el diario afirma «La partida boliviana sigue, según todas las encuestas, empatada».

El Mundo el día 11 de agosto titulaba con el dato provisional de la victoria de Evo Morales, El 60 % de los bolivianos ratifica al presidente Evo Morales en el referendo , pero comenzaba con la recurrente tesis del empate afirmando: «Con los resultados que arrojan las encuestas a pie de urna, se configura un empate entre las dos Bolivia: la que aprueba el proyecto revolucionario-indigenista de Morales y la que aspira a insertar a uno de los países más pobres de Suramérica, en el ámbito de la globalización y en las políticas de libre mercado».

Hay otra cosa curiosa en El País ese mismo día, un breve perfil de cada uno de los protagonistas. De forma que del vicepresidente Alvaro García Linera dicen que «perteneció al Ejército Guerrillero Tupak Katari y cumplió condena por terrorismo» y del prefecto opositor de Cochabamba «ex militar que se ganó la simpatía por la transformación de la ciudad en su gestión como alcalde». Pero la realidad fue que García Linera, aunque perteneció a ese grupo armado, la razón de su arresto fue estar acusado de destruir unas torres de tendido eléctrico, se le aplicó prisión preventiva durante cinco años, finalmente el juicio no progresaría y el presunto delito prescribió sin sentencia ni condena. En cuanto a Manfred Reyes, lo de ex militar podrían haberlo explicado mejor. Por ejemplo que fue entrenado durante el año 1976, en la Escuela de las Américas, donde Estados Unidos entrenó a dictadores y represores de América Latina. Reyes salió formado para colaborar con la dictadura militar del golpista Luis García Meza, quien fue condenado a treinta años de cárcel, por crímenes de Estado. Reyes estuvo relacionado con la masacre de la calle Harrington, planificada en la casa de su padre (Armando Reyes Villa, condenado junto con el ex dictador), y con centenares de desapariciones y detenciones durante esa dictadura militar. En cuanto a la «simpatía» que dice El País que se ganó este prefecto, se pronunciaron en su contra el 64,81 % de los votantes de Cochabamba, mientras que García Linera recibió el apoyo del 67,41 % de los votantes de todo el país.

En El Mundo, una crónica del corresponsal comienza informando sobre un grupo indígena afín a Morales: «Degollar a dos perros, frente a las cámaras de televisión, fue una de las últimas acciones de los temibles Ponchos Rojos». Pero eso ocurrió el año pasado, en diciembre, hacía ocho meses. El texto habla de «una organización paramilitar, formada por unos 20.000 indígenas de la región de Omasuyos». Se trata de las milicias denominadas efectivamente Ponchos Rojos, pero que entregaron sus armas un mes antes, por cierto, fusiles checos de los años treinta en su mayoría inservibles. Publican también una entrevista al ex presidente Carlos Mesa donde se afirma: «El entonces líder de los cocaleros bloqueaba carreteras, y hoy los mineros le atacan con dinamita a las puertas del Gobierno» . Se refiere a la Coordinadora Obrera Boliviana (COB), que no han atacado al gobierno, sólo se manifestaron en protesta por la ley de pensiones y utilizaron cartuchos de dinamita debilitados como hacen siempre en sus manifestaciones y, por cierto, firmaron un acuerdo sobre esta ley con Evo Morales días antes del referéndum.

Los ex presidentes críticos con Evo Morales dan mucho juego, el día anterior al referéndum era El País quien entrevistaba a Jorge Tuto Quiroga («Bolivia es un satélite absoluto del chavismo»). Lo curioso es que lo presentan sólo como ex presidente y líder del partido opositor Podemos, sin referencia ideológica alguna, ni siquiera explican que es el partido de la derecha y que fue vicepresidente con el dictador Hugo Banzer, a quien sustituyó cuando renunció por enfermedad.

El día 12, El País sigue insistiendo con su interpretación de empate: «Ya en sus declaraciones anteriores, el presidente boliviano parece inclinarse por la negociación como única salida realista al ya archiconocido ‘empate catastrófico'». Curiosa forma de denominar a conseguir el 67,41 % de los votos.

La tesis se redondea en el editorial: «La victoria del presidente Morales en los referendos revocatorios no resuelve la crisis», «La batalla entre el centralismo e indigenismo fundamentalista de la presidencia y la descentralización extrema de la oposición». No hay ningún centralismo, es la legislación vigente que dota de autonomía a los departamentos similar al resto de países de América Latina. Y tampoco hay ningún indigenismo fundamentalista (más tarde denominan «indigenismo excluyente»), el vicepresidente no es indígena y no existe ninguna legislación que margine al no indígena.

El análisis de El Mundo del día 12 roza el racismo: «Pero la experiencia indica a los bolivianos que deben ser cautelosos, ya que Evo tan pronto entierra como desentierra el hacha de guerra. El jefe de Gobierno apenas mencionó su proyecto de diseñar una nueva Constitución basada en el predominio indígena. Pero nadie es tan ingenuo como para creer que ha descartado las ideas que forman parte de su genética».

También encontramos en El Mundo errores en los resultados, que no se rectificaron cuando se supieron los datos definitivos: «Por ejemplo, el gobernador de Santa Cruz, Rubén Costas, con 66,6 % votos a favor, obtuvo mayor apoyo en su provincia, que Morales a nivel nacional «.

Ningún medio informó de cual era la página oficial del centro electoral boliviano para que los lectores pudieran conocer de primera mano los resultados.

El análisis orgánico de Miguel Angel Bastenier en El País el día 13 niega la legitimidad a quienes han arrasado en las urnas y escribe que «Una mayoría numérica de conjunto no parece un gran ejemplo de democracia si se quiere imponer a otras mayorías, aunque sean sólo sectoriales». A quienes se sublevan de forma unilateral contra la legislación vigente los califica de «autonomía occidentalista» y al gobierno estatal de «centralismo democrático indigenista».

Como se puede observar, todo -noticias, editoriales y análisis-, adaptado al mismo guión y, por cierto, común en estos dos diarios y, sin ninguna duda, en la mayoría de la prensa española.

www.pascualserrano.net

Este texto es una versión ampliada de la publicada en el último número del periódico Diagonal.

Pascual Serrano es autor de Medios violentos. Palabras e imágenes para el odio y la guerra . Mayo 2008. El Viejo Topo.

El racismo difuso de la prensa ibérica
Jesús Espasandín, coautor del libro Bolivia en movimiento.

Hablar de racismo en Bolivia es hablar de un sistema de dominación social que lleva siglos readaptándose a circunstancias cambiantes, por lo que no cabe conceptualizarlo como una pervivencia anacrónica de un pasado colonial pretendidamente superado, sino como la médula de buena parte de sus relaciones sociales actuales. Sus manifestaciones son variadas. La esclavitud en el Alto Parapetí, la desposesión territorial, la exclusión laboral y la discriminación salarial coexisten con la biopiratería, el desconocimiento de autoridades y sistemas normativos comunales, el desprecio, la invisibilidad audiovisual y la imposición de una educación y de una institucionalidad monoétnica a las mayorías.

El tratamiento del Revocatorio por parte de la mayoría de los medios españoles tiene varias líneas : Evo no es indígena porque no se expresa en quechua y aymara con total fluidez. Su «indigenismo» -término mal empleado, que alude a la «política para indígenas» de los no indígenas- se traduce en un proyecto de Estado excluyente, centralista, racista, autoritario, exclusivo del Occidente y rechazado por los indígenas orientales. El origen de la confrontación no se encuentra ni en la pobreza ni en el racismo (del que supuestamente los indios serían partícipes al mismo nivel), sino en el abuso multisecular del centralismo, que ahora adopta la forma de un «indigenismo» revanchista que sólo pretende sustituir a quienes les habían gobernado y hacerse con la mayor parte del pastel (El País 13-08-2008).

Así las cosas, poco importa que no analicen un ápice del proyecto de descolonización incluyente al que apoya más del 40% del departamento más hostil. Da igual que dicho proyecto se articule con el «nacionalismo plebeyo», que aglutina a una diversidad de sujetos damnificados por el neoliberalismo, sean indígenas o no. Es irrelevante que de 1890 a 1920 el Estado diese vía libre a barones del Oriente para que actuasen como agentes concesionarios las guerras de exterminio indígena, que entre 1955-1960, Santa Cruz consolidase su burguesía agroindustrial con el 41% de la financiación norteamericana a la Revolución ’52 (Plan Bohan) o que los Gobiernos de Banzer y Paz Zamora engrosaran los latifundios orientales con concesiones fraudulentas de tierras. Da mismo que las hostilidades no estallasen antes, cuando se marginaba los oprimidos de los enjuagues nocturnos entre las élites centrales y locales, todas ellas coloniales, a fin cuentas. Han optado por trivializar el racismo, por negarlo o proyectar sobre la víctima el atuendo del verdugo. Una vez que se prescinde las relaciones de poder en el análisis, todo vale, incluida la especialidad la casa, que es buscar titiriteros. Chávez, Marx, Hitler o el flower power. Y hasta Judas, si hace falta.

Viendo las dimensiones étnicas la acumulación en Bolivia, para mantener incólumes las lealtades del negocio de la comunicación, no basta sólo con camuflar el exhorto público del alcalde cruceño a las FF AA para que den un golpe de Estado días antes del Revocatorio. Para jugar en timba de esta otra periferia hay que agitar los dados de la xenofobia. Por eso nadie debería sorprenderse descubre que en su periódico se cocina el caldo de cultivo de un racismo difuso de conciencias limpias. Esperar otra cosa de ellos sería como pedirle peras al olmo.

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