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La urgencia de un cambio de mentalidad profundo

Fuentes: Rebelión

Quebrar el liberalismo en la acción económica es la única forma de avanzar en un proyecto productivo. (Para debatir antes de salir de la cuarentena).


Vamos a insistir con un tema que, al ser esencial, reclama un cambio de mentalidad profundo. Es así: el dinero que el Estado vuelca sobre la sociedad pertenece a la sociedad y es la garantía del crecimiento nacional. La retención de esos recursos con el objetivo de “ahorrar” desacelera su circulación y perjudica un nuevo ciclo de consumo y producción.

AHORRO, GASTO E INVERSIÓN. Toda la propaganda liberal, inserta en el cuerpo social por décadas a través de los grandes medios sin que muchos dirigentes de nuestro movimiento sean la excepción, apunta a controlar el gasto, evitar lo que llaman “dilapidación” y a través de una sutil identificación de niveles incluye como “corrupción”. Apunta a promover el ajuste.

Así, la gestión que inyecta dinero en la comunidad, en vez de ser apoyada por su acción para fomentar el circuito de crecimiento, es evaluada negativamente, mientras que la que restringe esa inversión, merece aplausos por “austera”, “equilibrada” y “ahorrativa”. Se presume que de tal modo “cuida” el dinero del país.

Sin embargo, al cortar el circuito, congela los recursos y anula el único ahorro genuino de una sociedad, la circulación dinámica de la moneda, que insufla vida a la economía general. Cuando un gobernante guarda el dinero de la sociedad con el argumento de ahorrar y no dilapidarlo, lo que hace es evitar que esos beneficios vuelvan a incentivar la producción.

EL PODER DE COMPRA SOSTIENE EL ESTADO. Esto es particularmente cierto en una sociedad como la Argentina que, además de contar con una capacidad instalada de valor, un know how significativo y recursos naturales excepcionales, posee un esquema impositivo regresivo que necesita de la adquisición directa de bienes de consumo para agrandar la recaudación fiscal.

Más allá de lo que cotizan las empresas en funcionamiento –menos de lo que deberían-, el fuerte de la tributación nacional radica en el Impuesto al Valor Agregado, que cada ciudadano abona a la hora de comprar los productos. Si ese enorme volumen de dinero colocado a diario no es devuelto al cuerpo social, se inmoviliza y pierde valor de uso.

Ese es el sentido del crédito y por tal razón es importante la banca. El concepto nacional de las finanzas se asienta en insertar más dinero en la cadena de producción y compra. Está amortizado por su propio destino, ya que al generar elaboración de bienes facilita su devolución a partir de las ventas generadas por esa producción hacia un mercado con buena liquidez.

Por supuesto que hay muchísimos factores más, como la discontinuidad en la sustitución, lo cual origina una dolarización interna en el valor de los productos debido a la necesidad de importar componentes que contribuyen al producto final. También, las variaciones en los precios internacionales, que no dependen del Estado local. Asimismo, que muchas firmas –por falta de control estatal, por su propia configuración y/o por venalidad- remesan sus ganancias al exterior.

Pero esos datos son insertados en el análisis para confundir los ejes porque las necesidades del mercado interno siguen siendo las mismas en cualquier caso. Esos planteos, tan difundidos en los medios concentrados, también aprovechan otras medias verdades para difundir grandes mentiras: por ejemplo, que una economía de vasta producción con inflación está “recalentada” y exige, para ordenarse, un proceso de “enfriamiento”.

Nada más equívoco. De esa fase del engaño surge el vínculo con los asertos “ahorrativos” señalados previamente y contamina buena parte de la opinión pública y casi la totalidad del funcionariado, que deriva en una acción de rasgos anti productivos aunque declame pasión por el capitalismo, contracción al trabajo e inclusive, perfil industrialista nacional popular.

Son liberales. En el sentido arcaico y parasitario que ese término posee en nuestro país. No entraremos a debatir si está bien o mal aplicado el concepto, ni su equivalencia con denominaciones semejantes en otras naciones. Algunos dirigentes estatales creen serlo, otros piensan que no lo son pero actúan en consecuencia y hasta dan muestras de buena conducta fiscal para demostrar que no dilapidan recursos estatales.

Sin embargo, el diagnóstico de la introyección del pensamiento liberal en las propias filas puede llevar a conclusiones políticas equívocas. Por caso, como hemos visto, a indicar que el movimiento nacional es una mera variante de las corrientes antinacionales y que no tiene sentido apoyar a las autoridades que surgen del mismo. La lucha por el cambio de mentalidad hay que darla allí, porque el lugar social del cual proviene es el que brinda el entorno y el impulso adecuado para la reformulación.

MIENTRAS MEJOR, MEJOR. Esta es la tragedia de la economía argentina. Con cuarentena –por un rato- y sin cuarentena –por décadas-. Los funcionarios tienen la tendencia a recortar beneficios en vez de reproducirlos, lo cual tiene como resultado barrer del mercado interno, en tanto consumidores, a sectores enteros de la población. Esto genera menor capacidad de compra y por tanto, menor recaudación.

El caso de los jubilados es un ejemplo extremo. Con las absurdas batallas que tantos –no todos- los funcionarios han desplegado para achicar los ingresos de quienes consideran “pasivos”, lo que logran es eliminarlos como compradores; es decir, adquieren menos productos y restringen así su aporte a la recaudación por IVA. Lo mismo pasa con los derechos laborales en general, ya situados dentro del rubro activos.

Mientras menos aumentos, aguinaldo, beneficios, vacaciones, posee un trabajador, menos dinero provee al fisco, aunque los responsables de esos recortes crean ayudar con sus restricciones al ahorro fiscal. Esto que decimos es muy evidente, pero la propaganda ha sido tan abrumadora desde 1955 hasta el presente, que el concepto de “ahorro” para la inmovilización de los recursos nacionales está inserto en todos los estratos del país.

Dilapidación es endeudarse sin necesidad; es entregar las empresas públicas a privados extranjeros; aprovechar la fuga de capitales originados en el país; subvencionar actividades primarias; abonar fortunas en publicidad a los medios concentrados; facilitar la explotación de recursos naturales con baja o nula carga impositiva; permitir una renta extraordinaria a las corporaciones financieras. Y tanto más.

Dilapidar no es otorgar sólidos ingresos a los jubilados, fomentar la expansión de los derechos laborales, ayudar espacios sociales damnificados, insertar créditos a la producción, respaldar empresas medianas y cooperativas, invertir lo necesario en el deporte profesional y amateur, sostener actividades culturales. Y tanto más. Todo eso, habitualmente evaluado “deficitario” vuelve y se reproduce en más empleos y mayor poder de compra social.

Todo eso es imputado como populista desde las usinas que promueven la argumentación de la miseria. Encima, con el descaro de sugerir que esas políticas que han hecho crecer a nuestra nación en otros períodos y han sido adoptadas por las regiones que hoy ejercen el liderazgo mundial, generan clientelismo y dañan la producción. Los promotores del verdadero déficit –el corte del circuito que devuelve a la sociedad lo que la sociedad produce- se yerguen en jueces y se pretenden productivistas.

En esa mentalidad afincada dentro de una parte importante de nuestra propia dirigencia es posible hallar el fundamento de los errores que se perciben en la acción económica gubernamental. Decir que esto sucede ahora porque hay cuarentena es una equivocación pues aún con un PBI reducido es posible delinear la dirección de una política. Pero hagamos esa concesión y digamos: bien, vamos a pensar en el futuro, entonces.

Pero pensemos en serio. Situados en el interés de nuestro pueblo y perfilados hacia la creación de una nación industrial. Porque el ajuste, el cese del circulante, los bajos salarios y las restricciones, son el programa de la decadencia, de una economía derruída, y un país sin destino.

Gabriel Fernández. Director La Señal Medios / Sindical Federal / Area Periodística Radio Gráfica.