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Fotografiar la tragedia

Lo que quieren realmente las víctimas

Fuentes: CounterPunch

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández.

Cuando uno contempla imágenes de las personas que han tenido que huir de Siria en sus miserables campos de refugiados y escucha sus súplicas de solidaridad, misericordia o la ayuda de Dios para poder poner fin a sus sufrimientos, se encuentra con espeluznantes similitudes entre sus experiencias y las de los palestinos, libaneses e iraquíes. Sin embargo, la peor parte de la tragedia se produce cuando ésta es tan prolongada que las grabaciones de video, las fotos y los relatos personales destinados a delinear una realidad urgente terminan convirtiéndose en el estado omnipresente de las cosas, en un statu quo penoso y humillante.

Pero, ¿hay alguna línea de demarcación que los refugiados crucen en la que dejen ya de representarse una auténtica crisis -humanitaria, política, de cualquier tipo- únicamente para poder subsistir dentro de su angustia, limitándose a contar los días en las tiendas azules proporcionadas por la ONU mientras esperan la salvación? ¿De qué sirve una foto cuando la conciencia humana se ha vuelto insensible y apenas aprecia la expresión artística de la foto ni la crisis moral y política que representa?

Estos pensamientos y otros más ocupaban mi mente cuando el 15 de febrero, Paul Hansen, un fotógrafo sueco del diario sueco Dagens Nyheter, ganó con toda justicia la Foto del Año 2012 de World Press. Según Reuters, es «el certamen anual más importante del mundo de fotografía de prensa».

La foto ganadora documentaba un suceso que en los últimos años se viene repitiendo cientos de veces en Gaza. Desconsoladas familias y vecinos desbordados de dolor y desesperación llevando los frágiles cuerpos de sus pequeños que han muerto asesinados en uno u otro de los ataques israelíes. Caminan hombro con hombro por las callejuelas de sus pueblos o campo de refugiados, llorando, gritando y pidiéndole a Dios que se lleve a sus niños al paraíso. Los fotógrafos toman numerosas instantáneas, seleccionan y publican algunas y las mejores consiguen en ocasiones algún premio. Lamentablemente, ni aún así cambia algo en la persistentemente angustiosa realidad.

Una demanda casi característica de la mayoría de las víctimas es que el mundo conozca su dura situación. Tienen la impresión de que cuando el «mundo» lo sepa, el «mundo» no permitirá que la injusticia se perpetúe. Por supuesto que no es algo tan simple, especialmente en el caso de los palestinos.

Refiriéndose a la foto ganadora, la integrante del jurado Mayu Mohanna dijo: «La fuerza de la foto radica en que es fácil captar el contraste entre la rabia y el dolor de los adultos con la inocencia de los niños. Es una foto que no voy a olvidar». Las fotos que se toman en Palestina reflejan a menudo esa misma experiencia, el contraste entre una cosa y algo más: una mujer que llora ante su casa demolida mientras los colonos celebran una nueva conquista, o una familia aterrada ante una redada en su casa mientras los soldados destruyen con entusiasmo sus muebles, y así un millón más. No hace falta decir que a menudo son fotos de escenas sangrientas o incluso «artísticas».

Desde luego, no es responsabilidad del fotoperiodista ni de los jueces que premian la fotografía asegurarse de que el significado de la foto se difunda de forma que afecte en los resultados políticos y humanitarios. Sin embargo, qué preocupante resulta que esos penosos conflictos se reduzcan a fotos, grabaciones y sonidos que finalmente lleguen a apreciarse por algo que no sea la urgente y absoluta necesidad de impulsar cualquier acción necesaria para conseguir que el sufrimiento de la gente termine.

Hay una foto de Samer Issawi, un prisionero político palestino que al parecer ha mantenido la huelga de hambre más larga de la historia moderna, cuando era introducido y sacado en silla de ruedas de una sala de un tribunal israelí. Fue tomada por activestills.orgs, cuyo trabajo ha conseguido hitos importantes a la hora de difundir imágenes poderosas sobre la lucha palestina, la ocupación israelí y otros temas. En la foto, Samer parece una sombra de sí mismo (el joven, que ya era delgado, había perdido 35 kilos), con las manos estrechándose el pecho, la barba larga y sin recortar, pero su rostro está resplandeciente como si se sintiera agradecido ante el hombre o mujer que tomó su foto mientras los impacientes funcionarios del juzgado y de la prisión israelí le arrastraban a alguna parte. Samer confía naturalmente en que esa foto y otras muchas puedan utilizarse como herramienta para extender un mensaje sobre su grave situación y sobre algo más importante: la causa colectiva que representa. Sus partidarios quieren conseguir algo similar. Pero sin una voluntad política, sin acciones y presiones reales, es probable que esa foto termine en algún archivo con muy pocas consecuencias sobre el destino de Samer y la libertad de miles de presos palestinos en las cárceles israelíes.

Palestina, que se hizo mucho más perceptible en 1987, cuando empezó la primera Intifada, ofreció increíbles oportunidades de fotografías a los periodistas. No era precisamente algo muy común que toda una nación tomara la calle donde los jóvenes se enfrentaban con tirachinas y las manos vacías, sin parar durante años, a soldados muy bien equipados. Incluso una foto al azar de niños descalzos en guerra con los tanques israelíes ofrecía muchos «contrastes» y valor artístico. Volviendo a entonces, muchos palestinos estaban convencidos de que una vez que esas imágenes llegaran al mundo, la marea se volvería a favor de los derechos de los palestinos. De hecho y hasta cierto punto así fue, como si de repente se descubriera que los palestinos existían más allá de los estereotipos que Israel había logrado urdir sobre ellos mediante su influencia en los medios de comunicación. Sin embargo, la barrera entre los sentimientos de la gente y la acción del gobierno se mantiene en pie. Que las autoridades estadounidenses vieran o no las fotos de la Intifada influía bien poco, porque la posición del gobierno de EEUU sobre el conflicto israelí-palestino no ha estado nunca determinada por valores tales como los derechos humanos, la libertad y el derecho a la libre autodeterminación. La totalidad de las fotos de todos los niños que mueren no va a alterar ni una sola de las notas a pie de página del «incondicional apoyo» estadounidense a la doctrina israelí. Esas imágenes deben ir por tanto acompañadas de apasionado activismo político, decididas presiones públicas, acciones legales y numerosos métodos para hacer responsable a Israel por esas cruentas imágenes/realidades, así como a EEUU, por permitir que Israel haga lo que se le antoje masacrando palestinos.

Una foto, por sí sola, no importa lo artística, impactante, fascinante, incluso indignante que pueda ser, no es suficiente. Debe combinarse o ir seguida de actuaciones sólidas y una estrategia clara para asegurar que llegue el día en que no existan esos trágicos contextos para que los fotógrafos los congelen en cualquier tiempo o lugar.

Los palestinos -y los sirios- no son meras oportunidades para hacer fotos que ganan premios. «Mi pueblo no son animales en un zoológico» es la famosa cita del novelista e intelectual palestino Ghassan Kanafani a una periodista danesa, que después se convirtió en su mujer, cuando ella le pidió visitar los campos de refugiados en el Líbano. «Debes conocer bastantes cosas sobre ellos antes de ir a visitarlos», le dijo. Kanafani murió asesinado por un coche-bomba del Mossad, junto con una sobrina, en julio de 1972, pero sus palabras perduran.

Los palestinos, así como otros pueblos que están soportando tragedias prolongadas, no son ni «animales en zoológicos» ni meros sujetos de expresión artística, no importa lo noble que esta pueda ser. Su tragedia, con independencia de cuán larga sea, se merece soluciones y remedios tangibles. Todas las víctimas que aparecen en las fotos confían en conseguir que su opresión termine, no una mera victimización en sí que convierta ese aceptado estado de cosas en un fin en sí mismo, desprendido de cualquier dinámica política seria que pueda propulsar el cambio.

Ramzy Baroud (www.ramzybaroud.net) es un columnista sindicado a nivel internacional y editor de PalestineChronicle.com. Es autor de los libros The Second Palestinian Intifada: A Chronicle of a People’s Struggle and My Father Was a Freedom Fighter: Gaza’s Untold Story (Pluto Press, London).

Fuente: http://www.counterpunch.org/2013/02/20/photographing-tragedy/