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MacBride versus Orwell

Fuentes: La Jornada

Peter Hakim, presidente de Diálogo Interamericano (DI, protervo club de nulidades políticas surgido en 1983 bajo el paraguas del ultraconservador Woodrow Wilson Center), quedó sorprendido cuando en días pasados leyó los resultados que encargó a la firma Zogby: de 7 mil estadunidenses, la mitad opinó que Estados Unidos salió más perjudicado que México en el […]

Peter Hakim, presidente de Diálogo Interamericano (DI, protervo club de nulidades políticas surgido en 1983 bajo el paraguas del ultraconservador Woodrow Wilson Center), quedó sorprendido cuando en días pasados leyó los resultados que encargó a la firma Zogby: de 7 mil estadunidenses, la mitad opinó que Estados Unidos salió más perjudicado que México en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

«Los resultados -dijo Hakim- revelan que la opinión pública estadunidense está totalmente confundida sobre lo que ocurre con el comercio» (La Jornada, 15/8/07). No sólo con el comercio. Colombia, principal aliado del imperio en América del Sur, se ganó el tercer lugar de «países inamistosos», después de Cuba y Venezuela. En tanto, sólo 20 por ciento supo nombrar al presidente de México, y no precisamente porque supiesen de Andrés Manuel López Obrador.

El titular de DI simula ignorar que en el uso político de la información y la comunicación, lo importante radica en lo que se omite o destaca. De ahí el apotegma: la información puede ser objetiva, pero no imparcial. Porque el acto de objetivar (de informar, nombrar o analizar lo que realmente existe) modela opiniones, comportamientos y actitudes.

Lo ideal, claro, consistiría en contextualizar la información para que el informado pueda descubrir las relaciones entre las cosas. Pero justamente esto es lo que los altoparlantes del mundo rico y sus recaderos de los «países emergentes» tratan de evitar, asociando «libertad de expresión», que es un principio, con «libre flujo informativo», que es una política de comunicación impuesta por los fuertes sobre los débiles.

En el decenio de 1960 y 1970 reflexiones de esta índole sustentaron el Informe MacBride, estudio encargado por la UNESCO para auscultar el estado de la comunicación y la información en los cinco continentes (Un solo mundo, voces múltiples, FCE, 1980).

El MacBride partió de un par de premisas lógicas, irrefutables y humanísimas: 1) la lucha por un nuevo orden económico internacional (NOEI) requiere de un nuevo orden mundial de la información y la comunicación (NOMIC); 2) la información es un derecho, no una mercancía. Democracia y comunicación van juntas, o a ningún lado van.

Varios y complejos asuntos trató el equipo encabezado por el irlandés Sean MacBride (1904-88), premio Nobel y Lenin de la Paz. Por ejemplo, una medición del periodo 1972-78 de la cobertura nacional mexicana en los periódicos Chicago Tribune, New York Times y Washington Post mostró que, a pesar de ser el tercer socio comercial del imperio, México ocupaba el lugar número 20 en cuanto a atención. En el mismo periodo, con poco más de uno por ciento de las noticias, el trío mediático dedicó 60 por ciento del espacio a temas del narcotráfico, inmigración, trato a turistas en carreteras y maltrato a presos estadunidenses. Los aspectos no violentos de México abarcaron 15 por ciento del total y los problemas del desarrollo económico, social, educativo y cultural brillaron por su ausencia. ¿Algo cambió?

Igualmente, cuando en el orwelliano 1984 la revista Time cumplió 60 años, un equipo de académicos descubrió que de 3 mil 120 portadas publicadas desde su primer número, sólo 83 trataron de América Latina. Ni los Nobel de Literatura a Miguel Angel Asturias o Gabriel García Márquez aparecieron en la portada de una revista que lanza más de un millón de ejemplares semanales. En cambio, el fascista Francisco Franco figuró en seis ocasiones.

En 1984, el Big Brother se retiró de la UNESCO y enterró el NOEI, el NOMIC y el MacBride. El Departamento de Estado acusó de «pro soviético» al organismo internacional, señalando que su programa de seminarios y estudios contenía «el potencial para desarrollos hostiles a una prensa libre».

Desde entonces, el alucinante «Ministerio de la Verdad» descrito por George Orwell en su novela 1984 (y que tantos conversos de floja mollera creen que su fuente de inspiración fue la Unión Soviética de Stalin) despacha en Washington, Londres y Tel Aviv. Si los hechos resultan embarazosos, el Gran Hermano los da por inexistentes o, como en la obra del inglés, los manipula en sus recurrentes «semanas de odio».

El 21 de junio pasado, por ejemplo, el New York Times anunció un «sondeo urgente» intitulado «¿Deberíamos bombardear a Irán?» La consulta aseguraba que Irán «es una amenaza mayor que Saddam Hussein». Democráticamente inducido, el odio preguntó quién debería emprender primero una acción militar contra Irán: ¿Estados Unidos, Israel, ni el uno ni el otro?

En estos días, una misión especial de la UNESCO investiga en el Congo la cruel matanza de gorilas. ¿Y los 6 a 7 millones de congoleses muertos en la rebatiña de la «globalización» para apropiarse del coltan, mineral indispensable en la producción de teléfonos celulares? ¿Tendrán museos del Holocausto?

Más vigentes que nunca, los ideales del Informe MacBride siguen dando la pelea contra la soldadesca intelectual de Orwell y afiliados. Porque en 1984 no todo fue «orwelliano» y, prueba de ello, es el periódico que ahora está leyendo usted.